domingo, 17 de junio de 2018

Las herencias, ¿una maldición o una oportunidad?


La herencia es de una importancia vital en las sociedades humanas. Es una cuestión recurrente en círculos de familiares, amigos y conocidos. Las herencias provocan grandes debates, tanto en los hogares como en los medios de comunicación. Es un tema que no deja a nadie indiferente.

La herencia muchas veces es fuente de conflictos entre familiares. Una institución tan sólida como la familia puede verse gravemente amenazada por las luchas intestinas por conseguir la mejor parte de la herencia. Por esta causa, muchas familias han vivido rupturas irreparables entre hermanos y parientes. Lamentablemente, conozco unos cuantos casos.

Hoy se habla mucho de la crisis de la institución familiar. Pero pienso que quizás no son tanto las ideologías las que pueden fragmentarla, sino los valores y las creencias que se están cultivando dentro de ella. ¿Qué están enseñando los padres a sus hijos en cuestión de dinero, propiedad y uso de los recursos? Una mala educación en estos aspectos puede ser tan letal como una bomba.

Aunque las herencias estén legisladas y se establezca una parte que debe ir a los hijos, la legítima, esto no impide que entre los miembros de una familia se produzcan tensiones y hasta denuncias para conseguir más. El largo proceso judicial que esto conlleva no hace más que intensificar el conflicto.

¿Querían esto los padres que han gestionado sus recursos para poder dejar un legado a sus hijos? ¿Podían prever la lucha feroz de estos por quedarse con todo lo que puedan, sin importarles el esfuerzo de sus progenitores, sus sacrificios, sus luchas? La herencia se convierte en el detonante de una lucha sin cuartel entre hermanos.

El tema requiere una profunda reflexión, así como la necesidad de actuar con criterios éticos y sensatos para evitar la fragmentación del grupo familiar.

Algunas cuestiones que los padres deberían tener en cuenta


¿Qué valor damos al dinero? ¿Es un medio para crecer, para solidarizarnos con los pobres, para generar iniciativas orientadas al bien común? ¿O es un recurso a acumular para beneficio exclusivamente propio? ¿Es el dinero un medio para reafirmarnos ante los demás y presumir de nuestras capacidades? ¿O es un medio ingenioso y creativo para contribuir a la mejora de la sociedad? ¿Lo utilizamos para potenciar nuestras capacidades y compartir nuestros talentos? ¿O queremos amasar una fortuna atendiendo sólo a nuestros deseos? ¿Qué estamos enseñando los padres a los hijos sobre el dinero?

No olvidemos que la capacidad de generar recursos está íntimamente ligada a la realización personal, así como al derecho de gozar de una vida digna, próspera y con calidad. Más allá de estos anhelos totalmente legítimos, una cosa es obtener beneficios y otra cosa es que el beneficio económico se convierta en el único motor del trabajo. ¿Por qué hacemos lo que hacemos y tomamos las decisiones que tomamos?

Nuestra jerarquía de valores va a marcar los criterios educativos que se inculcan en familia. Si para los padres el dinero y el patrimonio son lo más importante y los hijos ven que sacrifican su tiempo y sus energías por acumular bienes, están heredando una cierta mentalidad, que sitúa el culto al dinero por encima de la misma persona y del bien común.

Si los hijos ven que el dinero es lo más importante para los padres, su ambición irá creciendo. Muchas veces los padres no son conscientes de que están alimentando en sus propios hijos la codicia y el afán por tener más. Están gestando una guerra entre hermanos.

No sólo esto. Cuando uno de los dos cónyuges fallece, si los hijos no están de acuerdo con el testamento pueden iniciar un calvario para el viudo o la viuda, presionándolo y rompiendo los lazos afectivos. Es importante, pues, educar en estos aspectos a los hijos, para evitar el desmoronamiento familiar. Y se educa no sólo con palabras, sino con el ejemplo diario.

La gestión de los recursos y las propiedades tiene una fuerte implicación moral. Quizás sea necesario apuntar nuevos planteos en la distribución de las herencias.

El testamento debería tener unas consideraciones que contemplasen no sólo a la familia, sino el entorno y la sociedad, en especial los más débiles y necesitados. Ya no sólo desde un punto de vista religioso: debería considerarse la ayuda al prójimo como un imperativo ético. Es justo devolver a la sociedad una parte de lo que nos ha dado.

