domingo, 22 de enero de 2017

Resistiéndonos a la verdad


Dobles vidas



Hablando con mucha gente, en largas y densas conversaciones, llegas a conocer en profundidad el corazón humano. Poco a poco vas descubriendo, tras las palabras, un desdoblamiento de la personalidad: la que aparenta de cara afuera y la que vive de cara adentro.

A menudo nos da miedo reconocer la propia realidad, porque, si llegamos a sincerarnos con nosotros mismos, quizás descubramos que nuestra vida interior es muy mezquina y mediocre. Por eso, cuando explicamos algo o nos mostramos ante los demás intentamos dar una imagen exterior muy cuidada, con la que tapamos o huimos de la auténtica realidad. ¡Cuánta confusión y ambigüedad nos rodea!

Somos capaces incluso de crear un personaje irreal antes que reconocer lo que somos. Nos sentimos abrumados y tenemos miedo al qué dirán. Nos da pavor quedarnos desnudos ante los demás y nos cubrimos con fantasías psicológicas, mentiras que, de tanto repetirlas, acabamos creyendo. Hemos convertido nuestro autoengaño en una verdad que no responde a la realidad, que se desvanece ante un soplido, pero nos aferramos a ella como si nos fuera la vida. Cuánto subterfugio psicológico, cuántas actitudes, sentimientos, inspiraciones e incluso sensaciones físicas nos fabricamos para poder sobrevivir al crudo realismo de la existencia. Hasta somos capaces de recrear un complejo mundo paralelo con visos de verosimilitud, y nos sumergimos en él como si fuera real, cuando en el fondo estamos presos de una ficción que nos aleja de la realidad más pura.

Pero, ¿por qué necesitamos esta vida virtual? ¿Por qué huimos de la auténtica realidad? ¿Qué vacíos, qué lagunas, qué miedos intentamos conjurar? ¿Dónde se origina la necesidad de vivir una vida paralela?

Aceptar lo que somos


Quizás la raíz de todo es el pavor que nos da asumir lo que somos, nuestros orígenes. Nos cuesta admitir que no estamos contentos con ser lo que somos y hacer lo que hacemos. No estamos satisfechos con nosotros mismos y necesitamos vivir esta dualidad, creando un personaje que nos guste más para poder metabolizar la vida.

Con madurez hemos de aceptar que todos tenemos lagunas, y que todo lo que somos es fruto de una historia familiar que nosotros no hemos forjado, sino que la hemos recibido. Nadie es mejor que nadie y nadie queda excluido de sus condicionamientos. Somos fruto del pasado, con todas nuestras cargas y herencias.

Necesitamos abrazar el pasado, con paz y serenidad, sin reproches hacia nosotros mismos. Sólo cuando seamos capaces de afrontar nuestro propio ser dejaremos de ser un personaje ficticio y podrá emerger lo que somos realmente, con nuestros defectos, carencias y miedos. Pero seremos nosotros y no otro.

Una mirada sosegada ante el espejo, con actitud humilde y deseo de reconocer nuestra propia identidad, nos ayudará. Mirarnos a los ojos irá diluyendo nuestro miedo al qué dirán y nos atreveremos a ser quien somos, tal como somos.

Es verdad que, al principio, cuando nos reconocemos, se nos cae el mundo encima. Poco a poco tendremos que ir digiriendo esta situación de doblez emocional que nos ha esclavizado quizás durante mucho tiempo. No es fácil, porque se produce un desgarro psicológico muy fuerte. Del maquillaje pasamos a ver la piel del alma tal como es, y quizás nos demos cuenta de que detrás del Superman o la Superwoman hay un ser muy frágil e inseguro, atado a un pasado. Nos miraremos a los ojos, que tal vez no nos gustan, y pasaremos un tiempo de rebeldía interior. Luego nos asombraremos de nosotros mismos.

Tu vocación


¿Por qué soy así? ¿Por qué esa callada y aparente elocuencia ante el mundo? Los psicólogos apuntan que esto no sólo se da en personas normales, que tienen sus contradicciones internas, sino en personas con cierta relevancia social, cultural, intelectual e incluso espiritual.  Los gurús mediáticos no se libran de esta doblez, ese halo que convierte sus vidas en aquello que hacen y dicen, y no en lo que son. Muchas de estas personas necesitan cubrir sus profundos agujeros subiéndose a un escenario.

Académicos, artistas, líderes religiosos, políticos, empresarios… Todos necesitan desenvolverse en el reconocimiento social porque son incapaces de descubrir que uno se hace sabio cuando abraza el universo interior de su corazón y aprende a ser uno mismo cuando no deja que ni el pasado, ni el presente, ni el futuro, condicionen su dignidad y su valor como persona, sea quien sea, con sus lastres y defectos. Sólo así lo que diga y piense será acorde con su ser. Su vida dejará de ser una huida y se convertirá en un servicio a la humanidad.

