domingo, 15 de septiembre de 2019

Dependencias emocionales



Debido a mi trabajo de apoyo a colectivos de jóvenes, voy descubriendo que detrás de sus profundas inquietudes hay un tremendo sentimiento de falta de afecto. Esta falta la veo en el marco de la familia, entre compañeros de trabajo y en el ámbito lúdico, donde naturalmente se da una elección de amigos o amigas. Me sorprende observarlo ya no sólo en jóvenes adolescentes, donde esta carencia quizás sea propia de la edad, sino en jóvenes entrando en la adultez. Es como si se quedaran estancados en esa edad «del pavo», y lo viven con un plus de intensidad.

La falta de afecto les empuja a establecer relaciones patológicas que les generan una enorme dependencia emocional. Hiperconectados a través de la Red, con montones de mensajes por WhatsApp, viven enganchados a sus dispositivos y no dejan de intercambiar mensajes y contenidos a veces un tanto preocupantes. Estamos hablando de jóvenes que todavía deben madurar y que no tienen claro cuál será su futuro. Todo queda en un vacío angustiante que llenan con una permanente demanda de afecto y atención.

Los riesgos de una relación enfermiza


¿A qué es debido? El joven sin referencias sufre una inquietante inseguridad en sí mismo, una personalidad frágil y un carácter voluble. Su falta de metas y de autoanálisis lo sumerge en el océano agitado de sus emociones. Perdidos, a la deriva en alta mar, buscan y no encuentran, y se contentan con relaciones pobres que cubran su necesidad básica de afecto y de sexo. Montañas de jóvenes viven así, hundidos en un abismo sin sentido, hasta que se convierten en enfermos emocionales.

Lo peor que constato es que estas relaciones no son serenas, igualitarias ni armoniosas. Muchas veces se dan sin el mínimo de afecto necesario. Uno de los dos hace una demanda, el otro no responde y la relación se vuelve enfermiza y llena de violencia contenida, hasta que estalla físicamente. Otras veces se da un sometimiento del otro con el fin de saciar la demanda. Pueden pasar días, meses y a veces años esclavizados en una relación que los ata y los desequilibra, arrastrándolos y minando su personalidad. La persona sometida se humilla y se deja manipular sólo por un beso. La persona sometedora a menudo es incapaz de amar y utiliza al otro, llamando «amor» a esas manifestaciones de necesidad.  No se puede llamar amor a un sentimiento que genera adicción y dependencia.

Con el corazón y con la cabeza


Quizás a los jóvenes no se les enseña lo que es amar de verdad. Sólo han ido descubriendo un sucedáneo enfermizo del amor. El amor auténtico, armónico y maduro, no sólo tiene que ver con sentimientos y con la mera atracción física, ese deseo normal de querer estar solo con esa persona. Se necesita algo más que un bienestar emocional. En ese deseo de encontrar a alguien hay una búsqueda de sintonía profunda, una conexión no sólo física, sino estética, intelectual y espiritual que irá definiendo la relación. El amor trasciende los sentimientos y también es una elección racional, porque estar con una persona toda la vida requiere una gran lucidez y el tiempo necesario para dar el paso definitivo. Esto no se puede hacer sólo con el corazón, sino también con la cabeza. Para ir descubriendo y fortaleciendo esos lazos tan fuertes hay que estar muy seguro de lo que se quiere.

Quizás este planteo sea muy racional, y alguien pensará que los jóvenes no están para hacerse grandes preguntas en su vida. Pero hay un hecho, y es que a los veinte años y un poco más, desde el punto de vista neuro-cerebral, la capacidad racional del joven está en su máxima potencia. Una relación que anestesia la capacidad mental y racional del joven no tiene un buen fundamento. Un amor auténtico tiene sus gestos y manifestaciones. Lo primero que se ha de tener en cuenta, siempre, es la libertad y la dignidad de la persona. Una relación que no respete la libertad y que ahogue a la persona con un control obsesivo será tormentosa y difícil.  No se puede someter o juzgar al otro.

Por eso, una relación sólida pide tiempo necesario para conocerse, para detectar actitudes extrañas o poco respetuosas y ver si realmente hay que dar un paso adelante. Ante una relación que empequeñece, limita y fagotiza al otro hay que andar con mucho cuidado, antes de que los vínculos sean más fuertes, porque cada vez será más difícil reorientarla y cortar será muy duro. Son muchos los jóvenes que sufren y se sienten anulados. No se atreven a dar un paso por miedo a quedarse solos y, con el tiempo, acaban viviendo una terrible esclavitud. Reducidos y sometidos, esa relación va calcinando su alma.

Amor y libertad van juntos


Nunca se ha de perder la dignidad y la libertad en aras a un supuesto amor, que no es amor. Es un simulacro psicológico y emocional. El amor auténtico ayuda al otro a desplegarse en toda su potencia, a florecer en su máxima plenitud. Los que se aman sintonizan y se aceptan como son, hay un realismo psicológico. La delicadeza, la bondad y el respeto marcarán una relación llena de alegría, con una intimidad gozosa y plena.

