El corazón se me ensancha y miro hacia la bóveda del cielo,
admirando una vez más la hermosura del paisaje. La brisa llena mis pulmones de
aire sanador. Comienzo así la aventura de una nueva jornada, sin saber todavía
lo que me depara este día luminoso.
La luz del sol cubre ya toda la ciudad, bañándola de color y
vida. Muy pocos caminan o corren por el paseo marítimo a estas horas. En el
suelo, veo los rastros de la noche anterior en las botellas y la suciedad
esparcida. Son las tristes huellas de la noche, que revelan una oscuridad aún
mayor: la de tantos corazones perdidos que corren hacia el vacío. El panorama
de la anti-belleza duele tanto como la falta de sensibilidad y de cuidado hacia
el entorno. Pisoteamos la creación sin darnos cuenta de que estamos destrozando
nuestro hábitat, donde no sólo vivimos, sino que estamos llamados a cuidar el
medio ambiente con nuestro ingenio y creatividad. Pero muchas veces hacemos lo
contrario, y convertimos lo que es bello en algo feo y degradante.
Cuando me dispongo a volver, oigo gritos a lo lejos. Un
hombre lanza improperios, con voz fuerte, salida del alma. No logro entender
qué dice, su voz es ronca y gutural. A medida que me acerco, resuena con
potencia en mis oídos. Quizás no quiere decir nada, solo gritar. No articula
palabras claras y vocea cada vez más fuerte, hasta que sus gritos se hacen ensordecedores.
Paso por delante de él y veo un rostro desencajado, de ojos
vidriosos y mirada triste. Me conmueve y siento dolor dentro de mí. El hombre
tiene unos 40 años, va desaliñado, mal vestido y descalzo. Es delgado y su tez,
tostada por la intemperie, deja entrever una profunda soledad.
Grita porque es lo único que tiene y puede hacer, como
lanzando una queja a la sociedad, a la vida, al mundo, a su propio dolor.
Son casi las 8 y el sol está alto. Miro atrás y veo de nuevo
el rostro del hombre que grita, bajo la luz, lanzando su lamento desgarrador.
No quiero violentarlo, así que lo observo con discreción, sin acercarme. Con
enorme tristeza, siento la terrible incapacidad de no poder hacer nada.
¿Me ve él a mí? Quizás no quiere verme, ya nada le importa.
Quizás ha vivido tanto tiempo marginado que ahora solo le queda gritar. Toda su
fuerza sale por la garganta.
¡Qué contraste tan hiriente! Un domingo por la mañana, bajo
una luz preciosa, un hombre roto grita enfurecido. Tal vez cansado por la vida,
porque alguien dejó de amarlo, porque se siente abandonado y la oscuridad ha
entrado en su corazón. Su voz es rabia, ira y dolor.
Me preguntó quién es este hombre arrastrado hacia el océano
del sinsentido. Está naufragando, pide socorro porque el agua lo lleva mar
adentro y amenaza con engullirlo, lejos de la plácida orilla. Solo en medio de
la nada, se ahoga lentamente. ¿Cuántas personas viven así, naufragando, porque
no encuentran sentido a sus vidas y se pierden en una crisis existencial?
Bajo un cielo azul y ante un mar en calma, el hombre grita
su dolor. El sol brilla e ilumina su rostro, y veo en él a una persona que, en
el fondo de su ser, quiere sobrevivir. No tiene nada, sólo le queda la voz. Hay
algo de belleza trágica en su figura, de pie ante mí. No está tumbado, no
quiere rendirse, se resiste a caer.
Sigo caminando y sus gritos se oyen cada vez más lejos, más
tenues, hasta que dejo de escucharlos. Con pena, abrigo la esperanza de que
alguien se le acerque con una manta y le ofrezca algo caliente. No sé si sucederá. En mi interior sigue
resonando su voz, la protesta de un hombre que grita porque está hambriento de
amor.

Qué dolor y cuántas petsonas así, solas, desesperadas. Suplico a Dios por él y que a través de alguien encuentre alivio y paz.
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