domingo, 20 de septiembre de 2020

Un beso en la encrucijada


Era una tarde soleada del mes de julio. Paseaba por aquel camino, entre matorrales de encina y romero, bordeando un inmenso campo de trigo. Una brisa fresca hacía más apetecible el paseo a media tarde. El día era claro, luminoso, y el sol bañaba todo el valle. Pese a la sequía, sobre la aspereza del paisaje explotaba la vida, con toda su belleza. Junto al río crecían los chopos, en medio de la selva de ribera que ocultaba el curso del agua. El intenso azul del cielo se extendía sobre los trigales y las espigas se mecían en el viento, a punto para la siega, su color dorado contrastando con el verde de los bosques y las abruptas montañas grises, vestidas de raíces y matorrales. Junto al camino, los saúcos y las zarzamoras se llenaban de sus primeras bayas.

Todo era esplendoroso y la naturaleza a mi alrededor elevaba un cántico de color, viento, luz. Me sentía como un nuevo Adán en medio del paraíso rústico, respirando aquel aire tan limpio. Estar allí no sólo mejoraba mi salud física y anímica, sino mi alma. Envuelto en ese trocito de creación, me sentía parte de ella, hijo del mismo Creador.

Caminando tranquilo, con aquel aire que reavivaba mis pulmones, la visión se me agudizaba. Es entonces cuando vi a lo lejos a una pareja, en el cruce entre dos caminos, abrazándose con pasión. Me acerqué un poco y vi que no eran jóvenes, sino más bien un matrimonio de mediana edad. Ajenos a mi presencia, su abrazo se prolongó y acabó en un efusivo beso propio de dos enamorados.

Me detuve a cierta distancia, sin atreverme a interrumpir aquel momento, pero sin decidirme a marchar. Me sorprendió ver que no eran dos jovencitos, como los que se inician en la experiencia amorosa, sino dos adultos en su madurez, pero se besaban con la frescura de una joven pareja, expresando su amor en medio de la naturaleza. Era hermoso contemplar la dulzura en sus rostros, la delicadeza en el trato y la sonrisa que hacía brillar sus ojos. No parecía que los años de convivencia hubiera minado o restado alegría e intensidad a su relación. Parecían dos chiquillos experimentando por vez primera el arte del amor. Sus rostros eran maduros, pero el tiempo no había resecado sus almas. El vigor de su abrazo y sus miradas reflejaban un compromiso estable y firme.

No llegué a hablar con ellos, pues no quise seguir en esa dirección y di media vuelta. Pero la escena, en medio de ese bello paisaje, me conmovió. Dos almas se abrazaban bajo la luz del sol de media tarde. En sus rostros se leía la solidez de una vocación al amor para siempre, un compromiso de permanecer unidos más allá del tiempo e incluso de aquel lugar. El tiempo se detuvo para ellos aquella tarde.

Mientras seguía mi camino, fui pensando. Qué importante es para los matrimonios que ese sí que se dieron se renueve continuamente. Que se alimente y hagan crecer ese deseo de una vida plena, vivida con pasión. Ver a esa pareja con tanto vigor, en su madurez, me demostró que ni el tiempo ni el cansancio, ni las dificultades de la convivencia, habían gastado su amor. Juntos, cogidos de la mano, bajo el sol y escuchando el silbido del viento, su corazón latía al unísono y de él fluyó espontáneamente esa efusión de afecto que enlazó sus cuerpos.

El amor de verdad atraviesa las barreras del tiempo, el cansancio y los propios límites humanos; acepta los defectos y los trasciende. Va más allá de la pura psicología y las emociones. Aquella tarde me hizo pensar en tantos matrimonios que, a esa edad, entre los 50 y los 60, ya han agotado su convivencia y se les hace pesado seguir amándose. Se instalan en tedio, sobreviven como pueden, pierden la alegría, resbalan hacia el abismo. De una frialdad afectiva pasan al «ir tirando», como se puede, sin motivación, sin rumbo. Están uno junto al otro, como dos muebles. Viven un destierro en su propio hogar. La incomunicación los aleja el uno del otro y viven entre los conflictos y las treguas. La luz de sus vidas se va apagando y acaban hibernando, con resentimientos acumulados. Dos personas unidas acaban volviéndose extraños que viven bajo el mismo techo. Cada cual «hace su vida».

He tenido la ocasión de hablar con muchas parejas que se encuentran en esta situación de invierno conyugal. La visión de aquel matrimonio, esa tarde luminosa, me hizo pensar que, si se mantiene vivo el deseo de amarse, pese a los tropiezos, todo es posible.

