domingo, 20 de agosto de 2017

Sonriendo hacia el cielo

En memoria de Enriqueta Roca, fallecida el 17 de agosto de 2017.

Cordial, amable, servicial. Así la percibí cuando llegué a mi nueva parroquia de San Félix, hace 7 años. Fiel a su parroquia desde hace mucho tiempo, siempre mantuvo un trato exquisito con todos. Para ella esta era su otra gran familia.

Cuando celebrábamos algún acontecimiento parroquial, siempre estaba dispuesta a ofrecerse. Buena cocinera, cuántas veces nos deleitó con su deliciosa repostería, que aportaba generosamente en los encuentros que se organizaban.

Su sonrisa, su mirada limpia y su talante le hacían fácil conectar con los demás y crear un ambiente agradable a su alrededor, tanto con su tono amable de voz como con la música del piano. Como organista fue generosa y entregada, amenizando las liturgias dominicales y las celebraciones, con un deseo de servir a la comunidad. Hasta en los momentos más difíciles de convivencia entre grupos y personas siempre se mantuvo prudente y discreta, facilitando una buena relación entre todos. Sabía estar con elegancia, sin caer en la hipocresía. No perdió este saber estar ni en los momentos en que su enfermedad se fue manifestando con leves indicios.

En verano le gustaba ir al mar. Nadaba y se expandía en el agua. Sentía que el mar la abrazaba y se adentraba lejos de la playa, sin miedo, dejando mecer su frágil cuerpo y jugando con las olas. Había una enorme complicidad entre ella y el mar. Esto me hace pensar que siempre fue una gran luchadora y nada la acobardó.

Cuando era joven fue emprendedora y creativa, capaz de volcarse en nuevos proyectos. Amaba su trabajo y su vida, sabía vender porque era una gran comunicadora y creía en lo que hacía. Fue todo un ejemplo de tenacidad. Nunca se achicó, siempre miraba al frente, sin rendirse ante las dificultades. Supo dar lo mejor que tenía con el hermoso deseo de servir a los demás y llevar adelante a su familia.
Enriqueta murió en el ocaso del día 17 de agosto, un día muy caluroso. Vivió con la máxima intensidad, hasta sacar el mejor jugo a la vida.

Esta tarde, viendo sus restos mortales, me ha impresionado la delicada sonrisa en su rostro. Parecía seguir viva, con sus manos cruzadas, vestida como una señora, con el traje rosa que pensaba estrenar para ir a la boda de su nieta. Pienso que murió como vivió, con exquisita elegancia, sonriendo. Tal como era ella.

Viéndola en mi mente se amontonaron muchos recuerdos: tanta generosidad, tanta entrega. Ni siquiera la muerte pudo apagar su luz.  En el féretro yacía una anciana bella hasta en el momento de su adiós definitivo. Su alma ya estaba preparada para la última aventura: surcar los cielos con elegancia, con delicadeza, para sus nupcias con Dios en la eternidad, como la esposa que espera el deleite de su amado.

Emocionado, recé a Dios para que le abriera las puertas del cielo de par en par. Fui testigo hasta el último momento de su bondad. Siempre que le daba la eucaristía, en las misas dominicales, ella sonreía con suavidad y recibía el sacramento con profunda unción.

He sentido mucho su pérdida, como persona y como miembro de nuestra comunidad. Pero sé que ella formará parte de este grupo de feligreses que nos han precedido y tengo la total certeza de que, desde el cielo, seguirá velando por su querida parroquia, a la que tanto tiempo dedicó.

Desde el cielo seguirá sonriendo, ella que descubrió que con sus labios podía penetrar el corazón de muchos y convertirse en dulce bálsamo para los que sufrían.

Enriqueta, ayúdanos a descubrir el tesoro de la sonrisa, que puede cambiar el rumbo de una vida y de una sociedad. Sólo la sonrisa bondadosa puede disolver el dolor más profundo y convertir un día oscuro en un bello amanecer; un corazón duro como una piedra en un vergel; una angustia en un gozo pleno. Enriqueta, enséñanos a sonreír. Gracias por ese leve gesto, que puede cambiar vidas. Gracias. 

