domingo, 27 de septiembre de 2015

El poder sanador del perdón

Un camino sin rumbo


Estamos ante un boom de terapias alternativas que se proponen como solución de muchas patologías y trastornos. Algunas son muy serias y realmente pueden ayudar a resolver ciertos problemas. Pero también constato que un número creciente de personas van probando una terapia tras otra sin resultados.

Hoy, aparte de las disciplinas médicas convencionales, están surgiendo nuevas metodologías y planteos más allá de los fármacos y la tecnología. Lo fundamental para la mejora real del paciente pasa por el médico o el terapeuta: que realmente tenga tiempo suficiente y capacidad de escucharle, y así, juntos, puedan descubrir el camino hacia la sanación y la recuperación de la salud integral.

Pero más allá de la proliferación de técnicas y tratamientos, tanto convencionales como alternativos, la recuperación de la salud pasa por algo que está condicionando el mismo ADN de las personas. Son muchas las causas que generan patologías. Estas pueden tener su origen en la infancia, en experiencias nocivas, en patrones de comportamiento que se somatizan en forma dolencias físicas y psicológicas, en algunos casos psiquiátricas. Me atrevo a afirmar con rotundidad que nadie está al margen de los condicionamientos educativos que han podido marcar con su rigidez a la persona. Nadie es inmune al impacto de su entorno familiar y social, y de un pasado donde se han generado profundos agujeros existenciales. Somos fruto de una historia, de una familia, de unos errores y unos aciertos que han afectado a nuestra trayectoria, creando una personalidad concreta con sus límites y su grandeza. Somos lo que somos porque en nuestra vida ha convergido una serie de hechos que han posibilitado nuestra biografía, llena de luces y de oscuridad. Aunque no tengamos culpa de lo ocurrido anteriormente, todo ello ha configurado nuestra existencia.

Si estamos siempre pensando qué seríamos si nuestro pasado hubiera sido diferente caeremos en una constante queja, en un descontento de ser quienes somos porque no nos gustamos.

Y damos vueltas y vueltas sobre nosotros mismos, sin resolver el problema de identidad que nos aqueja. Buscamos miles de terapias sin conseguir la sanación. Nos arrastramos por el tobogán del victimismo y nuestra vida languidece, mientras intentamos inútilmente cambiar lo que es imposible cambiar: el origen de nuestra historia.

El vacío se va apoderando de nosotros y llegamos a olvidar el sentido de la vida. Vivimos como sonámbulos, sometidos a la tiranía de los cambios emocionales. Nos pesa vivir: nos pesan los demás, nos pesa el trabajo, la familia, hasta los amigos. Nos arrastramos por la vida sin una meta que nos haga levantarnos cada mañana con ánimo. Las noches se convierten en batallas interiores contra el sueño. Vamos sin rumbo de un lugar a otro, sobreviviendo, huyendo sin llegar a ninguna parte.

¿Dónde se encuentra la solución a esta patología del ser?

No la encontraremos en el médico o en el terapeuta, tampoco en una receta, una dieta o una terapia alternativa. La solución a este tipo de problemas no está fuera sino dentro de uno mismo.

El perdón sanador


En nuestro interior poseemos las herramientas necesarias. Con la ayuda adecuada podemos iniciar un proceso de autocuración. Para llegar hasta aquí hay que tener tres cosas claras: tenacidad, humildad y valentía. Son necesarias para aceptar y abrazar con realismo el pasado, por muy oscuro que sea, y lanzar una mirada serena a nuestra historia sin buscar culpables, sin juicios, hasta llegar al perdón.

Por muy herido que estés, por mucho daño que hayas recibido, hay algo mayor que ese dolor y ese mal: es el perdón. El perdón siempre puede más si lo das con todas tus fuerzas y tu intención.

Cuando perdones de corazón tendrás paz. Solo así, aunque esto no cambie las circunstancias externas, una calma desconocida invadirá tu interior. El pasado ya no pesará tanto. Las lagunas serán solo una marca de tus luchas: las cicatrices de tu psique. No te impedirán vivir la vida con nuevos aires de libertad.

El poder sanador del perdón ayuda a deshacerte de los monstruos interiores y a pactar una tregua contigo mismo, liberándote de los sentimientos de culpa. El perdón te ayuda a llegar al núcleo del problema: aceptar con humildad tu propia indigencia y ser capaz de perdonarte a ti mismo y a los demás. Y esto implica desengancharte del resentimiento, de la tristeza y la culpa.

