domingo, 12 de agosto de 2018

El soplo del mediodía


Un año más, como de costumbre en verano, me voy a descansar unos días a mi querida comarca de la Noguera, a un viejo molino de agua convertido en masía rural. Durante esos días vivo lejos de cualquier población, en medio de un valle surcado por un río, entre sembrados y bosques de roble y encina. Son días que me ayudan a mirar atrás en mi intenso trabajo pastoral. Sumergido en la naturaleza, la distancia y el silencio me permiten ir reflexionando en los aciertos y errores durante el ejercicio de mi responsabilidad al frente de una comunidad. Con lucidez y en paz, intento descubrir la dirección en que sopla el Espíritu para hacer más fecunda mi labor. Y descubro que tanta importancia tiene apartarte un tiempo para descansar, cada verano, como saber apartarte una hora cada día, en medio de la vorágine del curso. De lo contrario, tu trabajo se convertirá en una hiperactividad que te puede empujar hacia el abismo.

Estos días me recuerdan que aquello que equilibra la acción es el eje formado por la soledad y el silencio. Este me permite no caer en el frenesí y armonizar todo lo que hago desde la contemplación.

Es importante que el silencio y la acción se abracen, para que todo lo que hagamos sea inspirado desde Dios. Sólo así haremos fecundo nuestro trabajo.

La paz, el sosiego, la caridad, la delicadeza, la suavidad, la elegancia, la creatividad y la alegría son indicadores de que algo estamos haciendo bien.

En cambio, cuando hacemos las cosas bajo presión, con inquietud y celeridad, el cansancio y la tensión nos hacen caer en una agresividad llena de despropósitos. Deberíamos revisar nuestras actitudes más profundas, aquellas que hacen que los sentimientos no se controlen y que surja la violencia en nuestro interior. Además de hacer infecunda nuestra labor, sin darnos cuenta podemos causar mucho sufrimiento a los demás. No somos conscientes de ello porque estamos subidos a la atalaya de nuestro orgullo.

¡Y nos cuesta darnos cuenta! Por eso intento reservarme unos días fijos al año para retirarme, para mantener fijo el rumbo de mis propósitos y evitar naufragar en medio de ese mar pastoral por donde navega la barca de mi vocación. ¡Es tan fácil perder el rumbo! Podemos perder la brújula que nos orienta hacia nuestro destino, que en el fondo no es otro que encontrarse con uno mismo para mantenerse firme en el lugar donde ha sido llamado, allí donde ejercer su misión.

Rezo y pienso en todo esto cuando, cada mediodía, en el rato de descanso después de comer, desde la ventana de mi habitación contemplo dos inmensos chopos que hay delante de la casa, agitados por el viento. Las hojas bailan y el roce de las ramas emite un largo silbido. Es hermoso ver cómo las hojas, bajo la luz del sol, alternan entre el verde y el plateado. Los chopos con sus hojas moviéndose al ritmo del aire parecen lámparas gigantes llenas de esmeraldas. Y me pregunto, ¿cuántas veces tenemos que dejar que el viento del Espíritu agite las hojas de nuestro corazón para que has haga susurrar, como la melodía de los chopos? ¿Cuánto tenemos que dejarnos iluminar por el sol de Cristo, para brillar como las hojas plateadas? ¿De qué aguas tenemos que beber, para que nuestras frágiles ramas se conviertan en un tronco sólido que hunda sus raíces en la tierra de Dios?

Allí donde estés, hagas lo que hagas, no temas al soplo de Dios, porque él te llevará y te conducirá por el camino de tu silencio.

Apartado en este valle escondido, a solas con Dios, oyendo cada mediodía su música, respiro su aire en medio de los trigales, en los bosques húmedos de las riberas, en los caminos bañados de sol. Me siento uno con el Creador, conmigo mismo, con lo que hago y con los demás.

Hemos de aprender a estar en el lugar preciso para que el Espíritu de Dios nos encuentre. Cada tarde, cuando la brisa sopla, recuerdo aquello para lo que soy llamado.

Ante la inmensidad del campo, con tantos signos de la presencia divina, tan real como el susurro en las hojas y la luz en mis ojos, siento que estamos en la intemperie, lanzados a no tener miedo y a descubrir una realidad que nos envuelve y nos atraviesa, y que va configurando toda nuestra existencia.

