domingo, 15 de octubre de 2017

Corazones agrietados

La función del corazón es dar vida, llevando la sangre a nuestros tejidos y órganos vitales. Sin el bombeo del corazón a todas las zonas de nuestro cuerpo, por muy minúsculas que sean, no tendríamos vida. Cuando falta oxígeno y riego sanguíneo en una zona esta se va necrotizando hasta el punto que el daño es irreparable y entonces debe amputarse, como un mal menor.

El corazón es este músculo recio que tiene que superar en su empuje la fuerza de la gravedad. A lo largo de nuestro cuerpo tenemos más de noventa mil kilómetros de ramificaciones entre venas, arterias y capilares. Imaginemos lo fuerte que ha de ser el corazón para bombear la sangre desde los vasos grandes, como la aorta, hasta los pequeños capilares de la retina. Es impresionante. Cada día, las 24 horas, y durante todos los años de nuestra vida, el corazón no para de latir jamás.

Esta es la asombrosa parte física del funcionamiento del corazón. Sin él no podríamos movernos, caminar, ver, oír, oler. El cerebro no podría pensar ni realizar sus conexiones sinápticas. Por todas partes debe pasar el fluido vital que nos mantiene vivos.

En literatura y en poesía el corazón recoge y expresa las ansias humanas de amor. Es el hogar de las pasiones, así se manifiesta en tantas películas románticas. Cuántas páginas escritas, cuánta tinta vertida para expresar el anhelo más profundo de la persona. El corazón se siente empobrecido si no ama. En cambio, el ser humano se expande cuando su corazón late por otra persona.

El corazón de piedra


Ya en el plano emocional y psicológico, a menudo decimos que tal persona tiene el corazón duro, o de piedra. Suena muy mal, porque es como una contradicción. ¿Cómo puede ser duro un corazón, cuando está concebido para dar vida y amar? Esta expresión puede ir acompañada de otras: albergar odio en el corazón, tener el corazón resentido, o un puñal clavado en el corazón. Son expresiones que oímos cada día. ¿Qué le ha pasado a ese corazón?

Quizás no ha sabido asumir las dificultades de cada día, o algún trauma del pasado, y esto le ha provocado un profundo resentimiento que le ha hecho endurecerse. La autodefensa ante el dolor puede llegar a convertir el corazón en una piedra.

¿Por qué hay tantos corazones heridos? ¿Dónde puede estar la explicación? ¿Por qué dos personas que se han querido se distancian y llegan a no poder verse, acumulando tanto resentimiento? ¿Es posible que el corazón, cuya función es dar vida y ayudar al crecimiento armónico con los demás, deje de realizar su cometido? ¿Dónde está la solución?

Cuando no aceptamos al otro


De la misma manera que hay que educar la mente, también hay que educar los sentimientos. Hablamos de una terapia del corazón.

¿En qué consistiría? Primero, en aceptar que los demás son diferentes. En segundo lugar, es necesario aprender a ser respetuoso, comedido y ecuánime con ellos. Cuántas veces nos enfadamos porque no piensan o actúan como nosotros. Queremos clonarlos y modelarlos según nuestras ideas; queremos que se sometan a la dictadura de nuestro ego. Y si no es así, lanzamos una lluvia de críticas y despropósitos hacia ellos. Como siempre, somos incapaces de racionalizar y empezamos a intoxicar el ambiente, difamando al otro y buscando complicidades en el entorno. Sobre todo, con aquellos que sabemos que tienen alguna dificultad o reparo con esa persona. Como un gas letal, vamos esparciendo críticas para causar el mayor daño posible. Y para ello necesitamos a más gente, para manipularla y jugar con sus sentimientos. Así alimentamos la confusión y bombardeamos la dignidad de aquella persona, llegando al punto de montar historias ficticias que acabamos creyéndonos para justificar nuestros ataques permanentes.

El otro se convierte en enemigo. Todo está en la mente, que distorsiona la realidad y alimenta el odio. Con todo esto, el corazón va languideciendo. Su fuerza se va minando. Los malos pensamientos que se han ido incubando en la mente acaban enfermando el corazón. No sólo hablo del corazón emocional, sino también del corazón biológico.

