sábado, 4 de junio de 2016

Tiempo para ser, tiempo para amar

Hoy decimos que el tiempo es un valor en alza. ¡Hay tantas cosas que hacer! Siempre nos falta tiempo. Corremos y nos apresuramos y nunca llegamos a hacer lo que queríamos hacer. Hoy el tiempo es más valorado que nunca, pero siempre se nos escapa y nos angustiamos.

Llenamos nuestras agendas de actividades y compromisos. Para todo necesitamos tiempo. ¿Es el tiempo una prisión? ¿Es el eje que mueve nuestra vida? ¿Es otro producto de consumo, siempre escaso? Las agujas del reloj marcan sin piedad el paso del tiempo. Abrumados, se nos cae encima y tenemos la sensación de que nunca es suficiente.

Hasta que aparece el estrés y el frenesí marca la velocidad con que nos movemos, acompañado de una terrible sensación de agotamiento. Entonces te das cuenta de que pivoteas de un sitio a otro sin saber muy bien qué haces y por qué.

Pero ¿qué es el tiempo? ¿Es una mera sucesión de franjas horarias o es algo que te impone la realización de unos compromisos? El tiempo tiene que ver con lo que haces, con lo que eres, con lo que sientes, con lo que piensas. Es decir, con el sistema de valores en el que crees. El tiempo tiene que ver, también, con tu visión trascendente de la vida.

El tiempo como bien de consumo


Hoy el tiempo está muy enfocado a nuestra productividad en el trabajo. Cuanto mayor rendimiento y eficacia, mayor éxito en todo aquello que hago. Por tanto, el tiempo está totalmente vinculado a sólo hacer, como si el no hacer nada le quitara valor al tiempo. La era de la productividad y el trabajo controlado por el reloj han hecho que el tiempo nos esclavice. Más allá del hacer nada tiene sentido.
La adicción al trabajo, la hiperactividad y el querer llegar a todo vienen de una mala concepción del tiempo. El tiempo concebido como rentabilidad está matando el ser y lentamente va fragmentando la persona. Esta misma concepción del trabajo nos lleva a apurar el tiempo hasta agotarnos y caer enfermos.

Pero estamos tan esclavizados a este concepto del trabajo que no podemos liberarnos y se convierte en otra adicción. Constantemente necesitamos consumir y hacer cosas.

Una revolución del tiempo


Necesitamos una revolución del tiempo y del trabajo, de manera que estos no conlleven la fragmentación de nuestro ser. El tiempo sin libertad es esclavitud: somos manejados por una sociedad de consumo que constantemente nos está usurpando este valor hasta dejarnos caer extenuados. La gran revolución del tiempo pasa por desvincularnos de la esclavitud del hacer por hacer.

Sólo la libertad nos dará el valor y la dimensión que tiene el tiempo, no como elemento de productividad, sino como un espacio que nos ayuda a centrar nuestra vida. Un tiempo que no apunte a encauzar nuestros valores significa apartarnos de la esencia de nuestro ser.

¡Cuánto tiempo se gasta en cosas que no nos gustan, o que tenemos que hacer porque toca, o que nos vemos obligados a hacer! Y, sin embargo, dejamos de hacer cosas que están totalmente vinculadas a nuestra esencia. Poco a poco vamos sintiendo que el alma se desvanece, porque estamos renunciando a nuestra propia identidad y sentimos que algo en nosotros está muriendo lentamente. Cuánto tiempo pasamos perdidos en cosas totalmente absurdas que nos arrebatan la alegría y la paz. Y cuántas cosas buenas dejamos de hacer que nos ayudarían a ser más lo que somos. No por hacer más seremos mejores ni más eficaces.

Señores del tiempo


Cuando hacer más te desintegra estás perdiendo el auténtico valor de la vida. Que no tiene que ver tanto con lo que haces como con lo que eres. Hoy se hacen demasiadas cosas y uno se pregunta: ¿realmente tiene sentido? Y más cuando la hiperactividad llega a enfermarnos. Hacer menos es hacer más de otra manera… Es dedicar más tiempo a descubrir nuestra auténtica vocación en la vida. Tener tiempo para lo esencial. Escuchar. Rezar. Crecer interiormente para acoger, amar, escribir el relato de nuestra vida.

Vivir obsesionados con el hacer nos hace esclavos del poseer y del aparentar. Nos perdemos. Vivir volcados al amar da prioridad al ser, al dar, al entregarse… Y entonces nos encontramos.

Hacer puede ser una huida: con el hacer uno se entretiene, se reafirma y huye de su propia realidad. Amar es dejar de tener posesivamente para darse al otro. Con el amar uno se despierta, se abre y centra su vida.

El hacer va aprisa, pide tiempo y lo engulle. El amar necesita ir despacio; quien ama detiene el tiempo y lo alarga.

El hacer llama la atención, hace ruido. El amar es silencioso, discreto, escondido. Pero «si no amo, nada soy».

El activismo mata el amor


La muerte nos da un baño de realismo: ante la muerte relativizamos todo y nos damos cuenta de que quizás hemos hecho demasiado y hemos amado poco, cuando el amor es lo único que da sentido a la existencia.

