domingo, 18 de febrero de 2018

La sombra del misterio

Era una mujer con vigor inagotable, con una salud de hierro, que esparcía vida por todos sus poros. Servicial y comunicativa, cuando le preocupaba algún tema se metía a fondo: nunca se rendía. Extrovertida y conversadora, el mundo se le hacía pequeño. Vivía con intensidad, sin tregua. Hacía deporte, caminaba, estaba en mil cosas a la vez, apurando las horas y los minutos. El día se le quedaba corto, quería más y más.

Su inquietud social la llevó a tener una gran sensibilidad hacia los pobres y los que sufren. Fue voluntaria del comedor social de la parroquia de San Félix. Su dedicación y su fuerte personalidad hicieron de ella una coordinadora con criterios y principios robustos.

Así era Susi, expansiva y dinámica, siempre metida en mil asuntos e intentando ayudar a los demás, aunque no siempre le saliera bien. Era la mujer incansable, siempre a punto.

Hasta que, unos meses atrás, unos vértigos extraños empezaron a aquejarla. Los médicos no acertaban a ver qué enfermedad podía esconderse tras aquellos síntomas. Con el paso de los días, los mareos y un temblor que parecía inicio de Parkinson se fueron intensificando. Eran señal de que algo estaba sobreviniendo en su cerebro, pero nadie encontraba la causa.

Aquella Susi, que estallaba en vida, comenzó a declinar. La debilidad creciente le resultaba incomprensible e injusta, ¿por qué le pasaba todo esto a ella, tan volcada en ayudar a los demás? ¿Por qué una persona de vitalidad inagotable cae de esta manera?

Más allá de las preguntas, la enfermedad de Susi me ha llevado a meditar en la fragilidad del ser humano. Por mucho que uno piense, luche y haga, sean cuales sean sus motivaciones, hay algo que siempre se nos escapa. Algo que ni la filosofía ni las ciencias pueden agotar. Es el misterio imprevisible del ser humano. Hay aspectos de la persona que nunca acabaremos de entender. Por mucho que viajemos hacia nuestro interior, en nosotros hay zonas insondables a donde nadie puede llegar. Zonas desconocidas que escapan a la razón. Ante la impotencia, hemos de aprender a vivir en ese espacio oscuro a donde no llega la luz y asumir que esta realidad, por muy dura que sea, forma parte de nuestra naturaleza.

Todo lo que cae fuera del conocimiento nos genera temor. El miedo a lo desconocido y sus consecuencias nos abruma. La complejidad del cerebro y de nuestra composición genética es inmensa. Pero, además, en nuestra vida pesan las emociones, las antecedentes familiares, las consecuencias de nuestra forma de vivir, rasgos genéticos que no controlamos, efectos tóxicos del medio ambiente, de los alimentos que tomamos… Cualquier componente químico puede alterar nuestro cerebro y afectar a nuestra capacidad para movernos, hablar, ver y sentir. Un virus, una mutación, una serie de factores que se nos escapan pueden reducir un mar de vida a un pequeño riachuelo que baja, con un hilo de agua, hacia un abismo perdido entre montañas.

Susi es un eco de lo que fue. La mutación de un gen le produce una proteína que literalmente le está devorando el encéfalo. Cuando voy a verla al hospital ella me mira, clavando sus ojos en los míos. Apenas puede hablar, pero lo intenta. Me estremezco ante su esfuerzo y sólo puedo permanecer en un profundo silencio, que me sale de lo más hondo. Siento su terrible vulnerabilidad, quisiera decir algo, pero no encuentro palabras. El silencio se hace doloroso, se me parte el alma e intento buscar respuestas más allá de la razón, en la vida, en el misterio… en Dios.

Sólo puedo mirarla con dulzura y agradecer lo que ha hecho en el comedor social y en la parroquia. Una lágrima baja por sus mejillas. Un ser se desvanece. Me habla con sus ojos, con sus manos temblorosas, con su mirada fija. La beso en la frente, sintiendo que la vida todavía corre por sus venas y que un bucle de pensamientos, emociones y recuerdos pasa por su mente. Su alma todavía se comunica, de otra manera. Ella sigue siendo ella y yo tengo que aprender su nuevo lenguaje.