Llegaremos a la auténtica libertad cuando seamos capaces de dejar la esclavitud del pasado. Lo único que tiene la capacidad de sellar toda hemorragia psíquica es el perdón. Es lo único que nos restaura, desde las vísceras hasta el alma. El perdón tiene un efecto terapéutico de gran alcance. ¿Tendremos la osadía de renunciar al victimismo complaciente o preferimos rascarnos las heridas hasta convertirlas en una pupa gigante? ¿Viviremos centrados en nuestras llagas o preferimos aceptar el reto de la vida? Si lo hacemos así, convertiremos las cicatrices en laureles de triunfo, porque habremos ganado el auténtico combate: salir de uno mismo y darnos cuenta de que hay vida ahí afuera. Habremos ganado la peor guerra y el fulgor de la victoria asomará con fuerza en nuestra mirada.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Una estrella que se apaga

Una muerte inesperada


El 7 de septiembre a las seis de la tarde recibí la noticia. Un amigo muy querido, Pepe Poyatos, a quien tanta estima tenía, había fallecido. El corazón me dio un vuelco al escuchar la noticia. Me la comunicó otro amigo, directa, clara y contundente, con un tono que expresaba su honda tristeza, su dolor y su aprecio, mezclados con una rebeldía solapada. ¿Por qué esta muerte tan inesperada?

Incapaz de digerirlo, quise saber cómo había sido, en un inútil intento de comprender las razones del trágico suceso. Cuando colgué el teléfono no lo podía creer. Pepe solo tenía 47 años. Mirando al cielo, me pregunté por qué una vida tan bella quedó segada de esta manera, tan súbita. Necesité varios minutos para serenarme.

Salí al patio y me senté en un banco, intentando asimilar lo que había escuchado. Los recuerdos se amontonaron con mis lágrimas contenidas. Intenté poner en orden tantos encuentros, conversaciones, experiencias, largos paseos juntos… Lo sentí tan próximo que me hizo revivir los momentos más intensos de nuestros diálogos, aquellos en que tratábamos del tesoro más grande, la vida, y él me hablaba de sus inquietudes, alegrías y preocupaciones. Mientras conversaba sus ojos brillaban y su corazón ardía.

Pepe amaba la vida. Era un hombre inquieto, de aspecto tímido pero de trato afable, trabajador incansable y fiel.

Era sano, creativo, apasionado y a la vez reflexivo. Vivía volcado a su familia y a su trabajo, sin olvidar a sus amigos. Sencillo y humilde, pero luchador, ningún reto lo acobardaba. Profesor entregado con una gran capacidad educativa, sabía conectar con los jóvenes. Era exigente y comprensivo a la vez, y ayudaba a sus alumnos a crecer. Llegó a ser un pilar del colegio donde trabajaba.

Hombre con profundos anhelos, sus interrogantes revelaban una vida interior muy rica y densa. Buscaba respuestas a tantas cuestiones sobre la vida, el amor, la familia, el sufrimiento, la maldad, la trascendencia, Dios…

Totalmente comprometido, luchaba, y si caía se levantaba de nuevo. Amaba y soñaba, siempre con la mirada puesta en el horizonte; nunca se rendía pese a los reveses de la vida. Firme, con la cara muy alta, siempre tiraba hacia adelante, hiciera frío o calor, sintiéndose apoyado o solo en medio de la tormenta existencial. Allí estaba Pepe, un auténtico gladiador.

Curtido, sabía afrontar el combate de cada día. Si se sentía frágil, sacaba fuerzas de donde no las tenía. Pepe agarró la vida con tanta fuerza que la exprimió, sorbo a sorbo, quizás hasta la extenuación.

Pensando en esto, dos sensaciones embargaban mi corazón: la pena de haber perdido un amigo y la gratitud por esa hermosa amistad, por tantos momentos de paseos apacibles, momentos luminosos de compartir tantas cosas.

Sentí que una estrella se apagaba en el firmamento de la existencia, pero a la vez pensé que no podía apagarse y ya está. Lo auténtico nunca muere y, aunque el cielo se oscurezca por una tormenta, el sol sigue brillando por encima del agua y las nubes.

Sé que estás ahí


Escribo esto de noche. Salgo de nuevo al patio, buscando una nueva estrella en el cielo. Veo solo dos sobre el azul oscuro del firmamento. Una de ellas parece hacerme un guiño y me emociono. Pepe, sé que estás allí, en las alturas.

Sé que sigues brillando para todos aquellos que te quieren: Mónica, tus hijos Vicky y Guillem, tu madre… Tus amigos, tus compañeros. Sé que en mi duelo también me ayudarás, desde el cielo, y que después de esta breve oscuridad por tu pérdida volverás a brillar como siempre, ya no como una estrella, sino como un sol que no se apaga, porque participarás de la misma luz de Dios en la eternidad.

