domingo, 10 de diciembre de 2017

Educar en libertad

La educación es un servicio


Nuestra comprensión de la realidad y de la persona marca un talante a la hora de educar. Esta tarea tan necesaria y tan sumamente delicada ha de suponer una renuncia al poder. Educar implica un profundo respeto a la libertad de la otra persona y evitar todo intento de clonarla o modelarla según nuestras propias ideas.

Educar es una tarea compleja y difícil. De entrada, todos estamos siendo constantemente educados unos por otros, porque la persona no se completa sin un proceso progresivo que la ayuda a crecer y a madurar en su trato con los demás. Hemos de tener en cuenta que podemos estar educando sabiendo que también nosotros necesitamos ser educados y, por tanto, hemos de vigilar de no ponernos en una posición de autosuficiencia ante el educando. Para educar se requiere ser humilde y respetuoso, y es necesario conocer al otro y descubrir sus valores para poder potenciarlos. A veces, cuando se educa, nos fijamos más en las lagunas y en los defectos que en sus talentos y capacidades. No se trata de corregir al otro según mis criterios, sino de hacerlo crecer según sus inquietudes, talentos, experiencias y opciones. Educar es ayudar a sacar de adentro afuera lo que define a cada persona, que nace con el deseo vital de realizarse. Su identidad única e irrepetible la hace ser digna de todo respeto.

Riesgos del que educa


Educar conlleva riesgos, algunos son muy grandes y conviene evitarlos para no caer en lo contrario de lo que significa la educación.

Educar no es manipular, utilizar, doblegar, adoctrinar ideológicamente ni modelar a la otra persona según unas ideas. El concepto educar a veces se puede confundir con ese celo desmesurado por “salvar” al otro, ya que podemos considerar que, según nuestra convicción, está errado o “perdido”. Es muy fácil resbalar por ese sentimiento de exigencia salvífica. Aquí es donde hay que ser muy honesto, porque el que sea diferente o tenga otros códigos para captar la realidad no significa que tengamos que cambiarlo para que vuelva “al redil”, según los paradigmas culturales que se han impuesto en la sociedad y en las familias. Especialmente tienen un mayor riesgo las instituciones en las que ponemos nuestra confianza. De entrada, suponemos que no tienen otra razón de ser que servir a la sociedad. El problema es cuando las instituciones de todo tipo, políticas, sociales, cívicas, deportivas, incluso religiosas, utilizan el instrumento del poder para imponer ideas, criterios y formas de hacer. Para ello pueden valerse de la coacción y el miedo al castigo. Pero hoy, la forma más frecuente de manipulación es el uso de resortes psicológicos y emocionales que manipulan a la persona e influyen en ella de forma inconsciente, condicionando el ejercicio de su libertad.

Cualquier persona que se sienta por encima de los demás, ya sea por su formación intelectual o moral, por su experiencia o por su autoridad; cualquier persona que se convierta en un referente moral, educativo o religioso debe ir con especial cuidado. No puede aprovecharse de su rango y reconocimiento para saltarse una ley básica de la educación: la libertad. Influenciar al otro según nuestra cosmovisión es manipularlo sutilmente y someterlo a nuestro arbitrio. En el fondo, estamos aniquilando su yo más profundo, convirtiéndolo en un sujeto a merced del supuesto educador, que alega que todo lo hace por su bien.

Libertad y bondad, imprescindibles


Bondad y libertad van unidas, igual que la maldad va unida a la esclavitud. El sometimiento y la influencia, por tanto, nunca pueden ser buenos, aunque se disfracen de humanitarismo.

Educar significa sanear nuestros sentimientos e intenciones. Cuando el alumno brilla o destaca por algún motivo, existe otro riesgo, que es la aparición de los celos por parte del maestro. Compararse o sentirse menos que el otro puede disparar un mecanismo de sumisión y manipulación para conservar la superioridad sobre él. De este modo, el enseñante se ve atrapado en un bucle de sentimientos paradójicos: el deseo de servir y el deseo de mantener su estatus superior. Si no lo resuelve, puede proyectar su frustración en el otro e impedirle crecer. Esto suele traducirse en una exigencia rayando la violencia. Cuando el educando propone algo distinto, muestra iniciativa propia o incluso discute al maestro, este puede reaccionar perdiendo su autodominio y llegando a la ira o a la humillación del otro porque no puede controlar la situación.

