domingo, 23 de octubre de 2016

El amor, más fuerte que la muerte

Nuestra vida no termina aquí


La eucaristía es la celebración del triunfo de la vida sobre la muerte. Celebramos el sacrificio de Cristo, pero también su resurrección gloriosa. Como cristianos, nosotros participamos de esta vida eterna ya aquí. Como decía san Pablo: con Cristo expiramos, con Cristo hemos resucitado. Como creyentes, unidos a la vida de Dios, ya estamos saboreando el misterio de la eternidad. Por tanto, hoy no celebramos un adiós, una partida, sino un encuentro, una llegada, un abrazo de Dios con su criatura tan amada desde su concepción.

El final del cristiano no es un final triste, desesperado y angustioso. El final del cristiano es gozo, fiesta, alegría, porque verá cara a cara a Dios en toda su magnificencia. Nuestro rostro débil quedará iluminado por el abrazo luminoso de Aquel en quien siempre hemos esperado, por el que siempre hemos luchado y al que hemos amado.

La vida, como decía un teólogo franciscano, es un largo parto para nacer a la vida de Dios. Morir no es un final trágico. Es un trance hacia una vida nueva, sin límites, gozosa porque ya participará del inmenso amor eterno del Padre.

Hoy tenemos esta total certeza, en la que siempre hemos creído. Dios, por medio de Jesús, nos levantará, no como hizo con Lázaro, sino como lo hizo con su Hijo. Nos dará una vida nueva para el deleite eterno. Y esta vida en la que todos soñamos un día será posible en la medida que nos abramos más y más a sus designios. Si vamos configurando nuestra existencia hasta identificarnos totalmente con Cristo, como dice san Pablo, «ya no soy yo sino Cristo quien vive en mí». Es decir, viviremos la santidad a la que todos hemos sido llamados. De esta manera iniciaremos nuestro itinerario pascual. La plena unión con Cristo será la garantía del don de la eternidad.

Valeriana, una mujer de fe


Valeriana e Isidro, su esposo, llevaban sesenta años de matrimonio. Un tiempo denso y suficiente para levantar con solidez una familia. Han sido un matrimonio recio, compacto, con una fe cristiana inquebrantable. Entregados a la vida sacramental, fieles y coherentes, convirtieron su hogar en una pequeña iglesia, como decía el papa Juan XXIII, hoy ya santo. Un matrimonio con una intensa vida cristiana y con la Santísima Virgen como reina de su hogar. Han sido padres ejemplares, entregados, volcados a su familia y referentes para muchos. Su vinculación a esta parroquia ha sido fiel y generosa.

Además de participar asiduamente en la vida comunitaria parroquial, Valeriana colaboraba en Cáritas desde los inicios, con el Padre Mariné. Su entrega amorosa a la labor humanitaria era exquisita y espléndida. Como bien sabéis muchos, en el barrio del Somorrostro vivían muchas personas en la más absoluta miseria, especialmente el colectivo gitano. Ella acompañaba a Mosén Mariné a llevar latas de comida a muchas familias sin recursos ni medios para vivir. La parroquia agradece esta labor tan encomiable en un barrio necesitado de la misericordia de Dios.

Sesenta años son mucho tiempo para cohesionar una relación donde Cristo es el centro. Con su ayuda Isidro y Valeriana han podido crecer en el amor. Pero el paso de los años también conlleva un deterioro gradual de la salud. Con humildad, ella fue aceptando sus dolencias sin desfallecer en su práctica religiosa, con una absoluta confianza en Dios.

Pese a la avanzada edad y a la fragilidad física, en su amor no hubo fisuras: era más fuerte que el roble. Era hermoso contemplar cómo ambos se acompañaban, pese a sus achaques. Isidro estuvo a su lado sin desfallecer, hasta el último momento de su vida. La amó hasta el extremo de sus fuerzas, sacándolas hasta de donde no las tenía. ¡Qué bello ejemplo de coherencia matrimonial!

Valeriana, que tanta devoción tenía a la Virgen, se fue un sábado, día especialmente mariano. Esto fue un pequeño regalo que suavizó el dolor de Isidro por su ausencia. «Era muy buena», dice su esposo, conteniendo las lágrimas. Y lo repite, con pena, pero con el rostro sereno y abandonado. «Era muy buena.»

Hoy estamos aquí, en San Félix, la comunidad reunida con sus hijos y nietos, dando gracias a Dios por el don de su vida entre nosotros. Y por habernos dejado una huella tan profunda en esta comunidad.

