domingo, 2 de agosto de 2026

La belleza de los límites


Son las siete y media de la mañana. Hoy el cielo está cubierto con un velo de niebla que matiza la luz del sol y suaviza el color del horizonte. El mar pierde su azul oscuro para volverse plateado.

Miro hacia la playa y veo la silueta de una señora menudita, de pie junto al mar. Cuando me acerco, distingo mejor su rostro y su amplia sonrisa. Me mira con ojos penetrantes y me saluda.

Es conocida en el barrio, la suelo ver a menudo y sé, porque me lo ha contado, que sufre de retinitis pigmentosa, una enfermedad ocular que le dificulta mucho la visión. Ve a través de un punto diminuto en el centro de la retina y por tanto, sólo puede distinguir una pequeña área circular, como si lo mirase todo a través de un tubo. Lo sorprendente es que, desde ese pequeño punto de visión se desenvuelve con absoluta normalidad y se desplaza por todas partes sin necesidad de llevar el bastón típico de los ciegos.

Le comento que me parece estupendo que, de buena mañana, esté cuidando su salud frente al mar, y me contesta que viene cada día a las seis, y pasa tres horas en la playa. La veo contenta, disfrutando del sol y del baño, y admiro su fuerza. Pese a su limitación y su edad, más de ochenta años, está allí, irradiando alegría, feliz de contar un día más en su vida y, añade, dando gracias a Dios. ¡Qué lección de tenacidad y fuerza de voluntad!

¿Qué tienen las personas como ella que son capaces de desafiar sus límites, ir más allá del miedo y disfrutar de lo que se les ofrece cada día? Hace años que sufre esta dolencia visual, y no se rinde. Nada le impide vivir con entusiasmo.

Quizás ha descubierto que la vida es un don y que nuestra propia fragilidad, incluso nuestras patologías e inseguridades, no son obstáculo para seguir creciendo. En lugar de vivir en la penumbra, ha elegido caminar hacia la luz.

¿De dónde saca las fuerzas y la convicción para avanzar firme por los senderos de su existencia? Su visión es reducida, pero su mirada es luminosa. Los ojos no solo ven, sino que transmiten lo que hay adentro. Y adivino en ella un enorme amor a la vida. Así me lo dice: quiere a sus amigos y, sobre todo, a Dios, que está en el centro. Esto la llena, pese a sus limitaciones, y por eso puede irradiar tanta energía. Dios da sentido a su existencia, su amor la envuelve.

Me impresiona cuando me cuenta que hasta los cincuenta años veía nítido. De golpe, con la entrada en la menopausia, comenzó a perder visión y tuvo que replantearse totalmente su vida. De ver claro y amplio, pasó a ver tan solo lo que abarca un pequeño círculo de 5 cm alrededor de sus ojos. Los primeros tiempos fueron duros: sentía que se le apagaba todo y, hasta que pudo asimilarlo, pasó un periodo de tristeza y miedo.

Pero poco a poco su cerebro y su corazón se fueron adaptando a la situación y se armonizaron. Ahora vuelve a ser la de siempre, y basta mirarla para comprobar que dentro de ella brilla el sol: su rostro refleja vida, color, luz.

Me emociona mirarla y pienso: ¡Cuánta sabiduría hay en esta mujer sencilla! Cuánta hondura en sus palabras. Creo que no sólo mira con los ojos, sino desde el alma, y esto le permite ver más allá de lo físico. Siente la energía del otro, no necesita ver más porque ha aprendido a sentir mejor, a oler mejor, a oír mejor y a conectar más con todo. Trabajando la imaginación para ajustarla a la realidad, estas personas que vencen sus límites son libres, abiertas, ricas en experiencias que van acumulando en su corazón. Auténticas maestras de la vida, cuánta belleza y cuánta verdad hay en sus palabras.

La brisa matinal acaricia su rostro y su corto cabello. Me dice: Voy a bañarme. Nada muy bien, se desliza por las olas y la veo disfrutar. Una criatura de Dios abrazando el mar, dejándose mirar por el sol, rebosando salud.

Me despido de ella para volver y, cuando me giro hacia atrás, me saluda con la mano; la veo chapoteando en el agua, feliz como una niña.

Regreso sintiendo gratitud por este encuentro, una nueva enseñanza para mi alma. Hoy he contemplado a una atleta de la vida, que ha salido de su zona de confort y se lanza sin miedo hacia el horizonte, atreviéndose a vivir experiencias insospechadas. Ha elegido vivir con intensidad, y esto solo es posible cuando se tiene un corazón grande para amar.

Por el camino de vuelta, doy gracias a Dios, que nos permite vivir, aprender siempre algo nuevo y descubrir su latido amoroso a cada instante.

5 comentarios:

  1. Un bonito testimonio de superació frente a las limitaciones propias de la edad y del cuerpo humano. Muchas gracias

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  2. Me sumergido en el mar de emociones con ésta narrativa de la experiencia de ésta campeona olímpica de la vida.
    Cuánto nos falta por aprender y aprehender.
    Me llegado al alma, como Dios manda.
    Gracias P. Joaquín.

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  3. ¡Y cuánta sabiduría y fortaleza encierra el alma de algunas personas mayores!, como la mujer de la playa, ejemplo de superación para muchos de nosotros. En África, como homenaje a San Félix Africano, cuando un viejo muere se lleva con él una enciclopedia. Aquí, no queremos saber lo que ellos han vivido... y así nos va.

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  4. Muchas gracias padre por esos ejemplos que nos manda y que a mi, en particular, me ha ayuda a superar mis egoismos y la no aceptacion de lo que me sucede. Dios le bendiga padre

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  5. Mea encantado tiene que ser una mujer digna de admiración, mil gracias Padre por tus escritos tan llenos de vida , muchas gracias de todo corazón ❤️

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