Dejemos que el Espíritu silbe cada atardecer en nuestras vidas, para que nos recuerde cuáles son nuestras raíces y nuestro destino. Estamos sumergidos en aquel que es la fuente de todo ser. En él vivimos, nos movemos y existimos. En él respiramos, y en él crecemos. Aprendamos a escuchar su voz.

domingo, 5 de agosto de 2018

Una luz que se apaga


Lucía. Su nombre significa luz. Era menuda y de ojos vivos, y su corazón irradiaba fuerza. Intuitiva y de extrema sensibilidad, era amiga de sus amigos, inteligente y capaz de atravesar la realidad con extrema finura. Constantemente se preguntaba cosas, se hacía cuestiones sobre la vida y aún más allá, sobre la realidad espiritual. Buscaba en el universo respuestas que la acercaran al misterio que quería desentrañar, pero en su búsqueda siempre se topaba con la imposibilidad de penetrarlo. Su relación con el mundo trascendía paradigmas culturales y sicológicos. Persona con grandes capacidades y talentos tenía que ir lidiando con su cruda realidad: su preocupación por Diego, su hijo, por su trabajo e incluso por ella misma.

Hablé con ella en muchas ocasiones. A pesar de nuestras posiciones opuestas en cuestiones religiosas y filosóficas, y de una cierta cosmovisión sobre los acontecimientos, desde el aprecio y el respeto sintonizábamos en aspectos éticos y sociales, que hicieron crecer nuestra amistad hasta llegar a un vínculo de fraternidad y profunda escucha mutua. Algunas tardes se acercaba a este templo, me decía que necesitaba estar en silencio, sola, para meditar tranquila. Aunque su motivación no fuera religiosa, sentía la necesidad de encontrarse con ella misma, aclararse y encontrar respuestas a su situación. Me sonreía y me daba las gracias, y hablábamos un poco de todo: familia, política, sociedad, religión y educación. Siempre con suma delicadeza y respeto. La verdad es que su mente y su corazón vivían un terremoto interior, y deseaba que las olas de su alma se calmaran; necesitaba certezas y no siempre las tenía. Así se fue acostumbrando a la incertidumbre del futuro respecto a su hijo, sus recursos, el trabajo.

En medio de esta zozobra existencial le apareció la enfermedad, que poco a poco la fue minando, generando en ella más inseguridad y un terrible vértigo ante la muerte. Inició un proceso largo de quimioterapia, que le fue consumiendo las defensas hasta agotar su sistema inmune. Todo se precipitó: las dificultades para comer, problemas gastrointestinales, incapacidad para metabolizar el alimento… La quimio destrozó su sistema digestivo y fue entonces cuando se inició la caída pendiente abajo. En su extrema delgadez la muerte la iba acechando.

Conservo la impactante imagen de verla por última vez, exhausta y consumida. Acompañé a su familia y apoyé a su madre, Milagros. Ya sólo era una cuestión de horas o algún día más. Aquel cuerpo frágil empezaba a irse de este mundo.

Recordé nuestras largas conversaciones, tan densas y sustanciosas. Eran ejercicios de apertura a una mente inquieta, pródiga y creativa. Quería verla por última vez. Me senté a su lado, ella yacía en cama, con una respiración lenta y suave. Empecé a hablarle de nuestras cosas y le agradecí poder tenerla como amiga. Su visión de la realidad había dado un matiz nuevo a mi trabajo de escucha a las personas con otros paradigmas religiosos; la suya era una forma de concebir el mundo de una manera diferente. Le tomé la mano, no sé si me oía, pero notaba sintonía en ella. Su respiración se aceleró y sus párpados se movían. El rostro permanecía sereno.

Aquel cuerpo completamente castigado era un ser humano que, como todos, necesitaba amor, dulzura, calidez y escucha. Quería que sintiera que era querida por los suyos, y también por sus amigos.

No sé si logré comunicarme con ella, pero sentí leves signos de respuesta. Tras la respiración acelerada, sobrevino la calma. La muerte la tenía próxima. Un ser humano a punto de trascender, una intensa vida se deslizaba entre mis manos.

domingo, 24 de junio de 2018

El verdadero testamento


Nuestra cultura ha dado mucho valor a la herencia material: equipamiento, inmuebles, tierras y capital. Cuando redactamos un documento notarial para transmitir a los hijos los bienes que hemos acumulado, todo se reduce a un listado de patrimonio. Pero la familia, ¿está concebida como una institución económica o es algo más?

