domingo, 30 de mayo de 2021

Un abrazo bajo las acacias


Es domingo. El cielo es gris y el ambiente fresco, pese a estar en mayo, mes en que suele lucir el sol. Estamos acabando una primavera casi bipolar: con tiempo inestable, alternando nubes y sol con fuertes rachas de viento y algunos días casi fríos.

Pienso en tantos indigentes que viven en las periferias de su existencia, solos y descartados, aquejados de una fuerte inestabilidad emocional, tan variable como el clima. Aún y así, sobreviven en medio de la incerteza, porque la vida, aunque con carencias, se abre camino como sea. El impulso vital es tan fuerte que reclama el derecho a vivir con dignidad.

En otra reflexión, recordaba a un indigente llamado Constantin, que tras los barrotes de la puerta metálica reclamaba a gritos acogida y atención. Él y yo, frente a frente, él con expresión angustiada. Lo titulé «El emperador caído», porque después de nuestro encuentro, él se dejó caer en el suelo y yació mucho tiempo allí, hasta que la noche lo engulló en sus profundidades y se durmió, en soledad. El sueño siempre es una dulce anestesia para tanto sufrimiento acumulado, pero la humedad y la inseguridad de la calle le harían despertar de nuevo, al amanecer quizás, para volver a la cruda realidad de su vida. Soledad, marginación, hambre.

Hoy ha vuelto, y lo he visto sobrio, relajado y bien vestido, con una mirada serena y limpia. ¿Qué ha ocurrido? Recio y fuerte, con tono muy amable, se me acerca y me dice: Tengo hambre, con voz casi susurrante, mostrándome sus manos, anchas y fuertes, donde veo algunas monedas de céntimos. Esta vez no hay gritos ni desesperación. Lo veo en calma y espera con humildad que pueda darle alguna ayuda para saciar su estómago vacío. Se la doy.

De golpe, de manera espontánea, el corpulento Constantin abre sus largas extremidades y me abraza durante unos segundos interminables. Con toda su fuerza, como agradeciendo mi apoyo. Si para él es una forma de gratitud, para mí ayudarle es un deber moral. Yo quizás no necesito su abrazo en ese momento, pero él sí necesita el alimento de una respuesta cálida y acogedora. También tiene hambre de dulzura.

La pobreza es cosa de todos

Siempre he tenido una fuerte sensibilidad hacia los más vulnerables, que reclaman su derecho a vivir, interpelando a nuestra generosidad. Nunca me ha gustado juzgar a ningún indigente. Desconocemos su historia, la realidad que los ha llevado a esa situación, quizás sin quererlo. No tenemos derecho a emitir ningún juicio sin saber el motivo de por qué se encuentran viviendo así esos momentos de su vida. cuando alguien pasa por estas terribles circunstancias y te pide ayuda, no es un número, ni un dato estadístico. Tampoco sirve pensar que ya hay instituciones que se ocupan de personas como él. Siendo verdad esto, hay que reconocer que no siempre se llegan a cubrir todas las necesidades de estos grupos excluidos socialmente. No hemos de caer en la trampa de la desidia y pensar que esto sólo se arregla con organizaciones sociales o con una intervención del gobierno. El drama de la pobreza es una cuestión que nos toca a todos, a las familias, a las instituciones educativas y a cada uno de nosotros, como persona.

Hay días y franjas horarias en que los albergues no pueden llegar a acoger a todos. Es aquí cuando un corazón generoso puede atender, acoger y responder a la demanda de alguien que no tiene nada, ni siquiera cuatro paredes para su intimidad y su descanso.

No podemos mirar hacia otro lado. Su indigencia no les quita el vestido de su dignidad humana, pese a que socialmente se vean solos y sin nada, ni siquiera el calor de unas manos que les abracen. Hay una desnudez que va más allá de la ropa: es la terrible desnudez de estar siempre en la intemperie, recibiendo el azote de la indiferencia. Siempre hay que ayudar a los demás, siempre que podamos y tengamos la posibilidad.

El abrazo de Constantin, bajo las acacias del patio parroquial, ha sido para mí una gran lección. Ellos, los pobres, me enseñan que no sólo hay que dar lo que tienes, sino lo que eres. Aprender a dar algo de nosotros va más allá de lo material. Lo mejor que podemos hacer con un indigente es conseguir que, poco a poco, vaya recuperando su dignidad y su confianza. Esto sólo se puede hacer abrazando a la persona y la historia que hay detrás de su indigencia.

domingo, 23 de mayo de 2021

Vivir de la mentira


La mentira, cada vez más, forma parte de nuestra realidad cotidiana. En un mundo tan convulso, donde se constatan intereses ocultos e inconfesables, la mentira se utiliza indiscriminadamente como arma para tergiversar la verdad.