Joaquín Iglesias
18 agosto 2017

sábado, 29 de julio de 2017

Un cántico envolvente

He pasado unos días de descanso en el Molí de Tartareu, en la comarca de la Noguera, en Lérida. Está en medio de un hermoso valle entre robles, encinas y bosque mediterráneo, bañado por el río Farfanya, que atraviesa aquella zona hasta Balaguer. El clima es rabiosamente seco y tórrido en verano, y el sol cae implacable sobre las lomas y las sierras, cubiertas de matorrales, tomillo y romero. En las cimas y laderas el paisaje es árido, pero junto a los ríos y fuentes adquiere un exuberante verdor bajo la sombra de los chopos, que se yerguen a más de treinta metros de altura. Entre la espesura, se oye el rumor del agua fresca y se siente la humedad del aire. Es fascinante contemplar cómo la vida palpita en estos parajes agrestes. Vivir en el campo, además, permite seguir los ritmos del día y sus cambios, desde el amanecer, cuando el sol naciente da fuerza y color al día con sus generosos rayos, hasta el anochecer, cuando la bóveda del cielo se convierte en un lienzo plateado. De noche, en la oscuridad, se puede disfrutar del estallido de miles de estrellas que salpican el cielo. Del frescor de la mañana se pasa al aire caliente del mediodía y a la brisa suave de la noche; la naturaleza se despliega con todo su esplendor invitando a conocerla.

Cada mañana, al amanecer, salgo a pasear. Me despierta el trinar de las golondrinas, que salen de sus nidos para alimentar a sus crías. Una sensación de bienestar me invade mientras camino a primera hora del día por silenciosos senderos. El sol sale como una perla tras los cerros, y poco a poco su luz baña los campos de trigo y centeno, ya segados, que contrastan su color oro con el azul del cielo. Todo despierta y la naturaleza inicia su gran sinfonía y su danza. El arroyo canta, los pájaros trinan y las golondrinas dibujan lazos en el cielo. Las hojas de los árboles dan la bienvenida al primer viento matinal con sus murmullos. No se oye ruido humano ni de máquinas. Tan sólo las voces de la naturaleza, armoniosas, que no estorban el silencio de aquellos parajes.

Me siento como san Francisco, envuelto de belleza, y mi silencio se convierte en otro canto a las criaturas, rebosante de gratitud. Mi corazón canta y me siento uno con la creación.

A lo largo del día camino durante varias horas, hermanándome con la naturaleza, moviéndome con ella, cantando con ella. La naturaleza es un libro que me habla de Dios. Toda ella está llena de su presencia, desde el estallido de color matinal hasta la suave penumbra de la noche, en que los colores desaparecen y se apaga la luz.

Caminando de noche mi retina descansa y los ojos se relajan, pero a la vez se agudiza la visión. Los campos, sin el brillo del día, se perfilan en tonos grises, moteados por las negras siluetas de los árboles, bajo el cielo transparente donde lucen las estrellas. Las montañas se vuelven tímidas sombras en la lejanía y, aunque alguna noche el cielo se ve cubierto de nubes, nunca hay una total oscuridad. La brisa refresca y la temperatura baja a partir de las once de la noche. Después del calor ardiente, el fresquito nocturno invita a acurrucarte en la cama, despidiendo el día. La naturaleza reza conmigo, ella también descansa, aunque los grillos no cesan de cantar y la vida nocturna, de pájaros y animales sigilosos, se despliega en las zonas de arbolado.

Cuando contemplo la naturaleza, que no deja de exhibir su belleza durante todo el día, mi corazón se llena de gratitud y surge un canto. ¡Cuántas poesías se han hecho a la creación! Pero el poeta sólo puede poner la letra; la música la pone el Creador. Atrapado entre tanta belleza que se desparrama, compone los mejores cánticos al Señor de la vida y de todo lo creado. Pienso que quizás un poeta custodiará la creación mejor que un grupo ecologista ideologizado. Sólo se puede amar y cuidar la naturaleza si antes has podido saborear el deleite de un paseo. Disfrutarla, sentirla, sumergirte en ella te hace más cómplice y sensible para el cuidado del medio ambiente.

Hoy, en este rincón de la Noguera, he sentido aquella palabra de Dios cuando crea al hombre. Hoy he podido ver que el hombre está en la cúspide de la creación, y bajo el sol de esa cumbre, puede deleitarse con tanta belleza, cuidarla, custodiarla y amarla. Toda la creación tiene una única razón de ser: ha sido creada por amor a la criatura más excelsa, el hombre. Dios quería el mejor hábitat para el hombre, para su plenitud y su felicidad. Aprendamos a alabar a Dios por tanto derroche de amor.

domingo, 9 de julio de 2017

La cárcel del yo

Hablando con mucha gente he llegado a comprobar que la palabra que más se repite en sus conversaciones es “yo”. Yo, yo, yo, de manera insistente. El yo convertido en un Yo en mayúscula expresa el egocentrismo de tantas y tantas personas con las que he tenido ocasión de hablar. Son de diferentes extractos sociales, tanto cultural como intelectual y económico. Expresiones como “yo digo”, “yo pienso”, “yo hago”, “yo tengo” se repiten en su discurso. Adivino, en estas frases, la tiranía del yo que gobierna sus vidas.

