domingo, 9 de julio de 2017

La cárcel del yo

Hablando con mucha gente he llegado a comprobar que la palabra que más se repite en sus conversaciones es “yo”. Yo, yo, yo, de manera insistente. El yo convertido en un Yo en mayúscula expresa el egocentrismo de tantas y tantas personas con las que he tenido ocasión de hablar. Son de diferentes extractos sociales, tanto cultural como intelectual y económico. Expresiones como “yo digo”, “yo pienso”, “yo hago”, “yo tengo” se repiten en su discurso. Adivino, en estas frases, la tiranía del yo que gobierna sus vidas.

Cuando el yo ocupa el centro del diálogo, de manera reiterativa, estamos hablando de idolatría: el culto a uno mismo. Cuando el tú y el nosotros escasean o no aparecen, estamos delante de una soledad enfermiza e individualista. Cuando el centro de la vida es uno mismo, se inicia un proceso de deterioro psíquico y espiritual.

Son personas que viven instaladas en el narcisismo y en la autocomplacencia, que lentamente van endureciendo su corazón. Viven para sí mismas, se convierten en su propio producto de consumo y viven todas las relaciones con su entorno en función de sus intereses. Poco a poco, se van desconectando de la realidad y de las personas que les rodean. Se convierten en monarcas de sí mismos, sólo importa su existencia y los demás son parte del paisaje, algo residual, un decorado, un banco o un árbol en la acera por donde pasan. Como inevitablemente necesitan de los demás, sus relaciones se reducen a la pura supervivencia, al trato mínimo que no pueden evitar. Pero son relaciones vacías, sin vínculos afectivos, interesadas y mercantilistas.

Cuando se llega aquí, la situación es cada vez más grave porque no se puede negar la dimensión social del ser humano. Ante las barreras psicológicas, la persona encerrada en sí misma buscará paliativos virtuales, gastronómicos o lúdicos para resolver de alguna manera su aislamiento y compensar las carencias emocionales y afectivas. Todo lo compra: autoimagen, personas, estatus, sexo. Vive una doble realidad: lo que es realmente y aquello en lo que se está convirtiendo. El grado de patología llega a ser tan alto que no soporta la vida tal como es.

Quien vive desconectado convierte su hogar o su vida en una cárcel de sí mismo, en una muralla infranqueable. Cuando los demás ya no significan nada para él, cuando los otros molestan, el núcleo de su existencia se va apagando. Porque, aunque no quiera salir de sí mismo, en el fondo de su alma llega a ser consciente de que la soledad como huida no es la solución.

La soledad, que podría ser un espacio de crecimiento, se convierte para estas personas en una vía de escape que las margina cada vez más del resto de la humanidad y que va deteriorando su personalidad.

Son muchas las personas que, quizás sin saberlo, han convertido su vida en una prisión de sí mismos. Viven entre los barrotes del yo porque no han sabido, quizás, digerir situaciones dolorosas, enfermedades, rupturas emocionales, pérdidas laborales o profesionales, crisis o fracasos. Algunas han comenzado ese encierro al fallecer un ser querido. Deciden entonces culpar a los demás, a la familia, a la sociedad, a la suerte… escondiendo la cabeza ante los hechos, porque respirar la realidad resulta demasiado exigente. Es más fácil encerrarse en su mundo que salir de uno mismo. Cuando miras a estas personas a los ojos descubres un terrible abismo. Aunque dicen que hacen lo que quieren, porque lo tienen todo y nadie les pone límites, se están enfrentando al peor de los fantasmas: el vacío. Su carácter se vuelve bipolar, inestable, colérico. Se sumen en constantes contradicciones, les falta armonía y esto se refleja en sus rostros. Pueden aparentar una momentánea satisfacción y tranquilidad, pero de pronto estallan y se convierten en un auténtico huracán. Es entonces cuando la pérdida de su identidad se manifiesta en toda su violencia.

Necesitan vivir en una burbuja, en una atmósfera de autocomplacencia. La brisa de la realidad las dispara y no pueden controlarse. Su aparente normalidad social es un disfraz para tapar su carencia, porque tienen que sobrevivir y aparentar que son alguien. Pero detrás esconden miedos, inseguridad e incapacidad para afrontar cara a cara lo que viven y lo que les ha pasado. En vez de reflexionar, meditar y buscar el silencio que les permitiría ver claro, prefieren una soledad vivida como aislamiento. Es una estrategia defensiva para proteger su fragilidad extrema.

¿Cómo es posible liberarse y salir de esta prisión del egocentrismo? Armándose de coraje y aceptando con humildad lo que ocurre.

