domingo, 28 de agosto de 2016

Solidaridad o vanidad

Ante la crisis se ha producido una explosión de iniciativas orientadas al apoyo y acogida de personas y grupos vulnerables. Son muchos los que se han visto arrojados al margen de la sociedad, sometidos a terribles carencias y heridos psíquica y emocionalmente. Todo esto es consecuencia de una gestión política que se aferra al poder y no al servicio de las personas, especialmente las más frágiles. El revés que reciben estas personas es tan fuerte que muchas se quedan sin recursos y sin ánimo. Faltas de esperanza, caminan sin rumbo, angustiadas, y finalmente, a veces con reparo, deciden pedir ayuda a alguna institución caritativa o a algún movimiento solidario.

La huella del dolor se nota en sus rostros decaídos y desesperanzados. Pedir ayuda cuesta, especialmente a aquellos que lo tuvieron todo y ahora lo han perdido todo. Para ellos significa iniciar un largo camino donde tendrán que aprender a ser humildes y avanzar, poco a poco, hacia su recuperación, hasta reencontrar su dignidad perdida.

La Iglesia, sensible al sufrimiento de los parados, ha creado con Cáritas diversas iniciativas para paliar tanto dolor. Se han creado también muchos comedores sociales, llevados por un ejército de voluntarios que atienden cada día a numerosos comensales. Estos voluntarios dan mucho más que comida: dan acogida, escucha atenta, amabilidad y esperanza. En medio de este mar de sufrimiento la Iglesia se convierte en bálsamo que suaviza y mitiga el dolor de tanta gente.

Junto a estas hermosas realidades, hay que reconocer que la solidaridad no siempre se ejerce bien. De ahí el título de este escrito.

Solidaridad o vanidad. ¿Por qué? A veces, tras una buena intención inicial pueden esconderse otras actitudes no tan altruistas. Cuando un voluntario decide ofrecer su tiempo y su esfuerzo, debe hacerse algunas consideraciones. No basta tener buena voluntad y ocupar un tiempo en una actividad solidaria. Es normal sentirse bien haciendo algo bueno por los demás. Pero todas estas razones no son suficientes para ejercer un voluntariado. Uno ha de preguntarse por qué lo quiere hacer, realmente. Y aunque parezca que esto no es tan importante sí lo es, porque comprometerse implica una serie de actitudes que lo capacitarán para tal ejercicio.

¿Qué necesita el voluntario? 


Primero, necesita conocer a fondo la institución en la que decide realizar su voluntariado. Y conocer en concreto la actividad en la que va a colaborar.

Segundo, debe hacerse un examen sincero sobre su capacidad y habilidades para el voluntariado.

Tercero, ha de respetar y asumir los criterios de la institución donde va a colaborar y la autoridad de sus responsables. Debe acatar la filosofía del centro y mostrar adhesión a las líneas globales que se marcan.

Cuarto, ha de facilitar en lo posible una buena relación de cordialidad entre todos los compañeros voluntarios.

Quinto, ha de mostrar un profundo respeto a la dignidad de las personas atendidas, independientemente de su raza, sexo y credo.

Sexto, ha de respetar y cuidar el entorno físico y ambiental.

Por último, esto es un pilar fundamental: nunca debe emitir juicios sobre nadie, ni sobre los acogidos ni sobre el voluntariado, ni sobre la institución acogedora.

Todos estos requisitos los tendrá claros si es una persona que no persigue su propio interés o beneficio, sino el bien de los demás. Su actitud será de servicio y se mostrará dócil, dispuesta y flexible, capaz de convivir y de aceptar la dirección de otros.

