domingo, 29 de mayo de 2022

El indigente que trajo al niño Jesús

Lo vi zarandeándose de izquierda a derecha, sosteniéndose con un bastón en la mano. Con el otro brazo agarraba una caja. Pensé que perdería el equilibrio y acabaría cayendo al suelo, pero logró mantenerse en pie y se acercó. De aspecto sucio y muy dejado, su vulnerabilidad era patente. Algo muy profundo debió romper su corazón para reducirlo a ese estado. Mal vestido, y desprendiendo un fuerte olor a alcohol, intentó comunicarse conmigo, balbuceando y enfadándose consigo mismo por no poder expresarse bien. Vacilando, no dejaba de lamentarse. Vi en él una clara imagen del hombre descartado socialmente. Sus palabras soeces no eran más que un grito de ayuda, una petición para que alguien, durante unos instantes, lo escuchara.

Entonces depositó la caja en el suelo. Lo saludé: ¿Qué tal? Y él me respondió con brusquedad, gritando para reclamar mi atención.

De golpe, abrió la caja y sacó de ella un niño Jesús. No el típico Niño de Navidad, en la cuna, sino un niño de cuatro o cinco años, erguido y vestido, dentro de una campana de cristal.

Lo tengo desde hace tiempo, me dijo, en un perfecto catalán, y no lo quiero tirar. Pero, por favor, recójalo. Es una imagen que quiero mucho pero no puedo cuidarla.

Me impactó, porque ese niño Jesús, de alguna manera, había generado un vínculo con él. No sé si religioso, emocional o simplemente de compañía. Posiblemente esta imagen lo había ayudado a sobrevivir.

Insistió: Yo no lo puedo cuidar más. Y utilizaba el verbo cuidar como si fuera algo muy suyo y quisiera asegurarse que estuviera bien allí donde lo dejara.

Así, accedí a recogérselo. Desde hace una semana lo tenemos en la capilla de Nuestra Señora de Chestojova, acompañándonos en las celebraciones.

Me pregunto, una y otra vez, qué ocurre con estos hombres que con 50 años están completamente solos y perdidos. No sólo los extranjeros apátridas sufren, también aquí tenemos gente nativa que, por el motivo que sea, han perdido su lugar.

¿Qué los ha llevado hasta aquí? ¿Qué historia hay detrás de ese indigente que «no podía cuidar más» del Niño Jesús? Tal vez no era él quien cuidaba al niño, sino Jesús quien estaba cuidando de él… Igual que los padres que, al no poder cuidar de sus hijos, los exponían a las puertas de las iglesias, este vagabundo ha dejado a su Jesús en un lugar seguro. Quizás sin saberlo, se ha convertido en un mensajero del cielo, portador de un tesoro que ahora tenemos en nuestra capilla.

domingo, 15 de mayo de 2022

¿Autoridad o autoritarismo?


Es necesario aclarar el significado de estas dos palabras para evitar errores dolorosos. El ejercicio equilibrado de la autoridad es una expresión de amor y servicio, con el fin de potenciar y hacer crecer al otro, dando lo mejor de sí mismo. La autoridad requiere convertirse en modelo para el otro, con una conducta intachable, que genere confianza y respeto. Será su estilo de vida el que haga a la persona merecedora de confianza, por su ejemplo y moderación, y no por su intransigencia ni por imponer la obligación de una adhesión ciega a su autoridad.

Exigir con delicadeza es la clave, porque en la responsabilidad educativa se ha de tener muy en cuenta la libertad del otro. En ningún caso tiene que estar condicionada su capacidad de análisis, su pensamiento y sus decisiones. Entre la autoridad y la libertad hay una línea muy delgada que se ha de respetar. Pisar la libertad es un claro indicador de que la autoridad puede derivar hacia el autoritarismo. El espacio es corto y siempre se ha de salvar.

Autoridad y poder

Desde un punto de vista sociológico, el concepto de autoridad se está poniendo en entredicho por el abuso que se comete al no respetar los límites. Sin humildad, el ejercicio de la autoridad puede desencadenar un abuso de poder, con el pretexto de que todo se hace «por el bien» de la otra persona. Se requiere depurar mucho las intenciones para caer en la ambigüedad. El abuso de autoridad puede atentar contra lo más íntimo de la persona: su identidad. Sólo desde la humildad, la discreción y la delicadeza, limpias de todo afán de poder, se podrá ejercer bien la autoridad.

