sábado, 24 de septiembre de 2016

La soledad de algunos hombres

La soledad es un deseo del hombre que busca crecer, conocerse mejor y ahondar en el interior de sí mismo. Es un tiempo que buscamos con ansias y que no siempre encontramos en esta sociedad del frenesí. Necesitamos pasar tiempo solos para centrarnos en el objetivo de nuestra existencia y preguntarnos si esta razón de ser armoniza con lo que estamos haciendo.

Pero en este escrito no me refiero a la soledad sana que disfrutamos porque tenemos un propósito de vida. Hoy me refiero a la soledad no querida. Es la soledad que llega a ser insoportable porque la persona no es capaz de saber qué quiere ni se atreve a preguntarse por su propia identidad.

¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué sentido tienen mi presente y mi historia?

Muchos hombres, llegados a cierta edad adulta, o a la jubilación, no saben qué hacer con su vida y se sienten amenazados por la soledad. Necesitan ocupar su tiempo para huir de ella. La angustia de no encontrar su norte les genera un dolor lacerante en el alma. Los existencialistas concebían la vida como un lanzarse obligatoriamente a un naufragio. Nos guste o no, estamos condenados a bregar contra nuestras tormentas interiores. Con cuántos hombres he hablado que se sienten así y buscan las aguas calmas de la orilla.  

Combaten el tedio y llenan su tiempo de actividades y quehaceres porque la soledad los golpea. Hablan sin cesar porque no quieren estar solos ante su realidad. Les da pánico mirarse al espejo porque, en el fondo, saben que están huyendo hacia ninguna parte. Su angustia aumenta con el paso de los años.

¿Se puede hacer algo, más allá de una terapia psicológica o una conversación de café? No solo se trata de desenterrar traumas infantiles, patrones de conducta, valores familiares, fracasos o decepciones. Hay un abordaje diferente que va más allá de las terapias tradicionales. Podría ser una terapia pre-religiosa o existencialista, enfocada a la aceptación de la realidad propia. Algunos pensadores lo llamarían realismo existencial.

Porque ya no estamos hablando de enfermedades del cuerpo o de la psique, sino del ser. Podríamos hablar de enfermedades de la existencia, que llevan a ciertas actitudes ante la vida. El orgullo, la vanidad, la egolatría, la autosuficiencia, la falta de humildad…, todo esto son patologías que llevan a la fragmentación del ser. Nos alejan de la realidad y nos impiden aceptarla y aceptar a los demás tal y como son. Estas actitudes también nos impiden aceptarnos a nosotros mismos, con nuestro pasado y nuestra historia personal.

Enfermedades del ser


El enfermo existencial permanece en la crítica constante. Su comportamiento es bipolar y narcisista, todo gira en torno a él. Al final, su psique acaba agrietándose y sufre una terrible angustia. En el fondo no se conoce a sí mismo y los demás siempre son culpables de su situación. La vida se le hace insoportable y necesita «machacar» sus razones constantemente, hasta el delirio enfermizo. Para algunos, todo el mundo se equivoca menos ellos. Para otros, todo el mundo es malo y, a fin de no contaminarse, se van alejando cada vez más de la gente y desconectan, aislándose en la amargura. Cuánto dolor hay en estas personas.

Estos hombres, que a menudo acaban muy solos, necesitan coraje para aceptar la realidad tal como es y no buscar subterfugios psicológicos, religioso o morales. La soledad es una gran oportunidad para que, desde el silencio sereno, redescubran sin miedo su identidad más auténtica, sin necesidad de vivir un personaje que no son. Culpar a los demás de su soledad es una actitud de cobardía que paraliza. En lo más hondo de su corazón, uno no puede engañarse. Vivir en una mentira durante años lleva a una pugna constante con uno mismo, y esta lucha corroe las fibras más sensibles del alma.  El púgil necesita siempre un cuadrilátero, un entorno o una excusa para poder sacar su rabia y lanzarla contra los supuestos enemigos, reales o imaginarios.

El realismo existencial es la única medicina que puede sanar estas enfermedades del ser. No somos culpables de los acontecimientos anteriores a nuestro nacimiento. Se trata de aceptar nuestra historia tal como es, aceptar a los demás y sus límites y aceptarnos a nosotros mismos. Sólo así, abrazando la realidad de mi ser, puedo iniciar un camino de recuperación. No necesitaré de nada exterior para sentirme tal como soy. Este es el gran acto de humildad: no pretendo ser quien no soy, soy quien soy y así me acepto y me quiero. Esto es lo único que puede tapar la grieta de mi fractura existencial.