Cuando el yo ocupa el centro del diálogo, de manera reiterativa, estamos hablando de idolatría: el culto a uno mismo. Cuando el tú y el nosotros escasean o no aparecen, estamos delante de una soledad enfermiza e individualista. Cuando el centro de la vida es uno mismo, se inicia un proceso de deterioro psíquico y espiritual.

Son personas que viven instaladas en el narcisismo y en la autocomplacencia, que lentamente van endureciendo su corazón. Viven para sí mismas, se convierten en su propio producto de consumo y viven todas las relaciones con su entorno en función de sus intereses. Poco a poco, se van desconectando de la realidad y de las personas que les rodean. Se convierten en monarcas de sí mismos, sólo importa su existencia y los demás son parte del paisaje, algo residual, un decorado, un banco o un árbol en la acera por donde pasan. Como inevitablemente necesitan de los demás, sus relaciones se reducen a la pura supervivencia, al trato mínimo que no pueden evitar. Pero son relaciones vacías, sin vínculos afectivos, interesadas y mercantilistas.

Cuando se llega aquí, la situación es cada vez más grave porque no se puede negar la dimensión social del ser humano. Ante las barreras psicológicas, la persona encerrada en sí misma buscará paliativos virtuales, gastronómicos o lúdicos para resolver de alguna manera su aislamiento y compensar las carencias emocionales y afectivas. Todo lo compra: autoimagen, personas, estatus, sexo. Vive una doble realidad: lo que es realmente y aquello en lo que se está convirtiendo. El grado de patología llega a ser tan alto que no soporta la vida tal como es.

Quien vive desconectado convierte su hogar o su vida en una cárcel de sí mismo, en una muralla infranqueable. Cuando los demás ya no significan nada para él, cuando los otros molestan, el núcleo de su existencia se va apagando. Porque, aunque no quiera salir de sí mismo, en el fondo de su alma llega a ser consciente de que la soledad como huida no es la solución.

La soledad, que podría ser un espacio de crecimiento, se convierte para estas personas en una vía de escape que las margina cada vez más del resto de la humanidad y que va deteriorando su personalidad.

Son muchas las personas que, quizás sin saberlo, han convertido su vida en una prisión de sí mismos. Viven entre los barrotes del yo porque no han sabido, quizás, digerir situaciones dolorosas, enfermedades, rupturas emocionales, pérdidas laborales o profesionales, crisis o fracasos. Algunas han comenzado ese encierro al fallecer un ser querido. Deciden entonces culpar a los demás, a la familia, a la sociedad, a la suerte… escondiendo la cabeza ante los hechos, porque respirar la realidad resulta demasiado exigente. Es más fácil encerrarse en su mundo que salir de uno mismo. Cuando miras a estas personas a los ojos descubres un terrible abismo. Aunque dicen que hacen lo que quieren, porque lo tienen todo y nadie les pone límites, se están enfrentando al peor de los fantasmas: el vacío. Su carácter se vuelve bipolar, inestable, colérico. Se sumen en constantes contradicciones, les falta armonía y esto se refleja en sus rostros. Pueden aparentar una momentánea satisfacción y tranquilidad, pero de pronto estallan y se convierten en un auténtico huracán. Es entonces cuando la pérdida de su identidad se manifiesta en toda su violencia.

Necesitan vivir en una burbuja, en una atmósfera de autocomplacencia. La brisa de la realidad las dispara y no pueden controlarse. Su aparente normalidad social es un disfraz para tapar su carencia, porque tienen que sobrevivir y aparentar que son alguien. Pero detrás esconden miedos, inseguridad e incapacidad para afrontar cara a cara lo que viven y lo que les ha pasado. En vez de reflexionar, meditar y buscar el silencio que les permitiría ver claro, prefieren una soledad vivida como aislamiento. Es una estrategia defensiva para proteger su fragilidad extrema.

¿Cómo es posible liberarse y salir de esta prisión del egocentrismo? Armándose de coraje y aceptando con humildad lo que ocurre.