Soy testigo de esa sombra del misterio, del dolor humano. Salgo del hospital y pienso cuán frágiles somos, como aquellas amapolas de los campos, llenas de color, que un golpe de aire puede marchitar en un solo día. ¿Por qué tanta belleza efímera? ¿Por qué tanta vida fugaz, pasajera? Sólo Dios puede descifrar este misterio. A nosotros sólo nos queda contemplarlo, aún en medio del dolor de ver cómo un ser humano se va apagando. También el enfermo tiene su belleza, porque es persona, porque sigue viva. Ojalá nunca olvidemos que, pese a las sombras, sigue habiendo belleza en el mundo.

Rezo por Susi en este peregrinaje que ha iniciado hacia el infinito. 

domingo, 4 de febrero de 2018

Hedonismo intelectual

Gracias a la razón la ciencia ha avanzado exponencialmente en sus diferentes disciplinas. La sociedad del conocimiento está permitiendo grandes progresos tecnológicos y científicos. El progreso es imparable buscando mejoras en todos los ámbitos del saber, así como nuevos filones de negocios y la creación de una sólida estructura empresarial que permita cubrir todas las necesidades de la sociedad. La humanidad avanza y los retos son cada vez mayores. Potenciar la inteligencia ha permitido descubrir cosas insospechadas, tanto en biología como en medicina, física, ingeniería y astronomía. Los inventos se multiplican y muchos de ellos han mejorado nuestra vida ―aunque no todos―.

Teniendo todo esto un enorme valor, hemos caído en la idolatría de la razón, convirtiéndola en una diosa, sin caer en la cuenta de que hay otros aspectos de la vida del ser humano que quizás hemos descuidado y no les hemos dado el valor que se merecen, como por ejemplo, el cuerpo.

Hemos olvidado el cuerpo


Hemos sobrevalorado la inteligencia, la capacidad cognitiva del hombre, el saber y el conocimiento. Esto se ve claramente en nuestro sistema educativo. Incluso hemos valorado a las personas por su rendimiento intelectual. Pero hay otros tipos de inteligencia que tienen tanto valor como la capacidad de crear entelequias.

Podemos hablar de la inteligencia práctica, la inteligencia emocional, artística, creativa, incluso de una inteligencia relacional, de “saber ir por el mundo”, o la capacidad de adaptación, que sabe enfrentarse a cualquier situación de la vida. No es la inteligencia matemática que descodifica un logaritmo y extrae de él innumerables aplicaciones científicas. También existe la inteligencia doméstica, o “de andar por casa”.

Inteligencia es algo más que generar abstracciones. Es más que tener una buena memoria o la capacidad de vertebrar un discurso de forma amena y pedagógica. Existe también una inteligencia de lo pequeño, de las cosas sencillas, una inteligencia del orden, del cuidado, de la salud, del cuerpo, del bienestar.

Pero occidente, en su mentalidad dualista, ha separado el cuerpo y la mente de tal manera que en algunas ocasiones se ha producido un divorcio. Cuando se habla de hedonismo, uno tiende a pensar en alguien que vive pendiente de los instintos, de su aspecto físico y su bienestar corporal. Pero existe otro hedonismo, que es el que rinde culto al placer intelectual. Existe otra bulimia, que es la avidez de conocimiento y saber sin medida alguna. Existen otras adicciones, no ya a sustancias físicas, sino a la actividad intelectual. La mente es tan voraz como el estómago. Si no la educamos, no conoce límites.

Los límites del intelecto


He visto a grandes académicos con una capacidad y un brillo admirables, grandes intelectuales y profesores de inteligencia suprema, que de golpe lo perdían todo. Muchos de ellos estaban pasados de peso, estresados, aquejados de diferentes patologías cardiovasculares. No valoraban el cuerpo, su cuidado, la importancia de unos hábitos sanos. Idolatraron el estudio y despreciaron el mundo físico. Llevaron hasta el extremo sus capacidades cognitivas, ignorando que las neuronas y las conexiones nerviosas que les permiten razonar han de estar bien alimentadas, con oxígeno y nutrientes que posibiliten el buen funcionamiento cerebral. La capacidad de crear un discurso coherente no sólo depende de su inteligencia, sino de algo tan sencillo como el respirar bien y seguir una correcta alimentación.