Un principio ético y filosófico se ha de tener muy claro: todos somos iguales y nadie está por encima de nadie. A la hora de ayudar, corregir y exigir, se ha de tener muy presente. Hay una serie de ámbitos: social, religioso, político, educativo y familiar, donde la tentación del poder es grande. Son todos aquellos que tengan que ver con el ejercicio de una responsabilidad con una fuerte carga moral.

En la familia

Los padres pueden intentar modelar a sus hijos según sus criterios, sin tener en cuenta lo que realmente son y quieren. Tal misión no es imponer por tradición las cargas familiares, según su trayectoria histórica, sino hacer que los hijos desplieguen su máximo potencial. El riesgo de generar clones o moldes de un pasado, sin tener en cuenta su libertad, sus talentos y su capacidad creativa para abrirse al mundo, puede provocar un trauma que bloquee emocionalmente sus aspiraciones. Los padres tienen la responsabilidad de educar a sus hijos, por supuesto, pero esta libertad que les están administrando, poco a poco, a medida que crezcan, se la tendrán que ir devolviendo. El sentido de posesión puede dificultar una educación desde la libertad, el derecho sagrado y natural que va más allá de los lazos biológicos.

El ejercicio de la paternidad implica saber hasta dónde se ha de ejercer la autoridad con los hijos. Porque llegará su mayoría de edad y tendrán que asumir sus responsabilidades, decisiones y el uso de su libertad. Si este traspaso no se realiza correctamente, puede significar una ruptura de los vínculos familiares, apelando a su mayoría de edad. Se ha de pasar de un lazo basado en la consanguinidad a una relación filio-parental basada en la amistad sin perder la otra. Nada se romperá, y para los hijos ya adultos sus padres siempre serán una referencia moral. Llegar hasta aquí es engrasar una buena relación que armonizará los vínculos entre las nuevas generaciones familiares.

Mostrar con humildad los propios valores es básico para sanar toda relación herida dentro de la familia. Educar es servir desde la libertad. Sólo así se puede hacer crecer a los demás. El ejemplo de los padres y su modelo de conducta ante los hijos los preparará a fin de que un día ellos también puedan educar con acierto a los suyos. La familia es un ámbito trascendental en la educación de los hijos. Hemos de evitar cualquier tipo de desvío que pueda dañar el equilibrio psíquico de sus miembros.

Esta tarea es una obligación moral de los padres. Hemos podido ver en los medios de comunicación casos de familias sumidas en la tragedia por no apuntalar con solidez sus valores.

En el ámbito religioso

Otro ámbito extremadamente delicado es el religioso. No entender correctamente el sentido de la obediencia ha llevado a muchas comunidades a situaciones de conflicto difícil de resolver. A lo largo de la historia de la Iglesia hemos visto casos lamentables que han trascendido y se han divulgado por los medios. Pero nadie, y ninguna institución, está exento de riesgos. Cuando se ejerce un liderazgo en este ámbito la lucidez es clave para no resbalar hacia una dirección espiritual que cause profundas crisis en personas que han iniciado un hermoso proceso vocacional. Es una decisión fundamental para quienes han decidido poner a Cristo en el centro de su vida. Todo esmero será poco para mantener la frescura de una vocación, dispuesta a servir para siempre. Es un tema especialmente delicado, porque también se han dado abusos de autoridad, provocando una brecha vocacional y existencial.

La libertad y la obediencia no tienen por qué estar reñidas. La obediencia no es sumisión, y la autoridad tampoco ha de ser autoritarismo. El discernimiento en el campo religioso, y en todos los demás, es fundamental.

domingo, 8 de mayo de 2022

El dolor de una ruptura

El ser humano, por naturaleza, tiende a buscar la felicidad en unas relaciones estables y duraderas. Así lo ansía su corazón cuando inicia un proyecto familiar con otra persona. Ambos quieren vivir con armonía, es su deseo genuino y están concebidos para esto. Por eso inician su proyecto vital con ilusión y creatividad ingente, esperando permanecer estables. Su corazón rebosa de entusiasmo por alcanzar sus metas. Vibran al unísono y comparten sueños y esfuerzos por mantener aquello que tanto anhelan. Están despiertos a todo, infundidos de una fuerza que cristaliza sus deseos para llegar a la cumbre soñada. Pasan unos años y ambos van asumiendo responsabilidades, que en algunos casos les provocarán estrés añadido: la familia crece, hay que organizar el tiempo y el trabajo, los hijos piden dedicación y ambos cónyuges deben tomar decisiones conjuntas, que a veces pueden implicar un desacuerdo a la hora de educar a los niños y repartirse las tareas domésticas. El cuidado y la salud de los niños en su larga etapa escolar, el trabajo, la economía, las dificultades, posibles pérdidas de empleo, escasez y conflictos familiares pueden ir tensando la convivencia y añadiendo un problema tras otro.