Lo peor es que socialmente está cada vez más aceptada y asumida, se da como algo normal e incluso se justifica para sobrevivir, dejando a un lado toda referencia ética y sin que importen las consecuencias nocivas que pueda provocar.

La lucha por tener recursos, controlar y crecer, social y económicamente, no da derecho a nadie para escalar posiciones sin tener en cuenta la honestidad y la verdad. No todo vale: hay unas líneas rojas que no se pueden pisar. Cuando la persona actúa ignorando estos límites, utiliza la mentira como herramienta para conseguir lo que quiere. Está contribuyendo a una sociedad cada vez más enferma y donde, al final, lo único que vale es triunfar y conseguir lo que quieras. Lo grave es que el recurso de la mentira forma parte de muchas relaciones humanas cuando no hay transparencia en la comunicación. Hay mentiras en las familias, entre amigos, en el ámbito laboral, en los medios de comunicación, en la vida social y política. Mentir es parte de la estrategia de la casta política para conseguir sus fines, poder y dinero. También en las instituciones y en las empresas se dan acaloradas luchas internas para no perder influencia ni poder.

Estamos en una sociedad donde mentir es casi como respirar. Es terrible vivir así, pues, cuando unos se mienten a otros, nace la desconfianza y se rompen las relaciones. Pero muchas personas prefieren vivir ocultando la verdad ante el pavor de revelar su propia identidad. Otras quieren medrar como sea, obsesionadas por una voraz bulimia consumista. Su avaricia llega a ser tan incontrolada que arrasan con todo a su paso, diezmando los valores de una cultura como la nuestra, donde la verdad, la bondad y la belleza han sido los ejes de nuestro crecimiento moral y social.

Estamos ante un declive de los valores esenciales que han permeado nuestra cultura occidental cristiana. Si seguimos así, huérfanos de estos grandes valores, la sociedad se irá desintegrando y perderá sus referencias básicas. Acabaremos perdiendo nuestra identidad como personas.

¿Por qué se miente?

Me pregunto, desde un punto de vista psicológico y moral: ¿qué explicación tiene este deterioro tan importante? ¿Por qué se pierde el amor a la verdad? La verdad ha dejado de ser un valor fundamental que forma parte de nuestra realidad intrínseca. El hombre no se entiende sin ese vínculo con la verdad. De no ser así, se irá destruyendo lentamente hasta perderse en el absurdo.

El amor a la verdad sostiene nuestro entramado social. Sin la verdad, vamos a la deriva y estamos perdidos. Basta detenerse en la lectura de la prensa, en los medios de comunicación, las redes sociales, las series televisivas, las películas… Repaso las noticias del mundo y me doy cuenta en la base de los conflictos está la mentira. Como el peor de los misiles, destruye la verdad con ráfagas permanentes. No hacen lo que dicen. Ocultan la realidad con medias verdades o con mentiras descaradas. Hacen correr bulos para desviar la atención y tapar la luz de la verdad. La mentira anestesia y la verdad despierta. Pero, evidentemente, es más exigente y nos coloca ante las cuestiones más fundamentales: la autenticidad de nuestra vida y de nuestros valores.

Me pregunto reiteradamente: ¿por qué se miente? ¿Por qué se distorsiona la realidad? Detrás de una mentira puede haber miedo, pánico a no ser capaz de conseguir lo que uno desea por sus propios medios, sin hacer trampa. Puede haber falta de valentía, inseguridad y poca fe en las capacidades propias. También puede haber una falta de honradez, un desear tomar atajos, conseguir resultados rápidos, saltándose los pasos necesarios.

Pero, aparte del miedo o la avidez de ganancias rápidas, ¿dónde está la raíz más profunda de la mentira? ¿Qué mecanismo se esconde detrás? ¿Por qué la verdad asusta?

Hemos normalizado la mentira incorporándola a la vida cotidiana, casi sin darnos cuenta. ¿De qué tenemos miedo? Nos da miedo, quizás, ser nosotros mismos, con nuestras imperfecciones o nuestro pasado, que no nos gusta, y queremos ocultar lo que somos porque creemos que no les agradará a los demás y tememos el rechazo. Hemos crecido viendo mentir a la sociedad, incluso quizás en nuestros hogares. Por un exagerado afán de protección, se tapa la realidad que no gusta. Hay quienes quizás tienen una tendencia compulsiva a mentir, que ya no dominan.