El contacto con la realidad, aunque hiera y duela, ayuda a salir adelante. Aunque emocionalmente estés destrozado, aceptar las cosas como son te hace madurar como persona. El silencio y la soledad, cuando aprendes a aceptar tu vida y tus circunstancias, te ayudan a sacar lo mejor de ti mismo. Conviertes la experiencia en una gran lección y una oportunidad para crecer. Cuando uno es capaz de enfrentarse al fantasma más terrible, se da cuenta de que no puede luchar contra él, porque ese monstruo no existe, está sólo en su imaginación. Lo único que hay es uno mismo, simplemente, y una realidad que hay que abrazar tal y como es, aprendiendo de ella por doloroso que sea.

domingo, 25 de junio de 2017

Lluvia dorada

Estos días luminosos el sol baña todo el patio parroquial. El cielo es de un intenso azul y los rayos cenitales acarician las expansivas ramas de la morera. Enfrente de ella, en el otro lado del patio, las acacias alargan sus ramas. Como si la morera y las acacias quisieran unir sus manos para cubrir con su sombra todo el patio.

Pese al calor pegajoso, la brisa que corre bajo las ramas hace más refrescante este espacio y lo convierte en lugar para reposo y diálogo de muchas personas que pasan por el recinto. Si la morera había sido inspiradora, ahora es el conjunto de los árboles el que embellece este lugar de paz.

Suelo madrugar antes de que salga el sol. Durante esta semana, en el tibio silencio matinal, el patio ha amanecido cada día cubierto de una alfombra dorada. Mis pies pisan el oro caído de estos árboles africanos, miles de flores que visten el patio de un color otoñal. El verano y el otoño se abrazan en el patio. Las hojas verdes de la morera y el amarillo intenso de las flores de las acacias tiñen el espacio de un color festivo que hace maravilloso el arranque del nuevo día.

Y me pregunto. Así como la morera se queda completamente desnuda en invierno, dando una imagen de indigencia desolada con sus delgadas ramas a merced del frío y del viento, las acacias tienen otro ritmo. Nunca se quedan sin hojas. En la primavera se secan un poco y adquieren un color grisáceo, pero nunca llegan a quedarse desnudas. En sus ramas anidan las pegas, que me despiertan a las seis de la mañana con sus graznidos. Más tarde, el trinar melodioso del mirlo se convierte en música que me invita a levantarme agradeciendo el nuevo día. Cada día disfruto de un trozo de naturaleza y de un auténtico concierto para los sentidos. Así como al ocaso el ritmo vital desciende para adentrarse en la inmensidad de la noche, al amanecer el día despierta con brío. Ni la noche ni el día son jamás iguales. Danzan en el cielo la luna y las estrellas, y el rumor entre las hojas de los árboles canta diferente cada día. Esos cánticos son un regalo de la creación que, como decía el papa Francisco, todos hemos de custodiar.

Si en el reino vegetal ya se da tal variedad de formas y colores y cada árbol tiene sus ciclos, pienso que también cada persona tiene su ritmo, y este se da de una manera natural y en función de sus momentos vitales. No todos somos iguales. Cuando unos caen otros se levantan, y aunque pueda parecer un contrasentido, esto forma parte del crecimiento humano y de nuestro propósito vital. Hay vida en la desnudez invernal de la morera, aunque sea latente, en su fragilidad. Y hay vida en las acacias que se desprenden de sus flores, alfombrando el suelo de color. Mientras la morera crece en primavera, las acacias sueltan sus hojas. Cuando la morera reposa, las acacias crecen más hacia arriba, como si quisieran tocar el cielo con sus ramas. Toda realidad es bella. Sea cual sea, siempre nos está aleccionando y cada día nos dice algo nuevo si somos capaces de parar y escuchar.

La morera y las acacias están creando una bóveda natural sobre el patio. Sólo faltan unos pocos metros para que sus ramas se toquen y puedan cubrir todo el espacio con su sombra refrescante. Es algo mágico: brazos que se abren para acoger, con dulzura protectora, creando un hábitat donde las personas podemos encontrarnos, convivir y fortalecer nuestros vínculos con los demás.

domingo, 4 de junio de 2017

¿Espejismos o sueños?

Una vida con sentido


El ser humano alberga, en lo más profundo de su corazón, metas muy altas. No concibe su vida sin un sueño, una meta, algo que le haga sentirse vivo. Todo lo que hace gira entorno a aquello que constituye la esencia de su vida. Ha nacido para dar un sentido pleno a su existencia.

