domingo, 12 de julio de 2020

Pasión o adicción


Llamados a vivir en plenitud


El ser humano está llamado a su máxima realización. El deseo de encontrar sentido a su vida lo empuja a una búsqueda inherente a su persona. No podemos vivir sin metas, sin esperanzas, sin un propósito vital. En esto radica la plenitud de la naturaleza humana: estamos concebidos para emprender grandes gestas. Lo contrario sería renunciar a ese anhelo más íntimo que todos tenemos: el deseo de ser felices, es decir, ser, hacer y pensar, desde la libertad, aquello que da sentido a nuestra vida.

Renunciar a este anhelo inscrito en nuestro ADN es morir lentamente en vida; el deseo de plenitud forma parte de ese itinerario que nos lleva hacia la madurez.

Pero ¿qué ocurre cuando nos estancamos por miedo a las consecuencias de una lucha sin tregua? El miedo, la inseguridad, la responsabilidad, nos pueden congelar y detener nuestro avance, impidiéndonos alcanzar nuestros objetivos.

¿Qué hacer?

Encender la pasión por todo aquello que soñamos. La vida es demasiado hermosa, como para tumbarse en la cuneta de la desidia. La vida es un estallido de oportunidades, y no para vivirla a cámara lenta y en blanco y negro.

¡Cuánta gente se rinde ante las dificultades! Hemos de saber que nuestro cerebro está diseñado para potenciar y rentabilizar nuestras capacidades. No lograremos entender que estamos diseñados para reinventarnos una y otra vez, porque nuestro potencial y genialidad lo tenemos inscrito en nuestros genes. Es una maravilla ver hasta dónde puede llegar uno si se lo propone: el Creador nos ha dotado de una sorprendente y a veces desconocida creatividad.

Cómo arder


Pero ¿qué nos pasa, a veces? Que nos volvemos demasiado timoratos y pusilánimes. Nos contentamos con sobrevivir en medio de una bruma que nos creamos nosotros mismos, porque nos faltan agallas y valentía frente a la tibieza. La solución es dejar que arda el fuego en medio de esa tiniebla interior, y esto pasa por abrirse, salir de uno mismo y atreverse a cruzar el abismo, corriendo para que los músculos del corazón se activen. Entonces fluye dentro de nosotros ese anhelo más escondido que hay en los recovecos del alma.

Haz el esfuerzo. Descubre los rayos de luz que hay dentro de tu propia sombra. Alza el vuelo sobre ti mismo. Con ese impulso nuevo que te ayudará a reencontrarte, ahora ya sin miedo, pasarás de la apatía a la pasión. El fuego de tu alma será un motor dispuesto a romper barreras, malas creencias, tópicos, inseguridades. Mantén el fuego de la pasión siempre encendido para que las frías y gélidas estaciones del tiempo nunca apaguen tu fulgor.

Ese fuego que tienes dentro te permitirá seguir hacia adelante, pero siempre con un profundo control mental, para que no seas devorado por las llamas. Hemos de evitar llegar al límite de nuestras fuerzas, porque, aunque nuestros deseos son grandes, no olvidemos que nuestra naturaleza es limitada. No confundamos pasión con frenesí. El corazón puede arder, pero la mente debe equilibrar el calor con la fría racionalidad para evitar excesos. El calor no debe ir más allá de lo soportable.

El equilibrio necesario


Con esto hemos de tener cuidado. Nuestra conciencia y ética pueden poner el marco de contención de la temperatura de la pasión para evitar quedar calcinados. Sería contraproducente que, por exceso de pasión, acabemos cayendo en el estrés, el cansancio, la enfermedad. Una tensión extrema va minando nuestra calidad de vida y nos lleva a somatizar los estados nerviosos. Como en todo, la prudencia y la moderación han de ser las grandes amigas de la pasión, pero eso sí, desterrando los miedos y la apatía. Es un juego de malabares que hemos de dominar: el equilibrio necesario para alcanzar nuestras metas con pasión, pero evitando caer en la obsesión y la adicción.

Si no se da este equilibrio, es cuando la obsesión nos impide razonar y poner las cosas en su sitio; entonces sentimos que se nos van de las manos y no podemos contener nuestras reacciones. Caemos en la hiperactividad acelerada y pasamos a una fase aguda que irá deteriorando nuestra salud. Se genera una dependencia con aquello que al principio era algo sano, natural, que nos hacía vibrar. Ahora, el fuego de la pasión se ha convertido en una obsesión. Y, más tarde, en adicción. Llegados aquí, todo se complica a velocidad de vértigo.

El riesgo: de la obsesión a la adicción


Aparece la ansiedad, el no poder dejar aquello que se hace, la incapacidad para detenerse. Se empieza a perder el control de uno mismo, surgen problemas digestivos y otros síntomas. El sistema nervioso se dispara y el sistema inmune cae. Falta de sueño, pérdida de apetito, irritabilidad… Todo contribuye a aumentar la sensibilidad extrema, y damos demasiada importancia a lo que no la tiene. La percepción de las cosas se agudiza y todo aquello que consume tiempo y nos impide hacer más nos saca de quicio.

