domingo, 13 de noviembre de 2022

Saber perdonarse

A lo largo de la vida, las personas cometemos errores, unas veces más graves que otros, de tal manera que pueden condicionar nuestro futuro y estado emocional. Sobre todo, cuando repercuten en el entorno más próximo: familia, amigos, trabajo. Es verdad que, a la hora de tomar decisiones, no siempre se tiene la total certeza de hacer lo más correcto, pero está claro que lo que hagamos tendrá sus consecuencias.

Decisiones morales

Ciertas decisiones que se toman pueden tener un impacto mayor porque tienen que ver con aspectos morales y valores muy arraigados en la cultura, como el respeto a la vida. Una mala decisión puede afectar a la economía familiar; un posicionamiento laboral o empresarial equivocado puede significar la pérdida de un empleo o la disolución de una empresa. Todo esto afecta a las relaciones humanas, pudiendo provocar, a veces, dolorosas rupturas.

Otras decisiones tienen un impacto en nuestra salud, por no haber previsto lo suficiente o no haber tomado las medidas terapéuticas necesarias. Lo cierto es que estos errores, aunque se hayan cometido sin mala intención, ocasionan inestabilidad psicológica y social, inseguridad y miedo. Y estas reacciones se enquistan en la psique, pudiendo generar patologías: desde una dolencia psíquica hasta enfermedades de origen psicosomático, que causan dolores a veces insoportables.

Especialmente cuando se trata de decisiones de carácter moral, el sufrimiento es mayor, porque se puede causar mucho daño a otras personas. Este tipo de decisiones, de naturaleza ética, son las que más cuestan de asimilar. Cuando uno es consciente de su error, se pregunta, una y otra vez, por qué lo hizo. Es entonces cuando surge con fuerza el sentimiento de culpa, añadiendo sufrimiento al dolor moral que ya se padece. Al rechazar lo que ha hecho, la persona pone en marcha un mecanismo de culpabilidad con el que se autodañará. De aquí vienen muchas afecciones de la piel, problemas respiratorios y dolores musculares. Aunque no sea consciente de ello, esta persona está castigando su propio cuerpo, que reacciona poniéndose en alerta y alterando su estado de salud.

No conocemos lo bastante bien nuestro cuerpo para saber cómo tratarlo. Sobre todo, cuando vivimos una situación de estrés que puede afectar nuestro crecimiento y salud. Todo esto repercute en la totalidad de nuestro ser.

Cómo afrontar el sentimiento de culpa

¿Cómo se podría solucionar este sentimiento de excesiva culpa? Está claro que, como seres humanos, hemos de reconocer que no somos dioses y siempre estamos expuestos a tomar decisiones erróneas. Hemos de reconocer con humildad que, a priori, no tenemos todos los datos para actuar de una manera u otra; el riesgo de equivocarnos siempre está ahí.

Un primer consejo es que, antes de tomar una decisión, consultes a alguien que para ti sea un referente moral, para minimizar el fallo y acertar con mayor precisión. Así y todo, la resolución podría errar, pero ya no eres tú solo, cuentas con alguien que te aconseja y te apoya.

Un segundo consejo es asumir con serenidad las consecuencias de la equivocación y evitar «rayarse» con un diálogo interno que no lleva a nada y que es totalmente estéril. Los apoyos de amigos o personas de confianza son muy importantes para no resbalar por este terrible tobogán de la autoflagelación moral y psicológica.

El derecho a equivocarse forma parte de nuestro aprendizaje, aunque a veces sea muy duro. Por más gigantesco que sea el error, uno tiene también el deber de darse otra oportunidad. Hay situaciones límite que no siempre se saben gestionar, sobre todo, si uno se siente solo o está solo. También es verdad que la falta de comprensión que se recibe de los demás no ayuda a afrontar ciertos hechos. Con el tiempo, esto puede minar la salud y la alegría de la persona. La soledad puede agravar el sufrimiento y llevar a la desesperación e incluso al suicidio moral y social: una vida amarga, sin sentido.

Los prejuicios religiosos, tanto del que se equivoca como de los que hacen de jueces, tampoco ayudan en nada a encontrar una salida.

Pero hay un último aspecto que quiero señalar, y que puede sanar estas heridas tan profundas: es la necesidad de perdonarse a uno mismo.

El perdón sanador

A veces somos más duros con nosotros mismos que con los demás. Cuando nos fragmentamos por dentro, nos convertimos en jueces y verdugos de nosotros mismos, infligiéndonos un daño mayor que cuesta más de reparar. Vivimos en una cultura del «superhombre», no podemos equivocarnos, no podemos caer. La educación nos ha llevado a menudo a esta carrera por ser los primeros y los mejores, aunque sea a costa de renunciar a nuestra propia identidad. No podemos fallar, y nos olvidamos de que el ser humano es frágil, duda, se equivoca. La sociedad levanta estatuas a los valores y talentos, ¿a qué precio? Mientras una parte de la sociedad compite y lucha, otros caen y son rechazados porque «no dan la talla». Por otra parte, se fomenta la autoestima, la autorrealización, el autocuidado. Incluso en esto no podemos fallar... La bipolaridad existencial está más arraigada en las personas de lo que creemos.

