domingo, 14 de julio de 2019

Silencio envolvente


El deseo de buscar espacios para el silencio es algo innato del ser humano, como una necesidad vital para ir descubriendo el sentido de lo que haces y eres, y para dar a las cosas su justa dimensión.

Este curso ha sido especialmente intenso. He vivido situaciones complejas que no esperaba, a veces agotadoras, que se han convertido en retos para crecer y encontrar respuestas en ese cosmos inmenso que es el corazón humano.

Por fin, ya en verano, he podido pasar unos días fuera, descansando en medio de la naturaleza en un valle hermoso, bañado por un riachuelo y en medio de trigales a punto para la siega, donde apuntan las espigas que, con el viento, parecen olas de oro desprendiendo un rico aroma de miel. Y por encima de este océano de espigas se extiende la bóveda azul del cielo.

Pese a las altas temperaturas, estar en medio de este paisaje con la brisa que susurra entre los árboles es una auténtica maravilla. Solo ante la inmensidad de los campos, bajo el cielo claro y el sol, que da luz y embellece todo cuanto ilumina, he contemplado mil detalles con nitidez: las cumbres lejanas, los contrastes y texturas del monte, el hilo del arroyo que se desliza cruzando el árido camino… He escuchado el trinar armonioso de los pajarillos y el rugido del viento al mediodía. Todo invita al silencio para poder digerir tanta belleza y dejar que las sensaciones penetren en el alma hasta estremecerte.

Aprender a estar callado ante la creación permite ver en ella la inmensa generosidad del Creador hacia el hombre e iniciar un diálogo sereno y agradecido, disfrutando del placer estético y de un sentimiento de plenitud. La naturaleza me envuelve en un silencio amoroso que me hace descubrir esos cofres de oro que hay en el corazón de la persona. Sólo desde el silencio se aprende el valor de una palabra justa y necesaria. Se aprende a no idolatrar la comunicación verbal y se descubre la palabra que tiene sentido.

El silencio no sólo ayuda a contemplar las maravillas que hay fuera de ti, sino el misterio escondido que invade al ser. Tanto, que cuando pasas unos días serenos, en silencio y soledad, esa misteriosa marea interna fluye a la superficie de tu existencia y te das cuenta, sobrecogido, de las cimas que tienes que ascender para saber quién eres, qué haces, qué tienes. Un auténtico encontronazo con tu realidad más primigenia. Es decir, encontrarte con tu propia identidad. El silencio es como una pista de despegue que te lanza al Infinito con mayúscula: Dios. Y hacia la finitud de tu propia realidad existencial. Cuanto más alto vuelas en busca de sentido y propósito, más te topas con una realidad que te ultrapasa, que va más allá de ti mismo, y a la vez te encuentras con tu pequeñez. Somos diminutos, pero llamados a una aventura trascendental. Cuanto más alto, más belleza descubres en el firmamento de tu vida, pero al mismo tiempo vives con mayor realismo, pisando de pies a tierra. No es otra cosa que encontrarte con tu propia realidad limitada, pero con una gran libertad que te lleva a hacer cosas extraordinarias.

Reconocer la pequeñez es vivir anclado en la humildad, y sólo desde esta daremos alas a la libertad para vivir nuevas hazañas.

La verdad es que han sido unos días muy fecundos para mi alma. Dejarme envolver por el silencio, oír el susurro de la brisa o el canto de las golondrinas al amanecer, sentir en la piel la caricia del viento, oler la fragancia de las espigas, admirar el constante estallido de belleza, todo esto ensancha el corazón.