Riesgos de un voluntariado centrado en sí mismo


Si el voluntario no tiene esto en cuenta es posible que tras su amable generosidad se esconda una solapada vanidad que lo puede llevar, al cabo del tiempo, a desviarse de manera agresiva y crítica de la línea de trabajo de la institución en la que colabora. Puede emitir juicios poco objetivos, incluso difamar a la institución o desmembrar el grupo de voluntarios con cierta violencia. Esto sucede cuando su motivación oculta o quizás inconsciente no es el servicio, sino cultivar una imagen solidaria y prestigiosa de cara al exterior. Para otras personas el voluntariado se concibe como una terapia para sentirse bien, o un espacio de recreo y pasatiempo, para llenar un hueco o un vacío en la vida. En todos estos casos el centro de interés último es uno mismo y no los demás. No aceptan que se cuestione su forma de actuar y que nadie les diga cómo hacer las cosas. Critican los fallos ajenos y no reconocen los propios. El servicio puede acabar siendo una forma de poder, y la solidaridad una forma de vanidad.

Cuando en el voluntariado se dan estas actitudes, no tarda en surgir el conflicto. Este repercute en el ambiente de trabajo, en los compañeros, en la convivencia. Y también puede repercutir en los beneficiarios. Cuando el ambiente se enrarece y afloran los problemas personales es fácil que la atención que se presta no sea tan correcta, que haya negligencias o se den situaciones desagradables donde falten el tacto, el respeto y la suficiente madurez. La institución acogedora no es la única perjudicada. Sufren los demás voluntarios y sufren las personas beneficiarias.

¿Cómo resolver estas situaciones? Con un diálogo sincero y profundo entre el voluntario y la persona responsable del equipo humano. La institución siempre ha de mostrar respeto, delicadeza y caridad. El responsable del voluntariado debe tener capacidad de escucha y de perdón, una mente abierta pero a la vez conservar claros los criterios. Firmeza y dulzura son buenas consejeras. De ahí la importancia que Cáritas y las organizaciones de voluntariado dan a la formación. Mantener reuniones periódicas y sesiones formativas para los voluntarios es vital a fin de cultivar un buen ambiente, cálido y amistoso, y a la vez riguroso en el trabajo. Especialmente la Iglesia debe cuidar este aspecto. Se trata de dar caridad… con calidad. Y no olvidar que todo servicio que se ofrece, más que un acto de voluntarismo para ganar méritos, es un acto de amor.

domingo, 21 de agosto de 2016

¡Eres fantástica!

Era un mediodía de verano. El sol apretaba. El calor abrumador y asfixiante caía sobre aquel cruce de calles. Un indigente, con brazos y piernas enflaquecidos y la cara quemada por la intemperie, lanza una mirada pilla a los transeúntes, pidiendo limosna. Sus dos ojos azules miran sin mirar, sólo alerta a quien puede ayudarle: sobrevivir en la calle es un reto diario al que está acostumbrado.

Hace años que vive en este barrio. Los días pasan por él sin tregua. Vive sin vivir, huyendo del sufrimiento interno a base de cervezas y algún que otro porro que lía después de buscar colillas bajo los coches, reutilizando las últimas caladas. El gentío pasa a su alrededor, ignorándole. Algún que otro día se pone a gritar, metiéndose con los viandantes. Otros días se acurruca junto a un portal, ensimismado y ausente. Y la gente pasa sin mirarlo, como si fuera parte del mobiliario urbano, o evitándolo por su olor a sucio y a alcohol.

Pero aquel día sucedió algo inesperado. Él se acercó a una chica esbelta, amable y elegante, que le sonreía. Como siempre, le pidió algo, aunque sólo fueran veinte céntimos. La joven se detuvo, lo miró con cariño y le dio una moneda de dos euros. Entre ambos se cruzó una mirada de complicidad y entrechocaron las manos en un gesto de camaradería. Parecía surrealista, pero había algo en aquel cuadro que no desentonaba. Sin ningún tipo de reparo o manía higiénica, aquella muchacha supo acercarse y saludarlo amablemente. La delicadeza armonizaba todo: exceso y sobriedad, fealdad y belleza. No había distancia entre aquellos dos rostros: los dos eran hermosos, como hermosa era la escena. Un minúsculo y sencillo gesto de amor que, más allá de la limosna en sí, era la dulzura con que la joven miraba al indigente.

