domingo, 27 de marzo de 2016

A los pies del Crucificado

Estaba en la fila caminando a paso sosegado, mirando al Cristo crucificado. Su rostro sereno revelaba una unción profunda. Sin prisa, se acercó con suavidad, la mirada puesta en la cruz. Sus ojos ligeramente apagados manifestaban un dolor compungido.

Se acercó y la intensidad de su mirada aumentó. Conmovida ante la cruz, sus manos se posaron sobre los pies del Crucificado. Con mirada tierna besó suavemente los clavos de los pies. Se detuvo, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla, y mantuvo su mirada firme sobre el rostro de Cristo, como si necesitara más tiempo.

Es una mujer de extraordinaria delicadeza. Recientemente perdió a su esposo, el amor de su vida. Ahora la veía agarrar los pies de la cruz, como si el sufrimiento del hombre en el madero evocara la pasión dolorosa de su familia: la muerte de un hijo joven y la de un marido a quien quería con todas sus fuerzas.

Esculpida por el sufrimiento, vive su experiencia con emoción contenida. Tal vez encontrarse cara a cara con la cruz le despertó preguntas sin respuestas. Tal vez ante la cruz experimentó con mayor hondura la ausencia de los suyos y su sentimiento de soledad y abandono. Fue un minuto intenso, durante el cual su mirada penetró en la mía. Con su semblante sereno, me miró durante unos instantes. No necesitó articular ninguna palabra, la expresión de su rostro era lo bastante clara. Su mirada clavada en la mía buscaba algo. Y yo, sin decirle nada, intentaba expresar con mi silencio que la respuesta a tanto sufrimiento se la estaba dando la cruz: la entrega sublime de Jesús por amor. Esa es la clave. El misterio del dolor solo tiene sentido cuando el corazón humano se abre al amor incondicional de un Dios que entrega a su Hijo. Ni el sufrimiento ni la muerte son la última palabra para los cristianos.

El mismo Dios, en Jesús, se expone ante el mundo y asume la fragilidad humana. El mismo Dios se somete al misterio del dolor y asume la dureza y la crueldad de aquellos que lo sentencian a muerte. El sufrimiento de Jesús es la respuesta a nuestro sufrimiento. Y aunque el duelo a veces nos deje sin aliento cada vez vamos penetrando más en la realidad más profunda del ser humano, preguntándonos por el sentido último de la existencia, que nos enfrenta cara a cara con la cruda realidad de la muerte.
Mis ojos hablaban a esta mujer, y entendí que ese beso, esa mirada y ese rostro lleno de delicadeza hacia el Cristo eran en realidad un reflejo de la mirada cálida y serena del Crucificado hacia ella. Cristo, desde su cruz, sigue mirándonos con ternura desmedida y compasión. Su corazón muere en la cruz, como hombre, pero dentro de él sigue latiendo el corazón vivo de Dios.

En su largo silencio, ella recibió la dulzura de Jesús en la cruz. Conmovida y absorta, su rostro se apartó lentamente, lleno de paz y profunda serenidad. Una mujer ante la cruz. Quizás le supo a poco el beso y quería eternizar ese momento. Otros se apresuraban, pero ella, sin prisa, quería saborear aquel momento junto a Jesús.

Me miró de nuevo, sonriendo levemente, y parpadeó. Murmuró algo y retiró sus manos de los pies de Cristo. En su mirada se atisbaba una nueva luz, una vida nueva, como si una paz muy especial invadiera su corazón. Terminó ese momento tan denso, y ella se alejó caminando hacia su asiento.
La dulzura de una mujer pude deshelar los corazones más duros. Las caricias de sus manos se convierten en bálsamo para los que sufren. Su mirada delicada llega hasta las entrañas y el corazón de aquellos que se sienten solos y abandonados. Las lágrimas de una mujer expresan que la intensidad y la capacidad de amor no tienen límites. Su corazón revela una sensibilidad solidaria capaz de abrazar a toda la humanidad, tantas veces falta de misericordia. Y el coraje de la mujer que ama no tiene límites: ni el miedo puede impedirle seguir amando.

El gesto de esta señora ha sido para mí un canto a la mujer que, a pesar de estar sumergida en un profundo dolor, es capaz de convertirse en un torrente de ternura inagotable. A pesar de sus pérdidas, su corazón sigue amando incondicionalmente, desde su más honda soledad. Nunca olvidaré su beso y su mirada al Cristo.

Ella es imagen de muchas mujeres que, en medio del sufrimiento angustioso son capaces de seguir mirando, besando, acariciando el rostro de quienes no tienen nada, porque lo han perdido todo. Las lágrimas no les impiden sacar de adentro una enorme capacidad de amor para suavizar tanto dolor. Hoy, viernes santo, el Cristo ha cruzado sus ojos con los ojos de esta mujer: un destello de luz invisible ha atravesado su alma como un anticipo de la resurrección.

domingo, 20 de marzo de 2016

Entre la luz y la sombra

La realidad del ser humano es rica, compleja y a veces contradictoria. Tiene un ritmo interno profundo que le hace vivir con mil matices: vivencias, sensaciones emociones… Es tanto su amor a la vida que le llevará a situaciones límites, de gozo y de sufrimiento. Fuerza y fragilidad, convicciones y miedos, coraje e inseguridad hacen del hombre un ser apasionante y misterioso. Su libertad le llevará a vivir con intensidad el don de la excelencia y afrontar los diferentes retos para su crecimiento humano y espiritual.