Cuando esto sucede, la relación de la pareja llega a un estado de estrés emocional y psicológico que puede acabar en una ruptura dolorosa, en algunos casos agravada por la violencia y el caos emocional de uno u otro, o de ambos.

Gestionar una ruptura sin llegar a la violencia y sin utilizar a los hijos como carne de cañón contra el otro cónyuge no siempre es fácil. A veces la relación no sólo se rompe, sino que la presión recae sobre los niños, llevándolos a una situación de inseguridad y culpa inmerecida. Los niños sufren ansiedad y, a veces, depresión. La violencia entre los padres hunde los fundamentos de su psique: cuando los padres rompen, los hijos se rompen por dentro. Es el mayor daño que se les puede hacer. Por eso, por el bien de los niños, hay que saber cerrar de la manera más sana posible la separación, para que no condiciones su estabilidad ni su crecimiento futuro.

Lo vemos muy a menudo: personas cercanas que viven o han vivido rupturas con su pareja y han quedado heridas. Los hijos, por más doloroso que haya sido el proceso, han sobrevivido emocionalmente y han llegado a la adultez. Llevan impreso el sello del dolor, pero han crecido y han sabido aceptar e incluso seguir amando a sus padres, pese al daño que les han podido causar. Hay casos admirables de hijos que han logrado una cierta paz interior. En cambio, a veces son los padres quienes siguen en la trinchera. No han sabido o no han querido cerrar la grieta.

Urge, por el bien de ambos cónyuges, aunque su matrimonio esté roto, hacer un esfuerzo por sanar las heridas. Cuando no se hace, se pone en riesgo su equilibrio emocional. Estas personas pueden caer en una depresión cargada de resentimiento, hasta rayar la locura. Pueden caer en el victimismo constante. O pueden adoptar una actitud agresiva y de control sobre los demás, una violencia contenida para marcar territorio. Al final, de una manera u otra, tensarán la relación con sus propios hijos. Pueden echarles en cara todo lo que han hecho por ellos para exigir su sometimiento y despertar su culpabilidad, haciendo que se sientan mal y obligándoles a responder a sus exigencias. Es una forma de manipulación que acaba distorsionando las relaciones y provoca un fuerte estrés en el entorno familiar. Se cae en un lenguaje hiperbólico, todo se exagera y las palabras cortantes, consciente o inconscientemente, dañan a los demás.

Las personas que no han superado esta crisis interna incurren en contradicciones. Aparentan amabilidad, cordialidad, exquisitez en su trato hacia afuera. Necesitan dar una buena imagen para evitar que nadie sepa sobre su situación. Pero, de puertas adentro, con los suyos, pueden mostrarse implacables, duras, exigentes y críticas. Llevan a los demás al límite del aguante, provocando tensiones, para luego justificar su conducta. Repiten obsesivamente el ciclo, están “rayadas” en esa rueda emocional que las atrapa y no hace más que empeorar la situación. Rebasan los límites del respeto y se creen continuamente atacadas, bloqueando cualquier posibilidad de regeneración.

El perdón como terapia

Cuando esta experiencia produce una honda grieta anímica, la persona se rompe totalmente. Necesitará una terapia que la lleve a ser consciente de lo que está ocurriendo. Pero no bastará una intervención psicológica. Será necesario que trascienda el plano psíquico e inicie un cambio espiritual, un proceso que vaya más allá de las emociones y se fundamente en aquello que uno cree como eje central de su vida. Pasa por una profunda conversión que la lleve a darse cuenta de que la clave de muchos problemas humanos está en el perdón. Tendrá que aceptar el pasado y liberarse de esos lastres que la encadenan a la persona que la dañó. Necesitará humildad y valentía para dar el paso. Tendrá que aceptar la historia y a aquellos que considera sus enemigos, causantes de su dolor, hasta llegar a perdonarles en lo más profundo de su corazón.

Solo entonces alcanzará la paz y desaparecerán las tinieblas del alma. Muchos que han pasado por este camino sienten una profunda libertad: a su alrededor todo se recoloca. Dejan de ver la realidad teñida de amargura. Empiezan a renovar su vida, sus relaciones se van armonizando. La ruptura interna puede sanar. Evidentemente, quedarán cicatrices del pasado, pero cerradas por el amor y el perdón. Quedarán como señales de un gran dolor, pero también de un cambio valiente y generoso que les ha permitido dar un salto trascendente en su vida.