Desde la libertad se pueden definir los rasgos de una relación armoniosa. Nunca forzar. Compartir. Dialogar serenamente. Escuchar con atención y respeto. Mostrar una amabilidad exquisita.

El amor de verdad ensancha el corazón y la felicidad baña el rostro. El amor empuja a ambos a sacar lo mejor de sí mismos. La intimidad y la ternura son la culminación de un largo proceso de conocimiento mutuo, hasta llegar al matrimonio. Este proceso puede durar algunos años. Una relación seria y madura necesita su tiempo y certezas muy profundas.

La persona está llamada a buscar su felicidad, y esta pasa por un largo camino de conocimiento, de uno mismo y del otro. Se juega vivir en el infierno de las adicciones e hipotecas o en el cielo de la libertad y la plenitud. De esta manera, estará enfocada hacia todo aquello que anhela en lo más hondo de su ser. Toda meta de crecimiento humano pasa por unas relaciones sanas con los demás y, en especial, con quien has decidido compartir la vida, lo que tú eres.

Subir juntos una hermosa cumbre requiere tenacidad, creatividad, inteligencia, pasión y tener clara la meta. El faro que ilumina el pico de la montaña será una gran dosis de generosidad, de servicio y profundas convicciones. Sólo así, algún día, podréis disfrutar con una mirada limpia de las maravillas del paisaje más bello. Desde la cima de vuestra libertad, podréis seguir subiendo a la otra cima, la del amor pleno. Porque el amor es más bello y más intenso cuanto más se ama, y esta es la razón última del ser humano.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Escuchar tu música interior


Sabemos que la música es una realidad innata en el ser humano. Forma parte de nuestra vida cotidiana. Sin ella, la vida sería gris o triste para muchos. El ser humano tiene oídos, no sólo para escuchar voces, sonidos y ruidos. El ser humano necesita la música para vivir. La música nos fascina, nos ayuda a dar color y sentido a la vida, pues hay músicas que elevan y nos hacen sentir bien con nosotros mismos. La música hasta llega a ser terapéutica. Nos puede inspirar, relajar y emocionar. Hay músicas que afectan a nuestro estado de ánimo. Una música armónica, bella, puede entrar en nuestra psique y producirnos emociones hermosas. También puede despertar la búsqueda de lo trascendente.

La música tiene un efecto pedagógico, capaz de cambiar conductas y sentimientos. No se puede concebir al hombre sin ese deseo interior por la música.

Solemos describir al ser humano como animal racional, pero habría que añadir, homo ludicus, animal que juega. Le gusta jugar, bailar, cantar, escuchar, conmoverse. Forma parte de su naturaleza. La música nos lanza a nuevas experiencias estéticas que nos ayudan a ir descubriendo quién somos. La música puede revelarnos, poco a poco, nuestra identidad.

No hablo de esa música estridente, metálica y electrónica, que podríamos llamar rompedora o agresiva. Tampoco me refiero a las músicas ñoñas o sentimentalistas, demasiado azucaradas, que pueden producir tristeza, desesperanza o replegamiento sobre uno mismo. Son músicas pobres que nos empujan a hundirnos en un mar de sentimientos contradictorios. No ayudan a abrir nuevos horizontes. Todo depende del perfil psicológico de quien escucha, pero creo que no todo puede llamarse arte.

Muchas músicas provocan una alteración de la conciencia y cierto tipo de emociones y actitudes. En este estado, la persona puede ser fácilmente manipulada. 

La música es arte cuando produce una profunda emoción estética, serenidad, bienestar, armonía. La música es belleza cuando nos hace crecer hacia afuera y no nos aísla. Una música que nos hace salir de nosotros mismos es arte terapéutico y nos ayuda a expandirnos y a potenciar los buenos sentimientos.

Existe también la música de la naturaleza, sonidos armónicos que nos ayudan a penetrar en la realidad: desde el susurro de los riachuelos, el vaivén de las olas acariciando la arena o el canto de un jilguero, el soplo del viento sobre tu rostro o el coro de los delfines. Todo esto también produce un efecto positivo en nuestra psique.

Pero hay otro tipo de música, no producida por instrumentos ni por los sonidos de la naturaleza. Es una música que requiere algo más que aislarte para disfrutar de una hermosa melodía. Necesita del silencio, necesario para que nada ni nadie te distraiga. Silencio, en soledad, que te permite llegar a una certeza última que tienes en tu corazón.

Tú ante el misterio infinito que te envuelve: tú y tu Creador. En esa soledad más profunda es cuando empiezas a penetrar en lo más hondo de ese castillo interior que es tu alma. Allí, en el abismo de tu ser, suena una música que no oyes con los oídos. Es una vibración que tiene que ver con lo que tú eres, haces y decides. Esa música interior es realmente lo que define tu ser. Es tu música.

No suena afuera, se siente adentro y de tal manera que es la que realmente te empuja a desplegarte en tu totalidad. Esa música suena en tu aliento, en lo que dices, haces y construyes, en lo que sientes. Es la melodía que sale de tu corazón.

