domingo, 9 de agosto de 2020

Alzheimer espiritual

A lo largo de mi actividad pastoral he ido observando, no sólo un alejamiento de los valores de la fe, que también, sino, sobre todo, una profunda desubicación de los cristianos de hoy. En medio de un mundo convulso y confuso, en lo ideológico y en lo espiritual, muchas personas han perdido sus referencias. No me refiero a aquellos que se distancian de la Iglesia y pierden la fe, sino a aquellos que, aunque siguen creyendo y participan en la misa, han convertido este acto supremo y sagrado en una rutina que siguen por inercia y por obligación, y esto les hace perder el valor genuino de su fe. Como se suele decir, están de «cuerpo presente», pero su cerebro espiritual está plano, sin actividad alguna.

¿Qué pasa en las celebraciones? Se hacen pesadas, largas, y la gente espera que el sacerdote acabe cuanto antes. A veces se hace insoportable estar ahí delante sin entender nada. Si el cura alarga la ceremonia, la incomodidad crece. Cuando uno se siente bien, desearía alargar más el tiempo, vibraría con todo lo que oye y ve, saborearía los bienes espirituales que dan sentido a su vida y se estremecería ante algo tan bello, que responde a su anhelo de crecimiento espiritual. Hemos caído en una rutina pesada, que nos cansa por su repetición.

Otras veces, la misa nos sirve para desconectar. Ante los problemas y las experiencias dolorosas, las celebraciones son un analgésico que nos hace olvidar las dificultades del día a día. Vamos a misa para olvidarnos, durante un rato, de nuestros problemas, tanto internos como de nuestro entorno. Así convertimos la eucaristía en una pastilla balsámica que nos aleja de la realidad. Es una terapia tranquilizante, pero, en el fondo, no produce ningún efecto porque la sensación al final es la misma. Esos tres cuartos de hora se hacen interminables. Lo que al principio pudo ser una huida de los problemas y la autoexigencia espiritual se convierte poco a poco en algo no tan deseado. Aislados en medio de tanta gente, la mente no para de divagar, nos despistamos y desconectamos. Aquí es cuando podríamos hablar de Alzheimer espiritual.

Alzheimer es desconexión

¿Qué es el Alzheimer? Es una forma de deterioro cerebral cuyo efecto es la desconexión. Falta el sentido de la ubicación, la persona se desorienta, se pierde, todo se le olvida, entra en un limbo y empieza a no conocer; los rostros se desdibujan y pierde toda referencia espacial y temporal. Confunde nombres y lugares. El enfermo de Alzheimer acaba encontrándose desubicado en medio del mundo. Esta temible enfermedad, que va consumiendo el cerebro, acentúa la desconexión de la persona hasta hacerle perder la identidad: no sabe quién es ni qué hace. Una auténtica tragedia.

Las causas del Alzheimer son muchas y aún se están investigando, pero uno de los factores que lo provocan es la falta de oxígeno y la mala circulación de la sangre, especialmente en el cerebro. También influyen mucho el estrés, una alimentación inadecuada, la inflamación interna del cuerpo, por fármacos u otros motivos, el desgaste físico y emocional, la toxicidad en la comida y en el ambiente, el sedentarismo y la falta de ejercicio.

Estas manifestaciones se producen también en el plano espiritual.

Veo en muchos fieles una desconexión progresiva de la realidad de la Iglesia. Desconectan de lo nuclear de la fe, que requiere compromiso e implicación. Todo empieza con la falta de empatía, diálogo, comunicación. El que se sienta al lado es un desconocido. Dejan de saludar al que es hermano de la fe y que comparte una misma experiencia religiosa. La distancia se hace cada vez mayor, no hay tensión, sino completa dejación. La persona, dormida o anestesiada, está presente sin que vibre su corazón. Se pierde en su laberinto interior. Deja de ser consciente de dónde está, con quién está y por qué acude a las celebraciones. El mismo Cristo se desdibuja en su mente y es entonces cuando va de camino a un limbo espiritual. La soledad aparece junto con la pérdida de identidad, porque cuando se pierden las referencias fundamentales uno se pierde a sí mismo. La identidad cristiana se diluye porque se ha diluido la identidad comunitaria. Y la persona se convierte en un islote perdido, como un náufrago en los mares de su existencia. Poco a poco, se va alejando del barco, que es la Iglesia, de la comunidad que le acompaña y, en definitiva, de aquel que guía el timón: Jesús.

¿Cuáles pueden ser las causas de este Alzheimer espiritual?

Por qué desconectamos

Al igual que el físico, pueden contribuir a esta desconexión varios factores. El primero es el estrés, también el estrés espiritual: no saber parar, no detenerse a rezar, a pensar, a abandonarse en Dios. Otro riesgo es la falta de oración, de silencio y descanso. También hay malos alimentos para el alma: nos llenamos de basura espiritual y mental con los medios, la televisión, las críticas y las maledicencias, los pensamientos reiterados y negativos. Los prejuicios y las ideologías que nos dividen y enfrentan también nos van envenenando. Toda esta toxicidad mental y anímica nos acaba enfermando y agota nuestra energía espiritual.

