Son las siete y media de la mañana. Hoy el cielo está
cubierto con un velo de niebla que matiza la luz del sol y suaviza el color del
horizonte. El mar pierde su azul oscuro para volverse plateado.
Miro hacia la playa y veo la silueta de una señora menudita,
de pie junto al mar. Cuando me acerco, distingo mejor su rostro y su amplia
sonrisa. Me mira con ojos penetrantes y me saluda.
Es conocida en el barrio, la suelo ver a menudo y sé, porque
me lo ha contado, que sufre de retinitis pigmentosa, una enfermedad ocular que
le dificulta mucho la visión. Ve a través de un punto diminuto en el centro de
la retina y por tanto, sólo puede distinguir una pequeña área circular, como si
lo mirase todo a través de un tubo. Lo sorprendente es que, desde ese pequeño
punto de visión se desenvuelve con absoluta normalidad y se desplaza por todas
partes sin necesidad de llevar el bastón típico de los ciegos.
Le comento que me parece estupendo que, de buena mañana, esté
cuidando su salud frente al mar, y me contesta que viene cada día a las seis, y
pasa tres horas en la playa. La veo contenta, disfrutando del sol y del baño, y
admiro su fuerza. Pese a su limitación y su edad, más de ochenta años, está
allí, irradiando alegría, feliz de contar un día más en su vida y, añade, dando
gracias a Dios. ¡Qué lección de tenacidad y fuerza de voluntad!
¿Qué tienen las personas como ella que son capaces de
desafiar sus límites, ir más allá del miedo y disfrutar de lo que se les ofrece
cada día? Hace años que sufre esta dolencia visual, y no se rinde. Nada le
impide vivir con entusiasmo.
Quizás ha descubierto que la vida es un don y que nuestra
propia fragilidad, incluso nuestras patologías e inseguridades, no son
obstáculo para seguir creciendo. En lugar de vivir en la penumbra, ha elegido caminar
hacia la luz.
¿De dónde saca las fuerzas y la convicción para avanzar
firme por los senderos de su existencia? Su visión es reducida, pero su mirada
es luminosa. Los ojos no solo ven, sino que transmiten lo que hay adentro. Y
adivino en ella un enorme amor a la vida. Así me lo dice: quiere a sus amigos
y, sobre todo, a Dios, que está en el centro. Esto la llena, pese a sus
limitaciones, y por eso puede irradiar tanta energía. Dios da sentido a su
existencia, su amor la envuelve.
Me impresiona cuando me cuenta que hasta los cincuenta años
veía nítido. De golpe, con la entrada en la menopausia, comenzó a perder visión
y tuvo que replantearse totalmente su vida. De ver claro y amplio, pasó a ver
tan solo lo que abarca un pequeño círculo de 5 cm alrededor de sus ojos. Los
primeros tiempos fueron duros: sentía que se le apagaba todo y, hasta que pudo
asimilarlo, pasó un periodo de tristeza y miedo.
Pero poco a poco su cerebro y su corazón se fueron adaptando
a la situación y se armonizaron. Ahora vuelve a ser la de siempre, y basta
mirarla para comprobar que dentro de ella brilla el sol: su rostro refleja
vida, color, luz.
Me emociona mirarla y pienso: ¡Cuánta sabiduría hay en esta
mujer sencilla! Cuánta hondura en sus palabras. Creo que no sólo mira con los
ojos, sino desde el alma, y esto le permite ver más allá de lo físico. Siente
la energía del otro, no necesita ver más porque ha aprendido a sentir mejor, a
oler mejor, a oír mejor y a conectar más con todo. Trabajando la imaginación
para ajustarla a la realidad, estas personas que vencen sus límites son libres,
abiertas, ricas en experiencias que van acumulando en su corazón. Auténticas
maestras de la vida, cuánta belleza y cuánta verdad hay en sus palabras.
La brisa matinal acaricia su rostro y su corto cabello. Me
dice: Voy a bañarme. Nada muy bien, se desliza por las olas y la veo disfrutar.
Una criatura de Dios abrazando el mar, dejándose mirar por el sol, rebosando
salud.
Me despido de ella para volver y, cuando me giro hacia
atrás, me saluda con la mano; la veo chapoteando en el agua, feliz como una
niña.
Regreso sintiendo gratitud por este encuentro, una nueva enseñanza
para mi alma. Hoy he contemplado a una atleta de la vida, que ha salido de su
zona de confort y se lanza sin miedo hacia el horizonte, atreviéndose a vivir
experiencias insospechadas. Ha elegido vivir con intensidad, y esto solo es
posible cuando se tiene un corazón grande para amar.
Por el camino de vuelta, doy gracias a Dios, que nos permite vivir, aprender siempre algo nuevo y descubrir su latido amoroso a cada instante.



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