El corazón del hombre es un profundo misterio. La psicología, la filosofía y la religión abordan el tema en profundidad, sin llegar a abarcarlo todo. Ante las dudas e incertezas, equivocarnos nos aboca a la emergencia emocional. Pero también nos puede llevar a su remedio.

Aprender a reconocer el error y a perdonarse. Es correcto asumir el fallo y el daño cometido, pero no podemos quedarnos ahí. No somos los únicos en equivocarnos, y posiblemente en nosotros no hubo mala intención. Quizás actuamos movidos por el miedo, por la angustia o la presión del entorno. Quizás éramos muy frágiles, inmaduros o estábamos asustados. Un error no sólo tiene motivos, sino causas.

Pedir perdón y recibir el perdón de otros, también de Dios, es sanador y nos libera. Pero si no nos perdonamos a nosotros mismos, ese último nudo seguirá ahí, atándonos e impidiéndonos vivir en plenitud. Hay un último perdón, que es el de uno mismo. Tenemos esta capacidad hermosa de liberar a otros y de liberarnos. Jesús nos la dio. Basta un acto de inmenso amor y misericordia. Sí, también hacia uno mismo. Si Dios te perdona todo, hasta el mayor delito que hayas podido cometer, ¿por qué no te perdonas tú?

domingo, 30 de octubre de 2022

Me siento vacío


«Estoy vacío.» Escucho estas palabras de unos labios balbuceantes, en un rostro de ojos vidriosos. En ellos leo desesperanza. Son palabras que salen de un corazón roto, cargado de tristeza. Más dramático es todavía saber que no son de un adolescente que busca su lugar, sino de un hombre de cincuenta años, que camina por la existencia sin propósito ni estabilidad. Sobrevive esperando algo que nunca llega, y la realidad le da vértigo.

Me pregunto de dónde nace ese gemido tan hondo, ese dolor que transforma su cara, ese vacío que le hace lanzar un grito ante una sociedad que no le ofrece respuestas ni motivaciones para vivir. Está en una edad en la que se supone que llega la plenitud de la madurez y, sin embargo, siente que el tiempo va pasando y que lo soñado se le escapa como agua entre los dedos. Con una sensación de impotencia, la soledad lo va engullendo, precipitándolo hacia el vacío. Ya no sólo padece un dolor emocional, sino existencial. ¿Vale la pena vivir así?

Tengo ante mí a un hombre deshecho, que se mueve con torpeza y pronuncia con dificultad esas pocas palabras, parcas pero densas en emoción. Lo veo absolutamente perdido. Afrontando problemas familiares, con enormes dificultades para acceder al mercado laboral, y quizás arrastrando un pasado de rupturas sentimentales, parece incapaz de seguir adelante y huye hacia ninguna parte. En vez de afrontar su compleja situación personal, recurre a la bebida para anestesiar su dolor.

Lo dramático es que la anestesia apenas le hace olvidar y alejarse de la cruda realidad. Al cabo de unas horas, de nuevo volverá a encontrarse ante su propio espejo, avergonzado y culpable. La adicción al alcohol no hace más que complicar su problema, porque le añadirá diversas patologías, algunas tan graves como la cirrosis y la degeneración neurológica. La huida siempre es una carrera en círculo: no va a poder escapar, siempre regresará al mismo lugar. La angustia lo empujará a seguir huyendo, hasta que una sobredosis lo paralice totalmente.

¿Cómo hacerle ver, cuando esté sobrio y tenga momentos de lucidez, que no puede vivir echando las culpas a los demás? Puede achacar su situación al pasado, a su educación, a la familia y a la sociedad, incluso a sus propios límites. No digo que esto no pueda condicionar a una persona, pero no tanto como para hacerla caer en un victimismo que le impida afrontar con valentía su propio destino.

Es verdad que se necesita el apoyo de amigos, y a veces incluso de profesionales, para poder salir de estas situaciones. Pero también es cierto que el éxito para salir depende únicamente de la propia voluntad y libertad. Cada uno es señor y arquitecto de su historia, y no hay limitaciones ni condicionamientos que puedan truncar algo innato que todos tenemos dentro: el deseo inagotable de vivir y anhelar la felicidad. Esto forma parte de nuestra naturaleza. Fuimos concebidos para ejercer una soberanía sobre nuestro yo más profundo, llamados a la vocación de dar y amar.

Quizás esta sea la clave de tantos problemas: descubrir el valor sagrado de la propia vida. Y descubrir que su sentido no es solamente conservarla y defenderla, sino ofrecerla a los demás. Cuantas personas no salen de su hoyo porque viven centradas en sí mismas y en su dolor. Su herida parece más grande que su ser, y esto es un error del que necesitan salir cuanto antes.

