sábado, 9 de febrero de 2019

Envejecer, ¿maldición o bendición?

Envejecer se asocia a una pérdida progresiva de la salud, lentitud en los reflejos, limitación del movimiento y disminución en la actividad cognitiva. El carácter y la personalidad se agudizan. Es decir, es el inicio de una pérdida de calidad de vida, que acabará siempre con los primeros pasos hacia la muerte. Algunos dicen que es la carrera imparable hacia una tragedia ya anunciada. Muchos consideran que la vejez es ese terrible estado en el que un día sí y otro no siempre aparecerán algunas molestias. La agonía se irá apoderando del anciano que vive abocado al sufrimiento, al dolor y en algunos casos a la desesperación. Nadie quiere llegar a la vejez, pues para mucho es un sinónimo de enfermedad, sobreviviendo a las incomodidades permanentes propias de ese estado.

El invierno de la vida


Yo me pregunto: ¿es tan así? A los jóvenes les da pánico hacerse viejos. Se dice también que es el otoño y el invierno del ciclo vital de la persona, el frío inclemente que flagela la piel y el rostro, que hace perder la textura de la vida. Al igual que en otoño caen las hojas, en la vejez todo cae: el ánimo, la piel y el tono vital de la existencia.

Nos asusta y huimos de una realidad: al anciano se le aparca, porque ya no es productivo. Socialmente, queda al margen. Para muchas familias es un peso moral con el que no saben qué hacer. La falta de afecto también es crucial, pues el no sentirse aceptado y amado agrava el profundo sentimiento de soledad. A la marginación social se añade el lento deterioro de la salud y el bienestar. Es como si cada día viera su vida deslizarse torrente abajo.

El cuerpo nos avisa


¿Podemos quedarnos en esta visión tan negativa? La manera en que vivimos la vejez responde a nuestra forma de entender la vida y a la persona. Si pasa todo esto que he descrito ¿no será que en el fondo falta una visión trascendente de la vida? Por eso la explotamos, queriendo vivirla a tope, sin calibrar que ciertas experiencias estresantes y lúdicas, cuando se es joven, están dibujando al anciano que potencialmente llevamos dentro. El frenesí y el ritmo de vida vertiginoso empiezan a dañar nuestro sistema inmune y rompen el equilibrio entre el trabajo y el descanso. Con los años aparecen pequeñas lesiones internas, limitaciones que son poco perceptibles, pero que con el tiempo cada vez se hacen más patentes. Estrés, depresión, cansancio, inicio de diferentes patologías… Queremos estirar la vida al máximo olvidando que somos frágiles, que no somos supermanes, aunque la publicidad nos invite a vivir a tope. Este ritmo de deterioro, al principio muy lento, va fraccionando la psique y debilitando el cuerpo hasta enfermar.

Nos olvidamos del cuerpo, termómetro fiel que va midiendo nuestro estado de salud física y anímica, olvidando algo esencial que forma parte de nuestro ser. El cuerpo acaba expresando patologías que tienen que ver con el sentido de la vida, el propósito vital, lo que uno cree, el valor de la persona, la convivencia, la armonía. Otras veces el deterioro nos lleva a trastornos psicológicos y mentales.

Por un lado no cuidamos el cuerpo: mala alimentación, dependencias, falta de descanso, irritabilidad. No estamos contentos con lo que hacemos y somos, no hay equilibrio, medida ni prudencia. Se come mal, vamos a mil por hora, el aspecto lúdico se convierte en evasión. Lo cierto es que la persona se va fragmentando por dentro, y esto es el anuncio de su futura decrepitud.

Centrarse en uno mismo envejece


Olvidamos que la energía que nos aguanta no sólo se agota con los malos hábitos, sino que la energía más potente, que nos permite seguir existiendo, es la fuerza que sale del alma. Un latido divino nos sostiene, pese a que podamos ir errados. Cuando nos olvidamos de nuestra configuración espiritual todo se precipita. Sólo vivimos volcados en nosotros mismos, sea cual sea, tanto la persona más sencilla que sólo vive pendiente de sí misma como la que, por sus capacidades intelectuales está volcada a su trabajo, intentando aumentar su prestigio e idolatrando su ego. Caerán igual, pese a sus capacidades intelectuales y académicas. El culto al yo intelectual es dramático cuando van apareciendo signos de envejecimiento. Se han creído inmortales, nunca pensaron que podrían retirarse ya no de sus cátedras, sino de sus egos. Les falta una visión más lúcida para saber apartarse antes y vivir de forma más serena y contemplativa. No han dejado tiempo para el silencio, para ir elaborando un proceso natural que puede evitar la tragedia de verse abocados a situaciones insostenibles, física y psíquicamente.