Para educar tenemos que situarnos entre una exigencia razonable y la ternura; entre la autoridad y la libertad. Es necesario respetar la frontera entre el tú y el yo. Educar no es moldear, como se hace con una obra escultórica; es dejar florecer al otro según su música interior. No podemos interferir ni hacer injerencia en su conciencia. Hay que potenciar su yo más genuino. Educar es mostrar, indicar, señalar, acompañar al otro para que sea lo que quiere ser. Este acompañamiento respetuoso le enseñará a compartir lo que ha aprendido y su riqueza interior con las personas que le rodean: familia, amigos, entorno, sociedad… Porque uno no crece ni se realiza si no es para los demás y con los demás.

Cuántos conflictos se evitarían, cuántos recelos y problemas en las familias, en las escuelas, en las universidades y en las comunidades religiosas y movimientos, si aprendiésemos a aceptar al otro y a alegrarnos por su manera de ser. La educación tiene que partir de aquí: abrazar al otro tal como es y su realidad. Sólo así le ayudaremos a volar hacia el destino que anhela.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Comprar el paraíso

La búsqueda del sentido de la vida es un anhelo genuino que está en lo más hondo de nuestro corazón. Esto es algo profundo y legítimo, pero no siempre se acierta en la forma de conseguirlo. Todos deseamos la felicidad, encontrar respuesta a nuestras inquietudes y preguntas esenciales: quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy. Buscamos todo aquello que responda a la búsqueda de nuestra identidad. Queremos saber quiénes somos, qué sentido tiene la vida. Deseamos descubrir todo aquello que sacie nuestro anhelo de felicidad. Es decir, buscamos vivir en un paraíso, un estado permanente de plenitud.

Buscando atajos para encontrar el camino


Cuando esta sana inquietud no se culmina por medios naturales, se buscan atajos, que pueden alejarnos de las inquietudes más primigenias y llenarnos con un sucedáneo alternativo que permite sobrevivir a la constante frustración de no conseguir lo que queremos.

Así es como muchas personas se lanzan a probar terapias, técnicas mentales e incluso se inician en el consumo de sustancias para encontrarse a sí mismas y su camino.

Estos medios se convierten en paliativos y, como proporcionan un bienestar y una sensación de plenitud efímera, la persona acaba necesitándolos y se hace dependiente de algo que está fuera de ella. En la búsqueda incesante de mayor bienestar y felicidad, se intensifica la prueba y la variedad, ya sea de terapias o de sustancias que generan un estado mental alterado. En esta situación, la persona crea un mundo virtual que alivia su inquietud, pero que no responde a la realidad.

El riesgo de la manipulación


Cuando se trata del consumo de sustancias ―drogas de cualquier tipo, ya sean hierbas o preparados sintéticos― estas alteran la química cerebral, proyectando en la mente imágenes, visiones y estados anímicos que se viven como una gran experiencia mística y reveladora. Hacen salir a la persona de sí misma y muchos creen tocar el Edén. Pero en realidad están bajo los efectos de unos químicos y pueden ser manipulados muy fácilmente por los expertos que controlan esta situación. Muchos gurús son maestros en técnicas psicológicas que aprovechan la debilidad de la persona y la seducen sin que se sienta incómoda ni obligada. Se convierten en los mesías que van a arrojar luz en su caos vital. Así podrán solucionar todo tipo de problemas: sicológicos, emocionales, económicos y espirituales. Estos redentores generan una dependencia del gurú o maestro y vuelven a la persona todavía más vulnerable para sacarle su dinero y generar una total dependencia, hasta dominar su consciencia, su voluntad y su libertad.

Todo esto siempre se hace utilizando un lenguaje humanitario, religioso y metafísico que apela a la liberación e incluso a la bondad. Es constante en los líderes religiosos utilizar frases fetiches, dardos que van adormeciendo a la víctima creando en ella tal estado de fragilidad que va a necesitar “chutarse” continuamente de esa sustancia, o practicando ese ritual, para salir de su oscuro laberinto. En realidad, viven atrapadas en la burbuja de esta pseudofelicidad completamente artificial, y además a un coste elevado, tanto económico como de salud. Podríamos decir que estas personas han sido abducidas, convertidas en esclavas de otros que manejan los hilos de su existencia. Gente brillante, exitosa en su profesión y con un nivel intelectual, flirtea con estos mundos que, en principio, ofrecen experiencias fabulosas, pero terminan necesitando urgente ayuda médica y psicológica para salir de la trampa y recuperar su salud.

