domingo, 11 de julio de 2021

Maestra de la sencillez


Sí, así era Juanita, una mujer sabia que supo lidiar con la viudez y con una enfermedad oncológica que le llevó a plantearse toda su vida. Mujer de aspecto sencillo, con ojos muy vivos, tuvo que iniciar una nueva etapa cuando, enferma y desahuciada, se retiró a un pueblecito cerca de Barcelona, en el campo, para pasar sus últimos días. Tenía cuarenta y dos años y le habían dado pocas semanas de vida.

Pero allí, lejos de todos y de todo, en contacto con la naturaleza, como una ermitaña, empezó su curación. Un día cayó en sus manos un libro de salud natural. Los tratamientos farmacológicos no le habían servido y veía su muerte inminente, de manera que no perdía nada si probaba a seguir las indicaciones de aquel libro. Cambió de dieta, ordenó sus horarios, caminó por el campo, respiró hondo y comenzó a encontrarse bien, consigo misma y con su cuerpo. De manera rápida y sorprendente, al cabo de un mes regresó del campo y volvió a su casa enteramente sana y pletórica de energía. Ya no necesitaba más una mujer que le hiciera la limpieza, y se incorporó a su trabajo, junto con su marido, llevando un bar. Cuando volvió a ver a sus médicos fue para despedirse. No tenía rastro de enfermedad. La paciente que habían dado por perdida estaba sana.

Su tenacidad y su fuerza de voluntad la llevaron a vencer el cáncer. El tiempo que pasó en el campo fue crucial para dar un reenfoque a su vida. Desde entonces, el cuidado de la salud fue primordial para ella. De enferma pasó a ser una amante de la vida. Las personas que la conocían comenzaron a preguntarle, y así es como Juanita, sin pretenderlo, se convirtió en una gran consejera para muchos. Carecía de títulos académicos y formación médica, pero se instruyó cuanto pudo en aquello que le preocupaba, y el mejor aval fue su propia vida: Juanita vivía lo que predicaba, y era un ejemplo de persona sana y equilibrada. Ella insistía en la importancia de armonizar cuerpo, mente y alma. Aconsejaba desde la sencillez y desde su propia experiencia a quienes le pedían ayuda. Mantenía sus principios, muy sólidos y exigentes en su planteo de medicina natural, pero al mismo tiempo era delicada y atenta con los demás: sabía animar, estimular y acompañar a las personas que le pedían consejo.

Su deseo de estar bien y ser útil, sin causar molestias a nadie, fue el motor de su voluntad y lo que le permitió mantener sus hábitos sanos hasta edad muy avanzada. Se convirtió en una anciana sabia, que supo sacar de la enfermedad la gran lección de su vida.

Vivía de forma muy sobria, cuidando su alimentación y sus emociones, y con un propósito vital que había descubierto tras su enfermedad: ayudar y cuidar a los demás. En su longeva vida contribuyó a mejorar la salud de muchas personas.

Cuando sufrí mi lesión ocular me ayudó mucho con sus pautas dietéticas. Yo había sufrido una hemorragia en la retina a causa de la hipertensión y el colesterol elevado. Ella, con delicada exigencia, me dio una serie de consejos y recomendaciones y así logramos mejorar sustancialmente mi patología ocular y, de paso, mi salud en general. Fue asombroso lo que llegué a mejorar, y hasta mi oftalmólogo, hoy, se sorprende de la evolución que he tenido.

Juanita se convirtió en mi consejera durante el proceso de recuperación de mis ojos. Le estaré eternamente agradecido por su dedicación e interés. Sin dejar las visitas a los facultativos y los tratamientos a los que me he sometido, su intervención fue el complemento más eficaz a la terapia.

Falleció el 7 de julio a las 12 del mediodía. Tenía 92 años, le habían dado cinco semanas de vida y sobrevivió cincuenta años más. Cuando su hijo Jordi me lo comunicó, me entristeció saberlo, pues para mí ha sido una auténtica perla que se cruzó en mi camino.

...