Valeriana, que los ángeles y María Santísima te reciban en tu nuevo hogar, en el cielo, con tus padres, tus abuelos y tantas personas que te ayudaron a ser una gran cristiana.

sábado, 15 de octubre de 2016

El consumo, un opio

Vivimos en un frenesí de consumo. La adicción a comprar se da en los jóvenes, en los adultos, en las familias, hasta en los niños. Cada vez es mayor y crece a pasos agigantados, pudiendo ser una preocupación muy grave para el futuro de la sociedad.

Una cultura que cada vez es más adicta a este nuevo opio, el consumo desenfrenado, genera una sociedad que se parte en dos. Tiene como objeto desconectar al ser humano de su realidad más intrínseca, la búsqueda de la verdad. La persona desconectada huye de la realidad, porque se le hace insoportable, y se lanza a llenarse de cualquier cosa que le pueda satisfacer de manera provisional su hambre de plenitud.

La adicción rompe a la persona


La adicción al consumo fragmenta a la persona. La empuja a un ocio que emborracha la psique, la aturde y le quita lucidez. El consumo abusivo nos está haciendo esclavos incluso de aquello que no necesitamos: juegos, realidades virtuales, pasatiempos que, al final, nos dejan vacíos. El alcohol, la música estridente, el sexo sin vínculos, las drogas, los últimos avances tecnológicos… todo esto crea dependencias y enferma las relaciones humanas.

La persona sola, fragmentada y desorientada es pasto del sistema de consumo. Comprar, consumir y gastar se convierten en paliativos a su soledad. Al consumismo le interesa fomentar el individualismo y que haya muchas personas solas, aisladas, sin formar lazos sólidos con nadie. Le interesa que se fomente el culto al yo. Pero esta cultura narcisista lleva a profundas grietas existenciales: el hombre pierde el sentido de la vida. Prefiere consumir placer y bienestar. Su adicción incontrolada le ha ido anestesiando y le hace perder su identidad, hasta llegar a un vacío angustioso que lo aleja de sí mismo y de los demás. Todas las relaciones que establece acaban basadas en un mercadeo emocional, sin vínculos ni compromisos. Todo vale, aún a riesgo de caer en manipulaciones sutiles que van corroyendo la esencia de su ser. Ejércitos de personas se encuentran así, enganchadas a sus dispositivos móviles, a relaciones enfermizas, al sexo virtual o al ocio sin límites, incluso a la perversión. Y lo peor: quedan enganchadas a sí mismas pero incapaces de controlar su propia vida. Sometidas a las leyes del consumo, buscan quizás un paraíso perdido. Es triste constatar cómo los adolescentes son víctima de este modelo de sociedad. Devorados por una política mercantilista, son teledirigidos por la publicidad, la tecnología y las leyes del mercado. Asusta pensar que se puedan convertir en adultos incapaces de ordenar su tiempo y de plantearse el propósito de su vida. Sobre todo, espanta que sean incapaces de amar. Porque una persona que no ama ¿qué hará?

¿Qué será de estos niños y adolescentes, convertidos en fichas de juego en el gran tablero de la sociedad de consumo? ¿Quiénes serán sus referentes si están manipulados como muñecos, hasta llegar a perder la consciencia de su propio yo? Están en una etapa de su vida en la que deberían aprender a ser libres y, en cambio, prefieren la dulce esclavitud que les produce un bienestar momentáneo y artificial.

Las consecuencias de esta cultura son devastadoras: matrimonios rotos, relaciones efímeras, adolescentes perdidos y sin rumbo, niños sin referencias familiares y educativas, situaciones de violencia, separaciones traumáticas, inestabilidad emocional, soledad profunda, pérdida de la identidad, incapacidad para decidir y forjar relaciones sólidas, incapacidad para trazarse metas y para saber qué quieres… Miedo al futuro, inseguridad en el presente. Miles de jóvenes se convierten en carne de cañón para aquellos que tienen la capacidad de manipular las masas, utilizando mensajes talismán como “sé libre”, “sé tú mismo”, “disfruta”, “tu mente es poderosa”, “vive la vida al límite”, “sueña lo que quieras y lo serás”. Todo esto lleva a una idolatría de uno mismo, pero en realidad se están convirtiendo en cadáveres vivientes. Sus vidas están llenas de oscuridad y sus almas agonizan en un cementerio existencial.