Aprender a amar quien soy es la puerta de salida hacia la realidad plena de mi ser, aquella que nos dio el Creador, sin dolor ni ambigüedades. Será entonces cuando no nos sentiremos solos, ni siquiera en la mayor de las soledades. Porque descubriremos que esta es una parte intrínseca de nuestra vida y la aceptaremos con paz.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El espejismo de la ambición

La sociedad de hoy valora al hombre por su capacidad de hacer muchas cosas. Valora el éxito, el reconocimiento y, sobre todo, la habilidad para hacerse millonario con su incansable trabajo. Esta mentalidad se difunde por todo el mundo, también en los sectores más humildes de la sociedad que sufren el paro, la precariedad o las consecuencias de la crisis económica.

Muchos gurús de la economía y de la empresa prometen el éxito si sigues al pie de la letra sus programas. Tras una apariencia de amabilidad y cordialidad, esconden una enfermiza ambición para obtener más y más dinero, fama y prestigio. Algunos incluso utilizan un lenguaje seudo-religioso para dar un aire de nobleza a su trabajo, queriendo demostrar así que su motivación no es tanto el dinero como ayudar a los demás. Bien lejos de la realidad.

Detrás de estos discursos hay un elaborado proceso de marketing orientado a manipular las emociones. Utilizan tácticas de neuro-marketing para meterse en la mente de sus oyentes y convertirlos en adictos a sus ideas, empleando frases alentadoras como «tú puedes» o «lo que piensas se convierte en realidad». Estos gurús quieren convencerte de que tienes una capacidad casi divina. Si quieres, puedes, y si no lo consigues es porque quizás te falta fe.

Cuántas personas, hoy, viven sometidas a estos vendedores de sueños, creyendo en un ideal mientras se embarcan en una carrera angustiosa que poco a poco va minando sus fuerzas. Viven una bipolaridad entre la angustia de la vida real y un sueño inalcanzable. Esta división interna las puede llevar a ignorar su propia realidad y a caer en la indigencia. Hacen un esfuerzo heroico por sonreír y visten con dignidad, su discurso desprende elocuencia y éxito, pero quizás están viviendo en la miseria.  En algunos casos, pueden llegar a la fragmentación psicológica.

Cuando el culto al dinero marca las motivaciones de la persona, esta cae en una espiral progresiva de desear más y más, hasta perder toda referencia moral. La ambición es utilizada por algunas empresas de multinivel como estrategia para su fin último, que no es tanto el bien de las personas como el incremento de sus ganancias. Para enganchar a sus vendedores, les prometen grandes incentivos y alimentan su sueño de un paraíso económico donde nunca les faltará nada si siguen en la brecha. Tendrán todo lo que quieran y se sentirán como dioses. Con mensajes muy bien estudiados, son lanzados a un ritmo frenético y a un consumo incesante que va a alimentar las arcas de la compañía. El lenguaje moral, religioso y con tintes bíblicos sirve para alimentar el entusiasmo y la credulidad de quienes caen en una sólida red que crece a costa de un ejército de personas que creyeron en su propuesta.

Trabajan sin descanso persiguiendo la felicidad, pero han caído en el culto idolátrico de los bienes materiales. Ya no importa tanto quién eres, ni siquiera qué haces, sino lo que tienes y consigues, y la manera de adquirirlo poco importa. El fin justifica los medios.

Estas personas han olvidado que podemos vivir con menos y, en cambio, necesitamos pasar más tiempo junto a nuestros seres queridos. Más allá del trabajo, se puede vivir y ser feliz cuando ponemos el dinero en segundo plano. Se puede ser feliz sin renunciar a lo que uno es, a los talentos propios y a un deseo sano y equilibrado de prosperidad. Lo que realmente importa en la vida es vivir serenamente y sacar tiempo para darlo gratuitamente a los demás.

domingo, 28 de agosto de 2016

Solidaridad o vanidad

Ante la crisis se ha producido una explosión de iniciativas orientadas al apoyo y acogida de personas y grupos vulnerables. Son muchos los que se han visto arrojados al margen de la sociedad, sometidos a terribles carencias y heridos psíquica y emocionalmente. Todo esto es consecuencia de una gestión política que se aferra al poder y no al servicio de las personas, especialmente las más frágiles. El revés que reciben estas personas es tan fuerte que muchas se quedan sin recursos y sin ánimo. Faltas de esperanza, caminan sin rumbo, angustiadas, y finalmente, a veces con reparo, deciden pedir ayuda a alguna institución caritativa o a algún movimiento solidario.