Ante la muerte todo se desvanece, incluso la gloria y la fama. Pero el amor permanece, aunque no quede escrito. Necesitamos hacer menos y amar más. Hemos de tener tiempo para dos cosas: amar y ser uno mismo. Basta con esto. Cuando uno hace desde el amor, ya no eres tú, sino Dios quien hace en ti. Cuando hacemos algo en comunión íntima con Dios, lo que hacemos ya no quitará tiempo al amor: será amor, y dará frutos de vida.

domingo, 22 de mayo de 2016

Plantada en el corazón de Dios

Con ocho años, Vittoria, una niña italiana, vive con intensidad su infancia. Su mirada azul y penetrante, mezcla de bondad e ingenuidad, revela la hondura de una niña a quien la vida ha estirado, a veces con sufrimiento. Es tanto lo que ama que está acelerando su crecimiento.

Sus inquietudes y anhelos no son los de una niña pequeña, sino los de una adulta en potencia. Su corazón estalla, su mente está aprendiendo lo nuclear de la vida: el valor de la familia y de los amigos, su origen. Con una mirada amplia, también sueña su futura vocación.

Vittoria es de aquellos niños que tienen la enorme capacidad de vivir con intensidad el presente, sin perder la conexión con su pasado y su futuro. Esto hace de ella una niña muy especial. Sus amigas, el deporte, la música, el juego… todo esto va desvelando una inteligencia emocional y espiritual extraordinaria.

A su temprana edad se cuestiona cosas propias de un adulto. Sus circunstancias la están llevando a tener que tomar decisiones complejas. Con una lucidez propia del adulto, sabe escuchar y esperar el momento oportuno para hablar. Aunque a veces parece tímida, sabe muy bien lo que quiere. Le atraen la belleza, la armonía, el amor, la compañía. Como todos los niños, busca un entorno cálido, acogedor, un espacio donde crecer con valores y referencia. Le encanta correr, jugar, hacer deporte, tener amigos. Vivaracha, se sumerge en el devenir cotidiano con pasión. Creativa y soñadora, sabe generar fuertes vínculos más allá de su familia.

Su inagotable curiosidad la ha llevado a preguntarse si las personas venimos de las estrellas… Sus interrogantes sobre nuestro origen, más allá de lo biológico, revelan una profunda inquietud intelectual y espiritual. A su edad se cuestiona temas trascendentes: el cielo, la eternidad, los ángeles, el sentido de la existencia, Dios… son cuestiones teológicas que ella se plantea. Su mente no para y su mirada quiere penetrar el universo y su significado.

Sin duda le aguarda un futuro apasionante, no sin sufrimiento, aunque este siempre puede convertirse en una experiencia de crecimiento vital. Pero su inquietud le hará descubrir la auténtica textura de la realidad y le ayudará a gestionar el ayer, el hoy y el mañana, fortaleciendo su musculatura espiritual.

Vittoria, por decisión propia, decidió bautizarse. La pregunta por el cielo la ha llevado a conocer al autor de la belleza de la creación, el universo, la tierra, la vida. Ha querido conocer a Jesús, su obra y su mensaje de amor, y al Espíritu de Dios, origen de la Iglesia de la que quiere formar parte. Su inteligencia espiritual la ha llevado, pese a su corta edad, a tomar esta resolución, que es vivir según el modelo de Jesús. Ha descubierto que Dios es el origen y el fundamento de la existencia y de su vida. En este día, fiesta de la Santísima Trinidad, es acogida por la Iglesia y abrazada por Dios en una comunidad donde ha de vivir su auténtica identidad cristiana, que es el servicio a los demás. Aquí está el sentido último, la razón de ser del paso que ha dado: caminar con firmeza hacia un profundo conocimiento de Dios y de la Iglesia, como familia, donde está llamada a vivir con pasión el encuentro personal con Jesús y con todos aquellos que han decidido tomar a Jesús como referente en sus vidas. La fraternidad universal de todos los seguidores de Jesús es una familia de elección que une tanto o más que los lazos biológicos. Cristo es un vínculo tan fuerte como el de la sangre y su presencia en la Iglesia es la continuación de su amor al mundo.

Vittoria es consciente de que a partir de hoy es hija predilecta y que su vida cristiana se convierte en un modelo atractivo para que otras niñas se enamoren de Jesús, como ella.

Vittoria, que el Dios de Jesús, que has descubierto, te ayude a entrar en el bello paisaje de tu alma, ese castillo interior donde tus ojos revelan el tesoro luminoso que hay en tu corazón. Que él guíe tu inteligencia, tu voluntad y tu libertad para que vuelen más allá de las estrellas y un día te encuentres cara a cara con aquel que, desde el vientre de tu madre, te susurró, te miró, te meció con sus manos amorosas para que tu vida fuera un estallido de plenitud y de amor. Sólo amando como Dios te convertirás en un torrente de agua divina y manantial fresco para apagar la sed de muchos. Le pido a Dios que tu corazón sea el hogar de aquel que hoy te ha hecho reina, el Señor Jesús, Rey de reyes.
Hoy, Vittoria, has sido plantada como una flor en el jardín de Dios, su Iglesia.