Recuperar la dignidad


Yo espero que el ser humano recupere la dignidad perdida. Necesitamos personas que decidan ir a contracorriente, con una gran capacidad de interiorizar, que tengan claro su propósito vital y que encuentren un rato diario para la meditación y el silencio. Personas valientes que no se dejen engañar con tantas idolatrías falsas, que sean moderadas en su consumo, libres y responsables. Que renuncien al poder, aunque se queden sin cargos, títulos o reconocimientos. Que sean humildes, dialogantes y comprometidas con los demás. Necesitamos personas felices con aquello que hacen, sin miedo a nadie. Que sepan generar vínculos y respeten a los demás, incluso a sus adversarios. Personas que tengan muy claro su propósito vital y que vivan coherentemente con lo que creen. Personas que sepan asumir riesgos y aceptar sus errores. Personas amables, que valoren el silencio y la discreción, y a la vez que amen vitalmente la vida, los amigos, los suyos. Personas creativas que saquen lo mejor de sí mismas, incluso de las mayores dificultades.

Este es el modelo que necesita una sociedad que se desliza hacia el abismo. Sólo estos hombres y mujeres podrán cambiar el mundo. Son los héroes que viven su vida cotidiana con gran pasión. Son aquellos que saben que dentro tienen algo muy grande que va más allá de ellos mismos, una realidad que los trasciende: Dios es el motor y el aliado que les ayudará a cambiar de rumbo la historia. 

domingo, 2 de octubre de 2016

La distorsión de la realidad

A partir de mi experiencia, sufriendo un problema visual similar a la degeneración macular, he hecho esta reflexión sobre la capacidad que tenemos las personas de distorsionar nuestra visión de la realidad.

Hay patologías oculares que deforman la visión. Sobre todo la degeneración macular húmeda, que por las fugas de líquido o hemorragias internas en la retina provoca que la persona vea los objetos deformados y las líneas rectas se vean torcidas u onduladas.

Nuestros ojos están en contacto con la realidad para disfrutar de la belleza que nos rodea. La luz penetra en la retina y su claridad se traduce en una fiesta de colores e imágenes. Ver te hace sentirte vivo. Los ojos son realmente ventanas abiertas al mundo, a la vida, a los demás. Los ojos sanos también te ayudan a tener una vida contemplativa, porque con ellos admiras la hermosura de la creación, puedes mirar con dulzura al otro y aceptar la realidad como un don.

Una pequeña apertura, del tamaño de una cabeza de alfiler, se ocupa de filmar todo cuanto vemos y nos permite saborear la visión del mundo. Es un auténtico milagro cómo algo tan diminuto puede alcanzar a ver hasta las estrellas lejanas del cielo. Pequeñas neuronas nos proporcionan una gran visión. Precisamente por la fragilidad de estas células hay un riesgo de deterioro que puede comprometer seriamente el precioso sentido de la vista. 

Cuando se sufre degeneración macular, todo lo armónico y lo bello se afea. Perder la visión y ver el mundo deformado causa sufrimiento e inseguridad. La tristeza al no poder ver bien es muy profunda, similar al duelo por una pérdida. Quien sufre de estas patologías no deja de recordar y añorar cómo se ve el mundo cuando el sistema ocular está sano y pueden percibirse las formas con su natural belleza y armonía.

Distorsión del alma


Pero si hacemos un paralelo con el plano espiritual de la persona, hay una patología aún peor. Es la que nos hace ver la realidad deformada, no por un problema ocular, sino por un mecanismo de la psique que nos impide aceptar las cosas tal como son.

Hay una degeneración espiritual que distorsiona nuestra visión del mundo y de las personas. Es entonces cuando vemos en el otro a un enemigo o a un extraño del que debemos desconfiar. Es cuando sólo apreciamos lo negativo, o incluso vemos mala intención o maldad imaginarias que no son tales en las personas. Es cuando vemos el mundo con tintes simplistas: o demasiado rosa, cayendo en un buenismo ideal, o demasiado negro, cayendo en catastrofismos pesimistas.

