sábado, 24 de enero de 2026

Encontrando sentido al dolor

Hay momentos en los que la vida se vuelve frágil y todo queda suspendido en una pregunta. Cuando el cuerpo se debilita y el futuro se vuelve incierto, algo más hondo puede abrirse paso: la experiencia de ser sostenidos, incluso en medio del miedo. Este texto nace de uno de esos momentos límite, donde el dolor, el amor y la fe se entrelazan silenciosamente.


Durante los meses que he estado en el hospital me he enfrentado a una situación que nunca imaginé vivir. En medio de una profunda incerteza, fui consciente de que la vida resbalaba entre mis manos. Entre el miedo, la tensión y una sensación de abandono, experimenté la indigencia más honda: saber que todo podía desvanecerse en cualquier momento, en cuanto se apagara mi reloj biológico.

Una y otra vez me preguntaba por qué. Tenía que haber un sentido. Entre la rebeldía y el desasosiego fue abriéndose paso en mí la convicción de que todo aquello tenía una explicación, no solo médica, sino existencial. Algo me susurraba al oído que, fuera cual fuera el desenlace, estaba siendo sostenido misteriosamente, sin saber cómo. Y eso me dio paz. En medio de la agitación interior, y en un momento de extrema debilidad, abracé mi situación, incluso la posibilidad de que Él me llevara.

Pero entonces brotó de mi interior una fuerza desconocida. Mientras luchaba por respirar, conectado al tubo de oxígeno, me dije a mí mismo que quería vivir. Tenía que salir de aquello para culminar mi misión.

Una hora a contrarreloj se convirtió en una victoria.

Más tarde pensé: cuántas personas se encuentran en situaciones límite como esta. Muchas las superan, otras no. Yo pude salir del abismo.


El gran aprendizaje

No toda experiencia de dolor humano tiene por qué ser trágica o negativa. Podemos hacer una lectura reflexiva de todo lo que nos ocurre. Si nos quedamos en el impacto inmediato, podemos caer en un pesimismo que nos impide ver con claridad el alcance real de la situación.

El proceso de la enfermedad atraviesa distintas etapas. Comienza con el desconcierto ante lo inesperado, que conduce al miedo. A medida que uno va elaborando mental y emocionalmente la evolución de la enfermedad, aparecen momentos de cierta esperanza. La incertidumbre se mezcla entonces con la impresión de que la vida sigue adelante, de que vamos a curarnos. Esto suele suceder cuando comienza una lenta y progresiva mejoría. Cada pequeño cambio, cada nueva sensación, puede animarnos.

Con serenidad, las cosas se ven de otro modo, aunque los análisis y el diagnóstico no indiquen todavía una mejora sustancial. Lo importante es que se produzca un reset en la mente del paciente. Cuando uno se abandona y aprende a tomar distancia, contemplando la realidad con calma, una certeza genuina empieza a aflorar: tenemos la capacidad de autorregenerarnos. Incluso pueden darse mejoras inesperadas que los médicos no hayan contemplado o que las pruebas aún no detecten.

En el momento en que se divisa una pequeña luz en el horizonte, por insignificante que parezca, la disposición interior del enfermo cambia. Aunque la sombra del miedo vaya y venga, entre la tormenta y el día soleado aprende a vivir con serenidad, aceptando su realidad y los acontecimientos tal como han sucedido.

Este es un punto de partida para comprender que todo puede contribuir al crecimiento humano y espiritual. Todo suma, nada resta. Pero esto solo se percibe cuando uno aprende a confiar. Aunque la muerte se vea cercana, no todo termina con ella. Es más, diría que entonces comienza un renacer.

Cuando se da este paso, el miedo se va alejando. Ya no importa tanto tener certezas; entras en un hondo proceso espiritual. El destino no es el abismo, sino el reencuentro: una experiencia de gracia, una fusión con el Creador, Aquel que es origen de la vida y meta del camino.

Amar desde la fragilidad

Muchos habéis leído el libro Renacer en la quietud. Solo desde el abandono y la aceptación, en la quietud, se puede renacer. Incluso en el abismo, aunque no regreses a la vida biológica, Dios se ocupará de lanzarte desde el precipicio hacia la eternidad. Porque eres criatura suya, hijo amado, y no te dejará suspendido en el vacío. La fuerza de su amor te impulsará hacia el cielo.

Por eso, quienes sufrís alguna enfermedad, si sois cristianos, abandonaos en sus manos. Tened la certeza de que no os dejará caer.