La persona que ha perdonado puede ayudar a otros a liberarse de su cruz. Puede convertirse en guía y consejera de otros que sufren. Ojalá todos aquellos que se encuentran en este tipo de situación sepan dar el salto. Dios es el mejor terapeuta, nos ha creado y nos conoce muy bien. Él desea nuestra plena felicidad y sólo cuando amamos y perdonamos la liberación es plena y el gozo incesante. 

domingo, 1 de mayo de 2022

¡Felicidades a las madres!

¡Sí! Felicidades a todas las madres, en este Día del Trabajador porque debido a la maternidad, propia de vuestro género, desde que fuisteis madres por primera vez no habéis dejado de trabajar con empeño para que vuestro hogar sea un lugar acogedor. Porque nunca habéis dejado de velar y cuidar por todos los de la casa. Porque os empeñáis en crear un clima armónico entre esas cuatro paredes. Porque no dejáis ni por un segundo de prestar la atención necesaria para que en la casa se respire alegría y serenidad. Porque nunca habéis abandonado vuestro puesto sagrado como educadoras. Porque habéis estado despiertas día y noche, dispuestas a sacrificaros por vuestros hijos. Porque habéis sido y sois referente, modelo y maestras con el fin de ayudarles ante los grandes desafíos de la vida. Porque también habéis sabido respetar su libertad en aquello que decidían, asumiendo incluso los errores y equivocaciones. Porque habéis aportado toda la sabiduría y humildad que atesoráis en el universo de vuestros corazones.

Nosotros, los varones, no seríamos sin una madre. Unas entrañas abiertas expresan la capacidad de dar vida, con un amor inmenso e ilimitado. Algunos teólogos dicen que las mujeres expresan como nadie la forma de amar de Dios. Siempre dispuestas, como el propio cosmos, latiendo al ritmo de vuestra vida interna.

Madres, os felicito porque construís personas desde la más tierna edad. Engendrar, criar y construir un hogar, desde la libertad y el amor, os hace a las mujeres muy especiales. La humanidad estaría coja si se perdiera el torrente creativo de la mujer y su capacidad de amor para que los demás vivan. Dais sin medida, no sólo por el hecho de ser madres, sino porque sois mujeres. Vuestra generosidad se despliega en feminidad, ternura, sensibilidad y fortaleza. Las mujeres no sólo os dais a los varones, sino al mundo entero.

En vuestros corazones intuyo una hermosa grandeza que os permite adoptar un fuerte compromiso para construir la paz social. Ya desde el vientre materno los niños perciben esta digna misión: ser agente educativo para construir una sociedad más armónica y jubilosa, no sin esfuerzo ni sacrificio.

Incluso aquellas que no sois madres biológicas, sois madres de otra manera, porque la maternidad va más allá de tener hijos. Toda mujer, fisiológicamente hablando, es una madre en potencia. Su configuración biológica está orientada a la fecundidad. Por tanto, quiero hacer extensiva mi felicitación a todas las mujeres del planeta, porque ¡cuántas mujeres están haciendo de madres de aquellos que no tienen madre! Religiosas, misioneras, aquellas que deciden adoptar niños, haciéndolos hijos suyos. Una parte de la sociedad debe estar agradecida por este plus de generosidad, en especial aquellos más desvalidos que han tenido la suerte de encontrar una mujer que, sin ser madre, los ha cuidado como si lo fuera. Aquí está la belleza de un amor capaz de entregarse a sí mismo para que otros tengan vida.

No quiero olvidarme de felicitar a todas las mujeres y madres de mi familia: hermana, primas, sobrinas, tías… y también a aquellas amigas que, de alguna manera, han contribuido a mi vocación humana y espiritual. Pero, muy en especial, quiero felicitar a mi madre, que está en el cielo. Yo soy feliz en mi existencia gracias a la mujer que un día me parió. Sin ella no sería quien soy, ni haría lo que hago, porque nunca hubiera existido. Su vida como mujer hizo posible la mía. Por eso, siempre, la amaré con gratitud. ¡Felicidades, mamá!

Hace unos años escribí esto, dedicado a una gran mujer. Aquí lo podéis leer.

domingo, 27 de febrero de 2022

Atrapados en la inseguridad

Cada vez más estoy constatando que ya no sólo muchos jóvenes ven y sienten que su futuro es incierto. También son los adultos quienes, en medio de un entorno social complejo, a veces padeciendo fracturas familiares y una baja autoestima, caen en el desaliento y se vuelven incapaces de tomar decisiones.

