domingo, 23 de febrero de 2025

Cuando el alba disipa la noche

Muchos de mis lectores sabéis que me gusta madrugar y sumergirme en la frescura del amanecer. Caminar hacia el mar a primera hora me permite respirar oxígeno puro, una infusión de energía extraordinaria. Salir del reposo nocturno que regenera y restaura nuestros órganos es esencial para iniciar con fuerza la batalla del nuevo día y emprenderlo con determinación y esperanza.

A partir del 22 de diciembre, tras el solsticio de invierno, comienza un lento avance hacia la claridad. Minuto a minuto, los días crecen y la luz va conquistando la noche. Con el cambio de horario, la oscuridad recuperará una hora, pero el proceso sigue su curso hasta la plenitud del verano, cuando el sol alcanza su cenit y derrama su luz más intensa sobre la ciudad.

Mientras camino, reflexiono sobre la armoniosa oscilación del eje terrestre, cuyo movimiento inclinado nos regala el vaivén de las estaciones. La alternancia del frío y el calor, el estallido de la primavera y el verano, que visten de verde frondoso los árboles, y el invierno silencioso que los despoja de sus hojas, reteniendo en su interior la savia latente que los regenerará.

La naturaleza sigue su ritmo, y también el ser humano tiene sus propios ciclos: biológicos, emocionales y espirituales. Estamos sujetos a cambios internos que influyen en nuestro estado anímico y en nuestras decisiones. Nuestro entorno, el clima, la luz y las circunstancias que nos rodean modelan nuestra percepción de la vida. Somos cuerpo y nuestra materia, a nivel molecular y atómico, está compuesta de los mismos elementos que la tierra que pisamos y el aire que respiramos.

Pero no solo interactuamos con la naturaleza, también con los demás. Nuestra dimensión social nos marca, y nuestras relaciones atraviesan sus propios ciclos de cercanía y distancia, de alegría y prueba.

El amanecer, con su luz creciente, el cielo que se torna de un azul cada vez más intenso y el mar plateado reflejando la calma celeste, me evocan una profunda serenidad. Sin embargo, cuántas veces sentimos que en nuestra alma hay oscuridad, y que esa penumbra tarda en disiparse. Nos angustia no ver con claridad el horizonte de nuestra vida. A veces atravesamos largos inviernos de incertidumbre, noches en las que el amanecer parece no llegar nunca. En esos momentos, el miedo al futuro nos paraliza, la confianza se debilita y la espera se vuelve insoportable.

Pero cuando confiamos verdaderamente, cuando nos abrimos a los demás y aceptamos con humildad nuestra vulnerabilidad, un rayo de luz comienza a filtrarse en nuestra alma. Poco a poco, la claridad desplaza a la tiniebla, el desaliento se disipa y se anuncia una nueva primavera. Se oye el canto de los mirlos, el revuelo de los pájaros entre las ramas, y la luz va cobrando fuerza hasta inundarlo todo.

Del largo y frío invierno pasamos al preludio de una primavera esplendorosa. Cuando aceptamos nuestras noches oscuras con humildad y abandono, aprendiendo de nuestra propia fragilidad, la luz acaba estallando en nosotros. Mientras los árboles se visten de hojas que danzan bajo el sol, también nuestra vida vuelve a ser fecunda y alegre.

Toda noche termina en amanecer. Toda incertidumbre, en certeza. La tristeza se convertirá en gozo, el desánimo en esperanza, y el dolor en júbilo. Es nuestra naturaleza: luchar, buscar sentido, descubrir en medio de la prueba que poseemos un alma con un potencial inmenso, capaz de transformarnos y de emprender grandes hazañas.

miércoles, 12 de febrero de 2025

La morera y el arte de renacer


Como muchos sabéis, gran parte de mis escritos nacen bajo la morera que crece en el patio de mi parroquia. Es un árbol que ha resistido el embate de los vientos, la caricia de la lluvia y el fuego del sol, el frío gélido y la sed de las sequías. Los años han curtido su corteza y debilitado sus ramas, pero sigue ahí, firme y generoso, otorgando al patio ese aire de remanso de paz. Su sombra cobija encuentros y confidencias; su presencia oxigena la vida.