Un aspecto que me ha ayudado a profundizar sobre el misterio del dolor han sido las reiteradas visitas que hice a una colaboradora mía en el hospital, los primeros quince días de enero. Según mis ocupaciones, la iba a ver en días y horas diferentes. Algunas veces iba por la mañana, otras a mediodía, otras por la tarde o por la noche. Entonces me di cuenta de que, de la misma manera que los años tienen sus estaciones y los días sus franjas horarias, la vida del ser humano también tiene sus ritmos psicológicos y emocionales. Lo cierto es que no es lo mismo el invierno, con su luz que cae oblicua y pálida entre los árboles desnudos, que la primavera, cuando los rayos del sol son más directos y potentes y los árboles empiezan a brotar de nuevo. No podemos negar nuestra vinculación con la madre naturaleza: somos radicalmente dependientes de ella desde que nacemos y esto marca nuestros biorritmos, condicionando incluso nuestro temperamento. No nos afecta igual un día gris y frío de invierno, que parece llenar de bruma el alma, que un día claro y luminoso acariciado por una brisa suave de primavera.

Hablo de  luz y oscuridad, de penumbra y claridad. Este es el ritmo de la naturaleza, pero también de la naturaleza humana. Cuántas veces el ser humano se abruma por el espesor de su mente; cuántas veces su alma está soleada porque vive una experiencia luminosa en su corazón.

Al ir al hospital en horas diferentes, pude apreciar la diferencia entre un paseo matinal, cuando los rayos de sol empezaban a acariciar las calles de la ciudad, y una caminata a mediodía, en medio del frenesí urbano, o por la tarde, cuando el crepúsculo oscurece el cielo y la actividad se va apagando, mientras la oscuridad creciente va anunciando la noche y la salida de la luna. Algunas veces iba cuando ya estaba totalmente oscuro y la cortina negra del firmamento cubría la ciudad, ansiosa por alargar el tiempo con sus focos artificiales. La noche invita a recogerse, nos llama a una tregua en nuestro ritmo acelerado para retomar fuerzas para el día siguiente.

Mis idas y venidas al hospital me hicieron valorar que el ser humano, frente a la enfermedad, también pasa por momentos y etapas en los que, más que nunca, es consciente de su realidad más profunda. Su fragilidad, verse tan desvalido y dependiente, le hace ver con más claridad la situación en que vive. Aunque esté lleno de tubos y cargado de agujas, su consciencia le hace lúcido e inicia un proceso de profunda introspección. Podría parecer que la enfermedad dolorosa le está restando vida. Pero en esas crisis de falta de luz y de razones para explicar lo que le pasa se está gestando, al mismo tiempo, una corriente interna que le ayuda a verse con más claridad por dentro.

La enfermedad es un claroscuro en el tapiz de la vida. El enfermo vive momentos de absoluta claridad y otros momentos de cansancio y dolor; algunos son de inquietud, otros son serenos y de abandono.

Mi colaboradora de la fundación vivía también estas dificultades; momentos de una claridad mental y con una calma a veces desconocida y otros momentos de dolor y angustia. Pero no cabía duda de que su fuerza espiritual nunca se rindió ni sucumbió al desespero. Fue plenamente consciente de la gravedad de su situación, pero vivió con inesperada serenidad su enfermedad. Supo extraer de ella un nuevo aprendizaje en su vida. Soltar lastre que le impedía vivir con paz y sosiego por una tendencia suya a la híper responsabilidad. Caer del caballo de la autosuficiencia la hizo darse cuenta de que su estrés la estaba lanzando al abismo. Poco a poco fue aprendiendo a echar las bridas a su caballo desbocado. Supo gestionar muy bien ese momento que la vida le regalaba: la oportunidad de ser una nueva mujer. ¿Por qué? Porque ella supo rentabilizar, en términos espirituales, lo que le había ocurrido. Supo introducir el silencio y la oración en ese claroscuro de su existencia, cuando parecía que su vida estaba en juego.

Hay dos momentos al día en que la oración es especialmente potente: al amanecer, cuando todo es silencio, y en el crepúsculo. Si sabemos conectar con lo divino, ese diálogo íntimo con Dios tiene unos efectos especiales de gracia. La intercesión en esos momentos es poderosísima. Quizás ella supo mecerse entre la luz y la sombra para dejar emerger la nueva persona. En su diálogo interior, supo moverse entre el crepúsculo y la confianza de un nuevo amanecer en su existencia. Y esto la llevó a vivir con una elegancia inusitada los días más dolorosos de su vida. Cada mañana, me explicaba, lo primero que hacía era deleitarse contemplando el amanecer sobre el mar, que podía divisar desde un enorme vitral en el extremo del pasillo de su planta. Desde allí caminaba a la otra punta del pasadizo, donde la vista alcanza al Tibidabo, y entonces oraba al Sagrado Corazón de Jesús ofreciéndole el día. Así hacía su primer paseo por el hospital. Empezaba el día alabando a Dios, su Creador, a Jesús, su Rey de reyes.

Saber admirar es convertir la contemplación en oración. Esto fue lo que realmente la resucitó y la curó.

domingo, 6 de marzo de 2016

Ir despacio

Amanecer sobre el mar


Muchas mañanas me gusta madrugar y caminar hacia el paseo marítimo. El aire es fresco, el día está a punto de nacer y el azul eléctrico del cielo va dando paso a otro azul, pálido y pastel. El sol todavía no ha salido. Poca gente camina por la calle: algunos que han acabado el turno de noche y ansían llegar a su hogar. Observo sus rostros cansados después de bregar toda la noche: enfermeras, médicos, personal del hospital que se recoge cuando el día está a punto de estallar.