Hay otro legado que han de heredar los hijos. Lamentablemente, hasta las relaciones familiares están mediatizadas por el dinero, es decir, por lo que se posee y no tanto por lo que es cada persona. La sociedad suele valorar a las personas por la capacidad de generar recursos. Si no tienes nada, no eres nada. Estamos hablando de una concepción materialista de la vida —vales lo que tienes—, que se ha trasladado a la familia. Dedicamos buena parte de nuestra vida a trabajar para tener, a veces incluso haciendo un sobreesfuerzo y dejándonos la salud por el camino. El culto al tener, a la imagen de prestigio que otorga el dinero, ocupa un lugar demasiado alto en nuestra jerarquía de valores.

Esta visión de las cosas poco a poco va mermando el valor de la persona y su dignidad. Somos algo más que un sujeto consumista a merced de las leyes del mercado; somos personas libres y responsables, que no se dejan manipular por las corrientes economicistas. Somos algo más que necesidades físicas. Los hijos han de heredar algo más que bienes materiales.

¿Cuál es el auténtico legado que los padres han de pasar a sus hijos? El esfuerzo de una lucha que trasciende lo económico. El valor sagrado de la persona, la honestidad, un espíritu de mejora hasta la excelencia, la búsqueda del crecimiento personal y humano.

Los hijos han de heredar de sus padres todo aquello que trasciende lo material: creatividad, generosidad para ayudar a crear un mundo mejor, más solidario y pacífico. Han de recibir el valor de sus raíces, su cultura, su fe cristiana. El valor de la hospitalidad, la acogida del otro, la amistad. La familia como institución de amor, y no de vínculos interesados. La sensibilidad hacia los marginados.

Junto con los bienes materiales, el testamento debería recoger en alguna cláusula los principios y valores humanos de los padres, aquellos que han configurado sus personas y sus vidas, más allá de las abstracciones religiosas e ideológicas. El bien común debería convertirse en la razón de ser de un testamento, para que nunca se renuncie a la instancia moral en el uso de los recursos. Los testamentos podrían ir acompañados de una carta que marcase los criterios y valores en el uso de los bienes heredados. Sólo así podremos dejar de idolatrar las posesiones y comprenderemos que que el dinero no es más que un medio para alcanzar, de manera creativa, el bien que se puede llegar a hacer. Se trata de convertir el bien material en un bien espiritual que produzca una gran alegría a la persona que lo acepta. Este es el gran legado que los hijos han de recibir de los padres: no sólo lo que tienen, sino lo que son.

De esta manera, no nos dolerá tener menos, porque no hemos renunciado a la riqueza de verdad: aquellos valores que nos han hecho ser personas.

Cuanto más compartimos, más somos, y cuanto menos compartimos, menos somos. La felicidad del ser humano consiste en ser para los demás. El mejor testamento que podemos dejar a nuestros hijos es darles lo que somos: nuestra vida, talentos y libertad, nuestro amor.

He visto muchos testamentos, y en ninguno de ellos he leído la palabra amor. Sólo listados de bienes a repartir. Es verdad que se trata de un documento jurídico, pero también es verdad que quienes lo firman son personas, con valores humanos, que tienen una cosmovisión de la realidad y unas creencias. Si a un documento frío bien delimitado, donde se señalen cantidades de dinero y patrimonio a distribuir, se le añade un anexo con una declaración de intenciones, quizás se podrían evitar grandes conflictos entre los miembros de la familia.

domingo, 17 de junio de 2018

Las herencias, ¿una maldición o una oportunidad?


La herencia es de una importancia vital en las sociedades humanas. Es una cuestión recurrente en círculos de familiares, amigos y conocidos. Las herencias provocan grandes debates, tanto en los hogares como en los medios de comunicación. Es un tema que no deja a nadie indiferente.