Llegados a este punto, la persona empieza a estar cada vez más agotada, siempre a punto de estallar, pero se controla ante los demás, porque no quiere que todo se le vaya de las manos. Las noches se hacen larguísimas y al día siguiente está más alterada, ve problemas por todas partes, pero no puede dejar de hacer, más y más. Es el cuento de las zapatillas rojas, la historia de aquella niña que amaba tanto bailar con ellas que no supo ver el límite. Quien entra en esta espiral corre un grave peligro para su salud. El cuerpo somatiza el estrés con reacciones patológicas que responden a la falta de control sobre la situación que se vive.

Cuando uno se da cuenta de que ya no controla, es cuando se hace necesaria la intervención de un facultativo médico, o un terapeuta. Pero a veces la persona reacciona muy tarde, porque cuesta reconocer la adicción y el proceso de recuperación es largo y difícil de asimilar. El agotamiento físico, mental y psicológico la ha debilitado tanto que, una vez se recupere, deberá plantearse un cambio de rumbo, una profunda reflexión para orientar su vida y, posiblemente, empezar algo diferente. Estas experiencias límite muchas veces significan renacer. La persona descubre, aunque el coste haya sido muy alto, lo que realmente es prioritario en la vida: la familia, los amigos, un trabajo que le permita vivir con dignidad… Pero, sobre todo, lo más importante es ella.

Renacer


Lo importante eres tú. Tu vida, tu paz, aquellos a quienes de verdad amas, tus amigos auténticos, que te hacen crecer y florecer. También aquel que con dulzura te ayuda, te orienta y te aconseja, con respeto y amor, para que alcances ese sano equilibrio entre tú y los demás, entre lo que eres y lo que haces, entre tu libertad y tus sentimientos. Sobre todo, y aunque sea lo más difícil, necesitas equilibrar lo que ocurre fuera de ti y lo que pasa dentro de ti. No pierdas tu esencia, tu yo más íntimo ante el mundo que te rodea.

Conócete, acepta lo que no puedes hacer, porque se aleja de lo que eres. El yo y la libertad, tu ser y tus talentos, han de formar una sólida base de tu existencia. Y vuelve a lo primigenio: al silencio, a la moderación, a la suavidad, al descanso. Ama, escucha, vive y saborea la naturaleza.

No te apegues demasiado a las cosas. Desvincula el dinero del trabajo para no caer en el agobio económico. Los gurús de la prosperidad pueden hacer mucho daño, haciéndote correr detrás de una meta que quizás no es la tuya. Trabaja con pasión, pero no con obsesión. Abre cauces a tu creatividad, pero no dejes que desborde y se pierda. En especial, controla el tiempo, porque tu tiempo es tu vida. Así podrás gozar de cada momento, y serás feliz.

lunes, 22 de junio de 2020

No intentes ser lo que no eres


Vivimos en una sociedad compleja y contradictoria. La integridad, como valor ético y social, tendría que formar parte de nuestra realidad humana. Pero a menudo nos fabricamos una imagen de los demás que no siempre responde a la realidad, ya sea porque nos engañan o porque no tenemos capacidad de análisis y crítica constructiva.


Apariencias engañosas


Hay personas tan sutiles y sibilinas que harán cualquier cosa para que creamos en ellas, aunque no sean de fiar. Son camaleónicas, se comportan en función de lo que les interesa y van cambiando de actitud para sacar el máximo partido de cada situación. Su ambivalencia llega a ser patológica; no les importa decir lo mismo o lo contrario, con tal de conseguir algo. Cambian de traje constantemente. ¿Por qué?

Somos así por naturaleza. Inventar algo que no es verdad nos hace superar la mediocridad de una vida sin sentido. Aparentar lo que no somos puede ser fruto del miedo, de una personalidad insegura, de la inmadurez, de la falta de realismo o de coraje para gestionar nuestras contradicciones. Tenemos miedo a la realidad y nos cuesta enfrentarnos a nosotros mismos. Y empleamos nuestra capacidad para inventar relatos más o menos verosímiles que nos permiten esconder nuestras carencias, convencer a los demás o, simplemente, sobrevivir.  Pero cuando la conciencia salta, uno se da cuenta de qué es lo que realmente está haciendo.

¿Por qué nos metemos en un papel que no es el nuestro? ¿Por qué vivimos la vida como si fuera un teatro, alimentado de imaginaciones que nos hacen vivir una realidad paralela? ¿Tanto cuesta ser lo que somos, tal como somos, sin apariencias ni engaños? ¿Tanto nos cuesta tener humildad?


Chocar con la realidad


La necesidad de aparentar no sólo afecta a nuestro carácter, sino a las cosas que decidimos hacer, aunque no salgan propiamente de nosotros.

