domingo, 3 de febrero de 2013

Un inesperado adiós

Un amigo a quien aprecio me dio la noticia. El corazón me dio un vuelco cuando lo escuché. Tras un inesperado derrame cerebral, Jacinta, una feligresa muy querida de mi anterior parroquia de San Pablo, en Badalona, se debatía entre la vida y la muerte en el hospital. 

Fui a visitarla, aunque estaba inconsciente, en cama y con respiración asistida. Cuando pronuncié su nombre, ella se agitó y sus labios se movieron bajo la mascarilla de plástico. ¿Me escuchó? Quiero creer que sí, y que también oyó el resto, las pocas palabras que la emoción me dejó pronunciar ante ella.

Jadeaba y la piel de sus manos ardía, como si luchara con ahinco, desafiando la muerte que la acechaba. A diferencia de otros pacientes que parecen abandonarse cuando llegan sus últimas horas, ella respiraba con fuerza, como resistiéndose a marchar. 

Todo fue de golpe, rápido. Dejaba a mucha gente de la que no se pudo despedir. Muchos que la conocíamos nos quedamos desconcertados, pues era una mujer robusta. En pocas horas, su vida pendía de un hilo, como la de un trapecista luchando por no precipitarse en el abismo. 

El día que fui a verla estaba oscuro y nublado en Barcelona, era pasado el mediodía. Me apresuré para ir al hospital con el temor de que dejara de respirar antes de que llegara. Con el corazón compungido y paso firme caminé hasta la habitación 209. Y allí estaba ella, sola en aquellos momentos. 

Mientras estaba a su lado, contemplé en ella el misterio de la fragilidad humana. Allí, tendida en la cama, luchando por sobrevivir, expresaba su amor a la vida y a los amigos. Fue todo tan repentino... Quise detener el tiempo, y volver atrás, para poder mirarla a los ojos otra vez y agradecer su cálida y firme amistad, siempre fiel. 

Jacinta, tu fuerza interior era inquebrantable. Como una roca, y a la vez inteligente y sagaz, sabías descubrir lo que hay en el corazón de las personas. Pero eras discreta, sabías estar en tu sitio sin llamar la atención. Tus apretones de manos, tu mirada llena de complicidad, tu lealtad a los tuyos, eran la mejor prueba de tu profundo realismo y tu honestidad. Me trasladé a Barcelona y eso no impidió que la amistad continuara. Recuerdo con cariño tus agradables llamadas desde la residencia Meran. No querías desconectar, yo tampoco. Tu corazón vibraba y se alegraba y así pasaron tres años desde que dejé Badalona. 

Todo esto lo iba pensando mientras te miraba, deseando que mis pulmones pudieran dar oxígeno a los tuyos, que pudieras abrir tus ojos. Te murmuré al oído que estaba allí, contigo. En pocos segundos pasaron ante mí los quince años de nuestra amistad. Di gracias a Dios por haberte conocido y por todo lo que aprendí de ti. Era consciente de que eran los últimos minutos contigo, y quería que supieras que el alma se me rompía de verte así. Pero mi fe me decía que no, que esto no era el final, que solo era un paréntesis de nuestra vida mortal, y que una amistad tan bella no se puede morir. Me encontraba entre el desgarro de un adiós y la certeza de que no será la última vez que nos veamos; ante el misterio de la caducidad humana que nos lleva a experimentar el vértigo de saber que un día dejaremos de existir, pues llevamos la muerte en nuestros genes. 

No pude decir mucho más. Moviendo la cabeza, con un gesto tímido, intentabas decirme algo, como respondiéndome. Si mis palabras no llegaron a tu cerebro, sí llegaron al corazón. Todavía estabas allí. No podías hablarme, pero tu leve movimiento bastaba. No sabía si era tu momento de ir al Padre del cielo, pero le pedí que los ángeles te acogieran, porque ya estabas preparada para dar ese salto hacia los brazos de Dios. Recé un rato, invocando a Dios y pidiendo que, cuando fuera la hora, te recibiera con todo su amor en el paraíso. Y con un beso en la frente me despedí, conteniendo las lágrimas. En pocas horas, la distancia entre nosotros se convertiría en un abismo, pero no infranqueable, porque la fuerza del amor atraviesa ese abismo. 

Me fui pensativo, caminando mientras me alejaba de la habitación, y salí del hospital. Apenas salí a la calle, vi que el cielo en Badalona se había despejado: una luz intensa teñía de color los árboles, las casas y las calles. El sol brillaba con especial intensidad. ¿Por qué ese cambio de tiempo tan súbito? Caminando hacia el coche, sentí que tu corazón, como ese cielo claro de invierno, también empezaba a inundarse de la luz y la gracia de Dios. El cielo brillaba con una luminosidad especial y a ti se te comenzaban a abrir las puertas del cielo. Dios te esperaba para darte un abrazo, todo estaba a punto para el encuentro eterno con tu esposo, con el que viviste un breve pero feliz matrimonio. 

Ya en la autopista hacia Barcelona, dejaba atrás una bonita experiencia. Sentí en lo más hondo de mi ser que Jacinta estaba muy viva dentro de mí. La distancia ya no importaba; el abismo ya no era oscuridad. Algún día, lo sé, me reencontraré con esa gran mujer, en otra dimensión, más allá de las estrellas. Pero en ese momento la sentí más cercana que nunca, porque la distancia nunca es demasiado grande allí donde hay amor. 

Joaquín Iglesias
19 enero 2013 
En memoria de Jacinta Rabazo