La herencia muchas veces es fuente de conflictos entre familiares. Una institución tan sólida como la familia puede verse gravemente amenazada por las luchas intestinas por conseguir la mejor parte de la herencia. Por esta causa, muchas familias han vivido rupturas irreparables entre hermanos y parientes. Lamentablemente, conozco unos cuantos casos.

Hoy se habla mucho de la crisis de la institución familiar. Pero pienso que quizás no son tanto las ideologías las que pueden fragmentarla, sino los valores y las creencias que se están cultivando dentro de ella. ¿Qué están enseñando los padres a sus hijos en cuestión de dinero, propiedad y uso de los recursos? Una mala educación en estos aspectos puede ser tan letal como una bomba.

Aunque las herencias estén legisladas y se establezca una parte que debe ir a los hijos, la legítima, esto no impide que entre los miembros de una familia se produzcan tensiones y hasta denuncias para conseguir más. El largo proceso judicial que esto conlleva no hace más que intensificar el conflicto.

¿Querían esto los padres que han gestionado sus recursos para poder dejar un legado a sus hijos? ¿Podían prever la lucha feroz de estos por quedarse con todo lo que puedan, sin importarles el esfuerzo de sus progenitores, sus sacrificios, sus luchas? La herencia se convierte en el detonante de una lucha sin cuartel entre hermanos.

El tema requiere una profunda reflexión, así como la necesidad de actuar con criterios éticos y sensatos para evitar la fragmentación del grupo familiar.

Algunas cuestiones que los padres deberían tener en cuenta


¿Qué valor damos al dinero? ¿Es un medio para crecer, para solidarizarnos con los pobres, para generar iniciativas orientadas al bien común? ¿O es un recurso a acumular para beneficio exclusivamente propio? ¿Es el dinero un medio para reafirmarnos ante los demás y presumir de nuestras capacidades? ¿O es un medio ingenioso y creativo para contribuir a la mejora de la sociedad? ¿Lo utilizamos para potenciar nuestras capacidades y compartir nuestros talentos? ¿O queremos amasar una fortuna atendiendo sólo a nuestros deseos? ¿Qué estamos enseñando los padres a los hijos sobre el dinero?

No olvidemos que la capacidad de generar recursos está íntimamente ligada a la realización personal, así como al derecho de gozar de una vida digna, próspera y con calidad. Más allá de estos anhelos totalmente legítimos, una cosa es obtener beneficios y otra cosa es que el beneficio económico se convierta en el único motor del trabajo. ¿Por qué hacemos lo que hacemos y tomamos las decisiones que tomamos?

Nuestra jerarquía de valores va a marcar los criterios educativos que se inculcan en familia. Si para los padres el dinero y el patrimonio son lo más importante y los hijos ven que sacrifican su tiempo y sus energías por acumular bienes, están heredando una cierta mentalidad, que sitúa el culto al dinero por encima de la misma persona y del bien común.

Si los hijos ven que el dinero es lo más importante para los padres, su ambición irá creciendo. Muchas veces los padres no son conscientes de que están alimentando en sus propios hijos la codicia y el afán por tener más. Están gestando una guerra entre hermanos.

No sólo esto. Cuando uno de los dos cónyuges fallece, si los hijos no están de acuerdo con el testamento pueden iniciar un calvario para el viudo o la viuda, presionándolo y rompiendo los lazos afectivos. Es importante, pues, educar en estos aspectos a los hijos, para evitar el desmoronamiento familiar. Y se educa no sólo con palabras, sino con el ejemplo diario.

La gestión de los recursos y las propiedades tiene una fuerte implicación moral. Quizás sea necesario apuntar nuevos planteos en la distribución de las herencias.

El testamento debería tener unas consideraciones que contemplasen no sólo a la familia, sino el entorno y la sociedad, en especial los más débiles y necesitados. Ya no sólo desde un punto de vista religioso: debería considerarse la ayuda al prójimo como un imperativo ético. Es justo devolver a la sociedad una parte de lo que nos ha dado.

Y por un criterio educativo, también estaría bien plantearse si es bueno solucionar la vida de los herederos por anticipado. Si el hijo sabe que va a heredar una fortuna ¿no le faltará la motivación y la madurez para trabajar, crecer y aprender a construir su futuro, pues ya lo tiene todo?