Deshacerse de tantas capas pide tiempo, pero una vez descubres quién eres en realidad, podrás volar sin miedo, porque descubrirás tu auténtica vocación: ser para los demás. Y cuanto más seas tú mismo, el vuelo será más alto y darás más lo mejor que tienes dentro. Que no son cosas, sino la belleza de tu corazón y el sentido último de tu vida: darte, amar, ser con los demás. Aquí encontrarás la auténtica libertad.

domingo, 8 de enero de 2017

Saliendo del abismo

Un año después


Era el penúltimo día del año. Las nubes y el sol jugaban en el cielo, como presagiando el inicio de los días más duros del invierno. Un grupo de amigos quedó para vivir el final de año en una jornada de encuentro, denso y profundo.

Un paseo por el Gótico. Una visita a la parroquia de Santa Maria, la catedral de los pescadores, que con su esfuerzo levantaron esa hermosa arquitectura tan llena de detalles simbólicos y bellos. Con mirada de poeta contemplaron las vidrieras, las imágenes, las esculturas, observando con inteligencia y extrayendo el significado de cada una, la trascendencia de la belleza en toda su amplitud creativa.

Después de caminar hasta el mar, decidieron comer en un restaurante llamado Mente Sana. En el contexto de la comida surgieron varios temas interesantes sobre filosofía, cosmovisión de la realidad, espiritualidad, cuestiones más viscerales, la búsqueda del hombre. La conversación se alargó y añadió sazón al menú, variado y sabroso. El lugar era cálido y el ambiente inmejorable. Con el dulce sabor de la amistad, nada presagiaba que una de aquellas personas estaba a punto de pasar por un trago bien amargo de su existencia. Así empezó, hace un año, un desliz hacia el abismo. Un entorno bello, de amigos, una visión apasionante de la realidad, el disfrute de un día maravilloso que acabó siendo el principio de un terrible sufrimiento.

Después de la comida, despedidas, abrazos cálidos, miradas de complicidad y gratitud por aquellos momentos vividos entre amigos. El año nuevo estaba a punto de empezar.

El dolor


Tres horas más tarde, una de ellas empezó a sufrir un gran dolor de estómago, con acidez y una exagerada hinchazón del abdomen. Las molestias se intensificaron con el paso de las horas. Lo que empezó como un día luminoso, entre amigos, terminó en una noche ahogada entre gemidos, con un dolor intenso y casi insoportable.

Ya estaba acostumbrada. Algunas veces había sufrido dolores similares, pero esta vez parecía más grave. Hora tras hora, las molestias no remitían. Su vientre parecía un balón y el dolor no cesaba. Pasó toda la noche y el día siguiente así. En su cara se adivinaba una angustia terrible; incapaz de tragar nada, ni siquiera un fármaco, iba deslizándose hacia el abismo. En la noche del 31 de diciembre fue a un ambulatorio con una amiga. Le dieron unos enemas, pero no mejoró. Aguantó así todo el día 1 hasta que, por fin, al atardecer, unos amigos la llevaron a urgencias del Hospital de Mar.

Después de largas horas de espera por fin la atendieron y comenzaron a hacerle pruebas para ir descubriendo qué sucedía realmente en su sistema digestivo. Le dieron otra lavativa, que no redujo su dolor ni la hinchazón, algunas inyecciones para calmar los espasmos y finalmente un intento de vaciar sus intestinos activando la motilidad interna. La noche avanzaba y, según relata ella, los médicos estaban un poco desorientados pues no respondía al tratamiento, tal como esperaban. Al amanecer decidieron hacerle un escáner para evaluar el estado de su intestino.

Dos días antes, por la mañana, todo era luz en sus ojos. Ahora se sumía en la tiniebla, bajo las luces del hospital donde no hay noche ni día. Había entrado en un territorio de oscuridad e incerteza.

Allí estaba, una persona con una energía vibrante, amante de la vida, soñadora, feliz. La vida le había dado un terrible zarpazo. Pero en su corazón se adivinaba una paz que atraviesa el muro del miedo, una calma desconocida. Sabía que su estado era grave, pero tenía una última certeza que la hacía abandonarse. La lucha interior era feroz, pero ella no se rendía. Su rostro descolorido, pese al dolor, tenía pulsaciones de vida, aún desde el abismo.

El escáner reveló una obstrucción intestinal que le había paralizado un tramo del íleon, de aquí la hinchazón permanente. Los médicos resolvieron operar con urgencia: de no ser así se podría producir una perforación del intestino y una grave infección que podía llevarla a la muerte.

Un parto, un renacer


La operaron el día 2 de enero, a las 2 del mediodía. Ella me contaba que antes de la operación rezaba y cantaba una canción mariana en su corazón. Y que antes de entrar en el quirófano le sobrevino una paz inmensa. A punto de iniciarse la intervención, con el corazón sosegado, lo dejó todo en manos de Dios. Descendió hasta la más profunda oscuridad de su corazón. Antes de la anestesia tuvo una última sensación de bienestar. Y cayó en el letargo más hondo. Ahora le tocaba a la habilidad médica, a los aparatos y a la ciencia luchar por la vida de esta mujer que luchó hasta el final, tocando y atisbando el rostro de la muerte que la acechaba.