Tiempo para redescubrirse


Nos hemos olvidado que entre el trabajo y la responsabilidad social está el valor del silencio, del escucharnos y escuchar a los demás. Hemos idolatrado nuestra productividad y nos hemos olvidado de armonizar el tiempo y el espacio. Nos falta tiempo para el cuidado, para la ternura, para el descanso, para reaprender con humildad, para desacelerar el ritmo de la vida. Tiempo para que cante el alma. Tiempo para la amistad, para pasear, para bucear en tu misterio. Tiempo para que el corazón se reenamore, ya no desde una pasión descontrolada, sino desde la suavidad del alma. Tiempo para hablar con uno mismo, tiempo para aceptar los nuevos límites físicos. Tiempo para abrazar esa pequeña anciana que empieza a florecer. Tiempo para entender que el reto de la ancianidad no es hacer más, sino entender que no hay otoño en el corazón. Si amas, los ojos seguirán brillando. No importa la gelidez del cuerpo, porque el corazón, que es fuego, seguirá dando luz al rostro.

No. La vejez no es una maldición, es una bendición. Vivir cada día es un regalo, pero vivir amando es un doble regalo. Esto hará que la vejez se convierta en un estado de plenitud, de libertad. El tesoro escondido de toda una vida no lo tienen los jóvenes. Vivir así toda la experiencia que nos ha hecho ser quienes somos añade a la vida un nuevo plus. De aquí que un anciano se pueda convertir en un consejero extraordinario para muchos jóvenes, que buscan algo diferente en su vidas. La ancianidad no es lo mismo que un estado de enfermedad. Es verdad que los ritmos fisiológicos y la energía van tendiendo a un progresivo apagamiento. Conozco a muchos ancianos muy sanos y sobrios, porque han sabido retirarse de la palestra a su tiempo y me dicen que están viviendo la etapa más hermosa de su vida. Siempre se puede florecer. Si sabes mirar al otro con ojos de admiración, sigue habiendo belleza en su rostro cubierto de surcos, que revelan una enorme sabiduría. Hasta el último suspiro de la vida se puede vivir con intensidad cuando tienes una mano que te sostiene y te acaricia. Sólo así la vejez será una bendición y la última etapa para prepararte para el gran salto, abrazar el áncora de tu vida: Dios.

domingo, 13 de enero de 2019

Bailar sin piernas


Fue el día 6 de enero. Había hecho un día luminoso y claro. El cielo, de un color azul pastel, iba poco a poco apagándose, dejando entrever la oscuridad de la noche que se acercaba. Paseaba tranquilo por la Avenida de Gaudí hacia la basílica de la Sagrada Familia, rodeada por grupos de turistas que admiraban el edificio. Hacia el final de la Avenida escuché una música y vi a un hombre joven, de unos treinta años, moviéndose de un lado a otro en una silla de ruedas. Cuando estuve más cerca, me di cuenta de que ¡estaba bailando! Giraba, con movimientos ágiles y armónicos, abriendo los brazos y manejando la silla con energía y elegancia. Era hermoso verlo, sonriente y entregado a la danza, volteando en su silla con finura y lleno de vitalidad. Su mente volaba, como sus brazos, como su cuerpo.

En un momento dado, saltó de la silla y siguió bailando en el suelo. Entonces vi sus piernas amputadas por encima de la rodilla, moviéndose con absoluta normalidad, bajando y subiendo, con agilidad y fuerza.

Algunos transeúntes miraban, entre sorprendidos y extrañados. Otros se detenían a verlo. Yo lo admiré, impresionado, deleitándome en aquella inesperada escena. En esa tarde, que muchas personas pasan en familia disfrutando de los regalos de reyes o en una larga sobremesa, él estaba solo, en la calle, ante algunos curiosos, dejándose llevar por una melodía que salía de su corazón.

La belleza de sus movimientos me hizo ver que, aún sin piernas, se puede bailar cuando el corazón está lleno de vida, porque lo que te lleva más lejos no son los pies, sino lo que crees, lo que verdaderamente llena tu alma.