¡Felicidades!

sábado, 7 de mayo de 2016

La soledad, huida o anclaje

La aventura de conocernos


El hombre, en la búsqueda de sentido último de su existencia, necesita un espacio vital entre la realidad y lo que vive. Todos necesitamos poner distancia entre el yo y el mundo exterior para saber si estamos bien centrados en el eje de nuestra existencia. Afrontar la realidad del propio yo requiere un fuerte grado de sinceridad y autoconocimiento, porque a menudo significa un cambio de rumbo en la vida. Pero no todos estamos dispuesto a asumir las consecuencias.

Estamos tan instalados en nuestros patrones mentales que preferimos vivir una aventura ficticia o virtual, asumiendo un personaje que nos hemos ido fabricando para subsistir en medio del mundo. Pero la llamada a vivir la vida como una vocación es más que supervivencia. Exige de nosotros una disponibilidad para cambiar muchas cosas, y replantearnos incluso un giro radical que nos puede llevar a tierras desconocidas. El gran continente inexplorado es nuestro mundo interior.

Este cambio asusta a muchos. Nos da miedo descubrir la parcela misteriosa que se oculta en nuestro corazón. Pero nadie está concebido para vivir instalado en el tedio, en la mediocridad, el «ir haciendo». Asumir el reto de viajar al yo más profundo necesita de un tiempo de silencio y soledad. La soledad nos llevará de la mano para iniciar la gran hazaña de nuestra vida: saber quién soy, qué quiero y a dónde voy.

Miedo a la realidad


Si no ponemos distancia con todo aquello que nos rodea y nos envuelve en ruido no podremos cambiar y daremos tumbos, de un sitio a otro, sin rumbo ni horizonte. La vida, entonces, se escapa como el agua entre las manos. Y, poco a poco, sentiremos un gran vacío interior. Para soportarlo buscaremos todo tipo de paliativos, sicológicos, emocionales, afectivos y materiales. Hay quienes se refugian en el sexo, en la comida o en la adicción al trabajo. Otros caen en la dependencia a los dispositivos tecnológicos. Otros se enredan en relaciones enfermizas que los esclavizan y les impiden tomar decisiones con libertad.

La búsqueda de sentido entraña una exigencia tan fuerte que muchos prefieren anestesiarse o aturdirse en la vorágine del trabajo, un ritmo trepidante de diversiones o un sinfín de obligaciones familiares. La persona que se sumerge en este caos poco a poco va reduciendo su campo vital y el eje de su vida se centra en una realidad virtual que se fabrica en torno a su ficción. Ya no ve las cosas con objetividad, pierde la noción de la realidad y vive sin vivir.

Para vivir de verdad y abrazar la propia realidad es necesario ser libre, y para esto hacen falta agallas y valentía. El primer paso es hacer una tregua entre lo que somos y lo que estamos haciendo. Hay que cortar esta bipolaridad que nos puede llegar a enfermar. A menudo dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a actividades que no concuerdan con nuestros deseos y nuestro ser más genuino. Perdemos la noción de nosotros mismos. Nos fabricamos un mundo irreal porque el real nos exige humildad, capacidad de asumir nuestras propias contradicciones y aceptación, de uno mismo y de los demás y del mundo en que vivimos. También pide generosidad, compasión y aprender a amar todo lo que te rodea. Sólo así podremos superar los patrones mentales fabricados por el miedo para iniciar una andadura que dé sentido a nuestra vida.

La soledad como huida


Cuando estamos perdidos en el laberinto de nuestro ego necesitamos tomar distancia y apartarnos para ver con objetividad e iniciar un camino de retorno. Pero cuánta gente, en vez de buscar una soledad sanadora para renacer interiormente, se escapa o se aísla. A estas personas les da vértigo encontrarse cara a cara con su realidad llena de límites y prefieren refugiarse en su guarida. Se niegan a abrazar el pasado y a aceptar sus errores. Les da pánico verse desnudos. Cuanto más se esconden en su hoyo, más se alejan del mundo real, de los demás y de sí mismos. Cortan con la familia, con los amigos, se les hace insoportable convivir y llegan a un autismo sicológico, una lenta muerte social y espiritual que los va desconectando del mundo. Metidos en su agujero, viven en un letargo.

Podríamos hablar de automarginación. La persona va cortando sus raíces y se va secando poco a poco hasta verse fuera de la vida, arrastrada como una hoja marchita. Nada tiene ya sentido para ella. De la soledad sicológica y emocional pasa a una soledad vacía de sentido. Caminar, respirar, mirar a los ojos se le hace pesado. El mundo ya no es real, su única realidad desencarnada es ese mundo paralelo que se forja entorno a su ego. Vive un espejismo que la hace incapaz de comunicarse verbal y emocionalmente. Su mirada está perdida.