Hay muchos factores que deforman nuestra visión del alma. Tenemos las ideologías que nos modelan la mente y nos hacen intolerantes con los que piensan distinto a nosotros. El miedo agranda y exagera los problemas, y nos hace crear monstruos y amenazas inexistentes. La arrogancia nos hace ver todo en función de nuestros intereses. La apatía es como una niebla, que difumina las formas y los contornos, haciéndonos perder el contacto con la realidad. El egocentrismo es especialmente deformante, pues lo vemos todo a través de la lupa de nuestro ego. Todo lo que nos afecta se hace enorme, y lo que no nos interesa se hace pequeño o desaparece de nuestro campo visual. La depresión nos hace ver todo de un color triste y gris, sin esperanza, sin luz.

Cómo sanar y recobrar la lucidez


¿Cómo recuperar una visión clara de la realidad? Muchos diréis: bueno, es que cada persona tiene su visión, no hay dos maneras iguales de ver las cosas. Es cierto, pero también es verdad que la realidad está ahí y hay hechos objetivos que no podemos negar. De cómo los veamos dependerá nuestra actitud vital, nuestra reacción y también nuestras relaciones con los demás.

Cuando hay degeneración macular, el paciente tiene que descansar y no forzar la vista. Yo diría que para las distorsiones de la visión del alma también necesitamos reposo. El descanso espiritual es necesario, y es ese tiempo de silencio, de oración y de confianza en Dios que todos necesitamos a diario. El silencio y la contemplación aclaran la visión. En brazos de Dios, acurrucados en su presencia silenciosa, podemos contemplar la realidad desde una atalaya que nos permitirá captar mejor el panorama, con perspectiva, con paz. Podremos ver nuestra vida en su conjunto y comprender mejor el sentido de las cosas.

Otro remedio para mejorar la retina son las inyecciones con ciertos fármacos que inhiben el crecimiento de vasos sanguíneos. Trasladando la imagen a la vida interior, podríamos decir que también necesitamos inyecciones de una medicina que nos ayude a limpiar la visión del alma. ¿Cuál es esta medicina? De la misma manera que una inyección te la tiene que poner un médico, este remedio no viene de ti mismo: lo necesitas recibir de los demás. Un amigo, un consejero, tu cónyuge, un sacerdote… Alguien que te quiera y se preocupe por ti puede ayudarte en los momentos de duda, dolor u ofuscación. No te cierres en ti mismo. No te aísles ni creas que tu visión es la única y la correcta. Los demás, aquellos que te quieren, son tu mejor medicina. Habla, comenta, pide consejo… y sobre todo escucha. Abrirse a los demás puede aclarar tu visión.

Finalmente, para ayudar a regenerar tu retina es importantísima la alimentación. Tomar frutas y verduras frescas, llenas de antioxidantes y nutrientes, renueva los tejidos y ayuda a la curación. ¿Cuál es nuestro alimento en el plano espiritual? La oración es importante. La compañía de los demás también. Hay otra fuerza poderosa que otorga vista clara: amar a los demás. La clarividencia del amor nos ayuda a ver las cosas en su proporción justa.

Los cristianos, además, tenemos un don inagotable: el mismo Cristo. Dios hecho pan se nos da como alimento curativo que puede sanarnos y devolvernos no sólo las fuerzas y el ánimo, sino una percepción lúcida de la realidad. Recordemos los dones del Espíritu Santo, esos regalos que Dios otorga con los sacramentos y la oración. Sabiduría, ciencia, inteligencia… son medicina para los ojos del alma que podemos obtener si los sabemos recibir con sinceridad y fe.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La soledad de algunos hombres

La soledad es un deseo del hombre que busca crecer, conocerse mejor y ahondar en el interior de sí mismo. Es un tiempo que buscamos con ansias y que no siempre encontramos en esta sociedad del frenesí. Necesitamos pasar tiempo solos para centrarnos en el objetivo de nuestra existencia y preguntarnos si esta razón de ser armoniza con lo que estamos haciendo.

Pero en este escrito no me refiero a la soledad sana que disfrutamos porque tenemos un propósito de vida. Hoy me refiero a la soledad no querida. Es la soledad que llega a ser insoportable porque la persona no es capaz de saber qué quiere ni se atreve a preguntarse por su propia identidad.

¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué sentido tienen mi presente y mi historia?

Muchos hombres, llegados a cierta edad adulta, o a la jubilación, no saben qué hacer con su vida y se sienten amenazados por la soledad. Necesitan ocupar su tiempo para huir de ella. La angustia de no encontrar su norte les genera un dolor lacerante en el alma. Los existencialistas concebían la vida como un lanzarse obligatoriamente a un naufragio. Nos guste o no, estamos condenados a bregar contra nuestras tormentas interiores. Con cuántos hombres he hablado que se sienten así y buscan las aguas calmas de la orilla.  