El mundo intelectual, e incluso el científico y médico, ha minimizado el efecto de una buena nutrición del cuerpo para optimizar sus capacidades. Cuando estamos en la cresta de la ola olvidamos que un día podemos caer en las profundidades del mar. Cuando pisamos el vértice, la cima del éxito, y somos halagados por muchos, no nos percatamos de que estamos presos de una adicción poderosa que cada vez nos exige más. Podemos llegar a creernos dioses, inmunes a cualquier caída. El precio a pagar, a veces, es muy alto. La autoidolatría necesita un escenario para sobrevivir, y sin querer lo estamos creando a nuestro alrededor. Pero el realismo nos hace tocar de pies a tierra: el impacto de una enfermedad, el dolor, el cansancio, una ruptura o un accidente… todo esto nos hace ver cuán lejos estamos de nuestro cuerpo.

He conocido a grandes faros luminosos que se quedaban sin luz. Habían caído en la soberbia de sentirse poderosos e invulnerables, sin darse cuenta de que todos estamos hechos de barro, somos frágiles ánforas que en cualquier momento se pueden resquebrajar. Un día, sin saber cómo, esa vasija se rompe. El cerebro sufre una lesión, o el corazón padece un infarto, o enfermamos y corremos el riesgo de perder un órgano vital.

Reconciliar cuerpo y mente


Es entonces cuando tenemos que emprender el recorrido de vuelta, asumiendo con humildad las secuelas físicas, emocionales e intelectuales de nuestro accidente. No olvidemos que nuestro cerebro es materia y se aguanta por medio de sustancias que le vienen de una buena nutrición; no olvidemos que lo que sostiene el alma, nuestra energía y nuestra salud, es el cuerpo: un cuerpo bien alimentado, sano, equilibrado. El cerebro no sólo nos permite pensar, razonar y trazar estrategias, sino movernos, ver, oír, sentir y generar hormonas que impulsan nuestro metabolismo. Tiene una íntima relación con el aparato digestivo. Es mucho más que una sofisticada máquina intelectual: es el centro motor de todas nuestras funciones vitales, así como las emocionales y psíquicas.

La diosa razón, desde su poltrona, se ha convertido en una dictadora que ha sometido al cuerpo a un estrés brutal, convirtiéndolo en su esclavo. La tiranía de la inteligencia ha sacrificado el cuerpo.

La inteligencia, puesta en su lugar, ha de traducirse en un buen cuidado del cuerpo, de la salud, de las emociones, de nuestros pensamientos. Ojalá descubramos que mente y cuerpo han de estar unidos; que son aliados en la gran misión de construir una vida más armónica y feliz, que entre la mente y el cuerpo está el alma, a quien los dos tienen que servir, sin soberbia ni hedonismo.

Sólo así podremos llegar a una vejez lúcida y gozosa, preparados para dar el salto final, no enfermos, sino saludables y conscientes. Estar sanos es una obligación ética para poder disfrutar hasta el último momento del regalo de la vida. 

sábado, 27 de enero de 2018

¿Padres otra vez?

Cada vez más se está extendiendo el fenómeno socio-familiar de los abuelos que están ejerciendo un papel decisivo en la crianza de sus nietos. La absorción laboral de los padres hace que los niños pasen mucho tiempo con sus abuelos, dándose una gran complicidad y sintonía generacional, siendo esta relación muy buena para afianzar los lazos familiares.

Los abuelos son conscientes de la dificultad que podría haber en el crecimiento sicológico y emocional del niño si no compensaran la ausencia de los padres en su cometido educativo. Con su cercanía están salvando una enorme barrera entre padres e hijos, ya que muchos de ellos no dedican el tiempo suficiente para estar con los pequeños.

Pero, siendo positivos los vínculos entre abuelos y nietos, debe haber unos límites en ese necesario apoyo familiar. Hay que establecer algunos criterios que ayuden a equilibrar el rol de los abuelos, especialmente para que el niño nunca pierda la referencia de la autoridad moral y educativa de sus padres. De no ser así, la omnipresencia de los abuelos en detrimento de los padres podría crear lagunas en el desarrollo del niño.

