domingo, 4 de diciembre de 2016

Morir rezando

Impresionaba su total abandono. Yaciendo en su cama, días antes de fallecer, Isidro rezaba sin cesar. Totalmente consciente de que la vela de su existencia se iba apagando, a medida que pasaba el tiempo y se acercaba el final su plegaria se hacía más intensa, como si quisiera apurar el tiempo. En sus últimas horas solo respiraba para rezar. En lo más profundo de su corazón, tenía la total certeza de que las puertas del cielo se abrían dejando entrever otra luz más potente que su propia vida. Sus órganos vitales y su cuerpo poco a poco iban deteniéndose, pero su alma, más activa que nunca, seguía rezando un rosario tras otro. María siempre estuvo presente en su jardín interior.

Murió el día 2 de diciembre a las doce y media de la noche. Murió rezando. Esta forma de morir sólo se entiende cuando Cristo se convierte en el centro de tu vida.

Isidro cultivó su vocación de santificación en el mundo como un crecimiento constante en la fe. Devoto de la Virgen María como corredentora al lado de su Hijo, la Iglesia para él era una familia concreta: la comunidad de su parroquia, donde vivía y practicaba su fe y los sacramentos con profunda sencillez. Ha dejado huella en el corazón de muchos. Si tuviera que definir su espiritualidad diría que profesaba un amor inmenso a Cristo sacramentado. Su presencia real en la eucaristía lo envolvía de tal manera que se podía percibir su total sintonía y comunión con él.

Isidro tenía una enorme facilidad para ponerse en onda con el misterio lleno de amor expuesto en la custodia. Maestro adorador, no sólo asistía, sino que participaba intensamente en la adoración, cruzando su mirada con la de Cristo, sintiendo en su paladar el sabor divino de su presencia. Hombre de profunda piedad, la entendía no sólo como participación en un rito sagrado, sino como un servicio de caridad donde resplandece el brillo de un amor incondicional, como decía san Francisco de Sales.

Isidro sabía vivir su vida litúrgica en comunidad. Celebraba los tiempos fuertes del año con especial fervor: Adviento, la gozosa espera del nacimiento de Jesús; Semana Santa, en la que se sumaba a las procesiones y al Vía Crucis. Vivía estas fechas con unción y una disposición espiritual que le permitían entrar de lleno en el misterio del dolor y la muerte de Jesús. Recuerdo que en los últimos años pedía insistentemente llevar la cruz a lo largo de las estaciones del Vía Crucis. Las fuerzas ya le flaqueaban, pero me explicaba que, siendo joven, cuarenta años atrás, había sido uno de los portadores de una gran imagen de Cristo crucificado. Fuerte físicamente y fuerte en la fe, lo abrazaba con vigor, con la misma unción y respeto de un auténtico cireneo, como si quisiera no sólo aligerar el sufrimiento, sino cargar con todo el peso de la cruz para hacer más llevadero el camino de Cristo hacia el Gólgota. 

Ya con noventa años, su cuerpo débil se aferraba a la cruz, como buscando sostenerse en ella. Cuando otros querían relevarlo, él la sujetaba con fuerza, mostrando una serenidad y una resistencia increíble. Necesitaba sintonizar, entrar de lleno, participar del sufrimiento de Cristo. Era hermoso verlo agarrado al palo de la cruz, como un mástil en el velero de su fe. Desde su sencillez, fue testimonio de una fe vivida hasta las últimas consecuencias. Su coherencia cristiana interpelaba al resto de los adoradores.

Esta mañana, en sábado, un día mariano, se ha celebrado su funeral en medio de su querida comunidad parroquial de San Félix. La eucaristía ha sido celebrada con cuatro sacerdotes, a quienes él tanto apreciaba y por quienes rezaba. Estaba en el ataúd, pero lo he sentido más vivo que nunca. Pasó a la vida de Dios rezando: este es el mejor regalo que ha hecho a la comunidad. Desde el silencio más hondo he sentido en mi corazón que Isidro sigue brillando de otra manera, no como las estrellas del firmamento, sino como esos santos que iluminan la vida de la Iglesia militante que se prepara para participar, con la Iglesia triunfante, en la gran fiesta del cielo.

Hoy tenemos un gran intercesor en el cielo. Ante el trono celestial le he pedido a Isidro, en mis oraciones, que me ayude a hacer posible mi proyecto pastoral en la parroquia. Le he pedido que me ayude a convertir una fe de culto en una comunidad viva, que celebra y vive el amor de Dios, una comunidad que no se quede en el ritual, sino que se adhiera al misterio de Cristo en la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II, esto supone una conversión y un compromiso.