Ese día recibí varios regalos de amigos. Pero aquel joven danzarín fue el mayor regalo del día: comprender que una incapacidad no puede limitar tu vida ni tu creatividad. Sin piernas, era capaz de reír, bailar, vibrar y apasionarse. Aún sin una parte del cuerpo, todos podemos dar algo bello, todos podemos amar. Ese día vi cómo realmente el hombre es capaz de trascenderse a sí mismo e ir más allá de sus limitaciones físicas. Aquel joven no concebía su vida sentada, anclada en el victimismo emocional. Sí, estaba sentado, pero su corazón estaba en pie y corría, bailaba y asía la vida, con la misma fuerza y elegancia con que movía su silla. En realidad, se dejaba llevar por ella e intentaba comunicarnos algo hermoso a todos cuantos pasábamos por allí, parándonos a mirar.

De camino a casa, iba reflexionando. ¿Qué le pudo haber pasado para perder sus dos piernas? Era fácil caer en la compasión, “pobre chico”. Pero él nos dio una lección a los que estábamos mirando. Es un joven guerrero de la vida, no se rindió. Después de un accidente, no se contentó con sobrevivir, sino que ha querido vivir con pasión.

Nunca hay que rendirse. A veces nos paralizan el miedo, la inseguridad, los problemas, una circunstancia no esperada… Tenemos dos fuertes piernas, pero no las movemos porque nos hemos hundido en nuestras propias arenas movedizas. Si creemos que el mundo se acaba cuando nos falta algo, nuestro egoísmo interior nos va tragando hasta dejarnos inertes, sin respiración, sin fuerza.

Agradecí, esa tarde de enero, poder vivir ese momento y recibir ese regalo de vida, ese testimonio, ese arte. Con las piernas te desplazas de un sitio a otro, pero amar y vivir se hace sólo desde el corazón. Aunque perdamos algo importante: piernas, brazos… amigos, padres, cónyuge; aunque nos quedemos compungidos, no dejemos de bailar, de cantar, de soñar. Porque esa danza, esa música, pueden convertirse en un revulsivo para quienes se están rindiendo.

No sé quién era ese chico ni qué le pasó. Lo que sí sé es que ese día iluminó mi alma. Hay guerreros de la vida que luchan contra lo imposible porque tienen un sueño, y tienen madera para subir sin piernas las cumbres más altas de su existencia. Su auténtico yo florece porque sabe que aún puede dar mucho. En esa tarde pálida, cuando el sol ya se iba, el bailarín sin pies me encendió el deseo de dar lo mejor de mí.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Lágrimas de una adolescente


La noche del 24 de diciembre, vi cómo las lágrimas brotaban de los ojos de una bella adolescente. Empezábamos la celebración de la misa del Gallo, teniendo en mis manos al pequeño Jesús. Entraba en procesión hacia el interior del templo, mientras sonaba una delicada música de guitarra y una feligresa leía un texto titulado La Navidad, la grandeza de lo pequeño, en un tono sereno y profundo. La comunidad se disponía a celebrar una de las liturgias más hermosas del año: el nacimiento de Jesús. En este entorno lleno de poesía y belleza, aquella joven lloraba desconsoladamente. En una noche tan luminosa, su corazón estaba apagado y triste. En una misa festiva y alegre, esa niña, entrando en la adolescencia, lloraba amargamente. Mientras la comunidad celebraba el gran acontecimiento de la encarnación del hijo de Dios, ella estaba allí, apartada, en el último banco, sola en medio de la fiesta. Encogida y aislada, parecía ajena a todo.

¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba o no estaba allí? Por sus mejillas no paraban de deslizarse unas lágrimas vertidas como respuesta, quizás, a una mala experiencia, alguna discusión con su familia, a una ruptura con su amigo, o tal vez por motivos más existenciales. ¿Sufría por su identidad? Un adolescente, en su camino hacia la madurez, muchas veces siente una profunda soledad. ¿O tal vez era simplemente la emoción, escuchando el texto que se leía, o la alegría vibrante de la comunidad, la música y los villancicos del coro parroquial? ¿Fue la imagen tierna de aquel niño Jesús, que evoca tanta dulzura?

En los tres momentos en que la pude ver de cerca, cuando le di la paz, cuando vino a comulgar y finalmente, cuando vino a besar al niño Jesús, vi cómo las lágrimas seguían saliendo de sus negros ojos. Pero más que unos ojos tristes, vi un rostro emocionado. Me dio la paz con una mirada preciosa, muy limpia. En la comunión se acercó con una unción y una profundidad inusual en un adolescente. Y el beso al niño fue de una ternura deliciosa, casi maternal. Pero sus ojos no dejaban de llorar.