De pronto, él lanzó un grito que le salió de lo más hondo, con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Eres fantástica!»

Este grito, que sólo podía salirle del alma, sacando todo el aire que podía, no era un grito de desgarro, sino de gratitud. Lo dedicó a aquella muchacha alargando el sonido, ¡fantáastica!

Me estremecí contemplando la escena. Era asombroso ver la figura escuálida del indigente sacando toda la potencia de su voz sólo porque una mujer de aspecto jovial y alegre se había detenido a mirarlo con ternura y le había dado una moneda.

Quizás muchos otros lo hacen. Pero él no da gritos por cada limosna que le dan. ¿Cómo se la dan? En aquel caso, no era la limosna, sino la delicadeza con que la joven lo había tratado, pese a su deterioro físico y moral. ¿Qué vio el indigente en la mirada de aquella mujer? Dos euros no pueden sacar de la miseria a nadie. Quizás en su mirada recuperó parte de su dignidad perdida. En la mirada de ella no había un «pobrecillo», no había simplemente compasión. Ella le hizo sentir que, aunque no tuviera nada, era persona. Que, aunque se marginara o lo marginaran, sólo por existir ya tiene una dignidad inapelable. No era un residuo social, un saldo de la vida. Era alguien con un nombre y una historia que lo había arrastrado hasta la calle, pero cuya dignidad permanecía intacta. Aquel grito desbordado desde su pozo oscuro expresaba que, por la rendija de su alma, aquel mediodía entró un rayo de luz. El sol penetró por las grietas de su ser sufriente. Su puño golpeó con suavidad los nudillos de la chica, que le alargó la mano sonriendo.

Quedé impactado. Una sonrisa amable basta para sacar del corazón la mejor música que lleva dentro. Aquella muchacha no hizo casi nada. No hizo más que mirarlo sin prejuicios y él respondió con todo lo que tenía: un canto de gratitud.

Los indigentes, en su soledad, poseen en su interior atisbos de lucidez. Pese a sus grietas emocionales, hay una zona dentro del ser que no queda dañada nunca. Todos podríamos ser un poco «fantásticos» si supiéramos mirar con verdadero aprecio a un ejército de pobres que sobrevive en nuestras calles.

Aquel mediodía, mientras el sol azotaba sin piedad, en el alma de aquel hombre cayó un rocío fresco, como presagio de un nuevo amanecer. Ojalá todos nosotros sepamos convertirnos en lluvia fina para tantos corazones secos y rotos que nos rodean.

domingo, 24 de julio de 2016

Vivir en la incerteza

Anhelo de infinitud


La experiencia humana está tejida de misterios que no siempre logramos entender. La vida es muy compleja y abarca realidades que van más allá de nuestra comprensión.

¿Podemos hablar a la vez de certeza e incerteza? ¿Es posible tenerlo todo claro o hay una parcela de la realidad que siempre se nos escapará y nunca podremos llegar a penetrar? ¿Es todo incierto y vivimos cayendo por un abismo?

El panorama interior del hombre también forma una tela multicolor, con textura y formas variadas que expresan su gran riqueza. Vive situaciones que lo hacen grande y a la vez pequeño. Es capaz de hacer cosas heroicas y su corazón alberga un cofre de perlas: valores, inquietudes, anhelos. Fragilidad y fuerza se unen misteriosamente y le dan la capacidad de ir más allá de sus limitaciones. Su mirada es capaz de ver más allá de las estrellas y penetrar la minúscula complejidad de la vida. Pese a sus inseguridades, busca una certeza última que dé solidez a su vida. Así se encuentra con esta doble realidad: desde su finitud vive ansiando la infinitud.

Más allá de las explicaciones racionales, el hombre puede llegar a sacar una fuerza inusitada, desconocida y misteriosa, que lo empuja a seguir buscando razones para vivir, pese al abismo que tiene delante. Aun sintiendo su propia vulnerabilidad, es capaz de ir más allá de sí mismo, con una grandeza de miras que lo hace trascender su miseria.

¿Qué nos impulsa?