La huella del dolor se nota en sus rostros decaídos y desesperanzados. Pedir ayuda cuesta, especialmente a aquellos que lo tuvieron todo y ahora lo han perdido todo. Para ellos significa iniciar un largo camino donde tendrán que aprender a ser humildes y avanzar, poco a poco, hacia su recuperación, hasta reencontrar su dignidad perdida.

La Iglesia, sensible al sufrimiento de los parados, ha creado con Cáritas diversas iniciativas para paliar tanto dolor. Se han creado también muchos comedores sociales, llevados por un ejército de voluntarios que atienden cada día a numerosos comensales. Estos voluntarios dan mucho más que comida: dan acogida, escucha atenta, amabilidad y esperanza. En medio de este mar de sufrimiento la Iglesia se convierte en bálsamo que suaviza y mitiga el dolor de tanta gente.

Junto a estas hermosas realidades, hay que reconocer que la solidaridad no siempre se ejerce bien. De ahí el título de este escrito.

Solidaridad o vanidad. ¿Por qué? A veces, tras una buena intención inicial pueden esconderse otras actitudes no tan altruistas. Cuando un voluntario decide ofrecer su tiempo y su esfuerzo, debe hacerse algunas consideraciones. No basta tener buena voluntad y ocupar un tiempo en una actividad solidaria. Es normal sentirse bien haciendo algo bueno por los demás. Pero todas estas razones no son suficientes para ejercer un voluntariado. Uno ha de preguntarse por qué lo quiere hacer, realmente. Y aunque parezca que esto no es tan importante sí lo es, porque comprometerse implica una serie de actitudes que lo capacitarán para tal ejercicio.

¿Qué necesita el voluntario? 


Primero, necesita conocer a fondo la institución en la que decide realizar su voluntariado. Y conocer en concreto la actividad en la que va a colaborar.

Segundo, debe hacerse un examen sincero sobre su capacidad y habilidades para el voluntariado.

Tercero, ha de respetar y asumir los criterios de la institución donde va a colaborar y la autoridad de sus responsables. Debe acatar la filosofía del centro y mostrar adhesión a las líneas globales que se marcan.

Cuarto, ha de facilitar en lo posible una buena relación de cordialidad entre todos los compañeros voluntarios.

Quinto, ha de mostrar un profundo respeto a la dignidad de las personas atendidas, independientemente de su raza, sexo y credo.

Sexto, ha de respetar y cuidar el entorno físico y ambiental.

Por último, esto es un pilar fundamental: nunca debe emitir juicios sobre nadie, ni sobre los acogidos ni sobre el voluntariado, ni sobre la institución acogedora.

Todos estos requisitos los tendrá claros si es una persona que no persigue su propio interés o beneficio, sino el bien de los demás. Su actitud será de servicio y se mostrará dócil, dispuesta y flexible, capaz de convivir y de aceptar la dirección de otros.

Riesgos de un voluntariado centrado en sí mismo


Si el voluntario no tiene esto en cuenta es posible que tras su amable generosidad se esconda una solapada vanidad que lo puede llevar, al cabo del tiempo, a desviarse de manera agresiva y crítica de la línea de trabajo de la institución en la que colabora. Puede emitir juicios poco objetivos, incluso difamar a la institución o desmembrar el grupo de voluntarios con cierta violencia. Esto sucede cuando su motivación oculta o quizás inconsciente no es el servicio, sino cultivar una imagen solidaria y prestigiosa de cara al exterior. Para otras personas el voluntariado se concibe como una terapia para sentirse bien, o un espacio de recreo y pasatiempo, para llenar un hueco o un vacío en la vida. En todos estos casos el centro de interés último es uno mismo y no los demás. No aceptan que se cuestione su forma de actuar y que nadie les diga cómo hacer las cosas. Critican los fallos ajenos y no reconocen los propios. El servicio puede acabar siendo una forma de poder, y la solidaridad una forma de vanidad.