También podemos sufrir una inflamación interior: nuestras guerras internas, tensiones y conflictos, con nosotros mismos y con nuestra realidad, situaciones irreconciliables que no acabamos de resolver, falta de aceptación de los demás y de las cosas como son…

El desgaste espiritual puede producirse por falta de abandono en Dios, un exceso de voluntarismo, de activismo, de confiar sólo en nuestras propias fuerzas olvidando que todo cuanto hacemos está en manos de Dios.

Finalmente, incurrimos en un sedentarismo espiritual: nos apalancamos, nos volvemos perezosos a la hora de amar y servir. Nos instalamos en una religiosidad cómoda y rutinaria, casi automática, que nos apacigua y encaja en nuestra agenda, pero no nos despierta ni nos desinstala. Cumplimos, y basta. La inmovilidad física anquilosa el cuerpo y el cerebro, pero la inercia espiritual también puede matar el alma. En el mundo espiritual, como en el material, el movimiento es vida. Si no avanzas, retrocedes o mueres.

¿Cuál sería la medicina?

El mejor antídoto

La desconexión revela una falta de pasión. Necesitamos volver a enamorarnos, de Cristo, de la Iglesia, de nuestra comunidad. Quien vibra y ama nunca desconecta, ni en lo físico ni en lo espiritual. La pasión nos une, nos hermana, nos regenera y nos da vida. Y Jesús nos llamó a vivir así, ardiendo y entregándonos, como él. Jesús no quiere una Iglesia de muertos vivientes, ni de fieles dormidos.

Estamos surcando nuevos horizontes, ¡seamos conscientes de que vamos hacia el Reino de los cielos! Una parroquia es un pequeño barco que avanza en su misión: necesita permanecer atenta, despierta, velando, vibrando todos con el mismo corazón de Cristo. Recuperar el sentido de nuestra vocación cristiana es el mejor antídoto para el Alzheimer espiritual.

domingo, 2 de agosto de 2020

Claridad mental, dulzura de corazón

Mentes prodigiosas


Mi inquietud por el saber es insaciable y es un anhelo que ha marcado toda mi vida. Aprender, conocer, investigar, sobre todo en el campo del pensamiento y del alma humana. Siempre me he preguntado qué hay detrás de todo y, en especial, quién mueve la realidad del mundo y del hombre. Quedo maravillado ante los descubrimientos que aportan novedad, tanto en las ciencias antropológicas como en la biología, la medicina y la física. Me asombra la capacidad humana de penetrar en todo lo que le envuelve. Las dudas y los interrogantes son consubstanciales al aprendizaje. De no ser así, las ciencias, las relaciones, las preguntas por el más allá, se estancarían y no creceríamos como seres humanos.

En el mundo de las ciencias y de la cultura han sobresalido mentes muy privilegiadas y, gracias a ellas, el mundo evoluciona. La historia de la humanidad está llena de grandes gestas, desde la invención de la escritura, hasta el descubrimiento del ADN, el lenguaje de la vida; desde la exploración de los astros hasta los primeros viajes espaciales. 

Pero, siendo esto muy loable y crucial para el progreso material de la humanidad, hay otro tipo de conocimiento que también es necesario para que podamos crecer como seres humanos.

La sabiduría del corazón


Además de los cerebros brillantes que han marcado la historia de la ciencia y la cultura, ha habido una infinidad de personas anónimas que quizás no sobresalían tanto desde un punto de vista científico o intelectual, pero su aportación a la humanidad ha sido esencial. Son todos aquellos que, desde la intuición, desde ese olfato que trasciende la propia humildad, han sabido unir de manera armónica la mente y el corazón.

La potencia del saber está limitada, o incluso se puede desviar. Porque la mente es capaz de grandes inventos, pero también de crear artilugios monstruosos que, en vez de ayudarnos a caminar, han causado un enorme daño a la humanidad. Cuando las ciencias no se conjugan con la ética, cuando la razón se divorcia del corazón, esas mentes maravillosas pueden engendrar bombas atómicas que destruyan parte de nuestro planeta. A la mente hay que ponerle límites y esto lo marca la ética y el corazón.

El saber conceptual no es suficiente. Será necesario también el saber de las pequeñas cosas, el arte de mantener unas relaciones humanas equilibradas y maduras, la humildad, la cortesía y la amabilidad, la generosidad y, sobre todo, la ciencia de los afectos.

Si el ser humano vive en un ambiente hostil, su inteligencia emocional se bloqueará y lo incapacitará, no sólo para pensar, sino para relacionarse. Lo peor: le impedirá discernir y amar.

¿Qué hace que el mundo florezca? Ese impulso vocacional por la vida. Esto significa apertura hacia los demás, fomentar la solidaridad y la cooperación, el diálogo con el que es diferente, y una renuncia a nuestro yo idólatra. Creemos que, porque sabemos algo, somos mejores y no se trata de saber más, sino de amar más y escuchar más.

El inteligente humilde se convierte en un sabio que ha sabido incorporar a su mente la potencia creativa e intuitiva de su corazón. Cuando la ciencia incorpore la sabiduría del corazón, se hará un bien real a la humanidad. Pero todo lo que no se realice desde la ética, la bondad, la ternura y el amor, puede ser en alguna medida un daño potencial.

