Mis piernas, frágiles después de semanas en el hospital,
necesitaban ejercicio para robustecerse. Caminar no solo tonifica mis músculos,
sino que me despeja y despierta todos mis sentidos. Llevo ya varias semanas
paseando, contemplando cómo el día despunta y va pintando el cielo de belleza.
A paso firme, respirando hondo, saboreo el regalo de un
nuevo día por estrenar, siempre lleno de sorpresas y misterio.
La alborada despliega su manto de luz, a veces irisado por
las nubes que reciben los primeros rayos del sol. Ese sol que emerge con fuerza
y me llena de energía al comenzar la jornada.
Contemplo, admiro y rezo, dejando que la claridad me bañe.
Doy gracias a Dios por la luz, que da vida y color al mundo. Y observo a mi
alrededor.
No voy corriendo, como tantos deportistas madrugadores que
hacen footing, ni como quienes se apresuran para ir al trabajo. A esa
hora me gusta ir despacio, fotografiándolo todo con la retina. Todo cuanto
acontece tiene valor, y me gusta descifrar su significado. Cuando se observa el
mundo así, todo cobra sentido, y se aprende a reconocer la mano de Dios en lo
creado, incluso cuando parece lleno de contrasentidos.
Me percato de los contrastes: belleza y fealdad, calma y
prisa, silencio y ruido. Y esto me lleva a otros más profundos: libertad y
esclavitud, violencia y compasión, soledad y compañía, amor y odio, tristeza y
alegría.
Una mañana, mientras avanzaba hacia el paseo marítimo, vi a
una anciana mendigando. Ya la conocía de antes; no era la primera vez que la
veía. Es bajita, algo rechoncha; lleva falda y zapatillas, y se cubre la cabeza
con una pañoleta. De tez morena, curtida por la intemperie, se acerca a los
transeúntes con voz entrecortada para pedir limosna.
Repite frases cortas, con una cantinela reiterada. Miro su
rostro cansado y descubro en sus ojos negros, profundamente tristes, una
inmensa soledad. Ella insiste, haciendo sonar unas monedas en su mano.
Me acerqué para verla de cerca, y me estremeció su rostro,
castigado por el paso del tiempo.
¿Qué hay detrás de una anciana que mendiga al amanecer?
Quise sintonizar con su dolor. Ella, mientras tanto, reclamaba su limosna:
—¿Me da algo de dinero?
Y una sonrisa se dibujó en sus labios marchitos.
Tuve el impulso de preguntarle cómo se llamaba, si tenía
familia, dónde vivía… qué hacía a aquellas horas tan tempranas, pidiendo.
Pero enseguida comprendí que aquellas preguntas, aunque
nacieran de la compasión, eran demasiado racionales, quizá fuera de lugar. Ella
no necesitaba interrogantes.
Opté por el silencio y seguí caminando, cruzándome con
grupos de jóvenes que salían, en manadas, de las discotecas.
Sea quien sea, y lo que haya hecho, una sociedad que crece
en tecnología pero no en corazón, que prioriza el culto al tener y se
enorgullece de ello, ha olvidado lo más importante y se está deshumanizando.
La investigación y los avances científicos no pueden
separarse de un imperativo ético que proteja a los más vulnerables. La imagen
es hiriente: junto a un moderno centro de investigación, ante sus mismas
puertas, una anciana con pañoleta mendiga a primera hora de la mañana. La
«Ciudadela del Conocimiento», referente en investigación biológica, convive con
la pobreza de quienes no tienen un techo donde guarecerse.
Si el progreso científico no va acompañado de un progreso en
solidaridad, ¿beneficiará realmente a quienes menos tienen? Una sociedad que
rinde culto a sus aspiraciones tecnológicas y olvida a una pobre anciana es una
sociedad perdida, endiosada en sus propias quimeras.
Se hacen inversiones multimillonarias para convertir nuestra
ciudad en un referente mundial en investigación biomédica. Y está bien. Se
podrán prevenir muchas enfermedades, incluso aumentar la longevidad gracias a
la regeneración celular.
Pero ¿qué hacemos con las necesidades presentes de una
persona anciana que solo desea comer, un poco de compañía, un lugar
hospitalario y un lecho donde morir en paz?
Por mucho que la sociedad avance en ciencia y en medicina,
si pierde su alma, caminará irremediablemente hacia el vacío.
Puedo tenerlo todo; pero si me falta lo esencial —eso que no
se ve ni se puede comprar, pero que nos hace humanos, únicos y genuinos—, no
tengo nada.
Sin alma, sin solidaridad, dando la espalda a los
descartados, nuestra sociedad se resquebraja.
Si quitamos la caridad, nada de lo que hacemos tiene sentido.

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