Iniciamos una nueva etapa de nuestra amistad: yo aquí, tú allá, velando por todos aquellos a quien amas. No te veré, pero sabré que estás ahí, ya trascendido, en el brillo de aquellos que han alcanzado la corona del Amor. 

Te pido, en esta noche, que cuides y protejas especialmente a Mónica, a Vicky, a Guillem, a tu madre y a tu hermana. Que les des paz y serenidad, para seguir afrontando la vida de cada día. Que sientan tu aliento, tu mirada y la caricia de tu dulzura, para que sepan que tú estás ahí, con ellos, y que tu amor, desde el más allá, les ayude a sobrellevar el vacío insoportable que les ha quedado con tu ausencia. Porque para ellos has sido el universo de sus vidas y hoy viven como si ese universo se les hubiera caído a los pies. El corazón te falló, pero ahora tienes un alma luminosa para dar luz y fortalecer a los tuyos.

Con mi afecto y gratitud, con mi amistad y con la complicidad de siempre, te recuerdo y sé que, silencioso y discreto, estás aquí.

En el tanatorio


Una vez llego al tanatorio, apresurado, sorteo a las gentes en busca de la sala donde se exponen los restos mortales de Pepe.

Llego y mi corazón vuelve a encogerse. Allí estás, yaciendo en el féretro. Me recibe tu madre, sollozando, y me acerco a la vitrina para darte mi último adiós. Las lágrimas de tu madre caen. Ha perdido a su hijo en la plenitud de su madurez.

Contengo mi emoción mientras contemplo a mi amigo. Un cristal en la penumbra y la muerte me separan de él. Su madre abraza la caja con fuerza, no quiere apartarse de él, no puede soportar verlo sin vida. Se aferra al cristal del féretro, sin comprender el por qué de esta tragedia. Yo la veo y siento su profundo dolor y la inmensa fuerza del amor de una madre. Su grito quiere atravesar la vitrina, como queriendo tocar, acariciar por última vez al hijo muerto. ¿Qué pasa por su mente en esos momentos? El niño que había tenido en brazos ahora va a ser enterrado, en la flor de su vida. El vínculo que los unía se ha roto. Qué duro debe ser para una madre ver morir a su hijo.

Voy a saludar a la familia y mi boca enmudece. Para mis adentros rezo por ellos.

Mi emoción aumenta cuando me acerco a la que fue su compañera en los últimos años: Mónica, que no deja de llorar desconsoladamente. La estrecho entre mis brazos sintiendo su fragilidad y su dolor. La miro a los ojos, que son un torrente de lágrimas, e intento consolarla mientras ella me aprieta con fuerza. Pepe le hablaba de mí, dice, y le comentaba mis escritos.

La veo bondadosa, con una mirada clara, aunque nublada por el llanto. Mi duelo se funde con el suyo en este abrazo: yo también he perdido un gran amigo. Siento en su delicadeza el vacío que la rompe por dentro, su necesidad de calor y de amor. La vida de su amado se ha evaporado. Pero tras el ocaso de su existencia su alma ha partido hacia un lugar nuevo donde ya nunca más sentirá el peso de sus limitaciones. En el más allá se unirá con Dios, la fuente de la existencia, que da sentido y esperanza a nuestras vidas.

Este Dios llenará de claridad nuestras sombras. No todo acaba en nuestra vida mortal. Esta es la primera parte de una historia que continúa tras la muerte. La bella historia de Dios con el hombre no tiene fin, porque con su resurrección nos hace eternos para seguir amándonos. Pepe, sin duda, vive para siempre en el corazón de Dios en espera del futuro encuentro con su amada y con los suyos. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Mirar desde el alma

El frenesí de una sociedad volcada al rendimiento, a la eficacia, a la productividad, nos impide detenernos para dar valor a los pequeños acontecimientos que cada día suceden a nuestro alrededor. Convertimos nuestra vida en un maratón y no saboreamos el valor de lo cotidiano. Como si fuéramos a bordo de un tren de alta velocidad, los ojos no pueden captar el instante y el cerebro no puede retener las imágenes del paisaje.

Las emociones estéticas surgen a partir de lo que entra por nuestros ojos. Tenemos dos puertas que conectan el cerebro con la creación, a fin que podamos admirarla y disfrutarla. Son la ventana del alma que nos permite saborear el tejido multicolor que baña la naturaleza. Nuestros ojos nos abren a la realidad. Ver es un regalo precioso: convierte las señales eléctricas en una imagen, a través de un complejo proceso neuronal que nos permite comunicarnos con el mundo exterior.