Paz, serenidad, abandono. No os inquietéis: todo está en manos de Dios. Somos amados por Él, y ¿qué mayor felicidad que saber que, cuando nos toque partir, Él estará esperando con los brazos abiertos? En los procesos largos de visitas, pruebas, terapias y toma de fármacos, es comprensible que necesitemos saberlo todo cuanto antes. Pero saber no va a cambiar nada: no nos dará ni nos quitará días de vida. Solo Dios sabe cuándo.

Incluso en medio de la incerteza y el miedo, podemos hacer el bien. Cuando nos abandonamos podemos transformar esos instantes en una experiencia humana de crecimiento. Aunque doloridos, tenemos la oportunidad de seguir amando a los nuestros, y eso nos ayuda a salir de las murallas interiores que levanta el miedo. Cerrarse, obsesionarse, angustiarse solo nos fragmenta y debilita los vínculos con quienes nos rodean.

Lo que tiene un valor real es que, desde la propia fragilidad, se puede seguir amando. Aquí reside la fuerza del amor: ni los límites ni la enfermedad pueden apagarlo. Cuando el compromiso es hondo, el amor está por encima de todo.

No nos dejemos abrumar por las circunstancias. Mientras esté vivo, aunque muy tocado, tendido en una cama y sin poder moverse, el cristiano no puede dejar de amar hasta su último aliento. Esto hace más llevadero el cuidado para quien cuida. La ternura, la suavidad y la docilidad contribuyen a crear una antesala del cielo en nuestro lecho y en nuestro hogar.

Dejemos que emerja la luz divina, capaz de regenerar nuestras vidas hasta el último instante.

domingo, 18 de enero de 2026

Concha: un corazón recio y cálido

La noticia me llegó de manera inesperada. A mediodía la había visto en misa, alegre y cariñosa, como siempre. Por la noche, su hija me envió un mensaje para comunicarme su fallecimiento.

He lamentado profundamente la pérdida de Concha. Mujer recia, de principios sólidos, aquello que tenía de firme lo tenía también de cálido y tierno. Defensora de los suyos, vehemente al expresar sus ideas, sabía moverse entre la discreción y la cordialidad; una mujer que sabía estar en su lugar, guardando las distancias cuando tocaba. Vecina antigua del barrio, conocía muy bien la realidad social de su entorno.

Uno de sus grandes valores era su rica vida social. Participaba de diversas actividades y, en la parroquia, era una feligresa fiel: asidua a la misa dominical y a otras celebraciones. Vivía la liturgia con respeto y unción, siempre atenta a la Palabra de Dios y a las homilías, que escuchaba con silencio y profundidad. Recibía la Eucaristía como un regalo sagrado. También tenía un gran aprecio por el anterior rector, Juan Barrio, a quien valoraba sinceramente.

Formó parte del grupo de tertulias casi desde el inicio, participando con entusiasmo en todas las actividades, especialmente en el bingo, donde hacía gala de su habilidad.

Concha era una mujer sagaz, curtida por la vida y con olfato para entender las situaciones y ubicarse con rapidez. De vez en cuando le salía el genio, sobre todo cuando percibía alguna injusticia: entonces saltaba para defender la verdad.

Su valor fundamental, sin embargo, ha sido siempre su amor inquebrantable hacia su familia, empezando por su marido, Diego, que tanto recibió de ella. Años después de su ausencia, su corazón seguía latiendo por él. Pese a su enfermedad coronaria, vivía con intensidad.

Pendiente siempre de sus hijos y de sus nietos, cuidadora y custodia, Concha ha sido una roca firme que ha sostenido su hogar. En los últimos años, aunque más limitada en sus movimientos, no dejó de entregarse hasta donde su corazón podía llegar. Generosa y volcada en los suyos, deja una huella en todos los que la han conocido y un vacío en el barrio y en la parroquia.

Cada feligrés que se nos va —cada uno con su modo de ser, con su historia y su talante— aporta un tesoro a la comunidad. Se van, porque así es la vida y todos hemos de marchar algún día. Cuando pienso en quienes nos han dejado, tras años de entrega, de escucha, de consejos y de apoyo, mi corazón se conmueve. Siento que forman parte de mi sacerdocio y que me han enriquecido humanamente. Son dignos de amar y recordar, porque han dado mucho. Tenemos en el cielo un ejército de feligreses que conviven con Dios: la Iglesia triunfante, una comunidad feliciana en la eternidad que vela y cuida de su parroquia. Nos han dejado un hermoso legado.

