domingo, 24 de mayo de 2020

Vivir de la mentira


Hay muchas relaciones humanas que están basadas en las apariencias. Desde afuera, se ven sinceras, auténticas y modélicas. Impactan y muchos quieren imitarlas. Parecen perfectas, sin aristas, todo cuadra, los gestos de amabilidad y las sonrisas convencen y generan admiración. Son alabadas y reconocidas, inspiradoras para muchos. Sus destellos ciegan a quienes las siguen, idolatrándolas.

Pero, detrás de esa aparente luz, a veces se esconde una terrible falsedad. Las vidas de estas personas están fundamentadas en la mentira. Sus relaciones no son auténticas, todo es imagen y falacia. Viven en una paranoia, ocultando motivaciones inconfesables. El sustrato de estas relaciones es polvo: se están utilizando, el uno al otro.

Lo que parece que es y no es


Quizás uno de los dos sea sincero en la búsqueda de una relación sana y libre, y desea ser correspondido. Pero cuando el deseo se basa en algo irreal, la relación se convierte en una huida para escapar de la tragedia. Con el tiempo, ambos acaban precipitándose en el absurdo. Una amistad que parecía auténtica se rompe, produciendo un daño inconmensurable. La aparente verdad se transforma en cruda realidad. El zarpazo del engaño convierte los discursos brillantes en palabras huecas, sin sentido, cuando se descubre que la verdadera motivación de ese encuentro no era sincera, sino interesada. Había otra realidad paralela, oculta, que acaba saltando por los aires en un juego de pirotecnia emocional,  y deja tras de sí un rastro de humo, quedándose en nada. Los cohetes de colores, lanzados al falso cielo de una vida vacía, intentan tapar la miseria humana. Cuántas parejas han pasado por esta situación y cuántas siguen sobreviviendo porque les da miedo afrontar la verdad. Cuántos matrimonios (o seudo-matrimonios) viven en esta contradicción. No tienen la fuerza para afrontar el problema y reenfocar su vida. Una parte de la sociedad está sometida porque prefiere amar en falso antes que cultivar una amistad auténtica y libre, que no renuncia a la identidad propia a cambio de un amor virtual. Cuántas grietas dejan estas contradicciones en el corazón.

Hemos de tener la valentía de asumir que es mejor mantener la libertad, a base de sacrificios y lucha, que una esclavitud en una jaula de oro. El brillo de ese metal no es otra cosa que una falacia, un destello artificial que engaña para mantenernos dentro de esos artilugios emocionales. Nos acostumbramos a respirar tantas mentiras que acabamos anestesiados y prefiriendo las pirotecnias efímeras antes que un fuego cálido y real, fruto del esfuerzo.

La senda de la verdad


¿Cómo detectar lo falso de lo verdadero? Esto pasa por un largo camino de profundo autoconocimiento; pasa por tener muy claros los límites morales y conocer al otro en profundidad; que lo que tu corazón desee esté en sintonía con lo que eres y necesitas para crecer, sin renunciar a tu identidad. Una relación debe estar basada en el conocimiento mutuo, respetando los tiempos, y ese inicio del camino debe ir siempre por la senda de la verdad. Entonces sí que se atisba la autenticidad y un deseo humilde y sincero de construir algo sólido. Si no es así, cuidado. Puede ser el inicio de un auténtico infierno, aunque al principio parezca todo muy risueño y nos parezca flotar en nubes de color rosa.

Las palabras pueden mentir, pero los ojos nunca. Ellos revelan lo que hay en lo más hondo del corazón. Hasta la sonrisa puede engañar, pero no la mirada… Ella nos define tal como somos, expresando lo que a veces no queremos decir verbalmente. Los ojos nos delatan. Podemos mentir a los demás, podemos incluso autoengañarnos, pero nunca engañaremos al alma.