Pero los ojos, más allá del lenguaje verbal, también comunican de adentro hacia afuera y expresan emociones y sentimientos. Nuestros ojos no solo tienen la función de fotografiar la realidad; abren nuestro interior hacia ella y solo podemos hacerlo si detenemos la mirada para deleitarnos en aquello que estamos viendo.

Más allá de ver


Mirar va más allá de nuestras conexiones nerviosas. Una mirada que goza con lo que ve está saboreando el gusto de la vida. La mirada abre muchos horizontes, porque cuando se mira se capta otra textura más allá de lo orgánico: una mirada profunda ve el reverso de la realidad.

No nos damos cuenta de la cantidad de detalles que se nos escapan porque no tenemos el ojo acostumbrado a observar ni a contemplar.

De la misma manera que decimos que no es lo mismo oír que escuchar, también podemos decir que no es lo mismo ver que mirar. Podríamos comparar la visión global y superficial con la visión detallista y profunda: la mirada del observador científico y la del ingenio creativo; la mirada penetrante de un poeta, la de un pintor.

Un hermoso geranio en un balcón; unos amigos enfrascados en una conversación; un escaparate con un atractivo diseño que invita a entrar; dos patinadores que pasan rozándote… Son impactos visuales que percibes al ir despacio. Si al ver y al oír sumamos esta mirada profunda, aprenderemos a dar sentido y a saborear la vida.

Hay otras miradas, esas bellas miradas de complicidad que acompañan gestos dulces, abrazos llenos de pasión, sonrisas y silencios que dicen más que muchas palabras. Los ojos se llenan de emoción ante el susurro de un enamorado, la fragilidad de un abuelo que habla con dificultad, el vigor de un niño que corretea sin parar, la mirada de una pareja que se entrecruza… todo esto ensancha el corazón.

Dejemos que nuestros ojos desplieguen todas sus posibilidades. No seamos hipermétropes, viendo solo lo lejano y descuidando lo próximo. Tampoco seamos miopes, perdiendo de vista el horizonte y dejando que lo lejano se vuelva difuso. Nuestra potencialidad visual es inmensa. Nuestros ojos están formados de tejido cerebral, el mismo que forma las neuronas. Y, como afirman los neurocientíficos, el cerebro tiene una plasticidad enorme para adaptarse a la realidad. Sabiendo esto, podemos hacer que esta realidad que vemos quede enriquecida por una mirada más honda y consciente.

Cuando sabes mirar estás paladeando, gustando, asimilando la realidad. Y con tus ojos devuelves otro mensaje de respuesta. Mirar y que te miren es establecer una comunicación que llega hasta el alma.

domingo, 30 de agosto de 2015

El brillo de la luna sobre el mar

El verano está muy avanzado y la mañana es fresca. Sobre las ramas de las acacias cantan algunos pajarillos que me hacen de despertador. Más allá del patio, en la biblioteca de la universidad, el sol acaricia la cima del edificio dándole un tono rojizo. Todo está en calma. Algunas hojas amarillas de la morera han caído, alfombrando el suelo alrededor de la mesa donde me siento a escribir. La belleza matinal, con sus melodías y su textura, se despliega, dejando intuir el rostro de su Creador.

El sosiego me invita a meditar sobre el paseo que di al atardecer, el día antes, caminando hacia el mar. Los rayos de sol se iban apagando y el matiz suave de los colores iba anunciando la llegada del crepúsculo. Sobre el mar, el cielo se teñía de tonos pastel azulados sobre el gris del mar en calma.

Al amanecer, ese mismo día, había paseado por el campo, en tierras de Ponent, respirando el frescor del rocío en los valles cubiertos de robles y encinas. Allí fui testigo del nacimiento de un nuevo día. Contemplé cómo el sol se deslizaba tras la montaña, lanzando sus primeros rayos y bañando el campo de color. Poco a poco fue ascendiendo, con luminosidad creciente, hasta elevarse sobre el cielo, radiante, con toda su fuerza.

Aunque muchas mañanas veo salir el sol, cada día es un espectáculo diferente, ofrecido por una mano amorosa que desea que mis sentidos puedan gozar de su creación. Recordé aquellos versos tan hermosos del canto de Débora: Sean los que te aman, Señor, como el sol cuando nace con toda su fuerza. Saborear y gustar las primeras caricias del sol es delicioso y di las gracias, respirando profundamente el oxígeno fresco de la mañana.