Me dirijo hacia la playa y me detengo ante el mar. Está tranquilo, sus aguas parecen un espejo a punto de ser acariciado por el sol naciente. Todo es silencio, calma, sosiego. El aire está limpio y no se oye nada. Camino hasta la orilla, me descalzo y dejo que las olas acaricien mis pies. El frescor me penetra hasta la médula.

Una pátina de luz y colores intensos sirve de preámbulo a la salida del gran astro. Y, de pronto, el sol empieza a despuntar. Como una perla dorada, emerge con suavidad sobre las aguas.

Todo mi ser se estremece ante el cielo iluminando el mar. Los rayos de sol sobre las olas dibujan un camino de luz hasta la playa. Su claridad me envuelve en el misterio de un nuevo día que se inicia. Poco a poco el sol va coronando el mar y queda suspendido en el azul del cielo. Su luz lo baña todo, la oscuridad de la noche se ha desvanecido y ha dado paso a la mañana.

Y allí estoy yo, solo, sintiéndome diminuto ante la inmensidad del mar y la grandeza del sol. Pero siento que la vida corre por mis venas. El sol, el aire, el agua, desbordan mi pequeño granito de ser, capaz de sentir la belleza de un nuevo regalo. Otro día, quizás como el de ayer. Pero para quien ama la vida no hay dos días iguales, porque cada uno se vive como un don lleno de sorpresas inagotables.

Vuelvo la mirada hacia la ciudad y sus bloques y veo una marea de gente que corre en direcciones diferentes, a paso apresurado, como si el tiempo se le escapara de las manos. Nadie mira hacia el mar, nadie ve el sol naciente. Me quedo sobrecogido. ¿Cómo es posible que pasen de largo ante este sublime momento del día? Todo es nuevo. El sol también cae sobre sus rostros y luce para ellos. El viento susurra a sus oídos, pero nadie escucha. ¿A dónde se fue el placer de los sentidos? Sus poros están cerrados y no escuchan la melodía del cielo. Todos corren, todos se dirigen a su trabajo y nadie ve el hermoso espectáculo que el Creador ofrece cada mañana. Nadie contempla ese cuadro vivo desplegando su belleza sin igual.

Abrumado, mi corazón se encoge. No se puede vivir ignorando la belleza que nos envuelve. La prisa nos mutila los sentidos y nos aleja de la realidad y también de la trascendencia, que es lo que da sentido a la vida, a los demás, a lo que hacemos. Sin belleza no se puede vivir. Sin ella el alma se esteriliza y el corazón se empequeñece. Los ojos dejan de ver, los oídos no oyen, las fragancias se escapan, la piel se vuelve de mármol y la lengua deja de saborear la vida.

Abrir los sentidos


Aniquilar los sentidos es ahogar poco a poco el sentido de la vida. La gente va tan aprisa que todo lo hace corriendo: caminar, comer, dormir y, posiblemente, hasta acariciarse. La prisa todo lo aborta y, como siempre se va apurado, intentando hacer más y más, siempre se acaba llegando tarde.

Es necesario ir despacio. Aunque no lo parezca, nuestro biorritmo es mucho más lento. Todo necesita su tiempo y su frecuencia. Lo frenético es antinatural. Pero nuestra cultura, con sus exigencias sociales, nos mete en el ADN el patrón de la prisa. Como una gacela ante un leopardo corremos por supervivencia, pero nuestro estado natural no es este. Cuando nos sentimos amenazados nuestro cerebro da la orden de producir cortisona, la hormona que nos prepara para huir o atacar ante un peligro. Y el estrés continuo acaba provocando una adicción mental que nos aleja de nuestro propio yo. La prisa nos aísla de nuestra identidad. ¿De quién o de qué tenemos miedo, que necesitamos huir? Quizás nuestro gran miedo sea afrontar la realidad de nuestra existencia, con todas sus cargas, tal como es…

Lo cierto es que al amanecer, ante el mar, allí me encuentro, solo en medio de la riada de gente que va y viene sin percibir lo que estoy contemplando. En ese momento de profunda soledad siento una mano amorosa que mece mi existencia y que me guía hacia la gran luz. Miro el camino luminoso sobre las aguas e imagino esa riada de personas sin rumbo que se despeñan por un barranco porque tienen sus sentidos cerrados a la vida. Ya pueden trabajar y ganar dinero, y cubrir todas sus necesidades materiales, emocionales y hasta sicológicas. Si no abren sus sentidos acabarán enfermando, porque nadie puede dejar de respirar la vida, la belleza, la espiritualidad. Quien se cierra acaba convirtiéndose en un cadáver andante, en una sombra a quien le molesta la luz y se esconde en las oscuras grietas del alma para vivir sin vida, sin pasión, a modo de piloto automático, lanzado hacia el abismo.