Cuando en el voluntariado se dan estas actitudes, no tarda en surgir el conflicto. Este repercute en el ambiente de trabajo, en los compañeros, en la convivencia. Y también puede repercutir en los beneficiarios. Cuando el ambiente se enrarece y afloran los problemas personales es fácil que la atención que se presta no sea tan correcta, que haya negligencias o se den situaciones desagradables donde falten el tacto, el respeto y la suficiente madurez. La institución acogedora no es la única perjudicada. Sufren los demás voluntarios y sufren las personas beneficiarias.

¿Cómo resolver estas situaciones? Con un diálogo sincero y profundo entre el voluntario y la persona responsable del equipo humano. La institución siempre ha de mostrar respeto, delicadeza y caridad. El responsable del voluntariado debe tener capacidad de escucha y de perdón, una mente abierta pero a la vez conservar claros los criterios. Firmeza y dulzura son buenas consejeras. De ahí la importancia que Cáritas y las organizaciones de voluntariado dan a la formación. Mantener reuniones periódicas y sesiones formativas para los voluntarios es vital a fin de cultivar un buen ambiente, cálido y amistoso, y a la vez riguroso en el trabajo. Especialmente la Iglesia debe cuidar este aspecto. Se trata de dar caridad… con calidad. Y no olvidar que todo servicio que se ofrece, más que un acto de voluntarismo para ganar méritos, es un acto de amor.

domingo, 21 de agosto de 2016

¡Eres fantástica!

Era un mediodía de verano. El sol apretaba. El calor abrumador y asfixiante caía sobre aquel cruce de calles. Un indigente, con brazos y piernas enflaquecidos y la cara quemada por la intemperie, lanza una mirada pilla a los transeúntes, pidiendo limosna. Sus dos ojos azules miran sin mirar, sólo alerta a quien puede ayudarle: sobrevivir en la calle es un reto diario al que está acostumbrado.

Hace años que vive en este barrio. Los días pasan por él sin tregua. Vive sin vivir, huyendo del sufrimiento interno a base de cervezas y algún que otro porro que lía después de buscar colillas bajo los coches, reutilizando las últimas caladas. El gentío pasa a su alrededor, ignorándole. Algún que otro día se pone a gritar, metiéndose con los viandantes. Otros días se acurruca junto a un portal, ensimismado y ausente. Y la gente pasa sin mirarlo, como si fuera parte del mobiliario urbano, o evitándolo por su olor a sucio y a alcohol.

Pero aquel día sucedió algo inesperado. Él se acercó a una chica esbelta, amable y elegante, que le sonreía. Como siempre, le pidió algo, aunque sólo fueran veinte céntimos. La joven se detuvo, lo miró con cariño y le dio una moneda de dos euros. Entre ambos se cruzó una mirada de complicidad y entrechocaron las manos en un gesto de camaradería. Parecía surrealista, pero había algo en aquel cuadro que no desentonaba. Sin ningún tipo de reparo o manía higiénica, aquella muchacha supo acercarse y saludarlo amablemente. La delicadeza armonizaba todo: exceso y sobriedad, fealdad y belleza. No había distancia entre aquellos dos rostros: los dos eran hermosos, como hermosa era la escena. Un minúsculo y sencillo gesto de amor que, más allá de la limosna en sí, era la dulzura con que la joven miraba al indigente.

De pronto, él lanzó un grito que le salió de lo más hondo, con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Eres fantástica!»

Este grito, que sólo podía salirle del alma, sacando todo el aire que podía, no era un grito de desgarro, sino de gratitud. Lo dedicó a aquella muchacha alargando el sonido, ¡fantáastica!

Me estremecí contemplando la escena. Era asombroso ver la figura escuálida del indigente sacando toda la potencia de su voz sólo porque una mujer de aspecto jovial y alegre se había detenido a mirarlo con ternura y le había dado una moneda.