Unos cirujanos extraordinarios, con su equipo de enfermeros y anestesistas, se ocuparon de alejar la sombra de la muerte. Pero no solo ellos: sus padres, sus amigos, tanta gente que la quiere y que rezó por ella, todos la acompañaron en su lucha vital y espiritual. Y cómo no, Dios, el autor y el señor de la vida, estuvo con ella.

La operación duró unas cuatro horas. Todo fue extraordinariamente bien. Entre todos vencimos porque todos apostamos por la vida. Después de la operación ella estaba muy risueña, sus ojos brillaban en su cara armoniosa; no parecía que la hubieran operado.

Estaba serena, incluso habladora. Se encontraba bien: salía del abismo y volvía a ascender hacia la luz. Pero no sin pasar 13 días en el hospital. Fue entonces donde pudo hacerse totalmente consciente de lo que le había sucedido. En la operación descubrieron que tenía una brida entre el intestino delgado y el grueso, que le provocaba los problemas digestivos que sufría desde hacía años.

En el hospital pasó una metamorfosis espiritual. Algo cambió para siempre en su corazón. Se enfrentó a un patrón de muerte y sufrimiento para instalarse para siempre en un patrón de vida. Durante aquellos trece días inició un itinerario que la llevaría a cambiar de paradigmas, esquemas mentales, emociones, tendencias y forma de alimentarse. Nació de nuevo, no sólo por haber salido de la operación, sino como quien sale de un parto. Nació de nuevo sin el lastre de tantas autoimposiciones que la habían sometido. El entorno familiar y educativo la había llevado a una autoexigencia demoledora.

Como todo parto, fue bello pero doloroso, porque dejar atrás tantas inercias y tendencias no le sería fácil. La dependencia a la que estaba sometida por la enfermedad y la convalecencia la hizo ver que tenía que empezar a cuidarse más y a dejarse cuidar, con total dignidad, y confiando plenamente en los otros. Entre tubos y sondas, tuvo que admitir su total indigencia física, moral y espiritual, y comprendió que son los demás quienes nos salvan, y no uno mismo. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Gritos ante la cruz

Era un domingo por la mañana. Un indigente, extremadamente delgado, con el rostro desencajado, gritaba sin cesar ante el Cristo del vestíbulo de la parroquia. Con la mirada fija en el rostro del crucificado lanzaba improperios con todas sus fuerzas, señalándolo y levantando contra él sus brazos, como si quisiera golpearlo. Apenas se le entendía, hablaba en un áspero portugués, pero sus gritos sonaban como reproches. ¿Lo hacía culpable de su situación… o quizás tan solo quería llamar su atención? ¡Estoy aquí! ¿No me ves?

Me quedé sobrecogido. El hombre se balanceaba continuamente y sus gritos se hacían más fuertes. Intenté persuadirle para que dejara de chillar tanto. Él, furioso, quizás drogado, me rechazó con torpeza. Parecía a punto de caer y, conteniendo el aliento, me acerqué más a él sin atreverme a intervenir, pero alerta para impedir que se cayera y pudiera hacerse daño. Entonces observé sus ojos claros sobre aquella tez oscurecida por la suciedad y la intemperie. Eran azules y brillaba en ellos una lágrima que resbaló por su mejilla.

Recordé, sin querer, aquella antigua película de Marcelino, pan y vino. Aunque la escena era muy distinta, había en ambas algo similar. Un Cristo clavado en la cruz. Allí un niño, aquí un hombre, ambos hablándole como se habla a un hombre vivo y presente.

Sin dejar de mirarlo, el indigente continuó increpando al Cristo, como si le molestara su silencio. Por fin, bajó el tono de voz, dejó de gritar y su mirada se volvió dulce. Algo cambió en su interior: quizás en aquel momento fue consciente de lo que estaba haciendo y, desolado, rompió a llorar con amargura. Ante el crucificado se encogió y sus ojos comenzaron a mirarlo de otra manera, con la piedad con que se mira a un hombre muerto. Sus gestos se hicieron delicados, como si en aquel momento de lucidez sintiera el dolor por aquel que ha sufrido y muerto injustamente, solo en su agonía.

Como Cristo, él también clamaba al Padre. Como Cristo, él también sentía una profunda soledad. La angustia se apoderó de su rostro. Sus gritos no eran de ironía ni de burla. Gritaba ante la cruz porque quizás era el único lugar donde podía gritar, y Cristo la única persona ante quien se atrevía a arrojar su dolor y su desesperación.

Contemplé aquella imagen de otro Cristo, indigente, abandonado, que buscaba ante el crucifijo el alivio y quizás la paz.

Me quedé mudo e inmóvil. Aquella escena dramática se convirtió para mí en el cuadro bellísimo de una profunda oración. El Cristo de la cruz muere en tantas personas que, por razones diferentes, viven en el abismo. Y nosotros, llenos de prejuicios e ignorantes de su situación, nos convertimos sin querer en los irónicos verdugos que se ríen del crucificado.

