domingo, 6 de septiembre de 2026

El milagro de una mañana

Esta mañana me dispuse a iniciar mi caminata hacia el mar, pero no hacia el sur, como de costumbre, sino en dirección norte, para poder contemplar mejor el mar abierto.

Esta vez, la luz del sol estaba atrapada entre las nubes y el mar permanecía en calma. Los rayos, al abrirse paso entre ellas, se proyectaban sobre las aguas como un inmenso espejo de plata.

Embelesado ante la escena, la mirada se me perdía hacia el infinito, saboreando aquel juego de luces sobre la quietud de la playa. Mientras yo me deleitaba en la contemplación, otros caminantes pasaban a mi lado, los corredores hacían footing y algunos deportistas practicaban sus ejercicios. Hasta que una escena captó mi atención: un grupo de jóvenes jugando al voleibol.

Me cautivó contemplarlos: fuertes, musculosos, ágiles, moviéndose con gracia y energía. También ellos formaban parte de la belleza de la creación. Sus cuerpos en movimiento, sus saltos, sus voces y sus risas componían otra forma de armonía en la mañana.

Entonces pensé que, cuando uno sabe detenerse y entrar en una oración profunda, descubre que todos los sentidos han sido creados para saborear la vida y reconocer cuán hermoso es nuestro mundo y cuán admirable es el ser humano cuando crece, se despliega y disfruta de sus capacidades.

Cuando aprendemos a detener el ritmo, podemos dejar que Dios nos abrace suavemente y mecernos en su dulzura. Sin prisa, respirando profundamente, agradeciendo una visión tan exquisita, vamos tomando conciencia de que estamos religados a una realidad que nos trasciende.

No todo es casualidad, ni todo tiene por qué encontrar una explicación. No siempre descubriremos el porqué de cuanto acontece. Hay una sabiduría que no consiste en explicar, sino en contemplar; en dejar que la brisa matinal acaricie nuestro rostro y permitir que nos empape una Presencia que va más allá de aquello que la ciencia puede medir.

El silencio permite al alma adentrarse en el misterio del cosmos, de la vida y de la belleza. Hay realidades que no alcanzamos con la razón, pero que entran por los poros del alma: desde un mar plateado hasta unos jóvenes que juegan, se desafían y disfrutan de su propia fuerza. Quizá el deporte les enseñe también a luchar por otras metas, a superar dificultades y a atreverse a ir más allá de sus propios límites.

Descubro, mientras paseo, al homo ludicus que todos llevamos dentro: ese ser humano que necesita jugar, moverse, expresarse con el cuerpo y encontrarse con los demás. El ocio y el deporte forman parte de nuestra naturaleza. Necesitamos el movimiento, la relación, la celebración de la vida.

Tan hermoso es contemplar el cielo multicolor de la mañana, con sus delicados tonos pastel, como observar a esos jóvenes saltando, gritando y celebrando cada punto. Mirándolos, deseo que sus corazones lleguen a brillar algún día como esos rayos encendidos que atraviesan las nubes.

Todo es un milagro: el aire, el color, el movimiento, los cuerpos musculados, la piel tostada por el sol, las voces, la amistad. Todo cuanto contemplo me conduce a una experiencia mística, a un estado de gracia que me permite trascender la escena visible y entrar en un diálogo interior con Aquel que es fuente y origen de todo cuanto existe.

Vuelvo a mirar el horizonte, sin prisa, degustando el sabor de lo divino, respirando a Dios.

Y guardo silencio.

Después decido regresar. El espejo del mar se vuelve cada vez más brillante a medida que el sol asciende sobre las nubes. Su destello dibuja sobre las aguas un camino de luz que parece conducir hasta la playa.