Como toda droga, el daño neurológico producido por el consumo de ciertas sustancias, hace muy difícil que el cerebro se normalice. Será necesaria una intervención muy seria y eficaz para que los circuitos neuronales se restablezcan y la persona pueda liberarse de la adicción.

Algunos consejos


A quienes se acercan o han probado estas terapias químicas de fuerte impacto, les aconsejaría algunas cosas.

Primero, vigila los costes excesivos. Cuando hay mucho dinero de por medio, hay un gran negocio detrás.

Segundo, atención a los retiros o encuentros en un entorno aislado, con atmósfera casi mágica. Apartados de la realidad cotidiana es más fácil caer seducidos y olvidar toda racionalidad.

Si cada vez más necesitas de este medio o esta terapia, es posible que estés cayendo en una dependencia o adicción sin darte cuenta.

Si de manera progresiva te van introduciendo un discurso filosófico sobre el mundo, tu realidad y tus emociones, que vas haciendo progresivamente tuyo y repites a los demás, pregúntate si no te estarán modelando la conciencia para que te conviertas en un “apóstol” de esas ideas. Tu concepción de la realidad puede estar cambiando totalmente y, de nuevo, no eres consciente de ello.

Si crees que tú eres el creador absoluto de tu realidad, vivirás una doble vida: el mundo que tú crees real —tu paraíso artificial— y la realidad que está ahí afuera.

Alerta si te alejan de tus círculos habituales: familia, amigos, para entrar a formar parte del clan del maestro.

Atención al discurso “divinizante”: si te hacen creer que tú eres dios, que tú eres el único artífice de tu vida y que puedes conseguir lo que quieras.

Atención también al discurso nihilista: cuando te hablan de la disolución del yo en el todo (o en la nada), y de que todos somos una misma cosa, y que nada de lo que parece real es cierto. Es curioso ver cómo se da esta paradoja: por un lado eres dios, por otro lado eres nada, y mucha gente la acepta sin cuestionarse.

Mucho cuidado: si cada vez necesitas tomar más sustancia o recibir impactos más fuertes, y con mayor frecuencia, para sentirte bien.

Acabarás dejando de ser tú mismo para convertirte en una sombra que irá resbalando hacia la oscuridad. Perderás la salud y la alegría, quizás por no atreverte a afrontar tu realidad sin “muletas”, tal como es. Las respuestas que buscas están en ti mismo, si eres sincero y te atreves a preguntar. Pero afrontar la propia realidad da miedo y hay muchos falsos profetas vendiendo paraísos que acaban convirtiéndose en profundos infiernos.

Necesitas una decidida voluntad de encararte contigo mismo, buscando ayudas sanas que te dirán quizás lo que no quieres oír, sin cobrarte dinero por ello. El camino hacia la cumbre de la vida siempre es cuesta arriba y a veces doloroso. Atravesarás tormentas y días de sol y aridez… pero al final, en la cima, te espera una auténtica y lúcida alegría, que arraigará en lo más hondo de tu ser.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La historia de Carmela

Hace unos años tuve una relación muy estrecha con Carmela, una viuda que se dedicaba a recoger trastos por los contenedores y luego los vendía como podía en mercadillos de segunda mano. Sorprendía verla siempre tan amable, tan bondadosa y alegre, de modo que me invitaba a entablar conversación con ella. Era tan detallista que cuando encontraba algo nuevo o de valor, con lo que hubiera podido sacar más dinero, siempre me lo ofrecía como obsequio.