Tú eres música y tu cuerpo es el instrumento. Pero, como toda música, necesita de aire para que se produzca sonido y de alguien que lo toque. Ese alguien no es una energía difuminada, sino alguien que te ha creado con amor. Alguien que saca de ti las mejores melodías, en forma de acciones armoniosas.

Ese Alguien, que es bondad y amor, susurra en lo más hondo de ti para que tu música suene a belleza, a bondad, a verdad. Somos un instrumento en manos de Dios. Él desea que saques la mejor sinfonía de tu vida, para el gozo y felicidad de los demás.

Busquemos dentro de nosotros mismos y descubriremos qué instrumento somos para deleitarnos con la música que suena en nuestro interior. Sólo así seremos capaces de regenerar nuestra vida y convertirnos en amigos de nuestro Creador.

domingo, 25 de agosto de 2019

Saber envejecer


Las ansias por aprender son algo innato en el ser humano. Cuando vamos creciendo en este amplio mundo del saber, elegimos alguno de los campos que nos resultan más atractivos, descartando otras disciplinas y sumergiéndonos de lleno en aquello que más nos gusta. Volcamos tiempo y medios para culminar nuestro sueño, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Con los años, nos convertimos en expertos en ese campo concreto, tras invertir muchas horas de estudio, ganas y experiencia. Así es como se va acumulando un fructífero bagaje, que nos sitúa donde estamos y nos permite vivir nuestra profesión con auténtica pasión.

Disfrutamos y sentimos que estamos aportando algo a la sociedad. Además, vivimos de nuestros talentos y saber hacer. Y así, durante un largo tiempo de nuestra vida, hasta que llega la jubilación.

El anciano que seremos


Todo el esfuerzo pedagógico desde que somos niños, los estudios en la etapa adolescente, todo esto va apuntando hacia la carrera que queremos hacer y la profesión a la que nos vamos a dedicar. Es absolutamente bueno, lógico y necesario educar a los jóvenes para que luchen por sus sueños y puedan alcanzar sus metas. El entusiasmo juvenil nos hace crecer y salir de nosotros mismos para lanzarnos a la vorágine del mundo.

Cuando somos jóvenes podemos con todo, y no pensamos lo suficiente en la salud, y mucho menos en la vejez. Estallamos hacia afuera. Pero olvidamos que el anciano que seremos se está gestando ya en esos años. ¿Quién enseñará a los jóvenes a cuidarse, cuando todavía están pletóricos de fuerza?
Me encuentro con personas valiosísimas, cuya vida ha sido muy fecunda, y que han explotado al máximo sus talentos. Pero, olvidando que somos una máquina biológica y una mente con pensamientos contradictorios, se han lanzado a una carrera imparable dejando a un lado la dimensión lúdica, el cuidado del cuerpo y el descanso. En la etapa de crecimiento personal vamos deslizándonos hacia la senda del estrés. Muchas horas de trabajo y pocas de descanso, escasa atención a la alimentación, poco espacio para la intimidad y la ternura, para el diálogo, para el silencio, o para un paseo sosegado o una reflexión serena que nos hagan cuestionarnos si lo que estamos haciendo añade plenitud a nuestra vida o sólo una imagen brillante.

Miedo a desaparecer


A costa de no pensar en el futuro, no queremos envejecer, no meditamos en ello y no nos preparamos con tiempo ni con los cuidados necesarios. A muchas personas les da pánico y se resisten a asumir que un día no tendrán las fuerzas de ese joven que empezó su carrera a velocidad vertiginosa. Nos asusta que no quede nada de nuestros logros o capacidades. Tenemos miedo a que no se hable de nosotros en el futuro y nos esfumemos en el olvido. Tanto esfuerzo… ¿para nada? En el fondo, es el miedo a desparecer. A que nadie tenga en cuenta nuestros hallazgos. Es el miedo a morir. ¿Qué habremos dejado a la sociedad, a la ciencia, a nuestros descendientes?

Queremos olvidar todo esto, y así vivimos a ritmo frenético. Es verdad que quizás nadie nos ha enseñado a valorar las diferentes etapas de la vida, especialmente la vejez. Si no aprendemos a valorar la gran riqueza de esta etapa, nos estamos olvidando de algo crucial: la gran última lección que es prepararnos poco a poco para la asignatura de morir. Este aprendizaje consiste en ir despegándote de todo lentamente, para dejar emerger al anciano pleno y rico en vivencias que somos.
 

Aprender a morir


Empezamos con la jubilación, y con una disminución de capacidades propia de la edad. Pero a veces este declive nos coge desprevenidos: una enfermedad, una caída, achaques… Empezamos a toparnos con nuestras limitaciones y nos vemos forzados a reducir nuestro trabajo y velocidad. Sentimos que somos otros, diferentes, sin fuerzas, y que nuestra actividad cognitiva disminuye. Nos asustamos y no acabamos de aceptar esta nueva coyuntura. Así, vamos cayendo hacia el pesimismo. Nos cuesta asumir que nos hemos convertido en otra persona, siendo la misma, y entramos en un bucle desconocido. Nos sentimos perdidos, nunca pensamos que podríamos llegar a esta situación. Idolatramos nuestra juventud, nuestro talento y nuestros logros, pero nos olvidamos de que somos frágiles, pequeños y mortales.