En esta carrera imparable donde competir no tiene límites éticos, y donde todo vale para llegar a la meta, utilizando cualquier artimaña para desbancar al otro, la mentira es un instrumento de poder. Quienes la utilizan no reparan en las consecuencias. La mentira es el gran autoengaño, que aleja de la propia dignidad y provoca daños irreparables en los demás. Cuando la frontera entre la irrealidad y la verdad, entre la bondad y la maldad, entre el amor y el odio, se diluye, desaparece la confianza.

La mentira va autodestruyendo a la persona, vaciándola de toda referencia moral. Decir lo que no se piensa y ser lo que no se es significa vivir constantemente fuera de uno mismo, porque se está renunciando a la propia identidad. La verdad forma parte de nuestro yo más profundo. Vivir en un montaje ficticio acaba rompiendo nuestra esencia.

Antídotos para luchar contra la mentira

Renuncia a ser lo que no eres.

No quieras ser más que los demás.

Acepta a los otros como son.

Acepta tu propia realidad.

Aprende a dar valor a lo que eres.

Renuncia a la competitividad social e intelectual.

Pero aléjate de la mediocridad y abraza la verdad como un valor absoluto.

Te darás cuenta de que todo lo que no sea verdad es pirotecnia mental y psicológica.

Alégrate de los talentos de los demás, y no sólo eso, sino poténcialos.

Conócete en profundidad, cada vez un poco más, para sacar lo mejor de ti.

Todos tenemos algo bueno que compartir: desde la cooperación y no desde el combate.

Asume los errores e incorpóralos como parte de tu crecimiento.

Mantén tu integridad como persona, sin sofisticación.

Vive de manera humilde, serena y gozosa.

Aquí está la clave: sólo podrás construir una vida sólida cuando ames y te entregues a los demás. Esta es la verdad fundamental que nos sostiene.

domingo, 16 de mayo de 2021

Liberar el alma


Tener la oportunidad de hablar y escuchar a tantas personas me permite conocer en profundidad al ser humano y conectar con aquellos que expresan su sentir más hondo, tanto cuando se sienten invencibles y han sido capaces de superar enormes dificultades como cuando perciben la derrota de una lucha que los ha llevado al límite de sus fuerzas. Hablando con los demás he llegado a tocar la fragilidad, la inseguridad, el miedo, el sentir que se va a la deriva.

En ese momento soy testigo de la vulnerabilidad que fragmenta todo el ser; es una experiencia que sobrecoge y hace surgir un torrente de preguntas en mi mente.

¿Qué es lo que lleva a tantas personas a situaciones límite? ¿Por qué unas las superan, saliendo airosas de ese combate? ¿Por qué otras viven rendidas ante la realidad, arrastrándose en la desesperación y la agonía, con su capacidad de razonar anulada? ¿Por qué unos pueden y otros no? ¿Qué explicación hay en esas brechas?

¿Por qué unos sí y otros no?

Hay quienes perciben las experiencias como un gran aprendizaje, incorporando a su vida nuevos retos y venciendo la inercia, el miedo y la desorientación. Pero hay quienes, quizás por el resentimiento acumulado que les impide discernir con lucidez, quedan atrapados en su burbuja interior. No hay manera de que levanten cabeza, y su debilidad creciente los lleva a una peligrosa autocontemplación. Evitan hacer frente al gran deseo, a sus cuestiones existenciales más hondas.

Da vértigo enfrentarse con uno mismo. Podemos tener una capacidad para definir con agudeza lo que les pasa a los demás, convirtiéndonos en cirujanos del comportamiento ajeno. Pero somos incapaces de saber qué ocurre dentro de nosotros. Racionalizamos e investigamos sobre el cosmos y la inmensidad del universo, y no somos capaces de profundizar en el microcosmos de nuestro corazón.

Huimos por miedo de esas tormentas que arrecian en nuestro interior, pero acabamos naufragando en un mar de contradicciones, hasta perder el rumbo y dar vueltas por un laberinto, sin saber cómo salir.

¿De qué depende deslizarse como un surfista sobre la ola o ser tragado por ella?

Conocemos los entresijos de nuestra realidad, de los demás, del mundo. Todos venimos preparados para ganar batallas. Quizás el problema no sean las armas con las que podemos luchar, sino la ignorancia y la falta de propósito.

Conocerse

¿Sé quién soy? ¿Conozco el potencial que hay en mí? ¿He medido mi fuerza para saber si puedo mantener un equilibrio entre las fuerzas de adentro y las de afuera? ¿Y si el problema es que todavía no he descubierto el gran arsenal que poseo dentro, ese coraje desconocido que me ayudará a sortear las flechas enemigas y las propias?