¿Qué nos hace ir más allá de nosotros mismos, desde nuestra pequeñez? La capacidad de amar. La experiencia de un amor sin límites nos hace partícipes de un don inmenso en el viaje hacia la búsqueda de sentido. Nos hace descubrir nuestro enorme potencial. Aunque somos vasijas de barro el tesoro que albergamos es de un valor incalculable.

El hombre que ama vive con un anhelo de trascender y convierte su frágil piedra en diamante. Asombra lo que puede llegar a hacer. Cuando la pulsación amorosa se despliega en su totalidad, solo se puede entender desde una lógica religiosa, una visión trascendente de la realidad. Quedarse en la lógica racional es empequeñecer el deseo de plenitud de la persona. La dimensión divina del hombre abre una nueva perspectiva. Lo que de Dios tiene el hombre justamente es no encerrar la realidad en conceptos intelectuales, no encajarla en un laboratorio para su disección.

El alma es esa parcela misteriosa donde surge la fuerza que hace al hombre capaz de las mayores proezas, que lo llevarán a ser señor de su historia. Pero esto sólo será posible si se atreve a navegar sin miedo hacia lugares insospechados. No somos un barco a la deriva. Tenemos un faro interior que nos orienta en el camino hacia la plenitud.

De aquí que el hombre no se rompa, de ahí que se atreva a navegar con vientos contrarios, sin las fuerzas necesarias y en una frágil nave a merced del oleaje. En alta mar, ante la infinitud de la existencia, es una barquita perdida en el inmenso océano. Pero podrá saltar las olas de sus contradicciones y llegar a la playa de la vida. Siendo grano de arena podrá cabalgar a lomos de las olas. Pequeño ante la grandiosidad surcará las aguas hasta alcanzar su meta: elevar su alma hasta tocar el cielo.

Vivir sin certezas


Sí, es posible vivir en medio de grandes oleajes. Es posible divisar nuevos horizontes. Esta es la grandeza del ser humano: vivir plenamente sin certezas totales. Sólo el que sabe vivir en las incertezas llegará a puerto sin culpa, sin división interna, sin derrota y sin amargura. Bregar por la vida es ya una meta en sí misma.

Ojalá aprendamos a reconciliarnos con nuestras potencias y, a la vez, abrir nuestros límites. En esto consiste nuestra madurez humana. Aprendamos a vivir con nuestros propios agujeros. Anclados en la esperanza iremos venciendo nuestros miedos e inseguridades, iremos salvando las turbulencias interiores y aprenderemos a vivir firmes y seguros en el frágil fundamento de nuestra misteriosa realidad.

La claridad y el abismo hacen bello un amanecer. Cuánta belleza hay en un claroscuro, cuando el sol se esconde tras las nubes. Pero es mayor la belleza de un ser humano que aspira a lo mejor desde su fragilidad. Este es el milagro, fruto de su capacidad de amar.

sábado, 16 de julio de 2016

Un amanecer en verano

A lo largo del verano voy tomando sorbetes de vacaciones, etapas de tiempo cortas, pero muy densas. En ellas descanso, disfruto del silencio y doy largos paseos por el campo, dejándome acariciar por la belleza del Creador.

Aunque sean breves, la reparación es inmediata, porque cuando estás en el campo, rodeado de bosques y hermosos paisajes, todo tu dinamismo interno entra en otra fase, tanto física como emocional y espiritual. Sigues un ritmo más pausado, en un entorno saludable, acorde con los ciclos de la naturaleza. Caminas, contemplas, rezas y admiras. Tu cuerpo, tu mente y tu espíritu se armonizan y te dan una paz que en las grandes ciudades cuesta de mantener.