No se puede vivir siempre así. Con el tiempo, a medida que renunciamos a lo que somos, esta duplicidad se convertirá en una patología bipolar, que nos alejará de nuestra esencia. Llegará el día en que nos miraremos ante el espejo y no nos reconoceremos a nosotros mismos. Esto terminará en una profunda crisis de identidad que tal vez precise de una psicoterapia.

He conocido a personas con este perfil. Viven en un entorno conflictivo, siempre chocando con la realidad, hasta que todo les parece insoportable y reaccionan con actitudes agresivas, rompiendo lazos con los demás y perdiendo amistades, en algunos casos, irrecuperables.

Será la realidad la que nos llevará a vivir situaciones límites que quizás nos harán despertar. Una cosa es lo que fabrica nuestra mente y otra cosa es lo que realmente es. No nos importe reconocer lo que somos. No necesitamos inventarnos un personaje de nosotros mismos. Ser como somos es nuestra mayor dignidad. Tampoco necesitamos hacer algo diferente para que los demás nos reconozcan y aprueben. No necesitamos vivir en función de lo que piensen o digan los otros. No podemos renunciar a lo que propiamente somos, ni condicionar nuestra vida en función de los demás. Estaríamos contribuyendo a la pérdida de nuestra identidad.

No necesitamos demostrar nada para ser aceptados en nuestro núcleo más inmediato.


Sé lo que eres


Tú, como persona, con tus grandezas y defectos, eres tú y nadie más. Esto tiene un valor intrínseco. Lo llevas en tu código genético, es parte de tu hecho diferencial. Eres único, no necesitas clonar a alguien que no eres tú.

Eres una joya, de incalculable valor, con una luminosidad diferente, ni mejor, ni peor; ni más malo ni más bueno. No importan tus rasgos. Eres, y eso basta para encontrar sentido y enfocar tu vida de una manera plena. Cuanto más seamos lo que somos y lo que estamos llamados a ser en esta vida, más felices seremos, aunque tengamos que retarnos ante los propios límites.

No podemos engañarnos. La vida es extraordinaria. Si tu proyecto vital te lleva a una infelicidad insoportable, replantéate si estás siguiendo el camino adecuado, pero no te engañes a ti mismo ni asumas una figura que no eres tú.

Sé valiente y empieza de nuevo. No te apartes de lo que eres para convertirte en alguien que no eres. Busca dentro de ti con ahínco, pero serena y lúcidamente. Es más soportable abrazar lo que eres, en tu proceso de maduración, que vivir en una permanente contradicción. Esta es una de las metas más difíciles para el ser humano, pero si la consigues, nadie podrá detenerte, ni siquiera tu vulnerabilidad, porque estarás anclado en tu ser.

Cada uno de nosotros es un Himalaya de existencia. Ser consciente de ello nos produce una gran liberación. La libertad es la meta de todos nuestros sueños.

domingo, 14 de junio de 2020

Ir despacio



Estamos inmersos en la cultura de la prisa y de lo inmediato. Lo queremos todo aquí y ahora. Deseamos acortar el tiempo para poseerlo todo de la manera más rápida.

Este ritmo, ¿es normal? ¿Y si el afán de posesión inmediata no es más que un signo de una patología psicológica y existencial?

Todos corremos. ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos empuja a ir a toda velocidad? ¿Qué es lo que fuerza nuestras ganas de conseguirlo todo y ya? ¿Qué nos pasa, que estamos adoleciendo de algo que nos hace caer en el frenesí? Nos falta paz interior. Huimos del silencio. Nos cuesta controlar la moderación y el equilibrio. ¿Por qué lanzarse a una carrera para meter en nuestro tiempo el máximo de trabajo? ¿Y si la hiperactividad nos está enfermando? ¿Qué significa hacer de todo en el mínimo tiempo posible? ¿Mercadeamos con el tiempo, con la obsesión de tener y hacer?

De la prisa al vacío


El homo sapiens ha conquistado el espacio y la tecnología. Ha alcanzado grandes cimas en diferentes campos de las ciencias. Sus logros y sus hallazgos se viralizan, como la velocidad de sus éxitos. Sí, está en la cumbre de sus anhelos más altos, pero ¿qué es el hombre si le falta el tiempo, la calma, el silencio? Se vuelve un hazmerreír de sus antojos intelectuales. Pero le está faltando algo que forma parte íntima de él: le falta el silencio, la soledad, saborear despacio la belleza que le rodea.

La misma velocidad lo lleva a experimentar, más adelante, un profundo vacío. ¿Qué hay detrás de ese hacer y tener? Cuantas veces me han comentado, personas que conozco de cerca: «He hecho todo, he estado en muchos sitios, tengo de todo, pero siento un vacío dentro, una soledad tan fuerte, que empobrece mi alma. Antes tenía muy claro qué tenía que hacer. Hoy me pregunto si todo aquello me ha servido para ser feliz y sentirme bien conmigo mismo. ¿Qué hay de aquella preclaridad de la que presumía ante los demás? Me pregunto, una y mil veces, qué he hecho con mi vida. Sí, he logrado grandes metas, pero mi alma no se siente bien… Son muchas las cosas que conozco, pero ahora se abre una herida que cuesta cicatrizar».