Necesitamos la dulzura


Aprendamos con sencillez a observar la naturaleza. Aprendamos de la belleza de la amapola, que viste de rojo un trigal, y que tan sólo dura dos o tres días, pues sus frágiles pétalos son de una sensibilidad extrema. Tan sólo que le dé el viento, o que la arranques, se marchitará en seguida. Pero no por ser tan sencilla pierde su valor. Lo que ensancha mi corazón no es el análisis racional del hecho, sino el impacto estético que me produce ver las flores, o aspirar su aroma. Lo que me conmueve no es el conocimiento intelectual, sino la emoción estética que me produce.

En el plano humano esto tiene sus consecuencias. Las relaciones humanas crecen cuando nos apeamos de la soberbia intelectual. Con nuestra mente analítica diseccionamos al otro, lo criticamos y hasta queremos amputarlo, sin que nos importe el daño que le podamos causar. La mente, en este caso, se vuelve obtusa. Somos capaces de decir y hacer lo peor, y a veces dejamos que nuestro corazón bombee toda la rabia, los celos y la envidia, en nombre de nuestra claridad mental. Cuando a la mente se le va el brillo, la oscuridad del egoísmo cabalgará en nuestra vida.

Pero cuando somos capaces de ver al otro más allá de sus defectos, y descubrimos su potencial humano de bondad, lo trataremos con delicadeza, como si fuera un pétalo de amapola, con dulzura de corazón.

La dulzura ha de formar parte de nuestro ser. Sin ella tenderemos a reventarlo todo, especialmente lo que no nos gusta, o la persona que no nos cae bien. Seremos como aquellos que arrojaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, esperando exterminar a los supuestos enemigos, contaminando el aire con el gas del odio. Una explosión de resentimiento asfixia el alma. Cuando matamos la fama de una persona le estamos quitando la vida.

Sin amor, las ciencias no avanzarán hacia el bien. Con amor, el saber producirá gozo y alegría, porque estaremos contribuyendo a todo aquello que favorece el crecimiento y la expansión del ser humano, centro de toda ciencia.

domingo, 26 de julio de 2020

Como el Sol cuando nace

Un paraíso hacia Poniente


La zona de La Noguera es un lugar donde suelo retirarme cada verano a descansar. Allí hago mis recesos y organizo el próximo curso y mis actividades pastorales. No es un lugar húmedo de grandes bosques, como podrían ser los Pirineos, ni un lugar de playa, como Tarragona, con un intenso turismo y ofertas de ocio. Pero La Noguera es un paraíso para otro tipo de turismo. Los parajes naturales en torno al Montsec, las rutas siguiendo montañas, ríos y pantanos, las excursiones a antiguas ermitas románicas o a castillos medievales, o cruzando desfiladeros como el de Mont-rebei, ofrecen escenarios incomparables al viajero buscador de belleza y de rastros de nuestra historia. En La Noguera es posible encontrar bienestar, cultura, naturaleza y unos cielos estrellados de asombrosa nitidez.

Tengo especial preferencia por estos paisajes secos, los Aspres de la Noguera, montes abruptos donde el romero y el matorral espinoso crecen entre encinas y robles. Me gusta contemplar la agreste belleza de las rocas mientras camino por senderos pedregosos entre valles y montes. Escucho el murmullo del viento en los chopos que se elevan siguiendo el curso de los arroyos. Contemplo las curvas caprichosas de las ramas de los almendros y huelo el aroma del romero y los hinojos que crecen junto al camino. A lo lejos, veo los extensos campos, llenos de espigas doradas, a punto de la siega. No es este el paisaje verde de Girona, ni el de la Costa Brava. Pero el clima seco, además de ser excelente para mi salud, por la baja humedad, tiene sus encantos. Cada noche veo las estrellas como nunca las he visto; por la mañana, piso el rocío en el campo; a mediodía, el viento me regala su silbido. Contemplo el sol al nacer, a mediodía y al atardecer. Disfruto del frescor de la noche, paseando mientras escucho la música de los grillos. El clima seco moldea un paisaje natural, poco manipulado por el hombre, con un bosque sorprendentemente frondoso y variado. Sobre todo, disfruto de ese silencio que todo lo envuelve y de una soledad deseada que empuja a descubrir las maravillas del entorno.

Todo es más limpio, más sencillo, los colores son puros y las montañas se perfilan en un cielo nítido de intenso azul. Al haber poca población, la sensación de inmensidad es mayor. El Edén no es sólo un bosque verde con manantiales y jardines; también puede ser un hermoso campo de espigas acariciadas por el viento de la tarde, el murmullo de un arroyo que se desliza entre los cañizares, o la suave brisa que sopla en el crepúsculo, mientras el cielo se tiñe de rosa y oro. Sí, esto también es un Edén, un jardín a Poniente. Recuerdo que Joan Oró, el gran científico catalán, decía que jamás había visto el cielo nocturno tan claro como en este lugar.