Muchos han recibido una educación muy severa que quizás no potenció su talento y capacidades. Han crecido con falta de referentes y modelos. La situación económica y laboral precaria dificulta su proyección social y la inseguridad, sumada a veces a la falta de valores, los hace sobrevivir como pueden, sin un proyecto vital. Estando ya en una etapa de madurez, todavía tienen muchas dudas sobre su futuro profesional, y el contexto social y cultural, con tantas alternativas y cambios, no les ayuda a tener clarividencia a la hora de decidir. La crisis que se da en todos los campos: político, económico, familiar y de valores es otro factor decisivo.

Pero me pregunto: ¿qué pasa con esas personas que ya no tienen veinte o treinta años, sino que pasan de 40 o de 50? Es una edad en la que se supone que deberían tener claro hacia dónde ir, orientando su vida profesional. ¿Qué pasa con esta franja de edad, que algunos todavía no son capaces de tomar una decisión definitiva? O van de un trabajo a otro, precario y que no les satisface, simplemente para ir tirando. Me preocupa cada vez más, porque este perfil de adultos está aumentando en los últimos años. Conozco a varias personas así. Son valiosas, inteligentes, serviciales, con una gran bondad. Pero, profesionalmente, están estancadas, atrapadas en su laberinto, que las incapacita para dar el salto de su vida.

Del análisis a la parálisis, suele decirse. Es un concepto muy utilizado en psicología empresarial. Muchas de estas personas, preparadas y competentes, pueden asumir retos para lanzarse y desplegarse, dando lo mejor de sí mismas. ¿Qué origina esta parálisis, que las empequeñece tanto? ¿Qué hay detrás de esta gente valiosísima que está noqueada para tirar adelante? ¿A qué tienen miedo? ¿Qué les impide caminar hacia un futuro más atractivo y apasionante? ¿Dónde está el problema?

Lo lamentable es que ellas son conscientes de que, cuanto más retrasen su decisión, el bucle en el que están atrapadas se hace más grande, y es entonces cuando aumenta la sensación de estar perdidas, desubicadas, sin saber por dónde tirar. Así se van autolimitando y entran en una espiral de creencias negativas, donde el futuro es cada vez más oscuro. Lo más trágico es que el tiempo pasa a velocidad de vértigo y no acaban de salir de su agujero negro. De una crisis existencial pasan a un estado de depresión que todavía las aleja más del esfuerzo necesario para salir. Así van encerrándose cada vez más en sí mismas. Se sienten fracasadas, sin trabajo, sin estabilidad, desconectadas. Suelen ser personas reservadas, que hablan poco o nada de lo que les ocurre. Lentamente, van perdiendo la capacidad de comunicarse, se aíslan y no buscan ayuda. Si la encuentran, les cuesta mucho escuchar, abrirse y dar un paso adelante. Así entran en un estado de supervivencia psicológica. Rendidas, quedan atrapadas en su inseguridad.

Estas personas adultas, cuando fueron jóvenes quizás no supieron atreverse a luchar contra una situación social o familiar que las dejó heridas. Quizás no recibieron suficiente ayuda para estimular sus capacidades y sueños. No estaban preparadas emocionalmente para combatir en un mundo donde la carrera siempre la ganan los más fuertes, los más preparados o los que logran subir alto.

Pero este es nuestro mundo. Vivir con realismo ayuda a enfrentarse a situaciones difíciles. El mundo es complejo y convulso, y hay que aprender que ciertas guerras no se deben luchar, pero otras sí. La voracidad económica es la brújula que guía a muchos, la realidad es esta. Pero también hay muchos cuyo objetivo no se centra en la ganancia, sino en el valor de la persona. Se han proyectado y han sido capaces de superar el binomio economía-bienestar y valores, y han salido adelante. En esta guerra, donde se parte de situaciones desiguales, muchos han ganado el combate.

¿Cómo salir del hoyo?

Enfrentar la vida con realismo es el primer paso para autoempoderarte. Acepta las cosas como son, aunque no te gusten.

Ten la certeza y la convicción de que tú eres soberano de tu propio cosmos interior. En tu mundo interior, tú llevas las riendas.

Reconoce tu propia valía: mereces un lugar en este mundo y tienes todo el derecho a luchar por él.

Pero también necesitas ayuda. Nadie llega lejos solo. Pide ayuda. Busca consejo y apoyo. Y escucha lo que te digan, aunque en algún momento pueda incomodarte y sacarte de tus esquemas. Un buen amigo que te aprecia te será muy sincero, no te engañará ni te embalsamará, sino que te ayudará a crecer, aunque te duela.