Pienso entonces que cada día se nos regalan momentos como este. El ruido y la prisa nos alejan de nosotros mismos, pero basta aprender a detenerse, aunque solo sea un rato, para saborear en silencio y dejarse embriagar por la belleza.

domingo, 2 de agosto de 2026

La belleza de los límites


Son las siete y media de la mañana. Hoy el cielo está cubierto con un velo de niebla que matiza la luz del sol y suaviza el color del horizonte. El mar pierde su azul oscuro para volverse plateado.

Miro hacia la playa y veo la silueta de una señora menudita, de pie junto al mar. Cuando me acerco, distingo mejor su rostro y su amplia sonrisa. Me mira con ojos penetrantes y me saluda.

Es conocida en el barrio, la suelo ver a menudo y sé, porque me lo ha contado, que sufre de retinitis pigmentosa, una enfermedad ocular que le dificulta mucho la visión. Ve a través de un punto diminuto en el centro de la retina y por tanto, sólo puede distinguir una pequeña área circular, como si lo mirase todo a través de un tubo. Lo sorprendente es que, desde ese pequeño punto de visión se desenvuelve con absoluta normalidad y se desplaza por todas partes sin necesidad de llevar el bastón típico de los ciegos.

Le comento que me parece estupendo que, de buena mañana, esté cuidando su salud frente al mar, y me contesta que viene cada día a las seis, y pasa tres horas en la playa. La veo contenta, disfrutando del sol y del baño, y admiro su fuerza. Pese a su limitación y su edad, más de ochenta años, está allí, irradiando alegría, feliz de contar un día más en su vida y, añade, dando gracias a Dios. ¡Qué lección de tenacidad y fuerza de voluntad!

¿Qué tienen las personas como ella que son capaces de desafiar sus límites, ir más allá del miedo y disfrutar de lo que se les ofrece cada día? Hace años que sufre esta dolencia visual, y no se rinde. Nada le impide vivir con entusiasmo.

Quizás ha descubierto que la vida es un don y que nuestra propia fragilidad, incluso nuestras patologías e inseguridades, no son obstáculo para seguir creciendo. En lugar de vivir en la penumbra, ha elegido caminar hacia la luz.

¿De dónde saca las fuerzas y la convicción para avanzar firme por los senderos de su existencia? Su visión es reducida, pero su mirada es luminosa. Los ojos no solo ven, sino que transmiten lo que hay adentro. Y adivino en ella un enorme amor a la vida. Así me lo dice: quiere a sus amigos y, sobre todo, a Dios, que está en el centro. Esto la llena, pese a sus limitaciones, y por eso puede irradiar tanta energía. Dios da sentido a su existencia, su amor la envuelve.

Me impresiona cuando me cuenta que hasta los cincuenta años veía nítido. De golpe, con la entrada en la menopausia, comenzó a perder visión y tuvo que replantearse totalmente su vida. De ver claro y amplio, pasó a ver tan solo lo que abarca un pequeño círculo de 5 cm alrededor de sus ojos. Los primeros tiempos fueron duros: sentía que se le apagaba todo y, hasta que pudo asimilarlo, pasó un periodo de tristeza y miedo.

Pero poco a poco su cerebro y su corazón se fueron adaptando a la situación y se armonizaron. Ahora vuelve a ser la de siempre, y basta mirarla para comprobar que dentro de ella brilla el sol: su rostro refleja vida, color, luz.

Me emociona mirarla y pienso: ¡Cuánta sabiduría hay en esta mujer sencilla! Cuánta hondura en sus palabras. Creo que no sólo mira con los ojos, sino desde el alma, y esto le permite ver más allá de lo físico. Siente la energía del otro, no necesita ver más porque ha aprendido a sentir mejor, a oler mejor, a oír mejor y a conectar más con todo. Trabajando la imaginación para ajustarla a la realidad, estas personas que vencen sus límites son libres, abiertas, ricas en experiencias que van acumulando en su corazón. Auténticas maestras de la vida, cuánta belleza y cuánta verdad hay en sus palabras.