Y por un criterio educativo, también estaría bien plantearse si es bueno solucionar la vida de los herederos por anticipado. Si el hijo sabe que va a heredar una fortuna ¿no le faltará la motivación y la madurez para trabajar, crecer y aprender a construir su futuro, pues ya lo tiene todo?

Es una pregunta que lanzo al aire. Quizás con la mejor intención del mundo, los padres están incapacitando a sus hijos para luchar y abrirse camino en la vida. Les están ahorrando el esfuerzo, pero también los están volviendo muy frágiles y vulnerables.

Por otra parte, si el hijo dilapida la herencia por no saber gestionarla, los padres no habrán contribuido a asegurarle nada, más bien al contrario, habrán propiciado, sin querer, su ruina.

Hay otro aspecto en el sentido de la propiedad familiar: es la posesión, no sólo de bienes sino de los hijos. Muchos padres sienten que los hijos son propiedad suya, tanto como los inmuebles y el dinero. Por tanto, todo queda en casa. Disponen de sus posesiones igual que disponen de la vida de sus hijos, más allá de su muerte. ¿Tienen derecho los padres a cargar con ese peso a sus descendientes?

domingo, 10 de junio de 2018

Reparación dorada


El ser humano constantemente se está topando con sus propios límites. Pero su fuerza y creatividad  son insospechadas, y es capaz de luchar contra sus miedos. El proceso del crecimiento interior es un combate que a veces deja secuelas de heridas, rasguños y lesiones. No me refiero a las huellas externas de un accidente o de alguna agresión violenta, sino a las grietas y cicatrices que a primera vista no se ven, pero que quedan impresas en lo más hondo de uno mismo: en el alma. Estas pueden ser tan profundas que a veces ni siquiera sabemos que las tenemos, pero están ahí, y aunque queramos taparlas, siempre salen en forma de reacciones incontroladas o gestos que no dominamos ante situaciones que nos cuesta digerir. Muchas veces estas heridas hipotecan nuestra existencia.

Somos lo que somos, fruto de una historia familiar y de una educación que nos han llevado a adoptar patrones emocionales y, a veces, incluso a una cierta bipolaridad. Pero también somos fruto de cómo gestionamos la realidad en la que vivimos, nos guste o no, y de una cultura, una sociedad con unos valores y unas instituciones y estructuras. Lo cierto es que nadie se escapa: todos tenemos fisuras que nos marcan en el día a día y si alguien cree que no las tiene, es un soberbio o quizás un inconsciente. Somos fruto de lo bueno y de lo malo, y lo que hemos recibido nos ha perfilado de una manera determinada. Nadie puede ignorarlo ni escapar de sí mismo.

Pero, así y todo, lo agrietado tiene un valor inmenso sólo por el hecho de formar parte de nosotros, que existimos y somos personas. No importa la profundidad de los agujeros en la psique, tenemos un valor intrínseco que ninguna cicatriz nos puede quitar.

¿Qué hacer para restaurar estas grietas, heridas o cicatrices? Una persona muy amiga me hablaba recientemente de la “reparación dorada”, un arte japonés que se explica con una leyenda. Se cuenta que cierto emperador recibió como regalo una hermosa taza de porcelana china. La taza se rompió y el emperador la devolvió para que se la reparasen. Se la retornaron con unas grapas de bronce que unían los pedazos rotos. No le gustó, y entonces un artesano le ofreció mejorar la reparación. Se la llevó a su taller de orfebrería y al poco tiempo se la devolvió al emperador. Este quedó mudo de asombro: la taza estaba entera, y las grietas habían sido recubiertas por hilos de oro que trazaban un dibujo sobre la superficie. La taza reparada era más bella aún que la original.

Esta historia da mucha esperanza. Toda derrota deja grietas en la persona. Todo aquello que nos produce cansancio, tristeza, desasosiego, todas aquellas situaciones que nos parten el corazón, pueden convertirse en una hermosa joya si sabemos extraer un aprendizaje. Nuestra alma puede experimentar una “reparación dorada”. Podemos aprender a tejer esas grietas y convertir la experiencia de dolor en oro, tapizando el corazón roto y embelleciendo nuestra realidad. Los límites ya no serán unas cicatrices, sino la señal dorada de una experiencia que nos ha hecho crecer. Podríamos hablar de la belleza de los límites, porque sin ellos no seríamos y gracias a ellos aprendemos a vivir.

Es tan bello un amanecer primaveral como una tormenta de otoño. Todo forma parte de nuestro paisaje climático, y el paso de las estaciones permite que la naturaleza se renueve y embellezca cada año.