Cuando llegas a sintonizar con los valores más profundos que te definen, te das cuenta de que todos los paliativos que utilizas para sobrevivir en el fondo te alejan de tu propia identidad. Un ser amado con una hermosa vocación y reconocer que la trascendencia todo lo envuelve son las claves para no apoyarte en muletas que te hacen vivir cojeando y a cámara lenta. Apóyate en los sólidos pilares que configuran tu existencia. Atrévete a entrar en tu castillo interior y te asombrarás de lo que hay en ti. Te darás cuenta de que no puedes vivir sin los demás: familia, amigos, Dios. Cuando te despliegues hacia el otro es cuando tu alma florecerá y el corazón se te iluminará. Será entonces cuando ya no te sentirás vacío: tu corazón estará repleto de gozo porque habrás descubierto en ti la enorme energía transformadora que te hace ser una persona abierta a Algo más grande que tú mismo.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Del sueño a la realidad

Algunas personas con las que hablo me comentan que han tenido mala suerte en la vida. Lo dicen con un tono de frustración, quejoso, incluso molesto y a veces rayando el victimismo. Pero cuando las conozco más a fondo me doy cuenta de que el problema no es la mala suerte.

A veces hay factores ajenos a uno mismo que, sin quererlo ni buscarlo, nos colocan en situaciones inesperadas, como un accidente, la pérdida de un ser querido, una mala jugada de alguien que nos traiciona. Pero, aparte de estos factores externos, a veces lo que nos ocurre es fruto de nuestra propia actitud. No siempre actuamos con acierto. Hay personas que quieren forzar situaciones a su favor y no lo consiguen. Ya sea por falta de criterio, por falta de realismo, por incapacidad o imprevisión, estas personas, que pueden ser muy creativas e incluso tener iniciativa, no pueden culminar las metas que se han propuesto. Acaban sumidas entre la perplejidad y el enfado, y se preguntan por qué no han logrado hacer realidad su sueño.

Decía un amigo mío que sueños podemos tenerlos todos. Pero ese sueño hay que dotarlo de «patas» para convertirlo en propósito que, un día, llegue a ser real. Es decir, hay que pasar del sueño al proyecto. Hay quienes son brillantes describiendo su idea, pero les cuesta mucho trazar un plan para llevarla a la práctica. Pueden definir hasta el menor detalle de lo que sueñan, e incluso involucran a otros en su iniciativa, pero no son capaces de seguir un plan racional ni de trabajar en equipo. Quieren imponer su visión y toman decisiones sin contar con nadie. A veces cambian de planes arbitrariamente, o se lanzan a la aventura sin prever los riesgos ni las consecuencias. ¿Por qué las cosas no salen bien? ¿Han previsto las dificultades? ¿Cuáles son sus verdaderas intenciones?

Constato en muchas de estas personas que soñar les es muy fácil, porque esto los abstrae y los lleva fuera de una realidad que puede ser dura. Los hace huir hacia adelante ante su propio drama existencial, esquivando la pregunta incómoda: ¿Qué hago en este mundo? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué no?

Creo que una de las claves para resolver esta «mala suerte» e insatisfacción de tantas personas es hacer un ejercicio profundo de introspección: explorar dentro de ellas, descubrir lo que son y preguntarse si lo que hacen tiene sentido. Ahondando en sí mismas encontrarán que hay algo valioso que pueden hacer para su crecimiento personal, aunque a menudo no es lo más fácil ni lo que les apetece.

Cómo convertir un sueño en un proyecto real

Lo primero es algo que todos solemos hacer muy bien, que es describir el proyecto, dejando volar la imaginación. Con tres folios ya está bien.

La segunda pregunta, fundamental, es esta: ¿aquello que propongo es algo que la gente quiere, espera o necesita? ¿Resuelve una necesidad o una carencia? ¿Es algo que nadie más hace, o que nadie hace en el lugar o en el ámbito donde vivo? Esto es decisivo para tirar adelante, porque hará viable el proyecto. Es fundamental pensar en los demás para que sea algo que marque una diferencia con otros proyectos similares. ¿Qué añade valor a mi proyecto, cuál es su rasgo diferencial?

A partir de aquí, hay que investigar y profundizar un poco. Para ello hay que sumergirse en la realidad: ver cómo es mi entorno, cómo es la gente, qué recursos existen y de qué puedo disponer, qué necesito y qué tengo ya. Cuáles son las necesidades de las personas a quienes voy a dirigir mi iniciativa. En qué lugar voy a desarrollarla. Quizás este estudio a fondo me hará cambiar algunas cosas.

Después podré definir varios objetivos que me permitirán alcanzar la finalidad deseada. Estos objetivos han de ser muy claros y precisos y, como afirman los consultores empresariales y los coach, motivadores y siempre realistas y con fecha límite.

Ahora llega la parte ardua de prever todos los recursos y medios para conseguirlo, desde el grupo humano, economía, formación, equipamiento... y un buen presupuesto, realista y detallado. No podemos improvisar nada ni dejar cabos sueltos si queremos que el proyecto salga adelante. Es crucial, sobre todo, contar con un equipo humano bien trabado y coordinado, donde cada cual sepa exactamente qué debe hacer. Otro pilar fundamental es contar con la financiación suficiente. Sin inversión es casi imposible iniciar nada, por brillante que sea la idea y por extraordinario que sea el equipo.

