domingo, 15 de octubre de 2017

Corazones agrietados

La función del corazón es dar vida, llevando la sangre a nuestros tejidos y órganos vitales. Sin el bombeo del corazón a todas las zonas de nuestro cuerpo, por muy minúsculas que sean, no tendríamos vida. Cuando falta oxígeno y riego sanguíneo en una zona esta se va necrotizando hasta el punto que el daño es irreparable y entonces debe amputarse, como un mal menor.

El corazón es este músculo recio que tiene que superar en su empuje la fuerza de la gravedad. A lo largo de nuestro cuerpo tenemos más de noventa mil kilómetros de ramificaciones entre venas, arterias y capilares. Imaginemos lo fuerte que ha de ser el corazón para bombear la sangre desde los vasos grandes, como la aorta, hasta los pequeños capilares de la retina. Es impresionante. Cada día, las 24 horas, y durante todos los años de nuestra vida, el corazón no para de latir jamás.

Esta es la asombrosa parte física del funcionamiento del corazón. Sin él no podríamos movernos, caminar, ver, oír, oler. El cerebro no podría pensar ni realizar sus conexiones sinápticas. Por todas partes debe pasar el fluido vital que nos mantiene vivos.

En literatura y en poesía el corazón recoge y expresa las ansias humanas de amor. Es el hogar de las pasiones, así se manifiesta en tantas películas románticas. Cuántas páginas escritas, cuánta tinta vertida para expresar el anhelo más profundo de la persona. El corazón se siente empobrecido si no ama. En cambio, el ser humano se expande cuando su corazón late por otra persona.

El corazón de piedra


Ya en el plano emocional y psicológico, a menudo decimos que tal persona tiene el corazón duro, o de piedra. Suena muy mal, porque es como una contradicción. ¿Cómo puede ser duro un corazón, cuando está concebido para dar vida y amar? Esta expresión puede ir acompañada de otras: albergar odio en el corazón, tener el corazón resentido, o un puñal clavado en el corazón. Son expresiones que oímos cada día. ¿Qué le ha pasado a ese corazón?

Quizás no ha sabido asumir las dificultades de cada día, o algún trauma del pasado, y esto le ha provocado un profundo resentimiento que le ha hecho endurecerse. La autodefensa ante el dolor puede llegar a convertir el corazón en una piedra.

¿Por qué hay tantos corazones heridos? ¿Dónde puede estar la explicación? ¿Por qué dos personas que se han querido se distancian y llegan a no poder verse, acumulando tanto resentimiento? ¿Es posible que el corazón, cuya función es dar vida y ayudar al crecimiento armónico con los demás, deje de realizar su cometido? ¿Dónde está la solución?

Cuando no aceptamos al otro


De la misma manera que hay que educar la mente, también hay que educar los sentimientos. Hablamos de una terapia del corazón.

¿En qué consistiría? Primero, en aceptar que los demás son diferentes. En segundo lugar, es necesario aprender a ser respetuoso, comedido y ecuánime con ellos. Cuántas veces nos enfadamos porque no piensan o actúan como nosotros. Queremos clonarlos y modelarlos según nuestras ideas; queremos que se sometan a la dictadura de nuestro ego. Y si no es así, lanzamos una lluvia de críticas y despropósitos hacia ellos. Como siempre, somos incapaces de racionalizar y empezamos a intoxicar el ambiente, difamando al otro y buscando complicidades en el entorno. Sobre todo, con aquellos que sabemos que tienen alguna dificultad o reparo con esa persona. Como un gas letal, vamos esparciendo críticas para causar el mayor daño posible. Y para ello necesitamos a más gente, para manipularla y jugar con sus sentimientos. Así alimentamos la confusión y bombardeamos la dignidad de aquella persona, llegando al punto de montar historias ficticias que acabamos creyéndonos para justificar nuestros ataques permanentes.

El otro se convierte en enemigo. Todo está en la mente, que distorsiona la realidad y alimenta el odio. Con todo esto, el corazón va languideciendo. Su fuerza se va minando. Los malos pensamientos que se han ido incubando en la mente acaban enfermando el corazón. No sólo hablo del corazón emocional, sino también del corazón biológico.

Estas personas no han aprendido la gran lección de la vida, que es la humildad. Nadie debería ser enemigo sólo porque piensa diferente o hace las cosas de manera diferente. Cuando las ideas e incluso las creencias religiosas pasan por encima de la persona, somos capaces de matar la dignidad del otro. Porque, en realidad, lo que hemos antepuesto a la persona somos nosotros mismos, nuestro criterio y nuestra opinión por encima de todo, incluso por encima de Dios. Lo que no me cuadra, lo que no encaja en mis esquemas, lo desprecio y quiero aniquilarlo.

Terapia del corazón


Muchas veces me pregunto cómo es posible que el corazón, tierno y concebido para el amor, pueda hacer tanto daño. ¿Ha sido un corazón no querido en su infancia? ¿No se le ha educado bien? ¿Se le ha inculcado un deseo enloquecido de ser el centro de todo y el que domina a los demás? Alguien me ha cuestionado la razón última de lo que hago. Me ha molestado, me siento menos… ¿Es esto lo que dispara el odio, como reacción defensiva?

Lo cierto es que tantos sentimientos acumulados pueden amargar la existencia y llenar el corazón de ira, rabia, celos, vanidad y orgullo. Son los ingredientes para reventar este músculo, bello instrumento de la vida y la alegría. Hay corrientes filosóficas y psicológicas que justifican esta pulsión de muerte en la persona. Pero otras afirman lo contrario. El hombre se convierte en un ser pleno cuando se abre y se da a los demás. Cuando descubre que más allá de sus limitaciones es capaz de hacer grandes cosas, de sacar lo mejor que tiene. Porque el deseo más genuino del corazón es abrirse, florecer, darse, amar. Esto es lo que da sentido a la vida del ser humano. Pese a todo, siempre creerá que hay algo dentro de sí mismo, una esperanza infinita que le permitirá aguardar un nuevo amanecer. Podemos pasar noches muy oscuras, pero habrá una energía vital que nos hará creer que la poesía seguirá brotando de nuestro corazón, porque está hecho para emocionarse y maravillarse de la belleza escondida que hay en cada persona. Estamos concebidos para que nuestros corazones latan juntos y puedan componer la mejor sinfonía: la que nos haga sentir que no somos sin los otros.