Lo que nos hace ser cada vez más nosotros mismos es la capacidad de ver belleza en lo imperfecto, porque forma parte de nuestra naturaleza. Sólo así descubriremos que, tras una cicatriz, se esconde una hermosa historia humana.

domingo, 27 de mayo de 2018

Cocinar sin alma


Desde pequeño me ha gustado la cocina. Mi madre se dedicó toda su vida a cocinar, para familias, instituciones o empresas. Y, cómo no, en el hogar. Así como mi tía abuela, Carmen. Para ellas la cocina era un trabajo profesional del que vivían y llegaron a hacerlo realmente bien, con suculentos platos que deleitaban a todos. En casa se esmeraban cocinando para que los encuentros familiares fueran un disfrute para el paladar durante las conversaciones entorno a la mesa.

Aunque no me dedique profesionalmente siempre le he dado un valor crucial a la cocina, quizás sin calibrar toda la importancia que tiene para la salud, hasta que se me produjo un trombo ocular que diezmó mi visión. Desde entonces, una buena alimentación que tuviera en cuenta la mejora del sistema cardiovascular ha sido una de mis mayores preocupaciones. Quería aprender una forma de comer sana, que me permitiera mejorar y revertir la pérdida de visión en mi ojo, dañado por la ruptura de unos capilares de la retina. Toda esta situación ha aumentado mi sensibilidad hacia las personas con problemas visuales, que les ocasionan verdaderas dificultades en sus quehaceres cotidianos. En mi caso, he descubierto que una alimentación sana y equilibrada es fundamental para conservar una buena visión.

La anti-cocina


El otro día me comentaron que en TV1 daban un programa sobre la formación de futuros cocineros, Masterchef. Me interesó sobre todo el enfoque que pudiera dar este programa. Lo vi un rato. Y quedé completamente escandalizado y desconcertado.

Más allá de la cuestión dietética y del equilibrio entre los diferentes alimentos, así como las mezclas de ingredientes, totalmente insanas para el sistema digestivo, quedé asombrado al ver la terrible competitividad que se fomentaba entre los participantes del concurso, la prisa desorbitada cocinando en grupo, el frenesí entre pucheros, la violencia incontenida a la hora de corregir, y hasta la humillación por parte del jurado que degustaba los manjares, llegando al desprecio y a la burla. Vi mucha agresividad, mucho estrés y prisa con la excusa de convertir a los concursantes en cocineros “profesionales”.  La competición lo justificaba todo, incluso el desdén hacia la persona y su trabajo, con el pretexto de que han de curtirse ante los desafíos que se les presentarán como futuros empresarios de restauración.

Quedé asustado y preocupado porque estaba viendo lo que, para mí, es la anti-cocina. Gritos, prisas, nervios, tensión… todo enfocado a una cocina espectáculo, un concepto de cocina totalmente inhumano, donde lo que más importa no es la persona, ni el comensal, sino el negocio y el dinero, la fama y las estrellas Michelin.

El arte de cocinar pide silencio


Creo que no se puede entender la cocina sin otras dimensiones muy diferentes. El arte de cocinar requiere silencio y tiempo, calma, reflexión y gusto, hasta llegar a la alquimia del sabor y del saber hacer. La cocina no es un fin en sí, ni se limita a llenar estómagos, sino que es un medio para sanar a la totalidad de la persona. Es importante la dieta, el tiempo, la intención y el valor de cada persona, dignísima de por sí. Es importante la actitud a la hora de ponerse a cocinar y la creatividad, surgida desde el silencio, que permite convertir la cosa más sencilla en deleite. Y sobre todo importa que el que cocina esté pensando siempre en la salud de aquellos para quienes cocina, en su felicidad digestiva, de modo que el alimento se convierta en medicina, como decía Hipócrates.

Una cocina que no tenga en cuenta este contexto filosófico, ético y médico, nunca podrá ser buena para la persona. Este programa, podríamos decir que prostituye la esencia de la cocina sana. La televisión tiene un compromiso social y ético con la ciudadanía. Su labor pedagógica es fundamental para crear opinión y pensamiento en la sociedad. Pero hoy, la televisión está concebida para generar mucho dinero a cualquier precio, incluso renunciando a valores que contribuyen a una mejora social y educativa de la población. La audiencia y la rentabilidad son los ejes centrales de ciertos programas, que llegan a despreciar a la persona con tal de cosechar éxito y enganchar a una masa de televidentes que ven desde sus pantallas cómo se destruye el respeto a la persona.  