Muchos participan de los sacramentos como parte de una rutina; Isidro los vivía como encuentros con Cristo vivo. La gracia derramada sobre él era como rocío en los amaneceres de su existencia. En su corazón siempre hubo la esperanza y el deseo de renacer como hombre nuevo que sabe vivir en Cristo, por Cristo y con Cristo.

Con emoción contenida, he querido abrazar el féretro donde yacían sus restos. Hoy despedimos a un laico cristiano, esposo y padre de familia, que nos ha dejado un gran legado espiritual: la vivencia de Cristo como centro y eje de toda su vida.

sábado, 26 de noviembre de 2016

La fuerza de la ternura

Vivimos en un mundo lleno de problemas. Muchas personas están inmersas en enormes dificultades económicas, sociales, familiares y laborales. Algunas intentan salir de estas situaciones buscando vías de escape y caen adictas al alcohol, a las drogas o al juego. Otras son sometidas a límites vitales que les quitan la paz.

Qué ajenos vivimos a veces al dolor de aquellos que lo están pasando tan mal. Pasamos de lado y giramos la espalda al sufrimiento de muchos niños desatendidos, violentados en el mismo marco familiar; o de los jóvenes con un futuro incierto; de adultos en paro, angustiados, con enormes carencias y sin esperanzas; o de personas mayores que están solas, enfermas, sin recursos y abandonadas a su suerte. El dolor de estas personas es un grito lanzado a una sociedad ensimismada, que sólo piensa en pasarlo bien e ir venciendo el tedio de cada día; una sociedad que se ha encallado en el culto a sí misma ignorando la realidad del entorno.

¿Cuántas veces vivimos de espaldas al dolor, mientras la tragedia y la desesperación hacen estragos en la vida de tantas personas? Es bueno preguntarse en qué medida somos responsables del sufrimiento de tanta gente. Cuando lo tenemos todo y nos domina el afán de poseer más es fácil quedarse anestesiado y lejos de otras realidades que no sean nuestro propio y pequeño mundo. Nos cuesta hacernos porosos al mundo que nos envuelve, nos cuesta ser sensibles a lo que hay a nuestro alrededor. Porque esto significa salir de nosotros mismos y despertar, pero nos abruma dar una respuesta sincera, generosa y coherente, según nuestra ética y nuestra religiosidad. Significa un cambio radical por nuestra parte, una gran generosidad y una mirada serena. Nos pide reflexionar y plantearnos qué podemos hacer para minimizar la crisis tanto social como moral que afecta a nuestro mundo.

Urge una respuesta inmediata: hemos de salir de nosotros mismos y preguntarnos, de manera reflexiva, qué podemos hacer por los demás. Más allá de nuestra vida hay muchas vidas de personas que nos necesitan con urgencia.

Hace unos días tuve ocasión de hablar con algunos voluntarios del comedor social de mi parroquia. Hablamos sobre la experiencia de este grupo que está asistiendo cada día a unas 50 personas, dándoles de comer y acogiéndolas. La mayoría de estos comensales traen una historia personal terrible, de soledad, tristeza, marginación y rechazo social y familiar. Muchos son extranjeros, completamente desubicados y declinando en una lenta y larga agonía. Solos, sin recursos, muchos con vergüenza, vienen al comedor buscando algo más que comida. En sus rostros agrietados se adivina una profunda crisis de identidad. Con sus miradas perdidas buscan un espacio donde puedan sentirse dignos. Es verdad que es poco tiempo, pero la delicadeza de los voluntarios hace posible que en un breve intervalo estas personas se sientan serenas, protegidas, cuidadas y atendidas. Es hermoso reconocer la labor inmensa que hacen estos voluntarios, de forma callada y anónima. Para los indigentes, el espacio del comedor es una brisa suave que sopla en su duro invierno existencial.

Sin embargo, a veces estallan conflictos entre ellos, provocados por la angustia y la soledad que viven. Una de las voluntarias me explicaba con serenidad aplastante que cuando esto ocurre y algunos llegan a la agresividad, a los gritos o a los insultos, ella se pone en medio de los dos violentos y los abraza. Es muy consciente, y lo decía de broma, que algún día recibirá un golpe, pero es la única salida para detener tanta presión, tanta violencia, tanto dolor.

Esta voluntaria tiene 80 años y es una mujer madura, lúcida, delicada y amorosa. Comprende como nadie el dolor de los pobres y los abraza con dulzura de madre, mirándolos a los ojos. Y me comentaba que, de inmediato, se calman. ¡Qué hermoso testimonio!

Cuántas veces creemos que gritando o amenazando podemos contener la agresividad ejerciendo la fuerza. No es así. A una persona rota, llena de amargura y violencia contenida, no la podemos gritar. La violencia genera más violencia y no arregla nada, al contrario, puede hacer más daño al frágil. Muchas veces estas personas no gritan a nadie en particular, sino al mundo, a la vida, a su pasado, quizás alguno grita a Dios, sintiendo un profundo vacío.

