domingo, 14 de mayo de 2017

Vidas vacías

Tocar tan de cerca la realidad humana añade valor y riqueza a la vida. Conocer en profundidad al hombre, sus inquietudes y esperanzas, abre el horizonte. Pero este aprendizaje también produce cierto dolor. Sentir el vacío existencial de tantas personas me acerca a su vulnerabilidad y me empuja a ahondar en ella.

Críticas para tapar el vacío


Una forma de afrontar este vacío tan hondo es generar crítica. Aceptar la realidad produce tanto vértigo que mucha gente necesita ahogar este sentimiento llenándose de las vidas ajenas. Quieren enterarse de todo, se meten en los asuntos de los demás, critican y esparecen rumores: se convierten en profesionales del «correveidile», llegando a distorsionar totalmente la vida de las personas criticadas, con la intención de manchar su dignidad.

Pero lo más asombroso es que alrededor de estas personas se crean verdaderos círculos de opinión. Lejísimos de la verdad, captan con actitudes sutiles a numerosos adeptos que se suman a ellas y contribuyen a esparcir las oscuras mentiras que difunden.

La finalidad de estos grupos, ya se reúnan en plazas y bares, ya se comuniquen por llamadas en cadena o por Internet, no es cultivar la amistad ni fortalecer los vínculos. A sus promotores no les interesan unas relaciones interpersonales profundas y sinceras, sino atraer a más gente que alimente su necesidad de criticar y ganar protagonismo. Muchas veces  se valen de personas desencantadas de la vida, o que viven sometidas a situaciones de soledad o angustia; personas que quizás sólo viven para sí mismas, acumulando tanta rabia y envidia que no controlan su empeño enfermizo de agredir a los demás.

Una patología social


Estremece ver y sentir la maldad que puede anidar en el corazón de ciertas personas. Cuántos sufren, por su causa, y ven su dignidad injustamente atacada.

La crítica como paliativo del vacío existencial podría considerarse una patología social con consecuencias nefastas, tanto para el que critica como para el que es criticado. Es una enfermedad letal y contagiosa que va minando sus vidas y puede tener enormes repercusiones a nivel social. Ciertos programas de televisión se basan justamente en esto: de manera injuriosa van ensuciando la imagen y la fama de las personas que caen víctimas de los criticones de turno sobre el plató. En nuestro día a día asistimos a escenarios similares: criticamos al vecino que no nos gusta, al familiar que no aceptamos o al compañero de trabajo que nos cae mal. Y a menudo jugamos con doble cara, sonriendo por delante y preparando la taladradora por detrás.

Muchas personas pasan la vida utilizando sus lenguas para guillotinar y despedazar al otro, sin ningún tipo de remordimiento. Lo más grave es que estos asesinos psicológicos, que no llegan a matar físicamente, moralmente lo intentan, queriendo destrozar la vida de los demás.

Posibles causas


¿Qué hay detrás de esta psicopatía social? Un terrible sentimiento de vacío y una necesidad constante de venganza. ¿Contra quién? Alguien tiene que ser culpable y pagar por todo lo malo que les sucede.

¿Cuál es el origen de esta actitud? Quizás una experiencia infantil mal vivida, falta de afecto, un rechazo por ser como son, o un fracaso que no han resuelto. Quizás una falta de referentes o valores morales, una educación insuficiente o con modelos patológicos ya en su familia. Puede haber un desdibujamiento de la autoridad de los padres, una exigencia poco controlada, con excesivo rigor y manipulación de los hijos, o al revés, una educación demasiado laxa por falta de tiempo de los padres para educar a sus hijos. También puede deberse a un temperamento conflictivo, o a una falta de empatía con la gente, al poco diálogo interpersonal y una incapacidad de adaptarse socialmente. Lo cierto es que, aunque no lo parezca, una persona tan vulnerable puede llegar a contener mucho odio dentro de sí. Ha aprendido a sobrevivir y a rodearse de un núcleo de gente similar, con experiencias parecidas de frustración y resentimiento acumulado.

El odio encerrado se convierte en un gas letal que la persona va liberando en función de su rabia y de los contratiempos que sufra. No lo puede contener. Y al mismo tiempo este envenenamiento se convierte en adicción permanente: la persona adicta siempre buscará un objetivo, alguien que no le caiga bien, para poder liberar su cólera.

La educación, antídoto


¿Cuál puede ser el antídoto para esta patología? Ni siquiera los psicólogos tienen una terapia eficaz, porque una vida vacía de sentido sólo se puede arreglar aceptando que uno es así, fruto de unas circunstancias que pueden ser muy duras.