Por responsabilidad y por compromiso, los abuelos han de estar siempre atentos a las necesidades del núcleo familiar. Pero sin que esto sea una fuente de injerencias más allá de lo necesario. Podrían estar favoreciendo una solapada dejación de los padres. Cuántas veces he observado en los abuelos un cierto cansancio, aunque no lo manifiestan para no herir ni crear conflictos familiares. Prefieren callar y asumir ya no sólo un exceso de trabajo sino la exigencia de unos hijos estresados, que están cargando sobre sus hombros el peso de estar permanentemente atentos a los nietos, que a veces son muy movidos y nerviosos, o presentan problemas de conducta. Los hijos de estos abuelos han de atreverse a reflexionar y hacer el esfuerzo de estar presentes en la educación de sus hijos. Se puede entender la dificultad por conciliar trabajo y familia y también las dificultades económicas por las que puede estar atravesando la familia, y cómo no, por supuesto, que se dé el caso de alguna penosa enfermedad de la madre o el padre. Siempre se ha de valorar que el frágil siquismo del niño no sufra carencias. Pero los padres no pueden renunciar a su papel fundamental: ellos son los primeros responsables de la educación de sus hijos.

Los abuelos necesitan espacio y tiempo


Por otra parte, los abuelos, ya jubilados, tienen tiempo para desarrollar actividades que quizás siempre han querido hacer, y no pudieron antes por estar trabajando y llevando adelante a su familia. Ahora que pueden, tienen todo el derecho de disfrutar de un tiempo de descanso, de viajar, de dedicarse a sus hobbies, o a sus aficiones, a sus amigos. Muchos mayores también se comprometen en actividades de voluntariado, o en proyectos solidarios que les requieren mucho tiempo, pero les llenan y satisfacen, les hacen crecer como personas. Algunos incluso se ponen a estudiar, o hacen deporte, o alguna actividad artística. No deberían renunciar a esto. Aún pueden dar mucho al mundo. Además de ser abuelos y dedicarse a la familia, pueden hacer otras cosas. Ser abuelo no significa ser “canguro gratis”. Los abuelos tienen su lugar importantísimo en la crianza de los nietos, pero nunca como sustituto de los padres.

Los hijos necesitan a sus padres


Los padres de familia también necesitan hacer una reflexión muy profunda. A veces trabajan muchas horas por ganar más dinero, pero luego tienen que gastar grandes sumas mensuales para pagar canguros, actividades extraescolares, psicólogos, esplais o campamentos… Toda clase de recursos para tener a sus hijos entretenidos y vigilados. ¿No sería más natural trabajar menos horas y pasar ese tiempo con los niños? Los niños necesitan tiempo vivido junto a sus padres. Esa es su primera necesidad, vital en la infancia para su desarrollo emocional. Necesitan más papá y más mamá que extraescolares. Sus mejores vacaciones son los días y las horas que pasan con ellos.

La ausencia de los padres enfría las relaciones familiares. El niño aprende a confiar en sus amigos y en las tecnologías: los aparatos y los juegos digitales se convierten en su mejor compañía para resolver la soledad. Esto le priva de una intimidad y de una convivencia necesaria para crecer bien.

Por último, hay que pensar que los abuelos, un día, necesitarán ayuda y cuidado. La edad los irá debilitando y tendrán que ser atendidos. ¿Quién se ocupará de ellos? ¿Buscaremos “canguros” para los abuelos, como los buscamos para los niños? ¿Los aparcaremos en una residencia? ¿Qué haremos? Decía una anciana que, antes, una madre nunca tenía reparos a la hora de criar a sus hijos: se apañaba como podía y los sacaba adelante a todos. En cambio, los hijos de ahora, tienen muchos problemas y discusiones para poder cuidar a su madre cuando esta los necesita. 

Cuanto más estén en su sitio los abuelos y los padres, más ayudarán a los niños a madurar como personas armónicas. 

lunes, 1 de enero de 2018

La irresistible fuerza de la morera

El día despierta con un cielo teñido de rosa. La mañana, aun siendo invierno, es templada.

Estoy frente a la desnuda morera. Me sobrecoge verla vestida de novia en primavera, con su frondoso follaje que cubre toda su copa. La sombra verde me invita a rezar muchas noches bajo sus ramas exuberantes. La brisa acaricia las hojas en las noches cálidas, iluminadas por la luna, y proyecta su sombra en el patio.

Pero ahora la miro y me impresiona la delgadez de sus extremidades. La borrasca Bruno la ha azotado sin piedad y en tan sólo dos días ha perdido todas sus hojas. Incluso algunas ramitas, más frágiles, han caído al suelo.