Combaten el tedio y llenan su tiempo de actividades y quehaceres porque la soledad los golpea. Hablan sin cesar porque no quieren estar solos ante su realidad. Les da pánico mirarse al espejo porque, en el fondo, saben que están huyendo hacia ninguna parte. Su angustia aumenta con el paso de los años.

¿Se puede hacer algo, más allá de una terapia psicológica o una conversación de café? No solo se trata de desenterrar traumas infantiles, patrones de conducta, valores familiares, fracasos o decepciones. Hay un abordaje diferente que va más allá de las terapias tradicionales. Podría ser una terapia pre-religiosa o existencialista, enfocada a la aceptación de la realidad propia. Algunos pensadores lo llamarían realismo existencial.

Porque ya no estamos hablando de enfermedades del cuerpo o de la psique, sino del ser. Podríamos hablar de enfermedades de la existencia, que llevan a ciertas actitudes ante la vida. El orgullo, la vanidad, la egolatría, la autosuficiencia, la falta de humildad…, todo esto son patologías que llevan a la fragmentación del ser. Nos alejan de la realidad y nos impiden aceptarla y aceptar a los demás tal y como son. Estas actitudes también nos impiden aceptarnos a nosotros mismos, con nuestro pasado y nuestra historia personal.

Enfermedades del ser


El enfermo existencial permanece en la crítica constante. Su comportamiento es bipolar y narcisista, todo gira en torno a él. Al final, su psique acaba agrietándose y sufre una terrible angustia. En el fondo no se conoce a sí mismo y los demás siempre son culpables de su situación. La vida se le hace insoportable y necesita «machacar» sus razones constantemente, hasta el delirio enfermizo. Para algunos, todo el mundo se equivoca menos ellos. Para otros, todo el mundo es malo y, a fin de no contaminarse, se van alejando cada vez más de la gente y desconectan, aislándose en la amargura. Cuánto dolor hay en estas personas.

Estos hombres, que a menudo acaban muy solos, necesitan coraje para aceptar la realidad tal como es y no buscar subterfugios psicológicos, religioso o morales. La soledad es una gran oportunidad para que, desde el silencio sereno, redescubran sin miedo su identidad más auténtica, sin necesidad de vivir un personaje que no son. Culpar a los demás de su soledad es una actitud de cobardía que paraliza. En lo más hondo de su corazón, uno no puede engañarse. Vivir en una mentira durante años lleva a una pugna constante con uno mismo, y esta lucha corroe las fibras más sensibles del alma.  El púgil necesita siempre un cuadrilátero, un entorno o una excusa para poder sacar su rabia y lanzarla contra los supuestos enemigos, reales o imaginarios.

El realismo existencial es la única medicina que puede sanar estas enfermedades del ser. No somos culpables de los acontecimientos anteriores a nuestro nacimiento. Se trata de aceptar nuestra historia tal como es, aceptar a los demás y sus límites y aceptarnos a nosotros mismos. Sólo así, abrazando la realidad de mi ser, puedo iniciar un camino de recuperación. No necesitaré de nada exterior para sentirme tal como soy. Este es el gran acto de humildad: no pretendo ser quien no soy, soy quien soy y así me acepto y me quiero. Esto es lo único que puede tapar la grieta de mi fractura existencial.

Aprender a amar quien soy es la puerta de salida hacia la realidad plena de mi ser, aquella que nos dio el Creador, sin dolor ni ambigüedades. Será entonces cuando no nos sentiremos solos, ni siquiera en la mayor de las soledades. Porque descubriremos que esta es una parte intrínseca de nuestra vida y la aceptaremos con paz.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El espejismo de la ambición

La sociedad de hoy valora al hombre por su capacidad de hacer muchas cosas. Valora el éxito, el reconocimiento y, sobre todo, la habilidad para hacerse millonario con su incansable trabajo. Esta mentalidad se difunde por todo el mundo, también en los sectores más humildes de la sociedad que sufren el paro, la precariedad o las consecuencias de la crisis económica.

Muchos gurús de la economía y de la empresa prometen el éxito si sigues al pie de la letra sus programas. Tras una apariencia de amabilidad y cordialidad, esconden una enfermiza ambición para obtener más y más dinero, fama y prestigio. Algunos incluso utilizan un lenguaje seudo-religioso para dar un aire de nobleza a su trabajo, queriendo demostrar así que su motivación no es tanto el dinero como ayudar a los demás. Bien lejos de la realidad.

