domingo, 8 de marzo de 2015

Cuando Dios te arrebata

Hace veintiocho años recibí el orden sagrado del sacerdocio, momento culminante de una larga etapa que se inició quince años antes.

Una búsqueda incesante

Como todo joven, buscaba razones que pudieran colmar mi anhelo más profundo de dar un sentido a mi vida. Buscaba y buscaba respuestas, pues no me conformaba con vivir una vida como tantas, arrastrándome, sin alicientes. Quería huir de la comodidad de entrar en un ritmo a modo automático, sin saborear el devenir, sin asumir riesgos y dificultades. Esa perspectiva no me llenaba. No es que no supiera valorar lo que hacían mis amigos. Pero sentía una fuerza arrolladora dentro de mí que me empujaba a salir de aquella rueda de patrones y esquemas sociales y familiares. Estaba bien, pero mi alma buscaba más. Quería dar cauce a ese río interior, esa corriente misteriosa que me arrebataba hacia un destino desconocido. Tenía la necesidad irresistible de lanzarme al abismo: quería volar, aun sin tener la certeza de que todo lo que sentía era algo lógico y racional. Fue entonces cuando decidí zambullirme en esas aguas y nadar hacia ese horizonte lleno de interrogantes. No me importaba afrontar la amargura de un error ni quedarme exhausto en medio del recorrido; necesitaba confiar en alguien más que en mis propias fuerzas. Lo que tenía claro es que me lanzaba sin medir mi capacidad de resistencia, pero un viento interior me empujaba. Empecé a mover, no solo las manos y los pies, sino todo mi corazón, entregándome a la gran travesía de mi vida.

Le dije sí a Dios. Quería ser instrumento suyo, estaba dispuesto a todo y, más allá de mi voluntad, quería dejarme llevar por sus alas. Quería abandonarme en sus manos y le dejé que fuera el gran artífice de esta nueva aventura. No quería que fuera una historia voluntarista mía, sino su historia: la historia de un Dios que busca incansablemente porque no puede dejar de amar y desear que seamos capaces de responder a tanto derroche de amor.

Me abrí completamente y decidí, para siempre, poner mi vida en sus manos. El Señor de la historia haría converger momentos, lugares, personas y situaciones para empezar a tejer la historia de una vocación. Y así fue.

Un lugar, unas personas, unas circunstancias. Mi alma anhelaba que su mecha interior se encendiera y conocí, a través de unos amigos, a un sacerdote. Mi encuentro con él en una ermita, con un grupo de jóvenes, marcó ese momento histórico. Celebraciones litúrgicas, catequesis, convivencias… Este sacerdote, entusiasta, me interpeló. Todo parecía encajar en mi vida, todo cobraba un sentido y la realidad adquiría una densidad insólita. Estaba en el amanecer de un día nuevo. Mi corazón se ensanchaba y mis inquietudes se desvanecían. Una calma desconocida invadía mi alma. Empecé a encontrar respuestas. Fue como vivir un enamoramiento: pasión, fuego, libertad, gozo incesante. Mi vida se coloreaba como nunca y sentí que mis deseos más profundos empezaban a colmarse. Ya no preguntaba, solo disfrutaba de una certeza íntima: sentía que Dios me llamaba a algo grande, algo que yo jamás me había planteado, ni siquiera imaginado. Pero estaba dispuesto a aceptar lo que fuera. Ya le había dicho que sí.

Un sí para siempre

Aspiraba a ser un buen cristiano en mi ambiente, un hombre comprometido y entregado. Pero llegó un día, el cuatro de agosto, y aquel sacerdote amigo, responsable de los jóvenes de la ermita, mantuvo una larga conversación conmigo. Cuando nos despedimos, caminando por la Rambla de Catalunya, delante de la parroquia de San Raimon de Penyafort, donde él tenía que hacer una misa, me hizo la gran pregunta: ¿Has pensado ser sacerdote?

Le respondí que nunca lo había pensado; su pregunta me desconcertó. Pero, de pronto, la llamada se concretaba en algo muy claro y rotundo. El miedo y la alegría se mezclaron con la inseguridad y la certeza. Había llegado el momento decisivo. Allí tenía la respuesta a mi larga búsqueda, sin saber el alcance de todo lo que significaba. Allí estaba, delante de aquel sacerdote, con el corazón estallando. Mis palabras fueron parcas. Sentía que Dios finalmente me arrebataba el corazón y que, rendido a su dulzura, se apoderaría de él para siempre. Había buscado sin saber que Dios lo pide todo, pero también lo da todo.

Nos despedimos con un fuerte abrazo. Una semana después le confirmé mi sí. Desde aquel momento mi vida cambió. Dejé de ser aquel adolescente inquieto para convertirme en un joven adulto que trece años después se ordenaría como sacerdote. ¡Qué sorpresa y qué desafío! Un regalo que jamás había esperado culminaba mi búsqueda convirtiéndome en la imagen de otro Cristo. Desbordado ante tanto don no dejo de estar agradecido, pues nunca más me he sentido perdido ni vacío. Desde entonces siento una felicidad inagotable que ninguna circunstancia, por más dolorosa que haya sido, ha podido oscurecer.

Un día siete de marzo, en la parroquia de San Isidoro de Barcelona, fui ordenado por el arzobispo Jubany. Así empecé a caminar como mensajero de la buena nueva, preparado para el segundo paso definitivo: presidir, como presbítero, una comunidad, velando y cuidando sus almas como pastor al frente de un pequeño rebaño de Dios en medio del mundo. Mi vida dejó de estar centrada en mí mismo para volcarme totalmente a los demás. De la dulzura de un hermoso romance con Dios pasé a ser pescador de hombres, cercano a las gentes, con una única misión: comunicarles cuánto los ama Dios.

Esta es la razón de mi sacerdocio: propiciar un encuentro de Dios con el hombre. Y que este descubra que solo en Dios será plenamente humano y solo en él encontrará la razón de su vida. Llevo veintiocho años empeñado en esta tarea, he pasado por más de diez comunidades sin desfallecer en mi cometido y puedo decir que el vigor, la alegría, el entusiasmo, no solo no han disminuido, sino que veintiocho años después el fuego del Espíritu recibido en la ordenación sigue quemando, con más intensidad, porque no es un fuego que te consume. Como la zarza ardiendo ante Moisés en su llamada a liberar a Israel del faraón, no es un fuego que te volatiliza, sino que te hace renacer cada día. Una vocación alimentada por el soplo del Espíritu siempre está viva.