¿Era un corazón roto? Aquella joven alma, en esa noche tan especial, sentía algo que la conmovía de tal manera que no podía contener el llanto. Quizás el mundo de los adultos le hacía daño. Crecer y dejar de ser niña duele. Pero quizás en esa misteriosa noche pudo liberar tanto dolor; la noche del nacimiento de un niño que, encarnándose, asume el dolor de todos; un niño que, más tarde, hecho hombre, también lloraría ante su pueblo, por la muerte de Lázaro, y ante sus hermanas. Finalmente, Jesús lloraría lágrimas de sangre en Getsemaní ante su muerte inminente.

Jesús sabe muy bien lo que es el dolor. De pequeñito sus padres, José y María, tuvieron que huir a Egipto, ante la amenaza del rey Herodes. La Iglesia siente el dolor de todos aquellos que sufren, como María ante el frágil niño que tiene en sus manos, aunque sea el mismo Dios, débil e indefenso.
Recé por ella al final de la celebración. La busqué para despedirme y darle unas palabras de consuelo, pero no la vi. Quizás el niño de Belén la consoló y se fue más serena. Si creemos de verdad que ese niño es el hijo de Dios, él ya no sólo irradiará su luz sobre nuestros corazones, sino que enjugará todo dolor y toda lágrima, toda pena que tengamos en lo más profundo de nuestra alma.

Unas lágrimas vertidas con amor son lágrimas que sanan y curan. Quizás aquella noche la niña que comenzaba a ser adulta se sintió sana y liberada. Dios entró en su tierno corazón para quedarse.

domingo, 21 de octubre de 2018

Como animales heridos


Vivir es un reto apasionante. El ser humano no sólo existe como otros tantos seres en la naturaleza. La consciencia de nuestro yo nos hace dar un paso más allá: no somos algo, somos alguien especial e irrepetible. Ese plus de la consciencia nos hace ser personas muy diferentes, con un potencial enorme capaz de crear, amar, soñar y arriesgarnos por algo o alguien a quien queremos. Tenemos la información genética para convertirnos en auténticos héroes de nuestra existencia. Somos capaces de vivir la vida con auténtica pasión. Todo lo que nos rodea puede llegar a ser una experiencia intensa, desde la belleza de un paisaje hasta un nuevo propósito o una nueva relación. Si sabemos extraer el jugo a lo que vivimos, todo será crecimiento, aprendizaje y descubrimiento que nos llevará a un mayor gozo y alegría.

Para ello es necesario integrar la realidad cotidiana: desde fracasos, rupturas, sufrimiento hasta logros, éxitos y errores. Es decir, hemos de asumir que somos vulnerables, pero también con la capacidad de mirar muy alto, más allá de nosotros mismos. Si sabemos trascender nuestros propios límites y nuestros condicionamientos e hipotecas, llegaremos a fortalecer la esencia pura de nuestra existencia.

Tenemos dentro una capacidad racional, de autoanálisis, para no dejarnos atrapar por emociones o sentimientos que nos quitan la lucidez para actuar según lo que somos: hombres y mujeres protagonistas de nuestra historia. Sí, con límites y agujeros, pero también artífices de auténticas hazañas: llegaremos tan lejos como queramos llegar.

Tenemos un potencial sagrado capaz de convertir nuestra vida en un milagro. Estamos llamados a recrear y ajardinar el mundo, embelleciéndolo. Somos parte de una historia que va más allá de nosotros mismos. Somos fruto del amor y esa realidad espiritual y energética nos hace ser constructores de algo nuevo. Surcamos los cielos de nuestra existencia en busca de nuevas aventuras.

Heridas que destruyen


Pero ¿qué ocurre cuando nos quedamos encallados, atrapados en situaciones que ahogan ese anhelo de vivir con pasión nuestra existencia? ¿Qué ocurre cuando pasamos de la fe a la destrucción? ¿Por qué a veces pasamos de una vida plena a una vida mediocre, del amor al odio y al resentimiento, de la cordialidad a la crítica destructiva, de un sano realismo a un pesimismo enfermizo? Del coraje pasamos al miedo, de la ternura a la agresión, de la paz interior a la violencia verbal y a un enfado permanente. Y, sobre todo, dejamos de tener un propósito vital y caemos en el vacío más profundo que lentamente va desintegrando la esencia de nuestro ser. La rabia acumulada se convierte en un arma letal que nos volatiliza por dentro. Somos como animales heridos que necesitamos desgarrar y aplastar, volcanes en erupción siempre escupiendo fuego; potros salvajes pegando coces…

Un animal herido sangra hasta debilitarse, pero se nutre de la fuerza del resentimiento, que le hace mantenerse. ¡Cuánta energía desperdiciada en dañar y autodañarse!