Quizás muchos otros lo hacen. Pero él no da gritos por cada limosna que le dan. ¿Cómo se la dan? En aquel caso, no era la limosna, sino la delicadeza con que la joven lo había tratado, pese a su deterioro físico y moral. ¿Qué vio el indigente en la mirada de aquella mujer? Dos euros no pueden sacar de la miseria a nadie. Quizás en su mirada recuperó parte de su dignidad perdida. En la mirada de ella no había un «pobrecillo», no había simplemente compasión. Ella le hizo sentir que, aunque no tuviera nada, era persona. Que, aunque se marginara o lo marginaran, sólo por existir ya tiene una dignidad inapelable. No era un residuo social, un saldo de la vida. Era alguien con un nombre y una historia que lo había arrastrado hasta la calle, pero cuya dignidad permanecía intacta. Aquel grito desbordado desde su pozo oscuro expresaba que, por la rendija de su alma, aquel mediodía entró un rayo de luz. El sol penetró por las grietas de su ser sufriente. Su puño golpeó con suavidad los nudillos de la chica, que le alargó la mano sonriendo.

Quedé impactado. Una sonrisa amable basta para sacar del corazón la mejor música que lleva dentro. Aquella muchacha no hizo casi nada. No hizo más que mirarlo sin prejuicios y él respondió con todo lo que tenía: un canto de gratitud.

Los indigentes, en su soledad, poseen en su interior atisbos de lucidez. Pese a sus grietas emocionales, hay una zona dentro del ser que no queda dañada nunca. Todos podríamos ser un poco «fantásticos» si supiéramos mirar con verdadero aprecio a un ejército de pobres que sobrevive en nuestras calles.

Aquel mediodía, mientras el sol azotaba sin piedad, en el alma de aquel hombre cayó un rocío fresco, como presagio de un nuevo amanecer. Ojalá todos nosotros sepamos convertirnos en lluvia fina para tantos corazones secos y rotos que nos rodean.

domingo, 24 de julio de 2016

Vivir en la incerteza

Anhelo de infinitud


La experiencia humana está tejida de misterios que no siempre logramos entender. La vida es muy compleja y abarca realidades que van más allá de nuestra comprensión.

¿Podemos hablar a la vez de certeza e incerteza? ¿Es posible tenerlo todo claro o hay una parcela de la realidad que siempre se nos escapará y nunca podremos llegar a penetrar? ¿Es todo incierto y vivimos cayendo por un abismo?

El panorama interior del hombre también forma una tela multicolor, con textura y formas variadas que expresan su gran riqueza. Vive situaciones que lo hacen grande y a la vez pequeño. Es capaz de hacer cosas heroicas y su corazón alberga un cofre de perlas: valores, inquietudes, anhelos. Fragilidad y fuerza se unen misteriosamente y le dan la capacidad de ir más allá de sus limitaciones. Su mirada es capaz de ver más allá de las estrellas y penetrar la minúscula complejidad de la vida. Pese a sus inseguridades, busca una certeza última que dé solidez a su vida. Así se encuentra con esta doble realidad: desde su finitud vive ansiando la infinitud.

Más allá de las explicaciones racionales, el hombre puede llegar a sacar una fuerza inusitada, desconocida y misteriosa, que lo empuja a seguir buscando razones para vivir, pese al abismo que tiene delante. Aun sintiendo su propia vulnerabilidad, es capaz de ir más allá de sí mismo, con una grandeza de miras que lo hace trascender su miseria.

¿Qué nos impulsa?


¿Qué nos hace ir más allá de nosotros mismos, desde nuestra pequeñez? La capacidad de amar. La experiencia de un amor sin límites nos hace partícipes de un don inmenso en el viaje hacia la búsqueda de sentido. Nos hace descubrir nuestro enorme potencial. Aunque somos vasijas de barro el tesoro que albergamos es de un valor incalculable.

El hombre que ama vive con un anhelo de trascender y convierte su frágil piedra en diamante. Asombra lo que puede llegar a hacer. Cuando la pulsación amorosa se despliega en su totalidad, solo se puede entender desde una lógica religiosa, una visión trascendente de la realidad. Quedarse en la lógica racional es empequeñecer el deseo de plenitud de la persona. La dimensión divina del hombre abre una nueva perspectiva. Lo que de Dios tiene el hombre justamente es no encerrar la realidad en conceptos intelectuales, no encajarla en un laboratorio para su disección.