Estas personas no han aprendido la gran lección de la vida, que es la humildad. Nadie debería ser enemigo sólo porque piensa diferente o hace las cosas de manera diferente. Cuando las ideas e incluso las creencias religiosas pasan por encima de la persona, somos capaces de matar la dignidad del otro. Porque, en realidad, lo que hemos antepuesto a la persona somos nosotros mismos, nuestro criterio y nuestra opinión por encima de todo, incluso por encima de Dios. Lo que no me cuadra, lo que no encaja en mis esquemas, lo desprecio y quiero aniquilarlo.

Terapia del corazón


Muchas veces me pregunto cómo es posible que el corazón, tierno y concebido para el amor, pueda hacer tanto daño. ¿Ha sido un corazón no querido en su infancia? ¿No se le ha educado bien? ¿Se le ha inculcado un deseo enloquecido de ser el centro de todo y el que domina a los demás? Alguien me ha cuestionado la razón última de lo que hago. Me ha molestado, me siento menos… ¿Es esto lo que dispara el odio, como reacción defensiva?

Lo cierto es que tantos sentimientos acumulados pueden amargar la existencia y llenar el corazón de ira, rabia, celos, vanidad y orgullo. Son los ingredientes para reventar este músculo, bello instrumento de la vida y la alegría. Hay corrientes filosóficas y psicológicas que justifican esta pulsión de muerte en la persona. Pero otras afirman lo contrario. El hombre se convierte en un ser pleno cuando se abre y se da a los demás. Cuando descubre que más allá de sus limitaciones es capaz de hacer grandes cosas, de sacar lo mejor que tiene. Porque el deseo más genuino del corazón es abrirse, florecer, darse, amar. Esto es lo que da sentido a la vida del ser humano. Pese a todo, siempre creerá que hay algo dentro de sí mismo, una esperanza infinita que le permitirá aguardar un nuevo amanecer. Podemos pasar noches muy oscuras, pero habrá una energía vital que nos hará creer que la poesía seguirá brotando de nuestro corazón, porque está hecho para emocionarse y maravillarse de la belleza escondida que hay en cada persona. Estamos concebidos para que nuestros corazones latan juntos y puedan componer la mejor sinfonía: la que nos haga sentir que no somos sin los otros.

domingo, 1 de octubre de 2017

Lenguas que hieren

En el proceso evolutivo de la especie humana, cuando aparece el lenguaje articulado el Homo sapiens da un salto cuántico en el desarrollo cerebral. Del ruido brusco al sonido y de los gestos en el rostro y el cuerpo pasamos al ser capaz de comunicarse de una manera fluida, clara, sutil y precisa. De la mímica pasa a una comunicación compleja, capaz de crear obras literarias, filosofar, hacer poesía o expresar conceptos abstractos y matemáticos. El código del lenguaje nos abre a una infinidad de recursos y supone un tremendo avance intelectual. El hombre aprende a expresar y a preguntarse a sí mismo sobre el sentido de la vida. La capacidad de hablar posibilita una mayor comunicación interpersonal y social, generando vínculos más fuertes. El lenguaje sofisticado lanza al hombre a superar la barrera de su estadio primigenio y le hace dar un salto definitivo en su evolución.

Un arma de doble filo


Siendo una herramienta fundamental para su desarrollo, el lenguaje es también un arma de doble filo. Podemos expresar los más bellos deseos y dar una conferencia elocuente, interpelando al otro y provocando emociones de todo tipo. Pero también somos capaces de las peores palabras, insultos cargados de desprecio que pueden aturdir al interlocutor y convertir este medio de comunicación en una máquina demoledora que destruye al otro sin piedad.

Un pequeño músculo como la lengua es capaz de las mayores atrocidades. ¡Cuánto dolor puede provocar! Cuántas palabras vanas salen de nuestras bocas. Cuando dejamos salir lo peor que hay dentro de nosotros, atacamos y manchamos la dignidad de los demás. Incluso somos capaces de construir falsas historias para desvirtuar la realidad o falsear los hechos, para herir más o romper emocionalmente. Las palabras pueden causar daños irreparables…

Pero lo más terrible es que hay quienes parecen disfrutar haciendo daño. Si el lenguaje tiene la función de establecer lazos y una conciencia grupal, cuando lo apartamos del respeto al otro y a sus valores se vuelve loco; es como un gas tóxico que se va liberando para causar el mayor daño posible. Las palabras heridoras pueden matar la dignidad y la alegría del otro. Cuando el lenguaje se separa del amor, de su sentido más genuino, que es construir puentes, estamos aniquilando una parte esencial de nuestra naturaleza humana.

