domingo, 22 de febrero de 2026

Vivir en la ficción, regresar a la verdad


Mi inquietud por conocer la naturaleza humana me lleva a descubrir algunos aspectos paradójicos de las personas. Hay quienes, al afrontar situaciones difíciles o dolorosas en su vida, buscan subterfugios para huir de su propia realidad. A veces, esta huida los conduce incluso a renunciar a sus principios morales.

La mentira se convierte entonces en un recurso para escapar de una realidad demasiado dura. Los seres humanos somos contradictorios y cambiantes, pero no queremos ofrecer una mala imagen ante los demás; por eso, algunas personas deciden cubrir sus fallos o limitaciones con una apariencia falsa. No se trata sólo de parecer mejores, sino de construir un relato convincente o, al menos, interesante y positivo.

Así, se convierten en consumados mitómanos. No logran contener sus propias fabulaciones, porque mirarse al espejo y afrontar sus profundas lagunas los aterroriza. La mentira actúa como un mecanismo de protección frente a uno mismo y frente a los demás.

Cuanto más se miente, más se cree el propio relato, hasta que la mentira termina formando parte de la identidad. La realidad objetiva se confunde entonces con la ficción construida.

Quien actúa así quizá logre enredar a otros, pero en el fondo sólo se engaña a sí mismo. La mente y el corazón humanos conviven mal con la mentira, salvo cuando se han endurecido profundamente. Poco a poco aparecen signos de que algo no funciona: insomnio, depresión, ansiedad, desconfianza. La persona que se desconecta de sí misma entra en una fase de rechazo y amargura difícil de soportar. Se vuelve insegura, necesita protegerse constantemente y su lenguaje se vuelve ambiguo, impreciso.

Algunos se encierran en un silencio huraño. Otros, en cambio, se muestran sociables, empatizan con los demás y encuentran en las relaciones interpersonales un balón de oxígeno. Pero después regresan a la fabulación. Viven instalados en una ilusión inalcanzable y actúan según lo que esperan o desean. Mienten para protegerse y terminan viviendo de promesas.

Entre la mitomanía y la fabulación, quien huye de sí mismo se fabrica un mundo donde su propio relato actúa como un sedante. Sin embargo, la convivencia con los demás se deteriora, porque resulta imposible establecer relaciones auténticas desde la ficción. Buscará a los otros por interés: para convertirlos en cómplices de sus fantasías o en audiencia de sus mitos.

Cuando cae la máscara

La persona acaba convirtiéndose en personaje. Y un día la máscara cae: su conducta se vuelve evidente y los demás dejan de creer en ella.

Enfrentarse a los propios demonios es temible, pero vivir fingiendo o huyendo resulta agotador. Los días se suceden sin sentido, las noches se vuelven interminables y la mirada se pierde en un vacío sin horizonte. Una fantasía que nunca llega transforma la vida en una espera larga e insoportable. Con el tiempo, esta tensión afecta incluso a las capacidades cognitivas. El deterioro neuronal resulta devastador, pues no sólo impide seguir fabulando, sino también mantener una comunicación sana con los demás.

Existe además otro factor que agrava la situación. Cuando los sueños tan esperados no se cumplen, aparece el victimismo. La persona acepta, en cierto modo, que no alcanzará lo que desea, pero necesita explicarse: «Soy así» o «estoy así por culpa de los demás». El otro se convierte en enemigo y responsable de la propia situación. Se percibe a sí misma como una víctima inocente. Sin embargo, quien piensa así es incapaz de reconocer que necesita ayuda. Y si llega a pedirla, nunca la recibe como espera. Ve el mundo como una autopista donde todos circulan en dirección contraria, sin advertir que es él quien avanza contra el sentido.

Muchas de estas personas terminan llevando una vida desordenada: incapaces de sostener un horario, alteran sus ciclos vitales; permanecen despiertas por la noche, duermen durante el día y comen sin medida ni ritmo.

Si alguien logra hacerles ver su realidad, aunque sólo sea por un instante, se retiran enseguida, cegadas e incapaces de asimilar lo que descubren. El destello de la verdad las hiere; el oxígeno de la realidad les resulta doloroso.