Afírmate con toda rotundidad. Trabaja la voluntad, el entendimiento, el conocimiento. Aprende hasta dónde puedes flexionar tu arco para dar a diana en aquellas cuestiones que te inquietan. Apunta al núcleo de tu existencia.

A la hora de lanzar, es importante tener un buen arco y una buena flecha, pero más aún lo es la precisión, y más aún tener un buen blanco. Tener un propósito vital ayuda a sacar fuerzas y puntería para conseguir aquello que más anhela nuestro corazón. Saber quién eres, qué quieres, y tener en cuenta lo que necesitas te ayudará a conseguir la meta.

Pero cuando yo no sé quién soy, ni lo que quiero, y carezco de las herramientas para llevarlo a cabo, entraré en una fase de victimismo. Tendré motivos para quejarme de todo o de todos. Encontraré excusas de todo tipo para caer en la trampa de ser lo que no soy y terminar haciendo lo que no me gusta, distanciándome de mi propósito vital.

Y cuidado, porque muchas personas se esconden detrás de aquello que socialmente les sale rentable, porque con esto quedan bien y guardan a salvo su imagen. Temen revelarse tal como son y no soportan sentirse frágiles ante los demás, descubriendo su auténtico rostro y enfrentándose a su indigencia existencial.

Pero todos hemos de llegar a tocar fondo: cuando se es consciente de llegar al núcleo de la vida, es cuando hay que tener las agallas y la valentía suficiente para reiniciarse y renunciar al viejo paradigma de los miedos, las excusas, las justificaciones y los resentimientos. Hay que librarse del peso del pasado, de las mentiras y de echar culpas a otros por nuestra situación.

Creo que todos tenemos la capacidad innata de autoregenerarnos. Sólo se trata de querer, pedir ayuda y convencerse de que podemos salir adelante, siendo señores de nuestra vida y de nuestra historia.

Una vez llegamos aquí, no podemos imaginar el enorme potencial de bondad creativa que hay en el corazón humano. ¡Nos sorprenderemos a nosotros mismos! Entonces descubriremos que darse a los demás da sentido pleno a la vida y nos acerca a aquello que todos queremos y necesitamos: ser felices y contagiar felicidad.

Salir de este sendero es perder la brújula interior que todos llevamos dentro y que apunta hacia nuestra plenitud humana. Estar instalado en el pasado, quejándose del presente y temiendo el futuro es la aniquilación de la realidad. Hay que despertar de este letargo del pasado que se come el presente y el futuro. Valentía para ser, dar y amar: esta es la auténtica clave.

domingo, 4 de abril de 2021

El emperador caído


Se llama Constantin. Es alto, fuerte, rubio y de voz potente. Años atrás, era vegetariano y deportista. Ha viajado por muchos países, domina varios idiomas y conoce bien las sagradas escrituras. Vive en la calle... y viene a buscar su bocadillo cada mediodía, cuando los voluntarios reparten los pícnics a la puerta de la parroquia.

Estos días he tenido la ocasión de hablar con él. Desde que se decretó el estado de alarma, en la parroquia nos propusimos seguir dando alimentos a aquellos que habitualmente venían al comedor social, considerando que era esencial atender a estas personas sintecho que carecen de hogar y sobreviven como pueden en la calle. La caridad nunca se puede ir de vacaciones y ninguna realidad compleja, como esta de la pandemia, puede bloquear un servicio tan básico como dar comida a los pobres de nuestro entorno. Esto forma parte de lo nuclear del cristianismo: ejercer las obras de misericordia.

En contra del mensaje de Jesús, la sociedad tacha a estos indigentes de lacra social, marginándolos como a los nuevos leprosos. Se los rehúye, por temor a que generen problemas por su falta de higiene y sus cambios bruscos de humor, o incluso que puedan transmitir alguna enfermedad. A veces pienso que, si san Francisco hubiera tenido una excesiva prudencia, jamás hubiera besado al leproso ni le hubiera devuelto su dignidad como ser humano.

Jesús sanó a unos cuantos leprosos, que iban tocando la campanilla para anunciar su impureza ante las gentes. Para Jesús, ninguna enfermedad, ninguna situación cuestionable moralmente, era un obstáculo. La dignidad de la persona estaba por encima de todo; también la dignidad de un pecador. Por muchas barbaridades que hubiera cometido, era igualmente un hijo de Dios. Los pobres, los pecadores y los marginados estaban en el centro de su misión rescatadora. Por eso yo no querría que, con la pandemia, nuestro corazón dejase de latir al mismo ritmo que el suyo. Nuestra vocación evangelizadora pasa por la atención hacia los más pobres, los alejados, los enfermos de toda clase. La caridad está en el centro de la vida de Jesús y nosotros, como seguidores suyos, hemos de imitar y expandir su caridad. Más allá de nuestros prejuicios o de nuestras concepciones morales, hemos de brindar unas manos acogedoras y una mirada compasiva hacia aquellos que lo han perdido todo. Dar una ración de comida puede parecer poco, pero para ellos es la única comida digna que hacen al día, y quizás la única oportunidad de sentirse, aunque sea sólo un rato, queridos y apreciados.