Bajo su copa se han celebrado reuniones de trabajo, fiestas y eventos de toda índole. ¡Cuántos secretos guarda en su corazón! Cuántas palabras de novios, de amigos, de parejas que sellan un compromiso o celebran su aniversario han quedado suspendidas en el aire, cobijadas por su follaje. Sus hojas verdes son guardianas de recuerdos imborrables y testigos de sueños y anhelos pastorales que desgrano junto a ella.

Pero nuestra morera no es solo un árbol; es parte del alma de la parroquia. Con su ritmo, acompasa el tiempo de la comunidad y es fuente de inspiración para muchos de mis escritos. Siempre he querido cuidarla, velar por su salud y buscar los medios para su tratamiento, porque ella simboliza algo más profundo: la unión de quienes comparten su sombra.

Después de años sin poda, había crecido exuberante, pero muchas de sus ramas estaban secas y enmarañadas. El exceso de ramaje la debilitaba, dispersando su savia y agotando su energía vital. Era urgente una poda drástica, aunque dolorosa, para limpiar su copa y permitirle recuperar fuerza y armonía.

Un jardinero experto me explicó que los árboles también sufren, aunque en silencio. Sus raíces los sostienen, pero pueden manifestar su malestar de múltiples formas: crecen menos, pierden hojas o cambian de color, como los plátanos de Barcelona, cuyos troncos, normalmente gris plateado, se volvieron amarillos tras los veranos de intensa sequía. Es su manera de protegerse para no morir deshidratados.

Los árboles, discretos y resistentes, requieren atención y cuidado, como cualquier ser vivo. No son meras piezas del paisaje; cumplen una función esencial: embellecen, oxigenan, refrescan. Cuidarlos es un deber, parte de nuestra responsabilidad como custodios de la creación.

Una poda necesaria

Y, sin embargo, ellos nos enseñan algo más. Mientras observaba al jardinero manejar la motosierra con destreza y veía la montaña de ramas caídas en el suelo, pensé en cuánto nos parecemos a los árboles. También nosotros necesitamos, a veces, ser podados. Necesitamos soltar lo que nos debilita, desprendernos de lo superfluo, tomarnos pausas de silencio y regeneración para recuperar la claridad y la fuerza interior.

Cuando nos sentimos extraviados, sobrecargados de tareas o fragmentados por preocupaciones, es señal de que nuestras ramas están demasiado dispersas. Demasiada ocupación nos desgasta; demasiadas inquietudes nos enferman. Es necesario encontrar dirección y sosiego para evitar que nuestras raíces se debiliten.

Es cierto que la vida nos zarandea, que los vientos de la incertidumbre nos azotan. Pero si nuestras raíces están ancladas en valores sólidos, resistiremos. Si cultivamos el silencio y la oración, podremos florecer de nuevo. Aceptemos la poda cuando sea necesaria; aunque duela, es el camino para renacer con más vigor.

¿Dónde están nuestras raíces? ¿Cuál es nuestro tronco, nuestro propósito esencial?

Recuperar la esencia

Vivimos expuestos a mil influencias, pero urge reencontrarnos con lo que realmente nos sostiene. Descubrir la brisa interior que nos da paz y firmeza es vital para seguir adelante sin perder nuestro rumbo.

Si la morera tiene su función en este patio, ¡cuánto más el corazón humano cuando encuentra su verdadero lugar! Nada en la naturaleza, ni el árbol más majestuoso ni el bosque más frondoso, supera la belleza de un alma que ama. Un sacerdote amigo decía que un solo ser humano es más valioso que todas las estrellas del universo. En su pequeñez, es más grande que el cosmos entero, porque es cumbre de la existencia, imagen del Creador.