Esta señora me dejó impresionado. Una cálida mirada y un abrazo lleno de amor y comprensión pueden disolver un conflicto agresivo. Cuánto nos equivocamos cuando minimizamos el efecto y la fuerza de la ternura. Alguien dijo que sólo la ternura transformará el mundo. La dureza y la violencia lo rompen más y hacen sufrir a muchos.

Como decía un amigo mío sacerdote, hemos de recuperar la fuerza del amor. Ya basta de vivir anestesiados por una paz edulcorada y falsa. Esta señora me recordó que sólo con la ternura podemos llegar hasta lo más hondo del corazón. Es una ternura valiente, arriesgada, que se atreve a meterse en medio de la guerra no para imponer la paz, la razón o la fuerza, sino para brindar dulzura, devolver la dignidad, derramar amor. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Aprender a aceptar la muerte

Algo se rompe en el alma


Ante la pérdida de un ser querido notamos que algo se rompe en nuestro corazón. Sentimos que desaparece algo muy nuestro, tan dentro de nosotros que deja un hueco profundo. El fundamento de nuestra existencia se resquebraja. Muchos sienten un ahogo en el alma. Cuando dos personas se han amado toda su vida, hasta llegar a respirar casi al unísono, al morir uno el otro siente como si le faltara el aliento.

Con los años, las personas se van curtiendo. Las relaciones, la convivencia, los sueños y el amor se van robusteciendo hasta que los matrimonios llegan a ser una sola carne. Tantas hazañas vividas juntos convergen en un proyecto común que se ha desarrollado y que ha ensanchado su corazón. Cuántos matrimonios han sabido vivir y crecer en este compromiso para siempre. Cuántos amaneceres compartidos, cuánta sabiduría, cuánta belleza ha iluminado sus horizontes. Desde el amor todo es bello y saborean el dulce néctar de la vida. Viven el uno en el otro, formando una sólida e inquebrantable relación que ha llegado a una sintonía muy honda.

Por eso, cuando uno se muere, el otro queda con el corazón partido. Todo se trunca cuando el ser amado se va. La sombra del difunto llena de amargura al que queda vivo. Para una mujer viuda es un momento personal y psicológico de alta sensibilidad. La presencia, tan real, de su esposo, se ha convertido en una terrible ausencia y la vida se le hace insoportable. Necesitará tiempo para asimilar esta ruptura interna y dejar que la cicatriz sane.


Cuando el duelo se alarga demasiado



Ese tiempo es necesario. Pero a veces el duelo se alarga excesivamente, dejando a la persona sumergida en un abismo sin fin. Nada tiene sentido, los recuerdos la acosan reiteradamente, hay una resistencia dolorosísima a aceptar la realidad. Si no aprende a abrazar la realidad de la muerte, el duelo prolongado irá mermando su calidad de vida hasta llevarla a vivir sin vivir, como si quisiera también ella estar en el reino de los muertos.

Urge muchísimo plantear una pedagogía de la muerte para que ciertas situaciones no se conviertan en un lamento constante que reduce la vida a una permanente queja. ¿Por qué me ha pasado a mí? ¡No merezco todo esto! He dado todo lo bueno de mí… y ahora ¿qué?

El sentimiento de agravio convierte la tristeza natural en amargura vital y en resentimiento contra todo y contra todos. Dios, la vida, el mundo me han quitado cuanto tenía y lo que más quería. Ese pensamiento convierte el duelo en una crisis existencial y en una excusa para culpabilizar a todos de mi tragedia. El duelo se hace patológico.

Urge enseñar a vivir la vida abrazando los propios límites. No somos inmortales, somos caducos y efímeros. Desde nuestro nacimiento llevamos la muerte inscrita en el código genético. Querer eternizar la vida mortal es tarea imposible. Nuestra vida está condicionada por unas estructuras biológicas —el cuerpo— que, de manera natural, son perecederas.  Nuestras células envejecen de manera progresiva, mueren y llega un momento en que ya no son reemplazadas por otras nuevas. Asumir esto es un reto, y más en una cultura que quiere explotar a la persona y endiosarla. Asumir la muerte es una necesidad vital para aceptar nuestra propia fragilidad humana. La muerte tendría que ser vista como algo absolutamente natural. Cuando se convierte en una tragedia que oscurece el horizonte de nuestra vida es cuando hay que hacerse un planteo filosófico —y religioso— que nos ayude a integrarla como parte de nuestra cotidianeidad. Necesitamos aprender a vivir sin miedo ni angustia.