Finalmente, hay que desvincular el proyecto de la avaricia y el interés personal. Si la única finalidad es conseguir mucho dinero, y no prestar un buen servicio o algo útil para los demás, el proyecto se convierte en una mera proyección personal.

En todo el proceso es necesario tiempo y saber gestionar los momentos, esto es clave. La prisa siempre es mala consejera; en un proyecto nuevo no se puede actuar con precipitación.

Todo esto pide reflexión, silencio y tiempo. Y también diálogo. No importa que el proyecto se demore; cuando todo esté maduro y a punto echará a rodar, y será positivo. Si se actúa precipitadamente y se deja todo a la improvisación, el fracaso será rotundo.

Todo esto requiere una cultura de la gestión y la organización. Cualquier iniciativa pasa por un plan minucioso, teniendo presentes todos los factores que pueden facilitar el proyecto (oportunidades) y los que pueden dificultarlo (obstáculos). 

Un plan realista, junto con la capacidad de analizar la realidad objetivamente, y saber cambiar y adaptarse cuando sea necesario, es vital para llevar adelante el proyecto soñado. Hemos de saber dónde estamos, para plantearnos a dónde vamos y a dónde queremos llegar.

Creatividad y realismo

Como decía al principio del escrito, tener buena o mala suerte no es lo más importante. Tampoco se puede vivir en una burbuja, al margen de los vaivenes de la sociedad. Con todos los problemas que nos rodean, hemos de estar bien despiertos y agudizar el ingenio para descifrar las claves de nuestro mundo. Si las cosas salen bien no es por buena suerte, sino porque se ha actuado con la cabeza y con el corazón. Si no salen, es porque quizás ha fallado alguna de las patas del proyecto, o no se han tenido en cuenta todos los factores que se debían considerar. Pero cuando las cosas no funcionan y se insiste, forzando las situaciones, se puede llegar a una terrible frustración. El choque con la evidencia y la realidad puede ser muy duro.

En definitiva, a la creatividad y a la imaginación hay que sumarles una buena dosis de realismo y discernimiento. Un plan estratégico, además, necesita rigor y constancia para cumplir lo propuesto, así como flexibilidad para revisar el proyecto y cambiar o adaptarse, si es necesario. También hacen falta humildad y empatía para poder conectar con los demás y trabajar con motivación.

Con estas cualidades, estaremos preparados para alcanzar cualquier meta que nos propongamos.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Música que eleva o que destruye

La música forma parte de la creatividad humana y de su sentido de la belleza. El deseo de expresar sentimientos y emociones se traduce muchas veces en sonidos. La música es un lenguaje que va más allá de las palabras, incluso más allá de la razón. La melodía va directa al corazón. La belleza de una música abre la totalidad del ser. Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras, pero también se podría decir que una música transmite mil imágenes. Los musicólogos explican que la música pone vida a las palabras y a las imágenes.

Música que eleva

La música forma parte intrínseca del ser humano. Nuestra capacidad cerebral nos permite crear melodías. En la inmensa complejidad neuronal, debe haber áreas específicas donde se generan conexiones y señales que nos permiten emitir sonidos armoniosos. Somos homo musicus por naturaleza. Esto lo vemos en todas las culturas del mundo: todas ellas tienen sus canciones, danzas, instrumentos y sonidos típicos. El sonido armonioso forma una verdadera sinfonía de notas, desde la tonada más simple hasta llegar a las partituras de los grandes maestros, donde el sonido se plasma en su propio abecedario musical.

Con la música, el hombre se expande, medita, se relaja o se entusiasma. Se predispone a una apertura emocional y espiritual; de aquí la tendencia a escuchar música o a crearla. Hay músicas que son auténticas obras de arte. En la música sacra encontramos el canto gregoriano y las magníficas composiciones religiosas del barroco. En la música profana, la creatividad de compositores y virtuosos se ha desplegado hasta lo sublime. Sus obras expresan la realidad del hombre, su experiencia vital, sus emociones y sus sueños, así como la poesía del paisaje y la naturaleza.

La música revela también la capacidad del hombre de comunicarse con los demás. Especialmente a través de las canciones de todo género, desde la zarzuela, el bolero o las rancheras hasta el Gospel, el country o la música pop. Por ser creación humana, tiene una profunda dimensión ética y filosófica. Detrás de cada letra hay una visión del mundo o del hombre. La música expresa lo que late en el corazón humano y el flujo variante de sus emociones. Por eso hay quienes afirman que a través de la música se expresa la bipolaridad de la persona: un día está feliz y compondrá canciones alegres y exultantes, llenas de poesía; otros días estará abatido, o furioso, y su música expresará resentimiento, odio o soledad. El hombre se desnuda en su creación artística, ya sea literaria, musical o plástica. Su voz le sale de lo más profundo de las entrañas.

¿Qué tipo de música ayuda a armonizar a la persona? La musicología ha estudiado mucho este tema fascinante, incluso realizando experimentos que demuestran el efecto de ciertas músicas en las personas y hasta en las plantas. Lamentablemente, no toda la música tiene un efecto sano y terapéutico.