Cómo sanar el lenguaje


Lenguaje y corazón están íntimamente unidos. Lo que decimos siempre tiene que ver con lo que sentimos y vivimos. De lo que está lleno el corazón habla la boca. ¿Cómo recuperar el valor de la palabra que construye? Quizás haciendo una terapia del corazón. Si la persona aprende a aceptar su realidad y la del otro sin caer en resentimientos inútiles; si aprende a perdonar e intentar ver lo mejor del otro, sin enjuiciar ni compararse, estaremos ayudando a que el lenguaje se reeduque y volveremos a crecer juntos. Una cura de humildad y reconocer que no somos mejor ni peor que los demás nos ayudará a establecer una relación donde trabajaremos más en lo que nos une que en lo que nos separa. La diferencia es enriquecedora. Sólo así cada cual podrá aportar lo mejor de sí mismo a los demás.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Respirando con Dios

La noche es gélida y oscura. El frío invita a recogerse antes. El silencio reina a esta hora, el frenesí del día queda muy lejos y el corazón se abre a la calma y al sosiego. Es un clima adecuado para entrar en oración, deslizándose por las entrañas de Dios. 

Entrar en su órbita es abandonarse. La jornada terminó y viene un tiempo largo y denso para volver a la raíz más genuina de la existencia, la fuente que da sentido a lo que eres y haces, la que ensancha el horizonte de tus esperanzas. Un deseo ardiente sale de mi corazón: llegar a la cita a la que él me ha convocado sin demora y allí, desde el silencio más absoluto, iniciar un diálogo que es más que palabras. 

El silencio hace más intensos estos momentos de encuentro trascendido, en la soledad más soledosa. Todo se detiene y sólo él, Dios, resuena en mi alma con fuerza. Una energía divina me envuelve. El Dios sin rostro y callado se vuelve más cercano, está dentro, tan dentro de mí que se hace uno conmigo. Y yo soy uno con él, y esa invisibilidad se vuelve visible en mí. Los dos latimos con un solo corazón, y él se hace tan humano que casi puedo tocarlo. Mis movimientos son los suyos, su silencio es el mío. 

Siento que mi alma se eleva y pasamos un largo rato, cara a cara, sin decirnos nada. El encuentro se hace más denso, como si fuera descubriendo el lenguaje de su presencia, discreta pero a la vez envolvente como si una mano cálida y amorosa me tomara y me subiera más allá y, una vez en su corazón, lo viera palpitante. Cada respiración es un acto de amor.

En ese momento vivo un gozo incesante, un derroche de amor inconmensurable. Él no puede dejar de amar. No es un verbo, es un sustantivo: el Amor es su nombre. Sobrecogido, me dejo mecer en su regazo. Rezar es estar con él, fundirme con él y dejar que él me quiera, acurrucado como un niño en brazos de su padre. Rezar es que su brisa acaricie mi rostro y su calor sea dulce bálsamo. 

Pasa el tiempo sin pasar. Con él no hay prisa, el reloj se detiene, pero no el corazón. Su aliento es música a mis oídos. Tan lejos en la distancia y tan cerca porque lo tengo dentro; tan silencioso y tan expresivo.

Hay más belleza en este encuentro que en un amanecer o en una noche estrellada. Fuego y suavidad, pasión y dulzura se unen. En esta fase de la oración siento que estoy pisando el cielo. Mi corazón late, se ensancha, vibra en sintonía con él. La comunión se hace más intensa; el silencio se vuelve sonoro en una hermosa melodía. Las palabras no salen de mí, no quiero romper ese momento álgido. Siento que le pertenezco: mi cuerpo, mi vida, todo es suyo. Su aliento hace posible mi existencia. Sólo cuando entro en oración con él me doy cuenta de que su mano se convierte en una peana que me sostiene con dulzura infinita. 