Una pedagogía de la muerte



Urge que en la familia, en las escuelas, en las universidades y en la cultura se plantee la muerte como un elemento educativo de nuestra existencia humana. Con esto podríamos evitar algunos duelos demasiado largos, dolorosos y vacíos. El estar enganchados a la vida no debería impedirnos reflexionar sobre la muerte y tomar la justa distancia. Nos resistimos a ir soltando esas amarras y caemos en todo tipo de excesos, sin pensar que algún día esas amarras se soltarán porque es ley de vida. No es fácil.

Pero en la medida que uno va avanzando cada vez más va sintiendo el deterioro de su salud y la merma de su vida. El tiempo va surcando nuestro rostro, la movilidad se hace más penosa, los sentidos del oído y la vista se van atenuando. La memoria ya no retiene tanto y nos hacemos más proclives a caer enfermos. Los ánimos y la energía van menguando y cada vez más, con el paso del tiempo, esa velita que arde en nuestro cuerpo inicia su lento apagado. La piel nos indica que cada vez nos acercamos más al final de nuestra meta terrena.

Pero ¿se acaba todo aquí? Para una persona que no posee una visión trascendente de la vida, ciertamente es así, y la perspectiva de la nada puede ser angustiante. Para los que creemos que no todo se acaba con la muerte, sabemos que ella no es el final en sí misma, sino una puerta misteriosa que se abre hacia el más allá. La muerte no es otra cosa que un parto hacia una vida plena. Los cristianos sabemos que la resurrección no sólo es una gran promesa, sino un don sobrenatural que Dios regala a su criatura.

La vida no puede acabar con un abismo sin sentido cuando la intención del Creador es habernos creado para siempre. No tiene sentido que todo se acabe con la muerte.

La muerte no es el fin de nuestra historia, es el principio de otra historia en otra dimensión, desconocida por ahora, pero tan real como la vida física y mortal. Dios no nos puede crear dándonos una fecha de caducidad. Después del invierno, cuando el sol se apaga, la primavera vuelve a despertar la vida. Después de la muerte, todo volverá a recrearse en Dios. Toda la materia quedará resucitada: esta es la intención última del Creador. Somos pequeñas  motitas, pero llenas de vida: por nosotros Dios ha creado todo el universo, que luego pone a nuestros pies. Somos de Dios y vamos hacia él. Este es el sentido último de nuestra vida: reencontrarnos con él. Es entonces cuando la muerte deja de ser una sombra, una ausencia, un dolor sin sentido, un miedo que acecha. Vivir con esta certeza es empezar a vivir abrazando nuestra propia contingencia. Fuimos creados con una intención amorosa y nos vamos con una esperanza amorosa. Nuestro destino final es volver al corazón de Dios.

La muerte ha quedado vencida por el amor infinito de Dios, que quiere hacernos partícipes de su legado inmortal. El duelo sobre los muertos, entendido desde una visión trascendente, es el inicio de una pedagogía que nos ayudará a entender que lo que podría ser una angustiosa tragedia se convierte en una melodía suave, que con su música nos anticipa la alegría de un abrazo para siempre.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Un silencio vibrante

Son las seis de la mañana. El día amanece y el cielo lentamente va clareando. Hay mucha calma. Prácticamente no se oye nada. Quizás a lo lejos el ruido de un motor de coche. La luz de las farolas matiza el color del cielo, haciéndolo más oscuro. Todo está sereno.

El viento es fresquito y apetece la soledad. Esta es una hora muy buena para meditar. Solo en el patio parroquial, bajo la Morera, siento una paz inmensa. El silencio me envuelve y estoy preparado para oír la voz del maestro interior, como decía san Agustín.

Inicio un diálogo conmigo mismo, para terminar callando al cabo de un poco y aprender a escuchar. El alma, allí donde Dios habla, también enmudece. Es entonces cuando el silencio no es sólo ausencia de ruidos externos, sino también de esos ruidos que pueblan la mente, que nos aturden y nos empujan a un ritmo vital frenético.

Muchas veces nos da miedo experimentar la absoluta ausencia de ruido, porque con ella viene la soledad desnuda. El ruido marca nuestra estructura psíquica y nos inquieta. Nos cuesta parar y no hacer nada, no hablar, no mirar. Estamos inmersos en una cultura del ruido y del horror al vacío, y esta cultura nos esclaviza porque con el ruido vamos huyendo para no asumir nuestra pobre y mezquina realidad.