Las personas así heridas emprenden una huida hacia adelante, hasta llegar a la pérdida de su identidad, hasta la propia locura. Como los animales heridos, son incapaces de mirar, de discernir, de rezar y reflexionar. ¿Qué hacer cuando esta actitud existencial y psicológica se convierte en una patología? ¿Qué hacer con estas personas tan heridas, tan rotas, tan descoyuntadas? ¿Quién las hirió de esta manera?

La importancia de abrirse


Todos sufrimos golpes en la vida, pero no todos reaccionamos igual. Ante una misma circunstancia dolorosa, hay quienes se hunden y hay quienes se sobreponen y salen adelante. Otros tardan más en reaccionar, o necesitan tiempo para ir asimilando la experiencia y extraer de ella una enseñanza, o más fortaleza. No hay dos personas iguales. Pero ciertas actitudes contribuyen a ahondar la herida, mientras que otras ayudan a sanarla.

Sanar a una persona herida no es fácil, porque muchas veces se cierra en sí misma y rechaza ayuda. Se resiste a cambiar y no quiere arriesgarse. Aunque pida ayuda, en realidad lo que quiere es reafirmarse en su posición y que los demás le presten atención y la escuchen. Pero no quiere salir del hoyo. Y busca mil razones para justificar su actitud y su forma de ser.

El primer paso para la sanación, creo, lo ha de dar la misma persona dañada. Es importante que vea la necesidad de abrirse a los demás —y de abrirse a Dios—. No para que se limiten a regalarle el oído, sino para que puedan ayudarla a salir de una situación que no la hace feliz y le impide crecer. La persona herida ha de tener el valor para curarse, y las curas duelen. Deberá renunciar a algunas seguridades e ideas, quizás. Deberá salir de su zona de confort, porque a veces el dolor y la oscuridad también son guaridas confortables. Si se ha instalado en la rabia o en la tristeza, necesitará coraje para salir de ellas.

Cuando una persona se abre, igual que una casa oscura y cerrada, la luz poco a poco va penetrando en su interior e iluminando todos los rincones. Quizás se asuste al ver tanto caos, tanto miedo… pero es el primer paso para sanarse y dejar que su vida cambie.

¿Qué podemos hacer?


¿Qué podemos hacer los demás? Generar ese ambiente de confianza, de acogida y de respeto, necesario para que la otra persona pueda abrirse. Quizás al principio no podremos hacer mucho; simplemente estar ahí, respetarla y amarla aunque sea a distancia. Tratarla con extrema suavidad y mucho tacto. Los que tratan animales heridos saben cuánto cuesta acercarse a ellos, y cuánta delicadeza hace falta para que recuperen la confianza. También hace falta paciencia y tiempo.

Y lo que siempre podemos hacer por estas personas heridas es rezar. La oración es mucho más eficaz de lo que creemos. Quizás no veamos resultados inmediatos, pero si aquella persona ocupa un lugar en nuestro corazón, ofrezcámosla a Dios. Pidamos al Padre amoroso que cuide de ella, que la proteja. Santa Mónica nunca se cansó de rezar por su hijo, que andaba perdido entre filosofías y vanidades intelectuales… Finalmente Agustín se convirtió al cristianismo, ¡y qué gran cristiano fue!

Cuando estemos ante una persona iracunda, enfadada existencialmente, amargada o conflictiva, mirémosla con ternura y comprensión. Mirémosla con ojos de Dios, como una madre. Quizás descubramos las claves de su enojo o de su postura. Y podremos atisbar cómo tratarla para ayudarla, si está en nuestras manos. También hemos de ser humildes y aceptar que no siempre podremos ayudar. Cada alma encierra misterios enormes, que sólo conoce Dios, y hemos de respetarlos. Pero, como decía san Juan de la Cruz, hay un remedio que pocas veces falla: «Donde falte amor, por amor… y sacarás amor». Amar, y saber cómo amar, es la mejor terapia.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Abrazos en la cárcel


Hoy he tenido la ocasión de visitar a un buen amigo recluido en el centro penitenciario de Brians 2. Puede parecer un contrasentido, pero en esta visita a la cárcel, después de dos horas de charla, he descubierto un mar de bondad inesperada. Quiero explicar las sensaciones que he vivido en medio de más de mil quinientos reclusos que sobreviven como pueden en un entorno aparentemente normal. Pero cada preso conoce muy bien la tormenta interior en la que está sumergido. La dureza de unas leyes muy rígidas, tanto como el pavimento que pisan tus pies y los barrotes de las puertas que atraviesas, es el rostro visible de la autoridad en un centro penitenciario.