Había belleza en su corazón y un torrente de bondad en su mirada. Lo poco que tenía lo sabía dar. Lo que no vendía lo llevaba a su casa, donde atendía y cuidaba a un hijo aquejado de un trastorno neurológico incurable, la enfermedad de Huntington. Cuidar de él era su máxima preocupación. Incluso en invierno y de noche, buscaba y rebuscaba para encontrar algo que le diera ingresos. Algunas tardes, cansada y con el frío en los huesos, se refugiaba en la parroquia. Me llamaba a la rectoría, pidiéndome algo caliente. Yo bajaba y siempre la invitaba a tomar un cafetito y algo más. Ella comía poco. Siempre pedía un café con leche y tomaba la taza con sus manos enrojecidas por el frío. A través del vapor del café me miraba con sus pequeños ojos, vivos y pillos, la respiración entrecortada. Gracias, hijo, me decía. Y luego me contaba historias de su familia, de su trabajo y sus sufrimientos. Le costaba irse y siempre se nos hacía tarde, así que al final, muy entrada la noche, la acompañaba hasta su casa.

Acumuló tantos cacharros que los vecinos la denunciaron y vinieron varias veces a vaciarle la casa. Tenía el llamado síndrome de Diógenes: con los objetos llenaba el vacío que se había apoderado de ella, quizás por eso siempre estaba buscando. Pese a los golpes de la vida, su bondad natural le dio una fortaleza a prueba del dolor.

Carmela fue una niña maltratada por sus padres y después por su marido. Con su hijo enfermo, descuidada por el resto de la familia, sobrevivía en los últimos años de su vida. Pero su mirada no perdió el brillo especial de los que aman y saben ser generosos. Era una bella pobre, que se mantenía firme en medio de los vaivenes de la vida y nunca se rindió. Lo poco que sacaba de sus ventas era un empuje que la alentaba a tirar adelante. El frío, la edad, su carencia extrema y una escasa y mala alimentación fueron minando su salud. Contrajo una demencia progresiva que la hacía perderse en el limbo de la existencia. Pero nunca olvidó mi nombre; no olvidó dónde estaba la parroquia y a qué puerta podía llamar cada noche.

Yo tampoco olvido a Carmela y la tengo muy presente en mis oraciones. Ella me enseñó a valorar que, aunque no tengas nada, o tengas muy poco, siempre puedes compartir algo con los demás. Era como la viuda del evangelio, que echó su óbolo en el cepillo del templo: “todo cuanto tenía para vivir”. Muchas veces, cuando descienden las temperaturas en las tardes de invierno, pienso en ella, en el regalo de su confianza, en su delicadeza y en su cariño. Se dio ella misma, el valor más grande, un corazón abierto y rasgado porque supo amar mucho. Esta es su historia: pobre materialmente, pero con un tesoro espléndido en el alma.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Volar alto

Todos anhelamos alcanzar cumbres en nuestra vida. Deseamos hacer realidad nuestros sueños. Queremos desafiar lo imposible y llegar a hacer posible lo que más deseamos en nuestro corazón. En definitiva, queremos conquistar la felicidad, levantar la bandera de nuestros éxitos y sentirnos casi inmortales.

Deseamos acariciar el cielo y jugar con las estrellas, danzando ante el inmenso cosmos envuelto de misterio. Queremos rozar la inmensidad y surcar, como un ave, el horizonte de nuestra historia. Sabemos que tenemos un enorme potencial y llegar lo más lejos posible es un reto que nos empuja a lanzarnos al vacío como los parapentes que vuelan sobre el abismo, con la certeza de que podrán elevarse aprovechando el aire que los impulsa hacia arriba.

Pero ¿qué se necesita para volar alto en la vida? ¿Qué podemos hacer para evitar que el miedo nos paralice? ¿Qué osadía necesitamos para atrevernos?

Los grandes atletas, para ganar fuerza en la carrera, necesitan coger impulso. Cuando se trata de correr la maratón de tu vida también necesitas tomar impulso desde lo más interior de ti mismo. Necesitas explorar los recovecos más profundos de tu alma y atreverte a encontrar el núcleo esencial de tu vida: tus propósitos, tus esperanzas. Sólo puedes volar muy alto cuando sabes bucear hasta lo más hondo de tu océano interior, viajando a través de tus propias sombras con serenidad, para familiarizarte con tus límites, miedos y penumbras. Pero allí adentro también encontrarás a tu niño interior, con el peso de una historia personal que necesitas aceptar si no quieres empequeñecer tu realidad.

Cuanto más te introduzcas en tu castillo interior, más te acercarás a la profundidad de tu corazón, donde ya no llega la luz del exterior. Será aquí cuando tendrás que librar tu gran lucha. La proeza será no detenerse ante el miedo a la oscuridad más terrible.