Pienso que estos programas desmerecen a una televisión pública, porque están pisoteando el valor y la dignidad del ser humano y fomentan el lucro por encima de la educación. Masterchef es un insulto a la cocina y está demoliendo el fundamento de lo que debería ser el arte de cocinar.

Cocinar es otra forma de amar


Hemos de tener en cuenta la necesidad de generar recursos para crecer humana y profesionalmente, y todo el mundo tiene derecho a obtener unas ganancias, pero no a cualquier precio. Plantear la cocina como un medio para ganar dinero es rebajarla, como si en el centro de esta actividad no hubiera un servicio de calidad, siempre dirigido a la persona, y no sólo a la ganancia.

Hacer que alguien coma algo que has preparado requiere un enorme acto de confianza, que tiene que traducirse en la búsqueda de lo mejor, no sólo para su paladar, sino para su salud. Podemos conjugar arte, belleza, creatividad, sabor y salud. Me refiero a algo más allá de una alimentación orgánica o ecológica: es una relación distinta entre el hombre y los alimentos. No se trata de comer para llenar un vacío en el estómago, sino apostar por una vida sana, tuya y de los demás. Es respetar el cuerpo de los tuyos y el de los demás. Es ir más allá de una necesidad. La comensalidad nos ayudar a estrechar los lazos, a reconocer al otro como sagrado. No vamos sólo a tomar buenos alimentos, sino que vamos a alimentarnos también de todo aquello que mejora nuestra vida y nuestra salud: buenas palabras, emociones sanas, amigos, familiares, propósito vital. También hay una alimentación espiritual, que es la que nos nutre de todo aquello que da sentido a nuestra vida.

Comer sano es aprender a no tragarlo todo: comida, situaciones, emociones, personas, impactos… Comer bien es necesario para estar bien ante cualquier desafío de la vida.

El silencio en la cocina es oración al Creador, que nos permite, mediante la cocción, transformar las sustancias naturales para que puedan ser mejor digeridas. Cocinar es también dar gloria a Dios y a su creación. Sólo así se puede cocinar con el alma y convertir esos momentos en un encuentro místico. Santa Teresa hizo célebre esta frase, que muchos hemos oído y repetido: «Entre pucheros también anda el Señor».

domingo, 20 de mayo de 2018

Un corazón llagado


Un misterio infranqueable


Hace dos años que su esposo falleció. Desde ese día, lágrimas de desconsuelo surcan las mejillas de la esposa, a la vez que su corazón se va secando.

Se pregunta, una y mil veces, por qué esa angustiosa soledad, ese vacío. Por qué tanto dolor. Sus corazones latían al unísono, creando una bella melodía que los hacía tocar juntos el cielo. El amor era tan intenso como su dulzura.

Hoy, después de largo tiempo, se da cuenta de que ya no le queda aliento y le falta una parte del corazón. Su mirada triste, ventana de un alma profunda, revela la grieta de su abismo existencial.

Todo giraba en torno a él. La vida de él era la suya, los dos miraban hacia un mismo horizonte. Aquellos amaneceres que contemplaban juntos se apagaron. Ya no hay amanecer para ella, sólo ve oscuridad y hasta las estrellas del cielo palidecen.

Intenta tirar hacia adelante, casi sin fuerzas. Cuando hablo con ella puedo ver, a través de sus ojos, un corazón llagado, quebrantado, cansado de tanto llorar. Siento el grito de su alma desolada, un grito lanzado al cielo, buscando respuestas. Ante este dolor estremecedor mi boca enmudece. Yo también busco respuestas.

Y me parece un misterio infranqueable. Sólo puedo mirarla, abrazarla, acompañarla en su desgarro. Ni la psicología, ni todo el saber, ni siquiera la experiencia acumulada me es suficiente. Cuando el mar del dolor es tan ancho las palabras no llegan y dejan de tener su efecto terapéutico. Sólo queda la presencia, amable, delicada, compasiva, amorosa. Sólo queda hablar desde el silencio más profundo, de corazón a corazón, sin necesidad de palabras. Que ella sepa que estoy allí, sintiendo su dolor, haciéndomelo suyo.

La calidez de un apretón de manos y una mirada amable es lo que puedo ofrecerle. Parece tan poco…
Sé que es insuficiente, pero he de aprender a aceptar que el drama de la muerte es tan penetrante que no es posible llegar hasta el fondo de un corazón roto. Me queda la oración y el silencio ante Dios, el otro gran misterio.

