Blasita nació con una lesión cerebral que le impidió caminar
y crecer con normalidad. Desde bebé pasó del carrito a la silla de ruedas. No
ha podido hablar con nuestro lenguaje, pero sí ha podido expresarse, a su
manera. Ha muerto a los 73 años, toda una vida envuelta en el misterio de una
niña que nació así, con enormes limitaciones.
Pero lejos de ser una carga, cuidar de ella ha sido una gran
experiencia, humana y de amor, para su familia. Sus padres la cuidaron durante
toda su vida. Después, se ocupó de ella Fidela, con la que ha vivido hasta el
final de sus días.
La recuerdo muchos domingos, cuando venían las dos a misa.
Después de la celebración, me acercaba a su silla y la saludaba. Ella me miraba
fijamente, sin hablar, aunque a veces balbucía algún sonido. Su hermana
empujaba la silla y la miraba con dulzura. Sin prisa, tranquila, la trataba con
un cariño enorme que dejaba entrever el vínculo profundo entre ambas. Siempre
atenta, prudente, con las palabras justas, pasaba de puntillas como si no
quisiera molestar.
Cuidar a una hermana impedida curte humana y
espiritualmente. Fidela ha sabido navegar por la dependencia y las
limitaciones, superando la barrera del lenguaje y proporcionando a Blasita un
ambiente lleno de amor y seguridad. Una vida volcada en el otro es la máxima
prueba de entrega, servicio y amor incondicional, y en esta escuela de riqueza
humana y espiritual, Fidela lo ha dado todo.
«Es un ángel», solía decir de ella. Blasita respondía con la
mirada, desde el silencio más genuino, dejándose amar. Esta era su forma de
devolver el amor que recibía. ¡Cuántas palabras hubiera podido decir para
mostrar su gratitud! Pero los sentimientos van más allá de las palabras, y la
dificultad para expresarse no impide que estos fluyan.
Jamás se han oído en Fidela palabras como «mala suerte» o
«una carga». Tanto ella como su familia aceptaron el misterio inexplicable, y
esto es una muestra de su coherencia y unidad. Una familia donde se ama hasta
darlo todo es un lugar de crecimiento y aprendizaje. Nadie es descartable,
todos somos concebidos para amar y ser amados. Por el solo hecho de nacer poseemos
una radical dignidad que nos capacita para la gran aventura del amor.
Aceptar al otro, como es, como está, como viene, con sus
dependencias y sus límites: esto nos enseña a ser personas, a ser humanos y a tener
una mirada solidaria hacia los demás, sobre todo los más vulnerables.
Cuando no todo se entiende, quedan el silencio y el amor.
Ante un sacrificio por amor, solo cabe el silencio. Aquí se revela la grandeza
del ser humano.
Hablo de Fidela porque es a quien conozco. Sus dos hermanos
ya han fallecido, y hoy los recordamos con gratitud.
Ahora, Blasa y Cristino disfrutan de una paz infinita.
Juntos, con otros ángeles, gozan del abrazo de Dios en la eternidad. Envueltos
en su misericordia, con enorme ternura, ya forman parte de esa otra familia que
hemos amado y que nos espera allí, donde están siempre en la presencia amorosa
de Dios.
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