Los ojos son el reflejo de lo que hay en nosotros: verdad, libertad y coherencia definen a un ser humano entero. No renunciemos nunca a estos tres valores. Sobre ellos podremos construir de manera sólida cualquier proyecto. Hemos de pasar de una vida artificial a una vida auténtica y plena. Esto es lo más genuino de nuestro ser: lo que no sea esto, es una mentira vacía que nos llevará a la pobreza de espíritu y al fracaso.

domingo, 17 de mayo de 2020

Miedo a la libertad



La libertad es consustancial al ser humano. Y me atreveré a decir que la persona se realiza, crece y se proyecta cuando hace uso pleno de su libertad. Desde un punto de vista ético, atentar contra ella es reducir a la persona en algo que le es sagrado. Nada ni nadie, ni estructuras, ni gobiernos, ni ideas, ni todo el poder del estado, puede impedir su ejercicio: esto es el máximo respeto a la dignidad del hombre.

Quitar la libertad a alguien es matar la esencia de su propia identidad. Ningún ser humano tiene la potestad para impedir su uso con pleno derecho. Ninguna formación política ni religiosa puede arrogarse esa capacidad. Nadie está por encima de nadie. Todos somos iguales y libres.

Nuestra cultura occidental tiene su origen en la religión judeo-cristiana, en la filosofía griega y en el derecho romano, afirmando con rotundidad el respeto sagrado hacia el hombre y su libertad. Si es propia de nuestra naturaleza, ¿por qué temerla?

¿Por qué temen a la libertad?


Podríamos decir que todo tipo de poder, tanto político como religioso, teme a la libertad, porque sabe que esta es más fuerte que el dominio que pueda ejercer. El que ocupa un puesto de poder, tiende a controlar a los demás para evitar perder su rango. Quien está fuertemente ideologizado, tiende a sospechar de la libertad de los demás, porque pueden discrepar de sus ideas. Esto lo vemos en los regímenes totalitarios, que hacen todo lo posible por reducir o anular el derecho a la libertad de expresión y de acción.

¿A qué temen las personas que tienen poder?

Cuando se prueba la miel del poder, uno se siente como un semidiós, que puede decir y hacer lo que le venga en gana, sin limitación alguna, con toda inmunidad moral y legal. Puede manipular a las gentes y obligarlas a cumplir todos sus decretos, doblegando su voluntad y quitándoles la seguridad jurídica para defenderse. Vivir la experiencia de sentirse como un dios es la peor droga. El poder es como la cocaína pura: enajena al que la consume y genera una adicción que siempre pide más. Llega un momento en que está tan enganchado que ya no puede pasar sin él. Poco a poco, se le irá necrotizando el corazón, la mente y, finalmente, el alma, hasta convertirse en un cadáver viviente, a merced de las fuerzas que manipulan y dictan su voluntad. La adicción es tan letal que lo transforma en un auténtico monstruo, perdiendo toda referencia moral. El poder destruye a los que se oponen a él y acaba destruyendo a los que lo ejercen. Esta es su lógica. Jugar a esto es la peor de las enfermedades.

Por otra parte, el poderoso vive pendiente de que nadie le arrebate el trono, y a los que cree que pueden amenazarlo, si no puede deshacerse de ellos, los difama o los critica, elaborando bulos y mentiras para debilitarlos socialmente. La libertad siempre es una barrera para el adicto al poder. El otro se convierte en un peligro que a toda costa hay que destruir. Es un impedimento que le estorba tomar su droga. Se descompone, como un drogadicto en síndrome de abstinencia. Sí o sí, necesita de esa miel. De la dulzura pasará a la hiel del miedo, la inseguridad, la desconfianza, hasta llegar a la locura. El miedo le genera una violencia incontrolada, y puede llevarlo a cometer daños irreparables, que en un extremo podrían causar la muerte del enemigo. No me refiero sólo a la muerte física, sino a la muerte de su dignidad.

El miedo genera adicción, violencia y, finalmente, destrucción. Lleva a la persona a querer poseerlo todo y controlarlo todo, porque no quiere perder nada.

Este miedo una patología mental que puede haberse desarrollado durante el crecimiento de la persona, o debido a un trauma de la infancia. Su origen puede ser una demanda de afecto, escucha, acogida, dulzura que no se le dio. Y ahora obliga a todo el mundo, con violencia, a que le dé lo que no tuvo.

O puede ser lo contrario: le han dado de todo en su infancia, sin límites pedagógicos ni morales, y ahora cree que tiene derecho a todo, incluso a usar y manipular a los demás para conseguir lo que quiere.