El aislamiento de un corazón blindado lleva a esta persona a una angustiosa soledad: pierde hasta su propia identidad y comienza a fabular. El mundo está contra mí, todos conspiran, todos son mis enemigos. La desconfianza va agrietando las pocas relaciones que mantiene: los demás se convierten en culpables de su drama. El victimismo es un salvavidas sicológico que les permite nadar sobre la propia miseria.

Cuando aparece el orgullo en un pobre es demoledor. Se vuelve exigente, mal educado y acaba convirtiéndose en un tirano. Cree que todos le deben algo, el mundo gira a su alrededor y no sólo exige con violencia, sino que es incapaz de agradecer a quienes más les ayudan. Pierde la dignidad y se hace dependiente, hipotecando la vida de otros. Ya no sólo se destruye a sí mismo, sino que compromete a los demás.

La soledad sanadora


Me pregunto por qué ciertas personas son capaces de superar fracasos, límites y sentimientos de abandono, situaciones trágicas y pérdidas, y han salido airosas de rupturas, traiciones y engaños. No se han escondido tras una pared, no se han dejado atrapar por el victimismo que las llevaba directo al pozo. Han tenido el coraje de asumir con paz y serenidad su situación y no se han aislado. Han buscado espacios de soledad para reflexionar sobre su estado y reiniciar un camino hacia su libertad interior. En estos casos podemos hablar de soledad terapéutica y sanadora.

Es la soledad que nos permite iniciar un diálogo con nosotros mismos. En el lenguaje de los místicos, es introducirte en tu castillo interior y descubrir todo tu potencial humano y espiritual hasta llegar al núcleo de tu realidad más profunda. Allí descubres el ser más hermoso que hay dentro de ti, criatura divina creada por el Amor.

Desde esta certeza tan íntima podremos sentirnos amados. La soledad se convierte en mar de aguas cristalinas donde el Ser, Dios, te mece mientras tu corazón habla con el suyo. Ya no estás perdido, ya no necesitas un agujero donde esconderte, ya te has salvado del abismo. Sabes y has descubierto que tienes la potencia infinita de tu alma que te lleva una única verdad. Nada ni nadie te alejará de ti, ni de los demás, ni de Dios, cuando empieces a gustar ese tiempo de soledad y silencio que te ayudará a afrontar cualquier tipo de dificultad.

El viaje más apasionante


Desde la cima de tu silencio, conectando con la Realidad en mayúscula, tendrás una claridad tan intensa que ningún rincón de tu alma quedará en la penumbra. Esta lucidez te ayudará a tomar las decisiones acertadas en cada momento.

Deslizarse por la soledad lleva al camino de la madurez plena. No habrá sombra que oscurezca tu corazón, ni abismo, ni altura, ni profundidad, que te saquen de tu eje. Si sabes conectar contigo mismo y con Dios, serás capaz de las mayores proezas.

Quizás parezca poco viajar hacia el universo interior de nuestra alma. ¡Es mucho más que explorar con un submarino el fondo del mar o que embarcarse en un transbordador hacia otro planeta! La conquista de tu corazón es una exploración mucho más apasionante. En tu interior hay una luz más potente y luminosa que todos los soles del universo. El ser humano arde de pasión.

No lo olvides: el gran espacio a conquistar es tu corazón. La gasolina y el cohete son la soledad y el silencio. Con ellos podrás dirigir tu rumbo hacia ese planeta misterioso e insondable que hay en ti. Recuerda: tu existencia vale más que todas las estrellas y galaxias del universo.

sábado, 16 de abril de 2016

El lenguaje de la mirada

Mirada contemplativa


Detenerse, ir despacio, contemplar y saborear la belleza de lo que te rodea sólo es posible cuando te paras a mirar la realidad desde el alma. Podríamos decir que un contemplativo lo es porque del acto físico de ver con la retina pasa a mirar con los ojos del alma. La calidad de lo que ve crece en riqueza de matices cuando pasa por el cedazo del alma. Lo físico no agota la realidad: aquello que vemos entra en diálogo interior con nosotros mismos.

Para contemplar no podemos ir aprisa. Cuando vamos en coche, en tren o en avión, la velocidad no permite que nuestro cerebro retenga tantas imágenes. Nos es imposible recrearnos con el paisaje que vemos por la ventanilla. Pero cuando caminamos vamos al ritmo de la naturaleza. Caminamos con ella y por ella sentimos emociones intensas porque vamos saboreando, cachito a cachito, la belleza que nos sale al camino.

Caminar es un ritmo humano que nos permite contemplar. Caminar nos invita a dialogar con el entorno, en complicidad con la persona que nos acompaña. La naturaleza exultante nos llama porque formamos parte de ella. De ahí nuestra necesidad sicológica y espiritual de contactar con el entorno natural. Además, el hombre es un animal estético y todo aquello que le produce bienestar, emoción y alegría no le es indiferente. Buscar la belleza es algo intrínseco al ser humano y una de las manifestaciones más profundas de esta búsqueda es la mirada contemplativa.

El alma florece y se ensancha en situaciones de plenitud, cuando sentimos que en lo más hondo de nuestra vida hay belleza y vale la pena detenerse a saborearla. Así podremos digerir todo lo que acontece en nuestro devenir y asimilarlo.