Todos hemos de morir. Pero qué diferencia es morir con suavidad, con lucidez y aceptación, o morir herido, enfermo y rebelándote contra tu destino inexorable.  

Necesitamos cuidarnos, y no en la vejez, sino antes, pero especialmente a partir de la mitad de la vida. Poco a poco hemos de despedirnos, con afabilidad, de aquel joven y adulto que fuimos para dar la bienvenida a lo que iremos siendo en nuestra pre-ancianidad. Se puede llegar a una vejez saludable y gozosa.

El valor del cuidado


¿Qué hemos de hacer? ¿Y a partir de cuándo? Nuestra madre nos cuidaba cuando éramos pequeños, pero al entrar en la adolescencia, el cuidado cada vez es menos. Descansamos pocos, comemos fatal, nuestras emociones se disparan y es posible que empecemos a ser adictos a algo que nos estimule o nos tranquilice. No queremos escuchar a quien nos avisa, y menos cuando somos jóvenes y exprimimos la vida para sacarle todo el jugo posible, llegando a despreciar el cuerpo y la salud.

Es aquí cuando empezamos a maltratar al anciano que seremos. ¿Verdad que quedaríamos impresionados si viéramos a un joven golpear a un anciano sin piedad? Nos violentaría, haríamos algo para impedirlo, socorreríamos al abuelo e intentaríamos reprender a aquel joven que está apaleando al pobre viejo.

Si nos indigna sólo pensarlo, eso mismo es lo que estamos haciendo ahora con el anciano potencial que somos nosotros mismos. Cuando cometemos excesos con nuestros cuerpos lo estamos golpeando. Y después nos encontraremos con las terribles consecuencias de este maltrato. Aparecerán diferentes patologías que han pasado años latentes y que, de pronto, se manifiestan y van a condicionar nuestra vida: problemas cardiovasculares, ictus, hipertensión, exceso de azúcar en sangre, artrosis… Todos estos problemas no son naturales, ni propios de la edad, sino consecuencia de muchos años de mala alimentación y hábitos insanos. Si a esto le añadimos una vida social estresante y problemas emocionales, todo junto empezará a causar estragos en nuestra salud.

La bulimia en el comer, en la tecnología, en el hacer, inevitablemente dejará secuelas en la salud. Aunque durante años los efectos sean imperceptibles y no haya síntomas, todo esto nos está causando un daño silencioso, que irá mermando nuestro cuerpo. De pronto, se producirá un seísmo y un cúmulo de enfermedades nos atacará.

No vivimos para comer, o para trabajar, o para disfrutar. Comemos, trabajamos y disfrutamos para vivir en plenitud. Por eso es bueno autoeducarnos para controlar nuestra comida, nuestro trabajo y nuestro ocio. Vivimos en un cuerpo que necesita cuidados para que pueda funcionar con la mayor calidad posible, siempre con medida y prudencia.

Una vejez radiante


Yo aconsejo lo siguiente. Cuando se llega a la adultez madura, es decir, hacia los 50 años, hemos vivido la mitad de nuestra vida. Entramos en una etapa crucial, ya hemos alcanzado la cima de la montaña y hemos cumplido los principales hitos del camino: casarse, formar una familia, ascender profesionalmente, culminar un proyecto… Ya tenemos un tesoro acumulado. Nos hemos proyectado socialmente, tenemos un superávit de experiencias contrastadas.

A los 50 se entra en otra fase, aunque seguimos con fuerza para tirar hacia adelante. Empezamos a descender por la otra vertiente de la montaña. De momento, es una pendiente suave y nos permite ir bajando con cierta tranquilidad. A medida que pasan los años la bajada se hace cada vez más pronunciada y tendremos que andar con mucho tiento para no tropezar. Hay que irse preparando para el descenso final hacia la vejez, con realismo y aceptando que, sí o sí, las limitaciones se irán manifestando: en la movilidad, en enfermedades, en pérdidas emocionales que hay que ir gestionando con serenidad. No tiene por qué ser un drama. Lo negativo de esta nueva fase puede contrarrestarse con el cúmulo de experiencias atesoradas.

En este nuevo momento hay que aprender a saborear la riqueza acumulada y crecer humana y espiritualmente. Hay que gestionar lo que hemos cosechado durante los primeros cincuenta años para poder cambiar de «chip» mental. Saborear, paladear, digerir lo que hemos aprendido para sacar el máximo partido al vino que ha llenado el cáliz de nuestra vida. En esta edad hay que aprender a dar y compartir lo que sabemos y tenemos, de manera generosa, pero sobre todo lo que somos, ese diamante pulido en que nos hemos convertido. Ahora toca empezar a familiarizarnos con nuestra nueva realidad. Aquel niño que se admiraba contemplando las estrellas ahora debe aprender a emocionarse dando tiempo de su vida y aconsejando a los demás, desde la atalaya de su experiencia. También debe aprender a despedirse con un abrazo de ese niño y ese joven que fue, y empezar a acoger al adulto que ha iniciado su vejez sin miedo a esta nueva conquista, que puede ser tan seductora como las primeras etapas.