La brisa matinal acaricia su rostro y su corto cabello. Me dice: Voy a bañarme. Nada muy bien, se desliza por las olas y la veo disfrutar. Una criatura de Dios abrazando el mar, dejándose mirar por el sol, rebosando salud.

Me despido de ella para volver y, cuando me giro hacia atrás, me saluda con la mano; la veo chapoteando en el agua, feliz como una niña.

Regreso sintiendo gratitud por este encuentro, una nueva enseñanza para mi alma. Hoy he contemplado a una atleta de la vida, que ha salido de su zona de confort y se lanza sin miedo hacia el horizonte, atreviéndose a vivir experiencias insospechadas. Ha elegido vivir con intensidad, y esto solo es posible cuando se tiene un corazón grande para amar.

Por el camino de vuelta, doy gracias a Dios, que nos permite vivir, aprender siempre algo nuevo y descubrir su latido amoroso a cada instante.

sábado, 25 de julio de 2026

Cuando cae la tarde

He pasado unos días en la comarca de la Noguera, en Lérida. El flagelo del sol ha sido incesante y la temperatura elevadísima. A mediodía, la luz solar cae sobre los caminos, flanqueados por extensos trigales. Es un acto de osadía lanzarse a caminar a esas horas.

Pero al amanecer, cuando el sol todavía no ha asomado tras los montes, el aire es sorprendentemente fresco. Es entonces cuando salgo a caminar y puedo apreciar la belleza de los sembrados, de un rubio dorado entre los oscuros setos de encinas y robles. De buena mañana la calma invade el paisaje y me invita a respirar y a vivir con otra cadencia. Entro en una dimensión bien distinta de mi ritmo diario, a menudo acelerado. En el sosiego matinal el alma reposa y goza de cuanto alcanzan a ver mis ojos.

Al atardecer vuelvo a salir de paseo, cuando el sol se oculta a poniente. La hora de la tarde también me cautiva. No es tan fresca, pero una luz dorada baña el paisaje de suavidad.

Elevo la mirada hacia el cielo y siento una íntima complicidad con el Creador: «Todo lo ha hecho bueno», como leemos en el Génesis. El corazón se ensancha y una inmensa gratitud surge de mí. Gracias, Señor, por este regalo del atardecer. Gracias porque te recreas con estas pinceladas que deleitan a tu criatura y la hacen sentirse parte de lo creado, habitando este hermoso hogar que nos has dado.

A lo lejos veo el Montsec, elevándose como una muralla que custodia la comarca. A medida que la tarde va cayendo la calma crece y todo adquiere otro matiz. Los colores se van apagando y la penumbra invita a la oración. El campo se convierte en un inmenso santuario donde me reencuentro y me abandono en Aquel que me hace sentir como Adán, paseando a su lado por el paraíso.

Sí, camino por este nuevo Edén, con la conciencia plena de que soy suyo, y Él me lo ha dado todo: la vida, la vocación, mis hermanos de camino en el ministerio, una comunidad que vibra. Pero en el centro siempre está Él: el artífice de mi historia, de lo que soy y de lo que tengo y seguiré recibiendo.

Despacio, saboreando su compañía, agradezco todo lo recibido. Él da sentido a mi vida, incluso cuando el sol parece esconderse y perder fuerza. Pero sé que su Luz atraviesa las nubes y las tormentas, y esa luz sigue iluminando mi alma.

La creación me habla de su presencia, cálida y cercana. Él me invita a la misión de ajardinar con su palabra tantos corazones enfermos de soledad, de tristeza, áridos como los campos sin lluvia, oscuros como los días sin sol. Pienso en tantas personas a quienes les falta la luz de su mirada. Por eso, mi tarea pastoral es llamar a esos corazones secos para que se abran a su dulzura y pueda penetrar en sus surcos derramando su gracia y su paz.

Ojalá muchos lo descubran y se conviertan en otros cristos. Que vivan su intimidad con Dios y puedan conmoverse ante un paisaje, ante un amanecer o un ocaso, sabiendo leer en él una declaración de amor inmerecido.