Esto lo meditaba de noche, sentado frente al mar, mientras la luna se reflejaba en las pequeñas olas, formando un sendero luminoso hacia mí. El sol de la mañana lo bañaba todo; la luna de la tarde trazaba un camino de luz sobre las aguas. Otro hermoso espectáculo natural: el suave celeste del firmamento sobre el mar plateado.

Miraba y remiraba sin cansarme, extasiado, y meditando. Comparé el oleaje con la humanidad, bañada por la luz de la luna. Y también lo comparé con la vida de cada hombre, bañada por la luz divina. Esta luz atraviesa toda la existencia humana. La luna se convierte en un faro que indica el camino hacia un nuevo horizonte. Aunque a veces nuestro mar interior se oscurezca, siempre brillará una luz, aunque sea pequeña, que disipará la angustia y la oscuridad. El hombre tiene un camino trazado hacia la luz, dependerá de su voluntad y su libertad que se oriente hacia ella y dé sentido a su existencia.

Cuanto más oscurecía el mar, más aumentaba la claridad. A veces podemos sentir que nuestra alma también se oscurece, pero misteriosamente la luz de Dios se torna más intensa y las aguas interiores clarean. Es como si el hombre, junto a sus contradicciones internas, tuviera una capacidad para discernir que más allá de sus fuerzas hay un rescate; en su destino brilla la esperanza.

Ante la inmensidad de su océano existencial, el hombre no acaba perdiéndose, como pensaban los existencialistas ateos. Para ellos, el hombre es un náufrago obligado a navegar por una existencia absurda. Pero la realidad es que en su interior el ser humano posee una fuerza desconocida que lo empuja a abrirse al misterio, más allá de la razón. Está concebido como criatura de Dios. Pese a sus incertezas, está llamado a vivir en la luz de la trascendencia. Esto es lo que constituye la esencia de la vida: mirar al infinito y buscar respuestas ante sus profundos interrogantes.

Frágil y pequeño ante la inmensidad del mar, pero iluminado por un Creador amoroso, entiendo cada vez mejor a san Francisco, el pobre de Asís, enamorado de la creación. Llamaba hermano al sol, y a la luna hermana. Sentía la fraternidad cósmica entre él y las demás criaturas, todos hijos de un mismo Padre, y alababa a Dios por ello en su cántico.

¡Loado seas, Señor, porque nos has creado!

domingo, 23 de agosto de 2015

¿Metas inalcanzables?

Encontrar el propósito vital


Todos deseamos tener un propósito en la vida. Cuánto cuesta alcanzarlo. Las metas no tienen por qué ser solo en la línea profesional o económica. Muchos han logrado sus objetivos profesionales pero sienten que no van en la dirección correcta. Incluso disfrutan de un estatus social y económico, pero en su corazón hay un latido que no suena con el ritmo de la alegría. Se afanan por muchas cosas, pero no acaban de sentirse llenos, con esa paz que hace discernir lo que es realmente valioso en la vida. Lo tienen todo: reconocimiento, éxito, posición social, pero cuando se enfrentan al silencio una gotita de amargura escondida va agrietando su corazón.

Cuando reducimos el propósito de la vida al bienestar material y ponemos por encima de lo esencial lo que es accidental; cuando rendimos culto al trabajo, a la economía, al bienestar o al estatus social, nos hemos alejado del valor de lo sencillo, de la amistad, de la persona. Hemos olvidado la importancia de las relaciones, de lo emocional y lo espiritual. Vivir un divorcio entre lo que uno es y lo que está haciendo es renunciar a la propia identidad, que tiene que ver más con lo que se es que con lo que se hace.

El estrés laboral y profesional, las exigencias del mercado, muchas veces nos alejan de nuestro núcleo. Quizás es más fácil hacer lo que los otros quieren que asumir la libertad de la autoexigencia, que implica estar muy despierto para descubrir el auténtico propósito de nuestra vida. Nos dejamos arrastrar por el miedo al qué dirán, vivimos una dualidad constante. A veces nos falta voluntad, energía para afrontar un proyecto personal que implica darlo todo. Esto requiere estar alerta para aprovechar todas las oportunidades que surgen. Cualquier propósito implica madurez en las relaciones humanas, empezando por los vínculos más cercanos: esposo, esposa, padres e hijos, familiares, amigos, compañeros de proyectos…

Para alcanzar lo que tu alma anhela, es decir, tu propósito, has de tener claras las varias dimensiones del ser humano: física, emocional y mental. Sin ellas no podremos alcanzar la plenitud como personas.