Pasé cinco controles antes de llegar a la sala de visitas. Cinco puertas de acero se abrieron y cerraron a mi paso, con un fuerte chasquido. Todo era duro y frío, y los rostros de los controladores con quienes me crucé para mostrarles mi carnet desprendían severidad.

Pude hacer esta visita gracias a un sacerdote amigo responsable del centro de Wad Ras, la cárcel de mujeres del Poblenou. Él me puso en contacto con otro sacerdote, que ejerce la pastoral penitenciaria en la prisión de Brians. Muy amablemente, me acompañó durante la visita, facilitando todos los trámites. Sin él hubiera sido muy difícil poder visitar y conversar cara a cara con mi amigo.

En este ambiente tan gélido mi asombro fue descubrir el cambio que se producía en los presos al ver llegar al sacerdote. El Padre Fabró los saludaba con extrema delicadeza y era capaz, con su talante acogedor, de romper el hielo y disipar la frialdad del ambiente, incluso del personal penitenciario. De él salían una calidez, un afecto y una amabilidad que lo convertían en un imán. Todos se acercaban y él, con gestos de cariño, escuchaba sin prisa a todos. Estas gentes, con el corazón dolorido y las vidas rotas, recibían con gratitud sus abrazos, sus besos y sus palabras de ánimo. Un torrente de ternura salía de su mirada, llena de amor y comprensión. Él, a su vez, se dejaba tocar y abrazar por los presos. ¡Qué palabras tan bellas salían de los labios de los reclusos al saludarle! Dentro de la oscuridad más densa la presencia de este padre iluminaba sus almas. Muchos ojos brillaban cuando se acercaban a este sacerdote que sólo venía a escuchar y a darles aliento, un soplo de oxígeno hasta la próxima visita.

Sí, en la cárcel, un lugar de dureza, de penitencia, he descubierto la ternura. Basta un hombre bueno, capaz de ver la humanidad en los otros. Para él no son convictos, son personas con su dignidad por encima de todo, que en algún momento han cometido un error y lo están pagando. La aplicación de la ley no siempre tiene en cuenta sus circunstancias personales y se encuentran recluidos, a veces de forma injusta, viendo cómo su vida queda partida en dos. Sufren la lejanía de sus familiares, en ocasiones también de sus lugares de origen. Los días transcurren tediosos y una soledad terrible se instala en sus almas.

Recientemente, el papa presidió un congreso sobre la teología de la ternura, en Asís. La resumió en dos aspectos clave: sentirnos amados por Dios y sentir que podemos amar en su nombre. Creo que el padre Fabró ha entendido muy bien en qué consiste esta teología, que no es otra cosa que derramar el amor de Dios, lleno de misericordia, a todas las personas, incluso a aquellas que creemos merecedoras de un castigo. Por muy grave que haya sido el delito cometido, para Dios todos son hijos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Pasión y disciplina


Muchas personas poseen talento y energía. Pero esas mismas personas con frecuencia corren un riesgo: que su enorme capacidad creativa se desborde, se disperse y no llegue a realizarse como podría. A veces sucede que la persona es muy dotada, pero carece de disciplina y constancia. Otras veces no puede establecer límites razonables y el potencial creativo se desparrama como una riada sin cauce. Si no tomamos las riendas, nuestra vida se desborda.

Entre el control represivo y la absoluta falta de límites hay un punto medio de armonía que nos permite crecer. En el caso de las personas creativas y con empuje, el control ayuda. La disciplina puede encauzar nuestra energía y nuestro talento.

Los expertos en desarrollo personal y empresarial señalan que, incluso más que el talento, son el orden y la disciplina los que llevan al éxito. El orden y seguir un método canalizan el talento y lo hacen fructificar.

Talento y obligación


En la vida todos hemos de afrontar deberes y obligaciones. No son imposiciones, sino consecuencias de nuestra vida en sociedad, en una familia, en un grupo. Como seres sociales que somos no podemos vivir pensando sólo en nosotros y en nuestros deseos y necesidades. Somos con los demás, y una parte de nuestro tiempo debemos dedicarla a las otras personas, ya sea nuestro trabajo, ya sea una parte de nuestro ocio.