Para nosotros, es una oportunidad de ser fieles al mandato de Jesús. Podemos ayudar a recuperar la dignidad de esos rostros invisibles ante muchos, que también merecen dulzura balsámica para sus corazones rotos. Cuando superamos el temor hacia el desconocido y nos acercamos a él, nos damos cuenta de que en esa persona herida hay alguien que se pregunta por su situación, por qué está dónde está, deambulando solitario en la intemperie, haga frío o calor, con el riesgo de ser golpeado violentamente mientras duerme, en medio de la noche, sin saber qué le depara el día siguiente.

Constantin, que lleva nombre de emperador, es una vida caída. Como él mismo me contó, la infidelidad de su esposa, que lo dejó por otro hombre, le partió el corazón. Cayó en una profunda crisis que lo llevó a refugiarse en el alcohol. Perdió el trabajo y comenzó a vagabundear de un lugar a otro, hasta llegar a nuestra zona. Una noche, durmiendo en la playa, alguien le robó la mochila con toda su documentación. Ahora no es nadie, ni siquiera un número de identidad. Es nadie para la sociedad, para la administración, para su familia.

Me impactó ver a este hombre robusto y bien parecido, quemado por el sol y por la soledad. Impresiona verle de pie, agarrado a los barrotes de la puerta, zarandeándolos como si quisiera romper la reja de esa prisión en la que vive: su propia existencia, su embriaguez permanente. Así pasa todo el día, deambulando y, de tanto en tanto, lanzando gritos por la calle. Con la mano en el corazón y los ojos húmedos, me decía con insistencia que «lo tenía roto».

Él grita, pero las gentes que lo rodean se alejan y no quieren escuchar. Rechazan oír el lamento de un hombre que se ha quedado sin horizontes, sin aliento, sin esperanza. En su grito contiene toda la desesperación que asoma a su rostro, a través de esos ojos brillantes y azules.

Le pregunté qué podía hacer por él, pero no me escuchaba. Sólo quería hablar, y que yo le prestara atención. Su ruido interno alzaba una barrera que nos impedía comunicarnos. Ante su impotencia y la mía, se dejó caer al suelo, apoyado en una esquina de la entrada, y continuó bebiendo de su lata de cerveza, haciendo muecas y balbuceando palabras sin sentido. Un emperador caído, naufragando en el mar de su alcoholismo.

Esa noche me costó dormir. Constantin pasó más de tres horas gritando y gesticulando a las puertas de la parroquia. Pensé que su situación clamaba al cielo. Al día siguiente, lo vi más sobrio, me dio las gracias por escucharlo y me pidió que, por favor, le buscara trabajo. «Si yo trabajo, no bebo», me aseguró, y me explicó que habla cuatro idiomas: su rumano nativo, italiano, francés e inglés, además de un español chapurreado. Durante esta Semana Santa lo he ido conociendo mejor y he vivido la tragedia de un hombre derrotado por la ruptura con los que más quería. La Iglesia tiene que suplir, siguiendo el mandato del amor, lo que no hacen las familias, la sociedad y las instituciones públicas. Hemos de convertirnos en Jesús vivientes. Aquella noche, la del Viernes Santo, entendí que el sufrimiento más lacerante que puede sufrir un ser humano es la falta de amor.

viernes, 5 de marzo de 2021

Cultivar el don


El ser humano, consciente de su potencial, ha de tener muy claro que, más allá de conseguir una meta que se ha propuesto, debe valorar el proceso. Tan importante es el camino como el destino a alcanzar. En lenguaje empresarial, hablaríamos de la búsqueda de la excelencia. En lenguaje místico, hablaríamos de la búsqueda de perfección.

Este proceso, que a veces es largo y dificultoso, requiere tener muy claros no sólo el final del trayecto, o la meta, sino otros aspectos que te ayudarán a conseguirla. Por ejemplo, definir muy bien el camino por donde quieres transitar, los medios necesarios para ponerte en marcha, la suficiente formación, la voluntad, la tenacidad. Se ha de tener todo esto muy claro, en la mente y en el corazón, así como la capacidad creativa de sortear las dificultades. Además, es necesario que todo esto se enmarque en una misión y una visión que resumen el propósito de nuestra vida.