Ante Dios somos criaturas concebidas para la gran aventura del encuentro con él. En el momento en que decidimos decirle sí, nuestra vida cambia como de la noche al día. Quienes le han abierto su corazón de par en par lo saben.

Regreso caminando a la casa donde me hospedo. ¡Qué corto se me ha hecho el camino! Mi alma vuela con un profundo sentimiento de plenitud. La tarde ya ha dejado paso a la noche y se encienden en lo alto las primeras estrellas. Los árboles se yerguen como sombras oscuras entre los sembrados mientras los grillos elevan su canto a la noche. Al borde del camino me sorprende el destello de una luciérnaga, como pequeña lámpara que me guía hacia la casa. Ha llegado el momento de recogerse y descansar.

domingo, 19 de julio de 2026

El hombre de las muletas


Hemos pasado el solsticio de verano y nos adentramos de lleno en el tiempo estival. La luz del sol se alza e ilumina con fuerza el cielo de Barcelona. Mis paseos matinales siguen siendo una auténtica terapia: la brisa limpia el aire y me regalo una caminata serena hasta la playa, donde, de buena mañana, las olas juguetean en la orilla. El agua está fresca; sumerjo los pies y disfruto de esa caricia fría que me revitaliza, mientras alzo la mirada a un cielo que cambia de color sobre el horizonte, revelándome, un día más, la belleza del Creador.

Sin prisa, respiro contemplando este regalo y doy gracias a Dios por una nueva aventura cotidiana.

Al regresar, a medio camino, observo a un hombre al que suelo ver cada día. Tendrá unos setenta años: cabello canoso, constitución recia. Avanza con paso ágil, incluso acelerado, hacia el Paseo Marítimo. Fija la mirada al frente, sin distraerse en nada. Pero hay algo que me desconcierta: camina cogiendo unas muletas.

¿Por qué —me pregunto—, si avanza con tal soltura y rapidez? Las muletas suelen acompañar una caída, una lesión, un problema en las articulaciones o en los músculos que impide moverse con normalidad. Pero no parece ser este el caso. ¿Qué le ocurre para cargar con ellas sin una necesidad aparente?

Tal vez sufrió una lesión y, aunque ya está recuperado, le ha quedado una huella: una inseguridad, una memoria del dolor. No le cuesta caminar; se mueve con soltura y a buen ritmo. Entonces, ¿cuál puede ser el motivo?

Haciendo una lectura más honda, casi simbólica, este hombre fuerte que camina con muletas se me presenta como una metáfora. Todos arrastramos inseguridades y miedos que dificultan nuestro avance; o, al contrario, huimos de algo y necesitamos correr… aunque sea con muletas.

Vivimos bajo una tensión constante: problemas personales, familiares, laborales, económicos. Si extrapolo la imagen de este hombre a nuestra sociedad, veo en él el reflejo de muchos: personas atadas por miedos e incertidumbres que, al mismo tiempo, se exigen correr para alcanzar sus metas. Es como vivir frenando y acelerando a la vez. Y esa contradicción genera una profunda fricción interior.

Las muletas pueden ser necesarias en un momento de fragilidad. Pero, cuando ya no lo son, se convierten en un lastre, en un peso añadido a la carga diaria. Nos dan una falsa seguridad, cuando en realidad aumentan el desgaste. ¿No seremos, acaso, caminantes sanos que arrastran muletas mentales y emocionales? ¿Quién nos hizo creer que sin ellas no podríamos avanzar?

Y, por otra parte, ¿es necesario correr? ¿No caminaríamos más ligeros sin ellas?

Quizá huimos de nuestros propios límites mientras, paradójicamente, permanecemos atrapados en ellos.

