domingo, 11 de octubre de 2026

Antorchas encendidas

Entrado el otoño, el sol despierta más tarde. En mi caminar, llego al paseo marítimo cuando el día apenas comienza a clarear. Los primeros rayos de sol asoman, tímidamente, entre las nubes.

Poco a poco el sol asciende, el cielo estalla en colores. Las nubes que lo rodean, como un trono, resplandecen. La esfera luminosa irradia su claridad en el horizonte y baña todo cuanto alcanza.

Y observo un sorprendente fenómeno natural: cuando miro hacia atrás, hacia la ciudad, el cielo aún parece estar despertando de la noche. Pero los rayos de sol proyectados sobre las dos torres de la calle Marina, las encienden como dos gigantescas lanzas de fuego que apuntan al cielo.

La belleza del espectáculo cautiva mi mirada: los dos edificios parecen dos antorchas que alumbran el vacío oscuro a su alrededor. Y mi alma se sobrecoge. Elevo en mi interior una plegaria de gratitud por este nuevo regalo matinal.

El libro de la naturaleza me ha dado otra lección sobre la enorme creatividad de Dios. Él me ha dado los sentidos y a través de ellos, me permite experimentar su amor por su criatura.

Pienso que Dios quiere que descubramos que nuestro hábitat es un regalo. Él lo ha modelado con manos amorosas y lo ha puesto a nuestro alcance. Un amanecer o un ocaso son muestras de su generosidad: no sólo porque la naturaleza es hermosa, sino porque podemos contemplarla, disfrutarla y llegar a enamorarnos de ella.

No puedo describir la catarata de emociones que pasó por mí, mientras contemplaba las dos torres encendidas por el sol. Él respiraba a mi lado, y sentí su aliento tan cerca como la brisa que acariciaba mi rostro. Era como si me tomara por el hombro, igual que con Adán cuando, juntos, paseaban por el paraíso.

Dios mío, gracias por esta visión. Aunque tengo la retina dañada, mis ojos todavía pueden admirar este hermoso escenario. Gracias porque eres mi amigo, siendo tú tan grande y yo tan pequeño. Gracias porque me permites estremecerme ante tu creación.

Dios ilumina nuestras torres interiores para podamos dar luz a un mundo lleno de sombras, donde el pecado no deja que el sol de Cristo amanezca en el corazón humano.

Pero la fuerza de su luz atraviesa nuestros muros y da sentido al edificio de nuestra vida. Su sol nos despierta a una nueva aventura con Él. Basta dejar que entre por todos los poros de nuestra alma para que nuestra existencia quede iluminada.

Dejemos de caminar en la noche y vayamos hacia el día, para sentir el dulce calor de su presencia. Así, algún día podremos ser luz, antorcha para otros.

Conmovido, me dispongo a regresar con la hermosa sensación de que Dios no sólo está en las alturas, ni siquiera oculto tras el impacto estético. Está dentro de mí. La necesidad de amor viene de Él y sólo desde Él puede colmarse.

El ardor viene de Él y es Él mismo quien pone en nuestro corazón el anhelo, la sed más profunda. Porque, lo creamos o no, Él está tan dentro de nosotros como el tuétano de nuestros huesos.

Está enamorado. Y, de tanto en tanto, nos regala momentos, como este para que podamos detenernos, mirar y descubrir una vez más cuánto nos ama.

5 comentarios:

  1. Doy gracias a Dios porque muchas veces permite que de verdad le sienta tan dentro de mi.

    ResponderEliminar
  2. Si Dios no estuviese conmigo,no hubiese podido con la carga que me tocó.. Gracias Dios mio 🙏

    ResponderEliminar
  3. Todo con Dios, por Dios y para Dios. La triada que siempre nos acompaña porque cala nuestra alma inmortal. Amén.

    ResponderEliminar
  4. La belleza es una caricia de Dios. ¡Gracias por compartirlo!

    ResponderEliminar