El único antídoto que conozco es la humildad: abrazar y aceptar lo que uno es, con sus potencialidades y sus límites, con su historia y sus aspiraciones; mirar la propia situación cara a cara, sin disfraces ni escondites. Desde ahí puede iniciarse un camino de sanación que libere de la mentira y la fabulación.

¿Cómo resolver esta situación?

La humildad es el fundamento: reconocer los propios límites constituye el primer paso. Alcanzar esta conciencia ensancha la mirada.

Es necesario enfrentarse a los propios miedos, al pasado, a la infancia. Tal vez una experiencia negativa, que se intenta olvidar, esté condicionando silenciosamente la vida. Todos estamos llenos de cicatrices y no siempre somos conscientes de cómo ciertas vivencias nos empujan a huir hacia adelante.

La verdadera osadía consiste entonces en detenerse, sin miedo al silencio, y reconocer la herencia interior que nos arrastra hacia aquello que no deseamos.

Un paso más es reconciliarse con uno mismo: aceptar que las propias grietas sean visibles y que los demás puedan percibirlas. Cuando uno logra abrazarse con dulzura y comprensión, comienza un camino de retorno. ¿Hacia dónde? Hacia aquello a lo que está llamado desde su propia naturaleza, desde el fondo de su ser.

Desde ahí se descubre el propio potencial y se deja de vivir sumergido en fabulaciones que alejan de la esencia humana. Al encontrarse consigo mismo y reconocer también sus fortalezas —que siempre existen—, ya no necesita recurrir a la mentira ni a la ficción. Puede desprenderse de ese ropaje falso que no le pertenece y que sólo oprime y hace sufrir.

El ser humano es un alma libre llamada a dar lo mejor de sí misma. En ello consiste la plenitud: encontrar un propósito vital que permita al yo crecer de forma armoniosa. Entonces se descubre que no es necesario ser «otro» para vivir con serenidad y gratitud, mostrándose tal como se es.

Eso es la pobreza y la desnudez espiritual: ser uno mismo, sin disfraces ni coberturas. Es ahí donde comienza la regeneración del ser más íntimo y auténtico. Sólo así puede llegar la verdadera felicidad.

sábado, 24 de enero de 2026

Encontrando sentido al dolor

Hay momentos en los que la vida se vuelve frágil y todo queda suspendido en una pregunta. Cuando el cuerpo se debilita y el futuro se vuelve incierto, algo más hondo puede abrirse paso: la experiencia de ser sostenidos, incluso en medio del miedo. Este texto nace de uno de esos momentos límite, donde el dolor, el amor y la fe se entrelazan silenciosamente.


Durante los meses que he estado en el hospital me he enfrentado a una situación que nunca imaginé vivir. En medio de una profunda incerteza, fui consciente de que la vida resbalaba entre mis manos. Entre el miedo, la tensión y una sensación de abandono, experimenté la indigencia más honda: saber que todo podía desvanecerse en cualquier momento, en cuanto se apagara mi reloj biológico.

Una y otra vez me preguntaba por qué. Tenía que haber un sentido. Entre la rebeldía y el desasosiego fue abriéndose paso en mí la convicción de que todo aquello tenía una explicación, no solo médica, sino existencial. Algo me susurraba al oído que, fuera cual fuera el desenlace, estaba siendo sostenido misteriosamente, sin saber cómo. Y eso me dio paz. En medio de la agitación interior, y en un momento de extrema debilidad, abracé mi situación, incluso la posibilidad de que Él me llevara.

Pero entonces brotó de mi interior una fuerza desconocida. Mientras luchaba por respirar, conectado al tubo de oxígeno, me dije a mí mismo que quería vivir. Tenía que salir de aquello para culminar mi misión.

Una hora a contrarreloj se convirtió en una victoria.

Más tarde pensé: cuántas personas se encuentran en situaciones límite como esta. Muchas las superan, otras no. Yo pude salir del abismo.