Este deseo le sobrepasa. En su lucha incesante por culminar su propósito llega a hacer lo imposible para alcanzarlo. La busca de nuevos horizontes forma parte de su identidad más genuina y no cejará hasta llegar a la cumbre de su vida. La creatividad se le dispara, los sueños son posibles, la esperanza no se apaga, sus fuerzas son inquebrantables. Su ilusión no se agota. Su deseo es saber, aprender, hacer; forma parte de esas ansias de infinitud. Ante la inmensidad del ser se desliza como un surfista bailando con las aguas del océano. La tenacidad lo lleva más allá: sentirse casi como un dios le ayuda a trascender sus propios límites. Tocar con los dedos la cima le hace libre y protagonista de su propia historia. Se siente plenamente realizado.

A todos aquellos que lo logran, ¡felicidades! Porque habéis ido más allá de vuestras capacidades y habéis sabido gestionar vuestro potencial. Nunca os habéis rendido ante ningún obstáculo, sabiendo que, aunque pueda producir desgaste, la lucha forma parte de las etapas de crecimiento hasta alcanzar la meta.

Sueños ajenos


Si llegar a la cumbre es una auténtica osadía, es una osadía aún mayor tener la humildad de retirarse cuando esa meta, por muy bella que parezca, se hace inalcanzable. Se requiere la misma gallardía para saber ganar que para saber perder. Estamos en una sociedad que nos ofrece grandes sueños, grandes objetivos, metas impresionantes. Y tenemos que plantearnos si realmente estas son nuestras metas o responden a una cuidada estrategia de marketing. Los vendedores de sueños abundan, y debemos preguntarnos si las grandes panaceas de la vida que nos quieren vender son realmente lo que tenemos que hacer y por lo que tenemos que luchar.

A diario hablo con muchas personas y me doy cuenta de que, en realidad, lo que persiguen no son sus sueños, sino los sueños de otras personas, grupos o empresas que les prometen la libertad. Lo hacen de tal modo que, vendiéndoles sueños las esclavizan y quedan como abducidas, poseídas y fagotizadas. Esos sueños las apartan de la realidad, pero ellas siguen fieles y pelean como jabatas por una causa ajena que hacen suya. Los sueños ajenos son adictivos y absorben la mente y la voluntad, hasta tal punto que las víctimas de esta atracción caen en un lento suicidio psicológico. Les falta tiempo, recursos, paz y descanso. Sus relaciones se ven condicionadas, dejan de ser sinceras y se vuelven interesadas. Se alimentan de las palabras talismán y las frases que las mantienen en su empeño: tú puedes, todo está en ti, el universo está de tu parte, eres como Dios, todo lo puedes alcanzar. El sobreestímulo emocional y psicológico, a través de toda clase de medios y mensajes, las envuelve como un gas tóxico y aletargante, con el fin de elevar su autoestima y provocar una euforia artificial.

Pero el precio de esta seducción, de esta venta de sueños, es muy alto. La persona arrastrada por sueños ajenos se violenta cuando alguien la hace reflexionar sobre su situación o la invita a cuestionarse estos sueños y su adicción psicológica. Se resiste a ver las cosas desde otra perspectiva. Como actúa en función de su visión subjetiva, los choques con la vida real son cada vez más frecuentes.

Hay una especie de talibanismo en el mundo comercial y mediático, también en algunos movimientos políticos y espirituales. Se trata de un fanatismo que disfraza la esclavitud empleando un lenguaje seudo-religioso e incluso haciendo referencia a textos bíblicos con el objetivo de lograr una mayor penetración psicológica. Grandes gurús utilizan un lenguaje místico para reforzar sus objetivos y seguir vendiendo sueños a costa de una riada de víctimas que no sólo no consiguen sus metas, sino que caen en las redes de una estrategia comercial tan bien montada que son incapaces de reflexionar, poner distancia y salir de la trampa.

El sueño las hace sentirse grandes y heroicas, la realidad es que son vidas desesperadas, perdidas en un laberinto de palabras bellas, pero huecas y vacías de sentido. Por eso hemos de distinguir entre espejismo y sueño real.

Cómo discernir


Se necesita clarividencia para distinguir entre lo real y la fabulación; se necesita fuerza para conseguir una meta real y alcanzable, pero también para saber cambiar y redescubrir una nueva meta.
Apuntaría varios aspectos para discernir si lo que estamos haciendo es lo correcto para nuestra vida.
Primero, ¿estoy totalmente convencido? ¿Lo he pensado bien? ¿He sopesado con calma y tiempo suficiente lo bueno y lo malo de esta opción?