Te miro con pena y dulzura. Del verde tus hojas pasaron a un amarillo intenso que se fue apagando hasta llegar al ocre otoñal. Has resistido la violencia del viento que te ha sacudido con fuerza. Tu belleza persiste, tras el embate que flageló tus ramas. Has dejado caer las hojas y permaneces en pie, desnuda y silenciosa. Pero tu raíz y tu tronco siguen fuertes. Pese a la fragilidad de tus ramas, se adivina una fuerza oculta que te hace soportar los bandazos del aire. Ahí estás, como siempre, mi querida morera. Inspirándome tantos escritos y oraciones que abren mi alma, haciéndola conectar con el Creador. ¿Qué misterio nos ha unido en este lugar sagrado que custodias día y noche?

Nuestra amistad se ha ido fraguando con el tiempo. Tu solidez me ayuda a cohesionar mi trabajo pastoral. No sólo das sombra en verano. Calladamente, me susurras en el silencio de la noche, cuando me detengo a reparar mis fuerzas. Mirarte a ti, como creatura de Dios, me enseña a enraizarme en el lugar donde estoy. Tú resistes el crudo invierno y las gélidas noches. Fiel a tu lugar y a tu misión, incansable y humilde, das vida y color al patio. Así yo también, cuanto más me enraízo en aquel que me ha dado la vida y la vocación, más me centro en mi misión. Cuánta gente sin aliento viene a buscar comida. Quiero ser recio como tú, morera, para acoger los corazones desnudos que buscan el calor de la Iglesia. Quiero ofrecer refugio a aquellas frágiles almas que, con dolor, en su profunda desnudez existencial, buscan a alguien que las mire, las apoye y las quiera. Cuántas gentes sienten que sus vidas han quedado como tus ramas, desnudas, débiles, a merced de los vientos y las tempestades, tanto interiores como exteriores.

En esta complicidad, a punto de acabar el año y empezar otro nuevo, vamos a unir nuestras fuerzas. En medio de la gelidez espiritual y el invierno de muchas almas, pese a que nos amenaza el hielo de esta Antártida social, intentaremos dar acogida y deshelar con delicadeza estos icebergs que navegan por el mar de la vida.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Educar en libertad

La educación es un servicio


Nuestra comprensión de la realidad y de la persona marca un talante a la hora de educar. Esta tarea tan necesaria y tan sumamente delicada ha de suponer una renuncia al poder. Educar implica un profundo respeto a la libertad de la otra persona y evitar todo intento de clonarla o modelarla según nuestras propias ideas.

Educar es una tarea compleja y difícil. De entrada, todos estamos siendo constantemente educados unos por otros, porque la persona no se completa sin un proceso progresivo que la ayuda a crecer y a madurar en su trato con los demás. Hemos de tener en cuenta que podemos estar educando sabiendo que también nosotros necesitamos ser educados y, por tanto, hemos de vigilar de no ponernos en una posición de autosuficiencia ante el educando. Para educar se requiere ser humilde y respetuoso, y es necesario conocer al otro y descubrir sus valores para poder potenciarlos. A veces, cuando se educa, nos fijamos más en las lagunas y en los defectos que en sus talentos y capacidades. No se trata de corregir al otro según mis criterios, sino de hacerlo crecer según sus inquietudes, talentos, experiencias y opciones. Educar es ayudar a sacar de adentro afuera lo que define a cada persona, que nace con el deseo vital de realizarse. Su identidad única e irrepetible la hace ser digna de todo respeto.

Riesgos del que educa


Educar conlleva riesgos, algunos son muy grandes y conviene evitarlos para no caer en lo contrario de lo que significa la educación.

Educar no es manipular, utilizar, doblegar, adoctrinar ideológicamente ni modelar a la otra persona según unas ideas. El concepto educar a veces se puede confundir con ese celo desmesurado por “salvar” al otro, ya que podemos considerar que, según nuestra convicción, está errado o “perdido”. Es muy fácil resbalar por ese sentimiento de exigencia salvífica. Aquí es donde hay que ser muy honesto, porque el que sea diferente o tenga otros códigos para captar la realidad no significa que tengamos que cambiarlo para que vuelva “al redil”, según los paradigmas culturales que se han impuesto en la sociedad y en las familias. Especialmente tienen un mayor riesgo las instituciones en las que ponemos nuestra confianza. De entrada, suponemos que no tienen otra razón de ser que servir a la sociedad. El problema es cuando las instituciones de todo tipo, políticas, sociales, cívicas, deportivas, incluso religiosas, utilizan el instrumento del poder para imponer ideas, criterios y formas de hacer. Para ello pueden valerse de la coacción y el miedo al castigo. Pero hoy, la forma más frecuente de manipulación es el uso de resortes psicológicos y emocionales que manipulan a la persona e influyen en ella de forma inconsciente, condicionando el ejercicio de su libertad.