Cuando llegues al núcleo de tu ser y experimentes esa desnudez y esa total tiniebla, estarás preparado para iniciar el camino de retorno hacia la superficie de tu vida, hacia a la luz, hacia la inmensidad del firmamento de tus sueños.

Cuántas personas se han quedado atrapadas, anquilosadas en su pasado, sin poder desencadenarse de sus lastres, retorciéndose en un relato victimista. Les da vértigo asumir y aceptar su realidad, y quedan encapsuladas en su vacío interior, sin luz y sin esperanza, sin metas. Pero aquel que sea capaz de lidiar con sus fantasmas íntimos y desafiar sus miedos dará lo mejor de sí, porque se habrá liberado de su autocondena. Rotas las cadenas de la culpa y de la tiranía de uno mismo, ya no necesitará un parapente para cruzar los abismos y lanzarse hacia el vacío. Ya no tendrá miedo. Sabrá atrapar los cometas y llegará a descubrir paisajes maravillosos. Sentirá que los límites humanos y la fuerza de la gravedad, que tira hacia abajo, no lo van a detener, porque habrá conseguido su gran hazaña: salir de sí mismo para ir al encuentro de los demás. Nada le detendrá, porque el impulso que surge de lo más hondo de su ser le hará reconocer que es mortal, pero con aspiraciones trascendentes. La pequeñez y la basura que pueda tener adentro no le impedirán reconocer su grandeza.

No tengas miedo a llegar a lo más hondo de tu océano interior. Sólo desde esa profundidad podrás alzar el vuelo como nunca lo has hecho y alcanzar parajes desconocidos. Descubrirás que lo más importante no es lo que ves ni lo que tienes, ni siquiera tus logros. Lo más importante eres tú, un ser extraordinario que ha tenido la gallardía de vivir experiencias antagónicas que forman parte de tu vida. Abrazarás la luz y la claridad, el miedo y la alegría, el desconsuelo y la esperanza, el nudo de tu existencia, tu fragilidad que se vuelve fuerte cuando integras toda tu realidad.

Somos capaces de volar sin alas, sin el temor de caer hacia el abismo. Somos poquita cosa, pero nuestros anhelos son grandes y esta es la riqueza del ser humano, poseedor de una energía vital que lo hace capaz de ir más allá de sí mismo.

domingo, 15 de octubre de 2017

Corazones agrietados

La función del corazón es dar vida, llevando la sangre a nuestros tejidos y órganos vitales. Sin el bombeo del corazón a todas las zonas de nuestro cuerpo, por muy minúsculas que sean, no tendríamos vida. Cuando falta oxígeno y riego sanguíneo en una zona esta se va necrotizando hasta el punto que el daño es irreparable y entonces debe amputarse, como un mal menor.

El corazón es este músculo recio que tiene que superar en su empuje la fuerza de la gravedad. A lo largo de nuestro cuerpo tenemos más de noventa mil kilómetros de ramificaciones entre venas, arterias y capilares. Imaginemos lo fuerte que ha de ser el corazón para bombear la sangre desde los vasos grandes, como la aorta, hasta los pequeños capilares de la retina. Es impresionante. Cada día, las 24 horas, y durante todos los años de nuestra vida, el corazón no para de latir jamás.

Esta es la asombrosa parte física del funcionamiento del corazón. Sin él no podríamos movernos, caminar, ver, oír, oler. El cerebro no podría pensar ni realizar sus conexiones sinápticas. Por todas partes debe pasar el fluido vital que nos mantiene vivos.

En literatura y en poesía el corazón recoge y expresa las ansias humanas de amor. Es el hogar de las pasiones, así se manifiesta en tantas películas románticas. Cuántas páginas escritas, cuánta tinta vertida para expresar el anhelo más profundo de la persona. El corazón se siente empobrecido si no ama. En cambio, el ser humano se expande cuando su corazón late por otra persona.

El corazón de piedra


Ya en el plano emocional y psicológico, a menudo decimos que tal persona tiene el corazón duro, o de piedra. Suena muy mal, porque es como una contradicción. ¿Cómo puede ser duro un corazón, cuando está concebido para dar vida y amar? Esta expresión puede ir acompañada de otras: albergar odio en el corazón, tener el corazón resentido, o un puñal clavado en el corazón. Son expresiones que oímos cada día. ¿Qué le ha pasado a ese corazón?