Una educación correcta puede dar las herramientas adecuadas para que la persona aprenda a afrontar no sólo lo que pasa en el mundo, sino lo que sucede en su alma. El abordaje debe hacerse no sólo desde la psicología, sino desde la pedagogía, la filosofía y la moral. Todas estas disciplinas deben ayudar a que la persona abrace su realidad existencial, aceptándola y asumiéndola. A partir de aquí, con humildad y con ayuda de alguien, será preciso tomar medidas y acciones prácticas en la vida cotidiana para revertir la actitud destructiva e ir incorporando valores en el día a día.

Maestros, psicólogos, filósofos y teólogos tienen ante sí una gran tarea: elaborar líneas maestras de educación que ayuden a la persona a sacar afuera sus talentos y todo lo que es, facilitando un buen desarrollo de su potencialidad y ayudándola a crecer y a florecer para que sepa dar lo mejor de sí misma.

De esta manera podrá disfrutar de una vida plena sin necesidad de vivir a expensas de la vida de los demás. Sólo así será feliz y hará que la vida de los demás también sea más feliz.

sábado, 22 de abril de 2017

Un abrazo sanador

En los diferentes encuentros que tengo a lo largo de la semana, sobre todo con personas que necesitan apoyo, consejo y acogida, me doy cuenta y percibo tantas y tantas heridas que quiebran su corazón. Leo en sus ojos una profunda soledad. Se sienten frágiles, incomprendidas y a menudo perdidas. Buscan una palabra amable, una acogida cordial y una atención exquisita.

Cuántas personas viven la peor de las pobrezas, que es la falta de afecto, y buscan un apretón de manos, una mirada cálida, unas palabras que alivien su ansiedad. En el fondo, sólo buscan un poco de dulzura. La dureza de la vida las ha llevado a un profundo vacío interior y viven desoladas porque han perdido sus referencias y sus motivos para vivir. Se convierten en mendigos existenciales que reclaman la limosna de la ternura. Han perdido su autoestima y están a punto de perder su propia identidad como personas humanas. Cuando son tan vulnerables pierden algo consustancial al sentido más hondo de su vida y de su historia: su capacidad de tomar decisiones libres. Esto puede diezmar su dignidad y hacerles caer en la indigencia emocional.

¿Cómo ayudar a estas personas que buscan respuestas ante su deprimente situación? Muchas de ellas no son pobres económicamente, pero sí emocional y espiritualmente, y buscan salida a su laberinto existencial. Ante el abismo sienten terror. Les angustia el presente, lleno de contradicciones. Han llegado a una situación límite y no saben qué hacer con sus vidas.

Es verdad que existen muchas alternativas y tratamientos psicológicos. Hoy asistimos a un boom de terapias que se presentan como la panacea a estos problemas del alma. También hay ramas de la ciencia médica que ayudan o pueden ayudar, pero no siempre son suficientes. Si no se establece una conexión con la persona que tienes delante es difícil poder ayudarla.

La prisa es anti-terapéutica. El facultativo sufre otra terrible enfermedad: la falta de tiempo por culpa de una mala organización o por pocos recursos, pero también por un desconocimiento de la persona. Sin una mirada sosegada al enfermo no se puede curar. Un entorno cálido y apacible, con tiempo para poder escuchar al paciente, ya es medicina preventiva. No damos importancia a estos aspectos cuando son justamente los que constituyen la base de la psicología humana. Muchos médicos se van por las ramas con tecnicismos sobre patologías, pero son incapaces de mirar al paciente a los ojos, pendientes del reloj. A veces tampoco hace falta hablar mucho. La mirada, la postura y el tono de voz ya pueden ser suficientes para hacer un primer diagnóstico. Detrás de una voz o de unos ojos, muchas veces se esconde un corazón roto que ha somatizado su herida en el cuerpo.

Los sacerdotes tenemos un desafío similar al de los médicos con las personas que vienen buscando consejo. En nuestro despacho nos encontramos con personas que sufren enfermedades, no sólo físicas, sino emocionales y espirituales. Muchas veces, después del encuentro que hemos mantenido, han tenido la libertad de pedirme una «medicina», como dicen algunos.

La semana pasada una señora me pidió: «¿Le puedo dar un abrazo?». Claro, le dije. Y recordé que Jesús también bendijo, abrazó y se dejó abrazar. La Iglesia es una madre, ¿y qué madre no abraza a sus hijos? Y más cuando los ve tan desvalidos.