La tríada del equilibrio


Nuestro cuerpo es importante: no podemos olvidar el cuidado y la atención de nuestras necesidades biológicas. La salud física es un barómetro que nos indica cómo estamos viviendo y si nuestro estilo de vida es acorde con lo que somos y sentimos. Muchas enfermedades y trastornos tienen su origen en un desajuste emocional o espiritual que se somatiza en un problema físico.

La dimensión mental nos aporta la riqueza del raciocinio y nos ayuda a enfocar nuestros esfuerzos. Las facultades intelectuales son grandes instrumentos a la hora de hacer realidad nuestros sueños y proyectos.

La dimensión emocional nos enriquece con sentimientos, emociones y pasión. Junto con la inteligencia, nos abre a una visión más amplia y trascendente de la vida, y nos ayuda a discernir nuestra vocación, desde nuestras habilidades y capacidades volcadas al servicio de los demás.

La dimensión emocional, psicológica, es importantísima, porque afecta a todas las demás y en especial a nuestras relaciones humanas. No podemos proyectar nuestro futuro sin un equilibrio en las relaciones. La solidez de este equilibrio es fundamental, ya que nuestras carencias emocionales nos quitan lucidez, pueden dificultar nuestro conocimiento de la realidad y, por tanto, impedirnos alcanzar nuestras metas.

En definitiva, alcanzar el gran propósito de tu vida pasa por armonizar las emociones con la razón; la experiencia con las ideas y creencias; pasa por integrar la dimensión ética y trascendente en el día a día. Armonizar esta triple dimensión: cuerpo, mente y corazón, ayuda a objetivar los anhelos más profundos del alma.

Descubriendo tu vocación


Solo así estaremos avanzando hacia el futuro, viviendo la realidad cotidiana como una auténtica vocación de servicio. Cuando el corazón se abraza con la razón en el espíritu estamos viviendo centrados en el eje de nuestra existencia. Todo tendrá su medida y su verdadera dimensión.

El hombre siente un profundo vacío existencial cuando no descubre que está llamado a mirar más allá de sí mismo. El sentido último de su vida es amar y eso es lo que le hace ser reflejo del Ser.

Sin este propósito el hombre se pierde, se frustra por dentro, su identidad se diluye y pierde referencias y valores hasta disiparse en la nada, cayendo en lo absurdo de la existencia. Vegetará anímicamente.

Pero con propósito el hombre levanta el vuelo, trasciende, surca nuevos horizontes. El miedo no lo paraliza, al contrario: lo empuja hacia nuevas metas. Una paz inquebrantable marca su rumbo hacia la plenitud de su ser. A todo lo que hace le encuentra sentido, por pequeño que sea. Respira, mira al cielo, agradece. Ha renunciado a la competitividad. Los otros ya no son enemigos. Los otros son una escuela en el camino de la madurez y del crecimiento interior.


Cooperar, servir, amar: esto ha de guiar todo anhelo de búsqueda, todo deseo ardiente del alma. Cuando aprendamos a mirar más allá de nuestros propios límites y necesidades sabremos que estamos por el buen camino. Ni los errores ni las malas experiencias nos impedirán lucir con dignidad la corona de nuestra existencia. 

domingo, 16 de agosto de 2015

El rostro del mal

Después de tantas noches calurosas, la lluvia de la tarde ha traído el frescor. Salgo al patio. Una suave brisa sopla entre las ramas de las acacias y la morera. Las hojas, cubiertas de gotas cristalinas, parecen adelantar el rocío de la mañana. Sorteo algunos charcos que hacen de espejo del cielo y siento un gran bienestar.

El patio se ha convertido en un claustro. La noche es apacible y la calma se apodera de mí, invitándome a penetrar en el misterio. Viajo al interior de mi corazón, intentando digerir una densa experiencia: ¿tiene rostro el mal? Busco respuestas en el silencio de la noche. El gris plateado del cielo despide una tenue luz. No estoy totalmente a oscuras. El guiño de algunas estrellas parece hacerse cómplice de mi corazón en esta vigilia.

El silencio me lleva a territorios interiores desconocidos. Avanzo hacia a un nuevo horizonte, donde el alma y el corazón se unen como el cielo y el mar. Allí, desde lo más profundo de mi ser, doy alas a mis pensamientos.

Ver el mal cara a cara


Sobre el mal se ha vertido mucha tinta. Se ha hablado y escrito sobre él desde el punto de vista filosófico, teológico y moral, pues toca aspectos que afectan a toda la persona. Desde la teología se ha intentado dar respuestas al origen de esta realidad: el libre albedrío, la ruptura del hombre con Dios, el orgullo del ser humano, la obstinación y la resistencia a la verdad.