Hoy, si la contempláis, veréis a la morera desnuda, con pocas ramas extendidas como brazos amputados hacia el cielo. Pero en pocos meses brotará de nuevo, se vestirá de hojas verdes y renacerá más fuerte que nunca.

Así ocurre también con nosotros. Cuando tenemos el valor de retirarnos, de hacer silencio, de dejar que nos poden y nutrir nuestras raíces con el agua viva, volvemos a florecer. Y cuando llegue nuestra próxima primavera, estaremos listos para abrazar la vida con renovada plenitud. 

domingo, 2 de febrero de 2025

Escribir: edificar o destruir


A lo largo de mi vida, siempre he otorgado un profundo valor a la palabra como una herramienta sublime de comunicación. Sin embargo, también he afirmado que puede ser una espada de doble filo. La palabra tiene el poder de animar, construir, aconsejar, enriquecer las relaciones y forjar un diálogo lleno de valores. Puede ensanchar el alma. Pero también puede hacer lo contrario.

La palabra puede causar un dolor inmenso, abrir grietas irreparables y sembrar distancias. Cuando se usa para romper, herir, manipular u odiar, deja de ser un medio para construir y se convierte en un instrumento de destrucción. Entonces, ya no contribuye a nuestro crecimiento.

La palabra es sagrada y, como tal, debería estar siempre orientada hacia el bien. «De lo que está lleno el corazón, habla la boca». La palabra refleja lo que somos por dentro: si hay violencia en nuestro interior, sus efectos pueden ser letales.

Lo mismo ocurre con la escritura. Al escribir, podemos abordar temas y relatar historias que eleven la vida de las personas, que nutran la psique y el corazón. Pero también podemos convertir la escritura en un arma cargada de sesgo y manipulación. Las palabras pueden herir tanto como los gritos, las discusiones o la violencia verbal.

Los ataques, ya sean hablados o escritos, desgarran a quien los recibe. Pero en la escritura el daño puede ser aún mayor, pues la pluma, cuando es afilada por el rencor, se convierte en un bisturí implacable. Un grito puede surgir sin control, pero una frase escrita con intención destructiva ordena el pensamiento y canaliza el resentimiento con precisión. La pluma, en manos de una persona resentida, se transforma en un arma letal que apunta a donde más duele, con el propósito de destrozar.

Incluso puede disfrazarse de benevolencia, justificando la agresión con la excusa de que es "por el bien" del otro, cuando en realidad solo canaliza un fuego interior que no se domina. Un grito impacta por su estridencia, pero la palabra escrita penetra hasta el tuétano. El silencio de un escrito puede ser más atronador que un grito descontrolado; la suavidad de las letras, más mortífera que la rudeza de la voz.

Por eso, tanto al hablar como al escribir, debemos preguntarnos si estamos construyendo o destruyendo, si nuestras palabras harán crecer al otro con amor o si, por el contrario, sembrarán ruinas en su interior.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Una fe recia

Con su amiga Gabriela, leyendo en un Vía Crucis.

Ha fallecido una feligresa muy querida por la comunidad: María Dolores Herrero. Era una mujer recia, de carácter fuerte y fe sólida e inquebrantable.

No concebía su vida sin la comunidad cristiana de San Félix: participaba asiduamente en las celebraciones y en todos los eventos parroquiales. Era una mujer totalmente integrada que amaba a su parroquia.

La eucaristía estaba en el centro de su vida, y no faltaba cada mes a la Adoración al Santísimo. El rezo del Rosario era su alimento diario, así como el rezo del Vía Crucis en Cuaresma y Semana Santa. Era una mujer profundamente piadosa y vivía con intensidad los tiempos litúrgicos, que marcaban su calendario vital.

María Dolores formó parte del coro durante muchos años, fue miembro del consejo pastoral, animó y promovió el rezo del Rosario y las novenas más señaladas, así como el Vía Crucis, y siempre que se celebraba alguna fecha especial, allí estaba. Una cristiana totalmente comprometida con la comunidad.

Su fe era auténtica y sincera, y esto impregnó toda su vida, dejándonos un legado de valores humanos y cristianos y el testimonio de una persona íntegra y honesta.