Soy porque él me regala la vida. Cada día, con sus 24 horas. Delante de él me expando como si estuviera fuera del tiempo, pero a la vez sigo aquí. Saboreo las delicias de sus manjares en este momento de intimidad personal. Cada vez que me adentro más en él mi corazón estalla y siento un oleaje lleno de gracia. Mi finitud se junta con su infinitud, como el mar con el horizonte. Sumergido en su infinitud, por un lado me siento desbordado y, por otro, deseo otear la cumbre de su corazón. Me siento como escalando el pico de una montaña. Estoy rozando la inmensidad de su ser. La claridad de su luz hace que esta noche que me rodea ya sea día, y que el frío se convierta en brisa cálida de primavera. Como en una atalaya en medio de la inmensidad de la naturaleza todo lo veo pequeño y grande a la vez; por un lado, me siento insignificante, pero por otro lado me siento formando parte de él, como si lo finito dejara de tener límites.

Saboreo la infinitud en mí mismo como si Dios me sacara del tiempo y del espacio, más allá de la materia y la energía, en un salto cuántico que me hace sentir y oler el perfume de la divinidad. Aspiro la fragancia de la eternidad.

Tras un tiempo en oración y calma sostenida, voy haciendo el camino de vuelta hacia mí mismo, hacia mi realidad humana, aquí y ahora. Noto la resistencia del retroceso, como si hubiera un desgaste al cruzar la atmósfera y ubicarme de nuevo en mis coordenadas. Aterrizo con la sensación de que he viajado por un agujero negro en medio del espacio. Pero en realidad la oración no es otra cosa que viajar hacia las constelaciones divinas, donde Dios no es materia inerte ni el conjunto de todo el espacio. Es más bien un enorme corazón, más grande que todo el universo con sus galaxias. Sus destellos son chispas de amor que iluminan el cosmos. Lo milagroso es que ese viaje se realiza sin moverse de lugar. Basta deslizarse hacia tu amado en un viaje infinito y corto a la vez, porque Dios no sólo está en las alturas, sino a tu lado, y en lo más interior de ti mismo.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Armonizar cuerpo y mente


El estrés mental, una pandemia


El fenómeno del estrés mental es cada vez más acuciante. Terapeutas y psicólogos ven cómo acuden a sus consultas pacientes aquejados por este problema que está llegando a considerarse una pandemia social. ¿Es realmente una patología? ¿Dónde se sostiene? ¿Cómo se genera y qué soluciones hay?

La verdad es que esta situación es preocupante, porque somete a la persona que la padece a un largo viacrucis lleno de sufrimiento, empujándola a situaciones límite y generándole enfermedades que pueden poner en riesgo su vida y, en casos extremos, la pueden llevar a la muerte.

Podríamos definir el estrés mental como la incapacidad de la persona de controlar su mente. Cada vez más, en los entornos laborales, encontramos personas que no pueden desconectar del trabajo y relajarse. Poco a poco se van distanciando de sí mismas, de su propia realidad social y emocional, olvidando incluso su propio cuerpo. Cuántas veces asistimos a conferencias de grandes eruditos con una cabeza brillante y bien amueblada, aparentemente, pero más tarde nos enteramos de que sufren graves problemas cardiovasculares, hipertensión, trastornos digestivos, colesterol o azúcar en sangre… o peor aún, un mal carácter capaz de amargar su existencia y la de las personas que los rodean. Cuando salen de su entorno académico o de su zona de confort, parecen otros.

Estas personas han cuidado mucho de su intelecto, necesario para su crecimiento profesional, pero han olvidado armonizar la mente con el cuerpo. He tenido grandes profesores, genios intelectuales con un brillo especial, que exponían sus tesis con pasión, investigaban e impartían clases haciendo alarde de una inteligencia prodigiosa. Los alumnos quedábamos deslumbrados y entusiasmados por su elocuencia y vibrábamos ante su cúmulo de conocimientos, que nos ofrecían un auténtico viaje por el saber. Años más tarde, me he enterado que a uno le dio un infarto, a otro un ictus, a otro se le manifestó un cáncer o una demencia senil… La enfermedad y los problemas neurológicos los han retirado de su brillante escenario y viven sus últimos años postrados en la depresión.