Es una pregunta que lanzo al aire. Quizás con la mejor intención del mundo, los padres están incapacitando a sus hijos para luchar y abrirse camino en la vida. Les están ahorrando el esfuerzo, pero también los están volviendo muy frágiles y vulnerables.

Por otra parte, si el hijo dilapida la herencia por no saber gestionarla, los padres no habrán contribuido a asegurarle nada, más bien al contrario, habrán propiciado, sin querer, su ruina.

Hay otro aspecto en el sentido de la propiedad familiar: es la posesión, no sólo de bienes sino de los hijos. Muchos padres sienten que los hijos son propiedad suya, tanto como los inmuebles y el dinero. Por tanto, todo queda en casa. Disponen de sus posesiones igual que disponen de la vida de sus hijos, más allá de su muerte. ¿Tienen derecho los padres a cargar con ese peso a sus descendientes?

domingo, 10 de junio de 2018

Reparación dorada


El ser humano constantemente se está topando con sus propios límites. Pero su fuerza y creatividad  son insospechadas, y es capaz de luchar contra sus miedos. El proceso del crecimiento interior es un combate que a veces deja secuelas de heridas, rasguños y lesiones. No me refiero a las huellas externas de un accidente o de alguna agresión violenta, sino a las grietas y cicatrices que a primera vista no se ven, pero que quedan impresas en lo más hondo de uno mismo: en el alma. Estas pueden ser tan profundas que a veces ni siquiera sabemos que las tenemos, pero están ahí, y aunque queramos taparlas, siempre salen en forma de reacciones incontroladas o gestos que no dominamos ante situaciones que nos cuesta digerir. Muchas veces estas heridas hipotecan nuestra existencia.

Somos lo que somos, fruto de una historia familiar y de una educación que nos han llevado a adoptar patrones emocionales y, a veces, incluso a una cierta bipolaridad. Pero también somos fruto de cómo gestionamos la realidad en la que vivimos, nos guste o no, y de una cultura, una sociedad con unos valores y unas instituciones y estructuras. Lo cierto es que nadie se escapa: todos tenemos fisuras que nos marcan en el día a día y si alguien cree que no las tiene, es un soberbio o quizás un inconsciente. Somos fruto de lo bueno y de lo malo, y lo que hemos recibido nos ha perfilado de una manera determinada. Nadie puede ignorarlo ni escapar de sí mismo.

Pero, así y todo, lo agrietado tiene un valor inmenso sólo por el hecho de formar parte de nosotros, que existimos y somos personas. No importa la profundidad de los agujeros en la psique, tenemos un valor intrínseco que ninguna cicatriz nos puede quitar.

¿Qué hacer para restaurar estas grietas, heridas o cicatrices? Una persona muy amiga me hablaba recientemente de la “reparación dorada”, un arte japonés que se explica con una leyenda. Se cuenta que cierto emperador recibió como regalo una hermosa taza de porcelana china. La taza se rompió y el emperador la devolvió para que se la reparasen. Se la retornaron con unas grapas de bronce que unían los pedazos rotos. No le gustó, y entonces un artesano le ofreció mejorar la reparación. Se la llevó a su taller de orfebrería y al poco tiempo se la devolvió al emperador. Este quedó mudo de asombro: la taza estaba entera, y las grietas habían sido recubiertas por hilos de oro que trazaban un dibujo sobre la superficie. La taza reparada era más bella aún que la original.

Esta historia da mucha esperanza. Toda derrota deja grietas en la persona. Todo aquello que nos produce cansancio, tristeza, desasosiego, todas aquellas situaciones que nos parten el corazón, pueden convertirse en una hermosa joya si sabemos extraer un aprendizaje. Nuestra alma puede experimentar una “reparación dorada”. Podemos aprender a tejer esas grietas y convertir la experiencia de dolor en oro, tapizando el corazón roto y embelleciendo nuestra realidad. Los límites ya no serán unas cicatrices, sino la señal dorada de una experiencia que nos ha hecho crecer. Podríamos hablar de la belleza de los límites, porque sin ellos no seríamos y gracias a ellos aprendemos a vivir.

Es tan bello un amanecer primaveral como una tormenta de otoño. Todo forma parte de nuestro paisaje climático, y el paso de las estaciones permite que la naturaleza se renueve y embellezca cada año.

