viernes, 19 de abril de 2019

Ojos llenos de dolor


Escuchando largo rato a una madre, mujer entrada en edad, percibo poco a poco que su corazón se esponja. De temperamento huraño, ultra sensible y no fácil para la comunicación fluida, lleva sobre sus espaldas una gran carga que la tiene atrapada en un sentimiento de soledad. A medida que avanza la conversación, la voy mirando a los ojos y descubro en ella un profundo dolor. Son unos ojos que se han quedado sin lágrimas, pálidos, sin color. ¡Cuánto debe haber sufrido! Su pozo interior se tragó su alegría. Tanto dolor ha endurecido su corazón y agotado sus fuentes interiores, hasta dejarla árida emocionalmente.

¿Qué le pasó? La escucho sin prisa y me relata la muerte terrible de una de sus hijas y el frío desamor que ha vivido con su marido. Pasó trece años sufriendo por su joven hija, que padecía anorexia. Veo las fotos de ella, que me enseña con enorme cariño, y me parece ver una hermosa flor que se marchitó prematuramente. Me cuesta apartar la mirada de esas fotos. «Esta es mi hija», me dice, balbuciendo. «Hace más de diecisiete años pasamos por un horrible calvario.» Retiene la foto entre sus manos, mirándola. Es una muchacha bella, esbelta, con un rostro armónico. Un bello fruto que se muere en brazos de su madre.

El tiempo se detiene y los dos nos quedamos mirando la foto. Ella, emocionada, pero de sus ojos ya no salen lágrimas.

Me pregunto: ¿cómo algo tan hermoso puede haberse diluido así? ¿Cómo una joven llena de vida acaba sin vida? ¿Qué hay detrás de una anorexia? ¿Su entorno, unas amigas, un libro, Internet…? ¿Qué la llevó a ese caos existencial? ¿Por qué se origina esta enfermedad psicológica? ¿Qué piensa una joven que, después de comer, busca introducirse el dedo en la boca para devolver la comida que le da sustento? ¿Es solamente un deseo de no engordar? Lo más contradictorio es que estas jóvenes se ven gruesas y no lo son. Su cuerpo frágil no las convence y siguen queriendo perder peso. ¿Cómo entender el mecanismo psicológico de esta enfermedad? ¿Es el culto a una belleza artificial, a unos cánones estilizados, lo que llevó a esta chica a idolatrar una imagen imposible, destruyendo su propia salud y poniendo en riesgo su vida?

Quedó atrapada en la cárcel de su cuerpo, alimentada por un entorno que no la llevó a entender que la auténtica belleza está en el amor, en la libertad y en la misma vida.

Quizás no aprendió que un cuerpo, por el solo hecho de estar vivo, ya es bello; que una convivencia armónica es bella; que el abrazo de sus padres es bello, que la complicidad de unos hermanos también lo es. No importa lo bajo, alto, gordo o flaco, guapo o feo que seas: respirar, sentir que la vida corre por tus venas, ya vale la pena.

Pero quizás algo de esto faltó en su vida. Cuando en el entorno familiar, educativo y social se renuncia a ciertos valores que nos forman como personas, muchos jóvenes inician una marcha atrás, un lento suicidio que los arrastra hasta robarles la vida. ¿Por qué esa joven no quería vivir? Su automaltrato le produjo un daño irreparable en la garganta y en las cuerdas vocales. Cuando los médicos se lo explicaron ya era demasiado tarde. La falta de riego sanguíneo por carencia de nutrientes le produjo una gangrena. Le amputaron primero los dedos de los pies. Después, las dos piernas, desde los tobillos hasta llegar a los muslos. Trozo a trozo, sin músculos, el rostro desdibujado y dolorido, con la mirada desgarrada, asistió a su propia aniquilación.

Su madre y no nos quedamos unos cuantos minutos, de pie, mirando la fotografía. Hasta que me muevo un poco, haciendo un ademán para que la deje en el estante. Los ojos de la madre y de la hija se me quedan grabados en la mente. Aunque no le salen las lágrimas, su alma llora y yo, discretamente a su lado, siento que se me encoge el corazón. Un rayo de sol entra desde el balcón al comedor, iluminando el largo pasillo hasta la entrada. Es bello, ese rayo de luz que inunda la casa, como un rayo de esperanza.

La casa está recién pintada y el sol ilumina las paredes, tan blancas. Me parece estar viviendo una doble realidad: la amargura del dolor, que oscurece el corazón, y la luz del sol, que llena de alegría esa casa. Quizás sea un vaticinio para esta madre doliente. Después de muchos años se ha decidido a mejorar su casa y embellecerla.