Ahora Concha se ha sumado a ellos. Su legado es su fidelidad, su presencia discreta pero intensa. En lo personal, quiero agradecerle los dulces mensajes que me enviaba cuando estuve en el hospital: breves, tiernos, sinceros… pequeñas gotas de agua fresca, bálsamo en medio del dolor, que alimentaban mi alma en aquellos días de incertidumbre.

Ahora estás en el cielo, Concha. Te has adelantado a celebrar tu onomástica junto a María, por quien sentías tanta devoción. Allí, donde el tiempo se detiene, podrás continuar la historia que empezó cuando eras joven y enamorada: tú y Diego compartiréis de nuevo la vida para siempre.

Te pido que sigas protegiendo a los tuyos. Cuídalos y mímalos como sabías hacerlo. Y cuida también de tu familia parroquial, para que seamos fieles a la misión de evangelizar el barrio con alegría y delicadeza, siguiendo tu ejemplo.

Gracias por todo lo que nos has dado, Concha. Tu pasión por vivir dándote a los demás ha sido un regalo para muchos. Ahora, en el cielo, Dios te lo multiplicará por mil.

domingo, 7 de diciembre de 2025

La medicina del silencio

Vivimos a un ritmo acelerado. En medio del trajín diario y los compromisos se nos hace difícil penetrar a fondo en la realidad y nos quedamos en la superficie de las cosas.

Por eso a veces nuestra vida nos parece una sucesión frenética de acontecimientos que nos arrastran como hojas llevadas por el viento. Es entonces cuando nos sentimos abrumados y ansiamos tener paz.

Si queremos encontrar el equilibrio en nuestra vida, necesitamos poner distancia entre el yo y la realidad que nos envuelve. Esa distancia nos permite saber dónde estamos y cuáles son nuestras aspiraciones. ¿Seguimos la guía de nuestro corazón, o nos dejamos llevar por las circunstancias, por la publicidad o los medios?

Vivimos ensordecidos por el ruido, exterior e interior. Si queremos reencontrarnos con nosotros mismos, necesitamos buscar espacios de silencio.

Huir del silencio

La hiperactividad, la dependencia tecnológica y las adicciones, a la comida, a ciertas actividades o a los accesorios, nos hacen incapaces de detenernos y mirarnos al espejo para contemplar, desde cierta distancia, nuestra propia existencia. O tal vez evitamos esa mirada, porque nos asusta enfrentarnos a lo que podamos ver. Tenemos tantas ataduras emocionales que mirarnos al espejo de nuestro yo nos produce vértigo.

El esfuerzo que nos pide esta mirada al interior es ingente. Porque seguramente va a causarnos tristeza y dolor. Pero ese dolor puede ser el detonante que nos empuje a cambiar.

Quien tiene el valor de mirarse a los ojos se replantea muchos aspectos de su vida personal. Tal vez llegue a proponerse un cambio de rumbo. Su cosmovisión se amplía. Ve más claro, y comprende que tiene que enderezar su trayectoria. Pero todo cambio es como un ejercicio al que no estamos acostumbrados: al principio, duele.

Hay dolores emocionales y psicológicos que pueden ser más intensos que el dolor físico. Si la persona adolece de valores, sentirá que su alma se resquebraja y puede entrar en una honda crisis existencial. Penetrar en las salas más recónditas del castillo interior causa un fuerte desgaste, porque muchas veces supone luchar contra uno mismo.

Cambio de rumbo

¿Estamos dispuestos a transformar nuestra vida, aunque esto suponga un cambio de perspectiva y visión de la realidad? ¿Estamos preparados para tomar el timón de nuestra vida y cambiar de rumbo? ¿Nos atreveremos a lanzarnos al vacío, sin ninguna seguridad?

Necesitamos certezas para evitar todo riesgo. Pero vivir no deja de ser una aventura que implica riesgos y fracasos. Quedarse paralizado por el miedo no es vivir, sino sobrevivir, o vivir bajo mínimos, en piloto automático.

Lanzarnos al desafío de vivir una vida auténtica, coherente con lo que somos y creemos, pide entrar en nosotros mismos y preguntarnos si lo que estamos haciendo tiene o no sentido. ¿Qué nos mueve a actuar? ¿A qué estamos llamados? ¿Qué es lo que anhelamos, en lo más hondo del ser?

