lunes, 16 de noviembre de 2015

Un día claro de otoño

El nuevo día amanece más tarde. Los rayos de sol son más suaves. Las hojas de los plátanos van cayendo lentamente, alfombrando las calles. Aunque es otoño, la temperatura todavía es cálida. El veranillo de San Martín, previo al duro invierno, ilumina y da color a estos días. Los rayos inclinados del sol derraman un calor más suave, pero el contraste de su luz con el cielo azul y las hojas doradas baña de claridad el paisaje urbano. El mar, las calles, los árboles, las plazas y los edificios… todo se reviste de belleza otoñal en esta mañana tan clara.

La naturaleza se despliega siempre, cantando al Creador. Respiro y doy gracias por tanta hermosura a mi alrededor. Entre el frenesí de los coches y el trasiego de idas y venidas del gentío comienzo una nueva jornada laboral.

A media mañana me voy a tomar una infusión calentita bajo el parasol de una cafetería. El sol ya está alto y empieza a calentar, mientras soplo el vapor que sale de la taza. Tomo un sorbo y alzo la vista para contemplar otro paisaje tan bello como el amanecer. El sol, el mar, la luna y el cielo son maravillosos, pero hay algo inigualable, que es la belleza humana y sus gestos.

Veo a un indigente delante de mí, haciendo muecas a una pequeña china sentada en un carrito. Él, grueso y de tez morena, con movimientos torpes e inseguros, hace bromitas a la niña, que lo observa con cara de sorpresa y termina sonriendo. Se queda extasiada con aquel indigente que la hace reír: entre la niña y el anciano se produce una conexión extraordinaria. Un hombre poco hablador, parco, huidizo, se detiene a hacer el payaso con una criatura. Ella mira, ríe, mueve las manitas. No hay lenguaje articulado en ese diálogo insólito, todo son gestos, miradas, muecas cariñosas.

Me emociona ver esta escena. La niña no entiende nada, pero está a gusto. El hombre ha salido de su muralla, ¡es un milagro! Y la niña ríe, cada vez más. No lo puedo creer, este hombre, metido en su mazmorra interior, completamente aislado y desconectado de todo y de todos, está jugando con una pequeña inocente.

Maravillado, veo como el sol baña sus rostros. No les hacen falta palabras, bastan sus miradas. Dos culturas, la china y la americana; dos generaciones, entran en diálogo, saltando todo abismo cultural y social. Dentro de ese hombre huraño hay escondido un corazón.

Quizás la vida no le ha dado lo suficiente como para que deje fluir sus palabras, pero algo de amor queda en su interior. Entre ambos se abraza la fragilidad, encarnada en dos personas tan diferentes: una niña que se abre como un amanecer y un anciano que ve cómo su vida se va apagando. El sol y la sombra se abrazan. El hombre, pese a su dolor, se hace un poco niño, y la niña, con su mirada inteligente, se hace un poco adulta. Ve cara a cara un rostro curtido por el sufrimiento y la soledad, ¿qué debe pasar por la mente de esa pequeña, que tanto disfruta con el desconocido que le arranca la risa?

En esta mañana clara de otoño el hombre solitario ha tomado un sorbo de alegría. Tal vez lo irá paladeando durante el día, guardándolo como un tesoro en su gruta interior, y le ayudará a soportar mejor el frío que se avecina. Sin salir de mi asombro, he dado gracias a Dios por contemplar esta escena llena de ternura de buena mañana. Y me quedo con la sensación de que el ser humano, pese a sus experiencias llenas de dolor y contradicción, es capaz de sacar lo mejor de sí. Los límites no pueden con la belleza, con la ternura ni con el amor. La llamita que todos llevamos dentro, por pequeña que sea, no se apaga hasta que demos el último suspiro. Desde las profundidades de la miseria el hombre siempre es capaz de trascenderse, siempre hay un resquicio por donde puede soplar el aire y reavivar la llama. Las tinieblas no lo arrastrarán hacia la nada. Aunque indigente y pobre, el hombre capaz de hacer reír a una chiquilla conserva su dignidad intacta.

Vuelvo a mis tareas, como de ordinario, con un sabor agradable en la boca y en el alma. No lo olvidaré.