Recientemente he hablado con una gran amiga, terapeuta de enorme sensibilidad y con grandes talentos que sabe dar lo mejor de sí misma a la hora de ayudar a los demás. Ella sabe unir bondad, inteligencia, creatividad y capacidad de empatía cuando se trata de cuidar y sanar a la persona. Acumula una larga experiencia como sanadora, tanto de patologías físicas como psicológicas y espirituales. En su trabajo, la persona está en el centro de todo cuanto hace y, desde su enorme capacidad para leer, no sólo el cuerpo, sino el alma, vuelca todo su ingenio para buscar las mejores terapias para sus pacientes. Sus extraordinarios resultados van más allá de lo medible científicamente. Aunque la mejora real del paciente, sin lugar a dudas, pueda comprobarse mediante pruebas diagnósticas y mediciones de aparatos, sus manos, sus ojos, su intuición y su olfato le sirven para escanear la energía que desprende la persona, pudiéndola aconsejar para mejorar su calidad de vida e incluso, en ocasiones, salvando de la muerte a algunos de sus pacientes.

La conozco a fondo y cuando hablo con ella percibo que tiene un don, un carisma especial. La salud global está en el centro de su vocación. También ayuda a que la vida de las personas tenga un sentido y cada cual aprenda a conocerse mejor a sí mismo. Todo esto, desde una dulzura inesperada, que no le quita nada de profesionalidad y de un trabajo riguroso. He visto que, en el ejercicio de su profesión, es capaz de desplegar un torrente de iniciativas terapéuticas, que hacen de ella una persona singular. Y todo desde una sencillez pasmosa. Tiene un tesoro en su corazón y en sus manos e irradia una poderosa energía sanadora.

Pero también he descubierto en ella, estos últimos tiempos, a una luchadora incansable con fuerza extraordinaria para sobrellevar las dificultades. Pese a los serios obstáculos que ha tenido que afrontar, ha demostrado ser una persona de profundas convicciones. En medio del caos, su fuerza espiritual la ha llevado a la aceptación, la serenidad y el discernimiento. Con una clara luz interior, ha sido capaz de reconstruir, no sin dolor, una situación especialmente difícil que nunca la ha desviado de sus metas. Al contrario, la ha hecho crecer más en su solicitud amorosa hacia el prójimo.

Amante de la naturaleza, del cosmos, del ser humano y de la vida, como le gusta repetir, vive volcada a su trabajo y a su familia, especialmente a las personas enfermas que acuden a ella. Comprometida con la salud, bálsamo para almas rotas, es un regalo para los demás. Con su calor sana y acaricia; con su humor y alegría terapéutica se convierte en una estrella luminosa para los cuerpos dolientes y los corazones heridos. Todo lo que piensa, dice y hace responde a un centraje de su persona para servir mejor a los demás. Su humanidad, bondad, acogida y ternura, así como su amor incondicional por el bien, impregnan su vida. Todo lo hace desde el amor, y desde su ser más genuino. Ella es la roca firme, ave que vuela y agua fresca que regenera a las criaturas sedientas. El Dios de las alturas le ha concedido estos inmensos dones, y ella los da con total generosidad.

domingo, 28 de febrero de 2021

Alegría desbordante


Seis años después de su partida, su presencia sigue viva en el corazón de la comunidad de San Félix. Sí, es Julita, de ojos vivos y chispeantes, menudita y alegre, de una sólida piedad.

Julita siempre estaba ahí, activa en medio de la vida parroquial, devota y fiel. La parroquia formaba parte de su ADN y estaba a todas y a todo, participando especialmente en los eventos que se organizaban: viajes, procesiones, fiestas, celebraciones y devociones marianas.

Nunca fallaba: de su casa a la parroquia y de la parroquia a casa era su itinerario cotidiano. Vivía la fe intensamente, convirtiéndola en el centro de su vida. Su actitud de disponibilidad y servicio era constante, y definía su personalidad humana y cristiana. Por su alegría y simpatía tenía una enorme facilidad para conectar con todos. Su semblante, risueño y de mirada pilla, le abría puertas para iniciar conversaciones espontáneas. Su sencillez, tan atractiva, lograba crear un buen clima que favorecía la sintonía y el bienestar a su alrededor.

La semana pasada la recordamos en la eucaristía del domingo, celebración a la que nunca fallaba. La misa, para ella, era esencial, alimento para su vida, tal como me decía.

La recordé con emoción, pensando en el profundo impacto que ha dejado en la comunidad y en su exquisita amabilidad conmigo, como sacerdote. Conteniéndome, di gracias a Dios por haberla tenido como feligresa, tan expansiva y feliz de formar parte de su comunidad.