Detrás de estos discursos hay un elaborado proceso de marketing orientado a manipular las emociones. Utilizan tácticas de neuro-marketing para meterse en la mente de sus oyentes y convertirlos en adictos a sus ideas, empleando frases alentadoras como «tú puedes» o «lo que piensas se convierte en realidad». Estos gurús quieren convencerte de que tienes una capacidad casi divina. Si quieres, puedes, y si no lo consigues es porque quizás te falta fe.

Cuántas personas, hoy, viven sometidas a estos vendedores de sueños, creyendo en un ideal mientras se embarcan en una carrera angustiosa que poco a poco va minando sus fuerzas. Viven una bipolaridad entre la angustia de la vida real y un sueño inalcanzable. Esta división interna las puede llevar a ignorar su propia realidad y a caer en la indigencia. Hacen un esfuerzo heroico por sonreír y visten con dignidad, su discurso desprende elocuencia y éxito, pero quizás están viviendo en la miseria.  En algunos casos, pueden llegar a la fragmentación psicológica.

Cuando el culto al dinero marca las motivaciones de la persona, esta cae en una espiral progresiva de desear más y más, hasta perder toda referencia moral. La ambición es utilizada por algunas empresas de multinivel como estrategia para su fin último, que no es tanto el bien de las personas como el incremento de sus ganancias. Para enganchar a sus vendedores, les prometen grandes incentivos y alimentan su sueño de un paraíso económico donde nunca les faltará nada si siguen en la brecha. Tendrán todo lo que quieran y se sentirán como dioses. Con mensajes muy bien estudiados, son lanzados a un ritmo frenético y a un consumo incesante que va a alimentar las arcas de la compañía. El lenguaje moral, religioso y con tintes bíblicos sirve para alimentar el entusiasmo y la credulidad de quienes caen en una sólida red que crece a costa de un ejército de personas que creyeron en su propuesta.

Trabajan sin descanso persiguiendo la felicidad, pero han caído en el culto idolátrico de los bienes materiales. Ya no importa tanto quién eres, ni siquiera qué haces, sino lo que tienes y consigues, y la manera de adquirirlo poco importa. El fin justifica los medios.

Estas personas han olvidado que podemos vivir con menos y, en cambio, necesitamos pasar más tiempo junto a nuestros seres queridos. Más allá del trabajo, se puede vivir y ser feliz cuando ponemos el dinero en segundo plano. Se puede ser feliz sin renunciar a lo que uno es, a los talentos propios y a un deseo sano y equilibrado de prosperidad. Lo que realmente importa en la vida es vivir serenamente y sacar tiempo para darlo gratuitamente a los demás.

domingo, 28 de agosto de 2016

Solidaridad o vanidad

Ante la crisis se ha producido una explosión de iniciativas orientadas al apoyo y acogida de personas y grupos vulnerables. Son muchos los que se han visto arrojados al margen de la sociedad, sometidos a terribles carencias y heridos psíquica y emocionalmente. Todo esto es consecuencia de una gestión política que se aferra al poder y no al servicio de las personas, especialmente las más frágiles. El revés que reciben estas personas es tan fuerte que muchas se quedan sin recursos y sin ánimo. Faltas de esperanza, caminan sin rumbo, angustiadas, y finalmente, a veces con reparo, deciden pedir ayuda a alguna institución caritativa o a algún movimiento solidario.

La huella del dolor se nota en sus rostros decaídos y desesperanzados. Pedir ayuda cuesta, especialmente a aquellos que lo tuvieron todo y ahora lo han perdido todo. Para ellos significa iniciar un largo camino donde tendrán que aprender a ser humildes y avanzar, poco a poco, hacia su recuperación, hasta reencontrar su dignidad perdida.

La Iglesia, sensible al sufrimiento de los parados, ha creado con Cáritas diversas iniciativas para paliar tanto dolor. Se han creado también muchos comedores sociales, llevados por un ejército de voluntarios que atienden cada día a numerosos comensales. Estos voluntarios dan mucho más que comida: dan acogida, escucha atenta, amabilidad y esperanza. En medio de este mar de sufrimiento la Iglesia se convierte en bálsamo que suaviza y mitiga el dolor de tanta gente.