Cuando dejo la foto, sus ojos siguen apagados, pero en sus labios se dibuja una suave sonrisa. Me da las gracias por ese rato tan intenso. Su alma necesitaba desahogarse.

Nos sentamos un rato más, hablando del barrio, de los vecinos, de sus amigos, pocos pero fieles. La veo más serena y nos despedimos afectuosamente. Cuando cruzo el umbral de su puerta, la bendigo en mi corazón y bajo por las escaleras anchas. Pienso que hemos de luchar para que nadie nos robe la vida con promesas falsas y aduladoras. Que nadie nos venda un ideal de lo que no somos, en detrimento de una bella realidad que sí somos. Deseo que la luz de Dios bañe el dolorido corazón de esta madre, que sobrevive emocionalmente como puede, blindándose en sí misma. Ojalá, como el sol, la ilumine igual que las paredes de su casa.

domingo, 7 de abril de 2019

¿Amarse a sí mismo?

El mantra de la autoestima


Hace mucho tiempo que en diferentes tertulias, charlas, conferencias, no paro de oír que uno tiene que amarse a sí mismo para poder amar a los otros. Recientemente lo volví a oír en un programa radiofónico. Cada vez más constato que esta afirmación responde a unos planteos más psicológicos que filosóficos, y que detrás de estas palabras aparentemente amables se esconde un excesivo culto al yo. Las nuevas corrientes de la psicología hablan de la reafirmación de la identidad, de la autoestima, de la auto-creación de uno mismo, e insisten que para ser tú mismo no necesitas a nadie. ¿Y si en el fondo, más que de una afirmación del ser, se está hablando de una reafirmación del ego? ¿Y si en el fondo es una manera de desconectar de la propia realidad?

Es evidente que tenemos que creer en nuestras capacidades y talentos, y que no tenemos que achicarnos ante los problemas ni sentirnos menos que nadie. También es bueno que cada cual se conozca a sí mismo, se cuide y aprenda dónde están sus límites, midiendo sus capacidades y descubriendo lo más genuino de su corazón. El cuidado es una obligación moral: estar sano, equilibrado, bien alimentado, tener unas relaciones saludables, forma parte de algo esencial de la persona. Es bueno incluso alegrarse por los dones que uno tiene y potenciarlos. Estoy totalmente de acuerdo en que hemos de crecer hacia adentro y maravillarnos de todas nuestras posibilidades.

Pero cuando hablamos de amor, estamos hablando de otra cosa.

El amor sale hacia afuera


El sujeto del amor sólo se concibe cuando se proyecta hacia afuera. El amor todos lo tenemos dentro. Pero tiene sentido cuando somos capaces de salir de nosotros mismos; cuando el otro, o el tú, es el objeto del amor. Sólo cuando se comparte esta energía tan fuerte, descubrimos que el amor a uno mismo no es nada si no lo damos. Es justamente en la experiencia interpersonal, al compartir algo tan profundo, cuando se descubre que la propia identidad queda más que nunca reafirmada.

¿Cómo no te van a cuidar, si tienes un compromiso de amor serio?

Para amar hay que estar sano, emocional, psíquica y espiritualmente. Una persona ególatra que sólo piensa en ella misma está incapacitada para amar. Cuando en el centro del amor primero soy yo mismo, siempre se puede caer en una actitud narcisista. Yo estoy en el centro de la vida, y todo ha de girar en torno de mí.

El amor auténtico


El amor por definición tiene que ayudar a proyectarnos, a florecer, a crecer, a madurar y a descubrir lo que hay dentro de nosotros. Un amor sano y verdadero no retiene, sino que lanza al otro. No esclaviza, sino que potencia más la libertad y los talentos propios. Un amor de verdad piensa en el bien real del otro. En él no hay manipulación, sino transparencia, no hay desconfianza, sino confianza; no tristeza, sino alegría; no dependencia, sino sintonía. El amor no es una aventura puntual o una afinidad química, ni un sentimiento desgarrado hacia el otro. No es amor si únicamente hay sintonía emocional. Para poder desplegar toda su fuerza, hay que ir más allá del enamoramiento puntual, de los sentimientos descontrolados propios de la adolescencia, del afán de poseer al otro. En el amor auténtico tiene que haber lucidez, madurez, capacidad de escucha, equilibrio, armonía y respeto. Sólo así estará preparado para navegar rumbo hacia la libertad y hacia el conocimiento más profundo de uno mismo.

Esclavo de uno mismo


La autoafirmación puede conllevar el riesgo de esclavizarse y convertirse en mausoleo de uno mismo. Sólo cuando seamos capaces de salir de nuestros blindajes interiores estaremos preparados para la gran aventura: ir hacia los demás.