Cualquier persona que se sienta por encima de los demás, ya sea por su formación intelectual o moral, por su experiencia o por su autoridad; cualquier persona que se convierta en un referente moral, educativo o religioso debe ir con especial cuidado. No puede aprovecharse de su rango y reconocimiento para saltarse una ley básica de la educación: la libertad. Influenciar al otro según nuestra cosmovisión es manipularlo sutilmente y someterlo a nuestro arbitrio. En el fondo, estamos aniquilando su yo más profundo, convirtiéndolo en un sujeto a merced del supuesto educador, que alega que todo lo hace por su bien.

Libertad y bondad, imprescindibles


Bondad y libertad van unidas, igual que la maldad va unida a la esclavitud. El sometimiento y la influencia, por tanto, nunca pueden ser buenos, aunque se disfracen de humanitarismo.

Educar significa sanear nuestros sentimientos e intenciones. Cuando el alumno brilla o destaca por algún motivo, existe otro riesgo, que es la aparición de los celos por parte del maestro. Compararse o sentirse menos que el otro puede disparar un mecanismo de sumisión y manipulación para conservar la superioridad sobre él. De este modo, el enseñante se ve atrapado en un bucle de sentimientos paradójicos: el deseo de servir y el deseo de mantener su estatus superior. Si no lo resuelve, puede proyectar su frustración en el otro e impedirle crecer. Esto suele traducirse en una exigencia rayando la violencia. Cuando el educando propone algo distinto, muestra iniciativa propia o incluso discute al maestro, este puede reaccionar perdiendo su autodominio y llegando a la ira o a la humillación del otro porque no puede controlar la situación.

Para educar tenemos que situarnos entre una exigencia razonable y la ternura; entre la autoridad y la libertad. Es necesario respetar la frontera entre el tú y el yo. Educar no es moldear, como se hace con una obra escultórica; es dejar florecer al otro según su música interior. No podemos interferir ni hacer injerencia en su conciencia. Hay que potenciar su yo más genuino. Educar es mostrar, indicar, señalar, acompañar al otro para que sea lo que quiere ser. Este acompañamiento respetuoso le enseñará a compartir lo que ha aprendido y su riqueza interior con las personas que le rodean: familia, amigos, entorno, sociedad… Porque uno no crece ni se realiza si no es para los demás y con los demás.

Cuántos conflictos se evitarían, cuántos recelos y problemas en las familias, en las escuelas, en las universidades y en las comunidades religiosas y movimientos, si aprendiésemos a aceptar al otro y a alegrarnos por su manera de ser. La educación tiene que partir de aquí: abrazar al otro tal como es y su realidad. Sólo así le ayudaremos a volar hacia el destino que anhela.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Comprar el paraíso

La búsqueda del sentido de la vida es un anhelo genuino que está en lo más hondo de nuestro corazón. Esto es algo profundo y legítimo, pero no siempre se acierta en la forma de conseguirlo. Todos deseamos la felicidad, encontrar respuesta a nuestras inquietudes y preguntas esenciales: quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy. Buscamos todo aquello que responda a la búsqueda de nuestra identidad. Queremos saber quiénes somos, qué sentido tiene la vida. Deseamos descubrir todo aquello que sacie nuestro anhelo de felicidad. Es decir, buscamos vivir en un paraíso, un estado permanente de plenitud.

Buscando atajos para encontrar el camino


Cuando esta sana inquietud no se culmina por medios naturales, se buscan atajos, que pueden alejarnos de las inquietudes más primigenias y llenarnos con un sucedáneo alternativo que permite sobrevivir a la constante frustración de no conseguir lo que queremos.

Así es como muchas personas se lanzan a probar terapias, técnicas mentales e incluso se inician en el consumo de sustancias para encontrarse a sí mismas y su camino.