No hay sanación física si no hay sanación emocional y espiritual. Y la gente tiene hambre de abrazos y de afecto. La patología más profunda, muchas veces, es la falta de amor. Cuando alguien pide un abrazo está reclamando ternura en su dolor y no lo pide porque esté ante un médico, un psicólogo o un sacerdote, sino porque ha visto una persona capaz de escuchar y se ha sentido bien. Se ha atrevido a hacer esta demanda de calor sincero, porque aquel terapeuta, médico o sacerdote, ha ido más allá de su función y se ha convertido en un sanador del alma. Cuando se llega al alma, se puede sanar todo, aunque no siempre se cure todo.

El amor devuelve el sentido de la vida. Un abrazo sincero se convierte en la terapia de las terapias. Un abrazo está expresando la potencia regeneradora del amor. Un abrazo apaga la sed de la aridez interior; un abrazo puede convertir un día lleno de nubes en una jornada de sol; un abrazo puede deshacer el hielo del corazón; un abrazo te hace mirar más allá de tus límites y puede convertir la amargura en gozo y alegría. Un abrazo sana la totalidad de la persona y te ayuda a descubrir la riqueza que hay en ti. Un abrazo te hará sentir vivo y recuperar tu capacidad de amar y abrazar a otros para que también, a su vez, puedan sanar.

Sanando a los demás se sana uno mismo, aunque esto suponga afrontar retos nuevos cada día. Porque sanar, en definitiva, es una forma de amar.

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Leer "El poder sanador de un abrazo":

viernes, 31 de marzo de 2017

A caballo del tiempo

En el patio, de buena mañana, contemplo las primeras hojas que empiezan a brotar tímidamente en la morera. Sólo hace un mes la veía desnuda, con las ramas aparentemente sin vida, sumida en el letargo invernal. Su frágil desnudez me producía una doble sensación, de ternura al verla tan desvalida, y a la vez de inquietud. ¿Podrá resistir un invierno más? Pero bajo su apariencia escuálida hay una vida latente que no muere. Sus ramas secas han vuelto a estallar con todas sus fuerzas, cubriéndose de verdor. La savia corre con fuerza bajo la áspera corteza, traspasando la contención propia del tiempo que le marca su ciclo vital.

La miro y mi mente galopa por el tiempo. Pasan los días, los meses y los años, a veces rápido, a veces lentamente. Otras veces el tiempo se desliza a un ritmo en el que puedo contemplar con paz mi pasado, saborear mi presente y atreverme a soñar en el futuro.

Pero sea cual sea el momento, cuando recuerdo una experiencia sublime, cuando la vivo ahora o cuando la espero en el futuro, mi corazón se expande. Siento que late y seguirá latiendo hasta llegar a traspasar el tiempo físico.

Ese corazón que late no sólo bombea sangre, sino que da sentido a la vida. Sólo desde él se puede amar, crecer, enamorarse de la belleza y la vida que hay alrededor. El bombeo del corazón alimenta con el fluido vital las células del cuerpo y marca también el ritmo de los anhelos, las esperanzas, el deseo de trascendencia, de amor.

El tiempo es un don que el Creador nos ha dado para el deleite de nuestra existencia. Con el tiempo que se le ha dado el hombre florece y hace de su vida un jardín, un espacio sagrado donde habitar con lo divino.

Contemplando las hojas de la morera, que van creciendo día a día, me doy cuenta de que el ciclo de los árboles en el bosque siempre se repite con el paso de las estaciones: del letargo al estallido de vida, es un ciclo cerrado. Cuando pasamos a los ciclos vitales del ser humano todo cobra otra dimensión: nacemos y morimos, pero dentro de esta dinámica el hombre nunca muere del todo cuando envejece o cuando le llega el otoño de la vida.

El otro día estuve con una amiga a quien hace más de veinte años que no veía. Ella me acompañó en los inicios de mi recorrido vocacional y sacerdotal. El encuentro fue en el patio, bajo la morera, y estuvo lleno de alegría: nos une la bella vocación de servir a la Iglesia. Ella es una mujer madura, espiritual, con una hermosa misión en Chile: ofrecer sorbos de silencio en una sencilla ermita en medio del desierto de Atacama. Dedica su tiempo para que muchos otros puedan descubrir el tesoro del tiempo. Se ha convertido en creadora y maestra de esos espacios vitales que ayudan a descubrir la vocación más genuina de cada persona: crecer en Dios. Hermosa misión que me recuerda que, aunque viva en medio del asfalto, mi corazón también es un jardín o un desierto interior donde puedo descubrir, cada día, el sentido profundo de mi vocación.

Han pasado veinte años y, aunque su rostro ha envejecido, sus ojos permanecen jóvenes. Su mirada es la misma y su sonrisa, discreta y amable, no ha perdido la luz con el paso del tiempo. Es más, su elegancia espiritual la ha rejuvenecido en su madurez. Su presencia transmite una paz inmensa, la paz del que ha sabido dar un sí a Dios. Él la llevó al desierto para hacer de ella una contemplativa fiel y firme en su vocación. Allí ha echado raíces, porque hasta en los lugares más estériles el silencio se convierte en arroyo serpenteante que fecunda las arenas más áridas.