Juanita cautivaba por su sencillez y discreción. Mujer menuda y ágil, con su mirada despierta traslucía el tesoro que llevaba en su interior. Siendo una mujer muy humilde, acumuló gran sabiduría y la supo compartir. Para mí, era la gran doctora de lo pequeño. Su lenguaje amable ya era terapéutico en sí. Cuando la conocí no me dejó indiferente. En seguida conectamos, y creció un profundo aprecio entre nosotros. Tras quedar viuda, vivió sola muchos años; sabía estar con gente y en soledad. Todo cuanto tuviera relación con la salud le interesaba. No imponía sus conocimientos a nadie, pero sí los ofrecía, porque conocía la importancia de cuidarse. Tenía una frase que repetía a menudo, uno de sus principios: la sangre ha de estar siempre limpia y oxigenada, porque es la clave de la salud. Daba mucha importancia al sistema vascular y al buen estado de venas, arterias y capilares, pues por ellos corre el fluido vital que alimenta todas las células del organismo. Una sangre limpia de grasas y de toxinas es crucial para la salud. La sangre contaminada genera mucha inflamación en el cuerpo, produciendo enfermedades crónicas. Y ¿qué contamina la sangre? Sobre todo, una mala alimentación, causa y origen de muchos problemas de autoinmunidad y deterioro.

Autodidacta, devoraba libros sobre salud y medicina natural, y tuvo muchos amigos médicos y terapeutas. Su experiencia vital y su formación la convirtieron en una referente para muchas personas de su entorno. Tiene en su haber la recuperación de la salud de unas cuantas. Yo soy testigo y prueba de esta verdad. En un momento decisivo de mi vida, en que me jugaba la salud de mis ojos, ella fue clave en mi recuperación.

Otra cosa que solía comentar es que en cada uno de nosotros hay un médico, y que la curación se tiene que dar en complicidad entre pacientes y médicos. Si se da esta complicidad, la gente podrá mejorar mucho. Acoger puede ser más potente que un fármaco o una terapia. La dimensión anímica juega un papel fundamental, que trasciende lo puramente químico como tratamiento exclusivo.

Para ella, la buena alimentación, la buena higiene y unas buenas relaciones sociales eran los pilares de la salud.

Hay un ejército de gente sencilla que sabe mejorar el mundo y que, aparte de la clase médica con sus avances científicos, puede aportar una experiencia profundamente sanadora.

Tu salud está en ti, decía ella. Eres el dueño de tu vida. Lo que tú decidas es fundamental. El médico puede ser un gran aliado, pero la elección está en tus manos. Tú eliges vivir o morir.

Son frases hermosas que tengo muy presentes. Juanita me recuerda que una persona coherente y despierta puede hacer más que un médico apalancado que sólo busca su ganancia.

Vivir es el gran don que tenemos que cuidar, si queremos que nuestra vida tenga sentido.

Gracias, Juanita, por tus torrentes de sabiduría. Desde la sencillez de tu corazón, ¡cuánto bien hiciste a tantos!

domingo, 4 de julio de 2021

El valor sagrado de la palabra


No cabe duda de que las palabras forman parte esencial de la comunicación humana. El lenguaje es un salto cuántico en la evolución. Sin esta herramienta, su capacidad de expresión hubiera quedado muy limitada. La capacidad de articular un discurso coherente es propia del Homo sapiens, inherente a nuestra forma concreta de ser. La creación de un discurso abstracto es lo que nos separa del resto de homínidos y nos hace tan singulares.

Un salto evolutivo

El hombre es un ser animal y racional, consciente de su realidad y que se pregunta, se cuestiona, piensa. Es un hombre filosófico. Un aparato fonador le permite conectar el área de comunicación del cerebro con el área que construye pensamientos, y estas con el complejo sistema de cuerdas vocales, que emiten sonidos y voz. Así nace la arquitectura de la palabra. Sin palabras nunca hubiéramos podido ir tan lejos en nuestra evolución.

Pero, más allá de su aspecto funcional, la palabra tiene una relevancia en nuestra vida social, cultural y psicológica. La palabra es potente y tiene una fuerza arrebatadora: con ella podemos construir o destruir, podemos enseñar o engañar. De ahí su enorme importancia. Gracias a ella generamos complicidad y tiramos adelante proyectos. La comunicación es la base de toda relación humana.