El amor permanece


Rezo para que un día su tristeza se torne en serenidad. Que el duelo deje de acosarla y se libere de sus angustias, que descubra que el final de un amor no es la muerte, sino que esta es una puerta que se abre hacia un horizonte infinito; que la muerte no es el final de una aventura amorosa, sino un nuevo comienzo que nos llevará a la plenitud de otra vida y hará eterno ese amor.

Es de la esencia del amor que este no desaparezca, ni siquiera con la muerte. El amor ya es experiencia de eternidad. Aquí y ahora hemos de aprender que los ritmos biológicos no ahogan el ritmo del amor, que va más allá de nuestra naturaleza humana. 

Hemos de aprender a hacer una tregua con el fantasma de la muerte, que llevamos inserta en nuestro mismo ADN, y vivirla como un proceso natural de crecimiento humano y espiritual. Nuestra condición mortal forma parte de nuestra realidad; somos moridores, estamos configurados para dejar un día de existir.

Pero también sabemos que junto con el cuerpo tenemos un alma que anhela la trascendencia. Nuestro destino no es el vacío, sino un encuentro amoroso con las raíces más profundas de nuestro ser, nuestra fuente creadora: Dios.

Dios es la realidad última que da sentido a nuestra vida y hasta a la propia muerte, haciéndonos conscientes de la poderosa potencia que tiene el ser humano cuando ama y ha encontrado la razón de su vida: el otro.

Aceptar nuestra realidad mortal


Pienso en todo esto cuando nuestras miradas se encuentran. De mí saldría un torrente de palabras de alivio para embalsamar su corazón llagado. Se las dirijo a Dios, y a mí mismo. Porque sé que a mí también se me morirán personas a las que quiero con toda mi alma, pero también sé que las historias de amor nunca mueren. Ya ahora, tengo que abrazar mi condición mortal y la de los míos, para que, cuando llegue el momento, aprenda a ver que tras esos ojos cerrados por la sombra de la muerte todo será como un dulce sueño, una danza en las tinieblas con un despertar en la otra orilla, al otro lado de la frontera, en el infinito. Aunque el cuerpo se quede ahí, inerte, el estallido de una vida nueva lo está transformando en otra realidad que los que seguimos vivos en la tierra no alcanzamos a comprender. Pero no por ello dejará de producirse esta eclosión con todas sus fuerzas. Entraremos en la órbita de algo luminoso que sólo podremos entender cuando iniciemos ese viaje.

La muerte: un reencuentro


El dolor, la angustia, la enfermedad, la soledad no pueden fulminar este deseo tan genuino del alma: seguir viviendo en un estado de total plenitud, con Dios. Es el destino de todas sus criaturas: volver a la fuente, al origen, al principio. Volver a los brazos de Dios.

El adiós no es una ruptura, es un hasta luego para volvernos a encontrar. Hemos de aprender, cuando llegue el momento, a aceptar que se vayan los seres queridos, no hacia un abismo, sino hacia un nuevo hogar que cuidarán con mimo esperándonos para un abrazo eterno.

Con esta esperanza los ojos no quedarán secos y podrán volver a brillar. Las lágrimas no caerán como perlas teñidas de angustia y temor, sino de emoción y alegría por el reencuentro. Los pulmones no se vaciarán de oxígeno, podremos respirar aire nuevo y el corazón no latirá al ritmo de la melancolía y la tristeza, sino al ritmo de la alegría esperanzada. Una espera luminosa que acabará en una efusión celestial.

Ya no tendremos un corazón llagado, sino un corazón regenerado, sanado, nuevo, porque nuestra nueva naturaleza participará de la misma de Dios. Por él, con él y en él, todo es nuevo y todo renace. El alma volará hacia horizontes insospechados porque ha quedado liberada de la muerte para permanecer resucitada para siempre.

domingo, 29 de abril de 2018

La prisa, una adicción


Culto a la velocidad


La cultura tecnológica y el progreso son aspectos que pueden aumentar la calidad de vida. Acceder a lo que uno quiere de manera inmediata a través de soportes tecnológicos tiene sus ventajas, pero también puede alejarnos de nuestra auténtica identidad.

Sabemos que los niños, cuando se les malacostumbra y se les da todo lo que piden, pueden sufrir cambios psicológicos y emocionales profundos. Se convierten en tiranos; para evitar que se enfaden, muchos padres acceden a sus peticiones, cada vez más exigentes.