La tiranía de la mente


¿Qué ha ocurrido con estas mentes extraordinarias? A ellos, como a muchos otros, les ha ocurrido que la presión educativa los ha hecho ser quienes son. Ante la familia, los amigos, el entorno y la sociedad, tenían que ser alguien, saber mucho y hacerse un hueco en el mundo intelectual y académico. Temían la mediocridad intelectual. Lucharon y sacrificaron mucho tiempo y recursos para llegar donde llegaron. No querían quedarse al margen ni defraudar a los familiares que habían puesto expectativas muy altas en ellos. Llevaron al límite su autoexigencia, disparando un mecanismo de hiperactividad mental. El deseo de agradar y llegar más lejos los espoleaba.

Pero cuando esta carrera no tiene límites, uno llega a olvidarse de sí mismo y, lentamente, sin que se dé cuenta, empieza a perder su propia identidad. Será lo que otros quieran que sea y hará lo que los otros quieren que haga. Ha empezado su caída hacia el abismo. Y habrá acostumbrado tanto a la mente a trabajar sin detenerse que se convertirá en un tren sin freno.

Quieres y no puedes. Tu mente se convierte en la gran tirana de tu vida. En los medios de comunicación, este verano, los periodistas comentaban que cada vez es más alto el número de personas que no pueden desconectar de su trabajo. La gente no puede alejarse mentalmente de su entorno laboral y profesional. El estrés se da en ámbitos muy diferentes y en cada uno de ellos se manifiesta de forma distinta. También se da en el mundo religioso y político. 

Sus causas son diversas: puede tener su origen en motivos sociales, educativos, familiares o intelectuales. ¿Dónde encontrar respuestas?

Patrones impuestos


En el ámbito familiar, es importante aceptar al niño tal como es, y estimularlo a ser lo que él quiera. Una excesiva presión y la imposición de ciertos patrones puede llevarle a reprimir sus propias emociones y hasta su identidad, doblegándolo para hacer lo que complazca a sus padres. Se han de potenciar los talentos de cada niño y buscar la manera de darles cauce, aunque esto se aleje de los criterios familiares. Cada ser es único e irrepetible, y los adultos no tienen derecho a reproducir sus vidas y las de sus ancestros, como si quisieran clonarse en sus hijos. Cada cual es libre y como tal tiene que realizarse en la búsqueda de su propósito vital. Todos estamos llamados a ejercer nuestra vocación sin hipotecas de ninguna clase. En esto radica la felicidad del hombre.

Otras veces es el entorno social el que imprime su huella en los niños y quiere modelar un tipo de persona que acepte los dogmas de una educación ideologizada y arbitraria, al servicio de un cierto orden político. Una vez el adolescente empieza a descubrir su ser más profundo, también tiene que liberarse de los cánones sociales y educativos para no ser manipulado. Es a esta edad cuando la política quiere meterse en la vida de los jóvenes, empleando palabras talismán que los seduzcan.

Esfuerzo, sacrificio, valentía y tenacidad. La carrera por agradar a los tuyos y ser el mejor de todos debe continuar a cualquier precio. Hasta que el cuerpo ya no sigue a la mente y poco a poco va enfermando, somatizando su malestar. Así empiezan a surgir las enfermedades crónicas y aparentemente inexplicables en diferentes órganos del cuerpo. Extenuado, uno llega al límite de sus fuerzas, sin energía, enfermo, abatido y sin un horizonte claro. El cuerpo ha dicho no a la mente. No a ser Superman, no a la egolatría, no a sentirse semidiós. No a complacer a todos. No a negar la propia identidad.

El camino de retorno


Será entonces cuando se inicie un largo camino de retorno hacia el lugar que nunca teníamos que haber dejado: el ser íntimo. Pero este camino no se recorre sin un largo sufrimiento.

El reto es armonizar la mente con el cuerpo, abrazar la corporeidad, nuestros límites; descubrir la belleza del cuerpo, espacio sagrado donde se sostiene el alma. El desafío es reconciliar el intelecto con las emociones, el placer de una vida entregada y la alegría de aceptar nuestra frágil realidad. Somos mortales. El cuerpo nos enseña que tenemos que cuidarnos. Este maniqueísmo filosófico y moral que ignora las necesidades vitales debe ser superado con una visión más teológica e integradora. La auténtica visión cristiana asume la corporeidad como un elemento vital.