Este encuentro bajo la morera vigorizó nuestra amistad. Una cartujana del desierto bajo la morera reverdecida en la mañana primaveral. Ambos recordamos el origen de nuestra vocación. Este encuentro me llenó de gratitud.

El silencio detiene el tiempo y nos permite sentir que estamos vivos. Necesitamos tiempo de silencio para hacer fecundo nuestro corazón y, desde nuestra pequeñez, abrazar la inmensidad de nuestro propio misterio. 

Hay un ritmo en la naturaleza, hay un ritmo del alma. El primero se sucede en ciclos que cabalgan en el tiempo; el segundo salta más allá del tiempo. Cuando amas y tienes claro tu propósito vital no envejeces, porque tus células reciben la señal de una vida plena más allá de la muerte. La vida de Dios traspasa la inmanencia de la vida mortal para empezar a vivir, ya aquí y ahora, el regalo de la eternidad. 

lunes, 27 de febrero de 2017

Una sinfonía al Creador

La apacible noche se va disipando. El cielo empieza a clarear con un hermoso azul, la luna va palideciendo y las sombras de los árboles sobre los edificios desaparecen.

Todo es bello y silencioso. Mi corazón está sosegado. La noche se retira y empieza el día. Contemplo mi querido patio iluminado por los primeros rayos del sol, proyectados sobre el Edificio de las Aguas, que resaltan la belleza de sus paredes rojizas. Son las siete y media de la mañana y, de pronto, comienza un gran concierto matinal. El silbido del mirlo desgrana su melodía como una flauta maravillosa. Las gaviotas surcan el cielo en grandes círculos. Entre las ramas se oye el murmullo de las palomas y el parloteo de las cotorras, con el trinar de algunos jilgueros. Cada pájaro con su música diferente se une a esta variada armonía, que sube en intensidad a medida que avanza la mañana. Algunos saltan de una acacia a otra, y otros revolotean en las copas de los árboles. Asisto a la sinfonía del inicio del nuevo día. Bajo el cielo sereno, el sol, los árboles y esta música mi corazón se ensancha. Pienso que las aves expresan el dinamismo de una creación regalada al hombre para que pueda deleitarse en ella, con los cinco sentidos. Veo la mano amorosa de un Dios que hizo el universo y se recreó en la naturaleza para, finalmente, poner al hombre en medio y permitirle disfrutar y saborear tanta belleza.

Mis ojos se detienen en la morera. Si todo expresa júbilo en el estallido matinal, la morera, en cambio, permanece silenciosa. Su robusto tronco agrietado por el paso del tiempo contrasta con las ramas de su copa, como delgados brazos apuntando hacia el cielo. La morera está inmersa en un profundo letargo, desnuda, a merced del frío y la humedad que congela sus raíces. En medio del patio donde resuenan los trinos de las aves, que cantan con toda su fuerza, desprende una sensación de abandono y fragilidad.

Veo el contraste entre las acacias verdes, que bullen de vida, y la recia y desnuda morera, con su tronco y sus ramas vacías, que se extienden como una telaraña de huesos secos. Contemplo una primavera que se avanza junto al invierno que persiste en un árbol majestuoso. Como un indigente, espera que los rayos de sol bañen también su copa. Luz y oscuridad, vida y muerte, alegría y tristeza, cántico y duelo se entrelazan en el patio, formando un hermoso tapiz.

Todo en la vida es cambio; una sucesión de dolor y alegría, explosión y recogimiento, vacío y plenitud, soledad y compañía. Y pienso que todo es bello y todo lo que parece muerto llegará a resucitar algún día, como la morera que despertará en primavera y se cubrirá de verdor en verano.

También las personas pasamos momentos en que vivimos esta doble realidad.  A pesar de sentir nuestra indigencia existencial, porque nos sentimos muy limitados, poseemos una fuerza insólita que surge en nuestro interior y que nos hace capaces de las mayores proezas. Hay días en que queremos vivir a tope, con ilusión y ganas. Nuestro corazón canta y desplegamos lo mejor de nosotros. Pero también hay días en que sentimos el peso de nuestras ramas secas y la fuerza duerme en nuestro interior. Es entonces cuando hemos de aprender a convivir con aquello que nos hace vibrar y con aquello que todavía tiene que  despertar. Al final, todo sigue su ciclo. Tras el invierno vendrá la primavera, que ya está a punto de llegar; volveremos a desperezarnos y levantaremos nuestros tallos para que vuelvan a llenarse de hojas verdes y puedan dar sombra a los que huyen del calor devastador, bajo la brisa de sus ramas.