Puede ser fascinante descubrir que las imperfecciones también tienen su belleza. Hay brillo en un rostro maduro, hay un pozo de sabiduría en sus ojos, hay ternura en las arrugas de su frente. Una certeza y una fuerza diferente van a dar un empuje especial a esta edad, en la que uno se convierte en oro líquido, como dice la filosofía oriental, que tanto valora lo efímero y lo viejo, incluso lo deteriorado. Al igual que en el arte, lo «vintage» tiene su emoción y su estética.

La vejez no tiene por qué ser una caída traumática; es el momento para descubrir lo que tienes en tu corazón. Conozco a ancianos y ancianas que viven con intensidad serena estas últimas zancadas de su vida y se los ve felices, solidarios, apacibles, incluso radiantes. Dan de sí todo lo que pueden con esplendidez.

No importa lo que has dejado ni lo que has hecho, sino lo que has amado. Esta es la última gran lección. Pregúntate, ante el espejo, cuánto de tu vida has dado a los demás. Y da las gracias.

domingo, 18 de agosto de 2019

Sumergidos en la bruma


Hay personas que viven en una situación de permanente indecisión. Son perfiles que podríamos llamar “líquidos”, como si no tuvieran claro quiénes son, qué hacen y qué quieren. Viven como en tierra de nadie, con un horizonte confuso, sin un propósito vital que les haga salir de sí mismos y capaces de tomar decisiones. Son personas que viven como si una espesa niebla las cubriera; desaparecen cuando menos te lo piensas, como si se evaporasen.

De apariencia tímida, suelen ser poco habladoras, como si tuvieran miedo a ser ellas mismas. En grupo se muestran discretas y a veces huidizas. Les cuesta cooperar, servir, sociabilizar. Se las ve solas y alejadas con frecuencia y tienen dificultades para la comunicación normal cotidiana.

Paradójicamente, muchas de estas personas tienen una intensa actividad digital y numerosas conexiones virtuales. La soledad y la inseguridad quedan tapadas en las redes sociales, en las que se prodigan y se mueven constantemente. En cambio, en situaciones presenciales, se tapan tras una careta que oculta la gran laguna de su identidad. Viven un frenesí virtual, continuamente se descargan vídeos, programas o juegos y alimentan contenido no siempre claro con el WhatsApp. Las tecnologías pueden generar en ellas una total dependencia y adicción.

Con estas personas reservadas, poco asequibles, de carácter gelatinoso, nunca se sabe en el fondo qué piensan, qué las motiva. Son y no son, están y no están, hacen y no hacen. Viven en un estado de indefinición. Me recuerdan a esos corredores que, antes de acabar la carrera, les falta aire y nunca llegan a la meta. Se autoexcluyen a sí mismos de cualquier compromiso y caminan sin rumbo, flotando en el vacío, en una frustración permanente.

¿Tienen pánico a enfrentarse a la realidad, que les exige sinceridad, presencia, compromiso? ¿Temen abrirse a los demás? ¿Les da miedo madurar para asumir responsabilidades? ¿Les cuesta aceptar su inseguridad, y al mismo tiempo su capacidad de acción y decisión?

El discernimiento, es verdad, da vértigo. Verse vulnerable ante los demás puede generar una terrible inseguridad. Lanzarse de lleno al mundo real, para estas personas, implica salir de ese agujero negro que los absorbe, incapacitándolos para proponerse metas entusiasmantes. Sobre todo, les cuesta echar abajo su búnker interior, en el que viven encarcelados.

¿Por qué este tipo de personas viven y actúan en medio de una espesa niebla? En su yo más profundo quizás hay un gran miedo a la luz, a exponerse, tal como son. ¿Qué les ha ocurrido para preferir vivir en la burbuja de su ego? No han reconocido ni desplegado sus valores y talentos y se esconden, viviendo cosas irreales. Quizás han sufrido experiencias muy dolorosas en su pasado, con su familia. Quizás la soledad los ha incapacitado para comprometerse y se sienten inseguros ante los demás. Quizás la inestabilidad familiar no les ha dado esa base sólida que les permita confiar y abrirse a los demás. Tal vez les han faltado personas sólidas, coherentes, maduras, que hayan sido referencias y modelos a imitar. Ahora, viven la realidad como si se ahogaran y prefieren la cabina de oxígeno para ir sobreviviendo. Los pulmones de su psique están frágiles por falta de una educación que les ayude a plantearse retos, asumiendo el esfuerzo por alcanzarlos, las ganas y la voluntad para romper esa barrera de seguridad artificial.

Ojalá algún día encuentren quien les ayude a salir de ese caparazón que se han creado. Que algún día descubran que el oxígeno entra cuando te abres a los demás, y que ese aire es mucho más potente y rico que el de la burbujita personal. Es mucho mejor sufrir porque amas y ensanchas tu vida y tu corazón, que encerrarte en tu mundo y distraerte con relaciones virtuales que te hacen vivir en el país de las sombras. Es mucho mejor el riesgo a perder, cuando te liberas, que la seguridad de una vida desconectada de la realidad. Ojalá esas personas descubran el tesoro inagotable que hay en su alma. Sólo así cada paso será una hermosa aventura que valdrá la pena vivir.

