domingo, 29 de marzo de 2026

Cuando la vida pierde su valor

Cuando alguien causa la muerte a otra persona, de inmediato se activa un proceso judicial: se ha cometido un crimen y el responsable puede ser condenado a prisión o, en algunos lugares, incluso a la pena de muerte.

A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de innumerables asesinatos. No solo individuales, sino también colectivos: guerras, persecuciones, exterminios. Hoy siguen muriendo miles de personas a causa de intereses oscuros —el narcotráfico, la venta de armas, la trata de seres humanos—. El negocio de la muerte mueve cantidades ingentes de dinero en todo el mundo.

Pero existen otras muertes más silenciosas, a menudo silenciadas, y no por ello menos desgarradoras: las de quienes deciden quitarse la vida.

Muertes silenciadas

¿Qué lleva a una persona, movida en principio por el impulso de vivir, a desear la muerte? La psicología habla de trastornos mentales, depresiones profundas, estados alterados de conciencia. Pero también hay quienes, en plena lucidez, llegan a situaciones límite: presiones sociales, emocionales, económicas o laborales; incluso cargas ideológicas o políticas que terminan por asfixiar el alma.

En nuestro país, cada día se suicidan alrededor de doce personas. Más de cuatro mil al año. La cifra estremece. Es la primera causa de muerte no natural en adultos. ¿Cuántas serán en el mundo entero?

Durante la pandemia del Covid-19, el bombardeo mediático no cesó de generar miedo en la población. Algunos expertos hablan de terrorismo informativo. ¿Cuántas personas murieron, literalmente, enfermas de miedo? Durante los confinamientos, la cifra de suicidios se disparó, especialmente entre los jóvenes. Y ha habido silencio. Se divulgaron las cifras de muertos por la gripe, pero no por el suicidio. Nadie quería apuntar a los gobiernos, que generaron un pánico planetario difundido por los medios y reforzado por las medidas restrictivas (que más tarde se ha visto que eran innecesarias). Además de causar pobreza y desempleo, hambre y desesperación, el miedo se cobró sus víctimas.

Cabe preguntarse hasta qué punto las decisiones políticas influyen en la salud integral de las personas, también en su equilibrio emocional y en su esperanza.

Una vida herida

En estos días, muchos hemos seguido el caso de Noelia, una joven de 25 años marcada por una historia de sufrimiento: abusos, enfermedad mental, soledad. Vivió varios años en un centro tutelar de menores. Tras un intento fallido de suicidio, quedó parapléjica. Su vida, ya herida, se volvió aún más frágil. Su entorno reclamó durante años atención y tratamiento adecuados. No siempre los encontró.

Su padre ha luchado durante dos años, apoyado por un equipo de abogados cristianos, para impedir que se le aplicara la eutanasia. Tras ganar en varios juicios, finalmente el Tribunal Europeo de Justicia ha dado la razón al estado para que se pudiera inyectar a la joven el producto letal.

Noelia murió ayer. El lenguaje legal habla de “prestación para ayudar a morir”. Las palabras, a veces, disfrazan con un ropaje de bondad realidades que siguen siendo profundamente graves. Según afirman los doctores, los fármacos suministrados facilitan una muerte suave, como un dormir sin despertar.

El caso ha suscitado un intenso debate ético. Surgen preguntas inevitables: ¿puede una sociedad decidir sobre la vida de sus miembros más vulnerables? ¿Es lícito tomar una decisión tan grave sin tener en cuenta el criterio de los padres? Cuando un gobierno emite una ley que sobrepasa los límites de la ley natural, cualquier decisión que se tome al amparo de esta ley tiene un sesgo fuertemente ideológico.

Una cultura de la muerte

Detrás de este triste caso hay algo más profundo. Se trata de una tendencia que lleva años implantándose en el mundo: desde las instancias de poder se favorece una cultura de la muerte. Las personas ya no somos seres humanos, somos números, cifras, “casos” que resolver. Para el estado, ancianos, enfermos, discapacitados y personas con necesidades especiales son un coste añadido. Es más económico matar que ayudar a sobrevivir o cuidar con medios paliativos. La cultura, los medios, el cine, están ayudando a cambiar la mentalidad de la gente para que se vea aceptable la opción del suicidio asistido. No sólo aceptable, sino incluso deseable y compasiva. Existe un contagio social que se inocula por las pantallas y llega a transformar nuestra psique. Lo que en un tiempo nos pareció un crimen, hoy lo aceptamos como un derecho.

En el fondo, se trata de convertir a las personas en esclavos, sometidos a leyes que no respetan la soberanía personal y que matan la libertad. No es dignidad, es negación del valor sagrado de la vida, algo que nuestra cultura occidental, desde sus raíces cristianas, siempre ha sostenido.

La vida es un don y no somos dueños de ella. Nadie puede atribuirse el derecho de segar la vida del prójimo. Necesitamos recuperar los pilares de nuestra civilización: la fe judía, el derecho romano, la filosofía griega. Negar esto es vaciar de contenido moral y filosófico nuestra cultura. Y una cultura vacía se llena fácilmente de lo que alguien quiere inculcar a la sociedad.

Basta reflexionar con lo que se está vertiendo desde los medios: caos, confusión, miedo, relativismo. Nada es verdad, nada es cierto ni seguro, todo depende de cómo se mire, o de cómo nos lo presenten quienes quieren modelar nuestra mente y convertirnos en clones sin iniciativa y sin identidad. Es más fácil dominar a una masa uniforme y sumisa que a una sociedad libre, diversa y creativa.

La triste muerte de Noelia, su triste vida, revela un fracaso de nuestra sociedad, de nuestras instituciones, y también de los valores o antivalores que rigen nuestro mundo. Si todo lo que hemos podido ofrecerle a Noelia es morir, ¿qué futuro nos espera?

Toda vida es valiosa

Desde la fe cristiana, nuestra actitud ha de ser de profunda caridad y empatía, comprendiendo y compadeciendo el dolor de quien decide quitarse la vida. No podemos juzgar ni condenar a nadie, y menos a una muchacha frágil que ha sufrido una vida muy desgraciada. Noelia no tenía amigos. No tenía una familia estable que la sostuviera. No tenía proyectos, ni futuro… Tampoco tuvo quien le ofreciera otra cosa mejor que morir.

Pero desde nuestra fe cristiana, no debemos ocultar el dolor que esto nos causa. No podemos secundar esta cultura de la muerte. No podemos aceptar que la vida deje de tener valor, aunque sea una vida herida, rota, vulnerable. Toda persona, toda, es valiosa ante Dios. Nadie es descartable, como nos recordaba el papa Francisco.

Un discurso políticamente correcto, humanitario, no puede disfrazar la dura verdad. Vivimos en un mundo que ha barrido a Dios y ha endiosado al hombre. Y vemos el resultado. Cuando el hombre se hace dios, mata. En cambio, cuando Dios se hace hombre… se deja matar, para darnos vida a todos. En estos días de Semana Santa tendremos ocasión para meditar despacio en todo ello.

Ofrezcamos una oración por su alma.