Ante el indigente y la cruz vi el dolor más lacerante de un hombre como hacía tiempo que no veía. Perdido en lo más hondo de su identidad, cuando se fue calmando ya no decía nada. Ni siquiera gesticulaba. Tan sólo miraba al Cristo con una enorme dulzura, como pidiendo una disculpa silenciosa. Más lágrimas brotaron de sus ojos, como una petición de perdón.

Comprendí que sus gritos, que parecían salir de un corazón duro y desgarrado, eran una súplica de amor, de dignidad, de valor. También Jesús fue tratado como un delincuente, despreciado, rechazado sin ser culpable, y condenado a una muerte terrible en la cruz. Quizás al final, como el buen ladrón, este indigente sintió la necesidad de abrirse a él, ya no con su lengua agresiva, sino con un corazón dócil y sereno.

Estremecido, contemplé aquella oración sin palabras, sincera en su silencio. Jesús se deja gritar por un indigente en su angustiosa soledad. Deja que saque su rabia contenida. Los gritos no son contra él, sino contra la injusticia, contra una sociedad dormida, ajena al sufrimiento, que se refugia en la autocomplacencia sin que le importe la pérdida de la dignidad de aquellos que se ven lanzados al arcén.

Aquella mañana, desde la cruz, y con su paciente dulzura, el Crucificado acogió en sus brazos al hombre maltratado por la vida. Su bálsamo aquietó aquel corazón agitado. Finalmente, el hombre se abrazó a la imagen. Le besó la rodilla y lo volvió a mirar. Después, se fue sereno.

Ahora, cuando paso un tiempo sin encontrarme con él, ya sea pidiendo o gritando en la calle, temo no volver a verlo. ¿Habrá muerto de una sobredosis? ¿Lo habrá agredido alguien y estará enfermo, o recluido en algún centro? Cuando lo vuelvo a ver siento un íntimo alivio. Aquella mañana me enseñó algo muy hermoso. Me hizo ver mejor que nadie la paciencia infinita de Jesús, que desde el instrumento de su martirio sabe acariciar el corazón roto de un hombre sin techo que recurre a él porque es lo único que tiene. Este Jesús que se deja gritar y que perdona. Muchos cristos agonizan cada día en nuestras calles, ante un mundo anestesiado por el consumismo y con el corazón incapaz de penetrar en la realidad y el sufrimiento de los que mueren sin tener nada ni a nadie, solo a un Cristo muerto en la cruz. Estos pobres, en el fondo, poseen la mayor riqueza: mientras que muchos flotan en las burbujas artificiales de una sociedad que va a la deriva, sin rumbo, ellos han sabido poner en Cristo su esperanza. 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Morir gritando

La escena era abrumadora. Acostado en la cama del hospital, gritaba con todas sus fuerzas: ¡No quiero morir! La sombra de la muerte le acechaba. Cuanto más se acercaba, su voz desesperada se hacía más fuerte. Los médicos y las enfermeras, desconcertados, intentaban calmarlo, pero cada vez se movía con mayor brusquedad, como si quisiera escapar del mazazo inevitable de la muerte. Cuanto más lo sujetaban, más gritaba y se revolvía: ¡No quiero morir!, repetía insistentemente, sudando y jadeando. Quizás su resistencia acabó de minar sus fuerzas y aceleró el final. Minutos más tarde, moría en una batalla que sólo podía tener un vencedor. Con el rostro desencajado, sin vida, quedó inerte en su lecho, envuelto en el silencio de la derrota.

Pero ¿por qué nos resistimos a la muerte? ¿Por qué tanto sufrimiento? La muerte ha de ser ese amigo invisible con el que tenemos que irnos familiarizando, porque ya al nacer todos tenemos ese «botón de desconexión». En el momento que empezamos a respirar, se inicia la cuenta atrás.

No sabemos cómo viviremos la muerte cuando nos llegue. Pero sí podemos irla situando en nuestra vida. La muerte no es la enemiga sin rostro, es la consecuencia natural de nuestra realidad biológica, a veces acelerada por alguna enfermedad o accidente. Otras veces, viene tras una larga patología que ha ido creciendo silenciosamente en nuestro organismo. La muerte está codificada en nuestros genes. La energía se nos va agotando en un proceso natural hasta que nos abandona del todo.

Yo entiendo que los lazos que se crean entre las personas que se aman son muy fuertes, y es muy doloroso sufrir una pérdida. El sentimiento de vacío después de una existencia llena del amor y la presencia del otro es inmenso. Desde el punto de vista emocional y psicológico la tristeza y el desgarro tienen explicación. El duelo tras la muerte de un ser querido, la necesidad de llorar y estar solo, es absolutamente comprensible y necesario, durante un tiempo. Pero otra cosa es negar la muerte y vivirla como un arrebatamiento injusto de la persona amada.

