Hemos pasado el solsticio de verano y nos adentramos de lleno en el tiempo estival. La luz del sol se alza e ilumina con fuerza el cielo de Barcelona. Mis paseos matinales siguen siendo una auténtica terapia: la brisa limpia el aire y me regalo una caminata serena hasta la playa, donde, de buena mañana, las olas juguetean en la orilla. El agua está fresca; sumerjo los pies y disfruto de esa caricia fría que me revitaliza, mientras alzo la mirada a un cielo que cambia de color sobre el horizonte, revelándome, un día más, la belleza del Creador.
Sin prisa, respiro contemplando este regalo y doy gracias a
Dios por una nueva aventura cotidiana.
Al regresar, a medio camino, observo a un hombre al que
suelo ver cada día. Tendrá unos setenta años: cabello canoso, constitución
recia. Avanza con paso ágil, incluso acelerado, hacia el Paseo Marítimo. Fija
la mirada al frente, sin distraerse en nada. Pero hay algo que me desconcierta:
camina cogiendo unas muletas.
¿Por qué —me pregunto—, si avanza con tal soltura y rapidez?
Las muletas suelen acompañar una caída, una lesión, un problema en las
articulaciones o en los músculos que impide moverse con normalidad. Pero no
parece ser este el caso. ¿Qué le ocurre para cargar con ellas sin una necesidad
aparente?
Tal vez sufrió una lesión y, aunque ya está recuperado, le
ha quedado una huella: una inseguridad, una memoria del dolor. No le cuesta
caminar; se mueve con soltura y a buen ritmo. Entonces, ¿cuál puede ser el motivo?
Haciendo una lectura más honda, casi simbólica, este hombre
fuerte que camina con muletas se me presenta como una metáfora. Todos
arrastramos inseguridades y miedos que dificultan nuestro avance; o, al
contrario, huimos de algo y necesitamos correr… aunque sea con muletas.
Vivimos bajo una tensión constante: problemas personales,
familiares, laborales, económicos. Si extrapolo la imagen de este hombre a
nuestra sociedad, veo en él el reflejo de muchos: personas atadas por miedos e
incertidumbres que, al mismo tiempo, se exigen correr para alcanzar sus metas.
Es como vivir frenando y acelerando a la vez. Y esa contradicción genera una
profunda fricción interior.
Las muletas pueden ser necesarias en un momento de
fragilidad. Pero, cuando ya no lo son, se convierten en un lastre, en un peso
añadido a la carga diaria. Nos dan una falsa seguridad, cuando en realidad
aumentan el desgaste. ¿No seremos, acaso, caminantes sanos que arrastran
muletas mentales y emocionales? ¿Quién nos hizo creer que sin ellas no
podríamos avanzar?
Y, por otra parte, ¿es necesario correr? ¿No caminaríamos
más ligeros sin ellas?
Quizá huimos de nuestros propios límites mientras,
paradójicamente, permanecemos atrapados en ellos.
Es posible que ese hombre que avanza con agilidad apoyado en
sus muletas responda más a una sensación de fragilidad que a una limitación
real. Su cuerpo parece funcionar con normalidad; no hay gesto de dolor. Tal vez
la herida no está en sus piernas, sino en su interior. Puede que necesite
tiempo para aceptar lo vivido, o recorrer un proceso que le permita soltar
aquello que ya no le sostiene, sino que le condiciona.
Y nosotros, aunque nos sintamos ágiles y fuertes, ¿no
recurrimos también a muletas emocionales para sostenernos? Cuando la vida nos
resulta demasiado dura, buscamos apoyos que alivien la angustia. A veces son
necesarios; otras, nos encadenan.
La opinión ajena pesa mucho en una sociedad que etiqueta y
juzga. El “qué dirán” condiciona e hipoteca decisiones. Vivir pendientes de esa
mirada externa, sacrificando lo que uno es, genera tensiones que, en ocasiones,
terminan somatizándose en el cuerpo. Cuando el estrés emocional alcanza el
límite, el sistema se resiente y la fragilidad se hace visible.
¿Dónde está la clave?
No necesitamos ser lo que no somos ni aparentar ser mejores.
A menudo nos miramos con una medida distorsionada, creyendo que debemos cumplir
expectativas ajenas para ser dignos de consideración.
Aceptarnos tal como somos es ya un camino de sanación. Nos
reconcilia con nosotros mismos. Porque, por el simple hecho de existir,
poseemos una dignidad que trasciende cualquier circunstancia.
Mirar más allá de nosotros mismos, acoger la realidad tal
como es, descubrir un sentido profundo —una orientación trascendente— da unidad
a la vida.
En el proceso de sanación pueden ser necesarias las muletas.
Pero no deben generar dependencia. Llega un momento en que es preciso
soltarlas.
La grandeza del ser humano supera sus límites físicos: el
cuerpo puede ser frágil, pero el alma es inmensa. Y la fuerza del amor
—misteriosa y real— puede despertar en nosotros una capacidad de regeneración
insospechada. Del mismo modo, el miedo, la comodidad o la inseguridad pueden
debilitarnos hasta paralizar todo nuestro ser.
Somos nadadores de la vida: cuando dejamos de tener miedo, vamos más allá de las propias fuerzas y surcamos el mar de la existencia sin temor a ahogarnos. Nos lanzamos a vivir sin muletas.

.jpeg)

.png)