Desde el sosiego

Nos aterra iniciar este proceso de búsqueda y descubrimiento. El único antídoto para empezar a disolver el miedo es el silencio. Y para ello tenemos que detenernos y afrontar con valentía y serenidad nuestra realidad, tal como es.

Desde el silencio, ignorando los ruidos externos e internos que nos ensordecen, iremos encontrando el sosiego y la calma que nos permitirán ver con lucidez. Desde aquí se puede iniciar una terapia de autocuración. La voluntad y el deseo sincero de reenfocar la vida son cruciales. Pero también se requiere paciencia y tiempo.

¡Cuántas veces nos refugiamos en el ruido para escapar de nuestra realidad! El ruido nos anestesia, la televisión nos absorbe, las redes sociales nos llenan de información y nos distraen. Series que nos enganchan, películas, vídeos cortos en TikTok y la dependencia del WhatsApp llenan nuestra mente y nos hacen olvidar, desconectándonos de nosotros mismos. Perdemos el tiempo que tan caro nos cuesta, sobrevivimos atados a los artilugios y vivimos una vida artificial, que no forma parte de nuestra naturaleza humana. Los creadores de estas empresas tecnológicas han estudiado muy bien la manera de distraernos y convertirnos en adictos, para impedirnos pensar y cultivar nuestra vida interior.

El silencio es una urgencia terapéutica para sanar nuestra vida. La neurociencia ya ha descubierto y comprobado, con métodos experimentales, que hacer silencio y meditar es un recurso terapéutico de primera mano.

No dejemos que el estrés, el frenesí y los agobios nos impidan llegar a esa playa interior donde podremos respirar, tomar aliento y disfrutar de un paisaje hermoso y sosegado.

El silencio es el camino para revertir nuestro camino. El silencio no oprime, sino que libera. No aburre, sino que ayuda a descubrir la riqueza inmensa que tenemos dentro. Sólo desde el silencio podremos renacer.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Una recaída, otro aprendizaje


Cuando el cuerpo grita

Dicen que la salud es el silencio del cuerpo. Cuando nos encontramos bien, no sentimos dolor, ni molestias, nuestro maravilloso organismo responde y funciona sin que nos demos cuenta. ¡Cuántos procesos, cuánta actividad sucede dentro de nosotros sin que seamos conscientes!

Pero si las cosas no van bien, el cuerpo tiene su propio sistema de alarma para avisarnos. ¡Nunca nos traiciona! El cuerpo siempre nos habla.

Primero susurra, luego levanta la voz; al final, si lo ignoras, grita. El grito del cuerpo puede ser una enfermedad, un dolor súbito y paralizante, una fiebre, un ataque. Es su manera de decirte: ¡Para! Has estado haciendo algo erróneo durante mucho tiempo, y ya no puedo más. Te grito porque necesitas detenerte y cambiar de rumbo.

La verdad es que no siempre sabemos cuidarnos. Puede pasar mucho tiempo mientras una patología silenciosa se va incubando dentro de nosotros. Hasta que un día comenzamos a tener sensaciones extrañas. Algo no funciona. Poco a poco, comienza el dolor, primero leve y esporádico, pero con el paso del tiempo cada vez más frecuente e intenso, hasta hacerse insoportable. A veces dejamos pasar demasiado tiempo sin tomar decisiones y puede llegar a ser demasiado tarde. Hay enfermedades de gravedad que pueden poner en peligro nuestra vida.

Conectar con uno mismo

Con esto quiero reflexionar. Estamos tan desconectados de nosotros mismos que no calibramos nuestro estado de salud. Al igual que ciertas enfermedades mentales pueden llevar a confundir lo imaginado con lo real, disociándonos de la realidad, también nos puede suceder lo mismo con el cuerpo. La desconexión física nos lleva a ignorar sus mensajes, hasta que éste nos avisa de forma contundente. La alarma del cuerpo es una experiencia dolorosa, y de riesgo.

Por eso es necesario un centraje existencial. ¿Qué quiero decir con esto? Centrarnos, enfocarnos, y ser muy conscientes de lo que sucede en nosotros, en nuestro cuerpo, en nuestra mente y en nuestro espíritu. Debemos caminar por la vida como el conductor atento para evitar accidentes que nos llevan a la tragedia, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos.