Tengo un poco de frío y me acerco a la cafetería del Hospital del Mar para tomar una infusión. Sentado en una mesita, vuelvo a perder la mirada hacia el mar. El sol ya entra con todas sus fuerzas por los cristales de la cafetería y se posa en mi mesa. Cojo entre mis manos frías la taza que casi quema y, mientras siendo el calor en los dedos, pienso en la fragilidad del ser humano, llamado a algo grande, que se obstina en no crecer por miedo a descubrir el auténtico valor de su vida. Quizás a algunos la vida los quema por dentro y prefieren vivir anestesiados. Yo les diría: ¡No tengáis miedo! Meteos en las aguas de vuestra existencia y descubriréis un misterioso rayo de luz iluminando vuestra vida y dándole sentido. Parad, respirad, agradeced. Id despacio. Deslizaos por la vida con suavidad. Descubriréis la belleza que hay en vuestro corazón, encontraréis perlas de insospechado valor escondidas en vosotros. Mirad cuando podáis el mar. Contemplad el amanecer y veréis qué emocionante es ver empezar el día. La luz de Dios ha entrado por vuestra alma dándoos un nuevo sentido. Probadlo y os enamoraréis. Vale la pena sentirse amado, acariciado, bañado por él. Abrid vuestros sentidos a la belleza y viviréis.

sábado, 20 de febrero de 2016

La hazaña de saber recibir

Una cultura de héroes


Nuestra cultura valora y sobrevalora a aquellos personajes que han marcado la historia por sus grandes gestas. Julio César, Carlomagno, Napoleón… Después de grandes batallas ganadas al enemigo, los generales romanos desfilaban con sus caballos, erguidos y triunfantes, pasando bajo los arcos de triunfo coronados con laureles, mientras el pueblo los vitoreaba.

La cultura occidental, arraigada en Grecia y Roma, ha tendido a endiosar a monarcas, militares, cónsules y héroes de guerra. Lo que hacían era lo más importante y definía su ser. Y lo importante era el triunfo a cualquier precio. Se podría decir que este patrón cultural e histórico lo ha heredado nuestra sociedad. Hemos asimilado los mitos de personajes de carne y hueso convirtiéndolos en leyenda que ha traspasado la rigurosidad histórica. Es como si necesitáramos elevar los hombres a la categoría de dioses, a modo de prototipos extraordinarios para imitar. En ellos proyectamos lo que no somos y nos gustaría llegar a ser, quizás para esconder nuestra mediocridad. En el mundo del cine se sigue exaltando la imagen del héroe solitario que resuelve muchos problemas, a veces sin ayuda de nadie. Las series de televisión también elaboran personajes con el mismo perfil psicológico. Solos, con sus propios méritos y talentos, resuelven casos muy complejos.

Modelos que nos atrapan


La sociedad postmoderna nos propone estos modelos: personajes que son los primeros en todo, que saben de todo y que sobresalen entre todos. La educación también se vale de estos moldes pedagógicos para que los jóvenes emulen a sus héroes. La carrera por el primer puesto, por ser el mejor, está en nuestros patrones culturales, educativos, sociales y familiares. Si no triunfas en la vida y no tienes un nombre o una marca no eres nadie. Nos pasamos la vida corriendo, estudiando, esforzándonos por conseguir títulos y reconocimientos. Si no lo conseguimos, nos frustramos porque nos sentimos insignificantes. Y así pasamos los años luchando por ser alguien que no somos, generando contradicciones porque estamos renunciando a nuestra propia identidad. Queremos ser obsequiosos con nuestros padres, con nuestros profesores, con nuestro jefe en el trabajo, con la sociedad… Lo damos todo hasta extenuarnos y mientras tanto nuestra psique y nuestro cuerpo se van debilitando porque no estamos desarrollando nuestra auténtica esencia.

Pero, además, nos gusta presumir de nuestros logros. Queremos pasar por nuestros particulares arcos de triunfo y que la gente nos aplauda, aunque el precio a pagar sea consumirnos por dentro y, en el fondo, vivir una terrible bipolaridad existencial.

La sociedad nos educa para salir a la galería y acumular títulos y recomendaciones. Los padres, la escuela, el cine y los medios nos inculcan una cultura del esfuerzo para culminar nuestras metas. Y esto en sí no es negativo pero… ¿De qué metas hablamos? ¿Son tus metas o son las de otros?

El largo camino de retorno


Da pánico emprender la primera gesta de tu vida: introducirte en el interior de tu yo más profundo y reconocer con vértigo que te has desviado. Has errado el camino y has creado un personaje que no eres tú mismo y que va acumulando fracasos. La presión del entorno te ha hecho ser lo que no eres.
Ser consciente de esto es dar el primer paso de un largo camino de retorno. Un trayecto no exento de dudas, con dolor, angustia y, a veces, con una terrible sensación de soledad. Las influencias de los demás han redirigido tu vida hacia un abismo del que quieres salir, y cuesta avanzar a contracorriente.

Hoy los sicólogos hablan de la crisis de los 50 años. Cuántas personas sienten que han levantado todo un imperio con lágrimas y sudores para encontrarse con un inmenso vacío interior y una sensación de desorientación muy amarga. Se encuentran perdidas en el laberinto de su vida y entran en una profunda crisis.

¿Qué hago? ¿Dónde estoy? Lo más terrible es pensar que todo lo que has hecho no ha valido la pena. Una corriente de tristeza te paraliza el alma. Llegar a ser alguien y cosechar unos aplausos se ha cobrado un precio muy alto. La autoexigencia te ha llevado al agotamiento sin que le importe nada a nadie. Y todo endulzado con esa máxima: “has de sacar lo mejor de ti”, cueste lo que cueste, aunque sea a costa de la ruptura de tu propia identidad. Toda una vida trabajando, consiguiendo muchas cosas, para terminar perdido y sin rumbo.