Cuando somos capaces de parar nos damos cuenta de la riqueza que hay en ese castillo interior que nos lleva al máximo deleite de la vida. Por eso me gusta madrugar, porque a esas horas tempranas puedo zambullirme en el misterio y sintonizar con una realidad que va más allá de mí mismo. Es entonces cuando el silencio y la soledad ya no asustan. Es más, se encuentra un placer cuando el silencio se convierte una experiencia vibrante donde todo resuena con mayor intensidad, como si uno mismo fuera una caja de resonancia que amplifica las frecuencias de esa realidad superior que le envuelve. No es un diálogo con la nada ni con la naturaleza, ni siquiera con uno mismo. Es un diálogo personal, aunque no se vea, ni se sienta, ni se toque. La comunicación con Dios va más allá de los sentidos físicos, pero no deja de sentirse de alguna manera que hay una presencia, tan real como el amanecer que contemplan tus ojos o la brisa que acaricia tu mejilla.

El diálogo del alma con Dios no necesita de una experiencia tangible, sino de una total certeza más allá de lo racional. Es un diálogo de alma a alma, donde la comunicación es tan intensa que desaparece toda experiencia sensitiva. Puedes pasar dos horas sin decir nada, pero los oídos del alma se agudizan para aumentar la conexión y dejarte poseer y habitar por Aquel que es el Señor del amanecer, de la vida y de tu existencia. Estás ahí, quieto, no sientes el frío, pero no estás dormido ni anestesiado; sientes que la vida fluye por tus venas con mayor intensidad. No haces nada, sólo escuchas. No ves nada, sólo le percibes a Él. No tocas nada, sólo te dejas tocar por Él. Su amor desbordante te envuelve.

Sientes una felicidad nueva, desconocida. Dios mismo te está hablando desde el más absoluto silencio. Su misteriosa presencia, llena de resonancias, convierte ese silencio en un espacio apasionante que, sin palabras, te lleva a lo más hondo de ti. Es un silencio que te ayuda a descubrir que estás tocando el cielo. Tocas su infinitud como criatura de Dios. Aquí estoy. Mi corazón es tuyo. Tú me permites vivir esta experiencia sublime. Nos abrazamos, y en este abrazo hay un sabor a eternidad.

Han pasado dos horas sin darme cuenta. Para mí ha sido un instante precioso… Por el reloj han pasado ciento ochenta minutos. Sereno, el silencio me ha llevado a saborear este rato de intimidad con Dios. Ha sido un exquisito deleite. Después de la noche oscura, el día se convierte en un regalo de luz y de gozo.

domingo, 23 de octubre de 2016

El amor, más fuerte que la muerte

Nuestra vida no termina aquí


La eucaristía es la celebración del triunfo de la vida sobre la muerte. Celebramos el sacrificio de Cristo, pero también su resurrección gloriosa. Como cristianos, nosotros participamos de esta vida eterna ya aquí. Como decía san Pablo: con Cristo expiramos, con Cristo hemos resucitado. Como creyentes, unidos a la vida de Dios, ya estamos saboreando el misterio de la eternidad. Por tanto, hoy no celebramos un adiós, una partida, sino un encuentro, una llegada, un abrazo de Dios con su criatura tan amada desde su concepción.

El final del cristiano no es un final triste, desesperado y angustioso. El final del cristiano es gozo, fiesta, alegría, porque verá cara a cara a Dios en toda su magnificencia. Nuestro rostro débil quedará iluminado por el abrazo luminoso de Aquel en quien siempre hemos esperado, por el que siempre hemos luchado y al que hemos amado.

La vida, como decía un teólogo franciscano, es un largo parto para nacer a la vida de Dios. Morir no es un final trágico. Es un trance hacia una vida nueva, sin límites, gozosa porque ya participará del inmenso amor eterno del Padre.

Hoy tenemos esta total certeza, en la que siempre hemos creído. Dios, por medio de Jesús, nos levantará, no como hizo con Lázaro, sino como lo hizo con su Hijo. Nos dará una vida nueva para el deleite eterno. Y esta vida en la que todos soñamos un día será posible en la medida que nos abramos más y más a sus designios. Si vamos configurando nuestra existencia hasta identificarnos totalmente con Cristo, como dice san Pablo, «ya no soy yo sino Cristo quien vive en mí». Es decir, viviremos la santidad a la que todos hemos sido llamados. De esta manera iniciaremos nuestro itinerario pascual. La plena unión con Cristo será la garantía del don de la eternidad.

Valeriana, una mujer de fe


Valeriana e Isidro, su esposo, llevaban sesenta años de matrimonio. Un tiempo denso y suficiente para levantar con solidez una familia. Han sido un matrimonio recio, compacto, con una fe cristiana inquebrantable. Entregados a la vida sacramental, fieles y coherentes, convirtieron su hogar en una pequeña iglesia, como decía el papa Juan XXIII, hoy ya santo. Un matrimonio con una intensa vida cristiana y con la Santísima Virgen como reina de su hogar. Han sido padres ejemplares, entregados, volcados a su familia y referentes para muchos. Su vinculación a esta parroquia ha sido fiel y generosa.