Música alienante

La dependencia a cierto tipo de música ya es reveladora: la música tecno, el rock, la electrónica... Esta música que se emite a gran volumen en discotecas y salas de baile puede estar afectando de forma importante la salud mental de la persona. El ritmo y el machaqueo constante, las notas, el tono, todo esto afecta al cerebro provocando una reacción hipnótica o de aturdimiento. Es un ruido que ya deja de ser música para convertirse en un sonido opresivo que literalmente atrapa, alejándose de la auténtica armonía.

La psicología tiene mucho a estudiar sobre el efecto de estas músicas en los jóvenes que se ven expuestos a ellas durante horas, cada semana e incluso cada día. En una sala abarrotada, todos bailan, contagiándose el frenesí, repitiendo movimientos estereotipados hasta el agotamiento. Dan la impresión de estar abducidos por el sonido, y el estado de alteración aumenta cuando el alcohol y las drogas entran en escena. En algunos casos se llega al desvarío y a la pérdida de consciencia, como sucedía en los conciertos de rock de los años 60 y 70. Hay una serie de géneros musicales vinculados a este mundo autodestructivo: alcohol, droga, sexo y rebeldía contra el mundo y contra todos. Pienso que esto es la antimúsica.

Recientemente me contaba una amiga que había vivido un tiempo en Colombia. En cierto barrio, unos vecinos solían celebrar fiestas continuamente, poniendo música estridente a altas horas de la noche. Resultaba insoportable e imposible descansar. Otro vecino que vivía cerca salió de su casa para pedirles, por favor, que bajaran el volumen, e hizo unas fotos de la concurrencia. Al día siguiente, fueron a su domicilio, le forzaron la puerta y lo apalearon de tal manera que a consecuencia de los golpes se quedó ciego. Destrozaron su vida.

A partir de esta experiencia, ella hacía una profunda reflexión. ¿Cómo puede la música hacer esto en las personas? ¿Cómo puede enajenarlas hasta el punto de atentar contra la vida y la salud? Es gravísimo que este tipo de música se emita en ciertos ambientes sin ningún tipo de control y sin respeto hacia el resto de la comunidad. Sí, podemos decir que algunas músicas enferman a la persona y la empujan a un estado sicopático.

El antídoto: el silencio

Nuestra cultura está enferma por falta de silencio. Pero hay músicas que son una huida de la realidad humana. Cuánto mal hace la música que embriaga e induce a las personas a huir de sí mismas. El antídoto de esta patología musical está en cultivar el silencio. El silencio armoniza nuestra vida ayudándonos a encontrar dirección y sentido, equilibrando las emociones. A partir de aquí, se pueden recibir otros sonidos: armónicos, creativos, poéticos, que conviertan la experiencia musical en un momento gratificante que ayuda a elevar el ser.

A veces me pregunto si el fomento de este tipo de música no formará parte de un plan para destruir al ser humano arrebatándole el alma. Las experiencias oscuras y extrañas que animalizan al hombre, inducidas por el consumo de drogas o por la adicción a la pornografía, son preocupantes y reclaman una reflexión por parte de las familias, los políticos, los religiosos y todos los grupos sociales. Tenemos una sociedad enferma y urge buscar soluciones. Médicos y psicólogos deben plantear la necesidad de una actuación urgente ante la pérdida progresiva de identidad y de propósito vital. No podemos perder la libertad, que es la que nos hace más humanos. Cuántas personas están cayendo por ese abismo sin fondo hacia la nada, enfermos mental y físicamente, con el coste que esto supone para la sanidad pública. Con leyes en la mano, y con un plan de acciones efectivas, se podría hacer algo. Mientras tanto, extendamos el silencio a nuestro alrededor, y promovamos el pensamiento y la belleza. No dejemos que los jóvenes caigan en el infierno de lo absurdo y del sin sentido. Ojalá, con la fuerza de muchos silencios, podamos neutralizar el poder de autodestrucción masiva que está fagotizando a las generaciones jóvenes. Todos necesitamos la calma de un lago interior, mientras que las olas de un mar embravecido hacen naufragar a mucha gente, hundiéndola en la oscuridad que volatiliza al ser humano.

domingo, 31 de julio de 2022

El jardinero de Dios

Días atrás he visitado un extenso vivero en Balaguer, en la comarca de la Noguera. Era un día caluroso, de cielo azul intenso que contrastaba con el paisaje agreste de aquellas tierras leridanas. El sol desde su cénit lo abarcaba todo, nada escapaba a sus rayos que iluminaban el paisaje.

Llegué al vivero por una carretera comarcal que salía de Balaguer y serpenteaba entre huertos. Bajo la cubierta transparente, contemplé la enorme extensión de árboles, flores y plantas medicinales. Texturas, formas y aromas se mezclaban en las hileras de macetas expuestas para su venta. Había plantas para tratar de forma natural toda clase de trastornos y enfermedades. Clasificadas por sus cualidades terapéuticas, nutricionales y cosméticas, hacían de aquel lugar en un oasis, invitando a deambular por los pasillos del vivero o a sentarse en alguna de las sillas de mimbre allí colocadas para deleite del visitante.