Hay corrientes, surgidas de la Nueva Era, donde la afirmación de uno mismo es tan fuerte que llega a la auto-idolatría, a considerar que uno mismo es Dios y que, como tal, se basta a sí mismo. Por lo tanto, si soy Dios, no necesito a nadie más. Yo mismo me autoabastezco. No necesito de nada ni de nadie. Esto está impregnando todas las capas sociales.

Las estadísticas nos dicen que cada vez hay más personas que viven solas. Quizás tienen miedo a generar vínculos emocionales que podrían coartar su libertad y quieren reafirmarse en su identidad. O quizás están resentidas por malas experiencias previas y prefieren no repetirlas. Una sociedad sin vínculos, sin relaciones, se suma a la cultura del descarte sobre la que tanto nos avisa el papa Francisco.

La ruptura de los vínculos lleva a la persona a aislarse, quedando atomizada y a merced de cualquier influencia. ¿No responderá todo esto a una ingeniería social diseñada para debilitar a la persona, adormecerla con mantras buenistas y hacerla caer presa de la manipulación? Todo porque es bueno «amarse a sí mismo», esa frase talismán de la Nueva Era que, en el fondo, busca el endiosamiento del ser humano revestido de una falsa libertad. En realidad, es el inicio de una gran desintegración y de una enorme esclavitud: la de uno mismo.

Los vínculos son vida


Nuestra capacidad de generar vínculos está en nuestro ADN. La vida es conexión. Nuestras células están interconectadas para formar un organismo, nuestras neuronas necesitan conectarse para generar pensamientos y funciones, en nuestra flora intestinal hay millones de bacterias que conviven y trabajan en sinergia para que haya un correcto metabolismo. En el plano espiritual podríamos decir lo mismo. Nuestra alma está conectada al Creador y está interrelacionada con muchas otras. Sociabilizar es algo innato en la persona. Generar vínculos con los demás es nuestra forma de ser más genuina. Negar esto es negar todo aquello que define nuestra identidad. Y nuestra identidad crecerá más cuanto más nos abramos a los demás. En lo más profundo de nuestro corazón hay un deseo que nos trasciende, que ya no tiene que ver con la psicología o con la autoestima, sino con nuestra capacidad de amor, que va más allá de la autoafirmación y busca la felicidad fuera de sí mismo.

Mi yo no se entiende sin el tú ni el nosotros. Es una verdad antropológica y filosófica que nos define como seres humanos, que somos capaces de salir del acuartelamiento del ego. Esto sí que tiene que ver con la auténtica Divinidad, que es comunión de personas. Por eso el alma busca su unión con los demás, con la creación y con el Creador.

domingo, 17 de marzo de 2019

¡Ya es primavera!


De las torrenciales lluvias de finales de verano pasamos a un invierno muy atemperado. Entre el sol y un frío suave se han ido deslizando los meses invernales. Lejos de aquellas épocas gélidas, de frío cortante, a mediados de marzo la primavera asoma dando una textura nueva al aire.

Al amanecer, el cielo se llena de una luz suave. El horizonte del mar se ilumina más temprano y las aguas calmas saludan al sol que emerge con fuerza, mientras las olas juguetean con la arena de la orilla.  El despertar del día es una sinfonía silenciosa que inunda el corazón. Dios nos está regalando un nuevo día. La creación florece, desparramando ante mis ojos mil colores. Todos mis sentidos se abren a la experiencia estética. Dios manifiesta la belleza de su creación y yo, ante la inmensidad de tanto don, escucho la melodía de su presencia que se me hace realidad viva en el susurro de la brisa, en el vuelo de las gaviotas, en la gama multicolor que estrena la mañana. El amanecer encierra los secretos de la noche anterior, los suspiros de tantos corazones que aman, sufren, rezan y esperan.

Un nuevo día es un regalo cargado de misterio. Ante mí, veo a mi querida morera, cubierta por sus diminutas hojas tiernas, anunciando que la primavera está a punto de estallar. A las siete de la mañana ya es de día, aunque el sol siga escondido detrás de los edificios y no alcance el patio, pero su luz inunda el cielo de un azul pastel.

Vuelvo a sumergirme en el corazón de la morera, esta criatura viva que crece tras cada invierno y cuyo tronco, erguido y fuerte, desafía todos los cambios climatológicos. En otoño, las lluvias torrenciales empapan sus raíces. En invierno descansa, sin hojas, en la fría humedad del patio y bajo el pálido sol. Incluso en su letargo sigue creciendo, siempre fuerte. Este año, en que el frío ha sido muy suave, parece que ha querido adelantarse al echar sus nuevos brotes. De un día a otro, se ha cubierto de hojas y sus ramas apuntan en todas direcciones, como queriendo abrazar todo el patio con la tímida sombra de sus primeras hojas.