Hacer que cada día todo sea nuevo. Mirar con ojos de sorpresa al otro, más allá de sus defectos. Desear amar y crecer. Basta volver a mirar al otro con mirada limpia y hacer el esfuerzo, como aquella pareja que encontró tiempo para cambiar de escenario, salir, pasear, soñar y buscar nuevos espacios donde el corazón se ensanche, se calme y se sienta bien, sin prisa. Espacios donde caminar dulcemente susurrándose al oído, diciéndose palabras bonitas, agradeciendo.

Hay que saber entrar en la dimensión del amor, cambiar de ritmo y entrar en un ambiente de ternura y diálogo sosegado, lleno de miradas cómplices. Hay que saber mirar más allá de los límites. Os aseguro que se puede mantener el fuego del amor, vivo y ardiente, para que ilumine vuestra vida. Así lo percibí en aquellos dos adultos. No vale escudarse en que «cada uno es como es», y no se puede cambiar al otro. Eso es cierto, pero también puede ser una excusa para rendirse y dejar la lucha. Digo esto con rotundidad: he visto matrimonios en situaciones límite de ruptura. Sólo con que haya unas pocas brasas aún incandescentes, se puede reavivar el amor si se quiere y se ponen los medios.

Vivir al margen del amor, o desamorados, no es parte de nuestra naturaleza. El pez necesita del agua para vivir, y el caballo necesita campo para trotar; el ser humano necesita el amor para poderse desarrollar y ahondar en su propio misterio. Sólo así será feliz.

Ojalá me encuentre muchas más almas por los caminos, que se prometan fidelidad, y que el paso del tiempo no marchite las rosas de su corazón.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Educar desde la libertad


La tarea de educar es un reto cada vez más complejo y difícil. Sobre todo, por la fuerte carga ideológica que hoy permea la educación pública, tanto en el ámbito escolar como universitario. En este sentido, creo que todo está muy mediatizado.

La educación en la familia

Pero ¿qué sucede en otros ámbitos? Hoy quiero reflexionar sobre la educación en el ámbito de la familia. Somos muy críticos con la influencia política en la educación pública, pero somos muy complacientes en la forma de educar a nuestros hijos. Creemos que tal vez estamos haciendo lo mejor por el bien de los niños, pero en el entorno familiar también se hace muy difícil educar. En primer lugar, porque nosotros también fuimos educados de una cierta manera por nuestros padres. A veces el hijo ha vivido la experiencia educativa como una pesada carga que le ha impedido crecer según sus talentos y capacidades. Educar no es clonar al hijo según los criterios de los padres, no es modelar en función de unos ideales. Ser unos buenos padres implica asumir que la educación debe darse desde la libertad y por la libertad. No pueden encerrar al hijo en sus esquemas ideológicos, filosóficos y religiosos. Pero da miedo asumir que tener un hijo no significa moldearlo según sus gustos y sentimientos.

Cada hijo es singular e irrepetible. No se puede hacer un asalto a su legítima libertad. A veces los padres cargan sobre ellos todo el peso de su propia estructura psíquica, familiar, emocional y cultural. Muchos proyectan sobre los niños sus miedos y quisieran protegerlos y apartarlos, sin darse cuenta de que esto impide también su crecimiento natural. Cuando son pequeños es más fácil, porque los niños adoran a sus padres. Pero cuando van creciendo y desarrollan su criterio propio, en el inicio de la adolescencia, cada vez se producirán más choques y desencuentros.

El adolescente puede entrar en un círculo de autoculpa, porque no quiere romper con sus padres, pero su fuerza interior lo empuja lentamente a ir soltando esos vínculos que se forjaron en la infancia. Ya no ve la realidad a través del filtro paterno, sino que empieza a sumergirse en ella desde su propia experiencia y conocimientos. Su intelecto crece a gran velocidad. Está luchando por gestionar sus emociones y su proyección social. Empieza a pensar por sí mismo. Su discurse se aleja del de sus padres. Quiere tomar decisiones, asumiendo los riesgos, y muchas de ellas se alejan de lo que decidirían sus padres. La tensión está servida.

El segundo parto

Los padres se enfrentan al segundo corte del cordón umbilical, quizás aún más doloroso que el del parto. En la entrada a la juventud, con una clara proyección de lo que quieren hacer en el futuro, los padres deben aceptar que el adolescente está iniciando su madurez. Necesita salir de este segundo vientre: su hogar. Se está produciendo otro parto y el hijo necesita vivir por sí mismo. Quiere sentirse libre, dentro del ámbito familiar y fuera. Tiene amigos, le gusta defender sus ideas, quiere sentirse con la capacidad de elección: desde la ropa, el ocio, sus amigos, los estudios… Es un momento crucial para los padres. Si en este segundo proceso de parto intentaran retener al bebé más tiempo, le causarían un enorme daño. Lo ahogarían psicológicamente.