En segundo lugar, ¿siento paz? No sólo alegría, que ya está bien pero que puede ser una emoción pasajera o la euforia de un momento. ¿Me siento sereno por dentro?

Mis relaciones, ¿se ven afectadas por lo que he decidido? ¿De qué manera? ¿Me acerca  a los demás o me aparta de ellos? ¿Me pide mucho tiempo, de modo que sólo vivo para esto? ¿No sé hablar de otra cosa que lo que estoy haciendo? ¿Repito una tras otra vez el mismo discurso, hasta agotar a los que me rodean? ¿Me molesto cuando los demás me critican y cuestionan mi manera de hacer? ¿Rompo alguna relación por este motivo? ¿Alejo de mí a los que no están “conmigo” o quiero convencerlos con mi discurso insistente?

Mi vida privada más allá del trabajo y del sueño, ¿cómo está? ¿Cómo vivo fuera del sueño? ¿Cuál es mi realidad personal, familiar, con mis amigos? ¿Cuánto tiempo estoy dedicando a trabajar por este sueño?

¿Me encallo en los objetivos que deseo alcanzar? ¿Soy capaz de poner distancia, sólo por unos instantes, y mirarme ante el espejo sin miedo?

¿Soy capaz de hacerme la gran pregunta que produce vértigo? ¿Es realmente esto lo que tengo que hacer?

Nos da pánico ahondar y detenernos ante nuestra mirada en el espejo. Sí, nos da un miedo terrible mirarnos al alma y preguntarnos: ¿es un sueño o es una fabulación? ¿Es mi sueño o es el sueño de otros, que han inoculado en mi corazón? ¿Es algo real o estoy viviendo una fantasía?

El coraje de cambiar


¡Cuánta soledad maquillada con sueños de colores! Si antes felicitaba a quienes consiguen lo que se proponen, también felicito a los que tienen el coraje, las agallas y la honestidad de salir de un camino que les promete un paraíso ficticio, de renunciar al brillo falso de un sueño que no es su sueño, sino un espejismo que los aparta de la realidad, de los demás y de sí mismos.

La adicción a los falsos sueños está muy extendida y refleja la desesperación y el vacío de muchas personas que se aferran a estas quimeras. La visión irreal se convierte en meta y da sentido a sus vidas, pero están corriendo sobre un terreno deslizante, hacia el abismo.

Se necesita humildad y coraje. Humildad para dejarse ayudar. Coraje para atreverse a cambiar de rumbo. Y para ello es necesario algo que nuestra sociedad y los vendedores de sueño no nos quieren permitir: tiempo y silencio.

El frenesí activista ahoga el pensamiento y mata el silencio. Quien nunca para no puede pensar. Y quien no puede pensar no es libre para discernir y decidir. Por eso la sociedad nos invade con mil ofertas que nos distraen y los vendedores de humo nos empujan a no parar jamás: hay que hacer, hacer, y hacer.

Buscar tiempo para hacer silencio, parar, reflexionar, sincerarse con uno mismo, es necesario. En el silencio encontraremos claridad, paz y humildad. Porque, de la misma manera que hay vendedores de sueños que te arrastran hacia el abismo, también hay manos amigas que quieren rescatarte o, al menos, sostenerte para que vuelvas a ser tú mismo y recuperes el camino hacia la realidad, hacia la vida, hacia ti.

domingo, 14 de mayo de 2017

Vidas vacías

Tocar tan de cerca la realidad humana añade valor y riqueza a la vida. Conocer en profundidad al hombre, sus inquietudes y esperanzas, abre el horizonte. Pero este aprendizaje también produce cierto dolor. Sentir el vacío existencial de tantas personas me acerca a su vulnerabilidad y me empuja a ahondar en ella.

Críticas para tapar el vacío


Una forma de afrontar este vacío tan hondo es generar crítica. Aceptar la realidad produce tanto vértigo que mucha gente necesita ahogar este sentimiento llenándose de las vidas ajenas. Quieren enterarse de todo, se meten en los asuntos de los demás, critican y esparecen rumores: se convierten en profesionales del «correveidile», llegando a distorsionar totalmente la vida de las personas criticadas, con la intención de manchar su dignidad.

Pero lo más asombroso es que alrededor de estas personas se crean verdaderos círculos de opinión. Lejísimos de la verdad, captan con actitudes sutiles a numerosos adeptos que se suman a ellas y contribuyen a esparcir las oscuras mentiras que difunden.