Rodeado de silencio, bajo el árbol, me siento como un nuevo Adán paseando por este nuevo paraíso. Soy una parte de todo lo creado, de todo lo que se me ha dado. Los mirlos empiezan a cantar y a veces puedo verlos cruzando el aire con vuelos de trapecista. Cientos de pequeños pájaros revolotean y se posan en medio del patio, como si de una fiesta se tratara. La belleza me lleva al corazón del misterio y el gozo entra por todos mis poros. ¡Un día más!

Ojalá en este día aprenda también a descubrir otra belleza: la que se oculta en cada persona, en cada acontecimiento, en cada experiencia y, sobre todo, que aprenda a descubrir la presencia que todo lo penetra y todo lo sostiene. Una presencia permanente que puedo respirar con mi aliento.

Igual que la naturaleza, también nuestra alma despierta. ¡Cuán hermoso será el amanecer de un alma! Ella es la cumbre de la creación. Creador, creación y criatura forman una trinidad que configura el misterio de todo cuanto existe.

Gracias, Señor, por tanto amor derramado hacia tu creación. Gracias por dejarme experimentar tan de cerca tu presencia. Gracias porque me siento tan mimado por tu amor infinito. Gracias por dejar que pueda saborear este amor y fusionarme contigo. Gracias.

sábado, 9 de febrero de 2019

Envejecer, ¿maldición o bendición?

Envejecer se asocia a una pérdida progresiva de la salud, lentitud en los reflejos, limitación del movimiento y disminución en la actividad cognitiva. El carácter y la personalidad se agudizan. Es decir, es el inicio de una pérdida de calidad de vida, que acabará siempre con los primeros pasos hacia la muerte. Algunos dicen que es la carrera imparable hacia una tragedia ya anunciada. Muchos consideran que la vejez es ese terrible estado en el que un día sí y otro no siempre aparecerán algunas molestias. La agonía se irá apoderando del anciano que vive abocado al sufrimiento, al dolor y en algunos casos a la desesperación. Nadie quiere llegar a la vejez, pues para mucho es un sinónimo de enfermedad, sobreviviendo a las incomodidades permanentes propias de ese estado.

El invierno de la vida


Yo me pregunto: ¿es tan así? A los jóvenes les da pánico hacerse viejos. Se dice también que es el otoño y el invierno del ciclo vital de la persona, el frío inclemente que flagela la piel y el rostro, que hace perder la textura de la vida. Al igual que en otoño caen las hojas, en la vejez todo cae: el ánimo, la piel y el tono vital de la existencia.

Nos asusta y huimos de una realidad: al anciano se le aparca, porque ya no es productivo. Socialmente, queda al margen. Para muchas familias es un peso moral con el que no saben qué hacer. La falta de afecto también es crucial, pues el no sentirse aceptado y amado agrava el profundo sentimiento de soledad. A la marginación social se añade el lento deterioro de la salud y el bienestar. Es como si cada día viera su vida deslizarse torrente abajo.

El cuerpo nos avisa


¿Podemos quedarnos en esta visión tan negativa? La manera en que vivimos la vejez responde a nuestra forma de entender la vida y a la persona. Si pasa todo esto que he descrito ¿no será que en el fondo falta una visión trascendente de la vida? Por eso la explotamos, queriendo vivirla a tope, sin calibrar que ciertas experiencias estresantes y lúdicas, cuando se es joven, están dibujando al anciano que potencialmente llevamos dentro. El frenesí y el ritmo de vida vertiginoso empiezan a dañar nuestro sistema inmune y rompen el equilibrio entre el trabajo y el descanso. Con los años aparecen pequeñas lesiones internas, limitaciones que son poco perceptibles, pero que con el tiempo cada vez se hacen más patentes. Estrés, depresión, cansancio, inicio de diferentes patologías… Queremos estirar la vida al máximo olvidando que somos frágiles, que no somos supermanes, aunque la publicidad nos invite a vivir a tope. Este ritmo de deterioro, al principio muy lento, va fraccionando la psique y debilitando el cuerpo hasta enfermar.

Nos olvidamos del cuerpo, termómetro fiel que va midiendo nuestro estado de salud física y anímica, olvidando algo esencial que forma parte de nuestro ser. El cuerpo acaba expresando patologías que tienen que ver con el sentido de la vida, el propósito vital, lo que uno cree, el valor de la persona, la convivencia, la armonía. Otras veces el deterioro nos lleva a trastornos psicológicos y mentales.

