domingo, 19 de julio de 2026

El hombre de las muletas


Hemos pasado el solsticio de verano y nos adentramos de lleno en el tiempo estival. La luz del sol se alza e ilumina con fuerza el cielo de Barcelona. Mis paseos matinales siguen siendo una auténtica terapia: la brisa limpia el aire y me regalo una caminata serena hasta la playa, donde, de buena mañana, las olas juguetean en la orilla. El agua está fresca; sumerjo los pies y disfruto de esa caricia fría que me revitaliza, mientras alzo la mirada a un cielo que cambia de color sobre el horizonte, revelándome, un día más, la belleza del Creador.

Sin prisa, respiro contemplando este regalo y doy gracias a Dios por una nueva aventura cotidiana.

Al regresar, a medio camino, observo a un hombre al que suelo ver cada día. Tendrá unos setenta años: cabello canoso, constitución recia. Avanza con paso ágil, incluso acelerado, hacia el Paseo Marítimo. Fija la mirada al frente, sin distraerse en nada. Pero hay algo que me desconcierta: camina cogiendo unas muletas.

¿Por qué —me pregunto—, si avanza con tal soltura y rapidez? Las muletas suelen acompañar una caída, una lesión, un problema en las articulaciones o en los músculos que impide moverse con normalidad. Pero no parece ser este el caso. ¿Qué le ocurre para cargar con ellas sin una necesidad aparente?

Tal vez sufrió una lesión y, aunque ya está recuperado, le ha quedado una huella: una inseguridad, una memoria del dolor. No le cuesta caminar; se mueve con soltura y a buen ritmo. Entonces, ¿cuál puede ser el motivo?

Haciendo una lectura más honda, casi simbólica, este hombre fuerte que camina con muletas se me presenta como una metáfora. Todos arrastramos inseguridades y miedos que dificultan nuestro avance; o, al contrario, huimos de algo y necesitamos correr… aunque sea con muletas.

Vivimos bajo una tensión constante: problemas personales, familiares, laborales, económicos. Si extrapolo la imagen de este hombre a nuestra sociedad, veo en él el reflejo de muchos: personas atadas por miedos e incertidumbres que, al mismo tiempo, se exigen correr para alcanzar sus metas. Es como vivir frenando y acelerando a la vez. Y esa contradicción genera una profunda fricción interior.

Las muletas pueden ser necesarias en un momento de fragilidad. Pero, cuando ya no lo son, se convierten en un lastre, en un peso añadido a la carga diaria. Nos dan una falsa seguridad, cuando en realidad aumentan el desgaste. ¿No seremos, acaso, caminantes sanos que arrastran muletas mentales y emocionales? ¿Quién nos hizo creer que sin ellas no podríamos avanzar?

Y, por otra parte, ¿es necesario correr? ¿No caminaríamos más ligeros sin ellas?

Quizá huimos de nuestros propios límites mientras, paradójicamente, permanecemos atrapados en ellos.

Es posible que ese hombre que avanza con agilidad apoyado en sus muletas responda más a una sensación de fragilidad que a una limitación real. Su cuerpo parece funcionar con normalidad; no hay gesto de dolor. Tal vez la herida no está en sus piernas, sino en su interior. Puede que necesite tiempo para aceptar lo vivido, o recorrer un proceso que le permita soltar aquello que ya no le sostiene, sino que le condiciona.

Y nosotros, aunque nos sintamos ágiles y fuertes, ¿no recurrimos también a muletas emocionales para sostenernos? Cuando la vida nos resulta demasiado dura, buscamos apoyos que alivien la angustia. A veces son necesarios; otras, nos encadenan.

La opinión ajena pesa mucho en una sociedad que etiqueta y juzga. El “qué dirán” condiciona e hipoteca decisiones. Vivir pendientes de esa mirada externa, sacrificando lo que uno es, genera tensiones que, en ocasiones, terminan somatizándose en el cuerpo. Cuando el estrés emocional alcanza el límite, el sistema se resiente y la fragilidad se hace visible.

¿Dónde está la clave?

No necesitamos ser lo que no somos ni aparentar ser mejores. A menudo nos miramos con una medida distorsionada, creyendo que debemos cumplir expectativas ajenas para ser dignos de consideración.

Aceptarnos tal como somos es ya un camino de sanación. Nos reconcilia con nosotros mismos. Porque, por el simple hecho de existir, poseemos una dignidad que trasciende cualquier circunstancia.

Mirar más allá de nosotros mismos, acoger la realidad tal como es, descubrir un sentido profundo —una orientación trascendente— da unidad a la vida.

En el proceso de sanación pueden ser necesarias las muletas. Pero no deben generar dependencia. Llega un momento en que es preciso soltarlas.

La grandeza del ser humano supera sus límites físicos: el cuerpo puede ser frágil, pero el alma es inmensa. Y la fuerza del amor —misteriosa y real— puede despertar en nosotros una capacidad de regeneración insospechada. Del mismo modo, el miedo, la comodidad o la inseguridad pueden debilitarnos hasta paralizar todo nuestro ser.

Somos nadadores de la vida: cuando dejamos de tener miedo, vamos más allá de las propias fuerzas y surcamos el mar de la existencia sin temor a ahogarnos. Nos lanzamos a vivir sin muletas.

1 comentario:

  1. Cuanta razón , Padte Joaquín , el hombre de aspecto deportivo que Ud nos describe , no necesita muletas , quizá las necesito , quizás se rehabilitó y le quedó la costumbre o el hábito de haberlas llevado u ya no puede ir sin ellas , ha de superar esta situación pq más que ayuda son una carga , un impedimento .. pero … cuando son necesarias por enfermedad o problema física no se puede imaginar la gran ayuda que supone este soporte este tercer brazo , seguro y certero que te une a l tierra , al suelo y a la realidad de tu limitación …. Te ayudan en el dolor , buscas la posición adecuada de la muleta para descargarlo y aliviarlo y aumenta la sensibilidad , paciencia y calma , sin ella ya no sería posible la marcha , el tanteo de la muleta al explorar el suelo ayuda a la mente a caminar con segurgidad . Es una gran herramienta, creada como ayuda a personas vulnerables que ayuda y crea empatía y solidaridad entre otras en la misma situación y que crea respeto y ayuda entre ellas y otros viandantes , por eso creo que el hombre que nos describe , aunque ya no las necesite no puede liberarse de su carga ,.. no me explico que tenga que avanzar con prisas pq si algo te enseñan es a una marcha , lenta, y pausada y a valorar el espacio y el tiempo , si está ausente el dolor … siempre das gracias a Dios que te permite este don de autonomía y gran ayuda .!

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