lunes, 1 de junio de 2026

La fuerza de una mirada

La capacidad comunicativa del hombre supuso un salto en su evolución. De los sonidos guturales y los gestos con pies y manos, gracias al desarrollo del cerebro y de un sofisticado aparato fonador se pasó a la expresión verbal. Poder articular palabras dio un giro a las relaciones interpersonales. El lenguaje articulado permitió generar un discurso coherente, no sólo sobre realidades inmediatas, sino también sobre ideas, recuerdos y emociones. Expresar una idea con la voz activa las conexiones cerebrales, aumentando la inteligencia y la capacidad humana. Con la voz se pueden expresar pensamientos elevados: así nace el homo filosófico. Se pueden explicar proyectos y transmitir enseñanzas. La habilidad manual para fabricar herramientas y el desplazamiento por el mundo también favorecieron una dieta más variada, una mayor ingesta de proteínas y el aumento de la capacidad intelectual y comunicativa.

Hablar es algo que nos diferencia cualitativamente de los animales. Es cierto que estos tienen sus propios lenguajes y formas de comunicarse, a veces muy complejos. Pero el salto respecto al ser humano es abismal. Con nuestro lenguaje no sólo podemos describir el mundo, sino ir más allá de él. Con el lenguaje podemos crear algo nuevo y alcanzar una dimensión sobrenatural. El lenguaje nos hace semejantes a Dios.

Las culturas humanas han visto un despliegue del lenguaje en todas sus formas: hablado, escrito, expresado en el arte y en la música. El lenguaje engendra la ciencia, la filosofía, la teología y las religiones. Y el saber humano se transmite mediante lenguajes de signos, muy especialmente la escritura.

Desde la Ilustración y su culto a la diosa razón, el lenguaje oral y escrito se ha valorado más que nunca. Nuestras modernas ciencias y tecnologías funcionan con formas de lenguaje. Pero quizás por este auge científico y racional, hemos dejado de valorar otras expresiones que tienen enorme importancia para la comunicación.

Ya hace décadas que los antropólogos estudian la llamada «comunicación no verbal». Los expertos aseguran que, en un diálogo entre personas, más del 80 % de la comunicación se da en forma no verbal, sólo el 20 % está formado por palabras. ¿Y el resto?

Observo la maravilla del lenguaje de signos de los sordomudos. Sin poder articular palabra, con movimientos de sus manos y gestos de su rostro pueden expresar un discurso completo. La forma en que unen los dedos, su expresión facial, todo transmite con tanta fuerza que me deja asombrado.  

El otro día vi un vídeo en YouTube. Un conocido influencer entrevistaba a un matrimonio: él, con parálisis cerebral desde la infancia, no puede articular palabra. Ella ha aprendido el lenguaje de los signos y no sólo dialoga con él, sino que le hace de traductora. Es admirable ver cómo ella lo entiende y pasa del lenguaje de los signos al lenguaje articulado. Lee perfectamente las manos y los gestos de su esposo y lo interpreta de tal manera que al pasar al lenguaje hablado, puede emitir pensamientos tan ricos y profundos como los que podamos formular en lenguaje verbal. Es toda una ciencia aprender estos lenguajes de gestos que permiten expresar lo que hay en el corazón humano. Y pensé, viéndolos, en el misterio y la maravilla de nuestro cerebro, esa masa gris que encierra millones de redes neuronales y nos permite superar las limitaciones físicas buscando la forma de comunicarnos.

Y esto me lleva a la teología: somos hijos de Dios, cada personas es un Himalaya del ser, capaz de amar y dejarse amar. Esta es la grandeza del ser humano: limitado pero con ansias que lo llevan a explorar más allá de sí mismo.

Hablaba hace poco con una persona cercana que hoy se están impartiendo muchos talleres para aprender a leer los gestos y las expresiones. Esto es particularmente útil en el caso de personas enfermas o que atraviesan una profunda depresión. Cuando el silencio o la dificultad para comunicarse se convierten en un muro, poder interpretar cada pequeño gesto, cada mirada, será clave para leer correctamente qué sucede en su interior. En el caso de personas mayores, encamadas u hospitalizadas, que no saben o no pueden expresarse, los terapeutas que tengan esta habilidad serán profesionales muy demandados.

La comunicación siempre ha sido un campo que me ha fascinado. Pero ¿qué me ha movido a escribir esta reflexión?

Ha sido a raíz de mi despedida con una persona muy querida de la comunidad. No hicieron falta grandes palabras. Su sonrisa, y su mirada bella y profunda bastaron para que su aprecio me llegara al corazón.

El culto al lenguaje verbal nos ha hecho olvidar que, en un momento dado, las palabras sobran y la gratitud no siempre necesita ser expresada con la voz. Una mirada puede decir mucho más que las palabras. Si decimos que una imagen vale más que mil palabras… yo digo que una mirada sincera desde el corazón vale más que muchas palabras e imágenes. Porque los ojos son el espejo del alma, esa parte de Dios que todos tenemos y que es lo más genuino del ser humano.

Cuando comunicamos más allá del aparato fonador, el lenguaje del alma lo llena todo: la comunicación se destila en una mirada llena de amor y atraviesa todo el ser.

Ahora, esta persona amiga está surcando los cielos hacia el «continente de la esperanza», como lo llamaba un amigo sacerdote.

Gracias por tan bella sonrisa. ¡Hasta siempre!