Muchos de mis lectores sabéis que me gusta madrugar y sumergirme en la frescura del amanecer. Caminar hacia el mar a primera hora me permite respirar oxígeno puro, una infusión de energía extraordinaria. Salir del reposo nocturno que regenera y restaura nuestros órganos es esencial para iniciar con fuerza la batalla del nuevo día y emprenderlo con determinación y esperanza.
A partir del 22 de diciembre, tras el solsticio de invierno,
comienza un lento avance hacia la claridad. Minuto a minuto, los días crecen y
la luz va conquistando la noche. Con el cambio de horario, la oscuridad
recuperará una hora, pero el proceso sigue su curso hasta la plenitud del
verano, cuando el sol alcanza su cenit y derrama su luz más intensa sobre la
ciudad.
Mientras camino, reflexiono sobre la armoniosa oscilación
del eje terrestre, cuyo movimiento inclinado nos regala el vaivén de las
estaciones. La alternancia del frío y el calor, el estallido de la primavera y
el verano, que visten de verde frondoso los árboles, y el invierno silencioso
que los despoja de sus hojas, reteniendo en su interior la savia latente que
los regenerará.
La naturaleza sigue su ritmo, y también el ser humano tiene
sus propios ciclos: biológicos, emocionales y espirituales. Estamos sujetos a
cambios internos que influyen en nuestro estado anímico y en nuestras
decisiones. Nuestro entorno, el clima, la luz y las circunstancias que nos
rodean modelan nuestra percepción de la vida. Somos cuerpo y nuestra materia, a
nivel molecular y atómico, está compuesta de los mismos elementos que la tierra
que pisamos y el aire que respiramos.
Pero no solo interactuamos con la naturaleza, también con
los demás. Nuestra dimensión social nos marca, y nuestras relaciones atraviesan
sus propios ciclos de cercanía y distancia, de alegría y prueba.
El amanecer, con su luz creciente, el cielo que se torna de
un azul cada vez más intenso y el mar plateado reflejando la calma celeste, me
evocan una profunda serenidad. Sin embargo, cuántas veces sentimos que en
nuestra alma hay oscuridad, y que esa penumbra tarda en disiparse. Nos angustia
no ver con claridad el horizonte de nuestra vida. A veces atravesamos largos
inviernos de incertidumbre, noches en las que el amanecer parece no llegar
nunca. En esos momentos, el miedo al futuro nos paraliza, la confianza se
debilita y la espera se vuelve insoportable.
Pero cuando confiamos verdaderamente, cuando nos abrimos a
los demás y aceptamos con humildad nuestra vulnerabilidad, un rayo de luz
comienza a filtrarse en nuestra alma. Poco a poco, la claridad desplaza a la tiniebla,
el desaliento se disipa y se anuncia una nueva primavera. Se oye el canto de
los mirlos, el revuelo de los pájaros entre las ramas, y la luz va cobrando
fuerza hasta inundarlo todo.
Del largo y frío invierno pasamos al preludio de una
primavera esplendorosa. Cuando aceptamos nuestras noches oscuras con humildad y
abandono, aprendiendo de nuestra propia fragilidad, la luz acaba estallando en
nosotros. Mientras los árboles se visten de hojas que danzan bajo el sol,
también nuestra vida vuelve a ser fecunda y alegre.
Toda noche termina en amanecer. Toda incertidumbre, en certeza. La tristeza se convertirá en gozo, el desánimo en esperanza, y el dolor en júbilo. Es nuestra naturaleza: luchar, buscar sentido, descubrir en medio de la prueba que poseemos un alma con un potencial inmenso, capaz de transformarnos y de emprender grandes hazañas.