El tiempo es limitado, el día tiene veinticuatro horas y en ese espacio hemos de colocar nuestras obligaciones y también nuestras pasiones. Necesitamos tiempo para hacer lo que nos gusta y lo que nos toca hacer.

Las personas con capacidades artísticas y creativas necesitan compaginar ambas cosas: talento y obligación. Todo debe hacerse con talento: haz tan bien el encargo como aquello que te deleita. Lo que «toca» debe formar parte de tu ser y de tu identidad. En lenguaje de santa Teresa, es importante casar la obligación con la devoción.

Hay que encontrar un equilibrio entre el talento y la obligación. Que no se disparen ni el uno ni el otro. No podemos hacer sólo lo que nos gusta, pero tampoco podemos vivir siempre a golpe de disciplina.

El tiempo y los límites


Hay un tiempo para todo, como sabiamente señala el Eclesiastés. Pero sólo tenemos ocho horas para trabajar, este es un periodo razonable. Es verdad que el mundo laboral es complicado hoy y muchas personas deben trabajar más para poder sostener a su familia. Pero aparte del trabajo, el resto del día debería ser para la convivencia, el ocio y el descanso.

Tenemos ocho horas para el talento y la responsabilidad. Dentro de este tiempo, hay que priorizar lo más importante en cada área. Podemos preguntarnos: ¿cuál es la prioridad a la hora de desplegar mi potencial? ¿Cuál es la prioridad en el campo de mis responsabilidades?

Mucha gente talentosa se pierde en el bosque de su creatividad por falta de disciplina. Otra gente se pierde en el pantano de la apatía.

El hombre prudente sabe que tiene un talento y sabe que tiene sus límites. El hombre responsable también reconoce estos límites. Ignorarlos es querer hacerlo todo y abarcarlo todo, y eso es imposible. No somos dioses ni omnipotentes.

Hay un tiempo para todo


La Iglesia conoce el valor del tiempo y por eso, tradicionalmente, ha marcado el ritmo de trabajo con las campanadas. Así se vive en los monasterios: los monjes estructuran el día ordenando el tiempo y dando valor a cada cosa en su momento.

En última instancia, nada es absoluto, salvo Dios. Ni el talento es absoluto ni la responsabilidad lo es.
Cuando se absolutiza el talento o la responsabilidad, la gente entra en un frenesí. No canaliza bien ni el uno ni la otra. El talento se desborda o se dispersa; la responsabilidad aplasta y tiraniza.

Hay un tiempo para el talento, y un tiempo para la responsabilidad. Pero recordemos siempre: el tiempo es limitado.

Pasión y estrategia


No se puede correr si se quiere obtener una obra preciosa, con arte. El trabajo también tiene que ser un arte. El artista no tiene prisa para crear. Necesita tiempo para acabar bien su obra.

Pero, por otra parte, hay que poner algún plazo y una meta a nuestra acción, pues de lo contrario divagaríamos, empezaríamos mil cosas y no terminaríamos nada. Por eso es importante tener un ritmo, un horario y un método de trabajo. Se trata de conjugar pasión y estrategia. Sin este equilibrio no podremos culminar nada.

El arte tiene que ver con la inspiración. El trabajo, con el realismo —como decía un consultor amigo mío, hay que poner «patitas» a las ideas—. Hacer un trabajo bien hecho también pide creatividad. Como decía el poeta Joan Maragall, estima la feina que fas, ama tu trabajo, tu vocación, aquello para lo que sirves y aquello que te hace único; esfuérzate en tu quehacer como si de ello dependiera la salvación de la humanidad. «El mundo se arreglaría muy bien solo si todo el mundo cumpliera su deber con amor, en su casa.»

El arte surge del alma, es la pasión. La responsabilidad se rige por la razón. No podemos separarlas: pasión y razón, sentimiento y estrategia han de hermanarse. Sólo así uno se realiza y se siente bien, viviendo en plenitud.

domingo, 26 de agosto de 2018

En la noche más luminosa


10 de agosto, día de San Lorenzo, cuando la noche llora miles de estrellas que iluminan el firmamento. Ese día un anciano a quien yo quería tanto se fue, sigilosamente, sin ruido y sin espasmos, con una profunda mirada. Días antes lo habían ingresado en el hospital, pues desde hacía unos años sus pulmones debilitados le impedían respirar bien. Tuvieron que darle una botella con oxígeno porque le faltaba el aire. Pasó dos años enganchado inevitablemente a un tubo que le aliviaba cuando sentía que se quedaba sin aliento.