El ser humano tiene etapas y momentos estacionales. Saberlo y aprender de esta realidad es la manera de reconocerse tal como es. Hay tanta belleza en una lágrima resbalando por la mejilla como en una sonrisa; es tan hermoso un árbol frondoso y verde como el árbol desnudo que evoca una extraña ternura. Un día gris es tan bello como un día soleado: todos son regalo. No importa que el sol no salga tras las nubes. Lo importante es que, aunque haya tormenta, el sol salga por el horizonte de tu corazón. La belleza es más que un impacto estético; es darme cuenta de que todo lo que existe, por limitado que sea, tiene el sello del Creador que me regala esta sinfonía musical y que ha hecho posible que, hoy, mi corazón eleve un cántico de alabanza.

domingo, 22 de enero de 2017

Resistiéndonos a la verdad


Dobles vidas



Hablando con mucha gente, en largas y densas conversaciones, llegas a conocer en profundidad el corazón humano. Poco a poco vas descubriendo, tras las palabras, un desdoblamiento de la personalidad: la que aparenta de cara afuera y la que vive de cara adentro.

A menudo nos da miedo reconocer la propia realidad, porque, si llegamos a sincerarnos con nosotros mismos, quizás descubramos que nuestra vida interior es muy mezquina y mediocre. Por eso, cuando explicamos algo o nos mostramos ante los demás intentamos dar una imagen exterior muy cuidada, con la que tapamos o huimos de la auténtica realidad. ¡Cuánta confusión y ambigüedad nos rodea!

Somos capaces incluso de crear un personaje irreal antes que reconocer lo que somos. Nos sentimos abrumados y tenemos miedo al qué dirán. Nos da pavor quedarnos desnudos ante los demás y nos cubrimos con fantasías psicológicas, mentiras que, de tanto repetirlas, acabamos creyendo. Hemos convertido nuestro autoengaño en una verdad que no responde a la realidad, que se desvanece ante un soplido, pero nos aferramos a ella como si nos fuera la vida. Cuánto subterfugio psicológico, cuántas actitudes, sentimientos, inspiraciones e incluso sensaciones físicas nos fabricamos para poder sobrevivir al crudo realismo de la existencia. Hasta somos capaces de recrear un complejo mundo paralelo con visos de verosimilitud, y nos sumergimos en él como si fuera real, cuando en el fondo estamos presos de una ficción que nos aleja de la realidad más pura.

Pero, ¿por qué necesitamos esta vida virtual? ¿Por qué huimos de la auténtica realidad? ¿Qué vacíos, qué lagunas, qué miedos intentamos conjurar? ¿Dónde se origina la necesidad de vivir una vida paralela?

Aceptar lo que somos


Quizás la raíz de todo es el pavor que nos da asumir lo que somos, nuestros orígenes. Nos cuesta admitir que no estamos contentos con ser lo que somos y hacer lo que hacemos. No estamos satisfechos con nosotros mismos y necesitamos vivir esta dualidad, creando un personaje que nos guste más para poder metabolizar la vida.

Con madurez hemos de aceptar que todos tenemos lagunas, y que todo lo que somos es fruto de una historia familiar que nosotros no hemos forjado, sino que la hemos recibido. Nadie es mejor que nadie y nadie queda excluido de sus condicionamientos. Somos fruto del pasado, con todas nuestras cargas y herencias.

Necesitamos abrazar el pasado, con paz y serenidad, sin reproches hacia nosotros mismos. Sólo cuando seamos capaces de afrontar nuestro propio ser dejaremos de ser un personaje ficticio y podrá emerger lo que somos realmente, con nuestros defectos, carencias y miedos. Pero seremos nosotros y no otro.

Una mirada sosegada ante el espejo, con actitud humilde y deseo de reconocer nuestra propia identidad, nos ayudará. Mirarnos a los ojos irá diluyendo nuestro miedo al qué dirán y nos atreveremos a ser quien somos, tal como somos.

Es verdad que, al principio, cuando nos reconocemos, se nos cae el mundo encima. Poco a poco tendremos que ir digiriendo esta situación de doblez emocional que nos ha esclavizado quizás durante mucho tiempo. No es fácil, porque se produce un desgarro psicológico muy fuerte. Del maquillaje pasamos a ver la piel del alma tal como es, y quizás nos demos cuenta de que detrás del Superman o la Superwoman hay un ser muy frágil e inseguro, atado a un pasado. Nos miraremos a los ojos, que tal vez no nos gustan, y pasaremos un tiempo de rebeldía interior. Luego nos asombraremos de nosotros mismos.