Es posible que ese hombre que avanza con agilidad apoyado en sus muletas responda más a una sensación de fragilidad que a una limitación real. Su cuerpo parece funcionar con normalidad; no hay gesto de dolor. Tal vez la herida no está en sus piernas, sino en su interior. Puede que necesite tiempo para aceptar lo vivido, o recorrer un proceso que le permita soltar aquello que ya no le sostiene, sino que le condiciona.

Y nosotros, aunque nos sintamos ágiles y fuertes, ¿no recurrimos también a muletas emocionales para sostenernos? Cuando la vida nos resulta demasiado dura, buscamos apoyos que alivien la angustia. A veces son necesarios; otras, nos encadenan.

La opinión ajena pesa mucho en una sociedad que etiqueta y juzga. El “qué dirán” condiciona e hipoteca decisiones. Vivir pendientes de esa mirada externa, sacrificando lo que uno es, genera tensiones que, en ocasiones, terminan somatizándose en el cuerpo. Cuando el estrés emocional alcanza el límite, el sistema se resiente y la fragilidad se hace visible.

¿Dónde está la clave?

No necesitamos ser lo que no somos ni aparentar ser mejores. A menudo nos miramos con una medida distorsionada, creyendo que debemos cumplir expectativas ajenas para ser dignos de consideración.

Aceptarnos tal como somos es ya un camino de sanación. Nos reconcilia con nosotros mismos. Porque, por el simple hecho de existir, poseemos una dignidad que trasciende cualquier circunstancia.

Mirar más allá de nosotros mismos, acoger la realidad tal como es, descubrir un sentido profundo —una orientación trascendente— da unidad a la vida.

En el proceso de sanación pueden ser necesarias las muletas. Pero no deben generar dependencia. Llega un momento en que es preciso soltarlas.

La grandeza del ser humano supera sus límites físicos: el cuerpo puede ser frágil, pero el alma es inmensa. Y la fuerza del amor —misteriosa y real— puede despertar en nosotros una capacidad de regeneración insospechada. Del mismo modo, el miedo, la comodidad o la inseguridad pueden debilitarnos hasta paralizar todo nuestro ser.

Somos nadadores de la vida: cuando dejamos de tener miedo, vamos más allá de las propias fuerzas y surcamos el mar de la existencia sin temor a ahogarnos. Nos lanzamos a vivir sin muletas.

lunes, 29 de junio de 2026

Es un ángel

Sus padres, sus hermanos, Fidela y Cristino, y sus sobrinos la cuidaron, la atendieron y la amaron con delicadeza toda su vida, hasta el final.

Blasita nació con una lesión cerebral que le impidió caminar y crecer con normalidad. Desde bebé pasó del carrito a la silla de ruedas. No ha podido hablar con nuestro lenguaje, pero sí ha podido expresarse, a su manera. Ha muerto a los 73 años, toda una vida envuelta en el misterio de una niña que nació así, con enormes limitaciones.

Pero lejos de ser una carga, cuidar de ella ha sido una gran experiencia, humana y de amor, para su familia. Sus padres la cuidaron durante toda su vida. Después, se ocupó de ella Fidela, con la que ha vivido hasta el final de sus días.

La recuerdo muchos domingos, cuando venían las dos a misa. Después de la celebración, me acercaba a su silla y la saludaba. Ella me miraba fijamente, sin hablar, aunque a veces balbucía algún sonido. Su hermana empujaba la silla y la miraba con dulzura. Sin prisa, tranquila, la trataba con un cariño enorme que dejaba entrever el vínculo profundo entre ambas. Siempre atenta, prudente, con las palabras justas, pasaba de puntillas como si no quisiera molestar.

Cuidar a una hermana impedida curte humana y espiritualmente. Fidela ha sabido navegar por la dependencia y las limitaciones, superando la barrera del lenguaje y proporcionando a Blasita un ambiente lleno de amor y seguridad. Una vida volcada en el otro es la máxima prueba de entrega, servicio y amor incondicional, y en esta escuela de riqueza humana y espiritual, Fidela lo ha dado todo.