Cuando Jesús en el evangelio nos llama a vivir despiertos, nos está diciendo: Estad siempre atentos a lo que sucede. Y también a lo que hacéis: lo que pensáis, decís, hacéis y coméis. No llevéis una vida sin sentido, dejándoos arrastrar por las circunstancias, lo que os distrae o absorbe. Mirad lo que ocurre a vuestro alrededor y en vuestro interior, porque todo esto os afecta.

Tómate el pulso. Vigila qué comes, cómo duermes, cómo te mueves, cómo te sientes. Toma decisiones. Un pequeño cambio a favor de tu salud, sostenido en el tiempo, puede marcar un antes y un después en tu armonía física y psicológica.

Más adelante hablaré de la medicación, de la que a menudo se abusa y que provoca efectos indeseados. A veces los mejores remedios no consisten tanto en tomar pastillas, sino en cambiar hábitos. Y esto está en nuestras manos. 

Una conversión profunda

Un amigo nutricionista siempre me dice que los cambios alimentarios son como una conversión espiritual. Estamos tan enganchados a ciertos alimentos, sobre todo a los azúcares y a las grasas saladas, que la comida se convierte en una adicción que genera dependencia más allá de las necesidades nutricionales. Comemos más de la cuenta, y comemos lo que no debemos. Esto, con el tiempo, causa estragos en nuestra salud. La mayor parte de enfermedades de los países desarrollados tienen aquí su origen. Son dolencias que prácticamente no existían en los países llamados pobres, hasta hace poco.

Rechazar lo que sabemos que no es bueno implica esfuerzo. Pide una gran consciencia y sensibilidad para detectar qué conviene y qué no conviene a tu cuerpo. Un cambio puede empezar valorando qué ingieres y cómo lo ingieres. Es un auténtico desafío, pues estamos habituados a comer productos adictivos, a cualquier hora y de cualquier manera, de pie, en un sofá o ante la pantalla, incluso en la cama, sin sentarnos a una mesa bien puesta, con mantel y cubiertos, sirviendo con esmero los platos y saboreando despacio. Lo triste es que cada vez más personas comen en exceso, no por hambre, sino para hacer frente al estrés o anestesiar el dolor emocional ante los problemas que les aquejan. La comida se convierte en paliativo y antidepresivo, aunque, como toda droga, tiene su contraparte, generando otras patologías en el cuerpo.

Recaída y aprendizaje

La caída: una enfermedad, con sus achaques y dolores, nos puede hacer reaccionar y replantearnos qué estamos haciendo.

Pienso en mi pancreatitis. Me sobrevino como algo inesperado, pero pensándolo mejor, debo reconocer que mi cuerpo llevaba tiempo avisándome. Después del ataque agudo y de pasar mes y medio en el hospital, salí, bastante recuperado, pero no del todo.

Quizás salí con tantas ganas que quise correr, y no presté suficiente atención a lo que comía. No estuve lo bastante atento, no escuché mi ritmo interno, que me pedía más calma, más descanso, una dieta más suave.

No fui capaz de detectarlo y la reacción no se hizo esperar. La infección se reprodujo y tuve que volver al hospital, quince días más.

Es cierto que en una pancreatitis hay factores que uno no controla. Sabiendo que en mi abdomen quedó un pequeño resto de foco necrosado, que no se pudo eliminar mediante el drenaje, el riesgo de reinfección estaba ahí.

La recaída ha sido leve y he vuelto a salir del hospital sin infección ni líquido, y con mucha más energía que la primera vez.

Otra lección más, para agudizar el autoconocimiento y vivir despierto, vigilante a cualquier señal del cuerpo. Un nuevo aprendizaje para afinar más mi atención. Espero seguir aprendiendo y ser humilde para saber cuáles son mis límites y dónde está esa línea roja que no debo traspasar.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Correr Caminar Deslizarse

El paso del tiempo nos hace ver que, con la edad, se dan en nosotros cambios vitales, no sólo en el cuerpo, sino en nuestra mentalidad y en nuestra forma de hacer.

Desde la infancia hasta la vejez pasamos por diferentes etapas marcadas por distintos ritmos.

Juventud: correr

El joven, que está en un momento de crecimiento y apertura al mundo, devora la vida. El tiempo se le hace corto, quiere abarcar muchas cosas y exprime las horas para sacarles el máximo jugo. Muchas veces no le importa pagar un precio muy alto, hasta llegar al agotamiento. El joven siempre está corriendo, quiere vivir a tope y disfrutar. Las amistades y el aspecto lúdico tienen un enorme valor para él. Está en esa edad en que su cuerpo, sus emociones y su psique estallan. Está creciendo intelectualmente. Se está formando como adulto, quiere saberlo todo y experimentarlo todo.