Muchas personas tienen claro qué deben hacer, pero no lo hacen. No pasar a la acción muchas veces es la diferencia entre un triunfador y un fracasado. No tiene que ver con tu valía ni tus conocimientos: se trata de tener coraje e intentarlo. Si no sale, prueba otra vez, de otra manera, y estudia por qué no salió bien. Cada fracaso es una lección.

Ponte a caminar. A veces las cosas son menos complicadas de lo que te parece. Ves una montaña inaccesible y, cuando empiezas a caminar, poco a poco, sin parar, vas subiendo. Cuando te quieras dar cuenta, ya estarás arriba.

Nuestra naturaleza está concebida para la victoria. No importa la edad ni la formación ni los condicionantes sociales y familiares. Importa que tú creas en ti y lo hagas.

Si te reafirmas en las capacidades que tienes y las pones al servicio de los demás, encontrarás tu gran proyecto vital. Darás un salto cuántico en la dirección correcta, desplegando todos tus talentos, que has recibido como don. Sólo así encontrarás sentido a tu existencia y se te abrirán las puertas de enormes oportunidades.

domingo, 23 de enero de 2022

Cuando el dolor te aleja

Pasa de los 80 años. Es una mujer robusta y de carácter fuerte. Pero tras su temperamento se esconde una enorme inseguridad y hambre de afecto. A veces lo manifiesta de forma brusca cuando se da una situación tensa que no controla.

Su historia familiar es compleja: durante su infancia vivió el constante maltrato, tanto físico como psicológico, que su padre infligía a su madre. Desde niña ambas, madre e hija, estuvieron unidas por una gran complicidad. La pequeña absorbió el sufrimiento de su madre, que la dejó marcada en lo más hondo de su ser. Durante su adolescencia y juventud continuó siendo testigo de violentas peleas conyugales. Esa huella ha quedado impresa en su alma y se puede percibir en su mirada, donde laten la inquietud y el miedo sufrido.

También ha marcado su vida, llena de conflictos en sus relaciones sociales y en la convivencia familiar. La ruptura interior y la soledad que intenta ocultar la han dañado. Con el paso de los años no ha podido superar tanto dolor y, carente de herramientas para ahondar en su situación, el resentimiento la mueve a actuar con agresividad, acusando a los demás o mostrándose crítica en exceso. Las heridas psicológicas han diezmado su vida y el trato con ella es difícil, pues no deja de cocear a quien se acerca. Su desconfianza le impide tener una amistad sana y equilibrada con los suyos y con los demás.

Su matrimonio, después de muchos años de tensiones, vive situaciones límite y a veces surrealistas. En su mente acecha el caos y la desorientación crece en su corazón. Sin una brújula racional y emocional, se mueve en un laberinto sin encontrar salida, porque ha perdido la objetividad para afrontar los problemas. Cae en permanentes contradicciones y sufre altibajos difíciles de soportar. Con el paso del tiempo, ha empezado a confundir la realidad con las creaciones de su mente. El deterioro neurológico se suma a la inestabilidad emocional. Ya no puede más; vive en su burbuja, entre la realidad y sus pensamientos, entre una cosa y su contrario.

Las personas de su núcleo más cercano sufren también esta fragmentación y esta indigencia emocional que la rompe a cachitos.

Más allá de la mente

Hace tiempo que converso con esta persona y, poco a poco, veo que se desliza hacia el vacío. Son los primeros indicios, tal vez, de una enfermedad de Alzheimer u otro tipo de dolencia degenerativa. Su yo va desconectando progresivamente de la realidad, su burbuja tiene cada vez menos oxígeno. Los agujeros emocionales se van comiendo su conciencia y su identidad. ¿A dónde irá a parar su alma? No sé a dónde lleva la autopista del cerebro que se va deteriorando. ¿Dejamos de ser lo que somos? ¿Dónde está el límite entre la mente y el cerebro? ¿Podemos perder nuestra más genuina personalidad? 

No estoy en su mente ni puedo conocer la realidad paralela en la que vive. Aunque las ciencias neurológicas han avanzado mucho, las personas enfermas no agotan el misterio. En su aparente vacío siguen siendo lo que son.

No es fácil tratar con personas que sufren deterioro neurológico. Hay que evitar tratarlas como enfermas mentales. La psiquiatría y la psicología abordan estos problemas desde dos campos totalmente diferentes. Tanto su método como su terapéutica son distintas, aunque se pueden complementar para conseguir una mayor eficacia.