Mi primer paseo es una auténtica delicia. El rocío de la mañana baña las plantas y los bosques de encina y roble. El pulmón agradece el aire frío y el oxígeno matinal. Una sensación de bienestar invade mi cuerpo y siento mis sentidos extraordinariamente despiertos. El ambiente es limpio y transparente. Las hojas de los árboles brillan cuando el sol toca las gotas de rocío. Aprecio con detalle formas y texturas. La explosión de belleza me asalta y me siento uno en sintonía con el medio natural. Con la diferencia que tengo la capacidad de moverme y sentir, pensar y agradecer. Me dejo seducir por tanto don con esa característica tan propia del ser humano, la capacidad de ver más allá y preguntarse por las cuestiones más vitales, hasta llegar a la gran pregunta sobre Dios.

¿Qué hay, o quién está detrás de tanta belleza? ¿Quién es? ¿Con qué propósito me permite adentrarme hasta las entrañas de su misterio?

Paseando a las siete de la mañana veo salir el sol por detrás de la montaña, en ese valle de las tierras de Ponent. Sale un poco más tarde que en la costa, pues ha de escalar las cimas de los montes, pero una vez aparece ese diamante luminoso sobre las cumbres es un auténtico espectáculo. Se desliza poco a poco, primero asomándose con timidez, después inundando el valle de luz dorada. Los campos se tiñen de rubor y, poco a poco, a medida que el sol se eleva, todo se convierte en un festín de colores. Las esbeltas espigas se inclinan bajo el sol, los pájaros pían y revolotean entre los setos de roble, en las vaguadas murmuran las aguas de los arroyos, entre juncos y matorrales. En los campos recién segados, un zorro sale huyendo, asustado. Todo es nuevo, todo es bello. Empieza una nueva jornada, llena de sorpresas y secretos que se revelan.

Cuando el sol ya está alto, lo abraza completamente todo. Nada se escapa a su calidez, nada se oculta a su luz. Dios también es así.

domingo, 3 de julio de 2016

En busca del silencio

La búsqueda de silencio y soledad es una necesidad intrínseca del ser humano. Depende de esos momentos y espacios que pueda centrarse, serenarse y encontrar la manera de vivir más armónica, física y espiritualmente. Su anclaje vital es crucial para que su vida tenga un sentido.

Cada año, siempre que llega la vigilia de San Juan, procuro pasar la noche de la verbena en un lugar apartado y silencioso, lejos del frenesí y el ajetreo urbano. El ruido de los petardos, más allá de un juego pirotécnico, da inicio a un desmadre global, un despilfarro y un atentado ecológico, que puede terminar en accidentes y que deja las calles y las playas sembradas de basuras y desechos. El consumo excesivo de bebidas y altísimo volumen de la música que daña los oídos son atentados contra la salud humana. En un intento por alargar la noche más corta del año, la gente derrocha frivolidad y se agota hasta caer rendida, explotando sus propias capacidades físicas y psíquicas. En el fondo, es un querer desafiar la noche y estirarla hasta el amanecer.

¿Es necesario llegar hasta esos límites para buscar la felicidad? ¿O es más bien un sucedáneo de felicidad lo que se busca? Porque la felicidad no está reñida con el orden, el respeto, el equilibrio y la moderación. Tampoco con dejar el lugar de la fiesta aún mejor que lo has encontrado. Lo cierto es que en la madrugada después de la verbena, cuando te acercas a la playa, la imagen es desoladora. ¿Cómo es posible dañar algo tan bello? ¿Para qué tanto gasto innecesario? Viendo tantos kilómetros de playa sucia, con montañas de basuras acumulándose en la arena, comprendo que esa noche el caos se apodera no sólo del entorno, sino de las personas. Han confundido fiesta con frivolidad, relajación con desmadre, paz con hacer lo que te da la gana, libertad con antojo enfermizo. Buscan el paraíso en la tierra y la han convertido en un vertedero. Castigan nuestro hábitat natural, ese trocito de hogar común que entre todos tenemos que custodiar, mimar y ajardinar: la creación.