La soledad buscada


Prefiero el anonimato en medio de un ambiente árido y sus maravillosas cumbres que perderme en el anonimato impersonal en medio de tanta gente, que mata el tiempo en la playa; prefiero el silencio y la soledad al ruido humano y al engentamiento. Prefiero un tiempo para crecer y no para perderme, un tiempo y un lugar para encontrarme en vez de ir empequeñeciendo en medio de un excesivo culto a todo lo que hago. Prefiero callar y contemplar que decir palabras huecas, perdiendo el rumbo. Sé que, cuanto más me adentre en mí, más aprenderé quién soy y hacia dónde voy, y qué sentido tiene la vida. Así podré dar respuesta a otros que buscan, y quizás les ayude a encontrarse consigo mismos.

Reflejos de Dios


Cada mañana, temprano, salgo a caminar por los senderos, en busca de la claridad que anuncia la salida del sol. En seguida me veo envuelto por esos parajes tan bellos, y me gusta sentir el frescor del rocío matinal en la mejilla. El sol sale por detrás de las montañas. Primero se dibuja una aureola luminosa y después, lentamente, asoman los primeros rayos: un diamante en el cielo claro de la mañana. Y sale con toda su fuerza por encima de las cumbres. Es un momento mágico, de belleza estremecedora. Todo el valle queda iluminado; atrás quedan las sombras de la noche. Los colores estallan, los campos son bañados generosamente por la luz que irradia el nuevo sol.

Solo, en medio de tanta belleza, respiro dando gracias. Y recuerdo aquel pasaje bíblico del libro de los Jueces, el cantar de Débora, que acaba con este verso: «Sean los que te aman, Señor, como el sol, cuando nace con todo su fulgor». La luz de Dios envuelve toda mi existencia. Todo mi ser brilla cuando amo, porque los rayos de Dios embellecen mi alma de tal manera que toda mi vida es transparencia suya. Esos rayos, que son los brazos de Dios, me acompañan cuando abrazo el nuevo día. Cada amanecer es un regalo: Dios me vuelve a levantar para que sea espejo donde rebote su calor hacia la humanidad, para que me convierta en otro faro que indica el camino hacia él.

Sólo así, con esta actitud oracional, cuando me levante, brotará en mí una invitación a vivir plena e intensamente. Este es el gran desafío diario: ser feliz, dando gracias a Dios.

Una vez el sol ya está en lo alto, regreso agradecido por esa bendita experiencia. El día comienza. Es verdad, también, que la luz me ayuda a ver más mis propias imperfecciones, pero esto no me asusta. La acción amorosa de Dios sobre mí es mayor. Si me dejo iluminar por él, arrancaré el día lleno de su inmenso amor.

26 de julio de 2020

domingo, 12 de julio de 2020

Pasión o adicción


Llamados a vivir en plenitud


El ser humano está llamado a su máxima realización. El deseo de encontrar sentido a su vida lo empuja a una búsqueda inherente a su persona. No podemos vivir sin metas, sin esperanzas, sin un propósito vital. En esto radica la plenitud de la naturaleza humana: estamos concebidos para emprender grandes gestas. Lo contrario sería renunciar a ese anhelo más íntimo que todos tenemos: el deseo de ser felices, es decir, ser, hacer y pensar, desde la libertad, aquello que da sentido a nuestra vida.

Renunciar a este anhelo inscrito en nuestro ADN es morir lentamente en vida; el deseo de plenitud forma parte de ese itinerario que nos lleva hacia la madurez.

Pero ¿qué ocurre cuando nos estancamos por miedo a las consecuencias de una lucha sin tregua? El miedo, la inseguridad, la responsabilidad, nos pueden congelar y detener nuestro avance, impidiéndonos alcanzar nuestros objetivos.

¿Qué hacer?

Encender la pasión por todo aquello que soñamos. La vida es demasiado hermosa, como para tumbarse en la cuneta de la desidia. La vida es un estallido de oportunidades, y no para vivirla a cámara lenta y en blanco y negro.

¡Cuánta gente se rinde ante las dificultades! Hemos de saber que nuestro cerebro está diseñado para potenciar y rentabilizar nuestras capacidades. No lograremos entender que estamos diseñados para reinventarnos una y otra vez, porque nuestro potencial y genialidad lo tenemos inscrito en nuestros genes. Es una maravilla ver hasta dónde puede llegar uno si se lo propone: el Creador nos ha dotado de una sorprendente y a veces desconocida creatividad.

Cómo arder


Pero ¿qué nos pasa, a veces? Que nos volvemos demasiado timoratos y pusilánimes. Nos contentamos con sobrevivir en medio de una bruma que nos creamos nosotros mismos, porque nos faltan agallas y valentía frente a la tibieza. La solución es dejar que arda el fuego en medio de esa tiniebla interior, y esto pasa por abrirse, salir de uno mismo y atreverse a cruzar el abismo, corriendo para que los músculos del corazón se activen. Entonces fluye dentro de nosotros ese anhelo más escondido que hay en los recovecos del alma.

Haz el esfuerzo. Descubre los rayos de luz que hay dentro de tu propia sombra. Alza el vuelo sobre ti mismo. Con ese impulso nuevo que te ayudará a reencontrarte, ahora ya sin miedo, pasarás de la apatía a la pasión. El fuego de tu alma será un motor dispuesto a romper barreras, malas creencias, tópicos, inseguridades. Mantén el fuego de la pasión siempre encendido para que las frías y gélidas estaciones del tiempo nunca apaguen tu fulgor.