En la vida hay que deslizarse con suavidad y paladear con gusto los manjares que te regala. Aprendamos a caminar por la vida con deleite y descubriremos, con nuestra mirada contemplativa, que detrás de cualquier pequeño detalle se esconde una explosión de belleza. Aprendamos a mirar con calma y nos daremos cuenta de infinidad de detalles que sólo descubriremos si entramos en comunicación con todo lo creado.

Mirada que habla


Además de utilizar el lenguaje verbal, los seres humanos hablamos con nuestro cuerpo: nuestra postura, el gesto, las manos… La mirada es un potente lenguaje no verbal, a veces más poderoso que el verbal, porque con el lenguaje articulado podemos mentir, engañar, manipular. El lenguaje hablado se puede convertir en retórica y estar lleno de vaguedades. Utilizar el lenguaje articulado para otro propósito que no sea decir la verdad es manipularlo y manchar el sentido genuino de la comunicación. ¡Cuánta falsedad puede haber en el lenguaje oral! Pero también ¡cuánta potencia para generar el bien! El lenguaje hablado es un instrumento ambivalente. Los sofistas son un ejemplo.

Cuando paseo veo tantas miradas como personas, y es increíble cuántas cosas transmiten. El interior de los ojos es un universo que no para de comunicar. Cuánta riqueza hay en este lenguaje que no necesita palabras. Es una comunicación clara y directa al corazón. Cuánto bien haríamos si hablásemos menos y aprendiéramos a comunicarnos más desde el silencio. Hemos idolatrado la palabra y hemos olvidado que, en términos evolutivos, el lenguaje articulado y conceptual es muy reciente. Nuestros antepasados siempre se comunicaron con lenguaje no verbal. Es verdad que el lenguaje articulado marca un cambio cualitativo en la evolución del ser humano. Pero hoy el lenguaje ha caído en una terrible frivolidad y los mensajes se banalizan.

Decimos que los ojos son la ventana del alma. Podríamos decir también que la mirada expresa el lenguaje del alma, aquel que es transparente y puro. Es lo más genuino de nuestro ser.

Ventanas del alma


La mirada revela lo más sagrado que hay dentro de uno mismo, porque es comunicación sincera e inagotable. La mirada está vinculada a nuestra existencia y al mismo ser. Ocupa un papel muy importante en las relaciones humanas.

Cuando miramos no sólo estamos viendo: también estamos comunicando. ¿Quién no se estremece ante la mirada triste de un niño? ¿O ante la mirada de abandono de un anciano, la mirada perdida de un indigente o la mirada de pena de una viuda que ha perdido a su esposo? Hay miradas de angustia, de desespero, de cansancio, de derrota, de rabia y enfado. Otras miradas expresan estados de alegría, gozo, plenitud, bienestar, calma y serenidad. Unos ojos chispeantes pueden destilar expectación, aventura y complicidad. La mirada es muy potente y no engaña: expresa las emociones, que son lo más difícil de contener. Por eso el lenguaje de la mirada llega hasta lo más profundo del alma. 

domingo, 27 de marzo de 2016

A los pies del Crucificado

Estaba en la fila caminando a paso sosegado, mirando al Cristo crucificado. Su rostro sereno revelaba una unción profunda. Sin prisa, se acercó con suavidad, la mirada puesta en la cruz. Sus ojos ligeramente apagados manifestaban un dolor compungido.

Se acercó y la intensidad de su mirada aumentó. Conmovida ante la cruz, sus manos se posaron sobre los pies del Crucificado. Con mirada tierna besó suavemente los clavos de los pies. Se detuvo, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla, y mantuvo su mirada firme sobre el rostro de Cristo, como si necesitara más tiempo.

Es una mujer de extraordinaria delicadeza. Recientemente perdió a su esposo, el amor de su vida. Ahora la veía agarrar los pies de la cruz, como si el sufrimiento del hombre en el madero evocara la pasión dolorosa de su familia: la muerte de un hijo joven y la de un marido a quien quería con todas sus fuerzas.

Esculpida por el sufrimiento, vive su experiencia con emoción contenida. Tal vez encontrarse cara a cara con la cruz le despertó preguntas sin respuestas. Tal vez ante la cruz experimentó con mayor hondura la ausencia de los suyos y su sentimiento de soledad y abandono. Fue un minuto intenso, durante el cual su mirada penetró en la mía. Con su semblante sereno, me miró durante unos instantes. No necesitó articular ninguna palabra, la expresión de su rostro era lo bastante clara. Su mirada clavada en la mía buscaba algo. Y yo, sin decirle nada, intentaba expresar con mi silencio que la respuesta a tanto sufrimiento se la estaba dando la cruz: la entrega sublime de Jesús por amor. Esa es la clave. El misterio del dolor solo tiene sentido cuando el corazón humano se abre al amor incondicional de un Dios que entrega a su Hijo. Ni el sufrimiento ni la muerte son la última palabra para los cristianos.