Las palabras de los demás nos estimulan, ensanchando nuestro horizonte intelectual. Con las palabras podemos educar, dialogar, componer poesía, filosofar.

El lenguaje es una disciplina que se aplica en diferentes sectores. Una amplia gama de expertos lo utilizan en su proyección social y profesional: periodistas, escritores, literatos, filósofos, maestros, sacerdotes, políticos… Cada uno de estos sectores revela el grado de importancia de la comunicación y el dominio del lenguaje.

Un arma de doble filo

Pero, valorando este plus del que carecen los animales, hay que saber que la palabra es un arma de doble filo. Se puede utilizar para comunicar o informar, pero también para mentir y desinformar. Se puede hacer un uso frívolo del lenguaje y se puede manipular a las personas a nivel moral y psicológico. Es entonces cuando algo tan sagrado como la comunicación se puede convertir en propaganda al servicio de una ideología, apartándose de todo límite ético y del rigor de la verdad y de los hechos. Hoy podemos afirmar que el periodismo está totalmente sesgado, se aparta muchas veces de la realidad y se convierte en correa de transmisión de las ideas de uno u otro partido político.

Quisiera detenerme en otro aspecto, que es el uso literario y poético del lenguaje. Muchos lo utilizan para anestesiar la conciencia y generar emociones y adhesión. Con el lenguaje se construyen realidades que pueden impactar en el interlocutor. Hay toda una ciencia del lenguaje enfocada no tanto a comunicar la verdad, sino a desarrollar técnicas psicológicas que destruyen la capacidad racional del oyente, para conseguir prosélitos de alguna causa. Con el lenguaje se levantan construcciones etéreas, muy bien elaboradas, que van narcotizando al que escucha sin darle margen para reaccionar. Se emplea un lenguaje que apela directamente a las emociones, eligiendo palabras bonitas y expresiones que tocan el corazón. Pero, detrás de estas palabras bellas se esconde a menudo un terrible afán de poder y de control, así como el deseo de labrarse una imagen externa que caiga bien a los demás. La aparente amabilidad y el discurso buenista son dos instrumentos del lenguaje que generan adhesión fácilmente, pero ¡cuánto daño hacen cuando se le quita el sentido auténtico a la palabra para darle una finalidad contraria! Se abusa del receptor, se abusa del poder, se da una prostitución de la palabra cuando está encaminada a seducir en vez de ayudar, haciendo caer a los demás ante su encanto manipulador. Aquí es donde la palabra sufre el peor atentado: vaciarse de su significado y convertirse en un arma peligrosa que genera admiración y sumisión.

Como persona a quien le gusta escribir, y por mi vocación, estoy constantemente utilizando la palabra. Me duele en el alma que se la manche, se la utilice para engañar y se la pisotee. Emplear la poesía para mentir es como el beso de la traición. Cada vez que mal utilizamos las palabras las estamos matando; les estamos quitando el alma. De un corazón malévolo y sucio salen palabras que lo destruyen todo: la literatura al servicio del mal.

Pero hay personas que son ambiguas, que parecen una cosa y son otra. Estos son los que utilizan las más bellas palabras, para esconder la fealdad de su oscuro corazón.

Rescatar la palabra auténtica

Rescatemos el valor sagrado de la palabra para darle el lugar que le corresponde. Las palabras, o dan vida, o son ruidos vacíos.

Las palabras siempre han de apuntar hacia la verdad, o se reducirán a sonidos huecos, llenos de mentira.

¿Cómo recuperar las palabras del secuestro de la ambigüedad? 

Apelando a la coherencia, cuando coincide lo que se dice y lo que se hace, sin ningún tipo de fisura, es cuando queda de manifiesto la autenticidad de un ejemplo de vida llevado hasta las últimas consecuencias. Sólo de una palabra reflexionada, madurada, que se ha macerado con la nobleza del corazón, será cuando los hechos serán fruto de unas profundas convicciones y no habrá ningún tipo de bipolaridad entre las palabras y las acciones. Los dos aspectos, unidos, harán posible una comunicación sincera y fluida, honrada, porque ya ha pasado por el filtro ético, que sana las intenciones ocultas.

