Entrado el otoño, el sol despierta más tarde. En mi caminar, llego al paseo marítimo cuando el día apenas comienza a clarear. Los primeros rayos de sol asoman, tímidamente, entre las nubes.
Poco a poco el sol asciende, el cielo estalla en colores.
Las nubes que lo rodean, como un trono, resplandecen. La esfera luminosa
irradia su claridad en el horizonte y baña todo cuanto alcanza.
Y observo un sorprendente fenómeno natural: cuando miro
hacia atrás, hacia la ciudad, el cielo aún parece estar despertando de la noche.
Pero los rayos de sol proyectados sobre las dos torres de la calle Marina, las
encienden como dos gigantescas lanzas de fuego que apuntan al cielo.
La belleza del espectáculo cautiva mi mirada: los dos
edificios parecen dos antorchas que alumbran el vacío oscuro a su alrededor. Y
mi alma se sobrecoge. Elevo en mi interior una plegaria de gratitud por este
nuevo regalo matinal.
El libro de la naturaleza me ha dado otra lección
sobre la enorme creatividad de Dios. Él me ha dado los sentidos y a través de ellos,
me permite experimentar su amor por su criatura.
Pienso que Dios quiere que descubramos que nuestro
hábitat es un regalo. Él lo ha modelado con manos amorosas y lo ha puesto a
nuestro alcance. Un amanecer o un ocaso son muestras de su generosidad: no sólo
porque la naturaleza es hermosa, sino porque podemos contemplarla, disfrutarla
y llegar a enamorarnos de ella.
No puedo describir la catarata de emociones que pasó por mí,
mientras contemplaba las dos torres encendidas por el sol. Él respiraba a mi
lado, y sentí su aliento tan cerca como la brisa que acariciaba mi rostro.
Era como si me tomara por el hombro, igual que con Adán cuando, juntos,
paseaban por el paraíso.
Dios mío, gracias por esta visión. Aunque tengo la retina
dañada, mis ojos todavía pueden admirar este hermoso escenario. Gracias porque
eres mi amigo, siendo tú tan grande y yo tan pequeño. Gracias porque me
permites estremecerme ante tu creación.
Dios ilumina nuestras torres interiores para podamos
dar luz a un mundo lleno de sombras, donde el pecado no deja que el sol de
Cristo amanezca en el corazón humano.
Pero la fuerza de su luz atraviesa nuestros muros y da
sentido al edificio de nuestra vida. Su sol nos despierta a una nueva aventura
con Él. Basta dejar que entre por todos los poros de nuestra alma para que nuestra
existencia quede iluminada.
Dejemos de caminar en la noche y vayamos hacia el día,
para sentir el dulce calor de su presencia. Así, algún día podremos ser luz,
antorcha para otros.
Conmovido, me dispongo a regresar con la hermosa sensación
de que Dios no sólo está en las alturas, ni siquiera oculto tras el impacto
estético. Está dentro de mí. La necesidad de amor viene de Él y sólo desde Él puede
colmarse.
El ardor viene de Él y es Él mismo quien pone en nuestro
corazón el anhelo, la sed más profunda. Porque, lo creamos o no, Él está tan
dentro de nosotros como el tuétano de nuestros huesos.
Está enamorado. Y, de tanto en tanto, nos regala momentos,
como este para que podamos detenernos, mirar y descubrir una vez más cuánto nos
ama.





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