Julita convirtió su casa en un espacio parroquial, acogiendo a inmigrantes y a peregrinos que se albergaron bajo su techo. Entre ellos, a los polacos que venían con el padre Ireneusz cada verano.

Julita era una humilde joya con un brillo especial en su corazón. Se entendía con todo el mundo y todos acababan riendo con ella. A su edad, ya anciana, vibraba con alegría desbordante y descubría su sabiduría en un trato delicioso. Lo daba todo: tiempo, su casa, lo que tenía y, en especial, su bondad.

Tu huella y tu testimonio han marcado el corazón de la vida parroquial. Desde el cielo, te pedimos, Julita, que seamos, como tú, unos cristianos alegres y que vivamos nuestra fe con todo el gozo de nuestra alma. Sólo así la parroquia podrá seguir iluminando a aquellos que, por circunstancias difíciles, la han perdido. Que el brillo de la fe se manifieste en una alegría que nada ni nadie pueda arrebatarnos, como a ti nunca te la arrebataron.

Tenías a Dios dentro de tu ser y en tu vida. Que nunca se oscurezca nuestra fe y que nuestra sonrisa sea un amanecer para nuestras vidas.

Gracias, Julita, porque sé que estás allá y aquí, pendiente, como siempre lo estabas, de tu parroquia. Como dijiste, velas por tu querida comunidad y sus proyectos apostólicos.

sábado, 20 de febrero de 2021

La enfermedad, lección, aprendizaje, oportunidad

Todos tenemos miedo a la enfermedad, al dolor y a la muerte. Tener un sano temor nos da la oportunidad de vigilar los excesos que a veces cometemos, para que esto no nos haga perder calidad de vida. Vivimos asustados y preocupados porque siempre tenemos cerca la muerte. Familiares, amigos, vecinos… estamos todo el día topando con esta cruda realidad, que nos mantiene en vilo.

Es difícil evitar la enfermedad, cuando forma parte de nuestra naturaleza humana. Es verdad que no siempre podemos preverlo todo: un accidente, una agresión inesperada, una bacteria o un virus desconocido. Estamos siempre expuestos y no lo podemos controlar todo. Pero ¿se puede hacer algo para minimizar o evitar situaciones que nos lleven a una trágica enfermedad invalidante, que nos aparte del entorno social y nos vaya minando por dentro?

Es evidente que sí. Aunque nunca hemos de perder de vista nuestra fragilidad por el hecho de ser humanos y con limitaciones de todo tipo, tenemos un margen muy grande para reducir las posibilidades de caer enfermos. Por supuesto, la serenidad y la alegría, que también forman parte de nuestra vida, nos ayudarán.

Es importante estar siempre despierto y atento a nuestro acontecer diario: qué pienso, qué hago, qué digo, cómo actúo. Reflexionar sobre nuestras actitudes es fundamental, porque son los rieles de nuestra vida, que nos conducen a las diferentes paradas de la existencia. Cada estación por donde pasa nuestro itinerario vital es una gran oportunidad para ir mejorando en nuestra conciencia plena de dónde estamos y cuál es nuestro propósito diario. Esto es fundamental para saber quién somos y qué nos motiva. En estas paradas internas del tren de nuestra tenemos la oportunidad de distinguir un rumbo claro. En lenguaje cristiano, diríamos que estas paradas son los momentos de soledad y silencio que nos ayudan a hacer un alto en la vida. Si vives fuera de ti, estás perdiendo la brújula que te indica el camino. La tienes dentro de ti. Perder la brújula es perder el sentido del futuro, pero también del ahora. Cuántas personas vemos que viven totalmente desnortadas, sin metas, perdidas en el tupido bosque que les impide ver la luz hacia la salida de su laberinto interior.

Se alejan de la realidad, y pueden llegar a sufrir diferentes patologías, empezando por las psicológicas: estrés, pérdida de identidad, ansiedad, depresión y un profundo sentido de soledad. Sobre todo, una desconexión consigo mismas y con los demás. También se pueden generar enfermedades neurológicas y diversas patologías fisiológicas: digestivas, cardiovasculares, degenerativas, que van convirtiendo a la persona en un enfermo sistémico, con una baja inmunidad, que puede acabar postrado en cama.

Primer paso: sé consciente de tu yo

Tener consciencia de tu yo es la primera acción para encarar la vida y tomar las decisiones adecuadas. Sin esto, muchos vagones se descarrilan y caen abismo abajo.