La finalidad de estos grupos, ya se reúnan en plazas y bares, ya se comuniquen por llamadas en cadena o por Internet, no es cultivar la amistad ni fortalecer los vínculos. A sus promotores no les interesan unas relaciones interpersonales profundas y sinceras, sino atraer a más gente que alimente su necesidad de criticar y ganar protagonismo. Muchas veces  se valen de personas desencantadas de la vida, o que viven sometidas a situaciones de soledad o angustia; personas que quizás sólo viven para sí mismas, acumulando tanta rabia y envidia que no controlan su empeño enfermizo de agredir a los demás.

Una patología social


Estremece ver y sentir la maldad que puede anidar en el corazón de ciertas personas. Cuántos sufren, por su causa, y ven su dignidad injustamente atacada.

La crítica como paliativo del vacío existencial podría considerarse una patología social con consecuencias nefastas, tanto para el que critica como para el que es criticado. Es una enfermedad letal y contagiosa que va minando sus vidas y puede tener enormes repercusiones a nivel social. Ciertos programas de televisión se basan justamente en esto: de manera injuriosa van ensuciando la imagen y la fama de las personas que caen víctimas de los criticones de turno sobre el plató. En nuestro día a día asistimos a escenarios similares: criticamos al vecino que no nos gusta, al familiar que no aceptamos o al compañero de trabajo que nos cae mal. Y a menudo jugamos con doble cara, sonriendo por delante y preparando la taladradora por detrás.

Muchas personas pasan la vida utilizando sus lenguas para guillotinar y despedazar al otro, sin ningún tipo de remordimiento. Lo más grave es que estos asesinos psicológicos, que no llegan a matar físicamente, moralmente lo intentan, queriendo destrozar la vida de los demás.

Posibles causas


¿Qué hay detrás de esta psicopatía social? Un terrible sentimiento de vacío y una necesidad constante de venganza. ¿Contra quién? Alguien tiene que ser culpable y pagar por todo lo malo que les sucede.

¿Cuál es el origen de esta actitud? Quizás una experiencia infantil mal vivida, falta de afecto, un rechazo por ser como son, o un fracaso que no han resuelto. Quizás una falta de referentes o valores morales, una educación insuficiente o con modelos patológicos ya en su familia. Puede haber un desdibujamiento de la autoridad de los padres, una exigencia poco controlada, con excesivo rigor y manipulación de los hijos, o al revés, una educación demasiado laxa por falta de tiempo de los padres para educar a sus hijos. También puede deberse a un temperamento conflictivo, o a una falta de empatía con la gente, al poco diálogo interpersonal y una incapacidad de adaptarse socialmente. Lo cierto es que, aunque no lo parezca, una persona tan vulnerable puede llegar a contener mucho odio dentro de sí. Ha aprendido a sobrevivir y a rodearse de un núcleo de gente similar, con experiencias parecidas de frustración y resentimiento acumulado.

El odio encerrado se convierte en un gas letal que la persona va liberando en función de su rabia y de los contratiempos que sufra. No lo puede contener. Y al mismo tiempo este envenenamiento se convierte en adicción permanente: la persona adicta siempre buscará un objetivo, alguien que no le caiga bien, para poder liberar su cólera.

La educación, antídoto


¿Cuál puede ser el antídoto para esta patología? Ni siquiera los psicólogos tienen una terapia eficaz, porque una vida vacía de sentido sólo se puede arreglar aceptando que uno es así, fruto de unas circunstancias que pueden ser muy duras.

Una educación correcta puede dar las herramientas adecuadas para que la persona aprenda a afrontar no sólo lo que pasa en el mundo, sino lo que sucede en su alma. El abordaje debe hacerse no sólo desde la psicología, sino desde la pedagogía, la filosofía y la moral. Todas estas disciplinas deben ayudar a que la persona abrace su realidad existencial, aceptándola y asumiéndola. A partir de aquí, con humildad y con ayuda de alguien, será preciso tomar medidas y acciones prácticas en la vida cotidiana para revertir la actitud destructiva e ir incorporando valores en el día a día.

Maestros, psicólogos, filósofos y teólogos tienen ante sí una gran tarea: elaborar líneas maestras de educación que ayuden a la persona a sacar afuera sus talentos y todo lo que es, facilitando un buen desarrollo de su potencialidad y ayudándola a crecer y a florecer para que sepa dar lo mejor de sí misma.

De esta manera podrá disfrutar de una vida plena sin necesidad de vivir a expensas de la vida de los demás. Sólo así será feliz y hará que la vida de los demás también sea más feliz.

sábado, 22 de abril de 2017

Un abrazo sanador

En los diferentes encuentros que tengo a lo largo de la semana, sobre todo con personas que necesitan apoyo, consejo y acogida, me doy cuenta y percibo tantas y tantas heridas que quiebran su corazón. Leo en sus ojos una profunda soledad. Se sienten frágiles, incomprendidas y a menudo perdidas. Buscan una palabra amable, una acogida cordial y una atención exquisita.