El contacto con la realidad, aunque hiera y duela, ayuda a salir adelante. Aunque emocionalmente estés destrozado, aceptar las cosas como son te hace madurar como persona. El silencio y la soledad, cuando aprendes a aceptar tu vida y tus circunstancias, te ayudan a sacar lo mejor de ti mismo. Conviertes la experiencia en una gran lección y una oportunidad para crecer. Cuando uno es capaz de enfrentarse al fantasma más terrible, se da cuenta de que no puede luchar contra él, porque ese monstruo no existe, está sólo en su imaginación. Lo único que hay es uno mismo, simplemente, y una realidad que hay que abrazar tal y como es, aprendiendo de ella por doloroso que sea.

domingo, 25 de junio de 2017

Lluvia dorada

Estos días luminosos el sol baña todo el patio parroquial. El cielo es de un intenso azul y los rayos cenitales acarician las expansivas ramas de la morera. Enfrente de ella, en el otro lado del patio, las acacias alargan sus ramas. Como si la morera y las acacias quisieran unir sus manos para cubrir con su sombra todo el patio.

Pese al calor pegajoso, la brisa que corre bajo las ramas hace más refrescante este espacio y lo convierte en lugar para reposo y diálogo de muchas personas que pasan por el recinto. Si la morera había sido inspiradora, ahora es el conjunto de los árboles el que embellece este lugar de paz.

Suelo madrugar antes de que salga el sol. Durante esta semana, en el tibio silencio matinal, el patio ha amanecido cada día cubierto de una alfombra dorada. Mis pies pisan el oro caído de estos árboles africanos, miles de flores que visten el patio de un color otoñal. El verano y el otoño se abrazan en el patio. Las hojas verdes de la morera y el amarillo intenso de las flores de las acacias tiñen el espacio de un color festivo que hace maravilloso el arranque del nuevo día.

Y me pregunto. Así como la morera se queda completamente desnuda en invierno, dando una imagen de indigencia desolada con sus delgadas ramas a merced del frío y del viento, las acacias tienen otro ritmo. Nunca se quedan sin hojas. En la primavera se secan un poco y adquieren un color grisáceo, pero nunca llegan a quedarse desnudas. En sus ramas anidan las pegas, que me despiertan a las seis de la mañana con sus graznidos. Más tarde, el trinar melodioso del mirlo se convierte en música que me invita a levantarme agradeciendo el nuevo día. Cada día disfruto de un trozo de naturaleza y de un auténtico concierto para los sentidos. Así como al ocaso el ritmo vital desciende para adentrarse en la inmensidad de la noche, al amanecer el día despierta con brío. Ni la noche ni el día son jamás iguales. Danzan en el cielo la luna y las estrellas, y el rumor entre las hojas de los árboles canta diferente cada día. Esos cánticos son un regalo de la creación que, como decía el papa Francisco, todos hemos de custodiar.

Si en el reino vegetal ya se da tal variedad de formas y colores y cada árbol tiene sus ciclos, pienso que también cada persona tiene su ritmo, y este se da de una manera natural y en función de sus momentos vitales. No todos somos iguales. Cuando unos caen otros se levantan, y aunque pueda parecer un contrasentido, esto forma parte del crecimiento humano y de nuestro propósito vital. Hay vida en la desnudez invernal de la morera, aunque sea latente, en su fragilidad. Y hay vida en las acacias que se desprenden de sus flores, alfombrando el suelo de color. Mientras la morera crece en primavera, las acacias sueltan sus hojas. Cuando la morera reposa, las acacias crecen más hacia arriba, como si quisieran tocar el cielo con sus ramas. Toda realidad es bella. Sea cual sea, siempre nos está aleccionando y cada día nos dice algo nuevo si somos capaces de parar y escuchar.

La morera y las acacias están creando una bóveda natural sobre el patio. Sólo faltan unos pocos metros para que sus ramas se toquen y puedan cubrir todo el espacio con su sombra refrescante. Es algo mágico: brazos que se abren para acoger, con dulzura protectora, creando un hábitat donde las personas podemos encontrarnos, convivir y fortalecer nuestros vínculos con los demás.

domingo, 4 de junio de 2017

¿Espejismos o sueños?

Una vida con sentido


El ser humano alberga, en lo más profundo de su corazón, metas muy altas. No concibe su vida sin un sueño, una meta, algo que le haga sentirse vivo. Todo lo que hace gira entorno a aquello que constituye la esencia de su vida. Ha nacido para dar un sentido pleno a su existencia.