Lo que nos hace ser cada vez más nosotros mismos es la capacidad de ver belleza en lo imperfecto, porque forma parte de nuestra naturaleza. Sólo así descubriremos que, tras una cicatriz, se esconde una hermosa historia humana.

domingo, 27 de mayo de 2018

Cocinar sin alma


Desde pequeño me ha gustado la cocina. Mi madre se dedicó toda su vida a cocinar, para familias, instituciones o empresas. Y, cómo no, en el hogar. Así como mi tía abuela, Carmen. Para ellas la cocina era un trabajo profesional del que vivían y llegaron a hacerlo realmente bien, con suculentos platos que deleitaban a todos. En casa se esmeraban cocinando para que los encuentros familiares fueran un disfrute para el paladar durante las conversaciones entorno a la mesa.

Aunque no me dedique profesionalmente siempre le he dado un valor crucial a la cocina, quizás sin calibrar toda la importancia que tiene para la salud, hasta que se me produjo un trombo ocular que diezmó mi visión. Desde entonces, una buena alimentación que tuviera en cuenta la mejora del sistema cardiovascular ha sido una de mis mayores preocupaciones. Quería aprender una forma de comer sana, que me permitiera mejorar y revertir la pérdida de visión en mi ojo, dañado por la ruptura de unos capilares de la retina. Toda esta situación ha aumentado mi sensibilidad hacia las personas con problemas visuales, que les ocasionan verdaderas dificultades en sus quehaceres cotidianos. En mi caso, he descubierto que una alimentación sana y equilibrada es fundamental para conservar una buena visión.

La anti-cocina


El otro día me comentaron que en TV1 daban un programa sobre la formación de futuros cocineros, Masterchef. Me interesó sobre todo el enfoque que pudiera dar este programa. Lo vi un rato. Y quedé completamente escandalizado y desconcertado.

Más allá de la cuestión dietética y del equilibrio entre los diferentes alimentos, así como las mezclas de ingredientes, totalmente insanas para el sistema digestivo, quedé asombrado al ver la terrible competitividad que se fomentaba entre los participantes del concurso, la prisa desorbitada cocinando en grupo, el frenesí entre pucheros, la violencia incontenida a la hora de corregir, y hasta la humillación por parte del jurado que degustaba los manjares, llegando al desprecio y a la burla. Vi mucha agresividad, mucho estrés y prisa con la excusa de convertir a los concursantes en cocineros “profesionales”.  La competición lo justificaba todo, incluso el desdén hacia la persona y su trabajo, con el pretexto de que han de curtirse ante los desafíos que se les presentarán como futuros empresarios de restauración.

Quedé asustado y preocupado porque estaba viendo lo que, para mí, es la anti-cocina. Gritos, prisas, nervios, tensión… todo enfocado a una cocina espectáculo, un concepto de cocina totalmente inhumano, donde lo que más importa no es la persona, ni el comensal, sino el negocio y el dinero, la fama y las estrellas Michelin.

El arte de cocinar pide silencio


Creo que no se puede entender la cocina sin otras dimensiones muy diferentes. El arte de cocinar requiere silencio y tiempo, calma, reflexión y gusto, hasta llegar a la alquimia del sabor y del saber hacer. La cocina no es un fin en sí, ni se limita a llenar estómagos, sino que es un medio para sanar a la totalidad de la persona. Es importante la dieta, el tiempo, la intención y el valor de cada persona, dignísima de por sí. Es importante la actitud a la hora de ponerse a cocinar y la creatividad, surgida desde el silencio, que permite convertir la cosa más sencilla en deleite. Y sobre todo importa que el que cocina esté pensando siempre en la salud de aquellos para quienes cocina, en su felicidad digestiva, de modo que el alimento se convierta en medicina, como decía Hipócrates.

Una cocina que no tenga en cuenta este contexto filosófico, ético y médico, nunca podrá ser buena para la persona. Este programa, podríamos decir que prostituye la esencia de la cocina sana. La televisión tiene un compromiso social y ético con la ciudadanía. Su labor pedagógica es fundamental para crear opinión y pensamiento en la sociedad. Pero hoy, la televisión está concebida para generar mucho dinero a cualquier precio, incluso renunciando a valores que contribuyen a una mejora social y educativa de la población. La audiencia y la rentabilidad son los ejes centrales de ciertos programas, que llegan a despreciar a la persona con tal de cosechar éxito y enganchar a una masa de televidentes que ven desde sus pantallas cómo se destruye el respeto a la persona.  