Su salud le permite caer en excesos y vivir al límite. En algunos casos, llega a poner en riesgo su vida. Es en esa edad en la que muchos caen presos de las adicciones al alcohol o a los estupefacientes. El joven tiene acceso a todo: desde lo más bello hasta lo más inmoral. Y quiere probarlo todo. Por eso corre como si no hubiera un mañana. Está lejos del disfrute sereno y de valorar el silencio como espacio de encuentro consigo mismo.

Para madurar, necesita equilibrar esta actitud extrema.

Adultez: caminar

Después de haber experimentado y vivido intensamente, cuando el joven entra en la edad adulta, se produce un cambio. Los estudios, el trabajo y la formación de una familia son un baño de realismo. La visión de la realidad se vuelve más honda y pausada. Ahora busca, más que la aventura y el cambio, la estabilidad y el compromiso. El círculo de amigos se reduce, pero conserva a los más fieles.

Ya no quiere hacerlo todo, sino centrarse en su quehacer de cada día, en su propósito, en sus metas. Comienza a valorar no tanto la cantidad, sino la calidad. Aprende el valor de las cosas y se vuelve más reflexivo. Su capacidad de interiorizar aumenta. Comienza a buscar el silencio.

El adulto que madura camina más despacio. Da un paso tras otro, más seguro, saborea el momento. Sus responsabilidades requieren compromiso y esfuerzo. La estabilidad emocional y económica son cruciales.  

Por otra parte, en esta etapa surgirán los conflictos. Ya sean laborales, familiares o personales, el adulto tendrá que afrontar el sufrimiento y el estrés. Verá cómo sus hijos crecen y van aprisa, como él cuando era joven. A veces tomarán rumbos inesperados, y tendrá que ayudarles a seguir su camino. No pocas veces se dará un choque intergeneracional. La responsabilidad y la convivencia irán cargando su mochila.

En esta etapa madura, la capacidad de discernir será clave para tener claro el propósito vital y superar las crisis existenciales que pueden sobrevenir.

Vejez: deslizarse

La entrada a la vejez puede ser dramática; no todos la saben vivir bien. O no aceptan que van envejeciendo y se resisten a ver lo evidente, o bien se abandonan y comienzan un declive que puede ser lento o vertiginoso.

En la vejez cambia la perspectiva sobre la realidad. También cambian el ritmo físico y vital. Para muchos la vejez supone tropezar, cojear o arrastrarse. Pero ahora ya no se trata de correr, ni de caminar a paso rápido, sino de deslizarse por la vida.

La salud marca profundamente esta etapa: el cuerpo, que ha sido explotado y maltratado, comienza a dar señales de agotamiento y deterioro. Muchas personas se dan cuenta de que envejecen cuando ven sus límites y achaques. En algunos casos, esto las lleva a una dependencia de los demás.

No todos somos iguales, pero el desgaste celular y neuronal nos pasará factura y aquí lo más importante es saber que el cuidado, la alimentación y tener una vida llena de sentido son cruciales.

En la vejez, ya no hay que correr, ni pisar fuerte: es el momento en que hay que deslizarse por la vida, con suavidad, con paso sereno y callado. Esto no significa dejar de caminar, pero sí cambiar de velocidad y de talante.

Llega el momento de afrontar la vida de forma apacible, serena, paseando más que marchando a ritmo fuerte. Es el tiempo de saborear. El tiempo se convierte en un lugar de deleite cuando se renuncia a los excesos y se aprende a vivir cultivando la riqueza interior y compartiendo las horas con la persona amada. Es el tiempo del sigilo, de la ternura, de los afectos delicados. Tiempo de mirarse de manera contemplativa. Ya no es el tiempo de la risa, sino de la sonrisa.

La ancianidad no es una enfermedad trágica, es una etapa necesaria para aprender que la muerte está en el horizonte y que hay que aprender a aceptarla como un momento de plenitud, aunque parezca lo contrario.

Deslizarse, bailar con suavidad, mecerse y saborear el instante adquieren otra dimensión. El frenesí y la prisa quedaron atrás: la vejez nos invita a pasar esta etapa con suavidad y ternura. No sólo hay que bajar la velocidad externa, sino la interna. Ahora ya no importa correr, sino saber con quién te deslizas, y hacia dónde.