Este deseo le sobrepasa. En su lucha incesante por culminar su propósito llega a hacer lo imposible para alcanzarlo. La busca de nuevos horizontes forma parte de su identidad más genuina y no cejará hasta llegar a la cumbre de su vida. La creatividad se le dispara, los sueños son posibles, la esperanza no se apaga, sus fuerzas son inquebrantables. Su ilusión no se agota. Su deseo es saber, aprender, hacer; forma parte de esas ansias de infinitud. Ante la inmensidad del ser se desliza como un surfista bailando con las aguas del océano. La tenacidad lo lleva más allá: sentirse casi como un dios le ayuda a trascender sus propios límites. Tocar con los dedos la cima le hace libre y protagonista de su propia historia. Se siente plenamente realizado.

A todos aquellos que lo logran, ¡felicidades! Porque habéis ido más allá de vuestras capacidades y habéis sabido gestionar vuestro potencial. Nunca os habéis rendido ante ningún obstáculo, sabiendo que, aunque pueda producir desgaste, la lucha forma parte de las etapas de crecimiento hasta alcanzar la meta.

Sueños ajenos


Si llegar a la cumbre es una auténtica osadía, es una osadía aún mayor tener la humildad de retirarse cuando esa meta, por muy bella que parezca, se hace inalcanzable. Se requiere la misma gallardía para saber ganar que para saber perder. Estamos en una sociedad que nos ofrece grandes sueños, grandes objetivos, metas impresionantes. Y tenemos que plantearnos si realmente estas son nuestras metas o responden a una cuidada estrategia de marketing. Los vendedores de sueños abundan, y debemos preguntarnos si las grandes panaceas de la vida que nos quieren vender son realmente lo que tenemos que hacer y por lo que tenemos que luchar.

A diario hablo con muchas personas y me doy cuenta de que, en realidad, lo que persiguen no son sus sueños, sino los sueños de otras personas, grupos o empresas que les prometen la libertad. Lo hacen de tal modo que, vendiéndoles sueños las esclavizan y quedan como abducidas, poseídas y fagotizadas. Esos sueños las apartan de la realidad, pero ellas siguen fieles y pelean como jabatas por una causa ajena que hacen suya. Los sueños ajenos son adictivos y absorben la mente y la voluntad, hasta tal punto que las víctimas de esta atracción caen en un lento suicidio psicológico. Les falta tiempo, recursos, paz y descanso. Sus relaciones se ven condicionadas, dejan de ser sinceras y se vuelven interesadas. Se alimentan de las palabras talismán y las frases que las mantienen en su empeño: tú puedes, todo está en ti, el universo está de tu parte, eres como Dios, todo lo puedes alcanzar. El sobreestímulo emocional y psicológico, a través de toda clase de medios y mensajes, las envuelve como un gas tóxico y aletargante, con el fin de elevar su autoestima y provocar una euforia artificial.

Pero el precio de esta seducción, de esta venta de sueños, es muy alto. La persona arrastrada por sueños ajenos se violenta cuando alguien la hace reflexionar sobre su situación o la invita a cuestionarse estos sueños y su adicción psicológica. Se resiste a ver las cosas desde otra perspectiva. Como actúa en función de su visión subjetiva, los choques con la vida real son cada vez más frecuentes.

Hay una especie de talibanismo en el mundo comercial y mediático, también en algunos movimientos políticos y espirituales. Se trata de un fanatismo que disfraza la esclavitud empleando un lenguaje seudo-religioso e incluso haciendo referencia a textos bíblicos con el objetivo de lograr una mayor penetración psicológica. Grandes gurús utilizan un lenguaje místico para reforzar sus objetivos y seguir vendiendo sueños a costa de una riada de víctimas que no sólo no consiguen sus metas, sino que caen en las redes de una estrategia comercial tan bien montada que son incapaces de reflexionar, poner distancia y salir de la trampa.

El sueño las hace sentirse grandes y heroicas, la realidad es que son vidas desesperadas, perdidas en un laberinto de palabras bellas, pero huecas y vacías de sentido. Por eso hemos de distinguir entre espejismo y sueño real.

Cómo discernir


Se necesita clarividencia para distinguir entre lo real y la fabulación; se necesita fuerza para conseguir una meta real y alcanzable, pero también para saber cambiar y redescubrir una nueva meta.
Apuntaría varios aspectos para discernir si lo que estamos haciendo es lo correcto para nuestra vida.
Primero, ¿estoy totalmente convencido? ¿Lo he pensado bien? ¿He sopesado con calma y tiempo suficiente lo bueno y lo malo de esta opción?

En segundo lugar, ¿siento paz? No sólo alegría, que ya está bien pero que puede ser una emoción pasajera o la euforia de un momento. ¿Me siento sereno por dentro?