Este era mi tío Gerardo. Un hombre alto, de tez morena, trabajador incansable, que tuvo que emigrar en los años sesenta a Suiza para escapar de la pobreza que azotaba su pueblo natal. Fue con su esposa. Ambos eran jóvenes y estaban dispuestos a todo con tal de buscar un futuro mejor, aunque les costó integrarse en ese país por el clima y el idioma. Pero aguantaron lo suficiente como para ahorrar un dinero que les permitió volver y montar un negocio al regresar a España. Estuvieron alejados veinte años de su familia, en un tiempo en que los medios para comunicarse eran más escasos, no como ahora, que con nuestros dispositivos e Internet podemos gozar de una comunicación rápida y barata.

Estuvieron unos años en Madrid regentando el bar que abrieron con el dinero ahorrado en Suiza. Así hasta que se jubilaron y se construyeron una casa en su pueblo natal. Regresaban allí cuarenta años más tarde.

Necesitaban volver a sus raíces y respirar aquel olor de campo que habían dejado, no sin pena. La vida les había alejado de aquel pueblecito de Extremadura llamado Montemolín, en la comarca de Tentudía, con su castillo árabe vigilando las callejuelas que rodean la antigua parroquia del pueblo, la Concepción. En Montemolín la mayoría de la gente vivía del campo y del ganado que pace en las dehesas, y durante la postguerra muchas familias sufrieron escasez y penalidades, lo que les obligó a emigrar. Hoy es un pueblo apacible donde se vive en condiciones mucho mejores y se puede disfrutar de la calma del campo y de un clima seco y sano. El olor a heno penetra el aire y en primavera los inmensos campos de espigas alfombran el paisaje de intenso verdor. Gerardo amaba este paisaje de su niñez y juventud, y la lejanía no disminuyó su amor por la naturaleza y por el pueblo que le vio nacer.

Mi tío era de carácter fuerte, muy sensible socialmente. Venía de una estirpe de hombres luchadores: su abuelo, su padre y su hermano mayor fueron para él referentes con un profundo sentido ético y social. Su discurso anticapitalista era rotundo y claro. Denunciaba los abusos contra la clase sencilla y trabajadora. Inteligente y discreto a la vez, se vinculó a algunos movimientos radicales contra el régimen franquista, hasta que se desengañó de la política y, con realismo económico, tuvo que marchar, dejando sueños y luchas, para abrirse camino con enorme sacrificio.

A sus ochenta y siete años, terminó su vida este hombre vigoroso que vivió intensamente, tanto que al final se quedó exhausto de arder con tanta pasión, con tanto fuego.  

No tuve ocasión de desplazarme a verlo, pero Herminia, su esposa, que lo definía como un hombre «enganchado a la vida», decía que no quería dejarla, aunque fuera a través de un tubo. Hasta el último momento, con la mascarilla, luchó por respirar, vivir y amar. Pero sus frágiles pulmones le provocaron un paro cardiaco. Tumbado en la cama, con su bombona de oxígeno al lado, llegó un momento en que no tenía suficiente aire y su vida se fue apagando. Aquel gladiador, ya sin vida, dejaba su última arma, la botella con la que luchó hasta el final. Cuánto genio, cuánta vitalidad se dispersó por el abismo de la muerte. Un hombre entero ahora ya es una historia, una vida que se convierte en ejemplo de supervivencia. No sólo el recuerdo de un hombre honesto, sino alguien que impactó tan fuerte en los suyos que seguirá vivo en ellos. El Jayao, este era el mote con que era conocido en el pueblo, hoy será jayao (hallado) por otras manos amorosas que le abrirán las puertas del cielo para invitarlo a un ágape eterno y reencontrarse en torno a otra mesa con aquellos que fueron sus maestros en la gran asignatura de la vida.

Vivir con intensidad creyendo en aquello que eres y haces. Un abrazo entre hombres que han amado hasta extenuarse bajo la luz de un Dios amoroso que acoge con dulzura a sus criaturas, creadas a su imagen. Hoy, en la noche de agosto surcada por miles de estrellas fugaces, la noche más iluminada, el cielo es una fiesta de todos los hallados por Dios.

11 de agosto de 2018