Todos sentimos su ausencia, tanto la familia como la comunidad. Ha dejado un vacío muy grande, pero sabemos que la muerte no es el final. Ella creía firmemente en la resurrección. Sabemos que en la eternidad se encontrará con los suyos, con Jesús, su gran amado, y con la Santísima Virgen, a la que tanta devoción tenía.

Y, desde el cielo, también velará por su familia y por su parroquia, mientras esperamos el día del reencuentro ante Dios.

Murió el 14 de diciembre, el día de San Juan de la Cruz. María Dolores estaba muy en sintonía con la mística carmelitana de santa Teresa de Ávila y san Juan. Seguramente Teresa la habrá recibido con alegría en el cielo.

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Jesús conoce nuestra naturaleza. Sabe que nos duele la muerte y que ansiamos una vida eterna junto a los seres amados. Por eso se adelanta y nos promete un lugar a su lado y con aquellos que hemos querido. Porque Dios, que nos ama infinitamente, nos ha dado un alma que no muere y la promesa de una resurrección. Esta esperanza alivia nuestra tristeza y colma nuestro deseo de eternidad.

Los discípulos de Jesús le preguntan: ¿Cómo iremos a donde tú vas? Jesús les responde, a ellos y a nosotros, hoy: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.

María Dolores ha encontrado el camino que la ha llevado a la plenitud espiritual. Ha encontrado la única verdad, que es Jesús. Y ha encontrado la Vida, ahora con mayúscula. Una vida que nunca se acaba, para siempre.

domingo, 8 de diciembre de 2024

El tiempo como terapia sanadora


¡Cuántas veces decimos que nos falta tiempo! No tenemos horas suficientes para hacer todo aquello que queremos. Pero, en realidad, no es tiempo lo que nos falta, sino sabiduría para utilizarlo.

El hombre no sería sin el tiempo y el espacio: existimos en estas dos dimensiones. Sin ellas no sabríamos dónde estamos ni qué hacemos. Sin un uso correcto del tiempo estamos perdidos y desorientados.

Todo necesita del tiempo. Desde nuestra concepción hasta nuestro nacimiento, el embrión necesita el tiempo necesario para culminar su crecimiento y maduración antes del parto. El tiempo de lactancia también es importante. Es maravilloso ver cómo el niño se va desarrollando, cómo sus órganos vitales maduran, sus huesos crecen y se afirman, hasta que llega el momento de aprender a caminar. Mientras tanto, el pequeño se ha ido comunicando con sus padres y con el mundo que tiene alrededor, ha abierto los ojos y los oídos, quizás ya balbucea sus primeras palabras.  Pero pasarán muchos años antes de que se convierta en un adulto.

No sólo necesitamos tiempo para nuestra maduración fisiológica, sino para adquirir una personalidad e ir forjando lazos en nuestro entorno. Padres, hermanos, amigos llenan nuestra infancia, adolescencia y juventud. Cada ciclo es una etapa larga donde se dan complejos procesos emocionales y mentales que contribuyen a reafirmar nuestra identidad. Con la adultez, ya somos capaces de tomar decisiones en nuestra interacción con el mundo.

Como vemos, el tiempo es el océano donde todo se sumerge: nuestra vida, nuestra historia, nuestro presente. Somos herederos del tiempo de nuestros ancestros y estamos poniendo los cimientos al de nuestros sucesores.

El arte de usar bien nuestro tiempo

Pero vayamos a un aspecto más práctico, que es el uso que le damos a nuestro tiempo.

Vivimos inmersos en una cultura del activismo y del estrés. ¡Queremos hacer tantas cosas! Llenamos la agenda de compromisos y nos lanzamos al frenesí. Queremos exprimir tanto el tiempo que al final nos agotamos y acabamos extenuados. El tiempo se nos queda corto. No lo sabemos gestionar bien y esto nos puede llegar a enfermar o a diezmar nuestra vida.