Pienso que estos programas desmerecen a una televisión pública, porque están pisoteando el valor y la dignidad del ser humano y fomentan el lucro por encima de la educación. Masterchef es un insulto a la cocina y está demoliendo el fundamento de lo que debería ser el arte de cocinar.

Cocinar es otra forma de amar


Hemos de tener en cuenta la necesidad de generar recursos para crecer humana y profesionalmente, y todo el mundo tiene derecho a obtener unas ganancias, pero no a cualquier precio. Plantear la cocina como un medio para ganar dinero es rebajarla, como si en el centro de esta actividad no hubiera un servicio de calidad, siempre dirigido a la persona, y no sólo a la ganancia.

Hacer que alguien coma algo que has preparado requiere un enorme acto de confianza, que tiene que traducirse en la búsqueda de lo mejor, no sólo para su paladar, sino para su salud. Podemos conjugar arte, belleza, creatividad, sabor y salud. Me refiero a algo más allá de una alimentación orgánica o ecológica: es una relación distinta entre el hombre y los alimentos. No se trata de comer para llenar un vacío en el estómago, sino apostar por una vida sana, tuya y de los demás. Es respetar el cuerpo de los tuyos y el de los demás. Es ir más allá de una necesidad. La comensalidad nos ayudar a estrechar los lazos, a reconocer al otro como sagrado. No vamos sólo a tomar buenos alimentos, sino que vamos a alimentarnos también de todo aquello que mejora nuestra vida y nuestra salud: buenas palabras, emociones sanas, amigos, familiares, propósito vital. También hay una alimentación espiritual, que es la que nos nutre de todo aquello que da sentido a nuestra vida.

Comer sano es aprender a no tragarlo todo: comida, situaciones, emociones, personas, impactos… Comer bien es necesario para estar bien ante cualquier desafío de la vida.

El silencio en la cocina es oración al Creador, que nos permite, mediante la cocción, transformar las sustancias naturales para que puedan ser mejor digeridas. Cocinar es también dar gloria a Dios y a su creación. Sólo así se puede cocinar con el alma y convertir esos momentos en un encuentro místico. Santa Teresa hizo célebre esta frase, que muchos hemos oído y repetido: «Entre pucheros también anda el Señor».

domingo, 20 de mayo de 2018

Un corazón llagado


Un misterio infranqueable


Hace dos años que su esposo falleció. Desde ese día, lágrimas de desconsuelo surcan las mejillas de la esposa, a la vez que su corazón se va secando.

Se pregunta, una y mil veces, por qué esa angustiosa soledad, ese vacío. Por qué tanto dolor. Sus corazones latían al unísono, creando una bella melodía que los hacía tocar juntos el cielo. El amor era tan intenso como su dulzura.

Hoy, después de largo tiempo, se da cuenta de que ya no le queda aliento y le falta una parte del corazón. Su mirada triste, ventana de un alma profunda, revela la grieta de su abismo existencial.

Todo giraba en torno a él. La vida de él era la suya, los dos miraban hacia un mismo horizonte. Aquellos amaneceres que contemplaban juntos se apagaron. Ya no hay amanecer para ella, sólo ve oscuridad y hasta las estrellas del cielo palidecen.

Intenta tirar hacia adelante, casi sin fuerzas. Cuando hablo con ella puedo ver, a través de sus ojos, un corazón llagado, quebrantado, cansado de tanto llorar. Siento el grito de su alma desolada, un grito lanzado al cielo, buscando respuestas. Ante este dolor estremecedor mi boca enmudece. Yo también busco respuestas.

Y me parece un misterio infranqueable. Sólo puedo mirarla, abrazarla, acompañarla en su desgarro. Ni la psicología, ni todo el saber, ni siquiera la experiencia acumulada me es suficiente. Cuando el mar del dolor es tan ancho las palabras no llegan y dejan de tener su efecto terapéutico. Sólo queda la presencia, amable, delicada, compasiva, amorosa. Sólo queda hablar desde el silencio más profundo, de corazón a corazón, sin necesidad de palabras. Que ella sepa que estoy allí, sintiendo su dolor, haciéndomelo suyo.