¿Necesitamos todo lo que nos ofrecen los avances tecnológicos? ¿O nos estamos mal acostumbrando? Ya no pedimos, sino que exigimos. Compramos compulsivamente y no nos damos cuenta de que el tiempo es otro producto que se nos está vendiendo como algo propio del progreso: queremos tener el mejor dispositivo, y el más rápido. Queremos acceder a Internet con la máxima velocidad. La velocidad ferroviaria es cada vez mayor, así como los aviones y los motores de los coches. ¿Y si la velocidad está creando nuevas patologías?

Cuanta más velocidad obtenemos, más queremos. ¿Qué le pasa al hombre con la velocidad? Si no damos el cauce adecuado a los nuevos hallazgos científicos podemos llegar a vivir fuera de la realidad, sin aceptarla tal como es. Cada vez se están haciendo más estudios neurológicos que apuntan a un estrés mental, provocado por el uso de aparatos, que puede llegar a ser pandémico.

Recuperar nuestro ritmo vital


El ritmo del ser humano está sujeto al ritmo de la naturaleza. En ella vemos cadencias armónicas, regulares y pausadas: la noche y el día, las estaciones… Nuestro propio ritmo biológico: alimentación, ejercicio, descanso, necesita sus tiempos y no puede precipitarse.

Idolatrar la tecnología nos aleja de nuestro propio yo. Nuestra estructura psíquica y cerebral requiere de silencio, de meditación, de tiempo para lo lúdico, para caminar, disfrutar de un entorno apacible, de la belleza, de la intimidad. Necesitamos tiempo para la ternura y la contemplación, para el no hacer y, simplemente, vivir.

Por autoexigencia o por compromisos, sociales y laborales, a veces nos vemos acelerados. La presión y los compromisos nos están robando la serenidad y la capacidad de admirar de manera espontánea. ¿A cuántos ejecutivos de empresa les han diagnosticado estrés, depresión o un excesivo cansancio, llegando al agotamiento ya no sólo físico, sino mental, emocional y energético? Las personas aquejadas de estrés van perdiendo su rumbo. La velocidad puede afectar a los circuitos neuronales, creando lagunas, vacíos y ausencias y, poco a poco, pérdidas de memoria. Cuando la prisa y el aquí y ahora se apoderan de la mente, pueden tener graves consecuencias, hasta la pérdida de identidad.

El mundo nos lanza al frenesí. Hemos de aprender a vivir en un mundo donde se cotizan el tiempo y la velocidad y, al mismo tiempo, compaginarlo con nuestra vida interior.

Ser dueños de la mente


No digo que haya que volver a la prehistoria, pero sí hemos de saber que la seducción del marketing nos hace idolatrar los avances científicos y tecnológicos. Que esto no nos haga apearnos de lo que somos en realidad. Ceder poder a la mente es sumamente peligroso. Respirar, descansar y hacer ejercicio físico nos puede ayudar a parar la mente. Si decimos que para cuidar el cerebro hemos de vigilar con la excesiva glucosa, lo mismo con la velocidad y la hiperactividad. En el caso del hombre, la velocidad se justifica sólo cuando tiene que correr ante un depredador. En el libro del Eclesiastés, en la Biblia, leemos que hay un tiempo para todo: un tiempo para construir, un tiempo para derribar; un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar… un tiempo para llorar, un tiempo para reír…

No podemos evitar la velocidad que nos ofrece la tecnología, pero sí podemos ser dueños de ella y hacer un uso correcto.

Del mismo modo, podemos ser señores de nuestra mente y aprender a vivir a un ritmo más pausado, más consciente, más humano, que nos permita arraigar en la realidad y, al mismo tiempo, conectar con la trascendencia que todo lo sostiene.

domingo, 22 de abril de 2018

Niños rotos


Hace unos días vi cómo una puerta de cristal se rompía en mil pedazos. Una fuerte presión incontrolada hizo que cayera al suelo con estrépito, llamando la atención de todos quienes miraban. Afortunadamente, nadie resultó herido.