El mismo Dios, en Jesús, se expone ante el mundo y asume la fragilidad humana. El mismo Dios se somete al misterio del dolor y asume la dureza y la crueldad de aquellos que lo sentencian a muerte. El sufrimiento de Jesús es la respuesta a nuestro sufrimiento. Y aunque el duelo a veces nos deje sin aliento cada vez vamos penetrando más en la realidad más profunda del ser humano, preguntándonos por el sentido último de la existencia, que nos enfrenta cara a cara con la cruda realidad de la muerte.
Mis ojos hablaban a esta mujer, y entendí que ese beso, esa mirada y ese rostro lleno de delicadeza hacia el Cristo eran en realidad un reflejo de la mirada cálida y serena del Crucificado hacia ella. Cristo, desde su cruz, sigue mirándonos con ternura desmedida y compasión. Su corazón muere en la cruz, como hombre, pero dentro de él sigue latiendo el corazón vivo de Dios.

En su largo silencio, ella recibió la dulzura de Jesús en la cruz. Conmovida y absorta, su rostro se apartó lentamente, lleno de paz y profunda serenidad. Una mujer ante la cruz. Quizás le supo a poco el beso y quería eternizar ese momento. Otros se apresuraban, pero ella, sin prisa, quería saborear aquel momento junto a Jesús.

Me miró de nuevo, sonriendo levemente, y parpadeó. Murmuró algo y retiró sus manos de los pies de Cristo. En su mirada se atisbaba una nueva luz, una vida nueva, como si una paz muy especial invadiera su corazón. Terminó ese momento tan denso, y ella se alejó caminando hacia su asiento.
La dulzura de una mujer pude deshelar los corazones más duros. Las caricias de sus manos se convierten en bálsamo para los que sufren. Su mirada delicada llega hasta las entrañas y el corazón de aquellos que se sienten solos y abandonados. Las lágrimas de una mujer expresan que la intensidad y la capacidad de amor no tienen límites. Su corazón revela una sensibilidad solidaria capaz de abrazar a toda la humanidad, tantas veces falta de misericordia. Y el coraje de la mujer que ama no tiene límites: ni el miedo puede impedirle seguir amando.

El gesto de esta señora ha sido para mí un canto a la mujer que, a pesar de estar sumergida en un profundo dolor, es capaz de convertirse en un torrente de ternura inagotable. A pesar de sus pérdidas, su corazón sigue amando incondicionalmente, desde su más honda soledad. Nunca olvidaré su beso y su mirada al Cristo.

Ella es imagen de muchas mujeres que, en medio del sufrimiento angustioso son capaces de seguir mirando, besando, acariciando el rostro de quienes no tienen nada, porque lo han perdido todo. Las lágrimas no les impiden sacar de adentro una enorme capacidad de amor para suavizar tanto dolor. Hoy, viernes santo, el Cristo ha cruzado sus ojos con los ojos de esta mujer: un destello de luz invisible ha atravesado su alma como un anticipo de la resurrección.

domingo, 20 de marzo de 2016

Entre la luz y la sombra

La realidad del ser humano es rica, compleja y a veces contradictoria. Tiene un ritmo interno profundo que le hace vivir con mil matices: vivencias, sensaciones emociones… Es tanto su amor a la vida que le llevará a situaciones límites, de gozo y de sufrimiento. Fuerza y fragilidad, convicciones y miedos, coraje e inseguridad hacen del hombre un ser apasionante y misterioso. Su libertad le llevará a vivir con intensidad el don de la excelencia y afrontar los diferentes retos para su crecimiento humano y espiritual.

Un aspecto que me ha ayudado a profundizar sobre el misterio del dolor han sido las reiteradas visitas que hice a una colaboradora mía en el hospital, los primeros quince días de enero. Según mis ocupaciones, la iba a ver en días y horas diferentes. Algunas veces iba por la mañana, otras a mediodía, otras por la tarde o por la noche. Entonces me di cuenta de que, de la misma manera que los años tienen sus estaciones y los días sus franjas horarias, la vida del ser humano también tiene sus ritmos psicológicos y emocionales. Lo cierto es que no es lo mismo el invierno, con su luz que cae oblicua y pálida entre los árboles desnudos, que la primavera, cuando los rayos del sol son más directos y potentes y los árboles empiezan a brotar de nuevo. No podemos negar nuestra vinculación con la madre naturaleza: somos radicalmente dependientes de ella desde que nacemos y esto marca nuestros biorritmos, condicionando incluso nuestro temperamento. No nos afecta igual un día gris y frío de invierno, que parece llenar de bruma el alma, que un día claro y luminoso acariciado por una brisa suave de primavera.

Hablo de  luz y oscuridad, de penumbra y claridad. Este es el ritmo de la naturaleza, pero también de la naturaleza humana. Cuántas veces el ser humano se abruma por el espesor de su mente; cuántas veces su alma está soleada porque vive una experiencia luminosa en su corazón.

