He pasado unos días en la comarca de la Noguera, en Lérida.
El flagelo del sol ha sido incesante y la temperatura elevadísima. A mediodía,
la luz solar cae sobre los caminos, flanqueados por extensos trigales. Es un
acto de osadía lanzarse a caminar a esas horas.
Pero al amanecer, cuando el sol todavía no ha asomado tras
los montes, el aire es sorprendentemente fresco. Es entonces cuando salgo a
caminar y puedo apreciar la belleza de los sembrados, de un rubio dorado entre
los oscuros setos de encinas y robles. De buena mañana la calma invade el
paisaje y me invita a respirar y a vivir con otra cadencia. Entro en una
dimensión bien distinta de mi ritmo diario, a menudo acelerado. En el sosiego
matinal el alma reposa y goza de cuanto alcanzan a ver mis ojos.
Al atardecer vuelvo a salir de paseo, cuando el sol se
oculta a poniente. La hora de la tarde también me cautiva. No es tan fresca,
pero una luz dorada baña el paisaje de suavidad.
Elevo la mirada hacia el cielo y siento una íntima
complicidad con el Creador: «Todo lo ha hecho bueno», como leemos en el
Génesis. El corazón se ensancha y una inmensa gratitud surge de mí. Gracias,
Señor, por este regalo del atardecer. Gracias porque te recreas con estas
pinceladas que deleitan a tu criatura y la hacen sentirse parte de lo creado,
habitando este hermoso hogar que nos has dado.
A lo lejos veo el Montsec, elevándose como una muralla que
custodia la comarca. A medida que la tarde va cayendo la calma crece y todo
adquiere otro matiz. Los colores se van apagando y la penumbra invita a la
oración. El campo se convierte en un inmenso santuario donde me reencuentro y
me abandono en Aquel que me hace sentir como Adán, paseando a su lado por el
paraíso.
Sí, camino por este nuevo Edén, con la conciencia plena de
que soy suyo, y Él me lo ha dado todo: la vida, la vocación, mis hermanos de
camino en el ministerio, una comunidad que vibra. Pero en el centro siempre
está Él: el artífice de mi historia, de lo que soy y de lo que tengo y seguiré
recibiendo.
Despacio, saboreando su compañía, agradezco todo lo recibido.
Él da sentido a mi vida, incluso cuando el sol parece esconderse y perder
fuerza. Pero sé que su Luz atraviesa las nubes y las tormentas, y esa luz sigue
iluminando mi alma.
La creación me habla de su presencia, cálida y cercana. Él
me invita a la misión de ajardinar con su palabra tantos corazones enfermos de
soledad, de tristeza, áridos como los campos sin lluvia, oscuros como los días
sin sol. Pienso en tantas personas a quienes les falta la luz de su mirada. Por
eso, mi tarea pastoral es llamar a esos corazones secos para que se abran a su
dulzura y pueda penetrar en sus surcos derramando su gracia y su paz.
Ojalá muchos lo descubran y se conviertan en otros cristos.
Que vivan su intimidad con Dios y puedan conmoverse ante un paisaje, ante un
amanecer o un ocaso, sabiendo leer en él una declaración de amor inmerecido.
Ante Dios somos criaturas concebidas para la gran aventura
del encuentro con él. En el momento en que decidimos decirle sí, nuestra vida
cambia como de la noche al día. Quienes le han abierto su corazón de par en par
lo saben.
Regreso caminando a la casa donde me hospedo. ¡Qué corto se
me ha hecho el camino! Mi alma vuela con un profundo sentimiento de plenitud.
La tarde ya ha dejado paso a la noche y se encienden en lo alto las primeras
estrellas. Los árboles se yerguen como sombras oscuras entre los sembrados
mientras los grillos elevan su canto a la noche. Al borde del camino me
sorprende el destello de una luciérnaga, como pequeña lámpara que me guía hacia
la casa. Ha llegado el momento de recogerse y descansar.

El amanecer,el ocaso,el silencio y la inmensidad de la naturaleza nos hace sentir la presencia de Dios.
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