martes, 4 de febrero de 2014

Ansias de vivir


Hace un año que te fuiste. Pasando de puntitas, plácidamente, el día tres de febrero nos dijiste adiós. Dormida, te alejaste de este mundo con ojos serenos. Allí yacías, tras el combate de tu última noche. La hermana muerte vino a buscarte. Días antes luchabas con todas tus fuerzas para aprovechar el poco oxígeno que te quedaba. No te rendiste hasta el final. Tenías poco aire en los pulmones, pero muchas ganas de seguir viviendo y aprovechaste hasta el último suspiro. Ahí te quedaste. La muerte, que te acechaba desde hacía tiempo, venció la batalla.

Aquella noche te dejaste llevar. Soltaste la vida, que agarrabas con todas tus fuerzas pese al problema respiratorio que tenías.  Ansiabas vivir. Cada amanecer, al despertar, te abrazabas a la vida con alegría y a veces con tanto empeño que parecía que no querías que se te escapara. Hasta el ocaso, hacías de tu vida una aventura que saboreabas a grandes sorbos.

Es así como te recuerdo de joven. Tus amigos del colegio eran un tesoro para ti. Salías, ibas de excursión, al cine; compartías comidas y bellas historias de amistad. Lo eran todo para ti. De adolescente, no parabas de ir de un sitio a otro. Tu andar por la vida era como un vuelo. Te gustaba caminar y disfrutar del placer de la libertad.  Tus amigos eran el aire de tus pulmones, ellos te motivaban y tú los necesitabas para seguir amando.

Fue poco a poco que dejaste de respirar hondo. La vida te quitó ese impulso que te hacía volar como una gaviota haciendo piruetas en el azul del cielo. Sufriste momentos duros de desamor, como algún día me comentaste. Te entregabas generosamente a los demás, lo dabas todo, pero no siempre eras correspondida y te quedaba un desasosiego en el alma.

Con la enfermedad, comenzaste a recluirte. Las depresiones, la angustia, la soledad y un sentimiento de abandono te hicieron resbalar poco a poco hacia el abismo.

Lo que antes amabas se te hizo tedioso. La vida comenzó a deslizarse con lentitud, no solo en tu corazón. Tu mente, golpeada por el desespero, lo veía todo absurdo y sin sentido. Tus piernas dejaron de correr. Tu corazón ya no latía con la misma intensidad. Tus ojos se perdían en el infinito. Dejaste de tener esperanza.

¿Qué pasó? Es un misterio que no logro entender. Un día todo comenzó a rodar hacia abajo. Una hermosa vida truncada a golpes de desamor. Te hundiste en el vacío. De joven te recuerdo siempre corriendo, en casa, por la calle, en la playa… ¿Perseguías algo? ¿Qué buscabas? Todo el tiempo te parecía corto, ¿qué se te escapaba? ¿Quizás sentías que tenías que apurar la vida para morir pronto, sin saber por qué?

Te levantabas temprano, mirabas al cielo y te acostabas tarde mirando la luna. ¿Qué buscabas, más allá del cielo y de las estrellas? ¿Tal vez aquello que anhelabas en lo más hondo de tu corazón? ¿Un amor divino, que colmara tus ansias de felicidad? Cuando estabas contenta, saltabas. Nadie podía robarte el gozo. Visto con calma, después de un año de tu muerte, pienso… ¿Y si buscabas, en el fondo, el amor de aquel padre que murió cuando tenías solo seis años? ¿Y si esa ansia por la vida era la semilla que brotó en ti ante el amor generoso de tu padre? ¿Y si lo que buscabas, más allá de las estrellas, era ese amor cálido que experimentaste de pequeña? Tú, que tanto corrías tras la vida, viste cómo aquella noche fría de febrero tus sueños, por fin, se convertían en una pértiga que te impulsaba más allá del firmamento. Tú, que amabas la vida, después de pasar por un terrible abismo, encontraste la Vida con mayúsculas.

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¿Tal vez, en lo más hondo de su corazón, corría tras la vida eterna? Quizás nunca lo supo, pero corría hacia una meta a la que llegó antes, con un impulso tan fuerte que atravesó el muro entre lo material y lo invisible. Tanto amaba Carmen que la gravedad no pudo con ella. En el salto hacia el más allá, encontraría a aquel que nunca falla y que lo da todo: Dios. Y, además, el regalo de un reencuentro con el padre que tanto amó. Le pido a ella que me proteja en mi sacerdocio.

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