El ser humano sigue buscando ese paraíso perdido. Anhela la plenitud, quiere tocar el cielo con sus dedos. Pero a veces se pierde en un falso paraíso que le hace olvidar, durante unas horas, sus dramas, su soledad, su vacío. Perdido en su laberinto interior, sin horizontes y sin metas, tiene que sobrevivir a su angustia existencial forzando su máquina biológica y creando un estado alterado de consciencia que lo lleve a un clímax emocional y seudo-religioso, inducido por el alcohol u otras drogas, la música, el ruido y el ambiente. ¡Qué lejos está de su naturaleza más profunda! Qué lejos de su deseo primigenio, que es encontrar el sentido último de la vida.

Esa noche de verbena es cuando más necesito bucear en el silencio primigenio que me envuelve. Agradezco vivir la noche más ruidosa convertida en la noche más silenciosa y apacible. Soy un elemento más de la naturaleza, en armonía con el medio. Escucho el murmullo del agua y siento el aire fresco en mi mejilla. Mi sombra se alarga sobre el camino. El día más largo se acaba.

Paseo de noche bajo las estrellas y me despido de la jornada dando gracias, con suavidad, y elevando mis ojos hacia el infinito, a la captura de tanta belleza. La belleza es la otra gran necesidad del ser humano, tan acuciante como el hambre de pan.

La brisa de la noche me acaricia después de un día de calor. Relajado, lejos del rugido ensordecedor y del griterío de la masa lanzada hacia la nada, me dispongo al descanso. Descansar forma parte de este día. Con serena alegría contemplo la silueta de las montañas a mi alrededor. Protegen el valle de ese hermoso rincón de la Noguera donde me refugio. Lanzo una última mirada al cielo, donde todavía veo el resplandor del día hacia poniente. El sol se ha puesto hace poco dejando en el cielo una tenue franja plateada. Son las once de la noche y todavía hay claridad. Todo es bello. Tengo paz.

domingo, 19 de junio de 2016

El enfado como forma de vida

Cuántas veces me he encontrado con personas que no pueden vivir sin quejarse constantemente. La vida les ha ido muy mal: el negocio, la pareja, los amigos, el trabajo, la familia… Todo les ha ido de mal en peor y van acumulando agravios. No viven, pero tampoco dejan vivir. Cada día les duele algo. Viven entre frustrados y enfadados con la vida y con todos. Los demás siempre son los culpables de sus males. Se arrastran, como víctimas, y todos han de compadecerse de ellos. Nunca salen de este círculo vicioso. Lamento tras lamento deambulan por la vida a la caza de alguien que les escuche. Y así día tras otro, hasta hacerse cansinos y agotar a quienes los rodean.

Es difícil ayudar a estas personas, porque muchas veces no quieren ayuda, sino simplemente alguien que les preste atención. A veces, es triste pero cierto, seguir hundidas en el problema capta más el interés y la simpatía de los demás que intentar salir del hoyo. Es muy fácil que creen dependencias y arrastren a gente buena y compasiva que acaba atrapada en sus problemas sin solución. En estos casos, lo más aconsejable es tener caridad y paciencia, pero establecer una distancia prudente.

Pero ¿qué hay detrás de esa apariencia de víctimas? A menudo se esconde un juez implacable y un orgullo que no cabe en ellos. ¿Qué les ha pasado? ¿Por qué necesitan ir a machetazos por la vida?

Muchas de estas personas son incapaces de objetivar su situación y reconciliarse con la realidad. Dejando a un lado las contradicciones internas, que todos tenemos, la existencia de estas personas es como el cuadrilátero de los púgiles: siempre necesitan dar golpes a alguien. La ira, la rabia y la frustración se han apoderado de ellos. Son esclavos de sus sentimientos.

Y me pregunto: ¿por qué les ha ido todo tan mal? ¿Han tenido mala suerte? ¿O quizás no han sabido jugar bien las cartas de su vida? Es verdad que las cartas que cada uno recibe no las puedes elegir, pero tú decides cómo jugarlas. Y si te equivocas, siempre hay otra jugada en la que puedes rectificar.
La vida nos enseña que para tener éxito es necesario el esfuerzo y el sacrificio. Los sueños y los deseos nos estimulan, pero es necesario actuar para conseguir lo que queremos. ¿Qué pasa cuando no somos capaces de alcanzar nuestras metas? ¿Qué sucede cuando no podemos sobreponernos a los golpes y a las dificultades?