Todo esto me movió a reflexionar sobre la importancia de cuidar y custodiar la naturaleza. Primero, porque es creación y somos parte de ella. Segundo, por su desbordante belleza, un regalo para los ojos. Y finalmente, porque también nos aporta salud y bienestar.

Pensé que los empleados de este vivero deben amar mucho su trabajo, convirtiendo su experiencia en fuente de sabiduría. Sólo si amas, conoces y cuidas la naturaleza, las plantas y los árboles te darán lo que necesitas. El deseo de conocer la fauna y la flora nos lleva a una cultura de cuidado del medio ambiente. Mimarlo no es otra cosa que alabar a Dios por toda su obra. Dios es el gran jardinero.

Convertirse en experto botánico significa ahondar en los misterios que se esconden tras las hojas, los frutos y las raíces, agradeciendo todo aquello que nos pueden aportar en nuestra vida. La humanidad también es un gran jardín que necesita de buenos jardineros especializados en el cuidado de cuerpos y almas. Sí, el buen jardinero conoce y sabe cómo es el corazón humano y cuáles son sus más profundos deseos, sobre todo aquellos que le ayudan a abrir sus horizontes. Todos tenemos un lugar en el vivero de nuestra vida. Hemos de descubrir la naturaleza de nuestra alma, para saber a lo que estamos llamados. Hemos de aromatizar con nuestros valores la convivencia con los demás para poder embellecer el entorno. Cada cual ha de descubrir que tiene un jardín plantado en su corazón. La alegría y la belleza son parte intrínseca de nuestro ser.

La ecología del ser humano

Sí, hay una enorme cantidad de personas que aman y saben cuidar las plantas. Dan un gran valor a la ecología. Pero hoy, más que nunca, es necesario también cultivar la ecología del ser humano. Sabemos cuidar las cosas y cada vez hay una mayor conciencia de vinculación con la naturaleza. Siendo esto bueno, no nos olvidemos del cuidado especial de las personas, como culmen de la creación. Si es urgente custodiar la naturaleza, mucho más lo es poner en el centro de nuestra atención al otro. Hemos de cuidar nuestros hábitos y los de las personas que viven en nuestro hogar. Así nos convertiremos en auténticos jardineros del vivero humano, y cada cual podrá dar color y perfume a la convivencia, tan necesitada de la frescura del amor.

Si las plantas tienen propiedades terapéuticas, cuánto más las personas, que tenemos la capacidad de amar. Hagamos de nuestra humanidad un bello jardín. Es una de las más nobles tareas del ser humano. Dejemos que Dios, ese discreto y sabio jardinero, pode todo aquello que nos impide florecer, a la vez que va dando forma a la naturaleza de nuestro corazón. Es lo que da sentido a todo lo que somos, porque el jardinero quiere hacer de su planta una obra de arte, es decir, hacer florecer todo el potencial que tiene adentro. Cada persona es una planta cuidada amorosamente en el jardín del Edén.

domingo, 24 de julio de 2022

Vivir es volar hacia la plenitud

Un retiro necesario

Como cada verano, procuro hacer un paréntesis en mi ajetreado trabajo. Me gusta parar y cambiar de ritmo. Durante todo el curso estoy enfocado a realizar mis tareas con esmero intentando sacar el máximo fruto, dedicando mi tiempo a servir a los demás. Así como cada día procuro tener un espacio para la oración y el cultivo espiritual, en este tiempo estival hago lo posible para retirarme, meditar, caminar y pasar más horas de soledad y silencio, profundizando en mi propia vocación. Pues es necesario no perder nunca el rumbo y el sentido último de la llamada.

Por eso a veces es importante, no sólo tener horas para saborear el silencio, sino unos días enteros para dejarte envolver por esa misteriosa presencia de un Dios que desea la plenitud del hombre. Te das cuenta de que estás hambriento de silencio y necesitas sumergirte en la suavidad, ir a otro ritmo, más despacio. Cuando te instalas en el silencio la percepción se agudiza y captas a tu alrededor matices de la realidad muy diferentes. Has dejado atrás la prisa, el reloj y la agenda, la aceleración mental y el estrés que disminuyen los sentidos. Todo adquiere un tono y un color diverso: los paisajes que contemplas se despliegan en mil tonos variados con sus infinitas gamas de verde y tierra.

El silencio ayuda a profundizar en la belleza del entorno, pero también en la belleza del corazón humano y sus anhelos. Aquietar el ruido es abrir las puertas para ir penetrando en tu castillo interior, ahí donde te lo juegas todo, allí donde reside tu identidad.

Tener unos días de reencuentro contigo mismo y con lo que da sentido a tu vida es crucial. Es hacer un alto en el camino, ponerte en dique seco y reparar las grietas y desperfectos del alma, sus huecos y vacíos. Dios es el carpintero del barco de tu vida, y necesita tiempo, también, para restaurar las heridas y restablecer las piezas rotas, para recuperar el tono e iniciar el camino de nuevo. Ya regenerado, puedes volver a tu misión de evangelización con paz, pasión y lucidez.

Un retiro es tiempo para dejarte moldear según aquello que, en el fondo, deseas: estar junto a tu Creador. Es dejar que el jardín de tu alma florezca y dé el máximo fruto. Hay que atreverse a volar por la inmensidad del corazón de Dios.

