La capacidad comunicativa del hombre supuso un salto en su evolución. De los sonidos guturales y los gestos con pies y manos, gracias al desarrollo del cerebro y de un sofisticado aparato fonador se pasó a la expresión verbal. Poder articular palabras dio un giro a las relaciones interpersonales. El lenguaje articulado permitió generar un discurso coherente, no sólo sobre realidades inmediatas, sino también sobre ideas, recuerdos y emociones. Expresar una idea con la voz activa las conexiones cerebrales, aumentando la inteligencia y la capacidad humana. Con la voz se pueden expresar pensamientos elevados: así nace el homo filosófico. Se pueden explicar proyectos y transmitir enseñanzas. La habilidad manual para fabricar herramientas y el desplazamiento por el mundo también favorecieron una dieta más variada, una mayor ingesta de proteínas y el aumento de la capacidad intelectual y comunicativa.
Hablar es algo que nos diferencia cualitativamente de los
animales. Es cierto que estos tienen sus propios lenguajes y formas de
comunicarse, a veces muy complejos. Pero el salto respecto al ser humano es
abismal. Con nuestro lenguaje no sólo podemos describir el mundo, sino ir más
allá de él. Con el lenguaje podemos crear algo nuevo y alcanzar una dimensión
sobrenatural. El lenguaje nos hace semejantes a Dios.
Las culturas humanas han visto un despliegue del lenguaje en
todas sus formas: hablado, escrito, expresado en el arte y en la música. El
lenguaje engendra la ciencia, la filosofía, la teología y las religiones. Y el
saber humano se transmite mediante lenguajes de signos, muy especialmente la
escritura.
Desde la Ilustración y su culto a la diosa razón, el
lenguaje oral y escrito se ha valorado más que nunca. Nuestras modernas
ciencias y tecnologías funcionan con formas de lenguaje. Pero quizás por este
auge científico y racional, hemos dejado de valorar otras expresiones que
tienen enorme importancia para la comunicación.
Ya hace décadas que los antropólogos estudian la llamada
«comunicación no verbal». Los expertos aseguran que, en un diálogo entre
personas, más del 80 % de la comunicación se da en forma no verbal, sólo el 20
% está formado por palabras. ¿Y el resto?
Observo la maravilla del lenguaje de signos de los
sordomudos. Sin poder articular palabra, con movimientos de sus manos y gestos
de su rostro pueden expresar un discurso completo. La forma en que unen los
dedos, su expresión facial, todo transmite con tanta fuerza que me deja
asombrado.
El otro día vi un vídeo en YouTube. Un conocido influencer
entrevistaba a un matrimonio: él, con parálisis cerebral desde la infancia, no
puede articular palabra. Ella ha aprendido el lenguaje de los signos y no sólo
dialoga con él, sino que le hace de traductora. Es admirable ver cómo ella lo
entiende y pasa del lenguaje de los signos al lenguaje articulado. Lee
perfectamente las manos y los gestos de su esposo y lo interpreta de tal manera
que al pasar al lenguaje hablado, puede emitir pensamientos tan ricos y
profundos como los que podamos formular en lenguaje verbal. Es toda una ciencia
aprender estos lenguajes de gestos que permiten expresar lo que hay en el
corazón humano. Y pensé, viéndolos, en el misterio y la maravilla de nuestro
cerebro, esa masa gris que encierra millones de redes neuronales y nos permite
superar las limitaciones físicas buscando la forma de comunicarnos.
Y esto me lleva a la teología: somos hijos de Dios, cada personas
es un Himalaya del ser, capaz de amar y dejarse amar. Esta es la grandeza del
ser humano: limitado pero con ansias que lo llevan a explorar más allá de sí
mismo.
Hablaba hace poco con una persona cercana que hoy se están
impartiendo muchos talleres para aprender a leer los gestos y las expresiones.
Esto es particularmente útil en el caso de personas enfermas o que atraviesan
una profunda depresión. Cuando el silencio o la dificultad para comunicarse se convierten
en un muro, poder interpretar cada pequeño gesto, cada mirada, será clave para leer
correctamente qué sucede en su interior. En el caso de personas mayores,
encamadas u hospitalizadas, que no saben o no pueden expresarse, los terapeutas
que tengan esta habilidad serán profesionales muy demandados.
La comunicación siempre ha sido un campo que me ha
fascinado. Pero ¿qué me ha movido a escribir esta reflexión?
Ha sido a raíz de mi despedida con una persona muy querida
de la comunidad. No hicieron falta grandes palabras. Su sonrisa, y su mirada
bella y profunda bastaron para que su aprecio me llegara al corazón.
El culto al lenguaje verbal nos ha hecho olvidar que, en un
momento dado, las palabras sobran y la gratitud no siempre necesita ser
expresada con la voz. Una mirada puede decir mucho más que las palabras. Si
decimos que una imagen vale más que mil palabras… yo digo que una mirada sincera
desde el corazón vale más que muchas palabras e imágenes. Porque los ojos son
el espejo del alma, esa parte de Dios que todos tenemos y que es lo más genuino
del ser humano.
Cuando comunicamos más allá del aparato fonador, el lenguaje
del alma lo llena todo: la comunicación se destila en una mirada llena de amor
y atraviesa todo el ser.
Ahora, esta persona amiga está surcando los cielos hacia el
«continente de la esperanza», como lo llamaba un amigo sacerdote.
Gracias por tan bella sonrisa. ¡Hasta siempre!

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