Los frutos del mal son múltiples y bien visibles: la desintegración moral de la persona, el culto desproporcionado al ego, la mentira como eje central de la vida, la calumnia y la difamación como herramientas destructoras, la rabia incontenible, la insensibilidad al dolor. El mal también se manifiesta de forma engañosa: a veces adopta un disfraz de apariencia bondadosa como estrategia para despistar, o se reviste de un discurso victimista y obsesivo para despertar simpatía. Como afirman muchos santos, cuántas veces el mal se aparece como un ángel de luz, cargado de argumentos razonables y aparentemente buenos. La sutilidad del mal puede manifestarse con actitudes de exquisita disponibilidad y aparente servicio desinteresado. Así es como consigue penetrar hasta donde quiere: el servicio se convierte en autocomplacencia y dominio sobre las personas y las cosas. El mal puede crear dependencia y hacerse necesario, pero poco a poco comienza a desprender un olor feo. Cuando la persona pretende que todo gire a su alrededor, convirtiéndose en el centro de todos y de todo es cuando el mal hace estragos. No tardan en surgir divisiones, luchas, celos, críticas, manipulaciones, odio enconado. El mal confunde, enfrenta y crea situaciones absurdas y dolorosas.

Pero cuando te topas frontalmente con el mal, los disfraces caen. Te quedas sin aliento y el alma se encoge ante la fealdad de su verdadero rostro. Impresiona vivir y tocar el mal de cerca, sobrecoge su capacidad mortífera de destrucción. Si uno no está centrado, puede paralizarlo y arrastrarlo por sus oscuros laberintos. Golpea allí donde más duele: en el centro del alma. La rabia se convierte en llamaradas de fuego que salen por la boca, incapaz de contener tanto odio, y abrasa hasta el tuétano. Es una experiencia dura recibir esos dardos envenenados. Hay que aprender a cerrar los ojos. La mejor manera de afrontar cara a cara el mal es no pelear con sus propias armas. A quien te dé una bofetada, muéstrale la otra mejilla. Jesús sabía muy bien lo que decía.

La verdad brilla


Pero los cristianos sabemos que la luz ha disipado la oscuridad; el bien ha vencido al mal. Es necesario templarse por dentro, abandonarse, perdonar y mantener la lucidez, pese a las muchas sombras. El sol siempre es más grande. La verdad acabará desenmascarando a la mentira. Dios protege y sostiene al justo y al que sufre. Él es su escudo y su baluarte. Da seguridad en el peligro y ayuda a afrontar toda experiencia humana.

La vida te moldea como el yunque dobla el hierro al rojo vivo, hasta que el alma aprende a centrarse en su eje. Es aquel espacio donde aprendes a crecer, a sufrir, a amar, a darte y a olvidarte de ti mismo para que los otros puedan emerger. Es el espacio para perdonar, escuchar, trascender y vivir en la frecuencia del Espíritu Santo. En definitiva, es el espacio para ser y culminar tu misión, que te ha sido entregada como don para que, libre, puedas palpar el dolor del abismo y la alegría de la luz. Solo así estarás preparado para el gran combate de la vida, sin dudar que siempre tendrás un gran Aliado.

sábado, 8 de agosto de 2015

La revolución del silencio

He pasado unos días en que he podido disfrutar de largas caminatas por el corazón de la Noguera, recorriendo distintos itinerarios por la cresta de los montes y por los valles del Montsec.

Al amanecer


Cada la mañana, temprano, salgo a caminar. La frescura del rocío atraviesa mi piel y me sumerge en un baño de oxígeno tonificante. El sol sale, majestuoso, por detrás de la montaña, como un diamante prendido en la cima. El bienestar invade todo mi cuerpo. Solo, en medio del paisaje, me siento como un Adán en el paraíso, acompañado por la cálida presencia del Autor de tanta maravilla. 

Todo amanece. Los primeros rayos del Sol dan vida y color a los árboles, al campo, a las montañas. Los riachuelos cantan entre los juncos y cientos de pájaros trinan en las arboledas. El día se despliega con toda su fuerza. A ambos lados del camino, los matorrales desprenden sus fragancias. Todo es bello, en el despertar. Poco a poco, el rey de las estrellas asciende, disipando la oscuridad. Respiro, dando gracias, oliendo, saboreando, acariciando el nuevo día, dejándome llevar por la suave brisa de la mañana. En esos momentos experimento que la vida es un regalo, y que todo me es dado. Respiro, miro a mi alrededor: estoy vivo y el perfume de la vida me penetra hasta el tuétano. Camino y siento el corazón de la tierra bajo los pies: soy parte de la belleza que me rodea, pero con algo más: la consciencia de saber que estoy allí, gozando de tanto don.