¿Cómo evitar el cansancio y la sensación frustrante de no llegar a todo?

Primero, hemos de priorizar. Hemos de hacer lo que tenemos que hacer, ni más ni menos. Quizás tendremos de decir no a unas cuantas cosas.

Después, hemos de aprender a ir más despacio. Nuestro cuerpo está preparado para soportar la tensión, el peligro y la prisa. Para ello genera cortisol, la llamada hormona del estrés, que nos permite concentrar la energía y reaccionar con rapidez. Pero un constante flujo de cortisol, cuando ya no hay motivo para quedarnos en estado de alarma, mina nuestra salud y a la larga causa dolencias indeseadas. La prisa y el exceso de obligaciones y tareas generan una constante emisión de cortisol en nuestro cuerpo, y esto afecta a cómo funciona nuestra mente.

Repartir nuestro tiempo en las tareas realmente necesarias nos asegura vivir de una manera más serena y confiada. Hay que separar lo que es importante de lo que es urgente y lo que no. Para ello se requiere tener las cosas muy claras, y esto nos permitirá tomar las decisiones acertadas. Una constante tensión nos impide razonar con claridad y nos agobia, porque no sabemos por dónde empezar ni cuándo terminar. Perdemos el tiempo estirándolo como un chicle y luego aflojando, porque estamos agotados. Una excesiva autoexigencia puede romper por dentro a la persona y dañar su desarrollo social.

Perder el tiempo es, en cierto modo, desperdiciar la vida. Para evitarlo, es necesario tener claro un propósito vital y no ir vagando, sin norte, dando vueltas hacia ninguna parte.

Tenemos que dirigirnos. ¡Cuánta gente camina sin rumbo, sólo porque ha sido incapaz de usar bien su tiempo! Cuando uno tiene claro su tiempo y su realidad, hasta llegará un momento en que le sobrará tiempo y podrá emplearlo en aquello que también es importante más allá del trabajar y cumplir con los compromisos.

Tres dimensiones vitales

En la vida hay tres momentos que, sí o sí, hemos de compaginar. El primero es un tiempo para uno mismo: el más importante, pues nos ayuda a definir el sentido de nuestra vida, a familiarizarnos con nosotros mismos y conocer nuestra vocación más genuina. Este es el tiempo para el diálogo con uno mismo, para rezar, contemplar, callar, mirar alrededor. Zambullirnos en la realidad pide tiempo.

Otro momento vital es el tiempo para desarrollar la potencia creativa de cada cual. Descubrir a qué hemos sido llamados, desplegar nuestras capacidades profesionales y sociales y obtener los recursos que nos permitan vivir con dignidad. Ofrecer al mundo lo mejor de nosotros mismos, social y laboralmente, sin que esto lleve a una esclavitud. Hay que dedicar el tiempo necesario a esto, sin quitarlo de otros aspectos fundamentales.

Pero hay otro tiempo que, para mí, es crucial: el tiempo de convivencia para tratar con aquellos que viven en tu entorno más inmediato, aquellos que amas y has elegido para crecer con ellos. Este tiempo intermedio entre el personal y el profesional es el elemento que armoniza nuestra vida social y nuestra vida íntima. Estar solo, desarraigado, o vivir inmerso en mil tareas puede impedirnos tener una perspectiva balanceada. El tiempo con los más cercanos es el eje que equilibra toda la vida. Compartir tiempo con los demás, en la convivencia, nos ayuda a ver más claro, a contrastar y discernir las decisiones que tomamos. Dará luz a todo cuanto hagamos.

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Quien aprende a gestionar su tiempo vive con más libertad, y la libertad es un motor que nos ayuda a vivir de forma coherente desplegando la fuerza de nuestro corazón e inteligencia. Quien vive así, más allá de todo logro, descubre el sentido de la vida y alcanza la plenitud del ser.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Una vida volcada a los demás

Conocí a Ana hace unos años. Es una persona sencilla y cercana, que formaba parte del tejido social del barrio. Muy amable y acogedora, era fácil conectar con ella y quererla.