El alma es esa parcela misteriosa donde surge la fuerza que hace al hombre capaz de las mayores proezas, que lo llevarán a ser señor de su historia. Pero esto sólo será posible si se atreve a navegar sin miedo hacia lugares insospechados. No somos un barco a la deriva. Tenemos un faro interior que nos orienta en el camino hacia la plenitud.

De aquí que el hombre no se rompa, de ahí que se atreva a navegar con vientos contrarios, sin las fuerzas necesarias y en una frágil nave a merced del oleaje. En alta mar, ante la infinitud de la existencia, es una barquita perdida en el inmenso océano. Pero podrá saltar las olas de sus contradicciones y llegar a la playa de la vida. Siendo grano de arena podrá cabalgar a lomos de las olas. Pequeño ante la grandiosidad surcará las aguas hasta alcanzar su meta: elevar su alma hasta tocar el cielo.

Vivir sin certezas


Sí, es posible vivir en medio de grandes oleajes. Es posible divisar nuevos horizontes. Esta es la grandeza del ser humano: vivir plenamente sin certezas totales. Sólo el que sabe vivir en las incertezas llegará a puerto sin culpa, sin división interna, sin derrota y sin amargura. Bregar por la vida es ya una meta en sí misma.

Ojalá aprendamos a reconciliarnos con nuestras potencias y, a la vez, abrir nuestros límites. En esto consiste nuestra madurez humana. Aprendamos a vivir con nuestros propios agujeros. Anclados en la esperanza iremos venciendo nuestros miedos e inseguridades, iremos salvando las turbulencias interiores y aprenderemos a vivir firmes y seguros en el frágil fundamento de nuestra misteriosa realidad.

La claridad y el abismo hacen bello un amanecer. Cuánta belleza hay en un claroscuro, cuando el sol se esconde tras las nubes. Pero es mayor la belleza de un ser humano que aspira a lo mejor desde su fragilidad. Este es el milagro, fruto de su capacidad de amar.

sábado, 16 de julio de 2016

Un amanecer en verano

A lo largo del verano voy tomando sorbetes de vacaciones, etapas de tiempo cortas, pero muy densas. En ellas descanso, disfruto del silencio y doy largos paseos por el campo, dejándome acariciar por la belleza del Creador.

Aunque sean breves, la reparación es inmediata, porque cuando estás en el campo, rodeado de bosques y hermosos paisajes, todo tu dinamismo interno entra en otra fase, tanto física como emocional y espiritual. Sigues un ritmo más pausado, en un entorno saludable, acorde con los ciclos de la naturaleza. Caminas, contemplas, rezas y admiras. Tu cuerpo, tu mente y tu espíritu se armonizan y te dan una paz que en las grandes ciudades cuesta de mantener.

Mi primer paseo es una auténtica delicia. El rocío de la mañana baña las plantas y los bosques de encina y roble. El pulmón agradece el aire frío y el oxígeno matinal. Una sensación de bienestar invade mi cuerpo y siento mis sentidos extraordinariamente despiertos. El ambiente es limpio y transparente. Las hojas de los árboles brillan cuando el sol toca las gotas de rocío. Aprecio con detalle formas y texturas. La explosión de belleza me asalta y me siento uno en sintonía con el medio natural. Con la diferencia que tengo la capacidad de moverme y sentir, pensar y agradecer. Me dejo seducir por tanto don con esa característica tan propia del ser humano, la capacidad de ver más allá y preguntarse por las cuestiones más vitales, hasta llegar a la gran pregunta sobre Dios.

¿Qué hay, o quién está detrás de tanta belleza? ¿Quién es? ¿Con qué propósito me permite adentrarme hasta las entrañas de su misterio?

Paseando a las siete de la mañana veo salir el sol por detrás de la montaña, en ese valle de las tierras de Ponent. Sale un poco más tarde que en la costa, pues ha de escalar las cimas de los montes, pero una vez aparece ese diamante luminoso sobre las cumbres es un auténtico espectáculo. Se desliza poco a poco, primero asomándose con timidez, después inundando el valle de luz dorada. Los campos se tiñen de rubor y, poco a poco, a medida que el sol se eleva, todo se convierte en un festín de colores. Las esbeltas espigas se inclinan bajo el sol, los pájaros pían y revolotean entre los setos de roble, en las vaguadas murmuran las aguas de los arroyos, entre juncos y matorrales. En los campos recién segados, un zorro sale huyendo, asustado. Todo es nuevo, todo es bello. Empieza una nueva jornada, llena de sorpresas y secretos que se revelan.

