Estamos a principios de mayo. A las siete de la mañana, el sol ya está alto en el cielo. Durante uno de mis paseos al amanecer, me quedé mirando al mar. La mañana era muy luminosa y clara. Entonces vi algo que captó mi atención.
A lo lejos, en medio del agua, un hombre avanzaba lentamente
hacia la orilla. Era alto y robusto, se acercaba a la vejez, pero sus piernas
fuertes y tonificadas caminaban a paso firme y seguro. Su rostro era sereno.
Cuando salió del mar, pasó a mi lado y le dije: ¡Qué
valiente! Pues era temprano y aún hacía frío. Él me miró sorprendido y sin
decir palabra continuó caminando sobre la arena.
Me quedé pensando. Quizás esta sea su rutina diaria: acudir
a la playa y sumergirse en el mar de buena mañana. Lo hace por salud, o tal vez
porque le gusta sentirse abrazado por el mar y respirar la paz matinal mientras
las olas juegan con sus pies en la orilla. Me estremecí pensando en la gelidez
del agua, pero al mismo tiempo me dije que era algo hermoso.
Y qué contraste, poco después, cuando me crucé con las
«manadas» de jóvenes que salían de las discotecas, tambaleándose y gritando,
con ojos vidriosos. El hombre casi anciano emergía del mar, rebosante de
energía; estos muchachos salían del infierno de la noche, sumergidos en la
frivolidad y en el ruido. Allí, entre alcohol, drogas y sexo furtivo, pierden
poco a poco su identidad y se deslizan hacia un lento suicidio.
Un anciano camina decidido bajo el sol; cientos de jóvenes resbalan
hacia el vacío.
En el arranque del nuevo día, mi corazón se estremeció ante
estas dos imágenes. Pero así se teje la historia: con pequeños retales, escenas
cotidianas que nos muestran la realidad, tal como es.
Luz y oscuridad, vacío y coraje se entrelazan proyectando los
grandes valores y los oscuros antivalores que están marcando, noche tras noche,
a una generación de jóvenes, empujándolos hacia el absurdo y una vida sin
sentido.
Pensaba que es hermoso empezar el día como ese hombre que
salió del mar, como Adán en el paraíso. Vivir con sentido, respirando el
oxígeno matinal, contemplando el sol naciente y dejando que la belleza alimente
la fuerza interior. Esto nos prepara a iniciar un nuevo día con la convicción
de que vale la pena vivir, que todo a nuestro alrededor es don y gracia.
La noche es también un regalo: el tiempo sereno para
descansar, y no para explotarla con luces artificiales y falsos estimulantes
que esclavizan, generando adicción. La noche es la cuna del día, que cada
amanecer nos invita a levantarnos y a ponernos en marcha. Dar gracias, ponerse
en pie y caminar es una manera de empezar el día con entusiasmo, abriéndonos a
la sorpresa de nuevas experiencias que llegarán.
Unos se quedan atrapados en un bucle que los ata; el hombre
mayor se siente libre. Nadie lo detiene, es su elección y lo lleva a vivir
plenamente. Camina por la arena erguido, con la frente levantada y una
expresión jovial.
A su lado, los jóvenes que han pasado la noche sin dormir
parecen viejos, caminan cabizbajos y vacilantes, con la espalda encorvada y tambaleándose.
Algunos necesitan sostenerse unos a otros. Su mirada está perdida, avanzan sin
rumbo fijo, vociferando contra nadie y contra todos. Esos berridos resonaron en
mí como un gemido angustioso lanzado hacia la nada: el lamento de un corazón
roto.
Tal vez están vacíos de afecto y de amor. Por eso emprenden
una huida hacia adelante, buscando esa calidez en relaciones artificiales,
impulsivas y sin ternura. Puede que calmen momentáneamente su ansiedad, pero no
apagarán su sed ni les devolverán a sí mismos. Al contrario, se irán alejando
cada vez más de su genuino ser, de la orilla de sus anhelos más profundos.
Olvidarán quiénes son y por qué están aquí.
Esto, con el tiempo, se traduce en enfermedades o trastornos
mentales. El cerebro queda dañado y las neuronas mueren a gran velocidad,
derivando en una demencia prematura a una edad demasiado joven. Se ahogan en el
mar de la superficialidad y la locura.
Es la nota amarga de mis paseos matinales. Lo veo muchos días, sobre todo los fines de semana. La imagen de estos jóvenes me causa tristeza y dolor. Qué triste ver cómo, en la primavera de sus vidas, esas miradas vacías preludian ya el otoño inexorable y la frialdad de un invierno sin sol.
.png)