Además de participar asiduamente en la vida comunitaria parroquial, Valeriana colaboraba en Cáritas desde los inicios, con el Padre Mariné. Su entrega amorosa a la labor humanitaria era exquisita y espléndida. Como bien sabéis muchos, en el barrio del Somorrostro vivían muchas personas en la más absoluta miseria, especialmente el colectivo gitano. Ella acompañaba a Mosén Mariné a llevar latas de comida a muchas familias sin recursos ni medios para vivir. La parroquia agradece esta labor tan encomiable en un barrio necesitado de la misericordia de Dios.

Sesenta años son mucho tiempo para cohesionar una relación donde Cristo es el centro. Con su ayuda Isidro y Valeriana han podido crecer en el amor. Pero el paso de los años también conlleva un deterioro gradual de la salud. Con humildad, ella fue aceptando sus dolencias sin desfallecer en su práctica religiosa, con una absoluta confianza en Dios.

Pese a la avanzada edad y a la fragilidad física, en su amor no hubo fisuras: era más fuerte que el roble. Era hermoso contemplar cómo ambos se acompañaban, pese a sus achaques. Isidro estuvo a su lado sin desfallecer, hasta el último momento de su vida. La amó hasta el extremo de sus fuerzas, sacándolas hasta de donde no las tenía. ¡Qué bello ejemplo de coherencia matrimonial!

Valeriana, que tanta devoción tenía a la Virgen, se fue un sábado, día especialmente mariano. Esto fue un pequeño regalo que suavizó el dolor de Isidro por su ausencia. «Era muy buena», dice su esposo, conteniendo las lágrimas. Y lo repite, con pena, pero con el rostro sereno y abandonado. «Era muy buena.»

Hoy estamos aquí, en San Félix, la comunidad reunida con sus hijos y nietos, dando gracias a Dios por el don de su vida entre nosotros. Y por habernos dejado una huella tan profunda en esta comunidad.

Valeriana, que los ángeles y María Santísima te reciban en tu nuevo hogar, en el cielo, con tus padres, tus abuelos y tantas personas que te ayudaron a ser una gran cristiana.

sábado, 15 de octubre de 2016

El consumo, un opio

Vivimos en un frenesí de consumo. La adicción a comprar se da en los jóvenes, en los adultos, en las familias, hasta en los niños. Cada vez es mayor y crece a pasos agigantados, pudiendo ser una preocupación muy grave para el futuro de la sociedad.

Una cultura que cada vez es más adicta a este nuevo opio, el consumo desenfrenado, genera una sociedad que se parte en dos. Tiene como objeto desconectar al ser humano de su realidad más intrínseca, la búsqueda de la verdad. La persona desconectada huye de la realidad, porque se le hace insoportable, y se lanza a llenarse de cualquier cosa que le pueda satisfacer de manera provisional su hambre de plenitud.

La adicción rompe a la persona


La adicción al consumo fragmenta a la persona. La empuja a un ocio que emborracha la psique, la aturde y le quita lucidez. El consumo abusivo nos está haciendo esclavos incluso de aquello que no necesitamos: juegos, realidades virtuales, pasatiempos que, al final, nos dejan vacíos. El alcohol, la música estridente, el sexo sin vínculos, las drogas, los últimos avances tecnológicos… todo esto crea dependencias y enferma las relaciones humanas.

La persona sola, fragmentada y desorientada es pasto del sistema de consumo. Comprar, consumir y gastar se convierten en paliativos a su soledad. Al consumismo le interesa fomentar el individualismo y que haya muchas personas solas, aisladas, sin formar lazos sólidos con nadie. Le interesa que se fomente el culto al yo. Pero esta cultura narcisista lleva a profundas grietas existenciales: el hombre pierde el sentido de la vida. Prefiere consumir placer y bienestar. Su adicción incontrolada le ha ido anestesiando y le hace perder su identidad, hasta llegar a un vacío angustioso que lo aleja de sí mismo y de los demás. Todas las relaciones que establece acaban basadas en un mercadeo emocional, sin vínculos ni compromisos. Todo vale, aún a riesgo de caer en manipulaciones sutiles que van corroyendo la esencia de su ser. Ejércitos de personas se encuentran así, enganchadas a sus dispositivos móviles, a relaciones enfermizas, al sexo virtual o al ocio sin límites, incluso a la perversión. Y lo peor: quedan enganchadas a sí mismas pero incapaces de controlar su propia vida. Sometidas a las leyes del consumo, buscan quizás un paraíso perdido. Es triste constatar cómo los adolescentes son víctima de este modelo de sociedad. Devorados por una política mercantilista, son teledirigidos por la publicidad, la tecnología y las leyes del mercado. Asusta pensar que se puedan convertir en adultos incapaces de ordenar su tiempo y de plantearse el propósito de su vida. Sobre todo, espanta que sean incapaces de amar. Porque una persona que no ama ¿qué hará?