Cuando el sol ya está alto, lo abraza completamente todo. Nada se escapa a su calidez, nada se oculta a su luz. Dios también es así.

domingo, 3 de julio de 2016

En busca del silencio

La búsqueda de silencio y soledad es una necesidad intrínseca del ser humano. Depende de esos momentos y espacios que pueda centrarse, serenarse y encontrar la manera de vivir más armónica, física y espiritualmente. Su anclaje vital es crucial para que su vida tenga un sentido.

Cada año, siempre que llega la vigilia de San Juan, procuro pasar la noche de la verbena en un lugar apartado y silencioso, lejos del frenesí y el ajetreo urbano. El ruido de los petardos, más allá de un juego pirotécnico, da inicio a un desmadre global, un despilfarro y un atentado ecológico, que puede terminar en accidentes y que deja las calles y las playas sembradas de basuras y desechos. El consumo excesivo de bebidas y altísimo volumen de la música que daña los oídos son atentados contra la salud humana. En un intento por alargar la noche más corta del año, la gente derrocha frivolidad y se agota hasta caer rendida, explotando sus propias capacidades físicas y psíquicas. En el fondo, es un querer desafiar la noche y estirarla hasta el amanecer.

¿Es necesario llegar hasta esos límites para buscar la felicidad? ¿O es más bien un sucedáneo de felicidad lo que se busca? Porque la felicidad no está reñida con el orden, el respeto, el equilibrio y la moderación. Tampoco con dejar el lugar de la fiesta aún mejor que lo has encontrado. Lo cierto es que en la madrugada después de la verbena, cuando te acercas a la playa, la imagen es desoladora. ¿Cómo es posible dañar algo tan bello? ¿Para qué tanto gasto innecesario? Viendo tantos kilómetros de playa sucia, con montañas de basuras acumulándose en la arena, comprendo que esa noche el caos se apodera no sólo del entorno, sino de las personas. Han confundido fiesta con frivolidad, relajación con desmadre, paz con hacer lo que te da la gana, libertad con antojo enfermizo. Buscan el paraíso en la tierra y la han convertido en un vertedero. Castigan nuestro hábitat natural, ese trocito de hogar común que entre todos tenemos que custodiar, mimar y ajardinar: la creación.

El ser humano sigue buscando ese paraíso perdido. Anhela la plenitud, quiere tocar el cielo con sus dedos. Pero a veces se pierde en un falso paraíso que le hace olvidar, durante unas horas, sus dramas, su soledad, su vacío. Perdido en su laberinto interior, sin horizontes y sin metas, tiene que sobrevivir a su angustia existencial forzando su máquina biológica y creando un estado alterado de consciencia que lo lleve a un clímax emocional y seudo-religioso, inducido por el alcohol u otras drogas, la música, el ruido y el ambiente. ¡Qué lejos está de su naturaleza más profunda! Qué lejos de su deseo primigenio, que es encontrar el sentido último de la vida.

Esa noche de verbena es cuando más necesito bucear en el silencio primigenio que me envuelve. Agradezco vivir la noche más ruidosa convertida en la noche más silenciosa y apacible. Soy un elemento más de la naturaleza, en armonía con el medio. Escucho el murmullo del agua y siento el aire fresco en mi mejilla. Mi sombra se alarga sobre el camino. El día más largo se acaba.

Paseo de noche bajo las estrellas y me despido de la jornada dando gracias, con suavidad, y elevando mis ojos hacia el infinito, a la captura de tanta belleza. La belleza es la otra gran necesidad del ser humano, tan acuciante como el hambre de pan.

La brisa de la noche me acaricia después de un día de calor. Relajado, lejos del rugido ensordecedor y del griterío de la masa lanzada hacia la nada, me dispongo al descanso. Descansar forma parte de este día. Con serena alegría contemplo la silueta de las montañas a mi alrededor. Protegen el valle de ese hermoso rincón de la Noguera donde me refugio. Lanzo una última mirada al cielo, donde todavía veo el resplandor del día hacia poniente. El sol se ha puesto hace poco dejando en el cielo una tenue franja plateada. Son las once de la noche y todavía hay claridad. Todo es bello. Tengo paz.