La vida llama a la puerta y necesita un canal abierto para poder nacer. Lo mismo pasa en esta fase vital. No se puede retener más tiempo de la cuenta al joven que grita por tener autonomía, por ser él mismo. Es normal que pida salir de la atmósfera y el ambiente familiar de manera progresiva. Siempre acompañado de manera serena, en su proceso evolutivo hacia la madurez. Pero, como en todo paso, esto implica desatar amarras con la familia. Es una etapa compleja para todos, porque tienen que aprender a relacionarse de una forma nueva. Ya no tanto desde el peso de la dependencia, sino desde la confianza que les permita el reencuentro, el reconocimiento y la propia identidad, de adulto a adulto. El peso familiar no puede condicionar una relación basada en la libertad. Sólo así se restablecerán esos vínculos que tanto han marcado a los hijos y ambos, padres e hijos, podrán ser amigos.

Padres de hijos adultos

Entiendo que para los padres no es fácil. Ser padres de hijos adultos requiere plantearse ciertos paradigmas educativos. Es la única manera de posibilitar una vida familiar serena y pacífica. Para los padres, supone un reinventarse, aprender a estar sin los hijos, respetar sus decisiones, no forzar situaciones con el deseo solapado de manipular… Los padres tienen que preguntarse con valentía y sinceridad si están realmente ayudando a sus hijos para que sean lo que quieren ser o lo están modelando según sus criterios. Incluso tendrían que atreverse a preguntar: Hijo, ¿qué te gustaría hacer?

¿Están dispuestos los padres a renunciar a un cierto formato educativo para ayudar a los hijos a ser lo que quieren ser? Tal vez les da vértigo preguntarse si lo están haciendo bien, si lo hacen por el bien de ellos o en realidad les están inculcando sus modelos y su cosmovisión, modelándolos según sus ideas y hasta según sus propios miedos, con el pretexto de que lo hacen por su bien.

Hemos de tener cuidado con el excesivo proteccionismo. Puede estar basado en el miedo a que aparezca la propia personalidad del niño, y esto implique un cierto desgarro para los padres. Ellos son también hijos del mundo. Ellos elegirán con quién vivir y compartir su vida, al margen de sus padres. Es un momento crucial para aprender a estar en su sitio. La posesividad es contraria a la libertad. Los padres tendrán que depurar intenciones. La maternidad no puede frenar todo el potencial del hijo, aunque esto signifique alejarse del nido. Es ley de vida y algo totalmente natural. Volver a ser padres de otra manera es una gran asignatura que también tendrán que aprobar si quieren ver a sus hijos adultos y felices.

domingo, 6 de septiembre de 2020

¿De ilusión también se vive?


Vivir inmerso en la realidad a veces se hace difícil y pesado. La realidad nos acerca a las cosas tal y como son, no tanto como nosotros quisiéramos. A veces huimos de ella porque nos viene grande y nos supone asumir las consecuencias de estar despiertos y abiertos. Nos cuesta mirar cara a cara la realidad: qué es el mundo y quiénes somos, y preferimos vivir en una burbuja que nos aleja del sufrimiento de la vida.

Aceptar lo que somos y vivimos a veces se hace cuesta arriba. Preferimos pasar de lado ante lo que acontece y, cuando las cosas se vuelven insoportables, no queremos enfrentarnos a ellas, porque esto significa aceptar que no siempre conseguimos lo que queremos. Esa dificultad de culminar nuestros deseos nos hace sufrir y preferimos vivir en una mentira que nos anestesie que en una verdad cruda y real. Entonces buscamos mecanismos para torear la situación.

Es verdad que la realidad nos puede producir incomodidad, sobre todo si vivimos situaciones precarias, tanto económica como social y emocionalmente. Necesitamos analgésicos psicológicos para poder sobrellevar momentos límite. Y tiramos de nuestros recursos mentales para sacar nuestra cabeza de esa inquietante y mala experiencia. Es entonces cuando jugamos a cambiar la realidad, confundiendo la esperanza con la ilusión. Sacamos a relucir esas frases tan populares, «de ilusión también se vive», o «la esperanza nunca muere». Las utilizamos como mecanismos de supervivencia y esto nos ayuda a sobrevivir en condiciones asfixiantes, donde el oxígeno de la realidad nos angustia. Creamos un autoengaño: la mentira se utiliza para alargar situaciones de espera sin sentido, porque la verdad nos supone un choque tan contundente que preferimos evitarlo. «Todo irá bien.» «Las cosas saldrán.» «Mi deseo se hará realidad.»