Estos medios se convierten en paliativos y, como proporcionan un bienestar y una sensación de plenitud efímera, la persona acaba necesitándolos y se hace dependiente de algo que está fuera de ella. En la búsqueda incesante de mayor bienestar y felicidad, se intensifica la prueba y la variedad, ya sea de terapias o de sustancias que generan un estado mental alterado. En esta situación, la persona crea un mundo virtual que alivia su inquietud, pero que no responde a la realidad.

El riesgo de la manipulación


Cuando se trata del consumo de sustancias ―drogas de cualquier tipo, ya sean hierbas o preparados sintéticos― estas alteran la química cerebral, proyectando en la mente imágenes, visiones y estados anímicos que se viven como una gran experiencia mística y reveladora. Hacen salir a la persona de sí misma y muchos creen tocar el Edén. Pero en realidad están bajo los efectos de unos químicos y pueden ser manipulados muy fácilmente por los expertos que controlan esta situación. Muchos gurús son maestros en técnicas psicológicas que aprovechan la debilidad de la persona y la seducen sin que se sienta incómoda ni obligada. Se convierten en los mesías que van a arrojar luz en su caos vital. Así podrán solucionar todo tipo de problemas: sicológicos, emocionales, económicos y espirituales. Estos redentores generan una dependencia del gurú o maestro y vuelven a la persona todavía más vulnerable para sacarle su dinero y generar una total dependencia, hasta dominar su consciencia, su voluntad y su libertad.

Todo esto siempre se hace utilizando un lenguaje humanitario, religioso y metafísico que apela a la liberación e incluso a la bondad. Es constante en los líderes religiosos utilizar frases fetiches, dardos que van adormeciendo a la víctima creando en ella tal estado de fragilidad que va a necesitar “chutarse” continuamente de esa sustancia, o practicando ese ritual, para salir de su oscuro laberinto. En realidad, viven atrapadas en la burbuja de esta pseudofelicidad completamente artificial, y además a un coste elevado, tanto económico como de salud. Podríamos decir que estas personas han sido abducidas, convertidas en esclavas de otros que manejan los hilos de su existencia. Gente brillante, exitosa en su profesión y con un nivel intelectual, flirtea con estos mundos que, en principio, ofrecen experiencias fabulosas, pero terminan necesitando urgente ayuda médica y psicológica para salir de la trampa y recuperar su salud.

Como toda droga, el daño neurológico producido por el consumo de ciertas sustancias, hace muy difícil que el cerebro se normalice. Será necesaria una intervención muy seria y eficaz para que los circuitos neuronales se restablezcan y la persona pueda liberarse de la adicción.

Algunos consejos


A quienes se acercan o han probado estas terapias químicas de fuerte impacto, les aconsejaría algunas cosas.

Primero, vigila los costes excesivos. Cuando hay mucho dinero de por medio, hay un gran negocio detrás.

Segundo, atención a los retiros o encuentros en un entorno aislado, con atmósfera casi mágica. Apartados de la realidad cotidiana es más fácil caer seducidos y olvidar toda racionalidad.

Si cada vez más necesitas de este medio o esta terapia, es posible que estés cayendo en una dependencia o adicción sin darte cuenta.

Si de manera progresiva te van introduciendo un discurso filosófico sobre el mundo, tu realidad y tus emociones, que vas haciendo progresivamente tuyo y repites a los demás, pregúntate si no te estarán modelando la conciencia para que te conviertas en un “apóstol” de esas ideas. Tu concepción de la realidad puede estar cambiando totalmente y, de nuevo, no eres consciente de ello.

Si crees que tú eres el creador absoluto de tu realidad, vivirás una doble vida: el mundo que tú crees real —tu paraíso artificial— y la realidad que está ahí afuera.

Alerta si te alejan de tus círculos habituales: familia, amigos, para entrar a formar parte del clan del maestro.

Atención al discurso “divinizante”: si te hacen creer que tú eres dios, que tú eres el único artífice de tu vida y que puedes conseguir lo que quieras.

Atención también al discurso nihilista: cuando te hablan de la disolución del yo en el todo (o en la nada), y de que todos somos una misma cosa, y que nada de lo que parece real es cierto. Es curioso ver cómo se da esta paradoja: por un lado eres dios, por otro lado eres nada, y mucha gente la acepta sin cuestionarse.