Tu vocación


¿Por qué soy así? ¿Por qué esa callada y aparente elocuencia ante el mundo? Los psicólogos apuntan que esto no sólo se da en personas normales, que tienen sus contradicciones internas, sino en personas con cierta relevancia social, cultural, intelectual e incluso espiritual.  Los gurús mediáticos no se libran de esta doblez, ese halo que convierte sus vidas en aquello que hacen y dicen, y no en lo que son. Muchas de estas personas necesitan cubrir sus profundos agujeros subiéndose a un escenario.

Académicos, artistas, líderes religiosos, políticos, empresarios… Todos necesitan desenvolverse en el reconocimiento social porque son incapaces de descubrir que uno se hace sabio cuando abraza el universo interior de su corazón y aprende a ser uno mismo cuando no deja que ni el pasado, ni el presente, ni el futuro, condicionen su dignidad y su valor como persona, sea quien sea, con sus lastres y defectos. Sólo así lo que diga y piense será acorde con su ser. Su vida dejará de ser una huida y se convertirá en un servicio a la humanidad.

Deshacerse de tantas capas pide tiempo, pero una vez descubres quién eres en realidad, podrás volar sin miedo, porque descubrirás tu auténtica vocación: ser para los demás. Y cuanto más seas tú mismo, el vuelo será más alto y darás más lo mejor que tienes dentro. Que no son cosas, sino la belleza de tu corazón y el sentido último de tu vida: darte, amar, ser con los demás. Aquí encontrarás la auténtica libertad.

domingo, 8 de enero de 2017

Saliendo del abismo

Un año después


Era el penúltimo día del año. Las nubes y el sol jugaban en el cielo, como presagiando el inicio de los días más duros del invierno. Un grupo de amigos quedó para vivir el final de año en una jornada de encuentro, denso y profundo.

Un paseo por el Gótico. Una visita a la parroquia de Santa Maria, la catedral de los pescadores, que con su esfuerzo levantaron esa hermosa arquitectura tan llena de detalles simbólicos y bellos. Con mirada de poeta contemplaron las vidrieras, las imágenes, las esculturas, observando con inteligencia y extrayendo el significado de cada una, la trascendencia de la belleza en toda su amplitud creativa.

Después de caminar hasta el mar, decidieron comer en un restaurante llamado Mente Sana. En el contexto de la comida surgieron varios temas interesantes sobre filosofía, cosmovisión de la realidad, espiritualidad, cuestiones más viscerales, la búsqueda del hombre. La conversación se alargó y añadió sazón al menú, variado y sabroso. El lugar era cálido y el ambiente inmejorable. Con el dulce sabor de la amistad, nada presagiaba que una de aquellas personas estaba a punto de pasar por un trago bien amargo de su existencia. Así empezó, hace un año, un desliz hacia el abismo. Un entorno bello, de amigos, una visión apasionante de la realidad, el disfrute de un día maravilloso que acabó siendo el principio de un terrible sufrimiento.

Después de la comida, despedidas, abrazos cálidos, miradas de complicidad y gratitud por aquellos momentos vividos entre amigos. El año nuevo estaba a punto de empezar.

El dolor


Tres horas más tarde, una de ellas empezó a sufrir un gran dolor de estómago, con acidez y una exagerada hinchazón del abdomen. Las molestias se intensificaron con el paso de las horas. Lo que empezó como un día luminoso, entre amigos, terminó en una noche ahogada entre gemidos, con un dolor intenso y casi insoportable.

Ya estaba acostumbrada. Algunas veces había sufrido dolores similares, pero esta vez parecía más grave. Hora tras hora, las molestias no remitían. Su vientre parecía un balón y el dolor no cesaba. Pasó toda la noche y el día siguiente así. En su cara se adivinaba una angustia terrible; incapaz de tragar nada, ni siquiera un fármaco, iba deslizándose hacia el abismo. En la noche del 31 de diciembre fue a un ambulatorio con una amiga. Le dieron unos enemas, pero no mejoró. Aguantó así todo el día 1 hasta que, por fin, al atardecer, unos amigos la llevaron a urgencias del Hospital de Mar.

Después de largas horas de espera por fin la atendieron y comenzaron a hacerle pruebas para ir descubriendo qué sucedía realmente en su sistema digestivo. Le dieron otra lavativa, que no redujo su dolor ni la hinchazón, algunas inyecciones para calmar los espasmos y finalmente un intento de vaciar sus intestinos activando la motilidad interna. La noche avanzaba y, según relata ella, los médicos estaban un poco desorientados pues no respondía al tratamiento, tal como esperaban. Al amanecer decidieron hacerle un escáner para evaluar el estado de su intestino.