Vivir en una dulce mentira

Así es como nos acabamos creyendo nuestra propia narrativa, el pensamiento mágico que nos convence de que un día todo acabará bien, tal como queremos. Incluso, ingenuamente, decimos que hay que tener esperanza, en un intento de sobreponernos. Pero cuanto más tiempo pasa, más se alarga la situación y acabamos resignándonos, sin preocuparnos por cambiar las cosas. Esperamos que un día todos nuestros problemas se resolverán, con tan sólo desearlo.

La vida no es un circo, ni un montaje mental. La vida fluye tal y como es, y todo cuanto hacemos tiene consecuencias, algunas muy duras. No es que no se puedan resolver, pero lo que está claro es que la solución no será mentirse o dejar que otros nos mientan.

Si no hacemos algo nuevo, ¿cómo vamos a salir del atasco?

A veces es muy doloroso enfrentarse con una realidad agresiva y hostil. Pero es mejor tener la valentía de afrontarla cara a cara.

Los manipuladores

La realidad tiene que ver con la verdad, la honradez y la transparencia. La ética ha de marcar todas las relaciones humanas; todo lo que se aleje de esto es mentira, autoengaño y abuso de los demás. Huir de lo que es justo y honrado no es la solución. Mucha gente prefiere vivir creyendo que todo saldrá bien algún día, y se mete en su burbuja virtual, a merced de la manipulación psicológica de quienes alimentan su ilusión mientras siguen agrediéndoles, mintiéndoles o estafándoles.

Estas personas manipuladoras saben muy bien qué hacer. Con su juego de falsas promesas y engaños impiden que la víctima despierte de su letargo y reducen su capacidad de reacción y reflexión. La incapacitan para salir a luchar con todas sus fuerzas por su vida y sus metas.

Salir de la trampa

Necesitará tiempo y firmeza para salir de ese globo envolvente, rompiendo el círculo de mentiras y pretextos, saliendo de ese baile donde el ritmo lo marca otro. Con actitud resolutiva, se vuelve a marcar su meta y regresa a la realidad. De la ilusión pasa al realismo, de la magia a lo tangible, de una falsa esperanza a la autenticidad; del miedo a la valentía, de la opacidad a la transparencia. Sale de la mentira para abrazar la verdad, deja atrás la injusticia para buscar la justicia.

La verdad a veces puede ser muy dura y necesitamos tenacidad para afrontarla. Pero tiene más sentido lo real que lo irreal, lo que ves que lo que supones. Todo esto implica un gran esfuerzo, porque las ilusiones son adictivas: te hacen creer que, mientras lo quieras y lo sueñes, lo alcanzarás algún día. Es como la imagen de la zanahoria y el burro: corres sin alcanzar nunca tu objetivo. Vives en un permanente engaño y para salir se necesita coraje.

La única solución para resolver estas situaciones es tener el valor de mirar con firmeza la realidad tal como es y empezar a deshilar la textura de tantos engaños sutiles que te mantenían atrapado. Si eres capaz de hacerlo, el montaje caerá y te liberarás de esa dulce pastilla que te ha mantenido arrodillado. Será entonces cuando podrás salir y te darás cuenta de que vivías en un mundo irreal y virtual.

Tu vida verá un nuevo amanecer y serás una persona enraizada en ti misma y en la verdad.

domingo, 30 de agosto de 2020

Caminar envuelto en el silencio


He estado unos días descansando en la montaña. He podido meditar, planear con serenidad el nuevo curso y reconectar con mi yo más profundo en un entorno incomparable, el Montseny, rodeado de cumbres y de bosques, disfrutando lentamente, a sorbos, ese espacio de cielo.

Una terapia necesaria

Salir, apartarse, retirarse e ir en busca del silencio tendría que ser una terapia que todos pudiéramos recibir antes de iniciar la gran batalla de vuelta a nuestros quehaceres. Si puede ser, con amigos, o solos. Pero sobre todo que el entorno sea lo más natural posible, en espacios abiertos, cerca de las montañas que se alzan hacia el infinito, donde respirar el susurro del viento y dejarse acariciar por la brisa fresca al nacer el día, o contemplar la infinitud del cosmos cuando cae la noche y se encienden las estrellas.

Aprender a mirar y remirar lo que hay fuera de ti y lo que hay dentro, dialogar con la naturaleza, con Dios, y contigo mismo, aprender a poner distancia en el devenir diario, desde una actitud realista de saber que somos limitados, pero tenemos un corazón muy grande y, sobre todo, con ganas de abrirnos a los retos que nos depara el nuevo curso. Y todo esto, con el deseo de crecer y dar lo mejor de nosotros, poniendo al servicio de los demás los talentos que tenemos.