El gran aprendizaje

No toda experiencia de dolor humano tiene por qué ser trágica o negativa. Podemos hacer una lectura reflexiva de todo lo que nos ocurre. Si nos quedamos en el impacto inmediato, podemos caer en un pesimismo que nos impide ver con claridad el alcance real de la situación.

El proceso de la enfermedad atraviesa distintas etapas. Comienza con el desconcierto ante lo inesperado, que conduce al miedo. A medida que uno va elaborando mental y emocionalmente la evolución de la enfermedad, aparecen momentos de cierta esperanza. La incertidumbre se mezcla entonces con la impresión de que la vida sigue adelante, de que vamos a curarnos. Esto suele suceder cuando comienza una lenta y progresiva mejoría. Cada pequeño cambio, cada nueva sensación, puede animarnos.

Con serenidad, las cosas se ven de otro modo, aunque los análisis y el diagnóstico no indiquen todavía una mejora sustancial. Lo importante es que se produzca un reset en la mente del paciente. Cuando uno se abandona y aprende a tomar distancia, contemplando la realidad con calma, una certeza genuina empieza a aflorar: tenemos la capacidad de autorregenerarnos. Incluso pueden darse mejoras inesperadas que los médicos no hayan contemplado o que las pruebas aún no detecten.

En el momento en que se divisa una pequeña luz en el horizonte, por insignificante que parezca, la disposición interior del enfermo cambia. Aunque la sombra del miedo vaya y venga, entre la tormenta y el día soleado aprende a vivir con serenidad, aceptando su realidad y los acontecimientos tal como han sucedido.

Este es un punto de partida para comprender que todo puede contribuir al crecimiento humano y espiritual. Todo suma, nada resta. Pero esto solo se percibe cuando uno aprende a confiar. Aunque la muerte se vea cercana, no todo termina con ella. Es más, diría que entonces comienza un renacer.

Cuando se da este paso, el miedo se va alejando. Ya no importa tanto tener certezas; entras en un hondo proceso espiritual. El destino no es el abismo, sino el reencuentro: una experiencia de gracia, una fusión con el Creador, Aquel que es origen de la vida y meta del camino.

Amar desde la fragilidad

Muchos habéis leído el libro Renacer en la quietud. Solo desde el abandono y la aceptación, en la quietud, se puede renacer. Incluso en el abismo, aunque no regreses a la vida biológica, Dios se ocupará de lanzarte desde el precipicio hacia la eternidad. Porque eres criatura suya, hijo amado, y no te dejará suspendido en el vacío. La fuerza de su amor te impulsará hacia el cielo.

Por eso, quienes sufrís alguna enfermedad, si sois cristianos, abandonaos en sus manos. Tened la certeza de que no os dejará caer.

Paz, serenidad, abandono. No os inquietéis: todo está en manos de Dios. Somos amados por Él, y ¿qué mayor felicidad que saber que, cuando nos toque partir, Él estará esperando con los brazos abiertos? En los procesos largos de visitas, pruebas, terapias y toma de fármacos, es comprensible que necesitemos saberlo todo cuanto antes. Pero saber no va a cambiar nada: no nos dará ni nos quitará días de vida. Solo Dios sabe cuándo.

Incluso en medio de la incerteza y el miedo, podemos hacer el bien. Cuando nos abandonamos podemos transformar esos instantes en una experiencia humana de crecimiento. Aunque doloridos, tenemos la oportunidad de seguir amando a los nuestros, y eso nos ayuda a salir de las murallas interiores que levanta el miedo. Cerrarse, obsesionarse, angustiarse solo nos fragmenta y debilita los vínculos con quienes nos rodean.

Lo que tiene un valor real es que, desde la propia fragilidad, se puede seguir amando. Aquí reside la fuerza del amor: ni los límites ni la enfermedad pueden apagarlo. Cuando el compromiso es hondo, el amor está por encima de todo.

No nos dejemos abrumar por las circunstancias. Mientras esté vivo, aunque muy tocado, tendido en una cama y sin poder moverse, el cristiano no puede dejar de amar hasta su último aliento. Esto hace más llevadero el cuidado para quien cuida. La ternura, la suavidad y la docilidad contribuyen a crear una antesala del cielo en nuestro lecho y en nuestro hogar.