Mis relaciones, ¿se ven afectadas por lo que he decidido? ¿De qué manera? ¿Me acerca  a los demás o me aparta de ellos? ¿Me pide mucho tiempo, de modo que sólo vivo para esto? ¿No sé hablar de otra cosa que lo que estoy haciendo? ¿Repito una tras otra vez el mismo discurso, hasta agotar a los que me rodean? ¿Me molesto cuando los demás me critican y cuestionan mi manera de hacer? ¿Rompo alguna relación por este motivo? ¿Alejo de mí a los que no están “conmigo” o quiero convencerlos con mi discurso insistente?

Mi vida privada más allá del trabajo y del sueño, ¿cómo está? ¿Cómo vivo fuera del sueño? ¿Cuál es mi realidad personal, familiar, con mis amigos? ¿Cuánto tiempo estoy dedicando a trabajar por este sueño?

¿Me encallo en los objetivos que deseo alcanzar? ¿Soy capaz de poner distancia, sólo por unos instantes, y mirarme ante el espejo sin miedo?

¿Soy capaz de hacerme la gran pregunta que produce vértigo? ¿Es realmente esto lo que tengo que hacer?

Nos da pánico ahondar y detenernos ante nuestra mirada en el espejo. Sí, nos da un miedo terrible mirarnos al alma y preguntarnos: ¿es un sueño o es una fabulación? ¿Es mi sueño o es el sueño de otros, que han inoculado en mi corazón? ¿Es algo real o estoy viviendo una fantasía?

El coraje de cambiar


¡Cuánta soledad maquillada con sueños de colores! Si antes felicitaba a quienes consiguen lo que se proponen, también felicito a los que tienen el coraje, las agallas y la honestidad de salir de un camino que les promete un paraíso ficticio, de renunciar al brillo falso de un sueño que no es su sueño, sino un espejismo que los aparta de la realidad, de los demás y de sí mismos.

La adicción a los falsos sueños está muy extendida y refleja la desesperación y el vacío de muchas personas que se aferran a estas quimeras. La visión irreal se convierte en meta y da sentido a sus vidas, pero están corriendo sobre un terreno deslizante, hacia el abismo.

Se necesita humildad y coraje. Humildad para dejarse ayudar. Coraje para atreverse a cambiar de rumbo. Y para ello es necesario algo que nuestra sociedad y los vendedores de sueño no nos quieren permitir: tiempo y silencio.

El frenesí activista ahoga el pensamiento y mata el silencio. Quien nunca para no puede pensar. Y quien no puede pensar no es libre para discernir y decidir. Por eso la sociedad nos invade con mil ofertas que nos distraen y los vendedores de humo nos empujan a no parar jamás: hay que hacer, hacer, y hacer.

Buscar tiempo para hacer silencio, parar, reflexionar, sincerarse con uno mismo, es necesario. En el silencio encontraremos claridad, paz y humildad. Porque, de la misma manera que hay vendedores de sueños que te arrastran hacia el abismo, también hay manos amigas que quieren rescatarte o, al menos, sostenerte para que vuelvas a ser tú mismo y recuperes el camino hacia la realidad, hacia la vida, hacia ti.

domingo, 14 de mayo de 2017

Vidas vacías

Tocar tan de cerca la realidad humana añade valor y riqueza a la vida. Conocer en profundidad al hombre, sus inquietudes y esperanzas, abre el horizonte. Pero este aprendizaje también produce cierto dolor. Sentir el vacío existencial de tantas personas me acerca a su vulnerabilidad y me empuja a ahondar en ella.

Críticas para tapar el vacío


Una forma de afrontar este vacío tan hondo es generar crítica. Aceptar la realidad produce tanto vértigo que mucha gente necesita ahogar este sentimiento llenándose de las vidas ajenas. Quieren enterarse de todo, se meten en los asuntos de los demás, critican y esparecen rumores: se convierten en profesionales del «correveidile», llegando a distorsionar totalmente la vida de las personas criticadas, con la intención de manchar su dignidad.

Pero lo más asombroso es que alrededor de estas personas se crean verdaderos círculos de opinión. Lejísimos de la verdad, captan con actitudes sutiles a numerosos adeptos que se suman a ellas y contribuyen a esparcir las oscuras mentiras que difunden.

La finalidad de estos grupos, ya se reúnan en plazas y bares, ya se comuniquen por llamadas en cadena o por Internet, no es cultivar la amistad ni fortalecer los vínculos. A sus promotores no les interesan unas relaciones interpersonales profundas y sinceras, sino atraer a más gente que alimente su necesidad de criticar y ganar protagonismo. Muchas veces  se valen de personas desencantadas de la vida, o que viven sometidas a situaciones de soledad o angustia; personas que quizás sólo viven para sí mismas, acumulando tanta rabia y envidia que no controlan su empeño enfermizo de agredir a los demás.