El paseo silencioso en medio de este hábitat natural me ayuda a penetrar en la realidad con una profundidad inusual. Es como si el cerebro, al recibir más oxígeno, activara sus conexiones para adquirir una lucidez más amplia. Caminar rezando es una muy buena manera de conectar el corazón y la mente, haciendo que fluyan las ideas y el pensamiento. La serenidad da una mayor claridad en la visión y la realidad adquiere muchos matices, ensanchándose la perspectiva de la mente. Esto, sin nunca perder la objetividad del momento y del lugar: bosquejando el paisaje surge en mí una profunda admiración. La belleza hace más honda la meditación, añadiéndole claridad existencial y espiritual.

Fecundidad del silencio

Dios, la naturaleza y tú. Esta trinidad hace fecundos los momentos de intimidad, envueltos en un silencio que no es ausencia de ruido, sino algo mucho más potente que el ruido.

El ruido te aleja de ti mismo y de los demás, pero el silencio oracional te ayuda a ir más allá de los propios límites psicológicos. Aprendes a saber estar sin hacer nada de manera “productiva”.

Hoy, a la gente le cuesta no hacer nada, callar, permanecer sin ruido. Siente vértigo ante la soledad y el silencio. ¡Y es urgente que lo comprenda!

Este binomio, soledad y silencio, es fundamental para reenfocar la existencia. Aprenderemos a estar bien con los demás cuando aprendamos a estar solos, y aprenderemos a estar en medio del bullicio cuando sepamos estar en silencio. Por eso, cada verano necesito envolverme de naturaleza para revitalizarme humana y espiritualmente, para nunca perder el rumbo y saber dónde estoy y a dónde voy. Es muy importante para no desviarme del horizonte que me he marcado. De esta manera, mi alma se tonifica, y gana energía y fuerza para el combate diario. Estar envuelto de silencio y meditar en un lugar hermoso y apartado me ayuda a prepararme, para no desfallecer y saber reposar en Dios. Es la mejor garantía de una gran victoria.

La clave es apartarse un tiempo de este mundo para entrar en el mundo de Dios y dejar que él vaya sanando cada celulita de tu alma. La paz, la alegría y la lucidez son los rayos que iluminarán tu existencia.

domingo, 16 de agosto de 2020

La luna de mi infancia

Desde que era pequeño he sentido una profunda fascinación por la luna. Recuerdo, muchos días, estar atento al atardecer, cuando la luna aparecía, primero tímidamente, y a medida que oscurecía, cada vez con más brillo. La luna rompía con fuerza la oscuridad de la noche, convirtiéndose en un faro luminoso. Tenía sólo ocho años y me asombraba tanta belleza.

Me quedaba embobado contemplando el cielo durante largo tiempo. Esa esfera luminosa me hipnotizaba. Me gustaba recrearme admirando el cuerpo celeste suspendido en el firmamento y me preguntaba cómo podía sostenerse en medio del universo y su ejército de estrellas. Con mi visión de niño, alguna noche podía vislumbrar los cráteres y en mi imaginación soñaba, algún día, volar hacia ella. Había días que la luna no aparecía, o salía por otro lado, pero siempre la buscaba. En las noches de verano, a veces emergía en el cielo oscuro como una reina con su traje plateado. El brillo de su rostro parecía querer penetrar por las ventanas abiertas de mi habitación. Yaciendo en la cama, su luz caía sobre mí, y yo viajaba hacia ella en un trayecto ficticio que me hacía sentir un profundo bienestar. Envuelto en su luz clara, saltaba por su superficie, jugando en medio de la inmensidad del universo. Recuerdo que alguna noche me dormía mirándola, y me sentía como custodiado por ella. Cuando despertaba, la luna ya no estaba y me apresuraba a levantarme para mirar por la ventana, a ver si aún la veía. Pero a la noche siguiente ella volvía, fiel a su cita. Aparecía resplandeciente y yo sentía algo muy hondo dentro de mí. La hermana luna se asomaba con su semblante a mi dormitorio e iniciaba un diálogo silencioso y secreto con ella. «Ven otra vez», le decía antes de dormirme. Y nuestra amistad crecía con el paso de los días. Esta complicidad me hacía sentir fuera del tiempo. Cuántas noches de romance pasamos juntos. Allí estábamos los dos, danzando en un baile invisible. A veces alargaba mi mano para intentar tocarla con la punta de los dedos. Nunca llegaba, pero sus rayos plateados sí llegaban hasta mí.