Bajo su aparente sencillez se escondía una mujer con gran personalidad y profundas raíces religiosas y morales. Frágil de aspecto, era fuerte en sus convicciones. Creía en la fuerza de la oración y rezaba cada día, por su hija y por sus familiares. Como una vela encendida, desprendía luz que iluminaba su entorno más cercano.

Un rasgo muy propio de ella era su alegría vital. Entusiasta y servicial, sabía cuidar a los suyos con gran esmero y cariño. Era una gran cuidadora. Además, atendió a muchas personas enfermas en la Clínica de Lourdes, donde trabajó largos años. La vida no le fue fácil, pero en medio de las dificultades siempre estaba atenta a los demás. En su círculo más íntimo sabían que podían contar con ella cuando la necesitaran.

Pese a su aspecto menudo y frágil, tenía una enorme capacidad de servicio y una energía inagotable. Sabía acoger con serenidad y transmitía esperanza, de ahí que generase vínculos con numerosas personas que le abrían su corazón.

Ana María procedía de Albacete, de un pueblo llamado Villavaliente. Era la segunda de los seis hijos que tuvieron Victorino y Gabriela, y la mayor de las niñas. Muy joven le tocó vivir unas circunstancias difíciles: a temprana edad tuvo que cuidar de sus padres, enfermos, y de sus hermanos menores. Pese a su juventud, mostró una entereza y una madurez asombrosas, asumiendo la responsabilidad de la familia. Nunca se quejó, pues sus padres lo eran todo para ella, y lo demostró con su amor incondicional. Estuvo allí donde le tocó estar y se convirtió en la guardiana y cuidadora de la familia. Sus hermanos menores, Brauli, Matías y Víctor la consideraban como una segunda madre.

Su bondad y humanidad la llevó a cruzarse con muchas otras personas. De manera providencial conoció a Rosa, su amiga del alma, que ahora siente una gran pérdida. Con el paso del tiempo tejieron una sólida amistad con raíces cada vez más hondas. Eran como hermanas y mantuvieron la frescura de su afecto durante cuarenta años. Se ayudaban, se acompañaban, compartían muchas cosas, se querían. Rosa era como parte de su familia y ahora siente un profundo vacío. Solo la esperanza de una vida eterna mantiene su fe en el reencuentro.  

Ana se fue el día 15 de octubre de 2024. Su pérdida ha conmocionado a la familia, los amigos y vecinos del barrio, pues tenía un trato amable y cordial con todos. Era una mujer pequeña de cuerpo, pero grande de alma. La bondad que reflejaba su rostro se traducía en una capacidad especial para empatizar con la gente. No dejaba a nadie indiferente. Dejó huella en el corazón de muchos por su dulzura y su discreción. Se deslizó por la vida sin ruido, creciendo humana y espiritualmente. Hablaba con suavidad y en su voz se traslucía una rica vida interior. Su fe, que la llevó a formar parte de la Legión de María, sostenía su vida y sus valores.

Hoy, su hija Encarna, sus hermanos y familiares sienten una profunda desolación. Su presencia amable se ha convertido en una ausencia difícil de asimilar, y así lo sienten todos los que vivían en su entorno. Los recuerdos pueblan la memoria y aumentan la sensación de pérdida.

Así era Ana, esta mujer sencilla y discreta que supo crear un fuerte tejido social a su alrededor, alimentado con sus muestras de afecto y su incansable entrega, pese a las limitaciones que tenía. Su existencia ha sido un regalo para todos los que la hemos conocido. 

domingo, 10 de noviembre de 2024

«Ens en sortirem!»

Nuria Piqué Viadiu nació el día 8 de agosto de 1942 en Mura, población medieval del Bages, de la que ella guardaba gratos recuerdos de su infancia. Sus padres, Salvador y María, tuvieron cuatro hijos. Uno de ellos falleció siendo pequeño. Pedro, el mayor, está casado y tiene tres hijas: Montserrat, Nuria y Asun, madre de Yusuf y María. Los sobrinos nietos eran la alegría de Nuria. Fina, su hermana menor, murió a causa de un accidente de coche. Su recuerdo era frecuente pues era una persona de mucha valía que dejó un recuerdo imborrable para quienes la conocieron.