El valor de lo pequeño


Urge un cambio de paradigma cultural y educativo, lejos de todo tipo de ideología que convierta al ser humano en un personaje ficticio, depurando valores y cuestionando aquel superhombre nietzscheano que se nos ha inoculado en la sangre. No podemos arrancar al hombre de su identidad más intrínseca. No somos dioses, somos de carne y hueso y necesitamos valorar los pequeños detalles de cada día.

Hemos de lograr que lo ordinario se convierta en extraordinario y que lo pequeño sea valorado. Podemos extraer grandes experiencias de lo limitado. Que la sencillez y la humildad sean nuestras maestras interiores. De pretender ser algo hemos de pasar a ser una persona normal y feliz con su realidad, que abraza las pequeñas cosas de cada día.

¿Y la perfección? Lo imperfecto también tiene su belleza. ¿Acaso un anciano no es bello? ¿No es bella la amapola que solo dura un día de primavera y que es tan frágil que un suave viento puede marchitarla? El sentido de la vida está en hacer de lo pequeño una auténtica hazaña.

Saber recibir


Nuestra cultura y cierto enfoque de la religión nos han enseñado que tenemos que dar mucho para ser alguien. Dar y dar. Cuando uno cree que solo tiene que dar se está construyendo un gigante con pies de barro. Dar hasta quedar sin aliento puede ser un acto de orgullo, pues soy yo el constructor de mí mismo y de los demás.

Es tan importante recibir como dar. La naturaleza del ser humano no está hecha solo para dar. Nuestras propias limitaciones y enfermedades nos hacen ver que necesitamos recibir de los demás. Tras el mucho dar puede esconderse un afán de control, una autosuficiencia, un deseo de autorrealización e incluso de vanagloria. El que sabe recibir aprende a reconocer su indigencia. Sabe que no es un dios.

El binomio dar-recibir forma parte de una misma realidad. Solo se puede vivir la donación como un don si reconoces que recibir es también un don no menos importante. Hoy la gran gesta no es hasta dónde lleno mi agenda, sino quitar cosas superfluas de la misma. Si siempre estoy dando nunca podré recibir y si no aprendo a recibir, no aprenderé a medir mi entrega.

Medir las propias fuerzas ante los límites es aprender la medida de la vida. No es narcisismo. Tener la humildad de recibir es un acto de coraje y de libertad que forma parte de nuestra dimensión humana. Los niños saben recibir, especialmente cuando son pequeños y necesitan el cuidado y la atención de sus padres. Ellos nos enseñan. Dejar de ser niño en nuestro corazón es llegar fragmentado a nuestra vejez, cuando nos damos cuenta de que volvemos a necesitar de los demás.

Hacer menos y tener tiempo para buscarse a sí mismo: esta es la gran aventura del hombre. Y aprender del susurro del silencio para descubrir que recibir forma parte de esta misma hazaña. Lejos de ser un acto de egoísmo, es un acto de profunda humildad. 

sábado, 13 de febrero de 2016

El sufrimiento liberador

El dolor, intrínseco en el hombre


Sobre el sufrimiento se han vertido muchas tintas y se han impartido muchas reflexiones y conferencias. Aunque el hombre está concebido para la felicidad, continuamente se topa con una realidad que también le es intrínseca, no porque quiera, sino porque se encuentra con sus propias contradicciones. La filosofía, la psicología y la ética son disciplinas que han profundizado mucho sobre esta realidad humana. El dolor no deja a nadie indiferente, sobre todo cuando se sufre en el propio cuerpo.

Pero quisiera, también, lanzar otro enfoque sobre el sufrimiento: cuando la realidad del dolor sobrepasa lo físico y alcanza el nivel emocional y espiritual.

El dolor del alma


Cuando estamos sufriendo la agresión biológica que supone una operación quirúrgica, especialmente si es por un motivo grave, toda nuestra persona se rasga, física, sicológica y emocionalmente. El sentimiento de indefensión genera inseguridad y un miedo terrible a lo que pueda ocurrir, pues no hay cirugía exenta de riesgos. Cuando la vida está en juego y se percibe frialdad en el entorno hospitalario el sistema inmune baja sus defensas. Este dolor, por muy físico que sea, es profundo y llega hasta el alma.

Después de la intervención, las molestias postoperatorias causan sufrimiento a los pacientes. La agresión física deja sus huellas en el cuerpo y se necesita tiempo para ir asumiendo las secuelas, poco a poco. Estar entubado, no poder cambiar de posición en la cama, la alimentación intravenosa, la limitación de movimientos, las agujas, las dificultades a la hora de orinar o hacer las necesidades fisiológicas… Vivir esto en tu propia persona te hace sentirte expuesto y muy frágil.  

La pérdida de un ser querido provoca un dolor no menos intenso, porque se rompe un vínculo vital que va más allá de lo físico. A veces la pérdida es tan dolorosa que el cuerpo la somatiza como una terrible agresión. Los neurotransmisores del cerebro se activan como lo harían ante un golpe físico y se segrega cortisol, la hormona del miedo y la alarma. Esto puede llegar a producir enfermedades graves, que merman seriamente la vida del que sufre.

También una ruptura emocional es dolorosa. Se rompe un vínculo en vivo, generando un profundo desasosiego en el corazón. Este es un órgano expuesto a mucho sufrimiento. Cuando los vínculos se agrietan literalmente el corazón se puede romper o partir. Estos días he hablado con varias personas que pasan por situaciones de ruptura matrimonial y verdaderamente he percibido en sus ojos una profunda tristeza. Su tono vital es bajo, sollozan con frecuencia y llegan a dudar de sus valores y a perder el sentido de la vida.