Fue tan honda esta experiencia que he olvidado muchas cosas de mi infancia, pero este recuerdo jamás se ha borrado de mi memoria. Ahora, siendo adulto, cuando contemplo la luna, sigo sintiendo la misma emoción que tanta vida dio a mi mente.

Estos días, que he estado en La Noguera, donde las noches son oscuras y estrelladas, sigo maravillándome ante la luna. Ya no sueño ni alargo mis dedos hacia ella, pero sigue tocando mi corazón y me sobrecoge su belleza. Lejos de la contaminación lumínica, me gusta contemplar con nitidez a esta amiga de la infancia, que siempre me acompañó y que aún me conmueve cuando la veo.

Hoy, la luna sigue siendo inspiración para muchos de mis escritos. Algunos los escribo bajo su luz. Nunca he olvidado su música silenciosa, que me susurra al oído.

Doy gracias a Dios por haber puesto en la noche esta hermosa luminaria, que simbólicamente ilumina la noche oscura del alma que muchos experimentamos alguna vez en la existencia. En las noches oscuras la tiniebla nos desorienta y nos hace andar temerosos y perdidos. La luna es faro en el firmamento y símbolo de María, esa luz de Dios que nos acompaña en nuestra vida para que nunca nos sintamos totalmente abandonados. Con ella, nuestras noches no son totalmente oscuras. Ese faro que ilumina nuestro caminar en la noche nos ayuda a seguir adelante.

domingo, 9 de agosto de 2020

Alzheimer espiritual

A lo largo de mi actividad pastoral he ido observando, no sólo un alejamiento de los valores de la fe, que también, sino, sobre todo, una profunda desubicación de los cristianos de hoy. En medio de un mundo convulso y confuso, en lo ideológico y en lo espiritual, muchas personas han perdido sus referencias. No me refiero a aquellos que se distancian de la Iglesia y pierden la fe, sino a aquellos que, aunque siguen creyendo y participan en la misa, han convertido este acto supremo y sagrado en una rutina que siguen por inercia y por obligación, y esto les hace perder el valor genuino de su fe. Como se suele decir, están de «cuerpo presente», pero su cerebro espiritual está plano, sin actividad alguna.

¿Qué pasa en las celebraciones? Se hacen pesadas, largas, y la gente espera que el sacerdote acabe cuanto antes. A veces se hace insoportable estar ahí delante sin entender nada. Si el cura alarga la ceremonia, la incomodidad crece. Cuando uno se siente bien, desearía alargar más el tiempo, vibraría con todo lo que oye y ve, saborearía los bienes espirituales que dan sentido a su vida y se estremecería ante algo tan bello, que responde a su anhelo de crecimiento espiritual. Hemos caído en una rutina pesada, que nos cansa por su repetición.

Otras veces, la misa nos sirve para desconectar. Ante los problemas y las experiencias dolorosas, las celebraciones son un analgésico que nos hace olvidar las dificultades del día a día. Vamos a misa para olvidarnos, durante un rato, de nuestros problemas, tanto internos como de nuestro entorno. Así convertimos la eucaristía en una pastilla balsámica que nos aleja de la realidad. Es una terapia tranquilizante, pero, en el fondo, no produce ningún efecto porque la sensación al final es la misma. Esos tres cuartos de hora se hacen interminables. Lo que al principio pudo ser una huida de los problemas y la autoexigencia espiritual se convierte poco a poco en algo no tan deseado. Aislados en medio de tanta gente, la mente no para de divagar, nos despistamos y desconectamos. Aquí es cuando podríamos hablar de Alzheimer espiritual.

Alzheimer es desconexión

¿Qué es el Alzheimer? Es una forma de deterioro cerebral cuyo efecto es la desconexión. Falta el sentido de la ubicación, la persona se desorienta, se pierde, todo se le olvida, entra en un limbo y empieza a no conocer; los rostros se desdibujan y pierde toda referencia espacial y temporal. Confunde nombres y lugares. El enfermo de Alzheimer acaba encontrándose desubicado en medio del mundo. Esta temible enfermedad, que va consumiendo el cerebro, acentúa la desconexión de la persona hasta hacerle perder la identidad: no sabe quién es ni qué hace. Una auténtica tragedia.

Las causas del Alzheimer son muchas y aún se están investigando, pero uno de los factores que lo provocan es la falta de oxígeno y la mala circulación de la sangre, especialmente en el cerebro. También influyen mucho el estrés, una alimentación inadecuada, la inflamación interna del cuerpo, por fármacos u otros motivos, el desgaste físico y emocional, la toxicidad en la comida y en el ambiente, el sedentarismo y la falta de ejercicio.