El cuerpo no está reñido con el alma y con la mente. Educar no es esculpir al otro en función de lo que se cree correcto, a base de golpes y ajustándolo a unos patrones ideales. Educar es dejar florecer al otro tal como es, no como queremos que sea. Sólo así la persona sacará lo mejor que tiene dentro, comprometiéndose con la sociedad. Cuando uno descubre quién es podrá iniciar el gran proyecto vocacional de su vida: abrirse y crecer con los demás.

domingo, 27 de agosto de 2017

Viajar, huida o encuentro

He tenido la oportunidad de viajar a mi pueblo natal, Montemolín. A lo largo del trayecto desde Barcelona, me he topado con mucha gente que también viajaba hacia el sur. Parando en diferentes estaciones de servicio, he podido observar la inmensa cantidad de gente que se desplaza, haciendo altos para tomar algo y estirar las piernas. Hasta aquí todo parece normal.

Viajar es mantener la mente abierta y aprender e integrar nuevas experiencias. Viajar es abrirse a lo nuevo de cada día, descubrir un paisaje o saborear el arte. Es conocer las peculiaridades de la gente, su cultura, su lengua, sus logros y su historia. Sobre todo, ese motor emprendedor que hace que los pueblos sean lo que son.

Pero, observando las riadas de viajeros, su forma de comer, de hablar, de moverse, me pregunto si viajar, para muchos, no se reducirá a ir un lugar a otro, deseando llegar a una estación de servicio para calmar la voracidad del hambre. Mirando con detenimiento a las personas que viajan en grupo veo que sus ojos no brillan y sus rostros no sonríen. ¿Van a llenar un vacío? ¿Es el viaje una huida porque toca ir de vacaciones? ¿Viajan porque les apetece? ¿Realmente servirá este viaje para fortalecer los vínculos entre ellos, para aprender y admirar al otro, para cultivar con más profundidad el sentido de sus vidas y las motivaciones que los impulsan? ¿Van a escapar de la rutina o a vivir con más intensidad sus relaciones humanas? ¿Van a ocupar su tiempo o van a saborear cada momento, convertidos en viajeros de la vida? ¿Van a recorrer kilómetros, arrastrando su matrimonio, su familia, el lastre de su hogar? ¿O serán capaces de convertir ese tiempo en un encuentro lúdico y una experiencia luminosa que los ayude a desplegarse ante el otro, para conocer juntos la realidad en la que viven? ¿Viajan con el corazón abierto, dispuesto a descubrir las maravillas de la naturaleza y de la creación humana, con un deseo bello y profundo por saber y conocer más? ¿Van dispuestos a empaparse de la esencia de esos lugares por donde van a pasar?

Viajar es bueno y necesario para crecer. Siempre que se sueñe junto con el otro, el viaje es una aventura por compartir. Pero cuando el viaje se convierte en una vía para escapar de uno mismo se hará insoportable y los otros serán un peso y un motivo constante de molestias y desazón.

¿A dónde vamos cuando viajamos? Ya no se trata de ver a dónde vamos ni con quién, sino de ver cómo estamos nosotros mismos.

Cuántas almas aplastadas ignoran a dónde van. No tienen claro el rumbo de su vida y van dando vueltas y vueltas, porque su brújula está orientada hacia sí mismos. Puertas afuera se producen peleas, agresiones o largos mutismos que convierten el viaje en una pesadilla.

Un viaje ha de servir para enriquecer el diálogo y estar atento y obsequioso a los demás, aprendiendo y compartiendo con ellos su riqueza humana. Esto constituye la esencia de las relaciones.

Un viaje es una gran oportunidad para vigorizar el alma, levantarse cada día y disponerse a encontrar nuevas razones para seguir juntos en la barca de la existencia.

domingo, 20 de agosto de 2017

Sonriendo hacia el cielo

En memoria de Enriqueta Roca, fallecida el 17 de agosto de 2017.

Cordial, amable, servicial. Así la percibí cuando llegué a mi nueva parroquia de San Félix, hace 7 años. Fiel a su parroquia desde hace mucho tiempo, siempre mantuvo un trato exquisito con todos. Para ella esta era su otra gran familia.