Nuria fue a la escuela de Mura y luego hizo cursos de costura en Manresa. En esta ciudad estableció amistad con una persona del Opus Dei que impartía medios de formación a varias amigas. Más tarde trasladó a Barcelona para matricularse a un curso de corte y confección en la Escuela Pineda, obra corporativa del Opus Dei, situada en la avenida República Argentina. Al terminar los estudios se facilitaba trabajo a las alumnas en establecimientos de prestigio de Barcelona. Pero Nuria, al conocer mejor el Opus Dei en la escuela, pidió la admisión como agregada.

Pronto colaboró en la escuela Pineda dando a conocer todas las ramas de Formación Profesional que se impartían allí, así como la  titulación de Graduado Escolar, necesaria para formalizar un contrato de trabajo. Estos cursos eran becados si accedía a ellos un número determinado de alumnas. Nuria, con su Citroën «dos caballos», recorrió varias ciudades de España dando a conocer esta oportunidad de estudio y empleo en la Escuela Pineda a numerosas alumnas que finalizaban la Educación General Básica.

Por la escasez de espacio se vio la conveniencia de establecerse en Bellvitge, zona de Hospitalet que crecía rápidamente en los años de severa inmigración. Los estudios de Formación Profesional impartidos en Barcelona se trasladaron allí. Nuria colaboró muy activamente en la instalación y luego en el mantenimiento de la Escuela Pineda, que amplió estudios con Enseñanza Primaria y Secundaria, llegando a contar con ochocientas alumnas matriculadas. Nuria contribuía impartiendo educación cristiana a distintos niveles.

Trabajadora incansable, asumía con responsabilidad y un profundo espíritu de servicio su tarea. Allí donde estaba sabía generar un buen clima. Le gustaba que las alumnas estuvieran a gusto; por eso ellas la buscaban para pedirle los menús más apetecibles para ellas.

Otra dedicación laboral se le presentó al ofrecerle el IESE (Escuela Superior de Empresas) la corresponsalía de libros para los alumnos de máster, procedentes de varios países del mundo.  Orientada por los profesores y su gusto por la lectura, facilitaba a los alumnos los ejemplares más adecuados a su especialidad y de formación cristiana en varios idiomas. Se dedicó a estas labor hasta su jubilación.

Su amor por la lectura era extraordinario: disfrutaba leyendo y había en ella una inquietud por el saber y por llegar al fondo de las cosas. Intentaba sacar el máximo jugo de los libros y quería que sus compañeras de vocación también conociesen a fondo los textos que proponía.

Nuria Piqué poseía una fuerte personalidad. Recia y convincente en sus principios morales y religiosos, se distinguía por su entrega y servicio a los demás. Ante las situaciones complejas, siempre sabía ver el lado positivo y extraer algo bueno. Para ella todo sumaba y aprovechaba todo lo que pudiera aportarle la vida. Miraba las cosas con una óptica amplia, como si las viera desde el más allá. Una expresión muy suya definía su actitud vital de total confianza en Dios: «Ens en sortirem!», decía, en su catalán materno.

Tanta era su fe que, aunque pasara por situaciones extremas, tenía la certeza de que Dios actuaría en la historia.

En su última etapa, ya jubilada, padeció una enfermedad que limitó su vida y sus quehaceres, pero supo afrontar con serenidad y lucidez los últimos tiempos, con gran realismo y muy consciente de su situación, incluyendo los cambios anímicos. Poco a poco, a medida que se acercaba su final, añadía a su lema una coletilla de total abandono: «El que Déu vulgui». Especialmente lo decía en los momentos más duros de su enfermedad.

Núria murió el día 15 de octubre de 2024. Todos los que la conocieron y trabajaron con ella la recordarán con enorme cariño y gratitud.