Ese fuego que tienes dentro te permitirá seguir hacia adelante, pero siempre con un profundo control mental, para que no seas devorado por las llamas. Hemos de evitar llegar al límite de nuestras fuerzas, porque, aunque nuestros deseos son grandes, no olvidemos que nuestra naturaleza es limitada. No confundamos pasión con frenesí. El corazón puede arder, pero la mente debe equilibrar el calor con la fría racionalidad para evitar excesos. El calor no debe ir más allá de lo soportable.

El equilibrio necesario


Con esto hemos de tener cuidado. Nuestra conciencia y ética pueden poner el marco de contención de la temperatura de la pasión para evitar quedar calcinados. Sería contraproducente que, por exceso de pasión, acabemos cayendo en el estrés, el cansancio, la enfermedad. Una tensión extrema va minando nuestra calidad de vida y nos lleva a somatizar los estados nerviosos. Como en todo, la prudencia y la moderación han de ser las grandes amigas de la pasión, pero eso sí, desterrando los miedos y la apatía. Es un juego de malabares que hemos de dominar: el equilibrio necesario para alcanzar nuestras metas con pasión, pero evitando caer en la obsesión y la adicción.

Si no se da este equilibrio, es cuando la obsesión nos impide razonar y poner las cosas en su sitio; entonces sentimos que se nos van de las manos y no podemos contener nuestras reacciones. Caemos en la hiperactividad acelerada y pasamos a una fase aguda que irá deteriorando nuestra salud. Se genera una dependencia con aquello que al principio era algo sano, natural, que nos hacía vibrar. Ahora, el fuego de la pasión se ha convertido en una obsesión. Y, más tarde, en adicción. Llegados aquí, todo se complica a velocidad de vértigo.

El riesgo: de la obsesión a la adicción


Aparece la ansiedad, el no poder dejar aquello que se hace, la incapacidad para detenerse. Se empieza a perder el control de uno mismo, surgen problemas digestivos y otros síntomas. El sistema nervioso se dispara y el sistema inmune cae. Falta de sueño, pérdida de apetito, irritabilidad… Todo contribuye a aumentar la sensibilidad extrema, y damos demasiada importancia a lo que no la tiene. La percepción de las cosas se agudiza y todo aquello que consume tiempo y nos impide hacer más nos saca de quicio.

Llegados a este punto, la persona empieza a estar cada vez más agotada, siempre a punto de estallar, pero se controla ante los demás, porque no quiere que todo se le vaya de las manos. Las noches se hacen larguísimas y al día siguiente está más alterada, ve problemas por todas partes, pero no puede dejar de hacer, más y más. Es el cuento de las zapatillas rojas, la historia de aquella niña que amaba tanto bailar con ellas que no supo ver el límite. Quien entra en esta espiral corre un grave peligro para su salud. El cuerpo somatiza el estrés con reacciones patológicas que responden a la falta de control sobre la situación que se vive.

Cuando uno se da cuenta de que ya no controla, es cuando se hace necesaria la intervención de un facultativo médico, o un terapeuta. Pero a veces la persona reacciona muy tarde, porque cuesta reconocer la adicción y el proceso de recuperación es largo y difícil de asimilar. El agotamiento físico, mental y psicológico la ha debilitado tanto que, una vez se recupere, deberá plantearse un cambio de rumbo, una profunda reflexión para orientar su vida y, posiblemente, empezar algo diferente. Estas experiencias límite muchas veces significan renacer. La persona descubre, aunque el coste haya sido muy alto, lo que realmente es prioritario en la vida: la familia, los amigos, un trabajo que le permita vivir con dignidad… Pero, sobre todo, lo más importante es ella.

Renacer


Lo importante eres tú. Tu vida, tu paz, aquellos a quienes de verdad amas, tus amigos auténticos, que te hacen crecer y florecer. También aquel que con dulzura te ayuda, te orienta y te aconseja, con respeto y amor, para que alcances ese sano equilibrio entre tú y los demás, entre lo que eres y lo que haces, entre tu libertad y tus sentimientos. Sobre todo, y aunque sea lo más difícil, necesitas equilibrar lo que ocurre fuera de ti y lo que pasa dentro de ti. No pierdas tu esencia, tu yo más íntimo ante el mundo que te rodea.

Conócete, acepta lo que no puedes hacer, porque se aleja de lo que eres. El yo y la libertad, tu ser y tus talentos, han de formar una sólida base de tu existencia. Y vuelve a lo primigenio: al silencio, a la moderación, a la suavidad, al descanso. Ama, escucha, vive y saborea la naturaleza.

No te apegues demasiado a las cosas. Desvincula el dinero del trabajo para no caer en el agobio económico. Los gurús de la prosperidad pueden hacer mucho daño, haciéndote correr detrás de una meta que quizás no es la tuya. Trabaja con pasión, pero no con obsesión. Abre cauces a tu creatividad, pero no dejes que desborde y se pierda. En especial, controla el tiempo, porque tu tiempo es tu vida. Así podrás gozar de cada momento, y serás feliz.

lunes, 22 de junio de 2020

No intentes ser lo que no eres


Vivimos en una sociedad compleja y contradictoria. La integridad, como valor ético y social, tendría que formar parte de nuestra realidad humana. Pero a menudo nos fabricamos una imagen de los demás que no siempre responde a la realidad, ya sea porque nos engañan o porque no tenemos capacidad de análisis y crítica constructiva.