Más allá de las explicaciones científicas o médicas, más allá de los diagnósticos y los estudios, haya o no en su cerebro placas amiloideas, hay una realidad que lo trasciende todo. La persona sigue siendo un misterio y su mente es inabarcable. Hay otras razones más profundas, además de las médicas, que provocan su desconexión de la realidad.

He tratado a muchas personas con este tipo de problema y constato que todas ellas han sufrido un profundo estrés emocional que ha ido rompiendo su estructura psíquica hasta hacerles perder su propia identidad. La soledad, la violencia, la falta de afecto y la inestabilidad familiar, la falta de propósito vital y de un acompañamiento afectivo han hecho que una forma de aliviar el sufrimiento sea la comida. Especialmente la ingesta de dulces y alimentos ricos en grasa es un paliativo emocional donde muchos se refugian. Pero este tipo de comida inflama el organismo y daña el sistema vascular, originando pequeñas lesiones que reducen el flujo sanguíneo y la irrigación del cerebro. Con el paso del tiempo, la falta de nutrientes y de oxígeno, sumada al exceso de azúcar y grasas, altera el metabolismo cerebral. De manera silenciosa, la salud va declinando. Este deterioro no hace más que exacerbar las emociones, el conflicto familiar y el estrés afectivo. La violencia contenida se frena con más alimentos adictivos y el problema se agudiza. Así es como se pasa de lo emocional a lo psiquiátrico y a lo neurológico. Su mirada perdida viaja hacia un submundo desconocido a donde la ciencia no puede llegar. Quizás lo único que está haciendo es huir.

Conozco a esta persona desde hace muchos años y sé con toda certeza que, más allá de todo esto, es buena y sensible. Dentro de ella hay una niña que necesitó ternura y recibió golpes. Entre su mundo y la realidad, conserva momentos de lucidez en los que oigo su grito, una voz que reclama sólo afecto. Sus enfados y sus lágrimas me revelan que en ella hay todavía un grado de lucidez. Muy escondido, en su interior, hay un lugar donde sopla una brisa amorosa. Tanto como ser amada, necesita amar.

sábado, 15 de enero de 2022

El perdón, clave de la sanación

El perdón y la sanación están íntimamente ligados. Jesús dedicó una parte de su tiempo a anunciar la buena nueva, pero otra parte no menos importante a sanar, curar y perdonar: lo que hoy llamaríamos el ministerio de la salud del cuerpo y del alma. A través de los milagros, orientados a la sanación total de la persona, Jesús sabe que estamos hechos de un barro frágil, como dice san Pablo. Sabe de nuestras limitaciones y de nuestra inclinación a pecar y a hacer mal uso de nuestra libertad, cometiendo errores que llegan a generar conflicto y mucho daño a los demás, dejando secuelas de dolor. Nuestras actitudes tienen consecuencias. Es algo que afecta al presente del ser humano, condiciona su futuro e incluso el de su prole, así como las decisiones y actitudes de nuestros padres han condicionado nuestra historia.

Marcados por el pasado

Muchos comportamientos que se dan en las familias, sobre todo en situaciones de estrechez, marcarán el futuro de los hijos y los nietos. De la misma manera que hay una información genética que pasa de padres a hijos, no sólo rasgos físicos, sino psicológicos, emocionales y conductuales, cuando decimos que un hijo se parece a su padre o a su madre también nos referimos a su carácter, a su forma de ser y de proceder. No sólo heredamos una forma de ser sino unas pautas de conducta, hasta el punto de ver un paralelo entre nuestra personalidad y la de nuestros padres.

Está claro que la infancia es una etapa en la que el niño es especialmente vulnerable y lo absorbe todo: lo bueno y lo malo. La conducta de sus mayores irá perfilando el carácter de los hijos. A un nivel más profundo, ya no sólo les influye lo que hayan podido hacer sus padres, sino sus antepasados. Ciertas conductas y decisiones pueden afectar a generaciones enteras. Somos y venimos de un pasado a veces oscuro, contradictorio. Hay tendencias transgeneracionales que de alguna manera están influyendo en nuestras decisiones de hoy, aquí y ahora. Podríamos decir que todos tenemos un pasado, y todos tenemos heridas que nos han marcado. Ciertos comportamientos revelan las señales o cicatrices del misterio oculto que hay detrás de cada familia y que condiciona nuestro presente.