Viendo cómo un cristal puede partirse en tantos trozos diminutos, rápidamente evoqué un pensamiento de dolor. Cuántas almas me he encontrado rotas en pedazos, como ese cristal. A lo largo de mi vida, he tenido la ocasión de conocer a muchos niños que viven o han vivido situaciones difíciles debido a un entorno familiar y social de riesgo. Las relaciones conflictivas han llevado a las familias a vivir momentos de ruptura y violencia; en algunos casos, la falta de recursos ha conducido a la negligencia y la desatención. Otras veces, los pequeños han sufrido golpes emocionales y sicológicos o han vivido la soledad en medio de una familia que sólo se preocupaba por las cuestiones materiales, olvidando el alimento afectivo que todo niño necesita para crecer.

El niño que sufre está notando que se le usurpa el derecho a ser un niño normal, alimentado, querido y envuelto en un clima de confianza y amor. En definitiva, en un espacio sereno, educativo y lúdico. Los niños necesitan, y mucho, miradas cálidas, gestos de ternura, un referente moral y educativo en su proceso de crecimiento. Son muchos los niños que, a corta edad, están sufriendo las contradicciones de los adultos, el egoísmo de una sociedad que mira hacia otro lado y la frialdad de unos gobiernos incapaces de tomar medidas.

Lo cierto es que esos niños están soportando un dolor tan fuerte que su psique termina quebrándose, como aquella mampara de cristal. Su dolor es un grito silencioso en medio de un mundo insolidario e irresponsable. Aquellos cristales esparcidos por el suelo me han recordado tantos niños cuyo sufrimiento rasga las entrañas de nuestra sociedad. Cuántos niños lloran porque quieren vivir su niñez en paz. Pero su llanto no quiebra el corazón blindado de muchos que viven indiferentes o ignorantes de tanto sufrimiento.

Los niños tienen derecho a ser niños y a florecer en todo su potencial. ¿Quién puede ser tan gélido e insensible al dolor de los niños? Si se les arranca el derecho a jugar, a reír, a aprender en un ambiente cálido y de apoyo, ¿qué será de ellos?

Puede parecer que exagero, pero conozco muy bien el tema por mi trabajo en la fundación ARSIS, que creé hace muchos años. En ARSIS estamos atendiendo a niños que han sufrido situaciones de maltrato o negligencia límite en sus hogares. Las historias de estos pequeños son sobrecogedoras.

Muchas de estas situaciones el papa Francisco las denunció en una de sus homilías por Navidad. Un niño sin alegría será un joven abatido y desconfiado, un adulto falto de razones para vivir, incapaz de dar sentido a su vida, con dificultades para encontrar trabajo y generador de conflictos sociales. Quizás tenga problemas con el alcohol o las drogas y se convierta en un incapacitado. Quizás termine como un indigente que camine sin rumbo, sin compañía, sin afecto. La soledad se convertirá en su refugio y la amargura será su compañera. Un ser sin horizonte ni esperanza, sin caminos. Las cuerdas vocales del alma se quedarán sin voz, pero en el rincón más hondo de su corazón continúa vivo aquel niño roto que sigue gritando hacia adentro. El sol de su infancia se eclipsó y ahora vive en un permanente invierno. ¡Cuántos niños rotos siguen creciendo sin poder rehacerse! Pero, ¿acaso se puede reconstruir un cristal partido en mil pedazos?

Puede haber grandes profesionales, psicólogos humanitarios y entregados, que logren ensamblar muchas piezas, uniendo los cortes. Pero las juntas serán cicatrices que siempre estarán ahí.

El reto terapéutico para ayudar a estos niños y adolescentes es que, con paz, intenten aceptar y más tarde abrazar esas heridas que, pese a todo, forman parte de su legado. Quizás cuando superen el resentimiento, bien acompañados, puedan asimilar esta gran lección vital y ayudar a otros niños que sufren. Quizás se conviertan en grandes defensores de los derechos de la infancia. Algunos activistas o terapeutas lo han hecho así: fueron niños maltratados o abandonados; siendo adultos, se han volcado en una lucha incansable por devolver al niño su dignidad. Han convertido su fragilidad en heroísmo y sus heridas en fortaleza.

Hay quienes caen en el victimismo y se hunden. Pero otros pueden convertir los gritos y los pedazos rotos en el abono de una vida renovada, reconciliada, capaz de dar fruto pese a las cicatrices del alma. Todos tenemos esa fuerza dentro. Y los niños, especialmente, son muy fuertes. Si reciben ayuda durante su infancia pueden remontar. Un cristal roto no puede recomponerse… Pero la vida no es materia inerte. Aunque queden las marcas del dolor, siempre será posible reconstruirse.

sábado, 7 de abril de 2018

El desafío de la libertad


La libertad nos impulsa


La libertad forma parte de la realidad intrínseca del ser humano. El hombre está concebido para expandirse, crecer, madurar y sacar afuera todas sus capacidades y talentos. La libertad le permite desarrollar su creatividad, de aquí que esta se convierta en la raíz más profunda que constituye su ser.