Es verdad que puede haber diversas razones que lleven a las personas a ese impulso innato y legítimo de proyectarse socialmente. Pero ignoran el precio tan caro de vivir a velocidad de vértigo, que a muchos los lleva a un estrés sin límites. Sobre todo, cuando el tiempo se hace cada vez más corto y no soportan que las agujas del reloj pasen demasiado aprisa, porque no logran hacer todo lo que quieren y se frustran cuando no lo hacen todo. Y si lo hacen, acaban agotadas, con episodios de ansiedad.

Los límites son una ducha de realismo


No somos inmortales. Cuesta de aceptar que todo tiene un límite: el tiempo, la vida, las cosas, los otros. Nos topamos de cara con la realidad, tal y como es, y nos enfadamos porque no somos capaces de controlarlo todo, desde nuestras necesidades fisiológicas hasta nuestra mente. La cultura y la educación nos han hecho sentirnos invulnerables, supermanes, y nos damos cuenta de que tenemos un ritmo biológico, un ritmo psicológico que marca nuestra manera de estar en el mundo. Aunque esto nos inquiete, son los límites que tenemos que aceptar. No somos dioses y no tenemos que actuar sin conocer quiénes somos.

Los límites son una ducha de realismo. Necesitamos parar y ralentizar la velocidad. Necesitamos tiempo para descansar, reflexionar, rezar, cuidar nuestra salud. Se necesita del silencio, de la intimidad con el otro, de la ternura, la amistad, el diálogo sosegado, el paseo. Somos así. No podemos renunciar a nuestra naturaleza. No necesitamos galopar como los caballos; nuestras extremidades son frágiles. Somos personas con un buen cerebro, pero con un cuerpo que siempre está expuesto a constantes riesgos de erosionarse y caer enfermos, porque hemos idolatrado el hacer por encima del ser.

El mejor antídoto para la patología del frenesí es autoeducarnos para aprender a deslizarnos por la vida. Hemos de aprender a ir despacio, respirar, pasear sin prisa, contemplar, emocionarnos, ser dueños de nuestro tiempo.

Descubrir el castillo interior


Necesitamos admirar, y mirar con sosiego. Que nadie nos robe el tiempo para nosotros mismos, el tiempo con la persona amada, con los amigos; el tiempo para el silencio, para respirar con calma y contemplar la realidad. Pero, sobre todo, el tiempo que necesitamos para crecer en aquellos valores que enriquecen nuestra vida: la fe en aquello que nos sostiene y una relación íntima con la fuente de nuestra existencia.

Sólo así descubriremos que dentro de nosotros hay algo que nos empuja a sacar lo mejor, porque tenemos una brújula que nos orienta a perseguir nuestros sueños. Más allá de la conquista de la Luna, nos espera la hermosa cumbre del alma. Y esto pasa por detenerse ante uno mismo y descubrir que el gran hallazgo de nuestra vida es nuestro propio castillo interior, el Edén que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Para esto, hay que renunciar al ruido, a la prisa, y sumergirse en el misterio que nos envuelve.

Tú y Dios dialogando sin palabras. Dos corazones latiendo, trascendiendo el tiempo y el espacio. Sólo somos fundidos en un abrazo con él. Entonces el tiempo se detiene y el espacio es la intimidad. El tiempo se convierte en oración permanente si somos capaces de entrar en esta onda cada día, un rato.

Nadie nos arrebatará lo que somos, aunque estemos en medio del mundo. La brújula interior nos ayudará a no desviarnos del camino y nos llevará hacia la inmensidad de ese cielo que hay en el alma.

sábado, 6 de junio de 2020

Nadar en el océano de la escritura


Muchos de mis seguidores me habéis preguntado: ¿por qué escribes?

La verdad es que desde que soy adolescente me ha gustado escribir y he tenido la necesidad de hacerlo como una forma más de comunicación. Cuando mi corazón se llena a borbotones de ideas, pensamientos y reflexiones, escribir es una forma de canalizar todo ese potencial que llevo adentro. Reconozco que soy una persona sensible y que nada de lo que veo me es indiferente.

Todo lo que sucede a mi alrededor, para mí, es valioso. La realidad está llena de colores y texturas: unas palabras, un rostro, un amanecer, la fragancia de las flores o la belleza de una obra de arte. Todo esto impacta en mi alma. Pero, especialmente, me fascina el misterio del corazón humano, desde su sufrimiento en el abismo de sus limitaciones hasta su capacidad extraordinaria de reponerse en medio de las aguas turbulentas, y también ese reto permanente de culminar su existencia. Me sorprende descubrir esos corales en las profundidades de su océano interior, pero también la indigencia que lo lleva a cometer errores.