Mírate al espejo, mira tus ojos, más allá de tu pupila. Hay un Himalaya de existencia en ti. Descubre la riqueza que tienes dentro.

domingo, 11 de agosto de 2019

Sobrevivir o vivir


Cuando hacemos un parón en nuestra vida, podemos reflexionar y pensar si estamos viviendo o sólo sobrevivimos.

La gente corre, no tiene tiempo, no piensa, no se cuestiona, no sabe a dónde va… ¡Sobrevive en un mundo turbulento! Sobrevivir es como respirar con dificultad, jadeando, al límite. Se hace mucho, se vive poco.

Otra forma de sobrevivir es pensar: «A vivir, que son dos días». Quienes así piensan explotan el tiempo y dilapidan sus fuerzas.

La bulimia del tener o del hacer es una forma de supervivencia multiplicada. Es bueno trabajar y tener lo necesario. Pero lo que nos sirve para sobrevivir, exagerado o en exceso, nos puede impedir vivir en plenitud.

El que sobrevive actúa compulsivamente. El instinto de supervivencia degenera en una compulsión: por comer, por acumular cosas, por embarcarse en un frenético activismo… La adicción no es vivir.
Sobrevivir en exceso es malvivir, es ser esclavo de las adicciones. Muchas personas creen vivir, pero, en realidad, «desviven».

No conocemos nuestras necesidades reales, que van más allá de las básicas. Cuando ya tienes lo básico y lo necesario, hay que aspirar a algo más que la supervivencia. Tener mucho no es más que sobrevivir, aunque seas rico en posesiones. Simplemente, eres un gran superviviente, a gran escala.

Empezar a vivir


¿Cuándo empiezas a vivir? Cuando das importancia al otro, más allá de ti mismo. Cuando dejas de centrarte en ti, en tu ego, en tu panza, en tus adicciones y necesidades, y pones distancia entre lo que quieres y lo que eres. Cuando te preguntas si lo que quieres realmente te da vida o te la quita. Porque no siempre te hace vivir.

¿Qué te hace vivir? Te hace vivir abrirte al otro, a la vida, a Dios. Aprendes a vivir cuando amas: entonces la vida tiene sentido. No te importa perder el tiempo. Asumes no tenerlo todo. Das valor al tiempo, al silencio, a la soledad. Sabes pasear solo, con Dios o con los demás. Te maravillas de las cosas pequeñas y sencillas. Descubres que no tienes que pretender ser lo que no eres, y aceptas tu realidad, tal como es.

No estás atado ni hipotecado. Aprendes a volar libre. Pones en el centro de tu vida no cosas, sino personas. Tienes una visión trascendente de la vida. Eres libre de las cadenas del ego.

Hoy se cree que vivir es correr; vivir es andar despacio.

El que sobrevive centra su vida en tener dinero. El que vive, cuando acepta sus capacidades reales, puede vivir de eso. Potencia lo que sabe y puede, lo que es.

El que vive es feliz; el que sobrevive vive angustiado, a modo de urgencia, siempre estresado y corriendo, aunque tenga mucho.

El que hace mucho, con apresuramiento, también está sobreviviendo. Si no hay paz y serenidad, su ego está en el centro y explota su vida. ¿Cuál es el precio? La enfermedad, el cansancio y el dolor.
Otra forma de sobrevivir es querer controlarlo todo. Quien controla a los demás lo hace por miedo e inseguridad, en el fondo.

La caída, la enfermedad, el accidente… todo esto nos alerta de que algo no hacemos bien.

¿Cómo está tu mundo interior?


Si está lleno, estarás en calma ante el mundo exterior. Una vida interior llena —sólo Dios basta— nos da paz, incluso en medio de la tormenta.

Vivir es tener una rica vida interior. Te permite vivir asombrado y agradecido. Si sólo ves lo exterior, siempre estarás sobreviviendo. Si ves el interior —de las personas, de las cosas— tu vida dará un salto y empezarás una experiencia regeneradora. Nacerás de nuevo, y vivirás.

Actitudes que te sirven para sobrevivir, pero no para vivir en plenitud, y sus antídotos:
-      Miedo.                               Coraje, Audacia.
-      Desconfianza.                    Confianza.
-      Cerrarte.                             Abrirte.
-      Estar a la defensiva.           Aceptar al otro que es diferente.
-      Codicia.                              Saber perder.
-      Aferrarte a las cosas.         ¡Soltar!
-      Acumular.                           Desprenderse, dar.

domingo, 4 de agosto de 2019

Abrazar el miedo


He oído muchas veces que al miedo no hay que tenerle miedo. Sobre el miedo se ha escrito mucho. Diversas escuelas de psicología ofrecen explicaciones muy diferentes sobre el mismo tema. ¿Es bueno o malo, tener miedo? ¿Cómo lo afrontamos?

