sábado, 16 de julio de 2016

Un amanecer en verano

A lo largo del verano voy tomando sorbetes de vacaciones, etapas de tiempo cortas, pero muy densas. En ellas descanso, disfruto del silencio y doy largos paseos por el campo, dejándome acariciar por la belleza del Creador.

Aunque sean breves, la reparación es inmediata, porque cuando estás en el campo, rodeado de bosques y hermosos paisajes, todo tu dinamismo interno entra en otra fase, tanto física como emocional y espiritual. Sigues un ritmo más pausado, en un entorno saludable, acorde con los ciclos de la naturaleza. Caminas, contemplas, rezas y admiras. Tu cuerpo, tu mente y tu espíritu se armonizan y te dan una paz que en las grandes ciudades cuesta de mantener.

Mi primer paseo es una auténtica delicia. El rocío de la mañana baña las plantas y los bosques de encina y roble. El pulmón agradece el aire frío y el oxígeno matinal. Una sensación de bienestar invade mi cuerpo y siento mis sentidos extraordinariamente despiertos. El ambiente es limpio y transparente. Las hojas de los árboles brillan cuando el sol toca las gotas de rocío. Aprecio con detalle formas y texturas. La explosión de belleza me asalta y me siento uno en sintonía con el medio natural. Con la diferencia que tengo la capacidad de moverme y sentir, pensar y agradecer. Me dejo seducir por tanto don con esa característica tan propia del ser humano, la capacidad de ver más allá y preguntarse por las cuestiones más vitales, hasta llegar a la gran pregunta sobre Dios.

¿Qué hay, o quién está detrás de tanta belleza? ¿Quién es? ¿Con qué propósito me permite adentrarme hasta las entrañas de su misterio?

Paseando a las siete de la mañana veo salir el sol por detrás de la montaña, en ese valle de las tierras de Ponent. Sale un poco más tarde que en la costa, pues ha de escalar las cimas de los montes, pero una vez aparece ese diamante luminoso sobre las cumbres es un auténtico espectáculo. Se desliza poco a poco, primero asomándose con timidez, después inundando el valle de luz dorada. Los campos se tiñen de rubor y, poco a poco, a medida que el sol se eleva, todo se convierte en un festín de colores. Las esbeltas espigas se inclinan bajo el sol, los pájaros pían y revolotean entre los setos de roble, en las vaguadas murmuran las aguas de los arroyos, entre juncos y matorrales. En los campos recién segados, un zorro sale huyendo, asustado. Todo es nuevo, todo es bello. Empieza una nueva jornada, llena de sorpresas y secretos que se revelan.

Cuando el sol ya está alto, lo abraza completamente todo. Nada se escapa a su calidez, nada se oculta a su luz. Dios también es así.