Una riada de gente se enfrenta a la vida con el corazón roto, intentando canalizar sus emociones con un sentimiento de indigencia terrible. La tormenta interior puede llegar a enloquecer y, si no se actúa a tiempo, puede causar graves secuelas sicológicas y somáticas o convertirse en un volcán incontrolado.

Otro sufrimiento es el causado por una injusticia laboral, profesional o por una situación de estrechez económica.

Un sufrimiento restaurador


Todas estas formas de dolor tienen que ver, y mucho, con el propósito de la vida. El sufrimiento nos envía la señal de que algo hemos de cambiar: en nuestros hábitos, nuestras creencias y emociones. Cuando encaramos el sufrimiento podemos convertirlo en un aprendizaje para crecer más como personas, haciéndonos salir de nuestra mediocridad y afrontando nuestra realidad.

El dolor puede ayudarnos a replantear, sin miedo, dónde estamos, qué hacemos y a dónde queremos llegar. Es verdad que a menudo nos da pánico ahondar en nuestra realidad existencial, porque nos da vértigo darnos cuenta de que quizás estamos viviendo una mentira, de que la vida que llevamos puede ser falsa y nos dejamos arrastrar por temor a saber quiénes somos.

Para replantearlo todo y cambiar de raíz nuestra vida hemos de emprender una lucha con nuestros propios fantasmas. El miedo se apodera de nosotros y preferimos vivir anestesiados para no sentir el dolor de parto de nuestra renovación interior. Así nos arrastramos hacia un abismo que nos aleja más de la realidad, de la verdad, de la autenticidad de nuestro ser humano. El dolor del alma no es menos profundo que el físico. Morir a la mentira, a las apariencias, cuesta sangre porque nuestras creencias se convierten en adicciones tan profundas que las hemos impreso en nuestro ADN. Tenemos tan adentro estas actitudes que necesitamos dar un giro interior de gran calado.

Primero hemos de reconocer que necesitamos enfrentarnos a la verdad. Después hay que cortar esas adherencias emocionales que nos impiden ser nosotros mismos. Finalmente, necesitamos ser humildes y pedir ayuda, porque quizás solos no podremos salir. A veces el dolor es tan fuerte que huimos hacia adelante para evitar el encuentro con nosotros mismos. ¡Cuántos zombis existenciales deambulan a nuestro alrededor, viviendo como personajes ficticios y jugando a ser lo que no son!

El sufrimiento físico, moral y sicológico a veces es necesario para dar un gran salto hacia la libertad, hacia nuestro yo más profundo. Cuánta gente va perdida sin rumbo, sin norte. El sufrimiento es una situación límite que nos da la oportunidad de empezar de nuevo. Algunos sicólogos hablan de la necesidad de pasar por el dolor para madurar, crecer, saltar y volver a empezar. Entonces es cuando hay que replantearlo todo: desde lo que comemos, lo que sentimos, lo que hacemos, nuestros hábitos cotidianos… incluso el mismo propósito vital. Lanzarse desde la cima del propio orgullo da vértigo, pero ¡nos sorprendería saber lo que somos capaces de hacer!

La grandeza del ser humano es que tiene una capacidad milagrosa para rehacerse y convertirse en un auténtico héroe de su historia. Tocar fondo a veces es la única manera de trascender. Es la gran oportunidad para abrazar nuestra fragilidad existencial y transformarla en fortaleza. El misterio del dolor se hace necesario para entenderse a uno mismo y entender la condición humana.

domingo, 7 de febrero de 2016

Cuidar y cuidarse

Durante unos días, a principios de enero, he ido a asistir a una persona al Hospital del Mar. La tuvieron que operar de urgencia por una oclusión intestinal. Responsable de la dirección de la Fundación ARSIS, y miembro del equipo pastoral de la parroquia, su trabajo eficaz y su talante humano y creativo han dejado huella en el corazón de muchos. Siendo un sólido pilar, ha sabido hacer lo que a muchos nos cuesta: abandonarse, confiar en los demás y dejarse cuidar en su fragilidad.

La ejecutiva eficaz ha pasado a ser humilde enferma. Ha dejado que otros la cuiden, sin importarle que su necesidad de ayuda quedara expuesta ante los demás incluso en los aspectos más básicos, como la higiene personal.

Una lección de humildad


A lo largo de estos días he podido ver cuánta gente buena la quiere: amigos, familiares, médicos y terapeutas, todos se desvivían por ella. Me he dado cuenta de que su entrega generosa y amable se ha convertido, en esos quince días, en una catarata de respuestas. Dejarse cuidar, con dulzura, ha sido un reto que la ha hecho crecer espiritualmente. Aún débil y sin fuerzas, después de una complicada operación, sintiendo tan de cerca su propia vulnerabilidad, ha sabido solidarizarse con el sufrimiento de los demás. Ha sido una experiencia que la ha acercado más al misterio del dolor humano.

Con el cuerpo lleno de tubos, alimentación intravenosa y sondas que le causaban algunas molestias, con el sueño interrumpido cada noche por el protocolo sanitario de control, con sus dolores e incomodidades, ahora puede entender y sentir en su piel el sufrimiento de muchas personas que pasan largo tiempo en el hospital, en un duro proceso postoperatorio. La vida le ha dado un duro revés. Ha rozado, con sus vísceras, el límite del abismo. Pero a la vez esa dolorosa experiencia la ha curtido. Verse cara a cara con su propio límite la ha hecho trascender y ampliar su visión de la realidad. Este profundo baño de realismo y el dejarse cuidar han supuesto un cambio de paradigma. Ella, que ha cuidado de tanta gente y siempre ha estado pendiente, detrás de todo, hoy ha aprendido a dejarse cuidar por todos. ¡Qué gran lección para ella!