«Es un ángel», solía decir de ella. Blasita respondía con la mirada, desde el silencio más genuino, dejándose amar. Esta era su forma de devolver el amor que recibía. ¡Cuántas palabras hubiera podido decir para mostrar su gratitud! Pero los sentimientos van más allá de las palabras, y la dificultad para expresarse no impide que estos fluyan.

Jamás se han oído en Fidela palabras como «mala suerte» o «una carga». Tanto ella como su familia aceptaron el misterio inexplicable, y esto es una muestra de su coherencia y unidad. Una familia donde se ama hasta darlo todo es un lugar de crecimiento y aprendizaje. Nadie es descartable, todos somos concebidos para amar y ser amados. Por el solo hecho de nacer poseemos una radical dignidad que nos capacita para la gran aventura del amor.

Aceptar al otro, como es, como está, como viene, con sus dependencias y sus límites: esto nos enseña a ser personas, a ser humanos y a tener una mirada solidaria hacia los demás, sobre todo los más vulnerables.

Cuando no todo se entiende, quedan el silencio y el amor. Ante un sacrificio por amor, solo cabe el silencio. Aquí se revela la grandeza del ser humano.

Hablo de Fidela porque es a quien conozco. Sus dos hermanos ya han fallecido, y hoy los recordamos con gratitud.

Ahora, Blasa y Cristino disfrutan de una paz infinita. Juntos, con otros ángeles, gozan del abrazo de Dios en la eternidad. Envueltos en su misericordia, con enorme ternura, ya forman parte de esa otra familia que hemos amado y que nos espera allí, donde están siempre en la presencia amorosa de Dios.

lunes, 1 de junio de 2026

La fuerza de una mirada

La capacidad comunicativa del hombre supuso un salto en su evolución. De los sonidos guturales y los gestos con pies y manos, gracias al desarrollo del cerebro y de un sofisticado aparato fonador se pasó a la expresión verbal. Poder articular palabras dio un giro a las relaciones interpersonales. El lenguaje articulado permitió generar un discurso coherente, no sólo sobre realidades inmediatas, sino también sobre ideas, recuerdos y emociones. Expresar una idea con la voz activa las conexiones cerebrales, aumentando la inteligencia y la capacidad humana. Con la voz se pueden expresar pensamientos elevados: así nace el homo filosófico. Se pueden explicar proyectos y transmitir enseñanzas. La habilidad manual para fabricar herramientas y el desplazamiento por el mundo también favorecieron una dieta más variada, una mayor ingesta de proteínas y el aumento de la capacidad intelectual y comunicativa.

Hablar es algo que nos diferencia cualitativamente de los animales. Es cierto que estos tienen sus propios lenguajes y formas de comunicarse, a veces muy complejos. Pero el salto respecto al ser humano es abismal. Con nuestro lenguaje no sólo podemos describir el mundo, sino ir más allá de él. Con el lenguaje podemos crear algo nuevo y alcanzar una dimensión sobrenatural. El lenguaje nos hace semejantes a Dios.

Las culturas humanas han visto un despliegue del lenguaje en todas sus formas: hablado, escrito, expresado en el arte y en la música. El lenguaje engendra la ciencia, la filosofía, la teología y las religiones. Y el saber humano se transmite mediante lenguajes de signos, muy especialmente la escritura.

Desde la Ilustración y su culto a la diosa razón, el lenguaje oral y escrito se ha valorado más que nunca. Nuestras modernas ciencias y tecnologías funcionan con formas de lenguaje. Pero quizás por este auge científico y racional, hemos dejado de valorar otras expresiones que tienen enorme importancia para la comunicación.

Ya hace décadas que los antropólogos estudian la llamada «comunicación no verbal». Los expertos aseguran que, en un diálogo entre personas, más del 80 % de la comunicación se da en forma no verbal, sólo el 20 % está formado por palabras. ¿Y el resto?

