A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de
innumerables asesinatos. No solo individuales, sino también colectivos:
guerras, persecuciones, exterminios. Hoy siguen muriendo miles de personas a
causa de intereses oscuros —el narcotráfico, la venta de armas, la trata de
seres humanos—. El negocio de la muerte mueve cantidades ingentes de dinero en
todo el mundo.
Pero existen otras
muertes más silenciosas, a menudo silenciadas, y no por ello menos
desgarradoras: las de quienes deciden quitarse la vida.
Muertes silenciadas
¿Qué lleva a una persona,
movida en principio por el impulso de vivir, a desear la muerte? La psicología
habla de trastornos mentales, depresiones profundas, estados alterados de
conciencia. Pero también hay quienes, en plena lucidez, llegan a situaciones
límite: presiones sociales, emocionales, económicas o laborales; incluso cargas
ideológicas o políticas que terminan por asfixiar el alma.
En nuestro país, cada día
se suicidan alrededor de doce personas. Más de cuatro mil al año. La cifra
estremece. Es la primera causa de muerte no natural en adultos. ¿Cuántas serán
en el mundo entero?
Durante la pandemia del Covid-19, el bombardeo mediático no
cesó de generar miedo en la población. Algunos expertos hablan de terrorismo
informativo. ¿Cuántas personas murieron, literalmente, enfermas de miedo?
Durante los confinamientos, la cifra de suicidios se disparó, especialmente
entre los jóvenes. Y ha habido silencio. Se divulgaron las cifras de muertos
por la gripe, pero no por el suicidio. Nadie quería apuntar a los gobiernos,
que generaron un pánico planetario difundido por los medios y reforzado por las
medidas restrictivas (que más tarde se ha visto que eran innecesarias). Además
de causar pobreza y desempleo, hambre y desesperación, el miedo se cobró sus
víctimas.
Cabe preguntarse hasta
qué punto las decisiones políticas influyen en la salud integral de las
personas, también en su equilibrio emocional y en su esperanza.
Una vida herida
En estos días, muchos hemos
seguido el caso de Noelia, una joven de 25 años marcada por una historia de
sufrimiento: abusos, enfermedad mental, soledad. Vivió varios años en un centro
tutelar de menores. Tras un intento fallido de suicidio,
quedó parapléjica. Su vida, ya herida, se volvió aún más frágil. Su entorno
reclamó durante años atención y tratamiento adecuados. No siempre los encontró.
Su padre ha luchado durante dos años, apoyado por un equipo
de abogados cristianos, para impedir que se le aplicara la eutanasia. Tras
ganar en varios juicios, finalmente el Tribunal Europeo de Justicia ha dado la
razón al estado para que se pudiera inyectar a la joven el producto letal.
Noelia murió ayer. El
lenguaje legal habla de “prestación para ayudar a morir”. Las palabras, a
veces, disfrazan con un ropaje de bondad realidades que siguen siendo
profundamente graves. Según afirman los doctores, los fármacos suministrados
facilitan una muerte suave, como un dormir sin despertar.
El caso ha suscitado un
intenso debate ético. Surgen preguntas inevitables: ¿puede una sociedad decidir
sobre la vida de sus miembros más vulnerables? ¿Es lícito tomar una decisión
tan grave sin tener en cuenta el criterio de los padres? Cuando un gobierno
emite una ley que sobrepasa los límites de la ley natural, cualquier decisión
que se tome al amparo de esta ley tiene un sesgo fuertemente ideológico.
Una cultura de la muerte
Detrás de este triste caso hay algo más profundo. Se trata
de una tendencia que lleva años implantándose en el mundo: desde las instancias
de poder se favorece una cultura de la muerte. Las personas ya no somos seres
humanos, somos números, cifras, “casos” que resolver. Para el estado, ancianos,
enfermos, discapacitados y personas con necesidades especiales son un coste
añadido. Es más económico matar que ayudar a sobrevivir o cuidar con medios
paliativos. La cultura, los medios, el cine, están ayudando a cambiar la
mentalidad de la gente para que se vea aceptable la opción del suicidio
asistido. No sólo aceptable, sino incluso deseable y compasiva. Existe un
contagio social que se inocula por las pantallas y llega a transformar nuestra
psique. Lo que en un tiempo nos pareció un crimen, hoy lo aceptamos como un
derecho.
En el fondo, se trata de convertir a las personas en
esclavos, sometidos a leyes que no respetan la soberanía personal y que matan
la libertad. No es dignidad, es negación del valor sagrado de la vida, algo que
nuestra cultura occidental, desde sus raíces cristianas, siempre ha sostenido.
La vida es un don y no somos dueños de ella. Nadie puede
atribuirse el derecho de segar la vida del prójimo. Necesitamos recuperar los
pilares de nuestra civilización: la fe judía, el derecho romano, la filosofía
griega. Negar esto es vaciar de contenido moral y filosófico nuestra cultura. Y
una cultura vacía se llena fácilmente de lo que alguien quiere inculcar a la
sociedad.
Basta reflexionar con lo que se está vertiendo desde los
medios: caos, confusión, miedo, relativismo. Nada es verdad, nada es cierto ni
seguro, todo depende de cómo se mire, o de cómo nos lo presenten quienes
quieren modelar nuestra mente y convertirnos en clones sin iniciativa y sin
identidad. Es más fácil dominar a una masa uniforme y sumisa que a una sociedad
libre, diversa y creativa.
La triste muerte de Noelia, su triste vida, revela un
fracaso de nuestra sociedad, de nuestras instituciones, y también de los
valores o antivalores que rigen nuestro mundo. Si todo lo que hemos podido
ofrecerle a Noelia es morir, ¿qué futuro nos espera?
Toda vida es valiosa
Desde la fe cristiana, nuestra actitud ha de ser de profunda
caridad y empatía, comprendiendo y compadeciendo el dolor de quien decide
quitarse la vida. No podemos juzgar ni condenar a nadie, y menos a una muchacha
frágil que ha sufrido una vida muy desgraciada. Noelia no tenía amigos. No
tenía una familia estable que la sostuviera. No tenía proyectos, ni futuro…
Tampoco tuvo quien le ofreciera otra cosa mejor que morir.
Pero desde nuestra fe cristiana, no debemos ocultar el dolor
que esto nos causa. No podemos secundar esta cultura de la muerte. No podemos
aceptar que la vida deje de tener valor, aunque sea una vida herida, rota,
vulnerable. Toda persona, toda, es valiosa ante Dios. Nadie es descartable,
como nos recordaba el papa Francisco.
Un discurso políticamente correcto, humanitario, no puede
disfrazar la dura verdad. Vivimos en un mundo que ha barrido a Dios y ha
endiosado al hombre. Y vemos el resultado. Cuando el hombre se hace dios, mata.
En cambio, cuando Dios se hace hombre… se deja matar, para darnos vida a todos.
En estos días de Semana Santa tendremos ocasión para meditar despacio en todo
ello.
Ofrezcamos una oración por su alma.