La semilla que nunca muere


La historia nos revela que los que ostentan el poder tienen miedo, con toda la fuerza destructiva que poseen. Ponen en marcha sus influencias y mecanismos jurídicos y mediáticos para anular los derechos y las libertades de los demás. Pero hay quienes nunca renunciarán a la libertad y a la verdad, que es lo que se opone a la esclavitud y a la mentira, como el miedo y la cobardía se oponen a la valentía y a la autenticidad.

El uso responsable de la libertad pondrá en jaque mate al poder. Porque sabe que al final nunca podrá matar del todo la libertad, ni siquiera una vez muerta la persona, porque las semillas de la libertad son algo más que un concepto ideológico. Son la esencia que nos define, y al final derrotarán al poder. Las semillas de la libertad se expanden de manera viral por todo el mundo y en cada conciencia. Renunciar a ella es renunciar a ser persona. Sin libertad nos convertimos en seres sin alma, fácilmente dominables, frágiles, sin rumbo, sometidos y ciegamente obedientes, a cambio de una falsa seguridad y protección, para mantenernos doblegados y arrodillados ante el poder.

No hemos de tener miedo a aquel que tiene miedo de nuestra libertad. En el fondo, es una lucha contra la esclavitud, entre el bien y el mal, pero sobre todo es una lucha contra aquello que no nos deja crecer como personas. Estamos llamados a sacar todo el potencial que tenemos dentro. Nada ni nadie puede arrebatarnos ese deseo innato. Sólo desde nuestra libertad llegaremos a ser lo que queramos, aunque en esa lucha nos encontremos cara a cara con la crudeza del poder disfrazado de buenismo y amabilidad. Será un trago fuerte, que tendremos que sorber. El único camino hacia la auténtica libertad será un arma tan potente que acabará disipando el miedo de todos los poderosos. Sólo ella, la libertad, puede asegurar un cambio de rumbo en la historia.

domingo, 3 de mayo de 2020

Libros vivientes


Los más azotados por la pandemia


La pandemia sigue dejando su rastro de muerte. Pero, lentamente, se va reduciendo el número de los fallecidos, y esto arroja esperanza y da un respiro a las instituciones y los profesionales de la salud. Por fin vemos algo de luz en medio del caos. Hoy quisiera detenerme en un sector muy amplio de los fallecidos.

Podríamos decir que más de la mitad de las víctimas de esta pandemia son ancianos. Este es el colectivo que se ha descuidado más. Muchas familias han vivido el drama y el dolor de ver cómo sus abuelos caían uno tras otro. Los esfuerzos sanitarios no han priorizado la atención a este grupo especial de riesgo. Estamos hablando de más de 15 000 fallecidos, según algunos recuentos, aunque otras fuentes afirman que la cifra real puede ser aún mayor.

Esta realidad no puede dejar a nadie indiferente. Son miles de historias truncadas y familias rotas que ni siquiera han podido despedirse de los suyos. El sentimiento de abandono y soledad ha hecho más doloroso el duelo. Muchos ciudadanos sienten que han sido dejados de lado por la administración.

El gobierno y los medios han sido opacos: no sabemos nombres, sus rostros han desaparecido, no hay historias familiares que contar. Toda muerte es dura y dolorosa, y todavía más en estas circunstancias. Todo son números, y no personas; estadísticas, y no vidas; curvas de mortandad, y no familias destrozadas.

El legado de nuestros mayores


El valor de la vida es sagrado. Vale tanto la vida de un joven como la de un anciano, que tanto ha dado al mundo. El coronavirus se ha cebado en esta población más frágil por su edad y por las posibles patologías añadidas, pero la dignidad de la persona es la misma. No quiero quedarme en la crítica, ni cuestionar si la gestión del gobierno ha sido correcta. Pero lo cierto es que las muertes en las residencias han sido muchas, y también los fallecidos solos en sus hogares. Hay cosas que no se entienden, y esto produce desasosiego e indignación.