Hay que tener la humildad de aceptar que todos, de alguna manera, estamos heridos por ciertas negligencias o errores que pudieron cometer nuestros antecesores, a veces con intención, a veces inconscientemente o sin imaginar las consecuencias futuras. En el lenguaje teológico, hablamos de pecado original o inclinación del hombre a pecar. Me decía un amigo teólogo y psicólogo que «todos tenemos agujeros», es decir, nadie es perfecto y estamos llenos de defectos y lagunas. Con esto se refería a la radical indigencia del ser humano.

Aceptar para poder crecer

Somos vulnerables y limitados. ¿Qué hacer frente a esto? Tener la humildad de reconocer que no somos ángeles y que no somos mejores ni peores que los otros, aunque creamos saber más o nos consideremos más equilibrados y maduros. El orgullo nos aleja de la humildad impidiendo que trascendamos de una visión egocéntrica de nosotros mismos y del mundo. Hemos de detenernos y orientar los ojos con una mirada diferente.

Aceptar el pasado y reconciliarnos con nuestra historia nos permitirá iniciar un camino sereno y lúcido para detectar cuáles son aquellos gestos que no nos dejan crecer ni florecer. Una vez somos conscientes de esto, hay que pedir ayuda y dejarse en manos de Dios, iniciando un camino de retorno hacia el pasado y hacia los demás, con una actitud de conversión, de cambio.

El momento culminante de este proceso sanador es el perdón. De esta manera, liberados del resentimiento histórico y personal, podremos algún día mirar con paz el pasado y amar con un corazón misericordioso a nuestros ancestros. Sin esto, no será posible una profunda sanación, total y auténtica.

El proceso de sanación

El primer paso es iniciar el largo camino hacia tu desierto interior, sabiendo que allí encontrarás hechos que te impactaron o querrías borrar de tu memoria. Zambúllete hasta la esencia de tu ser.

El segundo paso es detectar con realismo las situaciones que te generaron profundas heridas, inquietudes o malestar. Ten la humildad de aceptar todo lo que descubras, pues forma parte de ti mismo, aunque sea un contrasentido. Todo esto ha sido necesario para que existas, incluso lo malo que hicieron tus ancestros. No serías tú sin tu pasado. Somos fruto de decisiones acertadas o equivocadas, pero esa es la única forma en que llegamos a nacer. Somos lanzados a un mundo lleno de contradicciones, es así.

El tercer paso en este proceso es buscar a alguien que te ayude: un psicólogo, un terapeuta, un sacerdote, un amigo con el que haya sintonía y comunión. Y, por supuesto, poner en manos de Dios todo esto que has descubierto: él es el cirujano que te ayudará a extirpar el pus existencial que inflama tu vida. Sacar esa infección que ha dejado su huella en tu ADN será necesario: hay que abrir, limpiar y vaciar esas grandes llagas infectadas.

El cuarto paso es que, una vez hayas detectado y dejado que Dios cure tus heridas, inicies un proceso de conversión. Hay que superar la fase de la víctima para poder mirar con serenidad y paz incluso a las personas que te han herido y librarte de todo resentimiento que te pueda minar. El día que puedas mirar a esa persona a los ojos, abrazarla y perdonar, ese día se completará tu sanación.

Si ya no es posible esa reconciliación de forma presencial, porque la persona que te dañó ha muerto, o está muy lejos, al menos puedes hacerlo de corazón. Si eres sincero se notará porque te cambiará la vida.

En ese momento tu herida estará cerrada y podrás ayudar a otros a iniciar su propio camino de sanación.

Es verdad que, como decía mi amigo, todos estamos llenos de agujeros y nunca seremos perfectamente sanos ni maduros, pero sí es importante que sanemos esas heridas fundamentales que nos infectan el alma desde nuestra infancia y que hayamos recorrido ya un primer camino de sanación completa. Como afirmaba otro teólogo, las heridas abiertas supuran y alejan a los demás; pero una cicatriz es interesante, porque es señal de una victoria y de un trauma sanado. Con heridas abiertas difícilmente podemos ayudar... Con cicatrices sanas, podemos hacer mucho bien.

No podemos ayudar a sanar a otros sin que nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma estén ya sanados. Entonces sí que nos adheriremos al ministerio sanador de Cristo con el fin de conseguir la salud y la felicidad del herido. Esto sí que será un auténtico milagro: que el herido, el enfermo, pueda amar. Cuando ame, se habrá liberado de todas las ataduras emocionales y todos los resentimientos que esterilizaban su vida.

Sólo así, liberados y ayudando a liberarse a otros, podremos volar hacia el infinito y sentir en el alma la brisa de la libertad, sin hipotecas ni miedos: la alegría será la brújula de nuestra nueva vida.