La persona necesita bucear en su realidad psíquica y descubrir sus propias limitaciones, sus lagunas más profundas, la parte oscura del ser. Bloqueos, angustias, inseguridades, son parte de nuestra realidad que quizás no hemos asimilado o aceptado. Experiencias del pasado que nos han marcado pueden estar condicionando nuestro presente. De aquí pueden venir ciertas actitudes o conductas ante situaciones difíciles de digerir, y que están afectando a nuestra vida.

Miedos naturales


El miedo es una pulsión vital, una serie de reacciones cerebrales que responden al instinto de supervivencia. Gracias al sensor neuronal podemos huir frente a un peligro, o sabemos que a ciertas horas de la noche y en según qué lugar lo mejor es no pasar por allí. Frente a ciertos peligros y amenazas, tener miedo puede salvarnos la vida.

Tenemos miedo al dolor físico, a las enfermedades, a la soledad, a la ruptura con un ser querido. Tememos la inseguridad económica, la pobreza, la violencia. Tenemos miedo a la muerte. Estos miedos son absolutamente normales y hemos de ir lidiando con ellos, porque el dolor, la precariedad y la muerte forman parte de los límites humanos. Otra cosa es vivir instalados permanentemente en el miedo. Cuando el temor condiciona todo lo que hacemos y se alarga en el tiempo más de lo necesario, entonces sí que podemos hablar de una patología.

Miedos ocultos e imaginarios


Pero hay otro tipo de patología, más sutil, que aún puede superar los grandes miedos básicos. A lo largo de los años hemos crecido y nos hemos hecho fuertes. Hay miedos encapsulados en nuestra mente, que sólo aparecen en momentos puntuales. Los hemos aprendido a tapar ante la gente, pero están ahí, en lo más profundo del inconsciente, y nos marcan. Cuando vivimos una situación que de algún modo nos recuerda aquello que queremos olvidar, se produce una reacción incontrolada de inseguridad y nervios. Es en ese momento cuando la imaginación se dispara. Imaginamos lo peor y damos por hecho que lo que imaginamos es lo que ocurrirá. Sólo ocurre en la mente, pero con tanta intensidad que lo sentimos como una realidad abrumadora. Aunque podemos controlar el relato mental, el miedo nos lleva a distorsionar la realidad.

El otro día escuchaba en la radio que, de todo lo que podemos imaginar, sólo se hace realidad un 5 % y el 95 % restante se evapora y no tiene ninguna repercusión en nuestra vida.

Ante el miedo al futuro, a la inestabilidad económica, a la enfermedad, ¿existe un antídoto? ¿Qué hacer para que estos miedos no nos hagan daño?

El antídoto


Todos tenemos miedo a algo. Si alguien dijera que no tiene miedo a nada, estaría mintiendo. No se trata de tener o no tener miedo, sino de saber que lo tenemos, y lo importante es no atarte a él, sino asumirlo como parte de tu vida.

Todos somos imperfectos y estamos llenos de lagunas que han marcado nuestra historia y nuestro presente. Hemos de abrazarlas y aceptar que no somos Superman, aunque queramos parecerlo. Aceptar nuestra indigencia existencial y psicológica es una buena manera de empezar, no tanto a resolver los miedos, sino a saber convivir con ellos, sin que puedan hipotecar nuestra vida. Son como las heridas, pero ahí están, formando parte de la dermis psicológica.

¿Qué hemos de hacer? Saber cómo somos, conocernos en profundidad, sin miedo a toparnos con nuestros límites. Es más, hemos de aceptarlos y abrazarlos.

Nadie se libra de sus agujeros y fisuras. Todos los tenemos. A veces conocemos a personas que nos impresionan por su estabilidad, su serenidad, su madurez y su capacidad para comunicar; grandes líderes en sus ámbitos sociales y culturales, personas compactas que incluso nos pueden deslumbrar y nos hacen desear ser como ellas. No concebimos que puedan tener lagunas, porque las vemos enteras y modélicas. Pero todos tenemos nuestra historia, nuestra familia y nuestra estructura psíquica. Nadie se libra de esas huellas que han marcado su vida en algún momento, durante su proceso de crecimiento vital. Todos tenemos que enfrentarnos al pasado.

Lo importante es cómo lo abordamos y manejamos para integrar aspectos de nuestra vida que en su momento no pudimos digerir. Lo meritorio es que, estando marcados por esas cicatrices emocionales, sepamos abrazar nuestra realidad. Así, estas experiencias habrán servido para espolearnos y avanzar en el camino de nuestra madurez humana.

Todos los traumas o experiencias negativas, si las incorporamos como parte de lo que somos, pueden llegar a convertirse en grandes maestros, aleccionándonos de tal manera que puedan ensanchar y enriquecer nuestra manera de estar en el mundo.

Tú eres dueño de tu mente, de tus pensamientos, de tu vida. Dentro de ti no ocurrirá nada que tú no quieras, porque la voluntad y el alma están por encima de la mente. 

Tú puedes hacer que esta mente, tan poderosa, esté totalmente a tu servicio. No dejes que sea una tirana que haga lo que quiera de ti. La mente es conducida por la voluntad y la libertad.

