Por mi labor, tengo la ocasión de tratar con mucha gente. De
mis conversaciones aprendo sobre psicología humana. Conocer tantas realidades
distintas me hace reflexionar y ahondar en la complejidad de la persona. Me doy
cuenta de que cada ser humano es una suma de emociones, talentos y carácter, valores
y conductas, a menudo contradictorias. Sí, el ser humano está lleno de
ambigüedades.
A veces puedo disfrutar de diálogos llenos de sentido, donde
podemos abordar cuestiones teológicas, intelectuales y filosóficas. Esto me
ensancha el corazón y me enriquece, añadiendo valor a mi vida.
Pero otras veces, me veo involucrado en conversaciones
vacías y superficiales, donde todo da vueltas alrededor de un centro: “el yo”
de la persona que acapara protagonismo. El diálogo se convierte en un círculo
reiterativo que raya lo patológico. El “yo” lo absorbe todo, y desde su
posición, todo lo juzga.
Anclados en el pasado
Algunas de estas personas viven ancladas en el pasado, en
una situación vital que les afectó profundamente. Incapaces de asumir el
presente, que quizás se les hace insoportable, prefieren congelar el tiempo sin
salir de esa experiencia crucial que ha marcado su vida. En ellas se hace
cierto el refrán: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Así, rechazan aprender
del presente y abrirse a la novedad de cada día.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué hay personas que se quedan atascadas
en el pasado y no abrazan su realidad presente?
Pienso que quizás un motivo sea que vamos por la vida
demasiado aprisa, sin profundizar en lo que nos sucede y sin digerir nuestras
experiencias. No dejamos que hagan poso en nosotros para aprender algo de
ellas. Simplemente, dejamos que se petrifiquen y nos quedamos ahí, bloqueados.
Puede ayudarnos comprender que en la vida todos pasamos por
diferentes etapas. No podemos quedarnos en una eterna infancia o en la juventud.
Cada etapa es diferente, ni mejor ni peor que las otras, pero necesaria, porque
cada una tiene sentido y nos enseña algo valioso para madurar, humana y
espiritualmente. Eso sí, cada etapa implica un cambio y requiere un esfuerzo de
adaptación, a veces muy grande.
Orbitando en torno al “yo”
Quien se centra sólo en sí mismo y no deja de hablar de
“yo”, olvidando el “nosotros”, no ha superado la etapa de la adolescencia, ese
periodo en que el yo está en formación y ocupa el primer plano de toda
experiencia. Quien vive en ese “yoísmo” no sólo se convierte en el centro de
toda conversación, sino que necesita aparecer en un escenario donde los demás
aplaudan. Para llamar la atención, provocará situaciones en las que pueda
sentirse protagonista. Caer en la órbita de personas así es como vivir “el día
de la marmota”: se entra en un bucle donde todo gira a su alrededor. El tú y el
otro sólo existen en función de su yo ávido de reafirmarse. Los demás son
mediocres, y giran como satélites en torno a esta estrella.
Sólo que la estrella, en realidad, es un agujero negro
insaciable, que todo lo atrae y lo absorbe, generando un vacío. Los cosmólogos
explican que un agujero negro puede tragarse incluso la luz.
A lo largo de mi vida he conocido a personas de toda edad y
condición que se convierten en agujeros negros. El mundo debe girar en torno a
ellas. Necesitan el oxígeno de los demás para sobrevivir. Si alguien quiere
escapar de su órbita, se irritan y se inquietan. No pueden concebir otra
realidad.
¿Cómo ayudar a quienes están atrapados en su propio yo?
Abrirse: la terapia
Abrazar el presente es la mejor terapia. Uno crece cuando el
yo disminuye y el “otro” y el “nosotros” crecen. Se trata de encontrar un
equilibrio sano.
De la misma manera que hay que aceptar el presente, también
hay que aceptar que los demás son como son: no son enemigos aunque piensen
diferente y no actúen como uno desearía.
Crecemos cuando abrazamos la realidad tal como es y
descubrimos que todo tiene su sentido. Escondernos en el pasado sólo nos aleja
de los demás. Cuando consideramos que el otro, sea quien sea, puede enseñarnos
algo ya hemos dado un salto cualitativo.
Ese salto, abrirse a los demás, nos ayuda a salir del bucle.
La vida se convierte en una escuela cuando nos atrevemos a caminar con los
demás. La amistad va puliendo nuestra personalidad y poco a poco dejamos de
idolatrarnos para lanzarnos a la gran aventura de vivir en comunidad, contando
con los demás, escuchando, compartiendo nuestra vida. El otro es el gran regalo
que Dios nos da para insertarnos en el mundo: no estamos en este mundo como
solitarios, sino como solidarios.
Dice la Biblia que quien tiene un amigo ha encontrado un
tesoro. Y es así: la amistad es la clave para vivir cada etapa de la vida como
una experiencia que nos enseña y nos enriquece.