Pero hoy quiero centrarme en ellos, en los abuelos que han fallecido y en el tesoro que nos han dejado. No seríamos sin ellos, sin su trabajo, sus sacrificios, su paciencia y su amor. Ellos nos han transmitido nuestros valores. El sustrato en el que hemos crecido lo pusieron ellos, sobre todo en nuestras primeras etapas de crecimiento. En la cultura africana y asiática los ancianos son los sabios, referentes no sólo en las familias, sino en la sociedad. Son abuelos venerables, respetados, a quienes se atiende y escucha. Son pozos de sabiduría para las generaciones venideras. Pero en Occidente se han convertido en una lacra improductiva, una carga social que hay que apartar, condenándola a una soledad no querida. El respeto a los mayores, como nos señala la tradición bíblica, es fundamental. No podemos despreciar ni abandonar a aquellos que han sido parte de nuestras raíces, que nos lo han dado todo, e incluso en épocas de guerra y hambruna, se han sacrificado y han arriesgado su vida por la prole. No han escatimado esfuerzos por cohesionar la familia. Su entrega ha sido indiscutible.

Una deuda de gratitud


Hoy me produce escalofríos ver ese ejército de ancianos que han caído en el combate contra el virus, sin el suficiente apoyo por parte de la administración y forzosamente aislados de sus familiares. Nadie puede olvidarse de nuestros abuelos, ni la familia, ni la sociedad, ni la administración. Ellos son los fundamentos. Su generosidad ha levantado el país, la economía y el propio estado. Merecen nuestro respeto, reconocimiento y gratitud. Son los héroes de nuestra sociedad. Héroes que han caído aislados en una UCI. Un día, la sociedad tendrá que pedir a las instituciones públicas que desagravien a sus ancianos. Es una deuda que hemos contraído con ellos.

Los ancianos son libros vivientes que se han cerrado, dejando un testimonio de lucha constante. Son un bagaje de experiencias, de logros y sufrimiento. Nos dejan el legado de unas vidas apasionantes que no tienen precio, un tesoro de sabiduría, un ejemplo de lucha sin tregua y de ternura imborrable en nuestro recuerdo y en nuestra piel. El estado no hace luto, pero todos deberíamos hacerlo y rezar por ellos. No merecen menos.

Aprendamos a extraer el jugo de todo lo que nos han dejado, esa mina de oro de la experiencia convertida en grandes lecciones. Somos herederos de un legado extraordinario de inmenso valor. Vivimos de sus raíces. El pasado, el presente y el futuro se unen gracias a la generosidad de nuestros ancianos. Mirar atrás con gratitud nos permite abrazar nuestros orígenes. Podemos ser diferentes de nuestros antepasados, pero desde nuestra libertad, no dejemos de reconocer lo que tenemos en común. Los vínculos de sangre han marcado nuestra existencia. Cada cual ha escuchado la música de su tambor, pero esta es la gran riqueza de la familia. Nunca lo olvidemos: hemos sido plantados con amor en el jardín de sus hogares. La sintonía que se establece entre nietos y abuelos trasciende lo generacional. Ancianidad e infancia se unen en el tiempo. De esta unidad surgen los mejores momentos que vinculan para siempre al abuelo y al niño. Más allá de la familia, el sello de la amistad quedará impreso en sus corazones.

Gracias, ancianos, por ser nuestros abuelos. Hoy estaréis en otro jardín, el cielo, donde ya disfrutaréis de una vida plena y gozosa en la eternidad.

jueves, 23 de abril de 2020

Coraje para renacer


No al miedo


Es comprensible que, ante las consecuencias trágicas de la pandemia del Covid-19 se genere en nosotros preocupación, angustia y desolación. Nos enfrentamos a una terrible incerteza. ¿Cuándo acabará todo? ¿Cómo estaremos para enfrentar las secuelas gravísimas de esta crisis, tanto en el campo social como en el sanitario y el económico?

Es verdad que el panorama no es nada halagüeño y nos asaltan las dudas. Entre ellas, nos inquietan las decisiones poco acertadas que toma el gobierno, y el temor de que sus medidas no hagan más que agravar la crisis sanitaria, además de empeorar la situación económica y social. El miedo se alimenta de errores tras errores, que abren una fisura en la confianza hacia los que dirigen. La luz se ve muy tenue en el horizonte.

Pero, entre el miedo y el no calibrar la gravedad de la situación, está la prudencia y la responsabilidad por parte de la ciudadanía y los gobernantes. Jamás deberíamos caer en el pánico ni instalarnos en el miedo, aunque forme parte de nuestra naturaleza.