Cómo aceptar la muerte


Esto debe hablarse entre las parejas, no solo cuando ambos cónyuges son ancianos, sino ya de jóvenes y adultos. En cualquier tipo de relación humana hay que asumir, serenamente, que la muerte llegará un día. Y cuando se acerque, podemos prepararnos para la separación. Hemos de vivir las relaciones humanas desde este realismo existencial: vivir plenamente la existencia y asumir serenamente la ausencia, que no es total ni definitiva, porque el difunto siempre estará en nuestro recuerdo hasta el momento en que volvamos a unirnos con él, iniciando una nueva relación en la que ambos estaremos presentes, para siempre.

¿De qué depende tener esta visión serena de la muerte? De cómo se vive la realidad, aceptándola tal como es, y de cómo se vive la vida. Podemos engancharnos frenéticamente a ella, como una posesión que nos pueden quitar, o podemos vivirla como un regalo que se nos da cada día. Podemos entender la vida desde una perspectiva religiosa o desde una postura puramente material.  

Se nos enseña que hay que «vivir a tope» y los valores de nuestra cultura nos quieren hacer sentir inmortales, como si olvidando la muerte pudiéramos eliminarla. Pocas veces pensamos en la caducidad de nuestra vida. Las películas, la publicidad, la moda, la sociedad del ocio, incluso el mundo de la cultura, ciertas filosofías y espiritualidades, el progreso tecnológico, todo empuja hacia esta búsqueda de la eterna juventud. Movimientos como el transhumanismo pretenden alargar la vida indefinidamente, con medios científicos y médicos. La resistencia enfermiza a envejecer, el consumismo y la opulencia de la comida nos hacen olvidar que somos mortales. Nos alejan de nuestra realidad biológica, emocional y psíquica. Y cuando vemos que la muerte nos acecha, temblamos y enloquecemos. Nos resistimos y gritamos. ¡Habíamos olvidado que tenemos incorporado en nuestro cuerpo el botoncito de la desconexión! Nos aferramos desesperadamente a la vida que se nos escapa, intentando alargar nuestros días, y lo que conseguimos es acortarlos, porque agotamos la poca energía que nos queda.

Es verdad que no es fácil mirar la muerte cara a cara. Pero si vamos hablando de ella, si la vamos conociendo desde una perspectiva trascendente, dejará de ser la temible enemiga. Con el tiempo acabará convirtiéndose en esa «hermana muerte» que, llegado el momento, te cogerá suavemente de la mano para ayudarte a dar un salto cuántico. Pasarás de la vida mortal a la vida eterna, donde la historia tiene su segunda parte, con todos aquellos que has amado y en presencia de Aquel que ha hecho realidad tu hermosa vida y la de los tuyos. El Creador, Dios, vuelve a recuperarte dándote una nueva naturaleza, donde los límites quedarán superados para que nunca jamás vuelvas a morir. Vivirás entonces la vida de Dios, el que te soñó, el que te creó.

Tras la muerte se cumple la intención amorosa de Dios cuando te pensó, que es hacerte eterno en su presencia. Vivida así, la muerte no es una tragedia, es un baile que te desliza hacia un nuevo jardín, el cielo. Así hemos de verla. No es un final, sino el paso hacia un nuevo encuentro, una efusión de abrazos, el inicio de una vida que no se agota, porque hemos soltado las amarras que nos impedían liberarnos para dar el gran salto a la plenitud.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Morir rezando

Impresionaba su total abandono. Yaciendo en su cama, días antes de fallecer, Isidro rezaba sin cesar. Totalmente consciente de que la vela de su existencia se iba apagando, a medida que pasaba el tiempo y se acercaba el final su plegaria se hacía más intensa, como si quisiera apurar el tiempo. En sus últimas horas solo respiraba para rezar. En lo más profundo de su corazón, tenía la total certeza de que las puertas del cielo se abrían dejando entrever otra luz más potente que su propia vida. Sus órganos vitales y su cuerpo poco a poco iban deteniéndose, pero su alma, más activa que nunca, seguía rezando un rosario tras otro. María siempre estuvo presente en su jardín interior.

Murió el día 2 de diciembre a las doce y media de la noche. Murió rezando. Esta forma de morir sólo se entiende cuando Cristo se convierte en el centro de tu vida.

Isidro cultivó su vocación de santificación en el mundo como un crecimiento constante en la fe. Devoto de la Virgen María como corredentora al lado de su Hijo, la Iglesia para él era una familia concreta: la comunidad de su parroquia, donde vivía y practicaba su fe y los sacramentos con profunda sencillez. Ha dejado huella en el corazón de muchos. Si tuviera que definir su espiritualidad diría que profesaba un amor inmenso a Cristo sacramentado. Su presencia real en la eucaristía lo envolvía de tal manera que se podía percibir su total sintonía y comunión con él.

Isidro tenía una enorme facilidad para ponerse en onda con el misterio lleno de amor expuesto en la custodia. Maestro adorador, no sólo asistía, sino que participaba intensamente en la adoración, cruzando su mirada con la de Cristo, sintiendo en su paladar el sabor divino de su presencia. Hombre de profunda piedad, la entendía no sólo como participación en un rito sagrado, sino como un servicio de caridad donde resplandece el brillo de un amor incondicional, como decía san Francisco de Sales.