Cuando escribo, no me quedo nunca en el mero análisis de la psique humana. La abordo con respeto y admiración, con un deseo incansable de aprender en esta ósmosis entre mi realidad y la realidad de los otros. Para mí, todo lo que ocurre, lo inesperado, lo doloroso, lo gratificante, me enseña algo cada día y me lleva a paladear cualquier instante: gotas de sucesos que van llenando el estanque de mi alma.

Escribir no sólo es describir, sino vivir de la experiencia cotidiana y ser capaz de comunicar, con letras llenas de sentido, lo que vivo cada día como un regalo.

Escribir también es conectar las manos con el alma. De esa conexión surgirán bellos relatos que darán luz a esas personas humanas con sus historias, sus anhelos y sufrimientos. Escribir es definir las más bellas auroras del corazón del hombre. Es dejar suelta la imaginación que me lleva a navegar por los mares de la psique humana. Mis escritos tienen que ver con el inmenso misterio del hombre, sus límites y sus desafíos por lograr metas difíciles de conseguir, anhelos de culminar toda cumbre. También exploro esa dimensión del hombre que busca más allá de sí mismo a Dios. Sólo con la experiencia mística se da cuenta de que no es una abstracción mental, sino una realidad que lo envuelve y lo sobrepasa, pero que a la vez es capaz de iniciar un diálogo con él hasta llegar a fusionarse.

Me gusta incidir en este aspecto, que lo define como un ser hambriento de trascendencia, desde su propia indigencia. Esta dimensión espiritual que define al hombre como un ser abierto a los demás, a la naturaleza y a Dios. Quiero, con mi pluma, expresar y comunicar, frente a una cosmovisión de la realidad y del hombre negativa y destructora, una visión realista, pero positiva. No sólo somos pulsiones y estamos enganchados a unos traumas infantiles, que han podido marcar nuestra historia y nuestro futuro, sino que estamos llamados a crecer y florecer, con un propósito vital. No sólo estamos condicionados por la fisiología y la psicología. Tenemos algo dentro, que tiene que ver con esas ansias de plenitud que llevamos en el ADN. Esta búsqueda es la razón última de nuestra existencia.

Escribir es como tocar un instrumento, cada letra es una nota que embellece la melodía del relato. Por eso, un escrito es un diálogo entre aquello que escribes y tu yo más profundo. La literatura no es como una película en blanco y negro o muda. Cuando aquello que escribes está muy bien elaborado, puede llegar a penetrar tanto en tu psique que la propia imaginación y sensibilidad te llevarán a vivirlo como si fuera real, tanto como el impacto de una película en color. Las emociones que puede producir la escritura pueden llegar a ser incluso más intensas. Por eso hay mucha gente a quien le gusta leer, meterse de lleno en el libro y buscar en las profundidades de su contenido.

Escribir para mí es algo que forma parte de mi vida, como comer, descansar, rezar y amar. Es algo que me ayuda a descubrir lo que tengo dentro, en ese constante roce con la realidad. Escribir es dar rienda suelta a mi alma, dejar que vuele, abrazar la vida. Es abrirme a la sorpresa de esos acontecimientos que no salen en la prensa ni en la televisión, pero que no dejan de ser bellos e inspiradores, con los que te puedes emocionar, sufrir y alegrarte. Son lecciones para aprender a vivir y amar. Son pequeños relatos que pueden ayudar a retomar el rumbo a aquellos lectores que quizás más de una vez se han identificado con la persona y la historia que he contado, porque todas son reales, fruto de una experiencia vivida.

Escribir, para mí, es más que deslizar el bolígrafo sobre un papel; es fotografiar y a la vez dar vida con realismo poético a las grandes hazañas del ser humano. Escribir, finalmente, para mí es acariciar con la suavidad de una pluma la belleza del alma.

domingo, 24 de mayo de 2020

Vivir de la mentira


Hay muchas relaciones humanas que están basadas en las apariencias. Desde afuera, se ven sinceras, auténticas y modélicas. Impactan y muchos quieren imitarlas. Parecen perfectas, sin aristas, todo cuadra, los gestos de amabilidad y las sonrisas convencen y generan admiración. Son alabadas y reconocidas, inspiradoras para muchos. Sus destellos ciegan a quienes las siguen, idolatrándolas.

Pero, detrás de esa aparente luz, a veces se esconde una terrible falsedad. Las vidas de estas personas están fundamentadas en la mentira. Sus relaciones no son auténticas, todo es imagen y falacia. Viven en una paranoia, ocultando motivaciones inconfesables. El sustrato de estas relaciones es polvo: se están utilizando, el uno al otro.