Observo la maravilla del lenguaje de signos de los sordomudos. Sin poder articular palabra, con movimientos de sus manos y gestos de su rostro pueden expresar un discurso completo. La forma en que unen los dedos, su expresión facial, todo transmite con tanta fuerza que me deja asombrado.  

El otro día vi un vídeo en YouTube. Un conocido influencer entrevistaba a un matrimonio: él, con parálisis cerebral desde la infancia, no puede articular palabra. Ella ha aprendido el lenguaje de los signos y no sólo dialoga con él, sino que le hace de traductora. Es admirable ver cómo ella lo entiende y pasa del lenguaje de los signos al lenguaje articulado. Lee perfectamente las manos y los gestos de su esposo y lo interpreta de tal manera que al pasar al lenguaje hablado, puede emitir pensamientos tan ricos y profundos como los que podamos formular en lenguaje verbal. Es toda una ciencia aprender estos lenguajes de gestos que permiten expresar lo que hay en el corazón humano. Y pensé, viéndolos, en el misterio y la maravilla de nuestro cerebro, esa masa gris que encierra millones de redes neuronales y nos permite superar las limitaciones físicas buscando la forma de comunicarnos.

Y esto me lleva a la teología: somos hijos de Dios, cada personas es un Himalaya del ser, capaz de amar y dejarse amar. Esta es la grandeza del ser humano: limitado pero con ansias que lo llevan a explorar más allá de sí mismo.

Hablaba hace poco con una persona cercana que hoy se están impartiendo muchos talleres para aprender a leer los gestos y las expresiones. Esto es particularmente útil en el caso de personas enfermas o que atraviesan una profunda depresión. Cuando el silencio o la dificultad para comunicarse se convierten en un muro, poder interpretar cada pequeño gesto, cada mirada, será clave para leer correctamente qué sucede en su interior. En el caso de personas mayores, encamadas u hospitalizadas, que no saben o no pueden expresarse, los terapeutas que tengan esta habilidad serán profesionales muy demandados.

La comunicación siempre ha sido un campo que me ha fascinado. Pero ¿qué me ha movido a escribir esta reflexión?

Ha sido a raíz de mi despedida con una persona muy querida de la comunidad. No hicieron falta grandes palabras. Su sonrisa, y su mirada bella y profunda bastaron para que su aprecio me llegara al corazón.

El culto al lenguaje verbal nos ha hecho olvidar que, en un momento dado, las palabras sobran y la gratitud no siempre necesita ser expresada con la voz. Una mirada puede decir mucho más que las palabras. Si decimos que una imagen vale más que mil palabras… yo digo que una mirada sincera desde el corazón vale más que muchas palabras e imágenes. Porque los ojos son el espejo del alma, esa parte de Dios que todos tenemos y que es lo más genuino del ser humano.

Cuando comunicamos más allá del aparato fonador, el lenguaje del alma lo llena todo: la comunicación se destila en una mirada llena de amor y atraviesa todo el ser.

Ahora, esta persona amiga está surcando los cielos hacia el «continente de la esperanza», como lo llamaba un amigo sacerdote.

Gracias por tan bella sonrisa. ¡Hasta siempre!

lunes, 25 de mayo de 2026

El hombre que salió del mar


Estamos a principios de mayo. A las siete de la mañana, el sol ya está alto en el cielo. Durante uno de mis paseos al amanecer, me quedé mirando al mar. La mañana era muy luminosa y clara. Entonces vi algo que captó mi atención.

A lo lejos, en medio del agua, un hombre avanzaba lentamente hacia la orilla. Era alto y robusto, se acercaba a la vejez, pero sus piernas fuertes y tonificadas caminaban a paso firme y seguro. Su rostro era sereno.

Cuando salió del mar, pasó a mi lado y le dije: ¡Qué valiente! Pues era temprano y aún hacía frío. Él me miró sorprendido y sin decir palabra continuó caminando sobre la arena.