Un fuerte pilar se convierte en una columna frágil que necesita de la ayuda de los demás. Aprender a «ser ocasión para que los otros te cuiden» es dar a los demás la oportunidad de que aprendan a cuidar. Topar con este límite es acercarte más al corazón humano. No sólo se crece dando y cuidando, sino recibiendo y dejándose cuidar. Porque sólo así podemos entender el misterio del ser humano en su indigencia espiritual. Vivir esta experiencia es tocar con los dedos del alma el barro con el que estamos hechos y aceptar nuestra finitud. Aprender a ir despacio, hacer menos, dejar que otros te ayuden, abrazar el paso lento de las horas en el hospital, el ronquido del vecino enfermo, sus cambios de humor, su dolor o sus gritos… Con todo esto uno va doctorándose en humanidad, no por la vía intelectual, sino por la vía del corazón. Sentir el dolor ajeno es acercarse, también, a su corazón y latir con el suyo.

Las cosas más importantes


¡Cuánto aprendizaje! A veces necesitamos pasar unos días en el hospital para darnos cuenta de que vamos tan apresurados que no somos capaces de ver lo que es esencial en la vida. Cuando tenemos que parar, a veces de manera brusca, es cuando nuestros esquemas comienzan a cambiar y aprendemos a priorizar lo más importante. Saboreamos el tiempo más despacio, acariciamos lo que hacemos; las relaciones entran en otra dimensión. Los patrones mentales se alteran y construimos una nueva escala de valores. Empezamos a enfocarnos en lo que somos, específicamente, en nuestra vocación, en el propósito de nuestra vida. Y vemos que ya no importa solo el trabajo, la eficacia o el tiempo, sino la búsqueda del yo interior, como diría San Agustín. Nuestro propósito vital necesita alinearse con ese yo que somos.

Dios, el silencio, la contemplación, la suavidad, los demás… El sano ejercicio, respirar, la calma serena, un nuevo tiempo orientado a descubrir la riqueza interior. ¡Cuánto se aprende en un hospital! Sentirse enfermo con otros enfermos, expuesto en la propia vulnerabilidad, nos enseña a abrazar de manera solidaria el dolor de la humanidad. La gran lección es cuidar y dejarse cuidar: un gran reto para todos aquellos que quieren aprender a tener un corazón lleno de misericordia. Solo cayendo uno aprende con humildad a solidarizarse con todos los caídos.

Cada vez que iba al hospital y cruzaba el pasillo de la cuarta planta, miraba a ambos lados y observaba, por las puertas abiertas, a los diferentes pacientes en sus habitaciones. Enfermos y familias tejían unas nuevas relaciones, desde el cuidado y el mimo. Cuánto esfuerzo, sacrificio, tiempo, ternura y horas pasadas juntos. Era hermoso ver cómo, pese al cansancio de los familiares, allí estaban, tomando de la mano a sus enfermos. La debilidad y el sufrimiento nos hacen ser más compasivos, dulces, cariñosos. La grandeza del hombre es que, a pesar de los horrores que comete, es capaz también de la mejor hazaña. Cuando una línea muy delgada puede separarnos para siempre, la persona saca lo mejor de sí y muestra una enorme capacidad de amor incondicional, tan grande que rebasa sus propios límites. Cada habitación del hospital albergaba una historia de amor.

Cuidar y dejarse cuidar: una forma de amar


Un hogar con un enfermo percibe la grandeza de la familia: el espacio vital donde se aprende a ser persona, a cuidar y a cuidarse. Esta actitud emerge del compromiso del amor auténtico. El que ama cuida, y el que cuida tiene que dejarse cuidar para poder atender bien al otro. En el hospital he tenido la ocasión de ver corazones que laten al unísono. Un enfermo hace el milagro de estrechar los vínculos familiares y nos ayuda a interiorizar que somos de barro y mortales, pero con un corazón capaz de trascender y dar lo mejor de sí.

Esto es lo que he visto visitando a mi colaboradora. Riadas de gentes venían a verla; cada visita era un amanecer en su horizonte, añadiendo salud y energía a la paciente. Hoy me dice que alguna vez pasea junto a la playa y mira hacia el Hospital del Mar, dando gracias por tantos amaneceres como pudo disfrutar desde el mirador de la cuarta planta. Para ella, vivir esta experiencia ha sido un renacer. Quizás atravesar el abismo, por muy duro que haya sido, ha sido la gran oportunidad para enseñarla a digerir mejor la vida y descubrir el valor de dejarse cuidar y querer por los demás. 

Es una asignatura que hemos de aprender todos aquellos cuya vocación es cuidar a otros. Un teólogo amigo, citando a Juan XXIII, decía que era tan importante amar como dejarse amar. Recientemente también lo afirmaba el Papa Francisco. Un reto muy importante, si queremos humanizar la Iglesia, es aprender a cuidar. Cuidar es una característica esencial del amar. Cuando aprendes a abrazar el dolor lo conviertes en fuente de sabiduría. Tus propios límites y una habitación de tan solo 3 metros cuadrados se convierten en una cátedra de humanidad, una pequeña universidad del corazón.

domingo, 24 de enero de 2016

Cara a cara con la muerte

Era una larga noche de invierno y las campanadas anunciaban el nuevo año. Una explosión de júbilo acompañaba el comienzo de un año más, el inicio de una nueva aventura. Entre luces, música y abrazos los sentimientos colectivos surgían a borbotones en calles, plazas y hogares.