Disidencia ética


En la facultad de teología, cuando cursábamos moral social, los profesores nos hablaron de una disidencia ética, como una actitud legítima de la persona, igual que la libertad de conciencia y de expresión. Desde esta perspectiva, se considera admisible el derecho a la huelga, la manifestación y la objeción de conciencia, pues no siempre las leyes de un gobierno son acordes con los valores cristianos.

Una cosa es corresponsabilizarse y otra someterse a los dictados que se alejan de una ética fundamental. Las decisiones siempre deberían tomarse teniendo en cuenta el bien real de la persona, y no ideas políticas que contribuyan a mantener a ciertos grupos en el poder. Esto no debe asustarnos. Apelo a una crítica constructiva y a no caer ni en la desidia ni en el victimismo, afirmando que «no se puede hacer nada más» y que eso es tarea de los políticos. Una disidencia sana y equilibrada puede ser muy constructiva, porque nadie es inmune a la ambición del poder, como tampoco a la equivocación. Y esto se suele dar en instituciones políticas, que no toleran opiniones diferentes y dificultan la libertad de expresión, la capacidad de crítica y el derecho a opinar distinto. No hablo de una oposición agresiva, pero sí de aprender a nadar a contracorriente, cuando sea necesario. Entre el silencio y la crítica despiadada está la responsabilidad de contribuir con nuestra opinión a mejorar la situación. Por eso es importante que pueda darse una disidencia con ética, sin miedo paralizante, sin renunciar a la libertad de conciencia ante el abuso de las manipulaciones políticas y mediáticas. 

El miedo puede no sólo confinarnos en casa, sino que puede llevarnos a un confinamiento mental, y esto sería más grave que el mismo virus, porque ya no sólo afectaría a nuestras vías respiratorias, sino a nuestra capacidad de pensar y decidir, a nuestra libertad.

Renacer de las cenizas


No podemos convertirnos en momias sometidas por el miedo. Ni siquiera el estado de emergencia sanitaria puede ser excusa para atentar contra nuestra libertad. Serenidad frente al miedo, para mantener el discernimiento y actuar de manera responsable y coherente. Lucidez frente a la confusión entre los medios. Confianza ante la incertidumbre. Es verdad que la tragedia es de dimensiones dantescas y que nos encontramos en una situación sin precedentes desde la II Guerra Mundial. Pero hemos de creer en la capacidad regeneradora que tiene el ser humano ante las grandes catástrofes.

En estos días estamos viendo alardes del ingenio y la creatividad del ser humano. Tarde o temprano, pese a la deficiente actuación de nuestros gobernantes, se acabará por resolver esta pandemia. Pensemos en las grandes gestas de la humanidad. Siempre hay héroes que van más allá de lo que es políticamente correcto. Siempre hay personas que están arriesgando su vida por el bien de la humanidad y ponen toda su capacidad intelectual y creativa para resolver conflictos de todo tipo. Toca reinventarse, es una gran ocasión para sacar lo mejor de nosotros mismos. Podemos, porque tenemos ese potencial. Estamos diseñados por el Creador para autotransformarnos. Alejad el miedo y aventuraos a una nueva recreación. La pandemia es una oportunidad para maravillarnos de lo que somos y lo que podemos llegar a hacer. De una situación límite podemos abrir nuevos horizontes: la conquista de los más bellos tesoros que el hombre tiene en su corazón. Somos señores de nuestra historia, podemos convertir desiertos en vergeles. Podemos renacer de las cenizas.

domingo, 19 de abril de 2020

La soledad de la morera


Llevo diez años contemplando la belleza de este patio, con su pulmón, la morera, y las acacias que se yerguen hacia la infinitud del cielo. Árboles testigos del devenir histórico de esta parroquia, con sus vaivenes, sus luchas y esperanzas. También son testigo de la soledad de este patio desierto, acostumbrado a ser frecuentado por gente que busca aquí sentido y razones para vivir con profundo deseo de encontrar la verdad, Dios, el amor.

La morera hoy está sola, sin nadie que se acoja a su sombra. Desde su silencio, es cómplice de los anhelos escondidos en el corazón de tantas personas que disfrutan de su verdor y su paz. Hoy la contemplo solitaria, sin que nadie pueda saborear la brisa de esta primavera ni el frescor de su verde manto de hojas. Hoy mis ojos la contemplan con afecto especial y admiro los recovecos de su corazón, escondido entre las ramas que sostienen su copa frondosa y llena de color.