Apariencias engañosas


Hay personas tan sutiles y sibilinas que harán cualquier cosa para que creamos en ellas, aunque no sean de fiar. Son camaleónicas, se comportan en función de lo que les interesa y van cambiando de actitud para sacar el máximo partido de cada situación. Su ambivalencia llega a ser patológica; no les importa decir lo mismo o lo contrario, con tal de conseguir algo. Cambian de traje constantemente. ¿Por qué?

Somos así por naturaleza. Inventar algo que no es verdad nos hace superar la mediocridad de una vida sin sentido. Aparentar lo que no somos puede ser fruto del miedo, de una personalidad insegura, de la inmadurez, de la falta de realismo o de coraje para gestionar nuestras contradicciones. Tenemos miedo a la realidad y nos cuesta enfrentarnos a nosotros mismos. Y empleamos nuestra capacidad para inventar relatos más o menos verosímiles que nos permiten esconder nuestras carencias, convencer a los demás o, simplemente, sobrevivir.  Pero cuando la conciencia salta, uno se da cuenta de qué es lo que realmente está haciendo.

¿Por qué nos metemos en un papel que no es el nuestro? ¿Por qué vivimos la vida como si fuera un teatro, alimentado de imaginaciones que nos hacen vivir una realidad paralela? ¿Tanto cuesta ser lo que somos, tal como somos, sin apariencias ni engaños? ¿Tanto nos cuesta tener humildad?


Chocar con la realidad


La necesidad de aparentar no sólo afecta a nuestro carácter, sino a las cosas que decidimos hacer, aunque no salgan propiamente de nosotros.

No se puede vivir siempre así. Con el tiempo, a medida que renunciamos a lo que somos, esta duplicidad se convertirá en una patología bipolar, que nos alejará de nuestra esencia. Llegará el día en que nos miraremos ante el espejo y no nos reconoceremos a nosotros mismos. Esto terminará en una profunda crisis de identidad que tal vez precise de una psicoterapia.

He conocido a personas con este perfil. Viven en un entorno conflictivo, siempre chocando con la realidad, hasta que todo les parece insoportable y reaccionan con actitudes agresivas, rompiendo lazos con los demás y perdiendo amistades, en algunos casos, irrecuperables.

Será la realidad la que nos llevará a vivir situaciones límites que quizás nos harán despertar. Una cosa es lo que fabrica nuestra mente y otra cosa es lo que realmente es. No nos importe reconocer lo que somos. No necesitamos inventarnos un personaje de nosotros mismos. Ser como somos es nuestra mayor dignidad. Tampoco necesitamos hacer algo diferente para que los demás nos reconozcan y aprueben. No necesitamos vivir en función de lo que piensen o digan los otros. No podemos renunciar a lo que propiamente somos, ni condicionar nuestra vida en función de los demás. Estaríamos contribuyendo a la pérdida de nuestra identidad.

No necesitamos demostrar nada para ser aceptados en nuestro núcleo más inmediato.


Sé lo que eres


Tú, como persona, con tus grandezas y defectos, eres tú y nadie más. Esto tiene un valor intrínseco. Lo llevas en tu código genético, es parte de tu hecho diferencial. Eres único, no necesitas clonar a alguien que no eres tú.

Eres una joya, de incalculable valor, con una luminosidad diferente, ni mejor, ni peor; ni más malo ni más bueno. No importan tus rasgos. Eres, y eso basta para encontrar sentido y enfocar tu vida de una manera plena. Cuanto más seamos lo que somos y lo que estamos llamados a ser en esta vida, más felices seremos, aunque tengamos que retarnos ante los propios límites.

No podemos engañarnos. La vida es extraordinaria. Si tu proyecto vital te lleva a una infelicidad insoportable, replantéate si estás siguiendo el camino adecuado, pero no te engañes a ti mismo ni asumas una figura que no eres tú.

Sé valiente y empieza de nuevo. No te apartes de lo que eres para convertirte en alguien que no eres. Busca dentro de ti con ahínco, pero serena y lúcidamente. Es más soportable abrazar lo que eres, en tu proceso de maduración, que vivir en una permanente contradicción. Esta es una de las metas más difíciles para el ser humano, pero si la consigues, nadie podrá detenerte, ni siquiera tu vulnerabilidad, porque estarás anclado en tu ser.

Cada uno de nosotros es un Himalaya de existencia. Ser consciente de ello nos produce una gran liberación. La libertad es la meta de todos nuestros sueños.

domingo, 14 de junio de 2020

Ir despacio



Estamos inmersos en la cultura de la prisa y de lo inmediato. Lo queremos todo aquí y ahora. Deseamos acortar el tiempo para poseerlo todo de la manera más rápida.

Este ritmo, ¿es normal? ¿Y si el afán de posesión inmediata no es más que un signo de una patología psicológica y existencial?