Ya no importa tanto el destino ni el futuro, sino el presente, vivido con plenitud. El ahora se hace eternidad cuando se posa una mirada de gratitud hacia el pasado y otra de admiración y sorpresa hacia el futuro. No vamos hacia el abismo, sino a un reencuentro con nuestros ancestros y con el Creador.

Morir: la cima

Aceptar la muerte nos ayuda a preparar el gran salto de nuestra vida, el paso al más allá. Y esto requiere una gran madurez humana y espiritual. Es un momento cumbre en el que la paz interior ha de tener cabida en nuestro corazón.

¿Qué huella hemos dejado? ¿Hemos construido algo hermoso y digno? ¿Hemos formado una familia? ¿Lo hemos dado todo? Quien puede responder está preparado para irse, de puntillas a esa otra vida desconocida, pero llena de sorpresas.

La muerte no es un final, es el inicio de una nueva etapa que nos trasciende y que va más allá de nuestra comprensión.

Para los creyentes, es una llamada plena a vivir el amor eterno con los tuyos y con Dios.

Puede dar vértigo cruzar la frontera hacia el más allá. Pero una vez atravesada, la luz de un nuevo amanecer penetrará nuestro ser. La otra orilla es tan bella que no podemos imaginarla. Allí el miedo se convierte en alegría y viviremos anclados en un gozo permanente. No caeremos en el vacío, sino que volveremos a nuestro origen, a los brazos de un Dios amoroso que nos ha creado y nos quiere amar para siempre.

jueves, 31 de julio de 2025

Sinfonía del alba


Avanzado el verano, viajo a la comarca de la Noguera para disfrutar de unos días de retiro a los pies del Montsec. Me esperan jornadas de oración, silencio y deleite en paisajes agrestes: montañas escarpadas, lagos y arboledas bañadas por el sol, mientras respiro el aire seco de la Terra Ferma.

En este entorno tan sano, el corazón se desacelera, el ritmo interior cambia y la serenidad me invade. Mi velocidad interna desciende hasta alcanzar una calma envolvente. Del ruido intenso de la ciudad paso al sonido melódico del campo, rico en tonos y matices. En Barcelona, busco el sosiego caminando hacia el mar cada mañana; aquí lo encuentro paseando entre robles y cruzando riachuelos que murmuran entre la frescura de los cañizales.

Al igual que en la ciudad, madrugo y salgo a caminar. También aquí voy en busca del sol. No lo veré sobre el mar, sino emergiendo tras la montaña, siempre anunciado por sus primeros destellos, hasta surgir como un diamante dorado que se eleva con fuerza.

Con la claridad del alba, los pájaros rompen a cantar. Saltando de rama en rama, revoloteando entre las copas de los árboles, cada uno entona su trino.

Si los colores de los sembrados y los bosques, bajo un cielo de azul puro, son un regalo para la vista, el canto de los pájaros es un deleite para los oídos. En medio de esta música, se despierta en mí la conciencia del silencio interior y de la escucha. Callar es abrirse, y solo entonces puede percibirse la sinfonía del bosque. En los campos de cebada, a punto para la siega, sopla una brisa matinal que mece las espigas, agitándolas como un inmenso manto amarillo entre los sotos de robles.

Cada mañana soy testigo de un derroche de luz, sonido y color. El cielo despejado y el aire, fresco y perfumado, ensanchan mis pulmones. A medida que el sol asciende, la luz se desliza hasta los valles más profundos y las zonas umbrías del camino. Respiro, paso a paso, sorbo a sorbo, alimentándome de paz.

Dios se recrea, y la creación entera es un canto a Dios. Envuelto en la belleza, una inmensa gratitud llena mi alma, no solo por contemplar lo que veo, sino por ser consciente de ello y poder saborearlo. Es una experiencia que trasciende el intelecto y la mente, sin dejar de pisar la tierra: estoy entrando en el campo de la mística. El impacto estético salta por encima de la razón y se experimenta con el corazón. No hace falta hablar, basta dejarse llenar por el milagro matinal que solo pide ser contemplado. Cuando la mente calla, el silencio habla y el corazón florece.