Sobrevolando el Montsec

Uno de estos días, tuve la ocasión de subir por la carretera serpenteante que lleva a la cumbre del Montsec. Desde esta montaña prepirenaica se divisa el valle de Áger y buena parte del llano de Lérida, desde la comarca de la Noguera. Cuando llegué a lo alto de la montaña caminé hacia una explanada que moría en el abismo. Allí había un grupo de jóvenes con sus parapentes, dispuestos a lanzarse al vacío. Me quedé observándolos y vi que intentaban aprovechar las corrientes de aire, tensando las cuerdas del parapente, para elevar la enorme tela que les sirve para suspenderse en el vacío. Y vi que se necesitan tres cosas para culminar el vuelo. Por un lado, conocer la técnica y el manejo de las cuerdas, así como conocer con absoluta certeza la dirección de la corriente del aire. La segunda, tener arrojo para lanzarse corriendo hacia el precipicio y deslizarse por los cielos. Es decir, valentía, seguridad, confianza en sí. Y la tercera, la más lúdica, es atreverse a jugar con el viento, con las emociones intensas y el riesgo. Los que practican deportes de aventura hablan de un profundo sentimiento de libertad. Se dejan mecer por el aire y pierden el miedo. Una vez lo tienen todo controlado, disfrutan. Una diminuta persona, suspendida en el aire, vive la grandeza de una experiencia indescriptible. Para muchos es una locura, pero ellos lo viven como algo sublime: el pequeño hombre superándose a sí mismo, rozando la infinitud, es capaz de grandes gestas. Para quienes contemplamos, es un gozo visual.

Cuando vi que se iban alejando, convertidos en pájaros que surcan las alturas, pensé que todos los seres humanos, en el fondo, anhelamos rozar la trascendencia, volar alto y superar nuestras limitaciones.

Observé que, entre los voladores, uno de ellos era capaz de manejar bien las cuerdas y controlar el viento, manteniendo su lona en alto durante mucho tiempo, pero no se movía. Lo tenía todo: técnica, formación, conocimiento y el viento a su favor, pero le costaba decidirse, y permanecía plantado e inmóvil.

Finalmente, seguí mi camino por el monte y, cuando volví, la explanada estaba desierta: todos volaron. Todos tuvieron el coraje de saltar y, junto con sus compañeros, convertirse en dueños del viento, fundiéndose en el paisaje.

De regreso, pensé que saber vivir, como volar, tampoco está exento de riesgos. Pide atención y conocimiento, destreza y control de la situación, pero también asumir riesgos. En el fondo, vivir de manera plena implica una elección libre, entre vivir de verdad o sumergirte en una burbuja donde sentirte protegido, pero encerrado. Cuántos, por miedo a conocerse a sí mismos, no saben lanzarse desde la rampa de su corazón, porque les falta el valor para verse como son, incluso arriesgándose en sus decisiones. Muchos no saben ni siquiera quiénes son y qué anhela su corazón. Se quedan quietos, les da vértigo lanzarse al vacío, tienen miedo, están inseguros y esto los lleva a la parálisis.

Vivir en plenitud es como volar: no es dejarse llevar por el viento, sino aprovecharlo en tu favor. Con las cuerdas bien tensas, que son los valores que nos orientan y nos mantienen a flote. Unos valores firmes nos permiten navegar sin perder el rumbo. Sabiendo despegar y soltar lastre, que es correr el riesgo de perder... En ese momento, no caes, sino que el viento te eleva. Así sucede también en la vida interior: cuando lo das todo, arrojándote al vacío, Dios te sostiene en sus alas y te eleva.

domingo, 17 de julio de 2022

La enfermedad de la prisa

En el jardín de un monasterio
En el jardín de un monasterio


Estamos lanzados a la cultura de lo inmediato, del frenesí, del ahora y ya. Nuestra sociedad se sumerge en la velocidad: hacer y hacer es lo más importante. El culto a la actividad centra nuestra vida, causando y provocando un cansancio psicológico y físico. Todo se precipita y nos lleva a divorciarnos de nosotros mismos. Nos alejamos de la naturaleza del ser para caer en el culto a nuestra obra e imagen. Cuando no hacemos algo parece que no somos nada.

Si no somos capaces de parar nuestro reloj interior, vamos a la deriva y perderemos nuestra identidad, es decir, lo que somos. La velocidad vertiginosa en que vivimos nos lleva a la fragmentación del ser, y cuando esto ocurre nos desubicamos existencialmente. Hemos perdido la brújula que nos indica hacia dónde tenemos que dirigir nuestros anhelos.

Sin orientación estamos perdidos. Sin valores que marquen nuestra trayectoria caeremos en el abismo o viviremos corriendo siempre, intentando ganar tiempo para hacer más y más. Todo está orientado a multiplicar nuestras actividades, hasta llegar a la extenuación y el agotamiento. El ser humano no es una máquina rentable de producción.

