Hay momentos en los que la vida se vuelve frágil y todo
queda suspendido en una pregunta. Cuando el cuerpo se debilita y el futuro se
vuelve incierto, algo más hondo puede abrirse paso: la experiencia de ser
sostenidos, incluso en medio del miedo. Este texto nace de uno de esos momentos
límite, donde el dolor, el amor y la fe se entrelazan silenciosamente.
Durante los meses que he estado en el hospital me he enfrentado a una situación que nunca imaginé vivir. En medio de una profunda incerteza, fui consciente de que la vida resbalaba entre mis manos. Entre el miedo, la tensión y una sensación de abandono, experimenté la indigencia más honda: saber que todo podía desvanecerse en cualquier momento, en cuanto se apagara mi reloj biológico.
Una y otra vez me preguntaba por qué. Tenía que haber un
sentido. Entre la rebeldía y el desasosiego fue abriéndose paso en mí la
convicción de que todo aquello tenía una explicación, no solo médica, sino
existencial. Algo me susurraba al oído que, fuera cual fuera el desenlace,
estaba siendo sostenido misteriosamente, sin saber cómo. Y eso me dio paz. En
medio de la agitación interior, y en un momento de extrema debilidad, abracé mi
situación, incluso la posibilidad de que Él me llevara.
Pero entonces brotó de mi interior una fuerza desconocida.
Mientras luchaba por respirar, conectado al tubo de oxígeno, me dije a mí mismo
que quería vivir. Tenía que salir de aquello para culminar mi misión.
Una hora a contrarreloj se convirtió en una victoria.
Más tarde pensé: cuántas personas se encuentran en
situaciones límite como esta. Muchas las superan, otras no. Yo pude salir del
abismo.
El gran aprendizaje
No toda experiencia de dolor humano tiene por qué ser
trágica o negativa. Podemos hacer una lectura reflexiva de todo lo que nos
ocurre. Si nos quedamos en el impacto inmediato, podemos caer en un pesimismo
que nos impide ver con claridad el alcance real de la situación.
El proceso de la enfermedad atraviesa distintas etapas.
Comienza con el desconcierto ante lo inesperado, que conduce al miedo. A medida
que uno va elaborando mental y emocionalmente la evolución de la enfermedad,
aparecen momentos de cierta esperanza. La incertidumbre se mezcla entonces con
la impresión de que la vida sigue adelante, de que vamos a curarnos. Esto suele
suceder cuando comienza una lenta y progresiva mejoría. Cada pequeño cambio,
cada nueva sensación, puede animarnos.
Con serenidad, las cosas se ven de otro modo, aunque los
análisis y el diagnóstico no indiquen todavía una mejora sustancial. Lo
importante es que se produzca un reset en la mente del paciente. Cuando
uno se abandona y aprende a tomar distancia, contemplando la realidad con
calma, una certeza genuina empieza a aflorar: tenemos la capacidad de
autorregenerarnos. Incluso pueden darse mejoras inesperadas que los médicos no
hayan contemplado o que las pruebas aún no detecten.
En el momento en que se divisa una pequeña luz en el
horizonte, por insignificante que parezca, la disposición interior del enfermo
cambia. Aunque la sombra del miedo vaya y venga, entre la tormenta y el día
soleado aprende a vivir con serenidad, aceptando su realidad y los
acontecimientos tal como han sucedido.
Este es un punto de partida para comprender que todo puede
contribuir al crecimiento humano y espiritual. Todo suma, nada resta. Pero esto
solo se percibe cuando uno aprende a confiar. Aunque la muerte se vea cercana,
no todo termina con ella. Es más, diría que entonces comienza un renacer.
Cuando se da este paso, el miedo se va alejando. Ya no
importa tanto tener certezas; entras en un hondo proceso espiritual. El destino
no es el abismo, sino el reencuentro: una experiencia de gracia, una fusión con
el Creador, Aquel que es origen de la vida y meta del camino.
Amar desde la fragilidad
Muchos habéis leído el libro Renacer en la quietud.
Solo desde el abandono y la aceptación, en la quietud, se puede renacer.
Incluso en el abismo, aunque no regreses a la vida biológica, Dios se ocupará
de lanzarte desde el precipicio hacia la eternidad. Porque eres criatura suya,
hijo amado, y no te dejará suspendido en el vacío. La fuerza de su amor te
impulsará hacia el cielo.
Por eso, quienes sufrís alguna enfermedad, si sois
cristianos, abandonaos en sus manos. Tened la certeza de que no os dejará caer.
Paz, serenidad, abandono. No os inquietéis: todo está en
manos de Dios. Somos amados por Él, y ¿qué mayor felicidad que saber que,
cuando nos toque partir, Él estará esperando con los brazos abiertos? En los
procesos largos de visitas, pruebas, terapias y toma de fármacos, es
comprensible que necesitemos saberlo todo cuanto antes. Pero saber no va a
cambiar nada: no nos dará ni nos quitará días de vida. Solo Dios sabe cuándo.
Incluso en medio de la incerteza y el miedo, podemos hacer
el bien. Cuando nos abandonamos podemos transformar esos instantes en una
experiencia humana de crecimiento. Aunque doloridos, tenemos la oportunidad de
seguir amando a los nuestros, y eso nos ayuda a salir de las murallas
interiores que levanta el miedo. Cerrarse, obsesionarse, angustiarse solo nos
fragmenta y debilita los vínculos con quienes nos rodean.
Lo que tiene un valor real es que, desde la propia
fragilidad, se puede seguir amando. Aquí reside la fuerza del amor: ni los
límites ni la enfermedad pueden apagarlo. Cuando el compromiso es hondo, el
amor está por encima de todo.
No nos dejemos abrumar por las circunstancias. Mientras esté
vivo, aunque muy tocado, tendido en una cama y sin poder moverse, el cristiano
no puede dejar de amar hasta su último aliento. Esto hace más llevadero el
cuidado para quien cuida. La ternura, la suavidad y la docilidad contribuyen a
crear una antesala del cielo en nuestro lecho y en nuestro hogar.
Dejemos que emerja la luz divina, capaz de regenerar nuestras vidas hasta el último instante.