Tenemos la capacidad de autocurarnos. Si sabemos manejar el potencial extraordinario que llevamos dentro, nuestro arsenal de recursos propios es de una potencia y eficacia impresionante. Busca en tu interior y lo descubrirás. Enfócate en la pulsión de vida que todos tenemos dentro.

Segundo paso: qué es lo prioritario

Una vez pases de esta fase, cuando intentes armonizar lo que piensas, lo que dices y haces, el segundo paso es establecer tus prioridades, o hacer una escala de valores en tu vida. Se basará en tus elecciones personales: cómo vives la relación con las personas que te rodean, tu cónyuge, tu familia, hijos, amigos. Dependiendo de tu situación personal y social, se trata de valorar lo que tienes y cuidar de aquellos a quienes amas, fortalecer tus vínculos con ellos y entender que los demás son un don que nos hace crecer.

Tercer paso: haz lo que te apasiona

No menos importante es que aquello de lo que vives, tu trabajo y tus talentos, esté en consonancia con lo que tú eres y tenga que ver con lo que te apasiona. Las personas y el trabajo que realizas forman parte de tu salud global.

Cuarto: cuídate

Otro aspecto importante y crucial es saber cuidarte a ti mismo. Esto pasa por una buena organización de la jornada: aprender a segmentar el tiempo es fundamental. Saber planificar el día es básico para no descarrilar. El descanso, el ejercicio, una buena y equilibrada alimentación, y buscar espacios de silencio, todo esto ha de formar parte de tu vida diaria.

Si fallan estos cuatro pilares, el ser humano acabará derrumbándose.

Lo que decides hacer en tu vida, teniendo en cuenta estos cuatro ejes, va a contribuir a que disfrutes de una calidad de vida extraordinaria. La moderación en todo va a ayudar a equilibrar tu existencia: tu discreción cuando estás con los demás, la frugalidad en lo que comes, tanto en calidad nutricional como en cantidad. La sobriedad en todo ha de marcar tu norte.

Pensar, comer, hacer

Si pensar es importante para cultivar tus capacidades cognitivas, no menos lo es elegir con quién comes, qué comes, cómo y dónde lo comes. Todo ello te ayudará a tener una buena salud física y espiritual. Lo que piensas, comes y haces es decisivo para convertirte en una persona seria, reflexiva y madura.

Hoy, el concepto de bulimia se puede extender, no sólo a la ingesta de alimento, sino a la ingesta de tanta información nociva, al igual que a la incontinencia verbal. Hablar mucho, comer mucho, devorar tantos impactos informativos contribuye a tener una mala salud.

Tener en cuenta estos sencillos consejos te alejará de la enfermedad, de la no-vida, de tu deterioro emocional, psicológico y te ayudará a disfrutar de una vida sana y equilibrada.

Envejecer con salud

El paso del tiempo no te impedirá vivirla con intensidad, porque la salud también está en tu mente, en tu corazón y en tu alma. Madurarás y envejecerás de una manera sana. Envejecer es natural y bueno; la enfermedad no. Es evidente que, de una manera gradual, nuestras células van perdiendo energía y vigor, pero no tenemos por qué perder la paz y la serenidad. Tampoco la salud.

Si sabemos cultivar la capacidad de discernir, la vida se puede alargar al máximo, y con calidad. Hay muchos ancianos enfermos porque no han sabido ser moderados, sobrios y equilibrados emocionalmente. Pero hay otros, que conozco, que a edades muy avanzadas están sanísimos. Hacen ejercicio, se alimentan bien, tienen buenas relaciones sociales y siguen aprendiendo. Mientras vivan, como dicen algunos, siempre hay algo nuevo que aprender.

Hemos integrado en nuestra cultura que lo normal es la enfermedad. Y no: lo normal es vivir, amar, crecer, mantener el propósito vital. Saber estar en tu eje central, como punto de partida, para mantenerte en tu sitio y desde allí desplegarte con todo tu potencial.

Sólo así nos iremos de este mundo cuando toque, cuando hayamos saboreado la vida al máximo, pero no por una enfermedad que precipita la muerte con dolor y sufrimiento. La enfermedad hace más trágica la vida, pero la muerte natural se espera serenamente, porque sabes que has vivido con intensidad el día a día y, a la vez, lo has digerido suave y lentamente. No has engullido la vida, la has masticado, paladeándola, hasta sacar la esencia misma de ella, sin prisa, pero sin pausa, has caminado hacia esa última estación, la que te llevará al otro lado, allí donde la enfermedad y la muerte han quedado abolidas.

Entonces vivirás con salud en mayúscula porque estarás conectado con la Vida en mayúscula. Vivirás en una permanente armonía con Dios, fuente de nuestro gozo, y con él te habrás encontrado con la plenitud de tu ser.