Quizás no ha sabido asumir las dificultades de cada día, o algún trauma del pasado, y esto le ha provocado un profundo resentimiento que le ha hecho endurecerse. La autodefensa ante el dolor puede llegar a convertir el corazón en una piedra.

¿Por qué hay tantos corazones heridos? ¿Dónde puede estar la explicación? ¿Por qué dos personas que se han querido se distancian y llegan a no poder verse, acumulando tanto resentimiento? ¿Es posible que el corazón, cuya función es dar vida y ayudar al crecimiento armónico con los demás, deje de realizar su cometido? ¿Dónde está la solución?

Cuando no aceptamos al otro


De la misma manera que hay que educar la mente, también hay que educar los sentimientos. Hablamos de una terapia del corazón.

¿En qué consistiría? Primero, en aceptar que los demás son diferentes. En segundo lugar, es necesario aprender a ser respetuoso, comedido y ecuánime con ellos. Cuántas veces nos enfadamos porque no piensan o actúan como nosotros. Queremos clonarlos y modelarlos según nuestras ideas; queremos que se sometan a la dictadura de nuestro ego. Y si no es así, lanzamos una lluvia de críticas y despropósitos hacia ellos. Como siempre, somos incapaces de racionalizar y empezamos a intoxicar el ambiente, difamando al otro y buscando complicidades en el entorno. Sobre todo, con aquellos que sabemos que tienen alguna dificultad o reparo con esa persona. Como un gas letal, vamos esparciendo críticas para causar el mayor daño posible. Y para ello necesitamos a más gente, para manipularla y jugar con sus sentimientos. Así alimentamos la confusión y bombardeamos la dignidad de aquella persona, llegando al punto de montar historias ficticias que acabamos creyéndonos para justificar nuestros ataques permanentes.

El otro se convierte en enemigo. Todo está en la mente, que distorsiona la realidad y alimenta el odio. Con todo esto, el corazón va languideciendo. Su fuerza se va minando. Los malos pensamientos que se han ido incubando en la mente acaban enfermando el corazón. No sólo hablo del corazón emocional, sino también del corazón biológico.

Estas personas no han aprendido la gran lección de la vida, que es la humildad. Nadie debería ser enemigo sólo porque piensa diferente o hace las cosas de manera diferente. Cuando las ideas e incluso las creencias religiosas pasan por encima de la persona, somos capaces de matar la dignidad del otro. Porque, en realidad, lo que hemos antepuesto a la persona somos nosotros mismos, nuestro criterio y nuestra opinión por encima de todo, incluso por encima de Dios. Lo que no me cuadra, lo que no encaja en mis esquemas, lo desprecio y quiero aniquilarlo.

Terapia del corazón


Muchas veces me pregunto cómo es posible que el corazón, tierno y concebido para el amor, pueda hacer tanto daño. ¿Ha sido un corazón no querido en su infancia? ¿No se le ha educado bien? ¿Se le ha inculcado un deseo enloquecido de ser el centro de todo y el que domina a los demás? Alguien me ha cuestionado la razón última de lo que hago. Me ha molestado, me siento menos… ¿Es esto lo que dispara el odio, como reacción defensiva?

Lo cierto es que tantos sentimientos acumulados pueden amargar la existencia y llenar el corazón de ira, rabia, celos, vanidad y orgullo. Son los ingredientes para reventar este músculo, bello instrumento de la vida y la alegría. Hay corrientes filosóficas y psicológicas que justifican esta pulsión de muerte en la persona. Pero otras afirman lo contrario. El hombre se convierte en un ser pleno cuando se abre y se da a los demás. Cuando descubre que más allá de sus limitaciones es capaz de hacer grandes cosas, de sacar lo mejor que tiene. Porque el deseo más genuino del corazón es abrirse, florecer, darse, amar. Esto es lo que da sentido a la vida del ser humano. Pese a todo, siempre creerá que hay algo dentro de sí mismo, una esperanza infinita que le permitirá aguardar un nuevo amanecer. Podemos pasar noches muy oscuras, pero habrá una energía vital que nos hará creer que la poesía seguirá brotando de nuestro corazón, porque está hecho para emocionarse y maravillarse de la belleza escondida que hay en cada persona. Estamos concebidos para que nuestros corazones latan juntos y puedan componer la mejor sinfonía: la que nos haga sentir que no somos sin los otros.