Esa noche tan larga mi alma estaba en vilo. Todos vivimos con intensidad los últimos minutos del año que termina y los primeros del que comienza. Pero esa noche, para mí, parecía que nunca iba a amanecer.

En mi interior también era de noche: todo era quietud, silencio y oscuridad. Necesitaba entender lo que estaba pasando. En medio del frenesí festivo, me encontré de cara con el misterio del dolor. Una persona conocida, a quien aprecio mucho, se debatía entre la vida y la muerte. Una oclusión intestinal cerraba sus entrañas y la sombra llamaba a su puerta. Una persona buena, creativa y solidaria, profundamente religiosa, se encontraba ante el abismo. Su rostro mostraba un dolor contenido, pero el sufrimiento sacudía su cuerpo frágil. La acompañé al hospital, de urgencias, y durante horas y horas parecía que la agonía nunca iba a terminar. Vi la cara de la muerte, acechando.

Se me encogió el alma. En medio de la gélida oscuridad, el rostro sin rostro me envolvía con su desconcertante presencia. Aparecía y desaparecía y el aire me faltaba, como si su sombra quisiera engullir la vida. Pero esta persona ama la vida, y una energía divina también la envuelve. La vida y la muerte comenzaron a librar un combate en su cuerpo.

Su amor a la vida, a los suyos, a los demás, era mucho más fuerte que su propia enfermedad.  Un TAC reveló la gravedad de su parálisis intestinal: requería con urgencia una intervención quirúrgica para extirpar una brida congénita que constreñía la unión entre el intestino delgado y el grueso. El tiempo apremiaba y los médicos, dada la gravedad de la situación y el riesgo que corría su vida, decidieron actuar con la máxima rapidez.

Cuando le comunicaron el veredicto, una gran calma interior la invadió. Posteriormente me contó que confiaba totalmente en Dios y en los médicos. Ante el quirófano rezó. Pensó en los suyos y tuvo la certeza de que todo iría bien. Abandonada, cantó a Dios desde su corazón y pidió a los ángeles que condujeran las manos de los cirujanos. Su último diálogo interior fue con Dios. Sintió una suave presencia pocos segundos antes de caer dormida por la anestesia. Durmió, abrazada a la vida, mientras el equipo médico iniciaba la operación.

Tres horas después, una mano delicada sacudió sus brazos, indicándole que todo había ido bien. Tres horas para ella inexistentes, pero interminables para los que esperábamos en la antesala del quirófano. Pese a la complejidad de la operación, todo había salido perfecto. La pericia de los cirujanos, un riguroso protocolo médico, la tecnología y las ansias de vivir se aliaron para que el resultado fuera exitoso. Mano a mano con la ciencia, muchas oraciones hicieron posible el milagro: la obstrucción dio paso a un camino abierto. Después de mucho tiempo, la paciente podría comenzar a tener buenas digestiones. El sufrimiento de cuarenta años de vida desaparecería por fin.

En esa oscura noche, ganó el duelo con la muerte. Agarrada a la vida, venció después de tres horas de combate. La fuerza del amor la hizo victoriosa. Consiguió atravesar el abismo hacia la luz.

Contemplé cómo yacía frágil, en la cama. Esa fuerza latía en su corazón, escondida pero ya saltando desde el precipicio de la muerte hasta la vida. Una energía espiritual salía de su interior: Dios estaba ahí, protegiéndola, guiando las manos de los cirujanos, velando por ella. Todo estaba misteriosamente orquestado.

Desgarrada en sus vísceras, sufría en el lugar donde se asimilan los nutrientes, allí donde se facilita la vida y el buen funcionamiento del cuerpo. Tras la operación, liberada de aquel nudo, se está preparando para dar un gran salto. Ya no solo podrá asimilar bien los alimentos, sino la vida misma con sus contradicciones. Armonizar mente, cuerpo y alma la ayudará a vivir su vocación contemplativa.

De la vulnerabilidad del dolor ha pasado a la fortaleza de una sólida paz y alegría. Del bosque otoñal pasará a un jardín primaveral lleno de flores. En la debilidad encontramos fuerzas insospechadas que nos hacen sacar el tesoro oculto que hay en el corazón. Explorar un territorio desconocido de nuestra alma nos lleva a asomarnos a un océano maravilloso. Esta persona está viviendo una convalecencia extraordinaria, experimentando el regalo inmenso de una vivencia que la ha acercado más a Dios en medio de su sufrimiento. Por un lado, ha sentido hasta el límite la fragilidad de su existencia y, por otro, la fuerza de la vida que corre por sus venas, dos caras de una misma realidad. La calidez en medio del dolor le ha hecho sentir la grandeza del corazón humano: enfermeras, médicos, auxiliares, amigos, familiares y hasta compañeros enfermos. Ha descubierto que, más allá del trabajo profesional, en un hospital hay almas que saben cuidar con dulzura a los pacientes. En la estructura fría de un centro sanitario también hay corazones que se desviven por dar una atención esmerada a los enfermos, ejerciendo una vocación de servicio hacia los que sufren. Ver todo esto me hace creer que la humanidad no está tan perdida como pretenden hacernos ver los medios de comunicación. Hay esperanza en la sociedad cuando se descubre una realidad que trasciende más allá de nosotros mismos.