Plantear nuestro ritmo acelerado, algo que casi nunca hacemos, se hace necesario para reenfocar el rumbo de nuestra vida. Aunque no lo parezca, la velocidad puede ser adictiva: necesitamos hacer muchas cosas y con la máxima rapidez. Nos hemos acostumbrado a ir siempre corriendo porque ciframos nuestra valía y capacidad en el trabajo para ser alguien ante la gente. Creemos que cuanto más hacemos, mejor aprovechamos el tiempo, y tenemos miedo de que se nos escape. Así, lo estiramos como si fuera un chicle.

Pero nuestro cerebro no está concebido para hacer varias cosas simultáneas de forma consciente. Cuando en el ordenador tenemos muchas ventanas abiertas, llega un momento en que se bloquea y necesita un reseteo. De la misma manera, cuando nos desplazamos en un vehículo a alta velocidad, nuestra retina no puede captar todas las imágenes del paisaje que vemos. A esa velocidad le es imposible retenerlas. Lo mismo ocurre cuando tenemos la agenda llena y vamos corriendo de una tarea a otra. Hoy, en ciertas empresas, la tecnología obliga a mantener un ritmo tan alto que lleva al trabajador a un profundo estrés laboral, como ya indican algunos psicólogos. Algo hemos de hacer para sanar esta patología social. Entre no hacer nada y vivir estresados hay un término medio: dar el valor justo al trabajo y, en lo que se pueda, desligarlo de la obsesión por ganar al precio que sea.

Trabajar de otra manera

Un primer paso es plantearte si lo que haces tiene que ver con tu propósito vital. Ese empleo, ¿te realiza? ¿Añade valor a tu vida? Es evidente que el dinero es necesario, y muchas veces el trabajo es el único medio para conseguirlo. También es verdad que muchas veces no podemos elegir la ocupación que nos gustaría. Pero es importante que lo que hagas te lleve a sentirte bien y añada felicidad a tu vida.

Una vez estés haciendo lo que quieres, plantéate muy en serio cómo hacerlo de manera serena y ordenada, con una buena agenda, sabiendo priorizar lo más importante y a un ritmo adecuado que te permita saborear y disfrutar de lo que haces. Esta sería la clave del rendimiento: no trabajar más, sino mejor. Aquello que hagas, hazlo con la máxima atención, poniendo todo tu esmero. Con la prisa no es posible hacer las cosas bien, y no siempre se rinde más. Si puedes pautar un ritmo adecuado puedes llegar a ser más productivo, sin la sensación de ir corriendo siempre. Se pierde el tiempo tanto cuando no haces nada como cuando lo quieres estirar hasta el punto de apurarte. Aquel dicho: «vísteme despacio, que tengo prisa», encierra una gran verdad. Igual que la fábula de la liebre y la tortuga: la lentitud constante y sin pausa de la última ganó la carrera.

Pero, más allá de todas estas apreciaciones, pienso que esta adicción a la prisa revela algo más profundo. ¿Qué valores tenemos? ¿Cómo concebimos la vida? ¿Cómo estamos con nosotros mismos? ¿Y con los demás? ¿Cuál es nuestra referencia ética y en qué modelos nos proyectamos? ¿En qué creemos? ¿Cómo cultivamos nuestra dimensión religiosa? Finalmente: ¿hemos descubierto el sentido último de la vida? ¿El más allá?

Todo esto forma parte de nuestra realidad existencial, que tiene que ver con nuestros anhelos más profundos y con la meta que deseamos alcanzar. Pero una cosa es necesaria: replantearse los propios fundamentos, nuestra visión de la realidad. Para esto es urgente evitar ciertas influencias sociales que nos llevan a donde quizás no queremos ir.

Sumergirse en el silencio

Sumérgete en lo más profundo de tu yo, sin miedo, y conecta con lo primigenio de tu ser para nadar hacia el misterio de tu esencia. Ese misterio donde te encuentras con el Creador. Haz una tregua contigo mismo. Deja de exigirte más. Acalla el ruido, frena la velocidad y esta carrera hacia el abismo.

Sólo desde el silencio podrás retomar las riendas del tiempo y dominar la prisa. En el silencio Dios llena tu vacío. Tomar sorbos de silencio en un mundo que nos empuja hacia la nada, en medio de un ruido ensordecedor, es la mejor manera de reparar tus heridas internas y cohesionar tu vida. El silencio asusta, porque nos pone ante el espejo y nos vemos a nosotros mismos, quizás como no esperamos, y nos da vértigo. Pero en el silencio encontraremos nuestro pálpito vital. En la lucha diaria, el silencio será un bálsamo, una brisa en medio de nuestros quehaceres. Hemos de ser capaces de parar, meditar, acallar nuestro ruido interior y reencontrarnos con nuestra esencia, que tiene que ver con nuestra propia vocación y nuestra forma de estar en el mundo, con nosotros mismos y con los demás.

El silencio es una catapulta que nos lanza a surcar nuevos horizontes y a descubrir la belleza que hay en nuestro corazón. Será entonces cuando en medio de la guerra encontraremos momentos de plenitud. Será entonces cuando la prisa se transforme en una danza, un deslizarse con suavidad por el escenario de nuestra vida.

Será entonces cuando pasaremos del vértigo mortal a las aguas vivas del alma que crece.