Junto a estas hermosas realidades, hay que reconocer que la solidaridad no siempre se ejerce bien. De ahí el título de este escrito.

Solidaridad o vanidad. ¿Por qué? A veces, tras una buena intención inicial pueden esconderse otras actitudes no tan altruistas. Cuando un voluntario decide ofrecer su tiempo y su esfuerzo, debe hacerse algunas consideraciones. No basta tener buena voluntad y ocupar un tiempo en una actividad solidaria. Es normal sentirse bien haciendo algo bueno por los demás. Pero todas estas razones no son suficientes para ejercer un voluntariado. Uno ha de preguntarse por qué lo quiere hacer, realmente. Y aunque parezca que esto no es tan importante sí lo es, porque comprometerse implica una serie de actitudes que lo capacitarán para tal ejercicio.

¿Qué necesita el voluntario? 


Primero, necesita conocer a fondo la institución en la que decide realizar su voluntariado. Y conocer en concreto la actividad en la que va a colaborar.

Segundo, debe hacerse un examen sincero sobre su capacidad y habilidades para el voluntariado.

Tercero, ha de respetar y asumir los criterios de la institución donde va a colaborar y la autoridad de sus responsables. Debe acatar la filosofía del centro y mostrar adhesión a las líneas globales que se marcan.

Cuarto, ha de facilitar en lo posible una buena relación de cordialidad entre todos los compañeros voluntarios.

Quinto, ha de mostrar un profundo respeto a la dignidad de las personas atendidas, independientemente de su raza, sexo y credo.

Sexto, ha de respetar y cuidar el entorno físico y ambiental.

Por último, esto es un pilar fundamental: nunca debe emitir juicios sobre nadie, ni sobre los acogidos ni sobre el voluntariado, ni sobre la institución acogedora.

Todos estos requisitos los tendrá claros si es una persona que no persigue su propio interés o beneficio, sino el bien de los demás. Su actitud será de servicio y se mostrará dócil, dispuesta y flexible, capaz de convivir y de aceptar la dirección de otros.

Riesgos de un voluntariado centrado en sí mismo


Si el voluntario no tiene esto en cuenta es posible que tras su amable generosidad se esconda una solapada vanidad que lo puede llevar, al cabo del tiempo, a desviarse de manera agresiva y crítica de la línea de trabajo de la institución en la que colabora. Puede emitir juicios poco objetivos, incluso difamar a la institución o desmembrar el grupo de voluntarios con cierta violencia. Esto sucede cuando su motivación oculta o quizás inconsciente no es el servicio, sino cultivar una imagen solidaria y prestigiosa de cara al exterior. Para otras personas el voluntariado se concibe como una terapia para sentirse bien, o un espacio de recreo y pasatiempo, para llenar un hueco o un vacío en la vida. En todos estos casos el centro de interés último es uno mismo y no los demás. No aceptan que se cuestione su forma de actuar y que nadie les diga cómo hacer las cosas. Critican los fallos ajenos y no reconocen los propios. El servicio puede acabar siendo una forma de poder, y la solidaridad una forma de vanidad.

Cuando en el voluntariado se dan estas actitudes, no tarda en surgir el conflicto. Este repercute en el ambiente de trabajo, en los compañeros, en la convivencia. Y también puede repercutir en los beneficiarios. Cuando el ambiente se enrarece y afloran los problemas personales es fácil que la atención que se presta no sea tan correcta, que haya negligencias o se den situaciones desagradables donde falten el tacto, el respeto y la suficiente madurez. La institución acogedora no es la única perjudicada. Sufren los demás voluntarios y sufren las personas beneficiarias.

¿Cómo resolver estas situaciones? Con un diálogo sincero y profundo entre el voluntario y la persona responsable del equipo humano. La institución siempre ha de mostrar respeto, delicadeza y caridad. El responsable del voluntariado debe tener capacidad de escucha y de perdón, una mente abierta pero a la vez conservar claros los criterios. Firmeza y dulzura son buenas consejeras. De ahí la importancia que Cáritas y las organizaciones de voluntariado dan a la formación. Mantener reuniones periódicas y sesiones formativas para los voluntarios es vital a fin de cultivar un buen ambiente, cálido y amistoso, y a la vez riguroso en el trabajo. Especialmente la Iglesia debe cuidar este aspecto. Se trata de dar caridad… con calidad. Y no olvidar que todo servicio que se ofrece, más que un acto de voluntarismo para ganar méritos, es un acto de amor.

domingo, 21 de agosto de 2016

¡Eres fantástica!