Todos corremos. ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos empuja a ir a toda velocidad? ¿Qué es lo que fuerza nuestras ganas de conseguirlo todo y ya? ¿Qué nos pasa, que estamos adoleciendo de algo que nos hace caer en el frenesí? Nos falta paz interior. Huimos del silencio. Nos cuesta controlar la moderación y el equilibrio. ¿Por qué lanzarse a una carrera para meter en nuestro tiempo el máximo de trabajo? ¿Y si la hiperactividad nos está enfermando? ¿Qué significa hacer de todo en el mínimo tiempo posible? ¿Mercadeamos con el tiempo, con la obsesión de tener y hacer?

De la prisa al vacío


El homo sapiens ha conquistado el espacio y la tecnología. Ha alcanzado grandes cimas en diferentes campos de las ciencias. Sus logros y sus hallazgos se viralizan, como la velocidad de sus éxitos. Sí, está en la cumbre de sus anhelos más altos, pero ¿qué es el hombre si le falta el tiempo, la calma, el silencio? Se vuelve un hazmerreír de sus antojos intelectuales. Pero le está faltando algo que forma parte íntima de él: le falta el silencio, la soledad, saborear despacio la belleza que le rodea.

La misma velocidad lo lleva a experimentar, más adelante, un profundo vacío. ¿Qué hay detrás de ese hacer y tener? Cuantas veces me han comentado, personas que conozco de cerca: «He hecho todo, he estado en muchos sitios, tengo de todo, pero siento un vacío dentro, una soledad tan fuerte, que empobrece mi alma. Antes tenía muy claro qué tenía que hacer. Hoy me pregunto si todo aquello me ha servido para ser feliz y sentirme bien conmigo mismo. ¿Qué hay de aquella preclaridad de la que presumía ante los demás? Me pregunto, una y mil veces, qué he hecho con mi vida. Sí, he logrado grandes metas, pero mi alma no se siente bien… Son muchas las cosas que conozco, pero ahora se abre una herida que cuesta cicatrizar».

Es verdad que puede haber diversas razones que lleven a las personas a ese impulso innato y legítimo de proyectarse socialmente. Pero ignoran el precio tan caro de vivir a velocidad de vértigo, que a muchos los lleva a un estrés sin límites. Sobre todo, cuando el tiempo se hace cada vez más corto y no soportan que las agujas del reloj pasen demasiado aprisa, porque no logran hacer todo lo que quieren y se frustran cuando no lo hacen todo. Y si lo hacen, acaban agotadas, con episodios de ansiedad.

Los límites son una ducha de realismo


No somos inmortales. Cuesta de aceptar que todo tiene un límite: el tiempo, la vida, las cosas, los otros. Nos topamos de cara con la realidad, tal y como es, y nos enfadamos porque no somos capaces de controlarlo todo, desde nuestras necesidades fisiológicas hasta nuestra mente. La cultura y la educación nos han hecho sentirnos invulnerables, supermanes, y nos damos cuenta de que tenemos un ritmo biológico, un ritmo psicológico que marca nuestra manera de estar en el mundo. Aunque esto nos inquiete, son los límites que tenemos que aceptar. No somos dioses y no tenemos que actuar sin conocer quiénes somos.

Los límites son una ducha de realismo. Necesitamos parar y ralentizar la velocidad. Necesitamos tiempo para descansar, reflexionar, rezar, cuidar nuestra salud. Se necesita del silencio, de la intimidad con el otro, de la ternura, la amistad, el diálogo sosegado, el paseo. Somos así. No podemos renunciar a nuestra naturaleza. No necesitamos galopar como los caballos; nuestras extremidades son frágiles. Somos personas con un buen cerebro, pero con un cuerpo que siempre está expuesto a constantes riesgos de erosionarse y caer enfermos, porque hemos idolatrado el hacer por encima del ser.

El mejor antídoto para la patología del frenesí es autoeducarnos para aprender a deslizarnos por la vida. Hemos de aprender a ir despacio, respirar, pasear sin prisa, contemplar, emocionarnos, ser dueños de nuestro tiempo.

Descubrir el castillo interior


Necesitamos admirar, y mirar con sosiego. Que nadie nos robe el tiempo para nosotros mismos, el tiempo con la persona amada, con los amigos; el tiempo para el silencio, para respirar con calma y contemplar la realidad. Pero, sobre todo, el tiempo que necesitamos para crecer en aquellos valores que enriquecen nuestra vida: la fe en aquello que nos sostiene y una relación íntima con la fuente de nuestra existencia.

Sólo así descubriremos que dentro de nosotros hay algo que nos empuja a sacar lo mejor, porque tenemos una brújula que nos orienta a perseguir nuestros sueños. Más allá de la conquista de la Luna, nos espera la hermosa cumbre del alma. Y esto pasa por detenerse ante uno mismo y descubrir que el gran hallazgo de nuestra vida es nuestro propio castillo interior, el Edén que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Para esto, hay que renunciar al ruido, a la prisa, y sumergirse en el misterio que nos envuelve.

Tú y Dios dialogando sin palabras. Dos corazones latiendo, trascendiendo el tiempo y el espacio. Sólo somos fundidos en un abrazo con él. Entonces el tiempo se detiene y el espacio es la intimidad. El tiempo se convierte en oración permanente si somos capaces de entrar en esta onda cada día, un rato.