Cuando celebrábamos algún acontecimiento parroquial, siempre estaba dispuesta a ofrecerse. Buena cocinera, cuántas veces nos deleitó con su deliciosa repostería, que aportaba generosamente en los encuentros que se organizaban.

Su sonrisa, su mirada limpia y su talante le hacían fácil conectar con los demás y crear un ambiente agradable a su alrededor, tanto con su tono amable de voz como con la música del piano. Como organista fue generosa y entregada, amenizando las liturgias dominicales y las celebraciones, con un deseo de servir a la comunidad. Hasta en los momentos más difíciles de convivencia entre grupos y personas siempre se mantuvo prudente y discreta, facilitando una buena relación entre todos. Sabía estar con elegancia, sin caer en la hipocresía. No perdió este saber estar ni en los momentos en que su enfermedad se fue manifestando con leves indicios.

En verano le gustaba ir al mar. Nadaba y se expandía en el agua. Sentía que el mar la abrazaba y se adentraba lejos de la playa, sin miedo, dejando mecer su frágil cuerpo y jugando con las olas. Había una enorme complicidad entre ella y el mar. Esto me hace pensar que siempre fue una gran luchadora y nada la acobardó.

Cuando era joven fue emprendedora y creativa, capaz de volcarse en nuevos proyectos. Amaba su trabajo y su vida, sabía vender porque era una gran comunicadora y creía en lo que hacía. Fue todo un ejemplo de tenacidad. Nunca se achicó, siempre miraba al frente, sin rendirse ante las dificultades. Supo dar lo mejor que tenía con el hermoso deseo de servir a los demás y llevar adelante a su familia.
Enriqueta murió en el ocaso del día 17 de agosto, un día muy caluroso. Vivió con la máxima intensidad, hasta sacar el mejor jugo a la vida.

Esta tarde, viendo sus restos mortales, me ha impresionado la delicada sonrisa en su rostro. Parecía seguir viva, con sus manos cruzadas, vestida como una señora, con el traje rosa que pensaba estrenar para ir a la boda de su nieta. Pienso que murió como vivió, con exquisita elegancia, sonriendo. Tal como era ella.

Viéndola en mi mente se amontonaron muchos recuerdos: tanta generosidad, tanta entrega. Ni siquiera la muerte pudo apagar su luz.  En el féretro yacía una anciana bella hasta en el momento de su adiós definitivo. Su alma ya estaba preparada para la última aventura: surcar los cielos con elegancia, con delicadeza, para sus nupcias con Dios en la eternidad, como la esposa que espera el deleite de su amado.

Emocionado, recé a Dios para que le abriera las puertas del cielo de par en par. Fui testigo hasta el último momento de su bondad. Siempre que le daba la eucaristía, en las misas dominicales, ella sonreía con suavidad y recibía el sacramento con profunda unción.

He sentido mucho su pérdida, como persona y como miembro de nuestra comunidad. Pero sé que ella formará parte de este grupo de feligreses que nos han precedido y tengo la total certeza de que, desde el cielo, seguirá velando por su querida parroquia, a la que tanto tiempo dedicó.

Desde el cielo seguirá sonriendo, ella que descubrió que con sus labios podía penetrar el corazón de muchos y convertirse en dulce bálsamo para los que sufrían.

Enriqueta, ayúdanos a descubrir el tesoro de la sonrisa, que puede cambiar el rumbo de una vida y de una sociedad. Sólo la sonrisa bondadosa puede disolver el dolor más profundo y convertir un día oscuro en un bello amanecer; un corazón duro como una piedra en un vergel; una angustia en un gozo pleno. Enriqueta, enséñanos a sonreír. Gracias por ese leve gesto, que puede cambiar vidas. Gracias. 