Era un mediodía de verano. El sol apretaba. El calor abrumador y asfixiante caía sobre aquel cruce de calles. Un indigente, con brazos y piernas enflaquecidos y la cara quemada por la intemperie, lanza una mirada pilla a los transeúntes, pidiendo limosna. Sus dos ojos azules miran sin mirar, sólo alerta a quien puede ayudarle: sobrevivir en la calle es un reto diario al que está acostumbrado.

Hace años que vive en este barrio. Los días pasan por él sin tregua. Vive sin vivir, huyendo del sufrimiento interno a base de cervezas y algún que otro porro que lía después de buscar colillas bajo los coches, reutilizando las últimas caladas. El gentío pasa a su alrededor, ignorándole. Algún que otro día se pone a gritar, metiéndose con los viandantes. Otros días se acurruca junto a un portal, ensimismado y ausente. Y la gente pasa sin mirarlo, como si fuera parte del mobiliario urbano, o evitándolo por su olor a sucio y a alcohol.

Pero aquel día sucedió algo inesperado. Él se acercó a una chica esbelta, amable y elegante, que le sonreía. Como siempre, le pidió algo, aunque sólo fueran veinte céntimos. La joven se detuvo, lo miró con cariño y le dio una moneda de dos euros. Entre ambos se cruzó una mirada de complicidad y entrechocaron las manos en un gesto de camaradería. Parecía surrealista, pero había algo en aquel cuadro que no desentonaba. Sin ningún tipo de reparo o manía higiénica, aquella muchacha supo acercarse y saludarlo amablemente. La delicadeza armonizaba todo: exceso y sobriedad, fealdad y belleza. No había distancia entre aquellos dos rostros: los dos eran hermosos, como hermosa era la escena. Un minúsculo y sencillo gesto de amor que, más allá de la limosna en sí, era la dulzura con que la joven miraba al indigente.

De pronto, él lanzó un grito que le salió de lo más hondo, con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Eres fantástica!»

Este grito, que sólo podía salirle del alma, sacando todo el aire que podía, no era un grito de desgarro, sino de gratitud. Lo dedicó a aquella muchacha alargando el sonido, ¡fantáastica!

Me estremecí contemplando la escena. Era asombroso ver la figura escuálida del indigente sacando toda la potencia de su voz sólo porque una mujer de aspecto jovial y alegre se había detenido a mirarlo con ternura y le había dado una moneda.

Quizás muchos otros lo hacen. Pero él no da gritos por cada limosna que le dan. ¿Cómo se la dan? En aquel caso, no era la limosna, sino la delicadeza con que la joven lo había tratado, pese a su deterioro físico y moral. ¿Qué vio el indigente en la mirada de aquella mujer? Dos euros no pueden sacar de la miseria a nadie. Quizás en su mirada recuperó parte de su dignidad perdida. En la mirada de ella no había un «pobrecillo», no había simplemente compasión. Ella le hizo sentir que, aunque no tuviera nada, era persona. Que, aunque se marginara o lo marginaran, sólo por existir ya tiene una dignidad inapelable. No era un residuo social, un saldo de la vida. Era alguien con un nombre y una historia que lo había arrastrado hasta la calle, pero cuya dignidad permanecía intacta. Aquel grito desbordado desde su pozo oscuro expresaba que, por la rendija de su alma, aquel mediodía entró un rayo de luz. El sol penetró por las grietas de su ser sufriente. Su puño golpeó con suavidad los nudillos de la chica, que le alargó la mano sonriendo.

Quedé impactado. Una sonrisa amable basta para sacar del corazón la mejor música que lleva dentro. Aquella muchacha no hizo casi nada. No hizo más que mirarlo sin prejuicios y él respondió con todo lo que tenía: un canto de gratitud.

Los indigentes, en su soledad, poseen en su interior atisbos de lucidez. Pese a sus grietas emocionales, hay una zona dentro del ser que no queda dañada nunca. Todos podríamos ser un poco «fantásticos» si supiéramos mirar con verdadero aprecio a un ejército de pobres que sobrevive en nuestras calles.

Aquel mediodía, mientras el sol azotaba sin piedad, en el alma de aquel hombre cayó un rocío fresco, como presagio de un nuevo amanecer. Ojalá todos nosotros sepamos convertirnos en lluvia fina para tantos corazones secos y rotos que nos rodean.