Dos días antes, por la mañana, todo era luz en sus ojos. Ahora se sumía en la tiniebla, bajo las luces del hospital donde no hay noche ni día. Había entrado en un territorio de oscuridad e incerteza.

Allí estaba, una persona con una energía vibrante, amante de la vida, soñadora, feliz. La vida le había dado un terrible zarpazo. Pero en su corazón se adivinaba una paz que atraviesa el muro del miedo, una calma desconocida. Sabía que su estado era grave, pero tenía una última certeza que la hacía abandonarse. La lucha interior era feroz, pero ella no se rendía. Su rostro descolorido, pese al dolor, tenía pulsaciones de vida, aún desde el abismo.

El escáner reveló una obstrucción intestinal que le había paralizado un tramo del íleon, de aquí la hinchazón permanente. Los médicos resolvieron operar con urgencia: de no ser así se podría producir una perforación del intestino y una grave infección que podía llevarla a la muerte.

Un parto, un renacer


La operaron el día 2 de enero, a las 2 del mediodía. Ella me contaba que antes de la operación rezaba y cantaba una canción mariana en su corazón. Y que antes de entrar en el quirófano le sobrevino una paz inmensa. A punto de iniciarse la intervención, con el corazón sosegado, lo dejó todo en manos de Dios. Descendió hasta la más profunda oscuridad de su corazón. Antes de la anestesia tuvo una última sensación de bienestar. Y cayó en el letargo más hondo. Ahora le tocaba a la habilidad médica, a los aparatos y a la ciencia luchar por la vida de esta mujer que luchó hasta el final, tocando y atisbando el rostro de la muerte que la acechaba.

Unos cirujanos extraordinarios, con su equipo de enfermeros y anestesistas, se ocuparon de alejar la sombra de la muerte. Pero no solo ellos: sus padres, sus amigos, tanta gente que la quiere y que rezó por ella, todos la acompañaron en su lucha vital y espiritual. Y cómo no, Dios, el autor y el señor de la vida, estuvo con ella.

La operación duró unas cuatro horas. Todo fue extraordinariamente bien. Entre todos vencimos porque todos apostamos por la vida. Después de la operación ella estaba muy risueña, sus ojos brillaban en su cara armoniosa; no parecía que la hubieran operado.

Estaba serena, incluso habladora. Se encontraba bien: salía del abismo y volvía a ascender hacia la luz. Pero no sin pasar 13 días en el hospital. Fue entonces donde pudo hacerse totalmente consciente de lo que le había sucedido. En la operación descubrieron que tenía una brida entre el intestino delgado y el grueso, que le provocaba los problemas digestivos que sufría desde hacía años.

En el hospital pasó una metamorfosis espiritual. Algo cambió para siempre en su corazón. Se enfrentó a un patrón de muerte y sufrimiento para instalarse para siempre en un patrón de vida. Durante aquellos trece días inició un itinerario que la llevaría a cambiar de paradigmas, esquemas mentales, emociones, tendencias y forma de alimentarse. Nació de nuevo, no sólo por haber salido de la operación, sino como quien sale de un parto. Nació de nuevo sin el lastre de tantas autoimposiciones que la habían sometido. El entorno familiar y educativo la había llevado a una autoexigencia demoledora.

Como todo parto, fue bello pero doloroso, porque dejar atrás tantas inercias y tendencias no le sería fácil. La dependencia a la que estaba sometida por la enfermedad y la convalecencia la hizo ver que tenía que empezar a cuidarse más y a dejarse cuidar, con total dignidad, y confiando plenamente en los otros. Entre tubos y sondas, tuvo que admitir su total indigencia física, moral y espiritual, y comprendió que son los demás quienes nos salvan, y no uno mismo. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Gritos ante la cruz

Era un domingo por la mañana. Un indigente, extremadamente delgado, con el rostro desencajado, gritaba sin cesar ante el Cristo del vestíbulo de la parroquia. Con la mirada fija en el rostro del crucificado lanzaba improperios con todas sus fuerzas, señalándolo y levantando contra él sus brazos, como si quisiera golpearlo. Apenas se le entendía, hablaba en un áspero portugués, pero sus gritos sonaban como reproches. ¿Lo hacía culpable de su situación… o quizás tan solo quería llamar su atención? ¡Estoy aquí! ¿No me ves?

Me quedé sobrecogido. El hombre se balanceaba continuamente y sus gritos se hacían más fuertes. Intenté persuadirle para que dejara de chillar tanto. Él, furioso, quizás drogado, me rechazó con torpeza. Parecía a punto de caer y, conteniendo el aliento, me acerqué más a él sin atreverme a intervenir, pero alerta para impedir que se cayera y pudiera hacerse daño. Entonces observé sus ojos claros sobre aquella tez oscurecida por la suciedad y la intemperie. Eran azules y brillaba en ellos una lágrima que resbaló por su mejilla.