¿Qué será de estos niños y adolescentes, convertidos en fichas de juego en el gran tablero de la sociedad de consumo? ¿Quiénes serán sus referentes si están manipulados como muñecos, hasta llegar a perder la consciencia de su propio yo? Están en una etapa de su vida en la que deberían aprender a ser libres y, en cambio, prefieren la dulce esclavitud que les produce un bienestar momentáneo y artificial.

Las consecuencias de esta cultura son devastadoras: matrimonios rotos, relaciones efímeras, adolescentes perdidos y sin rumbo, niños sin referencias familiares y educativas, situaciones de violencia, separaciones traumáticas, inestabilidad emocional, soledad profunda, pérdida de la identidad, incapacidad para decidir y forjar relaciones sólidas, incapacidad para trazarse metas y para saber qué quieres… Miedo al futuro, inseguridad en el presente. Miles de jóvenes se convierten en carne de cañón para aquellos que tienen la capacidad de manipular las masas, utilizando mensajes talismán como “sé libre”, “sé tú mismo”, “disfruta”, “tu mente es poderosa”, “vive la vida al límite”, “sueña lo que quieras y lo serás”. Todo esto lleva a una idolatría de uno mismo, pero en realidad se están convirtiendo en cadáveres vivientes. Sus vidas están llenas de oscuridad y sus almas agonizan en un cementerio existencial.

Recuperar la dignidad


Yo espero que el ser humano recupere la dignidad perdida. Necesitamos personas que decidan ir a contracorriente, con una gran capacidad de interiorizar, que tengan claro su propósito vital y que encuentren un rato diario para la meditación y el silencio. Personas valientes que no se dejen engañar con tantas idolatrías falsas, que sean moderadas en su consumo, libres y responsables. Que renuncien al poder, aunque se queden sin cargos, títulos o reconocimientos. Que sean humildes, dialogantes y comprometidas con los demás. Necesitamos personas felices con aquello que hacen, sin miedo a nadie. Que sepan generar vínculos y respeten a los demás, incluso a sus adversarios. Personas que tengan muy claro su propósito vital y que vivan coherentemente con lo que creen. Personas que sepan asumir riesgos y aceptar sus errores. Personas amables, que valoren el silencio y la discreción, y a la vez que amen vitalmente la vida, los amigos, los suyos. Personas creativas que saquen lo mejor de sí mismas, incluso de las mayores dificultades.

Este es el modelo que necesita una sociedad que se desliza hacia el abismo. Sólo estos hombres y mujeres podrán cambiar el mundo. Son los héroes que viven su vida cotidiana con gran pasión. Son aquellos que saben que dentro tienen algo muy grande que va más allá de ellos mismos, una realidad que los trasciende: Dios es el motor y el aliado que les ayudará a cambiar de rumbo la historia. 

domingo, 2 de octubre de 2016

La distorsión de la realidad

A partir de mi experiencia, sufriendo un problema visual similar a la degeneración macular, he hecho esta reflexión sobre la capacidad que tenemos las personas de distorsionar nuestra visión de la realidad.

Hay patologías oculares que deforman la visión. Sobre todo la degeneración macular húmeda, que por las fugas de líquido o hemorragias internas en la retina provoca que la persona vea los objetos deformados y las líneas rectas se vean torcidas u onduladas.

Nuestros ojos están en contacto con la realidad para disfrutar de la belleza que nos rodea. La luz penetra en la retina y su claridad se traduce en una fiesta de colores e imágenes. Ver te hace sentirte vivo. Los ojos son realmente ventanas abiertas al mundo, a la vida, a los demás. Los ojos sanos también te ayudan a tener una vida contemplativa, porque con ellos admiras la hermosura de la creación, puedes mirar con dulzura al otro y aceptar la realidad como un don.

Una pequeña apertura, del tamaño de una cabeza de alfiler, se ocupa de filmar todo cuanto vemos y nos permite saborear la visión del mundo. Es un auténtico milagro cómo algo tan diminuto puede alcanzar a ver hasta las estrellas lejanas del cielo. Pequeñas neuronas nos proporcionan una gran visión. Precisamente por la fragilidad de estas células hay un riesgo de deterioro que puede comprometer seriamente el precioso sentido de la vista. 