Isidro sabía vivir su vida litúrgica en comunidad. Celebraba los tiempos fuertes del año con especial fervor: Adviento, la gozosa espera del nacimiento de Jesús; Semana Santa, en la que se sumaba a las procesiones y al Vía Crucis. Vivía estas fechas con unción y una disposición espiritual que le permitían entrar de lleno en el misterio del dolor y la muerte de Jesús. Recuerdo que en los últimos años pedía insistentemente llevar la cruz a lo largo de las estaciones del Vía Crucis. Las fuerzas ya le flaqueaban, pero me explicaba que, siendo joven, cuarenta años atrás, había sido uno de los portadores de una gran imagen de Cristo crucificado. Fuerte físicamente y fuerte en la fe, lo abrazaba con vigor, con la misma unción y respeto de un auténtico cireneo, como si quisiera no sólo aligerar el sufrimiento, sino cargar con todo el peso de la cruz para hacer más llevadero el camino de Cristo hacia el Gólgota. 

Ya con noventa años, su cuerpo débil se aferraba a la cruz, como buscando sostenerse en ella. Cuando otros querían relevarlo, él la sujetaba con fuerza, mostrando una serenidad y una resistencia increíble. Necesitaba sintonizar, entrar de lleno, participar del sufrimiento de Cristo. Era hermoso verlo agarrado al palo de la cruz, como un mástil en el velero de su fe. Desde su sencillez, fue testimonio de una fe vivida hasta las últimas consecuencias. Su coherencia cristiana interpelaba al resto de los adoradores.

Esta mañana, en sábado, un día mariano, se ha celebrado su funeral en medio de su querida comunidad parroquial de San Félix. La eucaristía ha sido celebrada con cuatro sacerdotes, a quienes él tanto apreciaba y por quienes rezaba. Estaba en el ataúd, pero lo he sentido más vivo que nunca. Pasó a la vida de Dios rezando: este es el mejor regalo que ha hecho a la comunidad. Desde el silencio más hondo he sentido en mi corazón que Isidro sigue brillando de otra manera, no como las estrellas del firmamento, sino como esos santos que iluminan la vida de la Iglesia militante que se prepara para participar, con la Iglesia triunfante, en la gran fiesta del cielo.

Hoy tenemos un gran intercesor en el cielo. Ante el trono celestial le he pedido a Isidro, en mis oraciones, que me ayude a hacer posible mi proyecto pastoral en la parroquia. Le he pedido que me ayude a convertir una fe de culto en una comunidad viva, que celebra y vive el amor de Dios, una comunidad que no se quede en el ritual, sino que se adhiera al misterio de Cristo en la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II, esto supone una conversión y un compromiso.

Muchos participan de los sacramentos como parte de una rutina; Isidro los vivía como encuentros con Cristo vivo. La gracia derramada sobre él era como rocío en los amaneceres de su existencia. En su corazón siempre hubo la esperanza y el deseo de renacer como hombre nuevo que sabe vivir en Cristo, por Cristo y con Cristo.

Con emoción contenida, he querido abrazar el féretro donde yacían sus restos. Hoy despedimos a un laico cristiano, esposo y padre de familia, que nos ha dejado un gran legado espiritual: la vivencia de Cristo como centro y eje de toda su vida.

sábado, 26 de noviembre de 2016

La fuerza de la ternura

Vivimos en un mundo lleno de problemas. Muchas personas están inmersas en enormes dificultades económicas, sociales, familiares y laborales. Algunas intentan salir de estas situaciones buscando vías de escape y caen adictas al alcohol, a las drogas o al juego. Otras son sometidas a límites vitales que les quitan la paz.

Qué ajenos vivimos a veces al dolor de aquellos que lo están pasando tan mal. Pasamos de lado y giramos la espalda al sufrimiento de muchos niños desatendidos, violentados en el mismo marco familiar; o de los jóvenes con un futuro incierto; de adultos en paro, angustiados, con enormes carencias y sin esperanzas; o de personas mayores que están solas, enfermas, sin recursos y abandonadas a su suerte. El dolor de estas personas es un grito lanzado a una sociedad ensimismada, que sólo piensa en pasarlo bien e ir venciendo el tedio de cada día; una sociedad que se ha encallado en el culto a sí misma ignorando la realidad del entorno.

¿Cuántas veces vivimos de espaldas al dolor, mientras la tragedia y la desesperación hacen estragos en la vida de tantas personas? Es bueno preguntarse en qué medida somos responsables del sufrimiento de tanta gente. Cuando lo tenemos todo y nos domina el afán de poseer más es fácil quedarse anestesiado y lejos de otras realidades que no sean nuestro propio y pequeño mundo. Nos cuesta hacernos porosos al mundo que nos envuelve, nos cuesta ser sensibles a lo que hay a nuestro alrededor. Porque esto significa salir de nosotros mismos y despertar, pero nos abruma dar una respuesta sincera, generosa y coherente, según nuestra ética y nuestra religiosidad. Significa un cambio radical por nuestra parte, una gran generosidad y una mirada serena. Nos pide reflexionar y plantearnos qué podemos hacer para minimizar la crisis tanto social como moral que afecta a nuestro mundo.