Recuerdo las tormentas del pasado invierno. Desnuda y flagelada por los fuertes vientos, la morera resistía. Su fortaleza estaba siendo puesta a prueba y, aunque mermadas sus ramas, aguantó firme sin desfallecer. Hoy no son las ráfagas del aire las que sacuden el árbol. Hoy la sacude la ausencia de tantas personas que la admiran por su belleza y su fidelidad en el tiempo. Hoy siente a faltar el corretear de los chiquillos, la música y los cánticos de la liturgia, la mirada dulce de quienes se acercan, sorprendidos por su magnitud y atraídos por su silencio susurrante. Añora las oraciones dirigidas al cielo y, sobre todo, los encuentros al abrigo de su sombra familiar y amiga.

La morera es ya parte de la vida parroquial. Los dos hemos quedado juntos, confinados. Hoy, muchos mueren a causa del coronavirus, por falta de oxígeno. Tú, mi querida morera, eres mi oxígeno natural. Tú me haces de botella y de respirador, un espléndido árbol cargado de vida cuyas ramas como brazos no paran de crecer, acogiendo a tantas personas que buscan calma, silencio, belleza, luz. Eres mi gran compañía en estos momentos en que, como yo, muchos están recluidos en sus hogares. Cada día doy gracias a Dios por la belleza de la creación. También por haber hecho posible que un día nos encontrásemos. ¿Misterio, azar, plan de Dios?

He nacido en un pueblo de Extremadura, donde los campos están pegados a las casas. Cada vez que voy allí, aspiro el olor de las espigas y el perfume del monte. Sí, la naturaleza y el hombre se han de armonizar para su mutuo beneficio. No podemos vivir aislados de algo que forma parte de nuestras raíces más genuinas. También hemos de extender esta hermandad a todo lo creado y amarlo como parte vital de la existencia. La morera siempre me retrotrae a ese deseo de búsqueda de los misterios de la creación. Ella se ha convertido en un testigo de mi soledad, que abrazo con paz. Bajo su sombra, como un nuevo Adán en el paraíso, siento la caricia de Dios y la alegría y la libertad de sentirnos amados por el Creador.

Me decía un teólogo que la creación es la piel de Dios. Toda la naturaleza ha sido soñada como hábitat, como un hogar, donde podemos crecer armónicamente y a la vez custodiarla. No cuidar la creación es flagelar la piel de Dios. Todo el cosmos: estrellas, mares, cielo, árboles, animales, montañas y flores, fue creado por su mente amorosa, pensando en nuestra felicidad.

lunes, 13 de abril de 2020

Una rosa se marchita


Tenía 75 años. La conocí cuando yo ejercía el diaconado en la parroquia de San Isidoro y desde el primer momento se mostró cálida y atenta conmigo, muy sincera y auténtica. Me acompañó a lo largo de todo mi sacerdocio hasta que el coronavirus le arrebató la vida, la vigilia de Pascua. Atrás quedan cuarenta años de fiel amistad.

Su hijo Carlos me lo comunicó ayer tarde, en pleno día de Pascua, mientras el sol brillaba con fuerza. Con tristeza, pasé largo tiempo recordándola. Rosa era una mujer creyente, de una fe inquebrantable, firme en sus convicciones y al mismo tiempo abierta, dialogante y de una sensibilidad extrema. Su cara sonriente reflejaba la bondad de su corazón. Inteligente, audaz y solidaria, poseía una gran cultura y siempre la recuerdo elegante, y muy bella en su juventud.

Me acompañó con mucha alegría en mi ordenación sacerdotal. Aquel día sus ojos brillaban, rebosantes de dulzura y amabilidad. Después de cinco años en San Isidoro, ella fue siguiendo mi itinerario pastoral en las diferentes parroquias donde he ejercido mi ministerio. Con el tiempo, nuestra amistad no ha hecho más que crecer. Era una creyente que amó mi sacerdocio con toda su fuerza.

