domingo, 12 de abril de 2026

Atrapados en el yo

Hace poco escuché en la radio un reportaje sobre salud mental, donde se hablaba de los jóvenes y las redes sociales. El culto a la imagen y el afán de éxito y de tener seguidores están causando estragos: muchos jóvenes quieren imitar a sus ídolos y caen en profundas crisis de identidad y en depresiones, pues se proponen ideales inalcanzables que no corresponden a su genuina forma de ser. Viven centrados en sí mismos, pero, a la vez, se han forjado de sí mismos una imagen artificial. Y esto provoca un enorme sufrimiento e inestabilidad emocional.

Por mi labor, tengo la ocasión de tratar con mucha gente. De mis conversaciones aprendo sobre psicología humana. Conocer tantas realidades distintas me hace reflexionar y ahondar en la complejidad de la persona. Me doy cuenta de que cada ser humano es una suma de emociones, talentos y carácter, valores y conductas, a menudo contradictorias. Sí, el ser humano está lleno de ambigüedades.

A veces puedo disfrutar de diálogos llenos de sentido, donde podemos abordar cuestiones teológicas, intelectuales y filosóficas. Esto me ensancha el corazón y me enriquece, añadiendo valor a mi vida.

Pero otras veces, me veo involucrado en conversaciones vacías y superficiales, donde todo da vueltas alrededor de un centro: “el yo” de la persona que acapara protagonismo. El diálogo se convierte en un círculo reiterativo que raya lo patológico. El “yo” lo absorbe todo, y desde su posición, todo lo juzga.

Anclados en el pasado

Algunas de estas personas viven ancladas en el pasado, en una situación vital que les afectó profundamente. Incapaces de asumir el presente, que quizás se les hace insoportable, prefieren congelar el tiempo sin salir de esa experiencia crucial que ha marcado su vida. En ellas se hace cierto el refrán: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Así, rechazan aprender del presente y abrirse a la novedad de cada día.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué hay personas que se quedan atascadas en el pasado y no abrazan su realidad presente?

Pienso que quizás un motivo sea que vamos por la vida demasiado aprisa, sin profundizar en lo que nos sucede y sin digerir nuestras experiencias. No dejamos que hagan poso en nosotros para aprender algo de ellas. Simplemente, dejamos que se petrifiquen y nos quedamos ahí, bloqueados.

Puede ayudarnos comprender que en la vida todos pasamos por diferentes etapas. No podemos quedarnos en una eterna infancia o en la juventud. Cada etapa es diferente, ni mejor ni peor que las otras, pero necesaria, porque cada una tiene sentido y nos enseña algo valioso para madurar, humana y espiritualmente. Eso sí, cada etapa implica un cambio y requiere un esfuerzo de adaptación, a veces muy grande.

Orbitando en torno al “yo”

Quien se centra sólo en sí mismo y no deja de hablar de “yo”, olvidando el “nosotros”, no ha superado la etapa de la adolescencia, ese periodo en que el yo está en formación y ocupa el primer plano de toda experiencia. Quien vive en ese “yoísmo” no sólo se convierte en el centro de toda conversación, sino que necesita aparecer en un escenario donde los demás aplaudan. Para llamar la atención, provocará situaciones en las que pueda sentirse protagonista. Caer en la órbita de personas así es como vivir “el día de la marmota”: se entra en un bucle donde todo gira a su alrededor. El tú y el otro sólo existen en función de su yo ávido de reafirmarse. Los demás son mediocres, y giran como satélites en torno a esta estrella.

Sólo que la estrella, en realidad, es un agujero negro insaciable, que todo lo atrae y lo absorbe, generando un vacío. Los cosmólogos explican que un agujero negro puede tragarse incluso la luz.

A lo largo de mi vida he conocido a personas de toda edad y condición que se convierten en agujeros negros. El mundo debe girar en torno a ellas. Necesitan el oxígeno de los demás para sobrevivir. Si alguien quiere escapar de su órbita, se irritan y se inquietan. No pueden concebir otra realidad.

¿Cómo ayudar a quienes están atrapados en su propio yo?

Abrirse: la terapia

Abrazar el presente es la mejor terapia. Uno crece cuando el yo disminuye y el “otro” y el “nosotros” crecen. Se trata de encontrar un equilibrio sano.

De la misma manera que hay que aceptar el presente, también hay que aceptar que los demás son como son: no son enemigos aunque piensen diferente y no actúen como uno desearía.

Crecemos cuando abrazamos la realidad tal como es y descubrimos que todo tiene su sentido. Escondernos en el pasado sólo nos aleja de los demás. Cuando consideramos que el otro, sea quien sea, puede enseñarnos algo ya hemos dado un salto cualitativo.

Ese salto, abrirse a los demás, nos ayuda a salir del bucle. La vida se convierte en una escuela cuando nos atrevemos a caminar con los demás. La amistad va puliendo nuestra personalidad y poco a poco dejamos de idolatrarnos para lanzarnos a la gran aventura de vivir en comunidad, contando con los demás, escuchando, compartiendo nuestra vida. El otro es el gran regalo que Dios nos da para insertarnos en el mundo: no estamos en este mundo como solitarios, sino como solidarios.

Dice la Biblia que quien tiene un amigo ha encontrado un tesoro. Y es así: la amistad es la clave para vivir cada etapa de la vida como una experiencia que nos enseña y nos enriquece.