Al ir al hospital en horas diferentes, pude apreciar la diferencia entre un paseo matinal, cuando los rayos de sol empezaban a acariciar las calles de la ciudad, y una caminata a mediodía, en medio del frenesí urbano, o por la tarde, cuando el crepúsculo oscurece el cielo y la actividad se va apagando, mientras la oscuridad creciente va anunciando la noche y la salida de la luna. Algunas veces iba cuando ya estaba totalmente oscuro y la cortina negra del firmamento cubría la ciudad, ansiosa por alargar el tiempo con sus focos artificiales. La noche invita a recogerse, nos llama a una tregua en nuestro ritmo acelerado para retomar fuerzas para el día siguiente.

Mis idas y venidas al hospital me hicieron valorar que el ser humano, frente a la enfermedad, también pasa por momentos y etapas en los que, más que nunca, es consciente de su realidad más profunda. Su fragilidad, verse tan desvalido y dependiente, le hace ver con más claridad la situación en que vive. Aunque esté lleno de tubos y cargado de agujas, su consciencia le hace lúcido e inicia un proceso de profunda introspección. Podría parecer que la enfermedad dolorosa le está restando vida. Pero en esas crisis de falta de luz y de razones para explicar lo que le pasa se está gestando, al mismo tiempo, una corriente interna que le ayuda a verse con más claridad por dentro.

La enfermedad es un claroscuro en el tapiz de la vida. El enfermo vive momentos de absoluta claridad y otros momentos de cansancio y dolor; algunos son de inquietud, otros son serenos y de abandono.

Mi colaboradora de la fundación vivía también estas dificultades; momentos de una claridad mental y con una calma a veces desconocida y otros momentos de dolor y angustia. Pero no cabía duda de que su fuerza espiritual nunca se rindió ni sucumbió al desespero. Fue plenamente consciente de la gravedad de su situación, pero vivió con inesperada serenidad su enfermedad. Supo extraer de ella un nuevo aprendizaje en su vida. Soltar lastre que le impedía vivir con paz y sosiego por una tendencia suya a la híper responsabilidad. Caer del caballo de la autosuficiencia la hizo darse cuenta de que su estrés la estaba lanzando al abismo. Poco a poco fue aprendiendo a echar las bridas a su caballo desbocado. Supo gestionar muy bien ese momento que la vida le regalaba: la oportunidad de ser una nueva mujer. ¿Por qué? Porque ella supo rentabilizar, en términos espirituales, lo que le había ocurrido. Supo introducir el silencio y la oración en ese claroscuro de su existencia, cuando parecía que su vida estaba en juego.

Hay dos momentos al día en que la oración es especialmente potente: al amanecer, cuando todo es silencio, y en el crepúsculo. Si sabemos conectar con lo divino, ese diálogo íntimo con Dios tiene unos efectos especiales de gracia. La intercesión en esos momentos es poderosísima. Quizás ella supo mecerse entre la luz y la sombra para dejar emerger la nueva persona. En su diálogo interior, supo moverse entre el crepúsculo y la confianza de un nuevo amanecer en su existencia. Y esto la llevó a vivir con una elegancia inusitada los días más dolorosos de su vida. Cada mañana, me explicaba, lo primero que hacía era deleitarse contemplando el amanecer sobre el mar, que podía divisar desde un enorme vitral en el extremo del pasillo de su planta. Desde allí caminaba a la otra punta del pasadizo, donde la vista alcanza al Tibidabo, y entonces oraba al Sagrado Corazón de Jesús ofreciéndole el día. Así hacía su primer paseo por el hospital. Empezaba el día alabando a Dios, su Creador, a Jesús, su Rey de reyes.

Saber admirar es convertir la contemplación en oración. Esto fue lo que realmente la resucitó y la curó.

domingo, 6 de marzo de 2016

Ir despacio

Amanecer sobre el mar


Muchas mañanas me gusta madrugar y caminar hacia el paseo marítimo. El aire es fresco, el día está a punto de nacer y el azul eléctrico del cielo va dando paso a otro azul, pálido y pastel. El sol todavía no ha salido. Poca gente camina por la calle: algunos que han acabado el turno de noche y ansían llegar a su hogar. Observo sus rostros cansados después de bregar toda la noche: enfermeras, médicos, personal del hospital que se recoge cuando el día está a punto de estallar.

Me dirijo hacia la playa y me detengo ante el mar. Está tranquilo, sus aguas parecen un espejo a punto de ser acariciado por el sol naciente. Todo es silencio, calma, sosiego. El aire está limpio y no se oye nada. Camino hasta la orilla, me descalzo y dejo que las olas acaricien mis pies. El frescor me penetra hasta la médula.

Una pátina de luz y colores intensos sirve de preámbulo a la salida del gran astro. Y, de pronto, el sol empieza a despuntar. Como una perla dorada, emerge con suavidad sobre las aguas.

Todo mi ser se estremece ante el cielo iluminando el mar. Los rayos de sol sobre las olas dibujan un camino de luz hasta la playa. Su claridad me envuelve en el misterio de un nuevo día que se inicia. Poco a poco el sol va coronando el mar y queda suspendido en el azul del cielo. Su luz lo baña todo, la oscuridad de la noche se ha desvanecido y ha dado paso a la mañana.