Estas manifestaciones se producen también en el plano espiritual.

Veo en muchos fieles una desconexión progresiva de la realidad de la Iglesia. Desconectan de lo nuclear de la fe, que requiere compromiso e implicación. Todo empieza con la falta de empatía, diálogo, comunicación. El que se sienta al lado es un desconocido. Dejan de saludar al que es hermano de la fe y que comparte una misma experiencia religiosa. La distancia se hace cada vez mayor, no hay tensión, sino completa dejación. La persona, dormida o anestesiada, está presente sin que vibre su corazón. Se pierde en su laberinto interior. Deja de ser consciente de dónde está, con quién está y por qué acude a las celebraciones. El mismo Cristo se desdibuja en su mente y es entonces cuando va de camino a un limbo espiritual. La soledad aparece junto con la pérdida de identidad, porque cuando se pierden las referencias fundamentales uno se pierde a sí mismo. La identidad cristiana se diluye porque se ha diluido la identidad comunitaria. Y la persona se convierte en un islote perdido, como un náufrago en los mares de su existencia. Poco a poco, se va alejando del barco, que es la Iglesia, de la comunidad que le acompaña y, en definitiva, de aquel que guía el timón: Jesús.

¿Cuáles pueden ser las causas de este Alzheimer espiritual?

Por qué desconectamos

Al igual que el físico, pueden contribuir a esta desconexión varios factores. El primero es el estrés, también el estrés espiritual: no saber parar, no detenerse a rezar, a pensar, a abandonarse en Dios. Otro riesgo es la falta de oración, de silencio y descanso. También hay malos alimentos para el alma: nos llenamos de basura espiritual y mental con los medios, la televisión, las críticas y las maledicencias, los pensamientos reiterados y negativos. Los prejuicios y las ideologías que nos dividen y enfrentan también nos van envenenando. Toda esta toxicidad mental y anímica nos acaba enfermando y agota nuestra energía espiritual.

También podemos sufrir una inflamación interior: nuestras guerras internas, tensiones y conflictos, con nosotros mismos y con nuestra realidad, situaciones irreconciliables que no acabamos de resolver, falta de aceptación de los demás y de las cosas como son…

El desgaste espiritual puede producirse por falta de abandono en Dios, un exceso de voluntarismo, de activismo, de confiar sólo en nuestras propias fuerzas olvidando que todo cuanto hacemos está en manos de Dios.

Finalmente, incurrimos en un sedentarismo espiritual: nos apalancamos, nos volvemos perezosos a la hora de amar y servir. Nos instalamos en una religiosidad cómoda y rutinaria, casi automática, que nos apacigua y encaja en nuestra agenda, pero no nos despierta ni nos desinstala. Cumplimos, y basta. La inmovilidad física anquilosa el cuerpo y el cerebro, pero la inercia espiritual también puede matar el alma. En el mundo espiritual, como en el material, el movimiento es vida. Si no avanzas, retrocedes o mueres.

¿Cuál sería la medicina?

El mejor antídoto

La desconexión revela una falta de pasión. Necesitamos volver a enamorarnos, de Cristo, de la Iglesia, de nuestra comunidad. Quien vibra y ama nunca desconecta, ni en lo físico ni en lo espiritual. La pasión nos une, nos hermana, nos regenera y nos da vida. Y Jesús nos llamó a vivir así, ardiendo y entregándonos, como él. Jesús no quiere una Iglesia de muertos vivientes, ni de fieles dormidos.

Estamos surcando nuevos horizontes, ¡seamos conscientes de que vamos hacia el Reino de los cielos! Una parroquia es un pequeño barco que avanza en su misión: necesita permanecer atenta, despierta, velando, vibrando todos con el mismo corazón de Cristo. Recuperar el sentido de nuestra vocación cristiana es el mejor antídoto para el Alzheimer espiritual.

domingo, 2 de agosto de 2020

Claridad mental, dulzura de corazón

Mentes prodigiosas


Mi inquietud por el saber es insaciable y es un anhelo que ha marcado toda mi vida. Aprender, conocer, investigar, sobre todo en el campo del pensamiento y del alma humana. Siempre me he preguntado qué hay detrás de todo y, en especial, quién mueve la realidad del mundo y del hombre. Quedo maravillado ante los descubrimientos que aportan novedad, tanto en las ciencias antropológicas como en la biología, la medicina y la física. Me asombra la capacidad humana de penetrar en todo lo que le envuelve. Las dudas y los interrogantes son consubstanciales al aprendizaje. De no ser así, las ciencias, las relaciones, las preguntas por el más allá, se estancarían y no creceríamos como seres humanos.