Urge una respuesta inmediata: hemos de salir de nosotros mismos y preguntarnos, de manera reflexiva, qué podemos hacer por los demás. Más allá de nuestra vida hay muchas vidas de personas que nos necesitan con urgencia.

Hace unos días tuve ocasión de hablar con algunos voluntarios del comedor social de mi parroquia. Hablamos sobre la experiencia de este grupo que está asistiendo cada día a unas 50 personas, dándoles de comer y acogiéndolas. La mayoría de estos comensales traen una historia personal terrible, de soledad, tristeza, marginación y rechazo social y familiar. Muchos son extranjeros, completamente desubicados y declinando en una lenta y larga agonía. Solos, sin recursos, muchos con vergüenza, vienen al comedor buscando algo más que comida. En sus rostros agrietados se adivina una profunda crisis de identidad. Con sus miradas perdidas buscan un espacio donde puedan sentirse dignos. Es verdad que es poco tiempo, pero la delicadeza de los voluntarios hace posible que en un breve intervalo estas personas se sientan serenas, protegidas, cuidadas y atendidas. Es hermoso reconocer la labor inmensa que hacen estos voluntarios, de forma callada y anónima. Para los indigentes, el espacio del comedor es una brisa suave que sopla en su duro invierno existencial.

Sin embargo, a veces estallan conflictos entre ellos, provocados por la angustia y la soledad que viven. Una de las voluntarias me explicaba con serenidad aplastante que cuando esto ocurre y algunos llegan a la agresividad, a los gritos o a los insultos, ella se pone en medio de los dos violentos y los abraza. Es muy consciente, y lo decía de broma, que algún día recibirá un golpe, pero es la única salida para detener tanta presión, tanta violencia, tanto dolor.

Esta voluntaria tiene 80 años y es una mujer madura, lúcida, delicada y amorosa. Comprende como nadie el dolor de los pobres y los abraza con dulzura de madre, mirándolos a los ojos. Y me comentaba que, de inmediato, se calman. ¡Qué hermoso testimonio!

Cuántas veces creemos que gritando o amenazando podemos contener la agresividad ejerciendo la fuerza. No es así. A una persona rota, llena de amargura y violencia contenida, no la podemos gritar. La violencia genera más violencia y no arregla nada, al contrario, puede hacer más daño al frágil. Muchas veces estas personas no gritan a nadie en particular, sino al mundo, a la vida, a su pasado, quizás alguno grita a Dios, sintiendo un profundo vacío.

Esta señora me dejó impresionado. Una cálida mirada y un abrazo lleno de amor y comprensión pueden disolver un conflicto agresivo. Cuánto nos equivocamos cuando minimizamos el efecto y la fuerza de la ternura. Alguien dijo que sólo la ternura transformará el mundo. La dureza y la violencia lo rompen más y hacen sufrir a muchos.

Como decía un amigo mío sacerdote, hemos de recuperar la fuerza del amor. Ya basta de vivir anestesiados por una paz edulcorada y falsa. Esta señora me recordó que sólo con la ternura podemos llegar hasta lo más hondo del corazón. Es una ternura valiente, arriesgada, que se atreve a meterse en medio de la guerra no para imponer la paz, la razón o la fuerza, sino para brindar dulzura, devolver la dignidad, derramar amor. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Aprender a aceptar la muerte

Algo se rompe en el alma


Ante la pérdida de un ser querido notamos que algo se rompe en nuestro corazón. Sentimos que desaparece algo muy nuestro, tan dentro de nosotros que deja un hueco profundo. El fundamento de nuestra existencia se resquebraja. Muchos sienten un ahogo en el alma. Cuando dos personas se han amado toda su vida, hasta llegar a respirar casi al unísono, al morir uno el otro siente como si le faltara el aliento.

Con los años, las personas se van curtiendo. Las relaciones, la convivencia, los sueños y el amor se van robusteciendo hasta que los matrimonios llegan a ser una sola carne. Tantas hazañas vividas juntos convergen en un proyecto común que se ha desarrollado y que ha ensanchado su corazón. Cuántos matrimonios han sabido vivir y crecer en este compromiso para siempre. Cuántos amaneceres compartidos, cuánta sabiduría, cuánta belleza ha iluminado sus horizontes. Desde el amor todo es bello y saborean el dulce néctar de la vida. Viven el uno en el otro, formando una sólida e inquebrantable relación que ha llegado a una sintonía muy honda.

Por eso, cuando uno se muere, el otro queda con el corazón partido. Todo se trunca cuando el ser amado se va. La sombra del difunto llena de amargura al que queda vivo. Para una mujer viuda es un momento personal y psicológico de alta sensibilidad. La presencia, tan real, de su esposo, se ha convertido en una terrible ausencia y la vida se le hace insoportable. Necesitará tiempo para asimilar esta ruptura interna y dejar que la cicatriz sane.