La fuerza del día


Más tarde, una excursión a la Vall d’Àger me lleva a serpentear por las cumbres, que se levantan como queriendo besar el azul del cielo. Desde allí contemplo el valle, un profundo abismo lleno de color. Si al amanecer el campo respiraba frescura y suavidad, a media mañana el sol se apodera de todo, bañándolo de luz. Sus rayos generosos tiñen el paisaje de colores intensos. Mi corazón late con fuerza, admirado ante tanta belleza. Me siento a descansar, mientras mi mente intenta asimilar lo que estoy contemplando y mi corazón se ensancha. Mi espíritu se eleva y un bienestar interior invade todo mi ser.

Al atardecer emprendo otra caminata al pueblo más cercano, bajo un sol despiadado que azota el camino. En medio del campo siento el crujir de mis pisadas, el movimiento de los músculos al caminar. A medida que la tarde declina los animales comienzan a salir de sus guaridas y animan el camino; los pájaros vuelven a piar. El calor me impide caminar con firmeza pero en mi interior siento que crece el amor hacia la naturaleza desbordante que me rodea, y me siento cómplice de un largo día donde he podido beber a sorbos la grandiosidad de la vida.

Atravesando la noche


Después de una restauradora y merecida cena, me dispongo a hacer la última caminata del día. Aunque el trayecto es más corto, la experiencia no es menos densa. Por la mañana el rocío cubre el campo y los pájaros revolotean saludando al sol naciente. La suave claridad del amanecer lo va invadiendo todo. Por la noche, en cambio, todo se apaga. De la explosión de colores pasamos a un juego de sombras. Todo matizado en suaves tonalidades de negro y gris. El poco resto de luz perfila las siluetas oscuras del paisaje. El aire nocturno juguetea con el reino vegetal. Pero al mirar al cielo veo un auténtico espectáculo, un mar de estrellas que vibran suspendidas en el firmamento, la última sinfonía del día. Distantes, a años luz de mí, danzan sobre mi cabeza y me desbordan de maravilla. La brisa ya no solo juega con las plantas, también juega conmigo, haciéndome sentir el latido de un día que se acaba. Y yo, un minúsculo animal racional frente a tanta belleza, intento ver con mi delicada retina más allá del cielo.  Adivino la presencia de Aquel que me ha puesto en la cima de su creación para que convierta la experiencia de la noche en un canto de oración; para que mis sentidos y mis emociones descubran que el único propósito del Creador hacia su criatura es que esta florezca, se abra y agradezca su existencia. Lo único que ha movido a Dios es el amor incondicional a su criatura preferida: el hombre. Y el propósito de ella, en la cumbre de su existencia, es agradecer a Dios todo cuanto le ha dado.

Emocionado, escucho mis pisadas por el camino de vuelta. El retorno me lleva al recogimiento, a la casa. El día se acaba. He de aprender a morir y sumergirme en el corazón de la noche, arropado en los sueños, hasta el nuevo amanecer.

Escuchando a mi corazón


Descansando por fin, no quiero cerrar los ojos sin antes dejar que el gran aliado que siempre me acompaña susurre a mi oído. Sentir su silencio me da una paz inmensa. Sí, el silencio lo transforma todo, restaurando las grietas que se abren en el corazón. Es el silencio que revoluciona pacíficamente la vida. Desde este silencio son muchas las gestas que pueden acometerse. Cuántas veces, cuando se habla de cambio, de revolución, la historia nos muestra el precio que los pueblos han pagado: dolor, muerte, enfrentamientos entre hermanos, violencia, odio, venganza, terror. Es necesario trabajar por los derechos y las libertades, pero hay una revolución previa que empieza en uno mismo. ¿Estamos dispuestos a renunciar a todo lo que nos aleja de nuestra esencia?

Esta es la auténtica revolución, la que se forja desde dentro de cada cual, la que persigue como meta alcanzar la libertad interior. El propósito no es el poder ni la ambición; la riqueza no es el valor absoluto. La auténtica revolución se da cuando convierto al otro en amigo, en hermano; cuando en mi horizonte, por encima de todo, está el amor incondicional. Pero esto solo se puede conseguir cuando se abren las puertas del corazón al silencio.

Desde el silencio veremos que los verdaderos revolucionarios empiezan dando valor a las pequeñas cosas de cada día. Este paso es el inicio de un tsunami interior. Sin ruidos, sin destrucción, incluso sin hacer nada, comenzaremos a conquistar las cotas más altas de la existencia.