Somos capaces


Lo maravilloso del hombre es que, con todos los miedos, defectos e inseguridades, con su pasado e incluso su presente reciente, es capaz de pegar un salto y crear gestos preciosos en su vida, grandes hazañas que lo trascienden a sí mismo. Con todas sus pesadas cargas ahí está, luchando como un auténtico jabato. Porque nada, ni el peor miedo, puede parar la potencia de su alma. Ella es la dueña de su ser, que lo hace invencible pese a sus agujeros.

Permitidme que haga una lectura cristiana. Por nuestros agujeros Dios entra hasta lo más profundo del inconsciente. Por las grietas más oscuras de nuestro ser, Dios se abre camino. Si no tuviéramos esos agujeros, él no podría entrar. Sólo más allá de nuestras fuerzas y voluntad él puede sanarnos, de tal manera que desde ese abrazo a nuestra realidad existencial dejemos de tener miedo al miedo. Porque descubriremos que nuestro presente es más real que los miedos irreales de nuestra imaginación distorsionada.

Un solo ser humano, como decía un amigo sacerdote, es mucho más que todas las estrellas del cielo.

domingo, 21 de julio de 2019

Decir, hacer, ser


Los grandes retos del ser humano suelen orientarse especialmente a hacer algo que llene sus anhelos de realización personal y cultural. La persona quiere conseguir una imagen social de reconocimiento y de éxito. Aunque esto forme parte de la inquietud innata por superarse cada día, la verdad es que damos demasiada importancia al hacer y caemos en un activismo que, en el fondo, es un culto exagerado a la personalidad.

Tras el esfuerzo comprensible por hacerse un hueco en la sociedad, podemos llegar a la vanagloria o a la autoidolatría. Esa imagen que fabricamos llena un vacío existencial que nos angustia: si no hago nada, no soy nadie. Necesito hacer, hacer y hacer para presumir o para huir de mi propia realidad.

En la adolescencia, esa edad crítica de cambios y profundas convulsiones internas, podríamos decir que surge el homo filosoficus, que piensa en sí mismo y en el mundo que le rodea. Este joven pensador estalla con todas sus fuerzas. No se pregunta sólo qué quiere hacer cuando sea adulto. Se pregunta quién es y a qué ha venido al mundo. Son grandes interrogantes que no siempre encuentran respuesta y se suele pasar por una fase de angustia vital, porque esas preguntas se dan en un contexto que idolatra el éxito y el hacer.

El joven se encuentra entre dos corrientes: la del narcisismo, orientado al culto de su propia imagen, y la del pasotismo, que busca sólo su propio placer dejándose absorber por la frivolidad y el hedonismo. Aquí se trata de pasarlo bien y que otros decidan por ti.

Además, nos encontramos con una cultura que rechaza sistemáticamente la razón y prioriza el sentimiento. Una cultura de la provisionalidad o la liquidez, en la que todo es efímero y la identidad personal se diluye.

Por otra parte, se rinde un culto excesivo a las ciencias y a la tecnología. En la comunicación digital, que invade nuestro tiempo, todo gira en torno a construir un relato y unas hazañas de uno mismo. Nadie quiere ser invisible, y la dependencia a los accesorios móviles se hace patológica.

Hacer constantemente, trabajar sin descanso, es propio de una sociedad, una cultura y una pedagogía que fomentan el superhombre. Cuando se entra en la edad de ir asumiendo responsabilidades, empieza esta carrera hacia el yo narcisista, que a veces nos aleja de nuestra auténtica identidad y del ser.

No cuestiono la importancia que tiene hacer el trabajo que nos gusta y progresar en nuestro cometido, eso es natural. Pero quiero señalar que a veces uno se olvida de lo que constituye su naturaleza más honda: más allá de la personalidad y de las inquietudes olvidamos quiénes somos. Y de ahí tantos fracasos profesionales y familiares. Por no conocernos lo suficiente, hacemos cosas y más cosas y al final descubrimos que no era eso lo que queríamos. Rompemos relaciones porque no hemos cultivado bien la convivencia con el esposo o la esposa, los amigos, los socios. Es entonces cuando la vida se convierte en un terremoto y naufragamos en medio de un abismo terrible.

Un día te olvidaste de ti mismo, no descubriste quién eras y hacia dónde apuntaban las flechas del arco de tu vida. Es a partir de aquí cuando dices cosas que no tienen nada que ver con lo que eres.

Armonizar el ser, el hacer y el decir es el gran reto que nos ayuda a centrar nuestra vida. Sólo podemos hacer y decir cuando realmente nos formulamos esa gran pregunta que nos hacíamos cuando éramos jóvenes, a punto de levantar las alas hacia el infinito. A veces da vértigo ahondar en el océano interior y surfear las olas de nuestras contradicciones. No olvidemos que el gran viaje de nuestra vida es volar hacia nuestro interior y descubrir el ser que hay dentro. Sólo así seremos capaces de perder el miedo a ser nosotros mismos. Será cuando el ser florecerá y entre lo que soy, hago y digo, no habrá fisura alguna. Será entonces cuando existencialmente lograremos una enorme felicidad, porque seremos lo que somos, haremos lo que somos y diremos lo que somos. Esta es la auténtica meta del hombre: nunca renunciar a su ser.