Dejemos que emerja la luz divina, capaz de regenerar nuestras vidas hasta el último instante.

domingo, 18 de enero de 2026

Concha: un corazón recio y cálido

La noticia me llegó de manera inesperada. A mediodía la había visto en misa, alegre y cariñosa, como siempre. Por la noche, su hija me envió un mensaje para comunicarme su fallecimiento.

He lamentado profundamente la pérdida de Concha. Mujer recia, de principios sólidos, aquello que tenía de firme lo tenía también de cálido y tierno. Defensora de los suyos, vehemente al expresar sus ideas, sabía moverse entre la discreción y la cordialidad; una mujer que sabía estar en su lugar, guardando las distancias cuando tocaba. Vecina antigua del barrio, conocía muy bien la realidad social de su entorno.

Uno de sus grandes valores era su rica vida social. Participaba de diversas actividades y, en la parroquia, era una feligresa fiel: asidua a la misa dominical y a otras celebraciones. Vivía la liturgia con respeto y unción, siempre atenta a la Palabra de Dios y a las homilías, que escuchaba con silencio y profundidad. Recibía la Eucaristía como un regalo sagrado. También tenía un gran aprecio por el anterior rector, Juan Barrio, a quien valoraba sinceramente.

Formó parte del grupo de tertulias casi desde el inicio, participando con entusiasmo en todas las actividades, especialmente en el bingo, donde hacía gala de su habilidad.

Concha era una mujer sagaz, curtida por la vida y con olfato para entender las situaciones y ubicarse con rapidez. De vez en cuando le salía el genio, sobre todo cuando percibía alguna injusticia: entonces saltaba para defender la verdad.

Su valor fundamental, sin embargo, ha sido siempre su amor inquebrantable hacia su familia, empezando por su marido, Diego, que tanto recibió de ella. Años después de su ausencia, su corazón seguía latiendo por él. Pese a su enfermedad coronaria, vivía con intensidad.

Pendiente siempre de sus hijos y de sus nietos, cuidadora y custodia, Concha ha sido una roca firme que ha sostenido su hogar. En los últimos años, aunque más limitada en sus movimientos, no dejó de entregarse hasta donde su corazón podía llegar. Generosa y volcada en los suyos, deja una huella en todos los que la han conocido y un vacío en el barrio y en la parroquia.

Cada feligrés que se nos va —cada uno con su modo de ser, con su historia y su talante— aporta un tesoro a la comunidad. Se van, porque así es la vida y todos hemos de marchar algún día. Cuando pienso en quienes nos han dejado, tras años de entrega, de escucha, de consejos y de apoyo, mi corazón se conmueve. Siento que forman parte de mi sacerdocio y que me han enriquecido humanamente. Son dignos de amar y recordar, porque han dado mucho. Tenemos en el cielo un ejército de feligreses que conviven con Dios: la Iglesia triunfante, una comunidad feliciana en la eternidad que vela y cuida de su parroquia. Nos han dejado un hermoso legado.

Ahora Concha se ha sumado a ellos. Su legado es su fidelidad, su presencia discreta pero intensa. En lo personal, quiero agradecerle los dulces mensajes que me enviaba cuando estuve en el hospital: breves, tiernos, sinceros… pequeñas gotas de agua fresca, bálsamo en medio del dolor, que alimentaban mi alma en aquellos días de incertidumbre.

Ahora estás en el cielo, Concha. Te has adelantado a celebrar tu onomástica junto a María, por quien sentías tanta devoción. Allí, donde el tiempo se detiene, podrás continuar la historia que empezó cuando eras joven y enamorada: tú y Diego compartiréis de nuevo la vida para siempre.

Te pido que sigas protegiendo a los tuyos. Cuídalos y mímalos como sabías hacerlo. Y cuida también de tu familia parroquial, para que seamos fieles a la misión de evangelizar el barrio con alegría y delicadeza, siguiendo tu ejemplo.

Gracias por todo lo que nos has dado, Concha. Tu pasión por vivir dándote a los demás ha sido un regalo para muchos. Ahora, en el cielo, Dios te lo multiplicará por mil.