domingo, 19 de abril de 2026

La anciana del amanecer

Tras una larga etapa de recuperación de la pancreatitis que sufrí, he vuelto a caminar cada mañana, al amanecer, para acercarme al mar.

Mis piernas, frágiles después de semanas en el hospital, necesitaban ejercicio para robustecerse. Caminar no solo tonifica mis músculos, sino que me despeja y despierta todos mis sentidos. Llevo ya varias semanas paseando, contemplando cómo el día despunta y va pintando el cielo de belleza.

A paso firme, respirando hondo, saboreo el regalo de un nuevo día por estrenar, siempre lleno de sorpresas y misterio.

La alborada despliega su manto de luz, a veces irisado por las nubes que reciben los primeros rayos del sol. Ese sol que emerge con fuerza y me llena de energía al comenzar la jornada.

Contemplo, admiro y rezo, dejando que la claridad me bañe. Doy gracias a Dios por la luz, que da vida y color al mundo. Y observo a mi alrededor.

No voy corriendo, como tantos deportistas madrugadores que hacen footing, ni como quienes se apresuran para ir al trabajo. A esa hora me gusta ir despacio, fotografiándolo todo con la retina. Todo cuanto acontece tiene valor, y me gusta descifrar su significado. Cuando se observa el mundo así, todo cobra sentido, y se aprende a reconocer la mano de Dios en lo creado, incluso cuando parece lleno de contrasentidos.

Me percato de los contrastes: belleza y fealdad, calma y prisa, silencio y ruido. Y esto me lleva a otros más profundos: libertad y esclavitud, violencia y compasión, soledad y compañía, amor y odio, tristeza y alegría.

Una mañana, mientras avanzaba hacia el paseo marítimo, vi a una anciana mendigando. Ya la conocía de antes; no era la primera vez que la veía. Es bajita, algo rechoncha; lleva falda y zapatillas, y se cubre la cabeza con una pañoleta. De tez morena, curtida por la intemperie, se acerca a los transeúntes con voz entrecortada para pedir limosna.

Repite frases cortas, con una cantinela reiterada. Miro su rostro cansado y descubro en sus ojos negros, profundamente tristes, una inmensa soledad. Ella insiste, haciendo sonar unas monedas en su mano.

Me acerqué para verla de cerca, y me estremeció su rostro, castigado por el paso del tiempo.

¿Qué hay detrás de una anciana que mendiga al amanecer? Quise sintonizar con su dolor. Ella, mientras tanto, reclamaba su limosna:

—¿Me da algo de dinero?

Tenía unas monedas y se las di. De inmediato, su rostro se iluminó por completo.
—¡Gracias! —exclamó.

Y una sonrisa se dibujó en sus labios marchitos.

Tuve el impulso de preguntarle cómo se llamaba, si tenía familia, dónde vivía… qué hacía a aquellas horas tan tempranas, pidiendo.

Pero enseguida comprendí que aquellas preguntas, aunque nacieran de la compasión, eran demasiado racionales, quizá fuera de lugar. Ella no necesitaba interrogantes.

Opté por el silencio y seguí caminando, cruzándome con grupos de jóvenes que salían, en manadas, de las discotecas.

Por dentro, sin embargo, continué meditando, con cierta indignación. No podía concebir que una anciana de ochenta años estuviera en la calle, sola, pidiendo.

Y me pregunté cuántas personas viven así: descartadas, sin rumbo, desorientadas y tristes, mendigando un poco de amor. ¿Qué historia arrastran? ¿Qué pérdidas o sufrimientos las han conducido hasta ahí?

Que existan personas como ella es un fracaso de la sociedad, de las familias, de las administraciones públicas. Algo estamos haciendo mal cuando consentimos que una anciana viva en la calle, sin protección alguna. Solo por el hecho de existir tiene dignidad. Por solidaridad existencial, se convierte en una hermana que necesita acogida: una mano que la sostenga y la ayude a vivir dignamente la última etapa de su vida, como merece toda persona.

Sea quien sea, y lo que haya hecho, una sociedad que crece en tecnología pero no en corazón, que prioriza el culto al tener y se enorgullece de ello, ha olvidado lo más importante y se está deshumanizando.

La investigación y los avances científicos no pueden separarse de un imperativo ético que proteja a los más vulnerables. La imagen es hiriente: junto a un moderno centro de investigación, ante sus mismas puertas, una anciana con pañoleta mendiga a primera hora de la mañana. La «Ciudadela del Conocimiento», referente en investigación biológica, convive con la pobreza de quienes no tienen un techo donde guarecerse.

Si el progreso científico no va acompañado de un progreso en solidaridad, ¿beneficiará realmente a quienes menos tienen? Una sociedad que rinde culto a sus aspiraciones tecnológicas y olvida a una pobre anciana es una sociedad perdida, endiosada en sus propias quimeras.

Se calcula que los nuevos centros de investigación que se están construyendo en nuestro barrio costarán un total de 104 millones de euros. ¿Cuánto costaría, en cambio, ofrecer un lugar sencillo y acogedor —con recursos terapéuticos y sanitarios— para acoger a una anciana que deambula por las calles antes de salir el sol?

Se hacen inversiones multimillonarias para convertir nuestra ciudad en un referente mundial en investigación biomédica. Y está bien. Se podrán prevenir muchas enfermedades, incluso aumentar la longevidad gracias a la regeneración celular.

Pero ¿qué hacemos con las necesidades presentes de una persona anciana que solo desea comer, un poco de compañía, un lugar hospitalario y un lecho donde morir en paz?

Por mucho que la sociedad avance en ciencia y en medicina, si pierde su alma, caminará irremediablemente hacia el vacío.

Puedo tenerlo todo; pero si me falta lo esencial —eso que no se ve ni se puede comprar, pero que nos hace humanos, únicos y genuinos—, no tengo nada.

Sin alma, sin solidaridad, dando la espalda a los descartados, nuestra sociedad se resquebraja.

Si quitamos la caridad, nada de lo que hacemos tiene sentido. 

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