Una patología social


Estremece ver y sentir la maldad que puede anidar en el corazón de ciertas personas. Cuántos sufren, por su causa, y ven su dignidad injustamente atacada.

La crítica como paliativo del vacío existencial podría considerarse una patología social con consecuencias nefastas, tanto para el que critica como para el que es criticado. Es una enfermedad letal y contagiosa que va minando sus vidas y puede tener enormes repercusiones a nivel social. Ciertos programas de televisión se basan justamente en esto: de manera injuriosa van ensuciando la imagen y la fama de las personas que caen víctimas de los criticones de turno sobre el plató. En nuestro día a día asistimos a escenarios similares: criticamos al vecino que no nos gusta, al familiar que no aceptamos o al compañero de trabajo que nos cae mal. Y a menudo jugamos con doble cara, sonriendo por delante y preparando la taladradora por detrás.

Muchas personas pasan la vida utilizando sus lenguas para guillotinar y despedazar al otro, sin ningún tipo de remordimiento. Lo más grave es que estos asesinos psicológicos, que no llegan a matar físicamente, moralmente lo intentan, queriendo destrozar la vida de los demás.

Posibles causas


¿Qué hay detrás de esta psicopatía social? Un terrible sentimiento de vacío y una necesidad constante de venganza. ¿Contra quién? Alguien tiene que ser culpable y pagar por todo lo malo que les sucede.

¿Cuál es el origen de esta actitud? Quizás una experiencia infantil mal vivida, falta de afecto, un rechazo por ser como son, o un fracaso que no han resuelto. Quizás una falta de referentes o valores morales, una educación insuficiente o con modelos patológicos ya en su familia. Puede haber un desdibujamiento de la autoridad de los padres, una exigencia poco controlada, con excesivo rigor y manipulación de los hijos, o al revés, una educación demasiado laxa por falta de tiempo de los padres para educar a sus hijos. También puede deberse a un temperamento conflictivo, o a una falta de empatía con la gente, al poco diálogo interpersonal y una incapacidad de adaptarse socialmente. Lo cierto es que, aunque no lo parezca, una persona tan vulnerable puede llegar a contener mucho odio dentro de sí. Ha aprendido a sobrevivir y a rodearse de un núcleo de gente similar, con experiencias parecidas de frustración y resentimiento acumulado.

El odio encerrado se convierte en un gas letal que la persona va liberando en función de su rabia y de los contratiempos que sufra. No lo puede contener. Y al mismo tiempo este envenenamiento se convierte en adicción permanente: la persona adicta siempre buscará un objetivo, alguien que no le caiga bien, para poder liberar su cólera.

La educación, antídoto


¿Cuál puede ser el antídoto para esta patología? Ni siquiera los psicólogos tienen una terapia eficaz, porque una vida vacía de sentido sólo se puede arreglar aceptando que uno es así, fruto de unas circunstancias que pueden ser muy duras.

Una educación correcta puede dar las herramientas adecuadas para que la persona aprenda a afrontar no sólo lo que pasa en el mundo, sino lo que sucede en su alma. El abordaje debe hacerse no sólo desde la psicología, sino desde la pedagogía, la filosofía y la moral. Todas estas disciplinas deben ayudar a que la persona abrace su realidad existencial, aceptándola y asumiéndola. A partir de aquí, con humildad y con ayuda de alguien, será preciso tomar medidas y acciones prácticas en la vida cotidiana para revertir la actitud destructiva e ir incorporando valores en el día a día.

Maestros, psicólogos, filósofos y teólogos tienen ante sí una gran tarea: elaborar líneas maestras de educación que ayuden a la persona a sacar afuera sus talentos y todo lo que es, facilitando un buen desarrollo de su potencialidad y ayudándola a crecer y a florecer para que sepa dar lo mejor de sí misma.

De esta manera podrá disfrutar de una vida plena sin necesidad de vivir a expensas de la vida de los demás. Sólo así será feliz y hará que la vida de los demás también sea más feliz.

sábado, 22 de abril de 2017

Un abrazo sanador

En los diferentes encuentros que tengo a lo largo de la semana, sobre todo con personas que necesitan apoyo, consejo y acogida, me doy cuenta y percibo tantas y tantas heridas que quiebran su corazón. Leo en sus ojos una profunda soledad. Se sienten frágiles, incomprendidas y a menudo perdidas. Buscan una palabra amable, una acogida cordial y una atención exquisita.