En el ámbito vocacional hablamos de la respuesta del hombre a Dios. Pero la Creación, vestida con sus mejores galas, es una respuesta de Dios al hombre, anterior a toda llamada. En el libro de la naturaleza, Dios se manifiesta y nos muestra un rostro bello que no grita, sino que susurra; no manda, sino que enamora.

A través de la belleza, nos convierte en aliados y custodios de su obra, otorgándonos creatividad para que podamos alcanzar la cumbre y dialogar con Él en profunda complicidad.

En el Génesis, Dios pasea con Adán en el paraíso. Como dos amigos, caminan al atardecer, hombro con hombro, deleitándose en el jardín. Paseando entre campos y senderos, siento la mano de Dios posarse suavemente sobre mi espalda, regalándome estos cinco días de retiro, de silencio y de compañía, de regalo para mis ojos.

¡Gracias, Dios mío, por tanto don!

domingo, 6 de julio de 2025

Paso a paso, sonriente: celebramos 90 años de Rosa

Rosa, hoy celebramos 90 años de vida intensa y apasionada.

Noventa años vividos con una fuerza poco común, con la energía de quien sabe amar la vida y quiere seguir caminando hacia su plenitud. Paso a paso, con su carrito, su corazón sigue volando, deseando saborear cada instante, sorbo a sorbo. ¡Cuánta energía encierra esta pequeña gran mujer, cuánta profundidad en su alma!

Ha trabajado sin descanso, tejiendo lazos sólidos con su familia, amigos, vecinos y compañeras de trabajo. Se ha entregado generosamente, regalando su tiempo y dedicación a quienes la rodean.

Su vocación sanitaria es reflejo de un corazón entregado al servicio y al amor. Como enfermera, ha dado lo mejor de sí, colocando su trabajo en el centro de su vida —y así sigue, con esa vitalidad que parece desafiar el tiempo.

No importa la edad ni la estatura, sino la capacidad inmensa que tiene para llegar al corazón de tantos. Sencillez, alegría, entrega y generosidad definen a Rosa en toda su dimensión humana.

Desde niña, sus padres la guiaron con cariño, llevándola a la iglesia del pueblo, donde ella misma fue catequista. Su vida ha estado siempre cerca de un entorno espiritual que le ha dado sostén y esperanza. Su vínculo con las Siervas de la Pasión, en especial con Sor Milagros, y su amistad con los sacerdotes espiritanos, son testimonio de esa fe profunda.

Pero Rosa es, ante todo, una mujer libre, independiente, con un deseo constante de crecer y la esperanza de la felicidad. Ha vivido el dulce jugo de la vida y también sus momentos de sufrimiento, pero siempre con valentía y serenidad.

Su madre fue un faro en su camino, y Rosa la cuidó con ternura durante siete años de enfermedad, acompañándola hasta el final, con amor y paz en el hogar familiar.

Otra persona que la acompañó fue su amiga íntima, Ana Jiménez, a quien hemos despedido hace pocos meses.

Hoy, Rosa sigue adelante. Noventa años llenos de experiencias que laten en su corazón. Alcanzar este hito solo es posible cuando se vive guiada por valores firmes, con propósito y sentido. Ella ha cultivado esos valores y se ha ido puliendo, como un diamante, desde su adolescencia hasta esta plenitud.

Ha sabido priorizar lo esencial y conserva, aún hoy, esa sonrisa luminosa que es su sello.

Haciendo honor a su nombre, Rosa ha esparcido a su paso la fragancia de la amistad, ese perfume sutil que da vida y vibración a su entorno.

Hoy, familia, amigos, vecinos y la comunidad de San Félix nos unimos para celebrar contigo este día tan especial. ¡Qué hermosa capacidad de convocatoria! Esta jornada será inolvidable para ti y para todos los que te queremos.

Rosa, te deseamos que sigas avanzando en tu camino, pasito a pasito, con la firmeza y alegría que te caracterizan, hacia una nueva década de plenitud que te acerque aún más a Dios.

Da gracias a Dios por todo lo vivido, por la huella que has dejado y porque hoy no te arrastras hacia donde no quieres, sino que caminas con la fuerza de tu voluntad hacia donde tú deseas. Has visto cumplidos muchos de tus sueños y sabes que la vida aún vale la pena, rodeada de amigos y guiada por el gran tesoro de tu vida: Dios, el creador amoroso que te regaló el don de la existencia, llenándola de sentido y esperanza.

¡Felicidades, Rosa! Que estos 90 años sean solo el comienzo de una nueva aventura llena de luz y bendiciones.