Por un lado no cuidamos el cuerpo: mala alimentación, dependencias, falta de descanso, irritabilidad. No estamos contentos con lo que hacemos y somos, no hay equilibrio, medida ni prudencia. Se come mal, vamos a mil por hora, el aspecto lúdico se convierte en evasión. Lo cierto es que la persona se va fragmentando por dentro, y esto es el anuncio de su futura decrepitud.

Centrarse en uno mismo envejece


Olvidamos que la energía que nos aguanta no sólo se agota con los malos hábitos, sino que la energía más potente, que nos permite seguir existiendo, es la fuerza que sale del alma. Un latido divino nos sostiene, pese a que podamos ir errados. Cuando nos olvidamos de nuestra configuración espiritual todo se precipita. Sólo vivimos volcados en nosotros mismos, sea cual sea, tanto la persona más sencilla que sólo vive pendiente de sí misma como la que, por sus capacidades intelectuales está volcada a su trabajo, intentando aumentar su prestigio e idolatrando su ego. Caerán igual, pese a sus capacidades intelectuales y académicas. El culto al yo intelectual es dramático cuando van apareciendo signos de envejecimiento. Se han creído inmortales, nunca pensaron que podrían retirarse ya no de sus cátedras, sino de sus egos. Les falta una visión más lúcida para saber apartarse antes y vivir de forma más serena y contemplativa. No han dejado tiempo para el silencio, para ir elaborando un proceso natural que puede evitar la tragedia de verse abocados a situaciones insostenibles, física y psíquicamente.

Tiempo para redescubrirse


Nos hemos olvidado que entre el trabajo y la responsabilidad social está el valor del silencio, del escucharnos y escuchar a los demás. Hemos idolatrado nuestra productividad y nos hemos olvidado de armonizar el tiempo y el espacio. Nos falta tiempo para el cuidado, para la ternura, para el descanso, para reaprender con humildad, para desacelerar el ritmo de la vida. Tiempo para que cante el alma. Tiempo para la amistad, para pasear, para bucear en tu misterio. Tiempo para que el corazón se reenamore, ya no desde una pasión descontrolada, sino desde la suavidad del alma. Tiempo para hablar con uno mismo, tiempo para aceptar los nuevos límites físicos. Tiempo para abrazar esa pequeña anciana que empieza a florecer. Tiempo para entender que el reto de la ancianidad no es hacer más, sino entender que no hay otoño en el corazón. Si amas, los ojos seguirán brillando. No importa la gelidez del cuerpo, porque el corazón, que es fuego, seguirá dando luz al rostro.

No. La vejez no es una maldición, es una bendición. Vivir cada día es un regalo, pero vivir amando es un doble regalo. Esto hará que la vejez se convierta en un estado de plenitud, de libertad. El tesoro escondido de toda una vida no lo tienen los jóvenes. Vivir así toda la experiencia que nos ha hecho ser quienes somos añade a la vida un nuevo plus. De aquí que un anciano se pueda convertir en un consejero extraordinario para muchos jóvenes, que buscan algo diferente en su vidas. La ancianidad no es lo mismo que un estado de enfermedad. Es verdad que los ritmos fisiológicos y la energía van tendiendo a un progresivo apagamiento. Conozco a muchos ancianos muy sanos y sobrios, porque han sabido retirarse de la palestra a su tiempo y me dicen que están viviendo la etapa más hermosa de su vida. Siempre se puede florecer. Si sabes mirar al otro con ojos de admiración, sigue habiendo belleza en su rostro cubierto de surcos, que revelan una enorme sabiduría. Hasta el último suspiro de la vida se puede vivir con intensidad cuando tienes una mano que te sostiene y te acaricia. Sólo así la vejez será una bendición y la última etapa para prepararte para el gran salto, abrazar el áncora de tu vida: Dios.

domingo, 13 de enero de 2019

Bailar sin piernas


Fue el día 6 de enero. Había hecho un día luminoso y claro. El cielo, de un color azul pastel, iba poco a poco apagándose, dejando entrever la oscuridad de la noche que se acercaba. Paseaba tranquilo por la Avenida de Gaudí hacia la basílica de la Sagrada Familia, rodeada por grupos de turistas que admiraban el edificio. Hacia el final de la Avenida escuché una música y vi a un hombre joven, de unos treinta años, moviéndose de un lado a otro en una silla de ruedas. Cuando estuve más cerca, me di cuenta de que ¡estaba bailando! Giraba, con movimientos ágiles y armónicos, abriendo los brazos y manejando la silla con energía y elegancia. Era hermoso verlo, sonriente y entregado a la danza, volteando en su silla con finura y lleno de vitalidad. Su mente volaba, como sus brazos, como su cuerpo.

En un momento dado, saltó de la silla y siguió bailando en el suelo. Entonces vi sus piernas amputadas por encima de la rodilla, moviéndose con absoluta normalidad, bajando y subiendo, con agilidad y fuerza.