Lo que parece que es y no es


Quizás uno de los dos sea sincero en la búsqueda de una relación sana y libre, y desea ser correspondido. Pero cuando el deseo se basa en algo irreal, la relación se convierte en una huida para escapar de la tragedia. Con el tiempo, ambos acaban precipitándose en el absurdo. Una amistad que parecía auténtica se rompe, produciendo un daño inconmensurable. La aparente verdad se transforma en cruda realidad. El zarpazo del engaño convierte los discursos brillantes en palabras huecas, sin sentido, cuando se descubre que la verdadera motivación de ese encuentro no era sincera, sino interesada. Había otra realidad paralela, oculta, que acaba saltando por los aires en un juego de pirotecnia emocional,  y deja tras de sí un rastro de humo, quedándose en nada. Los cohetes de colores, lanzados al falso cielo de una vida vacía, intentan tapar la miseria humana. Cuántas parejas han pasado por esta situación y cuántas siguen sobreviviendo porque les da miedo afrontar la verdad. Cuántos matrimonios (o seudo-matrimonios) viven en esta contradicción. No tienen la fuerza para afrontar el problema y reenfocar su vida. Una parte de la sociedad está sometida porque prefiere amar en falso antes que cultivar una amistad auténtica y libre, que no renuncia a la identidad propia a cambio de un amor virtual. Cuántas grietas dejan estas contradicciones en el corazón.

Hemos de tener la valentía de asumir que es mejor mantener la libertad, a base de sacrificios y lucha, que una esclavitud en una jaula de oro. El brillo de ese metal no es otra cosa que una falacia, un destello artificial que engaña para mantenernos dentro de esos artilugios emocionales. Nos acostumbramos a respirar tantas mentiras que acabamos anestesiados y prefiriendo las pirotecnias efímeras antes que un fuego cálido y real, fruto del esfuerzo.

La senda de la verdad


¿Cómo detectar lo falso de lo verdadero? Esto pasa por un largo camino de profundo autoconocimiento; pasa por tener muy claros los límites morales y conocer al otro en profundidad; que lo que tu corazón desee esté en sintonía con lo que eres y necesitas para crecer, sin renunciar a tu identidad. Una relación debe estar basada en el conocimiento mutuo, respetando los tiempos, y ese inicio del camino debe ir siempre por la senda de la verdad. Entonces sí que se atisba la autenticidad y un deseo humilde y sincero de construir algo sólido. Si no es así, cuidado. Puede ser el inicio de un auténtico infierno, aunque al principio parezca todo muy risueño y nos parezca flotar en nubes de color rosa.

Las palabras pueden mentir, pero los ojos nunca. Ellos revelan lo que hay en lo más hondo del corazón. Hasta la sonrisa puede engañar, pero no la mirada… Ella nos define tal como somos, expresando lo que a veces no queremos decir verbalmente. Los ojos nos delatan. Podemos mentir a los demás, podemos incluso autoengañarnos, pero nunca engañaremos al alma.

Los ojos son el reflejo de lo que hay en nosotros: verdad, libertad y coherencia definen a un ser humano entero. No renunciemos nunca a estos tres valores. Sobre ellos podremos construir de manera sólida cualquier proyecto. Hemos de pasar de una vida artificial a una vida auténtica y plena. Esto es lo más genuino de nuestro ser: lo que no sea esto, es una mentira vacía que nos llevará a la pobreza de espíritu y al fracaso.

domingo, 17 de mayo de 2020

Miedo a la libertad



La libertad es consustancial al ser humano. Y me atreveré a decir que la persona se realiza, crece y se proyecta cuando hace uso pleno de su libertad. Desde un punto de vista ético, atentar contra ella es reducir a la persona en algo que le es sagrado. Nada ni nadie, ni estructuras, ni gobiernos, ni ideas, ni todo el poder del estado, puede impedir su ejercicio: esto es el máximo respeto a la dignidad del hombre.

Quitar la libertad a alguien es matar la esencia de su propia identidad. Ningún ser humano tiene la potestad para impedir su uso con pleno derecho. Ninguna formación política ni religiosa puede arrogarse esa capacidad. Nadie está por encima de nadie. Todos somos iguales y libres.

Nuestra cultura occidental tiene su origen en la religión judeo-cristiana, en la filosofía griega y en el derecho romano, afirmando con rotundidad el respeto sagrado hacia el hombre y su libertad. Si es propia de nuestra naturaleza, ¿por qué temerla?

¿Por qué temen a la libertad?


Podríamos decir que todo tipo de poder, tanto político como religioso, teme a la libertad, porque sabe que esta es más fuerte que el dominio que pueda ejercer. El que ocupa un puesto de poder, tiende a controlar a los demás para evitar perder su rango. Quien está fuertemente ideologizado, tiende a sospechar de la libertad de los demás, porque pueden discrepar de sus ideas. Esto lo vemos en los regímenes totalitarios, que hacen todo lo posible por reducir o anular el derecho a la libertad de expresión y de acción.

¿A qué temen las personas que tienen poder?