Cuántas personas viven la peor de las pobrezas, que es la falta de afecto, y buscan un apretón de manos, una mirada cálida, unas palabras que alivien su ansiedad. En el fondo, sólo buscan un poco de dulzura. La dureza de la vida las ha llevado a un profundo vacío interior y viven desoladas porque han perdido sus referencias y sus motivos para vivir. Se convierten en mendigos existenciales que reclaman la limosna de la ternura. Han perdido su autoestima y están a punto de perder su propia identidad como personas humanas. Cuando son tan vulnerables pierden algo consustancial al sentido más hondo de su vida y de su historia: su capacidad de tomar decisiones libres. Esto puede diezmar su dignidad y hacerles caer en la indigencia emocional.

¿Cómo ayudar a estas personas que buscan respuestas ante su deprimente situación? Muchas de ellas no son pobres económicamente, pero sí emocional y espiritualmente, y buscan salida a su laberinto existencial. Ante el abismo sienten terror. Les angustia el presente, lleno de contradicciones. Han llegado a una situación límite y no saben qué hacer con sus vidas.

Es verdad que existen muchas alternativas y tratamientos psicológicos. Hoy asistimos a un boom de terapias que se presentan como la panacea a estos problemas del alma. También hay ramas de la ciencia médica que ayudan o pueden ayudar, pero no siempre son suficientes. Si no se establece una conexión con la persona que tienes delante es difícil poder ayudarla.

La prisa es anti-terapéutica. El facultativo sufre otra terrible enfermedad: la falta de tiempo por culpa de una mala organización o por pocos recursos, pero también por un desconocimiento de la persona. Sin una mirada sosegada al enfermo no se puede curar. Un entorno cálido y apacible, con tiempo para poder escuchar al paciente, ya es medicina preventiva. No damos importancia a estos aspectos cuando son justamente los que constituyen la base de la psicología humana. Muchos médicos se van por las ramas con tecnicismos sobre patologías, pero son incapaces de mirar al paciente a los ojos, pendientes del reloj. A veces tampoco hace falta hablar mucho. La mirada, la postura y el tono de voz ya pueden ser suficientes para hacer un primer diagnóstico. Detrás de una voz o de unos ojos, muchas veces se esconde un corazón roto que ha somatizado su herida en el cuerpo.

Los sacerdotes tenemos un desafío similar al de los médicos con las personas que vienen buscando consejo. En nuestro despacho nos encontramos con personas que sufren enfermedades, no sólo físicas, sino emocionales y espirituales. Muchas veces, después del encuentro que hemos mantenido, han tenido la libertad de pedirme una «medicina», como dicen algunos.

La semana pasada una señora me pidió: «¿Le puedo dar un abrazo?». Claro, le dije. Y recordé que Jesús también bendijo, abrazó y se dejó abrazar. La Iglesia es una madre, ¿y qué madre no abraza a sus hijos? Y más cuando los ve tan desvalidos.

No hay sanación física si no hay sanación emocional y espiritual. Y la gente tiene hambre de abrazos y de afecto. La patología más profunda, muchas veces, es la falta de amor. Cuando alguien pide un abrazo está reclamando ternura en su dolor y no lo pide porque esté ante un médico, un psicólogo o un sacerdote, sino porque ha visto una persona capaz de escuchar y se ha sentido bien. Se ha atrevido a hacer esta demanda de calor sincero, porque aquel terapeuta, médico o sacerdote, ha ido más allá de su función y se ha convertido en un sanador del alma. Cuando se llega al alma, se puede sanar todo, aunque no siempre se cure todo.

El amor devuelve el sentido de la vida. Un abrazo sincero se convierte en la terapia de las terapias. Un abrazo está expresando la potencia regeneradora del amor. Un abrazo apaga la sed de la aridez interior; un abrazo puede convertir un día lleno de nubes en una jornada de sol; un abrazo puede deshacer el hielo del corazón; un abrazo te hace mirar más allá de tus límites y puede convertir la amargura en gozo y alegría. Un abrazo sana la totalidad de la persona y te ayuda a descubrir la riqueza que hay en ti. Un abrazo te hará sentir vivo y recuperar tu capacidad de amar y abrazar a otros para que también, a su vez, puedan sanar.