Algunos transeúntes miraban, entre sorprendidos y extrañados. Otros se detenían a verlo. Yo lo admiré, impresionado, deleitándome en aquella inesperada escena. En esa tarde, que muchas personas pasan en familia disfrutando de los regalos de reyes o en una larga sobremesa, él estaba solo, en la calle, ante algunos curiosos, dejándose llevar por una melodía que salía de su corazón.

La belleza de sus movimientos me hizo ver que, aún sin piernas, se puede bailar cuando el corazón está lleno de vida, porque lo que te lleva más lejos no son los pies, sino lo que crees, lo que verdaderamente llena tu alma.

Ese día recibí varios regalos de amigos. Pero aquel joven danzarín fue el mayor regalo del día: comprender que una incapacidad no puede limitar tu vida ni tu creatividad. Sin piernas, era capaz de reír, bailar, vibrar y apasionarse. Aún sin una parte del cuerpo, todos podemos dar algo bello, todos podemos amar. Ese día vi cómo realmente el hombre es capaz de trascenderse a sí mismo e ir más allá de sus limitaciones físicas. Aquel joven no concebía su vida sentada, anclada en el victimismo emocional. Sí, estaba sentado, pero su corazón estaba en pie y corría, bailaba y asía la vida, con la misma fuerza y elegancia con que movía su silla. En realidad, se dejaba llevar por ella e intentaba comunicarnos algo hermoso a todos cuantos pasábamos por allí, parándonos a mirar.

De camino a casa, iba reflexionando. ¿Qué le pudo haber pasado para perder sus dos piernas? Era fácil caer en la compasión, “pobre chico”. Pero él nos dio una lección a los que estábamos mirando. Es un joven guerrero de la vida, no se rindió. Después de un accidente, no se contentó con sobrevivir, sino que ha querido vivir con pasión.

Nunca hay que rendirse. A veces nos paralizan el miedo, la inseguridad, los problemas, una circunstancia no esperada… Tenemos dos fuertes piernas, pero no las movemos porque nos hemos hundido en nuestras propias arenas movedizas. Si creemos que el mundo se acaba cuando nos falta algo, nuestro egoísmo interior nos va tragando hasta dejarnos inertes, sin respiración, sin fuerza.

Agradecí, esa tarde de enero, poder vivir ese momento y recibir ese regalo de vida, ese testimonio, ese arte. Con las piernas te desplazas de un sitio a otro, pero amar y vivir se hace sólo desde el corazón. Aunque perdamos algo importante: piernas, brazos… amigos, padres, cónyuge; aunque nos quedemos compungidos, no dejemos de bailar, de cantar, de soñar. Porque esa danza, esa música, pueden convertirse en un revulsivo para quienes se están rindiendo.

No sé quién era ese chico ni qué le pasó. Lo que sí sé es que ese día iluminó mi alma. Hay guerreros de la vida que luchan contra lo imposible porque tienen un sueño, y tienen madera para subir sin piernas las cumbres más altas de su existencia. Su auténtico yo florece porque sabe que aún puede dar mucho. En esa tarde pálida, cuando el sol ya se iba, el bailarín sin pies me encendió el deseo de dar lo mejor de mí.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Lágrimas de una adolescente


La noche del 24 de diciembre, vi cómo las lágrimas brotaban de los ojos de una bella adolescente. Empezábamos la celebración de la misa del Gallo, teniendo en mis manos al pequeño Jesús. Entraba en procesión hacia el interior del templo, mientras sonaba una delicada música de guitarra y una feligresa leía un texto titulado La Navidad, la grandeza de lo pequeño, en un tono sereno y profundo. La comunidad se disponía a celebrar una de las liturgias más hermosas del año: el nacimiento de Jesús. En este entorno lleno de poesía y belleza, aquella joven lloraba desconsoladamente. En una noche tan luminosa, su corazón estaba apagado y triste. En una misa festiva y alegre, esa niña, entrando en la adolescencia, lloraba amargamente. Mientras la comunidad celebraba el gran acontecimiento de la encarnación del hijo de Dios, ella estaba allí, apartada, en el último banco, sola en medio de la fiesta. Encogida y aislada, parecía ajena a todo.

¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba o no estaba allí? Por sus mejillas no paraban de deslizarse unas lágrimas vertidas como respuesta, quizás, a una mala experiencia, alguna discusión con su familia, a una ruptura con su amigo, o tal vez por motivos más existenciales. ¿Sufría por su identidad? Un adolescente, en su camino hacia la madurez, muchas veces siente una profunda soledad. ¿O tal vez era simplemente la emoción, escuchando el texto que se leía, o la alegría vibrante de la comunidad, la música y los villancicos del coro parroquial? ¿Fue la imagen tierna de aquel niño Jesús, que evoca tanta dulzura?