Cuando se prueba la miel del poder, uno se siente como un semidiós, que puede decir y hacer lo que le venga en gana, sin limitación alguna, con toda inmunidad moral y legal. Puede manipular a las gentes y obligarlas a cumplir todos sus decretos, doblegando su voluntad y quitándoles la seguridad jurídica para defenderse. Vivir la experiencia de sentirse como un dios es la peor droga. El poder es como la cocaína pura: enajena al que la consume y genera una adicción que siempre pide más. Llega un momento en que está tan enganchado que ya no puede pasar sin él. Poco a poco, se le irá necrotizando el corazón, la mente y, finalmente, el alma, hasta convertirse en un cadáver viviente, a merced de las fuerzas que manipulan y dictan su voluntad. La adicción es tan letal que lo transforma en un auténtico monstruo, perdiendo toda referencia moral. El poder destruye a los que se oponen a él y acaba destruyendo a los que lo ejercen. Esta es su lógica. Jugar a esto es la peor de las enfermedades.

Por otra parte, el poderoso vive pendiente de que nadie le arrebate el trono, y a los que cree que pueden amenazarlo, si no puede deshacerse de ellos, los difama o los critica, elaborando bulos y mentiras para debilitarlos socialmente. La libertad siempre es una barrera para el adicto al poder. El otro se convierte en un peligro que a toda costa hay que destruir. Es un impedimento que le estorba tomar su droga. Se descompone, como un drogadicto en síndrome de abstinencia. Sí o sí, necesita de esa miel. De la dulzura pasará a la hiel del miedo, la inseguridad, la desconfianza, hasta llegar a la locura. El miedo le genera una violencia incontrolada, y puede llevarlo a cometer daños irreparables, que en un extremo podrían causar la muerte del enemigo. No me refiero sólo a la muerte física, sino a la muerte de su dignidad.

El miedo genera adicción, violencia y, finalmente, destrucción. Lleva a la persona a querer poseerlo todo y controlarlo todo, porque no quiere perder nada.

Este miedo una patología mental que puede haberse desarrollado durante el crecimiento de la persona, o debido a un trauma de la infancia. Su origen puede ser una demanda de afecto, escucha, acogida, dulzura que no se le dio. Y ahora obliga a todo el mundo, con violencia, a que le dé lo que no tuvo.

O puede ser lo contrario: le han dado de todo en su infancia, sin límites pedagógicos ni morales, y ahora cree que tiene derecho a todo, incluso a usar y manipular a los demás para conseguir lo que quiere.

La semilla que nunca muere


La historia nos revela que los que ostentan el poder tienen miedo, con toda la fuerza destructiva que poseen. Ponen en marcha sus influencias y mecanismos jurídicos y mediáticos para anular los derechos y las libertades de los demás. Pero hay quienes nunca renunciarán a la libertad y a la verdad, que es lo que se opone a la esclavitud y a la mentira, como el miedo y la cobardía se oponen a la valentía y a la autenticidad.

El uso responsable de la libertad pondrá en jaque mate al poder. Porque sabe que al final nunca podrá matar del todo la libertad, ni siquiera una vez muerta la persona, porque las semillas de la libertad son algo más que un concepto ideológico. Son la esencia que nos define, y al final derrotarán al poder. Las semillas de la libertad se expanden de manera viral por todo el mundo y en cada conciencia. Renunciar a ella es renunciar a ser persona. Sin libertad nos convertimos en seres sin alma, fácilmente dominables, frágiles, sin rumbo, sometidos y ciegamente obedientes, a cambio de una falsa seguridad y protección, para mantenernos doblegados y arrodillados ante el poder.

No hemos de tener miedo a aquel que tiene miedo de nuestra libertad. En el fondo, es una lucha contra la esclavitud, entre el bien y el mal, pero sobre todo es una lucha contra aquello que no nos deja crecer como personas. Estamos llamados a sacar todo el potencial que tenemos dentro. Nada ni nadie puede arrebatarnos ese deseo innato. Sólo desde nuestra libertad llegaremos a ser lo que queramos, aunque en esa lucha nos encontremos cara a cara con la crudeza del poder disfrazado de buenismo y amabilidad. Será un trago fuerte, que tendremos que sorber. El único camino hacia la auténtica libertad será un arma tan potente que acabará disipando el miedo de todos los poderosos. Sólo ella, la libertad, puede asegurar un cambio de rumbo en la historia.

domingo, 3 de mayo de 2020

Libros vivientes


Los más azotados por la pandemia


La pandemia sigue dejando su rastro de muerte. Pero, lentamente, se va reduciendo el número de los fallecidos, y esto arroja esperanza y da un respiro a las instituciones y los profesionales de la salud. Por fin vemos algo de luz en medio del caos. Hoy quisiera detenerme en un sector muy amplio de los fallecidos.

