domingo, 18 de enero de 2026

Concha: un corazón recio y cálido

La noticia me llegó de manera inesperada. A mediodía la había visto en misa, alegre y cariñosa, como siempre. Por la noche, su hija me envió un mensaje para comunicarme su fallecimiento.

He lamentado profundamente la pérdida de Concha. Mujer recia, de principios sólidos, aquello que tenía de firme lo tenía también de cálido y tierno. Defensora de los suyos, vehemente al expresar sus ideas, sabía moverse entre la discreción y la cordialidad; una mujer que sabía estar en su lugar, guardando las distancias cuando tocaba. Vecina antigua del barrio, conocía muy bien la realidad social de su entorno.

Uno de sus grandes valores era su rica vida social. Participaba de diversas actividades y, en la parroquia, era una feligresa fiel: asidua a la misa dominical y a otras celebraciones. Vivía la liturgia con respeto y unción, siempre atenta a la Palabra de Dios y a las homilías, que escuchaba con silencio y profundidad. Recibía la Eucaristía como un regalo sagrado. También tenía un gran aprecio por el anterior rector, Juan Barrio, a quien valoraba sinceramente.

Formó parte del grupo de tertulias casi desde el inicio, participando con entusiasmo en todas las actividades, especialmente en el bingo, donde hacía gala de su habilidad.

Concha era una mujer sagaz, curtida por la vida y con olfato para entender las situaciones y ubicarse con rapidez. De vez en cuando le salía el genio, sobre todo cuando percibía alguna injusticia: entonces saltaba para defender la verdad.

Su valor fundamental, sin embargo, ha sido siempre su amor inquebrantable hacia su familia, empezando por su marido, Diego, que tanto recibió de ella. Años después de su ausencia, su corazón seguía latiendo por él. Pese a su enfermedad coronaria, vivía con intensidad.

Pendiente siempre de sus hijos y de sus nietos, cuidadora y custodia, Concha ha sido una roca firme que ha sostenido su hogar. En los últimos años, aunque más limitada en sus movimientos, no dejó de entregarse hasta donde su corazón podía llegar. Generosa y volcada en los suyos, deja una huella en todos los que la han conocido y un vacío en el barrio y en la parroquia.

Cada feligrés que se nos va —cada uno con su modo de ser, con su historia y su talante— aporta un tesoro a la comunidad. Se van, porque así es la vida y todos hemos de marchar algún día. Cuando pienso en quienes nos han dejado, tras años de entrega, de escucha, de consejos y de apoyo, mi corazón se conmueve. Siento que forman parte de mi sacerdocio y que me han enriquecido humanamente. Son dignos de amar y recordar, porque han dado mucho. Tenemos en el cielo un ejército de feligreses que conviven con Dios: la Iglesia triunfante, una comunidad feliciana en la eternidad que vela y cuida de su parroquia. Nos han dejado un hermoso legado.

Ahora Concha se ha sumado a ellos. Su legado es su fidelidad, su presencia discreta pero intensa. En lo personal, quiero agradecerle los dulces mensajes que me enviaba cuando estuve en el hospital: breves, tiernos, sinceros… pequeñas gotas de agua fresca, bálsamo en medio del dolor, que alimentaban mi alma en aquellos días de incertidumbre.

Ahora estás en el cielo, Concha. Te has adelantado a celebrar tu onomástica junto a María, por quien sentías tanta devoción. Allí, donde el tiempo se detiene, podrás continuar la historia que empezó cuando eras joven y enamorada: tú y Diego compartiréis de nuevo la vida para siempre.

Te pido que sigas protegiendo a los tuyos. Cuídalos y mímalos como sabías hacerlo. Y cuida también de tu familia parroquial, para que seamos fieles a la misión de evangelizar el barrio con alegría y delicadeza, siguiendo tu ejemplo.

Gracias por todo lo que nos has dado, Concha. Tu pasión por vivir dándote a los demás ha sido un regalo para muchos. Ahora, en el cielo, Dios te lo multiplicará por mil.