Cuando el duelo se alarga demasiado



Ese tiempo es necesario. Pero a veces el duelo se alarga excesivamente, dejando a la persona sumergida en un abismo sin fin. Nada tiene sentido, los recuerdos la acosan reiteradamente, hay una resistencia dolorosísima a aceptar la realidad. Si no aprende a abrazar la realidad de la muerte, el duelo prolongado irá mermando su calidad de vida hasta llevarla a vivir sin vivir, como si quisiera también ella estar en el reino de los muertos.

Urge muchísimo plantear una pedagogía de la muerte para que ciertas situaciones no se conviertan en un lamento constante que reduce la vida a una permanente queja. ¿Por qué me ha pasado a mí? ¡No merezco todo esto! He dado todo lo bueno de mí… y ahora ¿qué?

El sentimiento de agravio convierte la tristeza natural en amargura vital y en resentimiento contra todo y contra todos. Dios, la vida, el mundo me han quitado cuanto tenía y lo que más quería. Ese pensamiento convierte el duelo en una crisis existencial y en una excusa para culpabilizar a todos de mi tragedia. El duelo se hace patológico.

Urge enseñar a vivir la vida abrazando los propios límites. No somos inmortales, somos caducos y efímeros. Desde nuestro nacimiento llevamos la muerte inscrita en el código genético. Querer eternizar la vida mortal es tarea imposible. Nuestra vida está condicionada por unas estructuras biológicas —el cuerpo— que, de manera natural, son perecederas.  Nuestras células envejecen de manera progresiva, mueren y llega un momento en que ya no son reemplazadas por otras nuevas. Asumir esto es un reto, y más en una cultura que quiere explotar a la persona y endiosarla. Asumir la muerte es una necesidad vital para aceptar nuestra propia fragilidad humana. La muerte tendría que ser vista como algo absolutamente natural. Cuando se convierte en una tragedia que oscurece el horizonte de nuestra vida es cuando hay que hacerse un planteo filosófico —y religioso— que nos ayude a integrarla como parte de nuestra cotidianeidad. Necesitamos aprender a vivir sin miedo ni angustia.


Una pedagogía de la muerte



Urge que en la familia, en las escuelas, en las universidades y en la cultura se plantee la muerte como un elemento educativo de nuestra existencia humana. Con esto podríamos evitar algunos duelos demasiado largos, dolorosos y vacíos. El estar enganchados a la vida no debería impedirnos reflexionar sobre la muerte y tomar la justa distancia. Nos resistimos a ir soltando esas amarras y caemos en todo tipo de excesos, sin pensar que algún día esas amarras se soltarán porque es ley de vida. No es fácil.

Pero en la medida que uno va avanzando cada vez más va sintiendo el deterioro de su salud y la merma de su vida. El tiempo va surcando nuestro rostro, la movilidad se hace más penosa, los sentidos del oído y la vista se van atenuando. La memoria ya no retiene tanto y nos hacemos más proclives a caer enfermos. Los ánimos y la energía van menguando y cada vez más, con el paso del tiempo, esa velita que arde en nuestro cuerpo inicia su lento apagado. La piel nos indica que cada vez nos acercamos más al final de nuestra meta terrena.

Pero ¿se acaba todo aquí? Para una persona que no posee una visión trascendente de la vida, ciertamente es así, y la perspectiva de la nada puede ser angustiante. Para los que creemos que no todo se acaba con la muerte, sabemos que ella no es el final en sí misma, sino una puerta misteriosa que se abre hacia el más allá. La muerte no es otra cosa que un parto hacia una vida plena. Los cristianos sabemos que la resurrección no sólo es una gran promesa, sino un don sobrenatural que Dios regala a su criatura.

La vida no puede acabar con un abismo sin sentido cuando la intención del Creador es habernos creado para siempre. No tiene sentido que todo se acabe con la muerte.

La muerte no es el fin de nuestra historia, es el principio de otra historia en otra dimensión, desconocida por ahora, pero tan real como la vida física y mortal. Dios no nos puede crear dándonos una fecha de caducidad. Después del invierno, cuando el sol se apaga, la primavera vuelve a despertar la vida. Después de la muerte, todo volverá a recrearse en Dios. Toda la materia quedará resucitada: esta es la intención última del Creador. Somos pequeñas  motitas, pero llenas de vida: por nosotros Dios ha creado todo el universo, que luego pone a nuestros pies. Somos de Dios y vamos hacia él. Este es el sentido último de nuestra vida: reencontrarnos con él. Es entonces cuando la muerte deja de ser una sombra, una ausencia, un dolor sin sentido, un miedo que acecha. Vivir con esta certeza es empezar a vivir abrazando nuestra propia contingencia. Fuimos creados con una intención amorosa y nos vamos con una esperanza amorosa. Nuestro destino final es volver al corazón de Dios.

La muerte ha quedado vencida por el amor infinito de Dios, que quiere hacernos partícipes de su legado inmortal. El duelo sobre los muertos, entendido desde una visión trascendente, es el inicio de una pedagogía que nos ayudará a entender que lo que podría ser una angustiosa tragedia se convierte en una melodía suave, que con su música nos anticipa la alegría de un abrazo para siempre.