Podríamos decir que más de la mitad de las víctimas de esta pandemia son ancianos. Este es el colectivo que se ha descuidado más. Muchas familias han vivido el drama y el dolor de ver cómo sus abuelos caían uno tras otro. Los esfuerzos sanitarios no han priorizado la atención a este grupo especial de riesgo. Estamos hablando de más de 15 000 fallecidos, según algunos recuentos, aunque otras fuentes afirman que la cifra real puede ser aún mayor.

Esta realidad no puede dejar a nadie indiferente. Son miles de historias truncadas y familias rotas que ni siquiera han podido despedirse de los suyos. El sentimiento de abandono y soledad ha hecho más doloroso el duelo. Muchos ciudadanos sienten que han sido dejados de lado por la administración.

El gobierno y los medios han sido opacos: no sabemos nombres, sus rostros han desaparecido, no hay historias familiares que contar. Toda muerte es dura y dolorosa, y todavía más en estas circunstancias. Todo son números, y no personas; estadísticas, y no vidas; curvas de mortandad, y no familias destrozadas.

El legado de nuestros mayores


El valor de la vida es sagrado. Vale tanto la vida de un joven como la de un anciano, que tanto ha dado al mundo. El coronavirus se ha cebado en esta población más frágil por su edad y por las posibles patologías añadidas, pero la dignidad de la persona es la misma. No quiero quedarme en la crítica, ni cuestionar si la gestión del gobierno ha sido correcta. Pero lo cierto es que las muertes en las residencias han sido muchas, y también los fallecidos solos en sus hogares. Hay cosas que no se entienden, y esto produce desasosiego e indignación.

Pero hoy quiero centrarme en ellos, en los abuelos que han fallecido y en el tesoro que nos han dejado. No seríamos sin ellos, sin su trabajo, sus sacrificios, su paciencia y su amor. Ellos nos han transmitido nuestros valores. El sustrato en el que hemos crecido lo pusieron ellos, sobre todo en nuestras primeras etapas de crecimiento. En la cultura africana y asiática los ancianos son los sabios, referentes no sólo en las familias, sino en la sociedad. Son abuelos venerables, respetados, a quienes se atiende y escucha. Son pozos de sabiduría para las generaciones venideras. Pero en Occidente se han convertido en una lacra improductiva, una carga social que hay que apartar, condenándola a una soledad no querida. El respeto a los mayores, como nos señala la tradición bíblica, es fundamental. No podemos despreciar ni abandonar a aquellos que han sido parte de nuestras raíces, que nos lo han dado todo, e incluso en épocas de guerra y hambruna, se han sacrificado y han arriesgado su vida por la prole. No han escatimado esfuerzos por cohesionar la familia. Su entrega ha sido indiscutible.

Una deuda de gratitud


Hoy me produce escalofríos ver ese ejército de ancianos que han caído en el combate contra el virus, sin el suficiente apoyo por parte de la administración y forzosamente aislados de sus familiares. Nadie puede olvidarse de nuestros abuelos, ni la familia, ni la sociedad, ni la administración. Ellos son los fundamentos. Su generosidad ha levantado el país, la economía y el propio estado. Merecen nuestro respeto, reconocimiento y gratitud. Son los héroes de nuestra sociedad. Héroes que han caído aislados en una UCI. Un día, la sociedad tendrá que pedir a las instituciones públicas que desagravien a sus ancianos. Es una deuda que hemos contraído con ellos.

Los ancianos son libros vivientes que se han cerrado, dejando un testimonio de lucha constante. Son un bagaje de experiencias, de logros y sufrimiento. Nos dejan el legado de unas vidas apasionantes que no tienen precio, un tesoro de sabiduría, un ejemplo de lucha sin tregua y de ternura imborrable en nuestro recuerdo y en nuestra piel. El estado no hace luto, pero todos deberíamos hacerlo y rezar por ellos. No merecen menos.

Aprendamos a extraer el jugo de todo lo que nos han dejado, esa mina de oro de la experiencia convertida en grandes lecciones. Somos herederos de un legado extraordinario de inmenso valor. Vivimos de sus raíces. El pasado, el presente y el futuro se unen gracias a la generosidad de nuestros ancianos. Mirar atrás con gratitud nos permite abrazar nuestros orígenes. Podemos ser diferentes de nuestros antepasados, pero desde nuestra libertad, no dejemos de reconocer lo que tenemos en común. Los vínculos de sangre han marcado nuestra existencia. Cada cual ha escuchado la música de su tambor, pero esta es la gran riqueza de la familia. Nunca lo olvidemos: hemos sido plantados con amor en el jardín de sus hogares. La sintonía que se establece entre nietos y abuelos trasciende lo generacional. Ancianidad e infancia se unen en el tiempo. De esta unidad surgen los mejores momentos que vinculan para siempre al abuelo y al niño. Más allá de la familia, el sello de la amistad quedará impreso en sus corazones.

Gracias, ancianos, por ser nuestros abuelos. Hoy estaréis en otro jardín, el cielo, donde ya disfrutaréis de una vida plena y gozosa en la eternidad.