domingo, 1 de octubre de 2017

Lenguas que hieren

En el proceso evolutivo de la especie humana, cuando aparece el lenguaje articulado el Homo sapiens da un salto cuántico en el desarrollo cerebral. Del ruido brusco al sonido y de los gestos en el rostro y el cuerpo pasamos al ser capaz de comunicarse de una manera fluida, clara, sutil y precisa. De la mímica pasa a una comunicación compleja, capaz de crear obras literarias, filosofar, hacer poesía o expresar conceptos abstractos y matemáticos. El código del lenguaje nos abre a una infinidad de recursos y supone un tremendo avance intelectual. El hombre aprende a expresar y a preguntarse a sí mismo sobre el sentido de la vida. La capacidad de hablar posibilita una mayor comunicación interpersonal y social, generando vínculos más fuertes. El lenguaje sofisticado lanza al hombre a superar la barrera de su estadio primigenio y le hace dar un salto definitivo en su evolución.

Un arma de doble filo


Siendo una herramienta fundamental para su desarrollo, el lenguaje es también un arma de doble filo. Podemos expresar los más bellos deseos y dar una conferencia elocuente, interpelando al otro y provocando emociones de todo tipo. Pero también somos capaces de las peores palabras, insultos cargados de desprecio que pueden aturdir al interlocutor y convertir este medio de comunicación en una máquina demoledora que destruye al otro sin piedad.

Un pequeño músculo como la lengua es capaz de las mayores atrocidades. ¡Cuánto dolor puede provocar! Cuántas palabras vanas salen de nuestras bocas. Cuando dejamos salir lo peor que hay dentro de nosotros, atacamos y manchamos la dignidad de los demás. Incluso somos capaces de construir falsas historias para desvirtuar la realidad o falsear los hechos, para herir más o romper emocionalmente. Las palabras pueden causar daños irreparables…

Pero lo más terrible es que hay quienes parecen disfrutar haciendo daño. Si el lenguaje tiene la función de establecer lazos y una conciencia grupal, cuando lo apartamos del respeto al otro y a sus valores se vuelve loco; es como un gas tóxico que se va liberando para causar el mayor daño posible. Las palabras heridoras pueden matar la dignidad y la alegría del otro. Cuando el lenguaje se separa del amor, de su sentido más genuino, que es construir puentes, estamos aniquilando una parte esencial de nuestra naturaleza humana.

Cómo sanar el lenguaje


Lenguaje y corazón están íntimamente unidos. Lo que decimos siempre tiene que ver con lo que sentimos y vivimos. De lo que está lleno el corazón habla la boca. ¿Cómo recuperar el valor de la palabra que construye? Quizás haciendo una terapia del corazón. Si la persona aprende a aceptar su realidad y la del otro sin caer en resentimientos inútiles; si aprende a perdonar e intentar ver lo mejor del otro, sin enjuiciar ni compararse, estaremos ayudando a que el lenguaje se reeduque y volveremos a crecer juntos. Una cura de humildad y reconocer que no somos mejor ni peor que los demás nos ayudará a establecer una relación donde trabajaremos más en lo que nos une que en lo que nos separa. La diferencia es enriquecedora. Sólo así cada cual podrá aportar lo mejor de sí mismo a los demás.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Respirando con Dios

La noche es gélida y oscura. El frío invita a recogerse antes. El silencio reina a esta hora, el frenesí del día queda muy lejos y el corazón se abre a la calma y al sosiego. Es un clima adecuado para entrar en oración, deslizándose por las entrañas de Dios. 

Entrar en su órbita es abandonarse. La jornada terminó y viene un tiempo largo y denso para volver a la raíz más genuina de la existencia, la fuente que da sentido a lo que eres y haces, la que ensancha el horizonte de tus esperanzas. Un deseo ardiente sale de mi corazón: llegar a la cita a la que él me ha convocado sin demora y allí, desde el silencio más absoluto, iniciar un diálogo que es más que palabras. 

