domingo, 12 de agosto de 2018

El soplo del mediodía


Un año más, como de costumbre en verano, me voy a descansar unos días a mi querida comarca de la Noguera, a un viejo molino de agua convertido en masía rural. Durante esos días vivo lejos de cualquier población, en medio de un valle surcado por un río, entre sembrados y bosques de roble y encina. Son días que me ayudan a mirar atrás en mi intenso trabajo pastoral. Sumergido en la naturaleza, la distancia y el silencio me permiten ir reflexionando en los aciertos y errores durante el ejercicio de mi responsabilidad al frente de una comunidad. Con lucidez y en paz, intento descubrir la dirección en que sopla el Espíritu para hacer más fecunda mi labor. Y descubro que tanta importancia tiene apartarte un tiempo para descansar, cada verano, como saber apartarte una hora cada día, en medio de la vorágine del curso. De lo contrario, tu trabajo se convertirá en una hiperactividad que te puede empujar hacia el abismo.

Estos días me recuerdan que aquello que equilibra la acción es el eje formado por la soledad y el silencio. Este me permite no caer en el frenesí y armonizar todo lo que hago desde la contemplación.

Es importante que el silencio y la acción se abracen, para que todo lo que hagamos sea inspirado desde Dios. Sólo así haremos fecundo nuestro trabajo.

La paz, el sosiego, la caridad, la delicadeza, la suavidad, la elegancia, la creatividad y la alegría son indicadores de que algo estamos haciendo bien.

En cambio, cuando hacemos las cosas bajo presión, con inquietud y celeridad, el cansancio y la tensión nos hacen caer en una agresividad llena de despropósitos. Deberíamos revisar nuestras actitudes más profundas, aquellas que hacen que los sentimientos no se controlen y que surja la violencia en nuestro interior. Además de hacer infecunda nuestra labor, sin darnos cuenta podemos causar mucho sufrimiento a los demás. No somos conscientes de ello porque estamos subidos a la atalaya de nuestro orgullo.

¡Y nos cuesta darnos cuenta! Por eso intento reservarme unos días fijos al año para retirarme, para mantener fijo el rumbo de mis propósitos y evitar naufragar en medio de ese mar pastoral por donde navega la barca de mi vocación. ¡Es tan fácil perder el rumbo! Podemos perder la brújula que nos orienta hacia nuestro destino, que en el fondo no es otro que encontrarse con uno mismo para mantenerse firme en el lugar donde ha sido llamado, allí donde ejercer su misión.

Rezo y pienso en todo esto cuando, cada mediodía, en el rato de descanso después de comer, desde la ventana de mi habitación contemplo dos inmensos chopos que hay delante de la casa, agitados por el viento. Las hojas bailan y el roce de las ramas emite un largo silbido. Es hermoso ver cómo las hojas, bajo la luz del sol, alternan entre el verde y el plateado. Los chopos con sus hojas moviéndose al ritmo del aire parecen lámparas gigantes llenas de esmeraldas. Y me pregunto, ¿cuántas veces tenemos que dejar que el viento del Espíritu agite las hojas de nuestro corazón para que has haga susurrar, como la melodía de los chopos? ¿Cuánto tenemos que dejarnos iluminar por el sol de Cristo, para brillar como las hojas plateadas? ¿De qué aguas tenemos que beber, para que nuestras frágiles ramas se conviertan en un tronco sólido que hunda sus raíces en la tierra de Dios?

Allí donde estés, hagas lo que hagas, no temas al soplo de Dios, porque él te llevará y te conducirá por el camino de tu silencio.

Apartado en este valle escondido, a solas con Dios, oyendo cada mediodía su música, respiro su aire en medio de los trigales, en los bosques húmedos de las riberas, en los caminos bañados de sol. Me siento uno con el Creador, conmigo mismo, con lo que hago y con los demás.

Hemos de aprender a estar en el lugar preciso para que el Espíritu de Dios nos encuentre. Cada tarde, cuando la brisa sopla, recuerdo aquello para lo que soy llamado.

Ante la inmensidad del campo, con tantos signos de la presencia divina, tan real como el susurro en las hojas y la luz en mis ojos, siento que estamos en la intemperie, lanzados a no tener miedo y a descubrir una realidad que nos envuelve y nos atraviesa, y que va configurando toda nuestra existencia.

Dejemos que el Espíritu silbe cada atardecer en nuestras vidas, para que nos recuerde cuáles son nuestras raíces y nuestro destino. Estamos sumergidos en aquel que es la fuente de todo ser. En él vivimos, nos movemos y existimos. En él respiramos, y en él crecemos. Aprendamos a escuchar su voz.