Es verdad que por miedo o por huida a menudo nos autolimitamos y renunciamos a nuestras enormes capacidades. Pero, ¿cómo hacer uso de este gran potencial que nos lanza al desarrollo humano, intelectual, social y creativo?

El uso de la auténtica libertad nos lleva a conseguir metas asombrosas, atreviéndonos a hacer realidad lo que para muchos es imposible. La libertad verdadera nos empuja a trascender las estructuras, las ideologías y las doctrinas, llevándonos a vivir en tierra de nadie, en la frontera, donde la soledad, el miedo y la incerteza no nos impiden avanzar. Cuanto más avanzamos, los retos son mayores, pero más crecemos.

¿Lanzarse al vacío o ahondar hasta lo más íntimo de nuestro castillo interior? Será lo que nos ayudará a saber quién somos y para qué estamos en este mundo.

Ser persona es ser libre


La libertad nos llevará a concentrarnos en lo que somos, y descubriremos lo que ni siquiera podíamos imaginar en nosotros mismos: un alma con una enorme capacidad de volar, sin temer a los vientos interiores. Esta es la gran hazaña del hombre: ser libre, en su totalidad, sin hipotecas educativas, culturales, familiares o sicológicas.

El despliegue como persona nos pedirá superar los temores más íntimos, causados por la presión social y los patrones emocionales. Seremos más libres cuanto más conscientes seamos. Un hombre que no es libre no es hombre, porque lo que le hace persona es la libertad. Todo lo que anhelamos en lo más profundo de nuestro ser forma parte de nosotros. De la misma manera que decimos que el cuerpo es 70 % agua, y que ésta forma parte de nuestra naturaleza, lo mismo diremos de la libertad: no es un accidente ni una opción, es algo esencial en nuestra naturaleza. Todos nacemos libres, aunque esto sea una cualidad que debamos desarrollar y acrecentar.

Liberarse de cadenas


Pero ¡cuánto cuesta ser libre! Conseguirlo tiene su precio y sus riesgos. El pasado pesa, pesan los errores, los miedos y las inseguridades, el qué dirán los demás. Los padres marcan mucho, y los amigos también. Pero hay una hipoteca mayor, que es uno mismo. Cuesta deshacerse de los propios lastres, de la imagen que queremos ofrecer a los demás; nos da pánico mostrarnos tal como somos. Vigilamos cuidadosamente de dar una buena imagen, y nos da vértigo afrontar el abismo más profundo de nuestra psicología. El inconsciente nos da pavor. Vivimos en una burbuja porque nos da miedo erosionarnos con la realidad y que esta nos haga descubrir quiénes somos.

¿Quién se atreve a salir de sus propias esclavitudes para cortar sus cadenas? ¿Quién se atreve a abrazar y asumir sus propios agujeros para llegar al fondo del abismo de su ser? ¿Quién se atreve a salir de sus murallas, de su cárcel interior? Preferimos una cárcel de oro antes que la inhóspita intemperie, donde sabemos que no hay nada seguro, hace frío o hace calor, sopla el viento, sentimos soledad e impotencia ante la inmensidad de lo que hay afuera. Cortar la soga de nuestras seguridades y lanzarnos a lo desconocido, tanto de adentro como de afuera, es una gran epopeya que nos ayudará a vivir plenamente, hasta descubrir las consecuencias últimas de la libertad. ¿Estamos dispuestos a desengancharnos de nosotros mismos para ser uno con los demás y generar nuevos vínculos, que nos espoleen a descubrir la propia identidad?

Para conseguir la perla de la libertad tenemos que dejar todas las comodidades y dejar de autoidolatrarnos. Hemos de conseguir que se armonicen la voluntad, los deseos, las emociones y la inteligencia: si somos capaces de hacerlo habremos iniciado un viaje hacia la total felicidad, que es algo más que un estado emocional, es una manera de vivir y de ser. Valdrá la pena dejar muchas cosas atrás.

Es maravilloso ser humano, sin miedo a las ráfagas del viento que sacude la inmensidad del cielo. Cuando uno se libera de sus cadenas alcanza la libertad total, el éxtasis de su plenitud.