Nadie nos arrebatará lo que somos, aunque estemos en medio del mundo. La brújula interior nos ayudará a no desviarnos del camino y nos llevará hacia la inmensidad de ese cielo que hay en el alma.

sábado, 6 de junio de 2020

Nadar en el océano de la escritura


Muchos de mis seguidores me habéis preguntado: ¿por qué escribes?

La verdad es que desde que soy adolescente me ha gustado escribir y he tenido la necesidad de hacerlo como una forma más de comunicación. Cuando mi corazón se llena a borbotones de ideas, pensamientos y reflexiones, escribir es una forma de canalizar todo ese potencial que llevo adentro. Reconozco que soy una persona sensible y que nada de lo que veo me es indiferente.

Todo lo que sucede a mi alrededor, para mí, es valioso. La realidad está llena de colores y texturas: unas palabras, un rostro, un amanecer, la fragancia de las flores o la belleza de una obra de arte. Todo esto impacta en mi alma. Pero, especialmente, me fascina el misterio del corazón humano, desde su sufrimiento en el abismo de sus limitaciones hasta su capacidad extraordinaria de reponerse en medio de las aguas turbulentas, y también ese reto permanente de culminar su existencia. Me sorprende descubrir esos corales en las profundidades de su océano interior, pero también la indigencia que lo lleva a cometer errores.

Cuando escribo, no me quedo nunca en el mero análisis de la psique humana. La abordo con respeto y admiración, con un deseo incansable de aprender en esta ósmosis entre mi realidad y la realidad de los otros. Para mí, todo lo que ocurre, lo inesperado, lo doloroso, lo gratificante, me enseña algo cada día y me lleva a paladear cualquier instante: gotas de sucesos que van llenando el estanque de mi alma.

Escribir no sólo es describir, sino vivir de la experiencia cotidiana y ser capaz de comunicar, con letras llenas de sentido, lo que vivo cada día como un regalo.

Escribir también es conectar las manos con el alma. De esa conexión surgirán bellos relatos que darán luz a esas personas humanas con sus historias, sus anhelos y sufrimientos. Escribir es definir las más bellas auroras del corazón del hombre. Es dejar suelta la imaginación que me lleva a navegar por los mares de la psique humana. Mis escritos tienen que ver con el inmenso misterio del hombre, sus límites y sus desafíos por lograr metas difíciles de conseguir, anhelos de culminar toda cumbre. También exploro esa dimensión del hombre que busca más allá de sí mismo a Dios. Sólo con la experiencia mística se da cuenta de que no es una abstracción mental, sino una realidad que lo envuelve y lo sobrepasa, pero que a la vez es capaz de iniciar un diálogo con él hasta llegar a fusionarse.

Me gusta incidir en este aspecto, que lo define como un ser hambriento de trascendencia, desde su propia indigencia. Esta dimensión espiritual que define al hombre como un ser abierto a los demás, a la naturaleza y a Dios. Quiero, con mi pluma, expresar y comunicar, frente a una cosmovisión de la realidad y del hombre negativa y destructora, una visión realista, pero positiva. No sólo somos pulsiones y estamos enganchados a unos traumas infantiles, que han podido marcar nuestra historia y nuestro futuro, sino que estamos llamados a crecer y florecer, con un propósito vital. No sólo estamos condicionados por la fisiología y la psicología. Tenemos algo dentro, que tiene que ver con esas ansias de plenitud que llevamos en el ADN. Esta búsqueda es la razón última de nuestra existencia.

Escribir es como tocar un instrumento, cada letra es una nota que embellece la melodía del relato. Por eso, un escrito es un diálogo entre aquello que escribes y tu yo más profundo. La literatura no es como una película en blanco y negro o muda. Cuando aquello que escribes está muy bien elaborado, puede llegar a penetrar tanto en tu psique que la propia imaginación y sensibilidad te llevarán a vivirlo como si fuera real, tanto como el impacto de una película en color. Las emociones que puede producir la escritura pueden llegar a ser incluso más intensas. Por eso hay mucha gente a quien le gusta leer, meterse de lleno en el libro y buscar en las profundidades de su contenido.

Escribir para mí es algo que forma parte de mi vida, como comer, descansar, rezar y amar. Es algo que me ayuda a descubrir lo que tengo dentro, en ese constante roce con la realidad. Escribir es dar rienda suelta a mi alma, dejar que vuele, abrazar la vida. Es abrirme a la sorpresa de esos acontecimientos que no salen en la prensa ni en la televisión, pero que no dejan de ser bellos e inspiradores, con los que te puedes emocionar, sufrir y alegrarte. Son lecciones para aprender a vivir y amar. Son pequeños relatos que pueden ayudar a retomar el rumbo a aquellos lectores que quizás más de una vez se han identificado con la persona y la historia que he contado, porque todas son reales, fruto de una experiencia vivida.

Escribir, para mí, es más que deslizar el bolígrafo sobre un papel; es fotografiar y a la vez dar vida con realismo poético a las grandes hazañas del ser humano. Escribir, finalmente, para mí es acariciar con la suavidad de una pluma la belleza del alma.