Joaquín Iglesias
18 agosto 2017

sábado, 29 de julio de 2017

Un cántico envolvente

He pasado unos días de descanso en el Molí de Tartareu, en la comarca de la Noguera, en Lérida. Está en medio de un hermoso valle entre robles, encinas y bosque mediterráneo, bañado por el río Farfanya, que atraviesa aquella zona hasta Balaguer. El clima es rabiosamente seco y tórrido en verano, y el sol cae implacable sobre las lomas y las sierras, cubiertas de matorrales, tomillo y romero. En las cimas y laderas el paisaje es árido, pero junto a los ríos y fuentes adquiere un exuberante verdor bajo la sombra de los chopos, que se yerguen a más de treinta metros de altura. Entre la espesura, se oye el rumor del agua fresca y se siente la humedad del aire. Es fascinante contemplar cómo la vida palpita en estos parajes agrestes. Vivir en el campo, además, permite seguir los ritmos del día y sus cambios, desde el amanecer, cuando el sol naciente da fuerza y color al día con sus generosos rayos, hasta el anochecer, cuando la bóveda del cielo se convierte en un lienzo plateado. De noche, en la oscuridad, se puede disfrutar del estallido de miles de estrellas que salpican el cielo. Del frescor de la mañana se pasa al aire caliente del mediodía y a la brisa suave de la noche; la naturaleza se despliega con todo su esplendor invitando a conocerla.

Cada mañana, al amanecer, salgo a pasear. Me despierta el trinar de las golondrinas, que salen de sus nidos para alimentar a sus crías. Una sensación de bienestar me invade mientras camino a primera hora del día por silenciosos senderos. El sol sale como una perla tras los cerros, y poco a poco su luz baña los campos de trigo y centeno, ya segados, que contrastan su color oro con el azul del cielo. Todo despierta y la naturaleza inicia su gran sinfonía y su danza. El arroyo canta, los pájaros trinan y las golondrinas dibujan lazos en el cielo. Las hojas de los árboles dan la bienvenida al primer viento matinal con sus murmullos. No se oye ruido humano ni de máquinas. Tan sólo las voces de la naturaleza, armoniosas, que no estorban el silencio de aquellos parajes.

Me siento como san Francisco, envuelto de belleza, y mi silencio se convierte en otro canto a las criaturas, rebosante de gratitud. Mi corazón canta y me siento uno con la creación.

A lo largo del día camino durante varias horas, hermanándome con la naturaleza, moviéndome con ella, cantando con ella. La naturaleza es un libro que me habla de Dios. Toda ella está llena de su presencia, desde el estallido de color matinal hasta la suave penumbra de la noche, en que los colores desaparecen y se apaga la luz.

Caminando de noche mi retina descansa y los ojos se relajan, pero a la vez se agudiza la visión. Los campos, sin el brillo del día, se perfilan en tonos grises, moteados por las negras siluetas de los árboles, bajo el cielo transparente donde lucen las estrellas. Las montañas se vuelven tímidas sombras en la lejanía y, aunque alguna noche el cielo se ve cubierto de nubes, nunca hay una total oscuridad. La brisa refresca y la temperatura baja a partir de las once de la noche. Después del calor ardiente, el fresquito nocturno invita a acurrucarte en la cama, despidiendo el día. La naturaleza reza conmigo, ella también descansa, aunque los grillos no cesan de cantar y la vida nocturna, de pájaros y animales sigilosos, se despliega en las zonas de arbolado.

Cuando contemplo la naturaleza, que no deja de exhibir su belleza durante todo el día, mi corazón se llena de gratitud y surge un canto. ¡Cuántas poesías se han hecho a la creación! Pero el poeta sólo puede poner la letra; la música la pone el Creador. Atrapado entre tanta belleza que se desparrama, compone los mejores cánticos al Señor de la vida y de todo lo creado. Pienso que quizás un poeta custodiará la creación mejor que un grupo ecologista ideologizado. Sólo se puede amar y cuidar la naturaleza si antes has podido saborear el deleite de un paseo. Disfrutarla, sentirla, sumergirte en ella te hace más cómplice y sensible para el cuidado del medio ambiente.

Hoy, en este rincón de la Noguera, he sentido aquella palabra de Dios cuando crea al hombre. Hoy he podido ver que el hombre está en la cúspide de la creación, y bajo el sol de esa cumbre, puede deleitarse con tanta belleza, cuidarla, custodiarla y amarla. Toda la creación tiene una única razón de ser: ha sido creada por amor a la criatura más excelsa, el hombre. Dios quería el mejor hábitat para el hombre, para su plenitud y su felicidad. Aprendamos a alabar a Dios por tanto derroche de amor.