Esta mañana me dispuse a iniciar mi caminata hacia el mar, pero no hacia el sur, como de costumbre, sino en dirección norte, para poder contemplar mejor el mar abierto.
Esta vez, la luz del sol estaba atrapada entre las nubes y
el mar permanecía en calma. Los rayos, al abrirse paso entre ellas, se
proyectaban sobre las aguas como un inmenso espejo de plata.
Embelesado ante la escena, la mirada se me perdía hacia el
infinito, saboreando aquel juego de luces sobre la quietud de la playa.
Mientras yo me deleitaba en la contemplación, otros caminantes pasaban a mi
lado, los corredores hacían footing y algunos deportistas practicaban
sus ejercicios. Hasta que una escena captó mi atención: un grupo de jóvenes
jugando al voleibol.
Me cautivó contemplarlos: fuertes, musculosos, ágiles,
moviéndose con gracia y energía. También ellos formaban parte de la belleza de
la creación. Sus cuerpos en movimiento, sus saltos, sus voces y sus risas
componían otra forma de armonía en la mañana.
Entonces pensé que, cuando uno sabe detenerse y entrar en
una oración profunda, descubre que todos los sentidos han sido creados para
saborear la vida y reconocer cuán hermoso es nuestro mundo y cuán admirable es
el ser humano cuando crece, se despliega y disfruta de sus capacidades.
Cuando aprendemos a detener el ritmo, podemos dejar que Dios
nos abrace suavemente y mecernos en su dulzura. Sin prisa, respirando profundamente,
agradeciendo una visión tan exquisita, vamos tomando conciencia de que estamos
religados a una realidad que nos trasciende.
No todo es casualidad, ni todo tiene por qué encontrar una
explicación. No siempre descubriremos el porqué de cuanto acontece. Hay una
sabiduría que no consiste en explicar, sino en contemplar; en dejar que la
brisa matinal acaricie nuestro rostro y permitir que nos empape una Presencia
que va más allá de aquello que la ciencia puede medir.
El silencio permite al alma adentrarse en el misterio del
cosmos, de la vida y de la belleza. Hay realidades que no alcanzamos con la
razón, pero que entran por los poros del alma: desde un mar plateado hasta unos
jóvenes que juegan, se desafían y disfrutan de su propia fuerza. Quizá el
deporte les enseñe también a luchar por otras metas, a superar dificultades y a
atreverse a ir más allá de sus propios límites.
Descubro, mientras paseo, al homo ludicus que todos
llevamos dentro: ese ser humano que necesita jugar, moverse, expresarse con el
cuerpo y encontrarse con los demás. El ocio y el deporte forman parte de
nuestra naturaleza. Necesitamos el movimiento, la relación, la celebración de
la vida.
Tan hermoso es contemplar el cielo multicolor de la mañana,
con sus delicados tonos pastel, como observar a esos jóvenes saltando, gritando
y celebrando cada punto. Mirándolos, deseo que sus corazones lleguen a brillar
algún día como esos rayos encendidos que atraviesan las nubes.
Todo es un milagro: el aire, el color, el movimiento, los
cuerpos musculados, la piel tostada por el sol, las voces, la amistad. Todo
cuanto contemplo me conduce a una experiencia mística, a un estado de gracia
que me permite trascender la escena visible y entrar en un diálogo interior con
Aquel que es fuente y origen de todo cuanto existe.
Vuelvo a mirar el horizonte, sin prisa, degustando el sabor
de lo divino, respirando a Dios.
Y guardo silencio.
Después decido regresar. El espejo del mar se vuelve cada
vez más brillante a medida que el sol asciende sobre las nubes. Su destello
dibuja sobre las aguas un camino de luz que parece conducir hasta la playa.
Pienso entonces que cada día se nos regalan momentos como este. El ruido y la prisa nos alejan de nosotros mismos, pero basta aprender a detenerse, aunque solo sea un rato, para saborear en silencio y dejarse embriagar por la belleza.

Hermoso escrito. Al eerlo en verdad,me sentí,caminando,como se describe ,casi como si se dibujara, observando con gratro asombro,en verdad las Maravillas de.la Creación de Nuestro amado Dios.Tanto por lo cual ,deberíamos dar eterna Gratitud.🙏🏼
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