Recordé, sin querer, aquella antigua película de Marcelino, pan y vino. Aunque la escena era muy distinta, había en ambas algo similar. Un Cristo clavado en la cruz. Allí un niño, aquí un hombre, ambos hablándole como se habla a un hombre vivo y presente.

Sin dejar de mirarlo, el indigente continuó increpando al Cristo, como si le molestara su silencio. Por fin, bajó el tono de voz, dejó de gritar y su mirada se volvió dulce. Algo cambió en su interior: quizás en aquel momento fue consciente de lo que estaba haciendo y, desolado, rompió a llorar con amargura. Ante el crucificado se encogió y sus ojos comenzaron a mirarlo de otra manera, con la piedad con que se mira a un hombre muerto. Sus gestos se hicieron delicados, como si en aquel momento de lucidez sintiera el dolor por aquel que ha sufrido y muerto injustamente, solo en su agonía.

Como Cristo, él también clamaba al Padre. Como Cristo, él también sentía una profunda soledad. La angustia se apoderó de su rostro. Sus gritos no eran de ironía ni de burla. Gritaba ante la cruz porque quizás era el único lugar donde podía gritar, y Cristo la única persona ante quien se atrevía a arrojar su dolor y su desesperación.

Contemplé aquella imagen de otro Cristo, indigente, abandonado, que buscaba ante el crucifijo el alivio y quizás la paz.

Me quedé mudo e inmóvil. Aquella escena dramática se convirtió para mí en el cuadro bellísimo de una profunda oración. El Cristo de la cruz muere en tantas personas que, por razones diferentes, viven en el abismo. Y nosotros, llenos de prejuicios e ignorantes de su situación, nos convertimos sin querer en los irónicos verdugos que se ríen del crucificado.

Ante el indigente y la cruz vi el dolor más lacerante de un hombre como hacía tiempo que no veía. Perdido en lo más hondo de su identidad, cuando se fue calmando ya no decía nada. Ni siquiera gesticulaba. Tan sólo miraba al Cristo con una enorme dulzura, como pidiendo una disculpa silenciosa. Más lágrimas brotaron de sus ojos, como una petición de perdón.

Comprendí que sus gritos, que parecían salir de un corazón duro y desgarrado, eran una súplica de amor, de dignidad, de valor. También Jesús fue tratado como un delincuente, despreciado, rechazado sin ser culpable, y condenado a una muerte terrible en la cruz. Quizás al final, como el buen ladrón, este indigente sintió la necesidad de abrirse a él, ya no con su lengua agresiva, sino con un corazón dócil y sereno.

Estremecido, contemplé aquella oración sin palabras, sincera en su silencio. Jesús se deja gritar por un indigente en su angustiosa soledad. Deja que saque su rabia contenida. Los gritos no son contra él, sino contra la injusticia, contra una sociedad dormida, ajena al sufrimiento, que se refugia en la autocomplacencia sin que le importe la pérdida de la dignidad de aquellos que se ven lanzados al arcén.

Aquella mañana, desde la cruz, y con su paciente dulzura, el Crucificado acogió en sus brazos al hombre maltratado por la vida. Su bálsamo aquietó aquel corazón agitado. Finalmente, el hombre se abrazó a la imagen. Le besó la rodilla y lo volvió a mirar. Después, se fue sereno.

Ahora, cuando paso un tiempo sin encontrarme con él, ya sea pidiendo o gritando en la calle, temo no volver a verlo. ¿Habrá muerto de una sobredosis? ¿Lo habrá agredido alguien y estará enfermo, o recluido en algún centro? Cuando lo vuelvo a ver siento un íntimo alivio. Aquella mañana me enseñó algo muy hermoso. Me hizo ver mejor que nadie la paciencia infinita de Jesús, que desde el instrumento de su martirio sabe acariciar el corazón roto de un hombre sin techo que recurre a él porque es lo único que tiene. Este Jesús que se deja gritar y que perdona. Muchos cristos agonizan cada día en nuestras calles, ante un mundo anestesiado por el consumismo y con el corazón incapaz de penetrar en la realidad y el sufrimiento de los que mueren sin tener nada ni a nadie, solo a un Cristo muerto en la cruz. Estos pobres, en el fondo, poseen la mayor riqueza: mientras que muchos flotan en las burbujas artificiales de una sociedad que va a la deriva, sin rumbo, ellos han sabido poner en Cristo su esperanza.