domingo, 22 de noviembre de 2015

El gemido de la morera

El día amanece agitado por el viento. Ráfagas persistentes azotan la morera del patio; su tronco firme aguanta las sacudidas, pero sus ramas se doblan, casi con dolor. Cada latigazo arranca una bandada de hojas que caen sobre el patio. La copa del árbol, de un verde otoñal que palidece, se va desnudando.

La mañana clarea y la morera sufre sin piedad el flagelo del viento. No sé si hablar de dolor, pero cuando escucho el gemido de las ramas no puedo dejar de pensar que todo ser vivo tiene un grado de sensibilidad. Escuchando el lamento del follaje y el silencio de sus raíces he sentido que el árbol es más que tronco, ramas y hojas: es un ser que se ve atormentado en su fragilidad, castigado por las inclemencias del otoño. No he podido frenar un deseo de abrazarla, por su ancho y húmedo tronco. Mi morera inspiradora, que acoge silenciosa tantos anhelos de trascendencia, convirtiendo mi pluma en un canto a la belleza que despliega desde sus raíces escondidas hasta las majestuosas ramas que acarician mi corazón. Bajo ella mi alma se ensancha. Ella hace mi vida más bella.

La miro y veo cómo se mantiene erguida pese al viento arremolinado. Hasta mis oídos llega su gemido constante, como de un parto forzoso en el que se ve obligada a desprenderse de sus hojas. Percibo su resistencia, su lucha interior y su fuerza. Se mantiene en pie, pese a las embestidas.

Cuántas veces el corazón humano se ve sometido a vendavales interiores que sacuden su existencia sin piedad. El viento huracanado de hoy sobre la morera me ha hecho pensar que así somos las personas. Cuanto más enraizados estemos, nada ni nadie tumbará nuestros anhelos y esperanzas. La morera embellece el patio con su copa generosa que nos cubre con su amplia sombra. Cuando sopla una brisa delicada, su frescor acaricia nuestra piel. Hoy, aguantando el fuerte viento, quiere ser leal a su misión de embellecer el paisaje del entorno parroquial. No se rinde; el viento agresivo no la tumba.

Una vez ha pasado la tempestad de viento le he prometido que hoy explicaría a mis amigos su valentía, su hazaña, su logro. Morera, sigue regalándonos tu corazón delicado y a la vez fuerte, que hoy ha luchado como un gladiador. El viento te ha arañado con sus zarpas y dentro de ti algo se ha sacudido, pero sigues viva, aunque con menos hojas, acogiendo a todos aquellos que se acercan a tu resguardo. Siempre te he visto exuberante, ensanchando tu corazón hospitalario, pero hoy te he visto en pleno combate contra las fuerzas del viento. Te he visto pelear como un león protegiendo a sus cachorros. No querías que el viento te arrancara de cuajo ni que te derribara al suelo. Tus gemidos me han llegado al alma. Ahí estabas, aguantando sin doblegarte, firme, de pie. Has ganado una batalla de horas. ¡Cuánto me has enseñado hoy! Si estamos bien anclados en el eje de nuestra vida ni los aguaceros ni los vientos podrán con las fuerzas desconocidas que hay dentro de cada uno. A veces la vida es una lucha que hay que saber afrontar sin perder las raíces más profundas: nuestros valores, aquello en que creemos, los fundamentos sólidos que nos ayudarán a permanecer, a ser fieles a aquello que somos y a nuestra vocación.

Cuando el viento deja de soplar, siento alivio y me tranquilizo. Más tarde, el sol cenital lo cubre todo con su calor. Sus rayos espléndidos acarician las ramas heridas y se posan sobre las hojas caídas. De nuevo, morera, vuelves a lucir tu copa llena de color. Vuelves a estar bella antes de que el invierno te acabe de despojar de tu hermoso vestido. Entonces tus ramas dormirán hasta que vuelva a estallar la primavera.