Sanando a los demás se sana uno mismo, aunque esto suponga afrontar retos nuevos cada día. Porque sanar, en definitiva, es una forma de amar.

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Leer "El poder sanador de un abrazo":

viernes, 31 de marzo de 2017

A caballo del tiempo

En el patio, de buena mañana, contemplo las primeras hojas que empiezan a brotar tímidamente en la morera. Sólo hace un mes la veía desnuda, con las ramas aparentemente sin vida, sumida en el letargo invernal. Su frágil desnudez me producía una doble sensación, de ternura al verla tan desvalida, y a la vez de inquietud. ¿Podrá resistir un invierno más? Pero bajo su apariencia escuálida hay una vida latente que no muere. Sus ramas secas han vuelto a estallar con todas sus fuerzas, cubriéndose de verdor. La savia corre con fuerza bajo la áspera corteza, traspasando la contención propia del tiempo que le marca su ciclo vital.

La miro y mi mente galopa por el tiempo. Pasan los días, los meses y los años, a veces rápido, a veces lentamente. Otras veces el tiempo se desliza a un ritmo en el que puedo contemplar con paz mi pasado, saborear mi presente y atreverme a soñar en el futuro.

Pero sea cual sea el momento, cuando recuerdo una experiencia sublime, cuando la vivo ahora o cuando la espero en el futuro, mi corazón se expande. Siento que late y seguirá latiendo hasta llegar a traspasar el tiempo físico.

Ese corazón que late no sólo bombea sangre, sino que da sentido a la vida. Sólo desde él se puede amar, crecer, enamorarse de la belleza y la vida que hay alrededor. El bombeo del corazón alimenta con el fluido vital las células del cuerpo y marca también el ritmo de los anhelos, las esperanzas, el deseo de trascendencia, de amor.

El tiempo es un don que el Creador nos ha dado para el deleite de nuestra existencia. Con el tiempo que se le ha dado el hombre florece y hace de su vida un jardín, un espacio sagrado donde habitar con lo divino.

Contemplando las hojas de la morera, que van creciendo día a día, me doy cuenta de que el ciclo de los árboles en el bosque siempre se repite con el paso de las estaciones: del letargo al estallido de vida, es un ciclo cerrado. Cuando pasamos a los ciclos vitales del ser humano todo cobra otra dimensión: nacemos y morimos, pero dentro de esta dinámica el hombre nunca muere del todo cuando envejece o cuando le llega el otoño de la vida.

El otro día estuve con una amiga a quien hace más de veinte años que no veía. Ella me acompañó en los inicios de mi recorrido vocacional y sacerdotal. El encuentro fue en el patio, bajo la morera, y estuvo lleno de alegría: nos une la bella vocación de servir a la Iglesia. Ella es una mujer madura, espiritual, con una hermosa misión en Chile: ofrecer sorbos de silencio en una sencilla ermita en medio del desierto de Atacama. Dedica su tiempo para que muchos otros puedan descubrir el tesoro del tiempo. Se ha convertido en creadora y maestra de esos espacios vitales que ayudan a descubrir la vocación más genuina de cada persona: crecer en Dios. Hermosa misión que me recuerda que, aunque viva en medio del asfalto, mi corazón también es un jardín o un desierto interior donde puedo descubrir, cada día, el sentido profundo de mi vocación.

Han pasado veinte años y, aunque su rostro ha envejecido, sus ojos permanecen jóvenes. Su mirada es la misma y su sonrisa, discreta y amable, no ha perdido la luz con el paso del tiempo. Es más, su elegancia espiritual la ha rejuvenecido en su madurez. Su presencia transmite una paz inmensa, la paz del que ha sabido dar un sí a Dios. Él la llevó al desierto para hacer de ella una contemplativa fiel y firme en su vocación. Allí ha echado raíces, porque hasta en los lugares más estériles el silencio se convierte en arroyo serpenteante que fecunda las arenas más áridas.

Este encuentro bajo la morera vigorizó nuestra amistad. Una cartujana del desierto bajo la morera reverdecida en la mañana primaveral. Ambos recordamos el origen de nuestra vocación. Este encuentro me llenó de gratitud.

El silencio detiene el tiempo y nos permite sentir que estamos vivos. Necesitamos tiempo de silencio para hacer fecundo nuestro corazón y, desde nuestra pequeñez, abrazar la inmensidad de nuestro propio misterio. 