Cuando se sufre degeneración macular, todo lo armónico y lo bello se afea. Perder la visión y ver el mundo deformado causa sufrimiento e inseguridad. La tristeza al no poder ver bien es muy profunda, similar al duelo por una pérdida. Quien sufre de estas patologías no deja de recordar y añorar cómo se ve el mundo cuando el sistema ocular está sano y pueden percibirse las formas con su natural belleza y armonía.

Distorsión del alma


Pero si hacemos un paralelo con el plano espiritual de la persona, hay una patología aún peor. Es la que nos hace ver la realidad deformada, no por un problema ocular, sino por un mecanismo de la psique que nos impide aceptar las cosas tal como son.

Hay una degeneración espiritual que distorsiona nuestra visión del mundo y de las personas. Es entonces cuando vemos en el otro a un enemigo o a un extraño del que debemos desconfiar. Es cuando sólo apreciamos lo negativo, o incluso vemos mala intención o maldad imaginarias que no son tales en las personas. Es cuando vemos el mundo con tintes simplistas: o demasiado rosa, cayendo en un buenismo ideal, o demasiado negro, cayendo en catastrofismos pesimistas.

Hay muchos factores que deforman nuestra visión del alma. Tenemos las ideologías que nos modelan la mente y nos hacen intolerantes con los que piensan distinto a nosotros. El miedo agranda y exagera los problemas, y nos hace crear monstruos y amenazas inexistentes. La arrogancia nos hace ver todo en función de nuestros intereses. La apatía es como una niebla, que difumina las formas y los contornos, haciéndonos perder el contacto con la realidad. El egocentrismo es especialmente deformante, pues lo vemos todo a través de la lupa de nuestro ego. Todo lo que nos afecta se hace enorme, y lo que no nos interesa se hace pequeño o desaparece de nuestro campo visual. La depresión nos hace ver todo de un color triste y gris, sin esperanza, sin luz.

Cómo sanar y recobrar la lucidez


¿Cómo recuperar una visión clara de la realidad? Muchos diréis: bueno, es que cada persona tiene su visión, no hay dos maneras iguales de ver las cosas. Es cierto, pero también es verdad que la realidad está ahí y hay hechos objetivos que no podemos negar. De cómo los veamos dependerá nuestra actitud vital, nuestra reacción y también nuestras relaciones con los demás.

Cuando hay degeneración macular, el paciente tiene que descansar y no forzar la vista. Yo diría que para las distorsiones de la visión del alma también necesitamos reposo. El descanso espiritual es necesario, y es ese tiempo de silencio, de oración y de confianza en Dios que todos necesitamos a diario. El silencio y la contemplación aclaran la visión. En brazos de Dios, acurrucados en su presencia silenciosa, podemos contemplar la realidad desde una atalaya que nos permitirá captar mejor el panorama, con perspectiva, con paz. Podremos ver nuestra vida en su conjunto y comprender mejor el sentido de las cosas.

Otro remedio para mejorar la retina son las inyecciones con ciertos fármacos que inhiben el crecimiento de vasos sanguíneos. Trasladando la imagen a la vida interior, podríamos decir que también necesitamos inyecciones de una medicina que nos ayude a limpiar la visión del alma. ¿Cuál es esta medicina? De la misma manera que una inyección te la tiene que poner un médico, este remedio no viene de ti mismo: lo necesitas recibir de los demás. Un amigo, un consejero, tu cónyuge, un sacerdote… Alguien que te quiera y se preocupe por ti puede ayudarte en los momentos de duda, dolor u ofuscación. No te cierres en ti mismo. No te aísles ni creas que tu visión es la única y la correcta. Los demás, aquellos que te quieren, son tu mejor medicina. Habla, comenta, pide consejo… y sobre todo escucha. Abrirse a los demás puede aclarar tu visión.

Finalmente, para ayudar a regenerar tu retina es importantísima la alimentación. Tomar frutas y verduras frescas, llenas de antioxidantes y nutrientes, renueva los tejidos y ayuda a la curación. ¿Cuál es nuestro alimento en el plano espiritual? La oración es importante. La compañía de los demás también. Hay otra fuerza poderosa que otorga vista clara: amar a los demás. La clarividencia del amor nos ayuda a ver las cosas en su proporción justa.

Los cristianos, además, tenemos un don inagotable: el mismo Cristo. Dios hecho pan se nos da como alimento curativo que puede sanarnos y devolvernos no sólo las fuerzas y el ánimo, sino una percepción lúcida de la realidad. Recordemos los dones del Espíritu Santo, esos regalos que Dios otorga con los sacramentos y la oración. Sabiduría, ciencia, inteligencia… son medicina para los ojos del alma que podemos obtener si los sabemos recibir con sinceridad y fe.