domingo, 19 de abril de 2015

Miedo a la verdad

Cuántas veces hemos oído que, a base de repetir una mentira, nos la acabamos creyendo y la convertimos en una verdad para nosotros. Esta afirmación tiene que ver mucho con una personalidad difusa, quizás con un problema de identidad personal, miedo a aceptar lo que somos o la realidad que vivimos. Bajo la mentira escondemos un aspecto de nuestra vida que no queremos que el otro conozca. Nos da miedo que el otro descubra cómo somos. Es como si necesitáramos crear una vida ficticia entre lo que sentimos y lo que decimos. 

El lenguaje a veces delata esta ambivalencia. ¿Por qué ocurre esto? ¿Necesitamos falsear la realidad para que no nos resulte tan dura y difícil de digerir?

Hay quienes insisten en realzar sus grandes hazañas, diciendo que han supuesto un enorme sacrificio, cuando la realidad ha sido muy diferente. Se han acostumbrado tanto a su propia película, la han repetido tantas veces, que finalmente creen en esta falsa historia. Temen quedar al descubierto, aunque en el fondo saben muy bien que no es correcto. Se hacen tan suya esta mentira que podríamos decir que ha configurado su estructura mental. Y les es difícil reconocer que tienen necesidad de fabular quizás porque lo necesitan para sobrevivir.

Hay personas que repiten hasta la saciedad que han trabajado como esclavas y que todo lo han hecho por los demás, sacrificándose por su bienestar. Si profundizamos quizás descubriremos, con asombro, que en muchos casos esto no ha sido así: ni ha habido tales beneficios para los demás ni siquiera una gratificación para uno mismo. Pero la historia se ha manipulado y la divulgan en su entorno familiar, vecinal, entre amigos y conocidos. Tiñen su relato de teatralidad y asumen el papel de víctimas, cometiendo la injusticia de hacer creer a los demás que sus seres más cercanos son los malos de la película, causantes de todos sus males.

¿Por qué ocurre esto en tantas familias? ¿Qué ha pasado? No cabe duda de que en el origen de todo hay una experiencia dolorosa que han sufrido y necesitan protegerse de algo o de alguien. Por temor a decir la verdad se recurre a una mentira inventada. Aquí ya no solo se trata de un tema ético, sino patológico. Muchas personas, por miedo a la bronca, a quedarse solas, por inercia o por desdoblamiento de la personalidad, mienten compulsivamente. Consigo mismas son unas, y con los demás son otras. ¿Les da pánico que los demás las vean tal como son? ¿Son los demás el problema? ¿O está dentro de uno mismo?

La humildad de aceptarse

A muchas personas les cuesta aceptarse a sí mismas: no son como los demás, o como los demás quisieran que fueran. El qué  dirán, o lo que piensan los otros, las presiona hasta el punto de condicionar su personalidad. Es entonces cuando buscan sobrevivir entre la tensión del yo y del tú, entre lo que yo quiero de mí mismo y lo que quieren los demás de mí.

¿Dónde podría estar la solución del problema? En algún caso se puede requerir la intervención de un profesional. Pero, más allá de esto, se requiere el coraje de tener narices, poner distancia entre uno mismo y los demás, entre la propia realidad y la realidad de los otros. Tener la fuerza y la convicción mental y espiritual de que nadie es mejor que nadie. Tener la humildad de reconocer que cada cual tiene agujeros, limitaciones, pasados familiares traumáticos, y aceptar todo esto, descubriendo que en nuestro interior hay una persona libre.

Abrazando el pasado nos liberamos de la cadena del victimismo. Aceptemos con humildad lo que tenemos y somos sin compararnos con nadie, porque nadie es perfecto y todos, finalmente, necesitamos sentarnos en un inodoro y tirar de la cadena. Descubramos con serenidad la grandeza que hay en nuestro corazón y démonos cuenta de que la vida tiene sentido, incluso en el sufrimiento. Cuando nos abrimos a los demás seremos capaces de dar lo mejor que tenemos dentro. Solo así seremos dueños de nuestra vida y de nuestra libertad.

Cuando con realismo existencial aceptamos que somos fruto de una historia, incluso oscura, descubriremos que no estamos en el mundo para sacar las castañas de nuestros antepasados ni para ensimismarnos en las lágrimas de la autocompasión. Todo esto, por doloroso que sea, ha hecho posible nuestra existencia.

Reconciliarse es liberarse

Cuando te reconcilias con tu pasado, con tus orígenes y tu historia, haces las paces contigo mismo. Solo así podrás emprender la auténtica hazaña de la libertad, dejando de ser enemigo de ti mismo y dejando de pensar que los demás son tus enemigos.

Ha llegado la hora no solo de la curación psicológica, sino de la sanación global. Abrazando tu existencia empieza la complicidad contigo mismo y la apertura sincera hacia los demás. Entonces comprenderás que todos somos hermanos en la existencia y estamos unidos en una fraternidad universal.

Quizás no todos los problemas se esfumen, pero ahora que has hecho una tregua y has firmado un pacto de amistad contigo sabrás cómo canalizar todo esto. El auténtico encuentro contigo mismo y con los demás tan solo acaba de empezar. Te sorprenderá saber que tu esfuerzo personal no es suficiente para alcanzar la plenitud. Pero descubrirás que tienes a Alguien a tu lado, que tiene tanta fuerza que se convertirá en tu amigo invisible, protagonista de tu historia, compañero que te animará a lograr auténticas gestas. Él te ayudará a entender que, más allá de tu mundo y el mundo de los demás, hay otra realidad espiritual, mucho más amplia y profunda, que te llevará a la máxima felicidad. Cuando te enfrentas a tu abismo interior y te lanzas con valentía al vacío encontrarás una mano providente que te recoge al vuelo. El vértigo se convertirá en seguridad, y el vacío en sostén amoroso que mece tu destino hacia una tierra prometida, de amor y de libertad.