Mucho cuidado: si cada vez necesitas tomar más sustancia o recibir impactos más fuertes, y con mayor frecuencia, para sentirte bien.

Acabarás dejando de ser tú mismo para convertirte en una sombra que irá resbalando hacia la oscuridad. Perderás la salud y la alegría, quizás por no atreverte a afrontar tu realidad sin “muletas”, tal como es. Las respuestas que buscas están en ti mismo, si eres sincero y te atreves a preguntar. Pero afrontar la propia realidad da miedo y hay muchos falsos profetas vendiendo paraísos que acaban convirtiéndose en profundos infiernos.

Necesitas una decidida voluntad de encararte contigo mismo, buscando ayudas sanas que te dirán quizás lo que no quieres oír, sin cobrarte dinero por ello. El camino hacia la cumbre de la vida siempre es cuesta arriba y a veces doloroso. Atravesarás tormentas y días de sol y aridez… pero al final, en la cima, te espera una auténtica y lúcida alegría, que arraigará en lo más hondo de tu ser.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La historia de Carmela

Hace unos años tuve una relación muy estrecha con Carmela, una viuda que se dedicaba a recoger trastos por los contenedores y luego los vendía como podía en mercadillos de segunda mano. Sorprendía verla siempre tan amable, tan bondadosa y alegre, de modo que me invitaba a entablar conversación con ella. Era tan detallista que cuando encontraba algo nuevo o de valor, con lo que hubiera podido sacar más dinero, siempre me lo ofrecía como obsequio.

Había belleza en su corazón y un torrente de bondad en su mirada. Lo poco que tenía lo sabía dar. Lo que no vendía lo llevaba a su casa, donde atendía y cuidaba a un hijo aquejado de un trastorno neurológico incurable, la enfermedad de Huntington. Cuidar de él era su máxima preocupación. Incluso en invierno y de noche, buscaba y rebuscaba para encontrar algo que le diera ingresos. Algunas tardes, cansada y con el frío en los huesos, se refugiaba en la parroquia. Me llamaba a la rectoría, pidiéndome algo caliente. Yo bajaba y siempre la invitaba a tomar un cafetito y algo más. Ella comía poco. Siempre pedía un café con leche y tomaba la taza con sus manos enrojecidas por el frío. A través del vapor del café me miraba con sus pequeños ojos, vivos y pillos, la respiración entrecortada. Gracias, hijo, me decía. Y luego me contaba historias de su familia, de su trabajo y sus sufrimientos. Le costaba irse y siempre se nos hacía tarde, así que al final, muy entrada la noche, la acompañaba hasta su casa.

Acumuló tantos cacharros que los vecinos la denunciaron y vinieron varias veces a vaciarle la casa. Tenía el llamado síndrome de Diógenes: con los objetos llenaba el vacío que se había apoderado de ella, quizás por eso siempre estaba buscando. Pese a los golpes de la vida, su bondad natural le dio una fortaleza a prueba del dolor.

Carmela fue una niña maltratada por sus padres y después por su marido. Con su hijo enfermo, descuidada por el resto de la familia, sobrevivía en los últimos años de su vida. Pero su mirada no perdió el brillo especial de los que aman y saben ser generosos. Era una bella pobre, que se mantenía firme en medio de los vaivenes de la vida y nunca se rindió. Lo poco que sacaba de sus ventas era un empuje que la alentaba a tirar adelante. El frío, la edad, su carencia extrema y una escasa y mala alimentación fueron minando su salud. Contrajo una demencia progresiva que la hacía perderse en el limbo de la existencia. Pero nunca olvidó mi nombre; no olvidó dónde estaba la parroquia y a qué puerta podía llamar cada noche.

Yo tampoco olvido a Carmela y la tengo muy presente en mis oraciones. Ella me enseñó a valorar que, aunque no tengas nada, o tengas muy poco, siempre puedes compartir algo con los demás. Era como la viuda del evangelio, que echó su óbolo en el cepillo del templo: “todo cuanto tenía para vivir”. Muchas veces, cuando descienden las temperaturas en las tardes de invierno, pienso en ella, en el regalo de su confianza, en su delicadeza y en su cariño. Se dio ella misma, el valor más grande, un corazón abierto y rasgado porque supo amar mucho. Esta es su historia: pobre materialmente, pero con un tesoro espléndido en el alma.