Cuántas personas viven la peor de las pobrezas, que es la falta de afecto, y buscan un apretón de manos, una mirada cálida, unas palabras que alivien su ansiedad. En el fondo, sólo buscan un poco de dulzura. La dureza de la vida las ha llevado a un profundo vacío interior y viven desoladas porque han perdido sus referencias y sus motivos para vivir. Se convierten en mendigos existenciales que reclaman la limosna de la ternura. Han perdido su autoestima y están a punto de perder su propia identidad como personas humanas. Cuando son tan vulnerables pierden algo consustancial al sentido más hondo de su vida y de su historia: su capacidad de tomar decisiones libres. Esto puede diezmar su dignidad y hacerles caer en la indigencia emocional.

¿Cómo ayudar a estas personas que buscan respuestas ante su deprimente situación? Muchas de ellas no son pobres económicamente, pero sí emocional y espiritualmente, y buscan salida a su laberinto existencial. Ante el abismo sienten terror. Les angustia el presente, lleno de contradicciones. Han llegado a una situación límite y no saben qué hacer con sus vidas.

Es verdad que existen muchas alternativas y tratamientos psicológicos. Hoy asistimos a un boom de terapias que se presentan como la panacea a estos problemas del alma. También hay ramas de la ciencia médica que ayudan o pueden ayudar, pero no siempre son suficientes. Si no se establece una conexión con la persona que tienes delante es difícil poder ayudarla.

La prisa es anti-terapéutica. El facultativo sufre otra terrible enfermedad: la falta de tiempo por culpa de una mala organización o por pocos recursos, pero también por un desconocimiento de la persona. Sin una mirada sosegada al enfermo no se puede curar. Un entorno cálido y apacible, con tiempo para poder escuchar al paciente, ya es medicina preventiva. No damos importancia a estos aspectos cuando son justamente los que constituyen la base de la psicología humana. Muchos médicos se van por las ramas con tecnicismos sobre patologías, pero son incapaces de mirar al paciente a los ojos, pendientes del reloj. A veces tampoco hace falta hablar mucho. La mirada, la postura y el tono de voz ya pueden ser suficientes para hacer un primer diagnóstico. Detrás de una voz o de unos ojos, muchas veces se esconde un corazón roto que ha somatizado su herida en el cuerpo.

Los sacerdotes tenemos un desafío similar al de los médicos con las personas que vienen buscando consejo. En nuestro despacho nos encontramos con personas que sufren enfermedades, no sólo físicas, sino emocionales y espirituales. Muchas veces, después del encuentro que hemos mantenido, han tenido la libertad de pedirme una «medicina», como dicen algunos.

La semana pasada una señora me pidió: «¿Le puedo dar un abrazo?». Claro, le dije. Y recordé que Jesús también bendijo, abrazó y se dejó abrazar. La Iglesia es una madre, ¿y qué madre no abraza a sus hijos? Y más cuando los ve tan desvalidos.

No hay sanación física si no hay sanación emocional y espiritual. Y la gente tiene hambre de abrazos y de afecto. La patología más profunda, muchas veces, es la falta de amor. Cuando alguien pide un abrazo está reclamando ternura en su dolor y no lo pide porque esté ante un médico, un psicólogo o un sacerdote, sino porque ha visto una persona capaz de escuchar y se ha sentido bien. Se ha atrevido a hacer esta demanda de calor sincero, porque aquel terapeuta, médico o sacerdote, ha ido más allá de su función y se ha convertido en un sanador del alma. Cuando se llega al alma, se puede sanar todo, aunque no siempre se cure todo.

El amor devuelve el sentido de la vida. Un abrazo sincero se convierte en la terapia de las terapias. Un abrazo está expresando la potencia regeneradora del amor. Un abrazo apaga la sed de la aridez interior; un abrazo puede convertir un día lleno de nubes en una jornada de sol; un abrazo puede deshacer el hielo del corazón; un abrazo te hace mirar más allá de tus límites y puede convertir la amargura en gozo y alegría. Un abrazo sana la totalidad de la persona y te ayuda a descubrir la riqueza que hay en ti. Un abrazo te hará sentir vivo y recuperar tu capacidad de amar y abrazar a otros para que también, a su vez, puedan sanar.

Sanando a los demás se sana uno mismo, aunque esto suponga afrontar retos nuevos cada día. Porque sanar, en definitiva, es una forma de amar.

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