Me quedé pensando. Quizás esta sea su rutina diaria: acudir a la playa y sumergirse en el mar de buena mañana. Lo hace por salud, o tal vez porque le gusta sentirse abrazado por el mar y respirar la paz matinal mientras las olas juegan con sus pies en la orilla. Me estremecí pensando en la gelidez del agua, pero al mismo tiempo me dije que era algo hermoso.

Y qué contraste, poco después, cuando me crucé con las «manadas» de jóvenes que salían de las discotecas, tambaleándose y gritando, con ojos vidriosos. El hombre casi anciano emergía del mar, rebosante de energía; estos muchachos salían del infierno de la noche, sumergidos en la frivolidad y en el ruido. Allí, entre alcohol, drogas y sexo furtivo, pierden poco a poco su identidad y se deslizan hacia un lento suicidio.

Un anciano camina decidido bajo el sol; cientos de jóvenes resbalan hacia el vacío.

En el arranque del nuevo día, mi corazón se estremeció ante estas dos imágenes. Pero así se teje la historia: con pequeños retales, escenas cotidianas que nos muestran la realidad, tal como es.

Luz y oscuridad, vacío y coraje se entrelazan proyectando los grandes valores y los oscuros antivalores que están marcando, noche tras noche, a una generación de jóvenes, empujándolos hacia el absurdo y una vida sin sentido.

Pensaba que es hermoso empezar el día como ese hombre que salió del mar, como Adán en el paraíso. Vivir con sentido, respirando el oxígeno matinal, contemplando el sol naciente y dejando que la belleza alimente la fuerza interior. Esto nos prepara a iniciar un nuevo día con la convicción de que vale la pena vivir, que todo a nuestro alrededor es don y gracia.

La noche es también un regalo: el tiempo sereno para descansar, y no para explotarla con luces artificiales y falsos estimulantes que esclavizan, generando adicción. La noche es la cuna del día, que cada amanecer nos invita a levantarnos y a ponernos en marcha. Dar gracias, ponerse en pie y caminar es una manera de empezar el día con entusiasmo, abriéndonos a la sorpresa de nuevas experiencias que llegarán.

Unos se quedan atrapados en un bucle que los ata; el hombre mayor se siente libre. Nadie lo detiene, es su elección y lo lleva a vivir plenamente. Camina por la arena erguido, con la frente levantada y una expresión jovial.

A su lado, los jóvenes que han pasado la noche sin dormir parecen viejos, caminan cabizbajos y vacilantes, con la espalda encorvada y tambaleándose. Algunos necesitan sostenerse unos a otros. Su mirada está perdida, avanzan sin rumbo fijo, vociferando contra nadie y contra todos. Esos berridos resonaron en mí como un gemido angustioso lanzado hacia la nada: el lamento de un corazón roto.

Tal vez están vacíos de afecto y de amor. Por eso emprenden una huida hacia adelante, buscando esa calidez en relaciones artificiales, impulsivas y sin ternura. Puede que calmen momentáneamente su ansiedad, pero no apagarán su sed ni les devolverán a sí mismos. Al contrario, se irán alejando cada vez más de su genuino ser, de la orilla de sus anhelos más profundos. Olvidarán quiénes son y por qué están aquí.

Esto, con el tiempo, se traduce en enfermedades o trastornos mentales. El cerebro queda dañado y las neuronas mueren a gran velocidad, derivando en una demencia prematura a una edad demasiado joven. Se ahogan en el mar de la superficialidad y la locura.

Es la nota amarga de mis paseos matinales. Lo veo muchos días, sobre todo los fines de semana. La imagen de estos jóvenes me causa tristeza y dolor. Qué triste ver cómo, en la primavera de sus vidas, esas miradas vacías preludian ya el otoño inexorable y la frialdad de un invierno sin sol.