En los tres momentos en que la pude ver de cerca, cuando le di la paz, cuando vino a comulgar y finalmente, cuando vino a besar al niño Jesús, vi cómo las lágrimas seguían saliendo de sus negros ojos. Pero más que unos ojos tristes, vi un rostro emocionado. Me dio la paz con una mirada preciosa, muy limpia. En la comunión se acercó con una unción y una profundidad inusual en un adolescente. Y el beso al niño fue de una ternura deliciosa, casi maternal. Pero sus ojos no dejaban de llorar.

¿Era un corazón roto? Aquella joven alma, en esa noche tan especial, sentía algo que la conmovía de tal manera que no podía contener el llanto. Quizás el mundo de los adultos le hacía daño. Crecer y dejar de ser niña duele. Pero quizás en esa misteriosa noche pudo liberar tanto dolor; la noche del nacimiento de un niño que, encarnándose, asume el dolor de todos; un niño que, más tarde, hecho hombre, también lloraría ante su pueblo, por la muerte de Lázaro, y ante sus hermanas. Finalmente, Jesús lloraría lágrimas de sangre en Getsemaní ante su muerte inminente.

Jesús sabe muy bien lo que es el dolor. De pequeñito sus padres, José y María, tuvieron que huir a Egipto, ante la amenaza del rey Herodes. La Iglesia siente el dolor de todos aquellos que sufren, como María ante el frágil niño que tiene en sus manos, aunque sea el mismo Dios, débil e indefenso.
Recé por ella al final de la celebración. La busqué para despedirme y darle unas palabras de consuelo, pero no la vi. Quizás el niño de Belén la consoló y se fue más serena. Si creemos de verdad que ese niño es el hijo de Dios, él ya no sólo irradiará su luz sobre nuestros corazones, sino que enjugará todo dolor y toda lágrima, toda pena que tengamos en lo más profundo de nuestra alma.

Unas lágrimas vertidas con amor son lágrimas que sanan y curan. Quizás aquella noche la niña que comenzaba a ser adulta se sintió sana y liberada. Dios entró en su tierno corazón para quedarse.

domingo, 21 de octubre de 2018

Como animales heridos


Vivir es un reto apasionante. El ser humano no sólo existe como otros tantos seres en la naturaleza. La consciencia de nuestro yo nos hace dar un paso más allá: no somos algo, somos alguien especial e irrepetible. Ese plus de la consciencia nos hace ser personas muy diferentes, con un potencial enorme capaz de crear, amar, soñar y arriesgarnos por algo o alguien a quien queremos. Tenemos la información genética para convertirnos en auténticos héroes de nuestra existencia. Somos capaces de vivir la vida con auténtica pasión. Todo lo que nos rodea puede llegar a ser una experiencia intensa, desde la belleza de un paisaje hasta un nuevo propósito o una nueva relación. Si sabemos extraer el jugo a lo que vivimos, todo será crecimiento, aprendizaje y descubrimiento que nos llevará a un mayor gozo y alegría.

Para ello es necesario integrar la realidad cotidiana: desde fracasos, rupturas, sufrimiento hasta logros, éxitos y errores. Es decir, hemos de asumir que somos vulnerables, pero también con la capacidad de mirar muy alto, más allá de nosotros mismos. Si sabemos trascender nuestros propios límites y nuestros condicionamientos e hipotecas, llegaremos a fortalecer la esencia pura de nuestra existencia.

Tenemos dentro una capacidad racional, de autoanálisis, para no dejarnos atrapar por emociones o sentimientos que nos quitan la lucidez para actuar según lo que somos: hombres y mujeres protagonistas de nuestra historia. Sí, con límites y agujeros, pero también artífices de auténticas hazañas: llegaremos tan lejos como queramos llegar.

Tenemos un potencial sagrado capaz de convertir nuestra vida en un milagro. Estamos llamados a recrear y ajardinar el mundo, embelleciéndolo. Somos parte de una historia que va más allá de nosotros mismos. Somos fruto del amor y esa realidad espiritual y energética nos hace ser constructores de algo nuevo. Surcamos los cielos de nuestra existencia en busca de nuevas aventuras.