El fracaso puede ser un crecimiento


La sociedad, la cultura y la educación no nos enseñan a gestionar el error y el fracaso. Es más, no perdonan las caídas. Así, aprendemos a no perdonar ni siquiera a nosotros mismos. Somos incapaces de descubrir que uno aprende y madura con los errores y los fracasos. La derrota no es fracasar; la derrota es rendirse y dejar de luchar. Crecer entraña un sufrimiento. Si no creces, puedes hincharte, pero serás un gigante con pies de barro. Cuando caes desde tu pedestal el golpe existencial y psicológico puede ser muy profundo y lacerante.

Pero a veces las caídas son redentoras. Cuántas personas, después de un accidente que las ha dejado parapléjicas, han sabido luchar para no caer en el victimismo y han logrado proezas. En cambio, otras personas sin discapacidad, han sido incapaces de conseguir lo mismo.

¿Dónde está la diferencia? Unos constantemente se están lamiendo las heridas y otros han sacado fuerzas de su limitación para conseguir lo inalcanzable. Incluso han llevado a cabo gestas que han supuesto una gran aportación a la humanidad. Con menos recursos que otras personas más sanas o fuertes han sabido utilizar su materia gris por encima de sus sentimientos y frustraciones.

Más allá de los condicionamientos familiares, psicológicos, sociales y económicos, todo se reduce al ámbito de la voluntad. Vivir es una cuestión de elección, de optar por lamentarse toda la vida o aprovechar las circunstancias para aportar lo mejor que somos y podemos. Cuántas personas se arrastran cabizbajas, sin rumbo, o se emborrachan en la autocomplacencia mientras van tragándose la hiel que les quema el sentido de la vida. La tristeza tiene dos caras: la ira contenida o la frustración dormida. En los dos casos hay una incapacidad para gestionar las circunstancias vitales y una tendencia a culpar a los otros. Así, encogidas unas y erguidas y petulantes otras, viven su vida martilleando a los demás en vez de tener el coraje de dejar de mirarse el ombligo. No se dan cuenta de que ¡hay vida fuera de su ombligo!

Aprendamos las grandes lecciones que nos ofrece la vida. Nuestros límites pueden convertirse en lanzadera hacia la plenitud como seres humanos.

sábado, 4 de junio de 2016

Tiempo para ser, tiempo para amar

Hoy decimos que el tiempo es un valor en alza. ¡Hay tantas cosas que hacer! Siempre nos falta tiempo. Corremos y nos apresuramos y nunca llegamos a hacer lo que queríamos hacer. Hoy el tiempo es más valorado que nunca, pero siempre se nos escapa y nos angustiamos.

Llenamos nuestras agendas de actividades y compromisos. Para todo necesitamos tiempo. ¿Es el tiempo una prisión? ¿Es el eje que mueve nuestra vida? ¿Es otro producto de consumo, siempre escaso? Las agujas del reloj marcan sin piedad el paso del tiempo. Abrumados, se nos cae encima y tenemos la sensación de que nunca es suficiente.

Hasta que aparece el estrés y el frenesí marca la velocidad con que nos movemos, acompañado de una terrible sensación de agotamiento. Entonces te das cuenta de que pivoteas de un sitio a otro sin saber muy bien qué haces y por qué.

Pero ¿qué es el tiempo? ¿Es una mera sucesión de franjas horarias o es algo que te impone la realización de unos compromisos? El tiempo tiene que ver con lo que haces, con lo que eres, con lo que sientes, con lo que piensas. Es decir, con el sistema de valores en el que crees. El tiempo tiene que ver, también, con tu visión trascendente de la vida.