En el mundo de las ciencias y de la cultura han sobresalido mentes muy privilegiadas y, gracias a ellas, el mundo evoluciona. La historia de la humanidad está llena de grandes gestas, desde la invención de la escritura, hasta el descubrimiento del ADN, el lenguaje de la vida; desde la exploración de los astros hasta los primeros viajes espaciales. 

Pero, siendo esto muy loable y crucial para el progreso material de la humanidad, hay otro tipo de conocimiento que también es necesario para que podamos crecer como seres humanos.

La sabiduría del corazón


Además de los cerebros brillantes que han marcado la historia de la ciencia y la cultura, ha habido una infinidad de personas anónimas que quizás no sobresalían tanto desde un punto de vista científico o intelectual, pero su aportación a la humanidad ha sido esencial. Son todos aquellos que, desde la intuición, desde ese olfato que trasciende la propia humildad, han sabido unir de manera armónica la mente y el corazón.

La potencia del saber está limitada, o incluso se puede desviar. Porque la mente es capaz de grandes inventos, pero también de crear artilugios monstruosos que, en vez de ayudarnos a caminar, han causado un enorme daño a la humanidad. Cuando las ciencias no se conjugan con la ética, cuando la razón se divorcia del corazón, esas mentes maravillosas pueden engendrar bombas atómicas que destruyan parte de nuestro planeta. A la mente hay que ponerle límites y esto lo marca la ética y el corazón.

El saber conceptual no es suficiente. Será necesario también el saber de las pequeñas cosas, el arte de mantener unas relaciones humanas equilibradas y maduras, la humildad, la cortesía y la amabilidad, la generosidad y, sobre todo, la ciencia de los afectos.

Si el ser humano vive en un ambiente hostil, su inteligencia emocional se bloqueará y lo incapacitará, no sólo para pensar, sino para relacionarse. Lo peor: le impedirá discernir y amar.

¿Qué hace que el mundo florezca? Ese impulso vocacional por la vida. Esto significa apertura hacia los demás, fomentar la solidaridad y la cooperación, el diálogo con el que es diferente, y una renuncia a nuestro yo idólatra. Creemos que, porque sabemos algo, somos mejores y no se trata de saber más, sino de amar más y escuchar más.

El inteligente humilde se convierte en un sabio que ha sabido incorporar a su mente la potencia creativa e intuitiva de su corazón. Cuando la ciencia incorpore la sabiduría del corazón, se hará un bien real a la humanidad. Pero todo lo que no se realice desde la ética, la bondad, la ternura y el amor, puede ser en alguna medida un daño potencial.

Necesitamos la dulzura


Aprendamos con sencillez a observar la naturaleza. Aprendamos de la belleza de la amapola, que viste de rojo un trigal, y que tan sólo dura dos o tres días, pues sus frágiles pétalos son de una sensibilidad extrema. Tan sólo que le dé el viento, o que la arranques, se marchitará en seguida. Pero no por ser tan sencilla pierde su valor. Lo que ensancha mi corazón no es el análisis racional del hecho, sino el impacto estético que me produce ver las flores, o aspirar su aroma. Lo que me conmueve no es el conocimiento intelectual, sino la emoción estética que me produce.

En el plano humano esto tiene sus consecuencias. Las relaciones humanas crecen cuando nos apeamos de la soberbia intelectual. Con nuestra mente analítica diseccionamos al otro, lo criticamos y hasta queremos amputarlo, sin que nos importe el daño que le podamos causar. La mente, en este caso, se vuelve obtusa. Somos capaces de decir y hacer lo peor, y a veces dejamos que nuestro corazón bombee toda la rabia, los celos y la envidia, en nombre de nuestra claridad mental. Cuando a la mente se le va el brillo, la oscuridad del egoísmo cabalgará en nuestra vida.

Pero cuando somos capaces de ver al otro más allá de sus defectos, y descubrimos su potencial humano de bondad, lo trataremos con delicadeza, como si fuera un pétalo de amapola, con dulzura de corazón.

La dulzura ha de formar parte de nuestro ser. Sin ella tenderemos a reventarlo todo, especialmente lo que no nos gusta, o la persona que no nos cae bien. Seremos como aquellos que arrojaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, esperando exterminar a los supuestos enemigos, contaminando el aire con el gas del odio. Una explosión de resentimiento asfixia el alma. Cuando matamos la fama de una persona le estamos quitando la vida.

Sin amor, las ciencias no avanzarán hacia el bien. Con amor, el saber producirá gozo y alegría, porque estaremos contribuyendo a todo aquello que favorece el crecimiento y la expansión del ser humano, centro de toda ciencia.