Y allí estoy yo, solo, sintiéndome diminuto ante la inmensidad del mar y la grandeza del sol. Pero siento que la vida corre por mis venas. El sol, el aire, el agua, desbordan mi pequeño granito de ser, capaz de sentir la belleza de un nuevo regalo. Otro día, quizás como el de ayer. Pero para quien ama la vida no hay dos días iguales, porque cada uno se vive como un don lleno de sorpresas inagotables.

Vuelvo la mirada hacia la ciudad y sus bloques y veo una marea de gente que corre en direcciones diferentes, a paso apresurado, como si el tiempo se le escapara de las manos. Nadie mira hacia el mar, nadie ve el sol naciente. Me quedo sobrecogido. ¿Cómo es posible que pasen de largo ante este sublime momento del día? Todo es nuevo. El sol también cae sobre sus rostros y luce para ellos. El viento susurra a sus oídos, pero nadie escucha. ¿A dónde se fue el placer de los sentidos? Sus poros están cerrados y no escuchan la melodía del cielo. Todos corren, todos se dirigen a su trabajo y nadie ve el hermoso espectáculo que el Creador ofrece cada mañana. Nadie contempla ese cuadro vivo desplegando su belleza sin igual.

Abrumado, mi corazón se encoge. No se puede vivir ignorando la belleza que nos envuelve. La prisa nos mutila los sentidos y nos aleja de la realidad y también de la trascendencia, que es lo que da sentido a la vida, a los demás, a lo que hacemos. Sin belleza no se puede vivir. Sin ella el alma se esteriliza y el corazón se empequeñece. Los ojos dejan de ver, los oídos no oyen, las fragancias se escapan, la piel se vuelve de mármol y la lengua deja de saborear la vida.

Abrir los sentidos


Aniquilar los sentidos es ahogar poco a poco el sentido de la vida. La gente va tan aprisa que todo lo hace corriendo: caminar, comer, dormir y, posiblemente, hasta acariciarse. La prisa todo lo aborta y, como siempre se va apurado, intentando hacer más y más, siempre se acaba llegando tarde.

Es necesario ir despacio. Aunque no lo parezca, nuestro biorritmo es mucho más lento. Todo necesita su tiempo y su frecuencia. Lo frenético es antinatural. Pero nuestra cultura, con sus exigencias sociales, nos mete en el ADN el patrón de la prisa. Como una gacela ante un leopardo corremos por supervivencia, pero nuestro estado natural no es este. Cuando nos sentimos amenazados nuestro cerebro da la orden de producir cortisona, la hormona que nos prepara para huir o atacar ante un peligro. Y el estrés continuo acaba provocando una adicción mental que nos aleja de nuestro propio yo. La prisa nos aísla de nuestra identidad. ¿De quién o de qué tenemos miedo, que necesitamos huir? Quizás nuestro gran miedo sea afrontar la realidad de nuestra existencia, con todas sus cargas, tal como es…

Lo cierto es que al amanecer, ante el mar, allí me encuentro, solo en medio de la riada de gente que va y viene sin percibir lo que estoy contemplando. En ese momento de profunda soledad siento una mano amorosa que mece mi existencia y que me guía hacia la gran luz. Miro el camino luminoso sobre las aguas e imagino esa riada de personas sin rumbo que se despeñan por un barranco porque tienen sus sentidos cerrados a la vida. Ya pueden trabajar y ganar dinero, y cubrir todas sus necesidades materiales, emocionales y hasta sicológicas. Si no abren sus sentidos acabarán enfermando, porque nadie puede dejar de respirar la vida, la belleza, la espiritualidad. Quien se cierra acaba convirtiéndose en un cadáver andante, en una sombra a quien le molesta la luz y se esconde en las oscuras grietas del alma para vivir sin vida, sin pasión, a modo de piloto automático, lanzado hacia el abismo.

Tengo un poco de frío y me acerco a la cafetería del Hospital del Mar para tomar una infusión. Sentado en una mesita, vuelvo a perder la mirada hacia el mar. El sol ya entra con todas sus fuerzas por los cristales de la cafetería y se posa en mi mesa. Cojo entre mis manos frías la taza que casi quema y, mientras siendo el calor en los dedos, pienso en la fragilidad del ser humano, llamado a algo grande, que se obstina en no crecer por miedo a descubrir el auténtico valor de su vida. Quizás a algunos la vida los quema por dentro y prefieren vivir anestesiados. Yo les diría: ¡No tengáis miedo! Meteos en las aguas de vuestra existencia y descubriréis un misterioso rayo de luz iluminando vuestra vida y dándole sentido. Parad, respirad, agradeced. Id despacio. Deslizaos por la vida con suavidad. Descubriréis la belleza que hay en vuestro corazón, encontraréis perlas de insospechado valor escondidas en vosotros. Mirad cuando podáis el mar. Contemplad el amanecer y veréis qué emocionante es ver empezar el día. La luz de Dios ha entrado por vuestra alma dándoos un nuevo sentido. Probadlo y os enamoraréis. Vale la pena sentirse amado, acariciado, bañado por él. Abrid vuestros sentidos a la belleza y viviréis.