El silencio hace más intensos estos momentos de encuentro trascendido, en la soledad más soledosa. Todo se detiene y sólo él, Dios, resuena en mi alma con fuerza. Una energía divina me envuelve. El Dios sin rostro y callado se vuelve más cercano, está dentro, tan dentro de mí que se hace uno conmigo. Y yo soy uno con él, y esa invisibilidad se vuelve visible en mí. Los dos latimos con un solo corazón, y él se hace tan humano que casi puedo tocarlo. Mis movimientos son los suyos, su silencio es el mío. 

Siento que mi alma se eleva y pasamos un largo rato, cara a cara, sin decirnos nada. El encuentro se hace más denso, como si fuera descubriendo el lenguaje de su presencia, discreta pero a la vez envolvente como si una mano cálida y amorosa me tomara y me subiera más allá y, una vez en su corazón, lo viera palpitante. Cada respiración es un acto de amor.

En ese momento vivo un gozo incesante, un derroche de amor inconmensurable. Él no puede dejar de amar. No es un verbo, es un sustantivo: el Amor es su nombre. Sobrecogido, me dejo mecer en su regazo. Rezar es estar con él, fundirme con él y dejar que él me quiera, acurrucado como un niño en brazos de su padre. Rezar es que su brisa acaricie mi rostro y su calor sea dulce bálsamo. 

Pasa el tiempo sin pasar. Con él no hay prisa, el reloj se detiene, pero no el corazón. Su aliento es música a mis oídos. Tan lejos en la distancia y tan cerca porque lo tengo dentro; tan silencioso y tan expresivo.

Hay más belleza en este encuentro que en un amanecer o en una noche estrellada. Fuego y suavidad, pasión y dulzura se unen. En esta fase de la oración siento que estoy pisando el cielo. Mi corazón late, se ensancha, vibra en sintonía con él. La comunión se hace más intensa; el silencio se vuelve sonoro en una hermosa melodía. Las palabras no salen de mí, no quiero romper ese momento álgido. Siento que le pertenezco: mi cuerpo, mi vida, todo es suyo. Su aliento hace posible mi existencia. Sólo cuando entro en oración con él me doy cuenta de que su mano se convierte en una peana que me sostiene con dulzura infinita. 

Soy porque él me regala la vida. Cada día, con sus 24 horas. Delante de él me expando como si estuviera fuera del tiempo, pero a la vez sigo aquí. Saboreo las delicias de sus manjares en este momento de intimidad personal. Cada vez que me adentro más en él mi corazón estalla y siento un oleaje lleno de gracia. Mi finitud se junta con su infinitud, como el mar con el horizonte. Sumergido en su infinitud, por un lado me siento desbordado y, por otro, deseo otear la cumbre de su corazón. Me siento como escalando el pico de una montaña. Estoy rozando la inmensidad de su ser. La claridad de su luz hace que esta noche que me rodea ya sea día, y que el frío se convierta en brisa cálida de primavera. Como en una atalaya en medio de la inmensidad de la naturaleza todo lo veo pequeño y grande a la vez; por un lado, me siento insignificante, pero por otro lado me siento formando parte de él, como si lo finito dejara de tener límites.

Saboreo la infinitud en mí mismo como si Dios me sacara del tiempo y del espacio, más allá de la materia y la energía, en un salto cuántico que me hace sentir y oler el perfume de la divinidad. Aspiro la fragancia de la eternidad.

Tras un tiempo en oración y calma sostenida, voy haciendo el camino de vuelta hacia mí mismo, hacia mi realidad humana, aquí y ahora. Noto la resistencia del retroceso, como si hubiera un desgaste al cruzar la atmósfera y ubicarme de nuevo en mis coordenadas. Aterrizo con la sensación de que he viajado por un agujero negro en medio del espacio. Pero en realidad la oración no es otra cosa que viajar hacia las constelaciones divinas, donde Dios no es materia inerte ni el conjunto de todo el espacio. Es más bien un enorme corazón, más grande que todo el universo con sus galaxias. Sus destellos son chispas de amor que iluminan el cosmos. Lo milagroso es que ese viaje se realiza sin moverse de lugar. Basta deslizarse hacia tu amado en un viaje infinito y corto a la vez, porque Dios no sólo está en las alturas, sino a tu lado, y en lo más interior de ti mismo.