La calidez de un apretón de manos y una mirada amable es lo que puedo ofrecerle. Parece tan poco…
Sé que es insuficiente, pero he de aprender a aceptar que el drama de la muerte es tan penetrante que no es posible llegar hasta el fondo de un corazón roto. Me queda la oración y el silencio ante Dios, el otro gran misterio.

El amor permanece


Rezo para que un día su tristeza se torne en serenidad. Que el duelo deje de acosarla y se libere de sus angustias, que descubra que el final de un amor no es la muerte, sino que esta es una puerta que se abre hacia un horizonte infinito; que la muerte no es el final de una aventura amorosa, sino un nuevo comienzo que nos llevará a la plenitud de otra vida y hará eterno ese amor.

Es de la esencia del amor que este no desaparezca, ni siquiera con la muerte. El amor ya es experiencia de eternidad. Aquí y ahora hemos de aprender que los ritmos biológicos no ahogan el ritmo del amor, que va más allá de nuestra naturaleza humana. 

Hemos de aprender a hacer una tregua con el fantasma de la muerte, que llevamos inserta en nuestro mismo ADN, y vivirla como un proceso natural de crecimiento humano y espiritual. Nuestra condición mortal forma parte de nuestra realidad; somos moridores, estamos configurados para dejar un día de existir.

Pero también sabemos que junto con el cuerpo tenemos un alma que anhela la trascendencia. Nuestro destino no es el vacío, sino un encuentro amoroso con las raíces más profundas de nuestro ser, nuestra fuente creadora: Dios.

Dios es la realidad última que da sentido a nuestra vida y hasta a la propia muerte, haciéndonos conscientes de la poderosa potencia que tiene el ser humano cuando ama y ha encontrado la razón de su vida: el otro.

Aceptar nuestra realidad mortal


Pienso en todo esto cuando nuestras miradas se encuentran. De mí saldría un torrente de palabras de alivio para embalsamar su corazón llagado. Se las dirijo a Dios, y a mí mismo. Porque sé que a mí también se me morirán personas a las que quiero con toda mi alma, pero también sé que las historias de amor nunca mueren. Ya ahora, tengo que abrazar mi condición mortal y la de los míos, para que, cuando llegue el momento, aprenda a ver que tras esos ojos cerrados por la sombra de la muerte todo será como un dulce sueño, una danza en las tinieblas con un despertar en la otra orilla, al otro lado de la frontera, en el infinito. Aunque el cuerpo se quede ahí, inerte, el estallido de una vida nueva lo está transformando en otra realidad que los que seguimos vivos en la tierra no alcanzamos a comprender. Pero no por ello dejará de producirse esta eclosión con todas sus fuerzas. Entraremos en la órbita de algo luminoso que sólo podremos entender cuando iniciemos ese viaje.

La muerte: un reencuentro


El dolor, la angustia, la enfermedad, la soledad no pueden fulminar este deseo tan genuino del alma: seguir viviendo en un estado de total plenitud, con Dios. Es el destino de todas sus criaturas: volver a la fuente, al origen, al principio. Volver a los brazos de Dios.

El adiós no es una ruptura, es un hasta luego para volvernos a encontrar. Hemos de aprender, cuando llegue el momento, a aceptar que se vayan los seres queridos, no hacia un abismo, sino hacia un nuevo hogar que cuidarán con mimo esperándonos para un abrazo eterno.

Con esta esperanza los ojos no quedarán secos y podrán volver a brillar. Las lágrimas no caerán como perlas teñidas de angustia y temor, sino de emoción y alegría por el reencuentro. Los pulmones no se vaciarán de oxígeno, podremos respirar aire nuevo y el corazón no latirá al ritmo de la melancolía y la tristeza, sino al ritmo de la alegría esperanzada. Una espera luminosa que acabará en una efusión celestial.

Ya no tendremos un corazón llagado, sino un corazón regenerado, sanado, nuevo, porque nuestra nueva naturaleza participará de la misma de Dios. Por él, con él y en él, todo es nuevo y todo renace. El alma volará hacia horizontes insospechados porque ha quedado liberada de la muerte para permanecer resucitada para siempre.