Su vida no fue fácil y tuvo que asumir una situación familiar dolorosa y compleja. Siempre firme, luchó con entereza para no rendirse y seguir en pie. Finalmente, cayó enferma y fue a parar a una residencia, donde, a pesar de su fragilidad, se dedicó a escuchar y apoyar a los otros ancianos. Sufría muchos dolores musculares y articulares, pero aún tenía fuerzas para ayudar a los que estaban peor que ella, sin dejar de rezar por la paz en el mundo, uno de sus grandes deseos. 

Con el tiempo, comenzó a sufrir otra enfermedad que limitó su vitalidad y movimientos. Pese al deterioro, nadie pudo quitarle la fuerza interior. Hasta que el Viernes Santo, sintió un dolor insoportable en el estómago. Llamó a su hijo y él mismo decidió llevarla a urgencias. El dolor no cesaba. Al venir de una residencia, en el hospital quisieron hacerle el test para detectar si estaba contagiada por el coronavirus, y efectivamente, la prueba salió positiva. Para su hijo supuso una fuerte conmoción. Otra anciana más, víctima de la pandemia. Entre madre e hijo había un fuerte vínculo y un amor a prueba de bomba. La cuidó y la acompañó con dulzura infinita hasta el final, siendo un ejemplo para muchos hijos que tienen que hacerse cargo de sus padres.

Rosa murió con el Crucificado. Su agonía empezó el Viernes Santo y su vida oscureció, como aquella tarde en el Gólgota. Pero su fe era  más fuerte que el dolor y la enfermedad; su alma estaba más viva que nunca. Había vivido un largo Via Crucis y había seguido los pasos de Jesús hasta el Calvario. Respirando con dificultad, agonizó como él en la cruz; ella en una cama. Murió con Aquel a quien tanto amor profesaba.

Cuando Carlos me llamó, con voz apagada y triste, para comunicarme la noticia, el corazón me dio un vuelco. Apenas unos días atrás había hablado con ella por teléfono. Y entonces ya me comentó que tenía una ligera molestia en el estómago, que achacaba a un cambio en la medicación. Esto fue el inicio de la manifestación de la gripe. Cuando Carlos colgó el teléfono, apresurado, porque debía llamar a otros familiares y amigos, no pude contener las lágrimas.

Sentí que se moría algo de mí, algo que albergaba en lo más profundo de mi corazón. Había muerto alguien a quien quería con toda mi alma. Sí, era una viejecita con el rostro arrugado, pero sus bellos ojos nunca dejaron de brillar, y su alma se mantuvo tersa y lozana. Durante 40 años fue para mí como una madre. En ese momento me costó asumir que la había perdido, que me quedaba sin ella, sin su voz, sin su perfume. Lo más doloroso es que no la pude despedir, coger su mano, besar su frente. No sólo me apenaba su muerte, sino el muro que el virus había levantado entre nosotros. Sentí no verla antes de morir, ni oficiar una celebración con su familia. Ni siquiera pude rezar a su lado.

Una vida se fue, sin tener la oportunidad de darle las gracias por lo mucho que recibí de ella. El dolor de mi alma era fuerte y difícil de asumir. Estuve un tiempo rezando por ella y pedí a Dios que le abriera de par en par las puertas del cielo. Rosa me decía muchas veces que anhelaba estar con Dios. En el día de Pascua, él le concedió ido este don. Si el viernes su vida se apagó en la oscuridad, en el domingo de resurrección, su luz comenzó a brillar con fuerza en el paraíso. Ahora podrá dar un abrazo a aquel que sostuvo su vida, su alegría y su paz en los momentos más difíciles.

La tarde avanzaba. Con paz y más calma, caí en la cuenta de que el sol seguía brillando y la imaginé, con su elegancia humana y espiritual, bajo los rayos luminosos del atardecer y ataviada de blanco, como una novia, entrando en la eternidad al encuentro de su amado. ¡Cuánto quería Rosa a Jesús! Su abrazo es el regalo prometido después de una vida de entrega y generosidad. Rosa ya está en otro mundo, disfrutando de la belleza con mayúsculas. Ella, que siempre tuvo una sonrisa en los labios, vivirá un deleite permanente con Aquel que sopló sobre su corazón. La tierra separa nuestros cuerpos, pero nunca las almas. ¡Hasta siempre, Rosa!

sábado, 4 de abril de 2020

El precio de un abrazo


Como bien sabéis muchos de vosotros, durante casi veinte años estuve realizando mi labor pastoral en Badalona. Para mí fue un tiempo especialmente intenso; allí creé una fuerte red de amigos que sigue estando viva, después de diez años. Esta red de buenas personas la voy alimentando con llamadas, escritos, por Internet y con encuentros presenciales, para seguir fortaleciendo los vínculos con todos ellos. La amistad es un hermoso tesoro que conservo desde siempre.