El tiempo como bien de consumo


Hoy el tiempo está muy enfocado a nuestra productividad en el trabajo. Cuanto mayor rendimiento y eficacia, mayor éxito en todo aquello que hago. Por tanto, el tiempo está totalmente vinculado a sólo hacer, como si el no hacer nada le quitara valor al tiempo. La era de la productividad y el trabajo controlado por el reloj han hecho que el tiempo nos esclavice. Más allá del hacer nada tiene sentido.
La adicción al trabajo, la hiperactividad y el querer llegar a todo vienen de una mala concepción del tiempo. El tiempo concebido como rentabilidad está matando el ser y lentamente va fragmentando la persona. Esta misma concepción del trabajo nos lleva a apurar el tiempo hasta agotarnos y caer enfermos.

Pero estamos tan esclavizados a este concepto del trabajo que no podemos liberarnos y se convierte en otra adicción. Constantemente necesitamos consumir y hacer cosas.

Una revolución del tiempo


Necesitamos una revolución del tiempo y del trabajo, de manera que estos no conlleven la fragmentación de nuestro ser. El tiempo sin libertad es esclavitud: somos manejados por una sociedad de consumo que constantemente nos está usurpando este valor hasta dejarnos caer extenuados. La gran revolución del tiempo pasa por desvincularnos de la esclavitud del hacer por hacer.

Sólo la libertad nos dará el valor y la dimensión que tiene el tiempo, no como elemento de productividad, sino como un espacio que nos ayuda a centrar nuestra vida. Un tiempo que no apunte a encauzar nuestros valores significa apartarnos de la esencia de nuestro ser.

¡Cuánto tiempo se gasta en cosas que no nos gustan, o que tenemos que hacer porque toca, o que nos vemos obligados a hacer! Y, sin embargo, dejamos de hacer cosas que están totalmente vinculadas a nuestra esencia. Poco a poco vamos sintiendo que el alma se desvanece, porque estamos renunciando a nuestra propia identidad y sentimos que algo en nosotros está muriendo lentamente. Cuánto tiempo pasamos perdidos en cosas totalmente absurdas que nos arrebatan la alegría y la paz. Y cuántas cosas buenas dejamos de hacer que nos ayudarían a ser más lo que somos. No por hacer más seremos mejores ni más eficaces.

Señores del tiempo


Cuando hacer más te desintegra estás perdiendo el auténtico valor de la vida. Que no tiene que ver tanto con lo que haces como con lo que eres. Hoy se hacen demasiadas cosas y uno se pregunta: ¿realmente tiene sentido? Y más cuando la hiperactividad llega a enfermarnos. Hacer menos es hacer más de otra manera… Es dedicar más tiempo a descubrir nuestra auténtica vocación en la vida. Tener tiempo para lo esencial. Escuchar. Rezar. Crecer interiormente para acoger, amar, escribir el relato de nuestra vida.

Vivir obsesionados con el hacer nos hace esclavos del poseer y del aparentar. Nos perdemos. Vivir volcados al amar da prioridad al ser, al dar, al entregarse… Y entonces nos encontramos.

Hacer puede ser una huida: con el hacer uno se entretiene, se reafirma y huye de su propia realidad. Amar es dejar de tener posesivamente para darse al otro. Con el amar uno se despierta, se abre y centra su vida.

El hacer va aprisa, pide tiempo y lo engulle. El amar necesita ir despacio; quien ama detiene el tiempo y lo alarga.

El hacer llama la atención, hace ruido. El amar es silencioso, discreto, escondido. Pero «si no amo, nada soy».

El activismo mata el amor


La muerte nos da un baño de realismo: ante la muerte relativizamos todo y nos damos cuenta de que quizás hemos hecho demasiado y hemos amado poco, cuando el amor es lo único que da sentido a la existencia.

Ante la muerte todo se desvanece, incluso la gloria y la fama. Pero el amor permanece, aunque no quede escrito. Necesitamos hacer menos y amar más. Hemos de tener tiempo para dos cosas: amar y ser uno mismo. Basta con esto. Cuando uno hace desde el amor, ya no eres tú, sino Dios quien hace en ti. Cuando hacemos algo en comunión íntima con Dios, lo que hacemos ya no quitará tiempo al amor: será amor, y dará frutos de vida.