Heridas que destruyen


Pero ¿qué ocurre cuando nos quedamos encallados, atrapados en situaciones que ahogan ese anhelo de vivir con pasión nuestra existencia? ¿Qué ocurre cuando pasamos de la fe a la destrucción? ¿Por qué a veces pasamos de una vida plena a una vida mediocre, del amor al odio y al resentimiento, de la cordialidad a la crítica destructiva, de un sano realismo a un pesimismo enfermizo? Del coraje pasamos al miedo, de la ternura a la agresión, de la paz interior a la violencia verbal y a un enfado permanente. Y, sobre todo, dejamos de tener un propósito vital y caemos en el vacío más profundo que lentamente va desintegrando la esencia de nuestro ser. La rabia acumulada se convierte en un arma letal que nos volatiliza por dentro. Somos como animales heridos que necesitamos desgarrar y aplastar, volcanes en erupción siempre escupiendo fuego; potros salvajes pegando coces…

Un animal herido sangra hasta debilitarse, pero se nutre de la fuerza del resentimiento, que le hace mantenerse. ¡Cuánta energía desperdiciada en dañar y autodañarse!

Las personas así heridas emprenden una huida hacia adelante, hasta llegar a la pérdida de su identidad, hasta la propia locura. Como los animales heridos, son incapaces de mirar, de discernir, de rezar y reflexionar. ¿Qué hacer cuando esta actitud existencial y psicológica se convierte en una patología? ¿Qué hacer con estas personas tan heridas, tan rotas, tan descoyuntadas? ¿Quién las hirió de esta manera?

La importancia de abrirse


Todos sufrimos golpes en la vida, pero no todos reaccionamos igual. Ante una misma circunstancia dolorosa, hay quienes se hunden y hay quienes se sobreponen y salen adelante. Otros tardan más en reaccionar, o necesitan tiempo para ir asimilando la experiencia y extraer de ella una enseñanza, o más fortaleza. No hay dos personas iguales. Pero ciertas actitudes contribuyen a ahondar la herida, mientras que otras ayudan a sanarla.

Sanar a una persona herida no es fácil, porque muchas veces se cierra en sí misma y rechaza ayuda. Se resiste a cambiar y no quiere arriesgarse. Aunque pida ayuda, en realidad lo que quiere es reafirmarse en su posición y que los demás le presten atención y la escuchen. Pero no quiere salir del hoyo. Y busca mil razones para justificar su actitud y su forma de ser.

El primer paso para la sanación, creo, lo ha de dar la misma persona dañada. Es importante que vea la necesidad de abrirse a los demás —y de abrirse a Dios—. No para que se limiten a regalarle el oído, sino para que puedan ayudarla a salir de una situación que no la hace feliz y le impide crecer. La persona herida ha de tener el valor para curarse, y las curas duelen. Deberá renunciar a algunas seguridades e ideas, quizás. Deberá salir de su zona de confort, porque a veces el dolor y la oscuridad también son guaridas confortables. Si se ha instalado en la rabia o en la tristeza, necesitará coraje para salir de ellas.

Cuando una persona se abre, igual que una casa oscura y cerrada, la luz poco a poco va penetrando en su interior e iluminando todos los rincones. Quizás se asuste al ver tanto caos, tanto miedo… pero es el primer paso para sanarse y dejar que su vida cambie.

¿Qué podemos hacer?


¿Qué podemos hacer los demás? Generar ese ambiente de confianza, de acogida y de respeto, necesario para que la otra persona pueda abrirse. Quizás al principio no podremos hacer mucho; simplemente estar ahí, respetarla y amarla aunque sea a distancia. Tratarla con extrema suavidad y mucho tacto. Los que tratan animales heridos saben cuánto cuesta acercarse a ellos, y cuánta delicadeza hace falta para que recuperen la confianza. También hace falta paciencia y tiempo.

Y lo que siempre podemos hacer por estas personas heridas es rezar. La oración es mucho más eficaz de lo que creemos. Quizás no veamos resultados inmediatos, pero si aquella persona ocupa un lugar en nuestro corazón, ofrezcámosla a Dios. Pidamos al Padre amoroso que cuide de ella, que la proteja. Santa Mónica nunca se cansó de rezar por su hijo, que andaba perdido entre filosofías y vanidades intelectuales… Finalmente Agustín se convirtió al cristianismo, ¡y qué gran cristiano fue!

Cuando estemos ante una persona iracunda, enfadada existencialmente, amargada o conflictiva, mirémosla con ternura y comprensión. Mirémosla con ojos de Dios, como una madre. Quizás descubramos las claves de su enojo o de su postura. Y podremos atisbar cómo tratarla para ayudarla, si está en nuestras manos. También hemos de ser humildes y aceptar que no siempre podremos ayudar. Cada alma encierra misterios enormes, que sólo conoce Dios, y hemos de respetarlos. Pero, como decía san Juan de la Cruz, hay un remedio que pocas veces falla: «Donde falte amor, por amor… y sacarás amor». Amar, y saber cómo amar, es la mejor terapia.