Una de estas personas es madre de un hijo único con la que siempre he mantenido una especial comunicación. Es alegre, simpática, expansiva y de una enorme sensibilidad. Me comentaba, estos días, que le costaba mucho pasar el confinamiento. Se limitaba a salir para atender necesidades esenciales, como comprar alimentos o ir a la farmacia. Especialmente lo estaba pasando mal porque hacía tres semanas que no veía a su hijo, y sentía pena por no poder abrazarlo como solía. Noté, mientras me hablaba, que su tono de voz era más bajo y discreto, que luchaba por contener su emoción, aunque la voz le temblaba, entre momentos de silencio. Por fin estalló, y sin poder evitar el llanto, con profunda tristeza, me explicó que el día anterior se llamaron, ella y su hijo, para pasarle el carro de la compra, pues su esposo había ido al supermercado para aprovisionarse. Quedaron abajo, en la puerta del bloque, y ella sentía que el corazón saltaba en su pecho y una pena terrible la llenaba. Cuando lo vio, a una distancia de 50 metros, un impulso incontrolado los llevó, a madre e hijo, a correr el uno hacia el otro. Los dos estaban protegidos con su mascarilla, pero una fuerza mayor los hizo fundirse en un abrazo.

¿Sintieron miedo? El impulso amoroso fue más fuerte. Ese abrazo que anhelaban no estaba exento de riesgos, pero la madre necesitaba estrechar a su hijo, y él acogió su afecto. Ambos necesitaban el contacto, cruzar miradas, sentir el corazón del uno contra el otro.

La madre me llegó a confesar que estaba dispuesta a darlo todo, hasta su vida, por ese abrazo, que fue como un dulce bálsamo para su corazón inquieto. Gracias a Dios, ambos están bien y más tranquilos.
Esta conversación me hizo pensar mucho en la importancia de los afectos en la vida diaria. Sin ellos nos falta algo para nuestro equilibrio emocional y espiritual. Estamos hechos de esta naturaleza; nuestra piel nos pide ternura, y expresarla con un gesto físico es un impulso innato en la persona. No sólo somos inteligencia; crear lazos afectivos forma parte de nuestra realidad humana. Lo llevamos inscritos en nuestro ADN. Somos gregarios y la comunicación cara a cara es fundamental para el crecimiento humano.

Sí, quizás esta madre y este hijo fueron imprudentes. Recuerdo el abrazo de san Francisco a un leproso. Más allá de una imprudencia, el ser humano es impredecible y nunca sabremos todo lo que pasa en su corazón y en su cerebro. Pero la falta de conexión afectiva puede ser tan letal como el propio virus. Con esto no digo que la gente deje de estar confinada en casa; es más, pido por favor que sigan y que aprendan a contener sus emociones. Pero siempre estamos en riesgo. Y la necesidad de abrazar puede llegar a ser tan importante como el comer.

La otra lección que podemos aprender es que, no porque haya peligro de contagio los vínculos tienen que desaparecer. Cuando estos son sólidos y fuertes, no hay que tener miedo. Lo auténtico y lo profundo perdura y estos momentos difíciles lo ponen a prueba. Si las personas se quieren de verdad, el virus no matará el amor, aunque tengamos que lidiar con la soledad y la distancia. Si el amor está muy enraizado, nada podrá acabar con él.

Aprendamos a valorar el regalo del otro, especialmente cuando no lo tenemos cerca. Sólo desde la lejanía nos damos cuenta del tesoro que supone tener un ser querido. No dejemos que esta soledad obligada nos angustie, sino que demos gracias por lo que tenemos y hemos recibido de tantas personas buenas. Quedaos en casa, por favor. No temáis a la soledad. Este periodo de receso será un trampolín hacia nuestro ser más profundo.