Hay un ritmo en la naturaleza, hay un ritmo del alma. El primero se sucede en ciclos que cabalgan en el tiempo; el segundo salta más allá del tiempo. Cuando amas y tienes claro tu propósito vital no envejeces, porque tus células reciben la señal de una vida plena más allá de la muerte. La vida de Dios traspasa la inmanencia de la vida mortal para empezar a vivir, ya aquí y ahora, el regalo de la eternidad. 

lunes, 27 de febrero de 2017

Una sinfonía al Creador

La apacible noche se va disipando. El cielo empieza a clarear con un hermoso azul, la luna va palideciendo y las sombras de los árboles sobre los edificios desaparecen.

Todo es bello y silencioso. Mi corazón está sosegado. La noche se retira y empieza el día. Contemplo mi querido patio iluminado por los primeros rayos del sol, proyectados sobre el Edificio de las Aguas, que resaltan la belleza de sus paredes rojizas. Son las siete y media de la mañana y, de pronto, comienza un gran concierto matinal. El silbido del mirlo desgrana su melodía como una flauta maravillosa. Las gaviotas surcan el cielo en grandes círculos. Entre las ramas se oye el murmullo de las palomas y el parloteo de las cotorras, con el trinar de algunos jilgueros. Cada pájaro con su música diferente se une a esta variada armonía, que sube en intensidad a medida que avanza la mañana. Algunos saltan de una acacia a otra, y otros revolotean en las copas de los árboles. Asisto a la sinfonía del inicio del nuevo día. Bajo el cielo sereno, el sol, los árboles y esta música mi corazón se ensancha. Pienso que las aves expresan el dinamismo de una creación regalada al hombre para que pueda deleitarse en ella, con los cinco sentidos. Veo la mano amorosa de un Dios que hizo el universo y se recreó en la naturaleza para, finalmente, poner al hombre en medio y permitirle disfrutar y saborear tanta belleza.

Mis ojos se detienen en la morera. Si todo expresa júbilo en el estallido matinal, la morera, en cambio, permanece silenciosa. Su robusto tronco agrietado por el paso del tiempo contrasta con las ramas de su copa, como delgados brazos apuntando hacia el cielo. La morera está inmersa en un profundo letargo, desnuda, a merced del frío y la humedad que congela sus raíces. En medio del patio donde resuenan los trinos de las aves, que cantan con toda su fuerza, desprende una sensación de abandono y fragilidad.

Veo el contraste entre las acacias verdes, que bullen de vida, y la recia y desnuda morera, con su tronco y sus ramas vacías, que se extienden como una telaraña de huesos secos. Contemplo una primavera que se avanza junto al invierno que persiste en un árbol majestuoso. Como un indigente, espera que los rayos de sol bañen también su copa. Luz y oscuridad, vida y muerte, alegría y tristeza, cántico y duelo se entrelazan en el patio, formando un hermoso tapiz.

Todo en la vida es cambio; una sucesión de dolor y alegría, explosión y recogimiento, vacío y plenitud, soledad y compañía. Y pienso que todo es bello y todo lo que parece muerto llegará a resucitar algún día, como la morera que despertará en primavera y se cubrirá de verdor en verano.

También las personas pasamos momentos en que vivimos esta doble realidad.  A pesar de sentir nuestra indigencia existencial, porque nos sentimos muy limitados, poseemos una fuerza insólita que surge en nuestro interior y que nos hace capaces de las mayores proezas. Hay días en que queremos vivir a tope, con ilusión y ganas. Nuestro corazón canta y desplegamos lo mejor de nosotros. Pero también hay días en que sentimos el peso de nuestras ramas secas y la fuerza duerme en nuestro interior. Es entonces cuando hemos de aprender a convivir con aquello que nos hace vibrar y con aquello que todavía tiene que  despertar. Al final, todo sigue su ciclo. Tras el invierno vendrá la primavera, que ya está a punto de llegar; volveremos a desperezarnos y levantaremos nuestros tallos para que vuelvan a llenarse de hojas verdes y puedan dar sombra a los que huyen del calor devastador, bajo la brisa de sus ramas.

El ser humano tiene etapas y momentos estacionales. Saberlo y aprender de esta realidad es la manera de reconocerse tal como es. Hay tanta belleza en una lágrima resbalando por la mejilla como en una sonrisa; es tan hermoso un árbol frondoso y verde como el árbol desnudo que evoca una extraña ternura. Un día gris es tan bello como un día soleado: todos son regalo. No importa que el sol no salga tras las nubes. Lo importante es que, aunque haya tormenta, el sol salga por el horizonte de tu corazón. La belleza es más que un impacto estético; es darme cuenta de que todo lo que existe, por limitado que sea, tiene el sello del Creador que me regala esta sinfonía musical y que ha hecho posible que, hoy, mi corazón eleve un cántico de alabanza.