Preservar siempre la verdad. En clave cristiana, «la verdad nos hará libres», dice san Juan en su evangelio. La palabra tiene un carácter divino, ella revela el misterio profundo de Dios, que se nos comunica a través de las palabras de Jesús. La capacidad de hablar, de comunicar y transmitir, está en el centro de la teología cristiana. Por tanto, toda palabra es sagrada. Hablar ya no sólo es un rasgo evolutivo de la humanidad, es también un misterio que revela una parte sustancial de Dios. Él es pura comunicación.

Foto: George Milton, Pexels.com.

domingo, 27 de junio de 2021

50 años de un sí


24 de junio de 2021

Hoy celebramos el aniversario de un sí firme y sólido, que se dieron Manuel y Pilar con una profunda convicción. La historia que iniciaban juntos atravesaría toda clase de mares, las dificultades propias del ser humano. Pero empezaron con la fortaleza de unos principios y valores que con el tiempo se fueron cohesionando cada vez más, hasta llegar a ese grado de madurez donde la complicidad intelectual y la emocional han ido dando forma a una relación apasionante, que llena de sentido sus vidas.

Como académicos, han ido más allá de las aspiraciones propias de cualquier matrimonio. Sus vidas han seguido un ritmo trepidante. Su amor al saber, al conocimiento y, en especial, a la psicología humanista, les ha llevado a una intensa dedicación profesional. Al ser compartida, no ha restado intensidad a su amor, al contrario. Han llevado una vida creativa, llena de sorpresas y encuentros, intentando actuar en coherencia con sus principios y con aquello que enseñaban.

Pilar

Pilar sigue teniendo el corazón de una jovencita inquieta, que no se dejaba de preguntar, admirar e interesar por todo: nada la deja indiferente, ama la vida y le gusta disfrutarla con sus amigos y con la familia. Como santa Teresa, siente regocijo en el alma y gusta de todo aquello que la hace vibrar, sentir, amar. 50 años después, Pilar sigue con ese deseo de abrirse como una flor, empapándose de belleza. He visto fotografías de su juventud y veo que sus ojos y su mirada son los mismos: penetran la realidad, para sacarle el máximo jugo a la vida. El deseo de Pilar por aprender ha ido madurando con la serenidad de alguien que extrae una gran lección de todo. Su gran maestro y referente, Wukmir, la hizo ahondar en las cuestiones vitales del ser, alrededor de la gran pregunta: ¿quién soy yo?

Ella ha profundizado en ese misterio que configura el ser humano, mente, cuerpo y alma, y toda su proyección social. Hoy, 50 años más tarde, Pilar ha entrado en esa fase de hacerse consciente de sus propios límites, asumiendo con madurez que, en la gran academia de la vida, la sabiduría acumulada la puede convertir en consejera propia y de otros. Cuando la escucho hablar, percibo un torrente de experiencia vivida con intensidad.

Manuel

Manuel, hombre de mirada profunda, recio y sólido en su pensamiento, tras su aparente gravedad se muestra exquisito y amable en el trato. Luchador nato, perspicaz y agudo, sabe dar a diana con sus palabras tan acertadas y densas. Sabe tocar a fondo en lo nuclear de la existencia. La vida le ha puesto ante retos difíciles y situaciones límite, con su salud; pero él, como un gimnasta o un corredor, que lo fue en sus años mozos, siempre ha demostrado su empeño y ahínco por no rendirse. Ha sido un auténtico campeón y ha subido al podio de la victoria en su contienda por vivir y superar la enfermedad, como lo explica en su último libro, Una vida en tres tiempos. Una lectura ejemplar y recomendable, pues es la historia de un hombre que ha sabido sortear como un surfista las grandes olas de su existencia.

Hoy

Hoy Manuel y Pilar vuelven a decirse sí, con un bagaje de ricas experiencias pasadas por el corazón. Hoy, curtidos en este devenir histórico hacia la madurez, vuelven como dos jóvenes ilusionados a reafirmar el sí a un proyecto de vida que iniciaron hace 50 años. Siguen amándose, quieren eternizar ese primer encuentro que los llevó a un compromiso definitivo: unir sus vidas. Hoy quieren volver a mirarse con el deseo de seguir esta aventura, unidos por el amor, la familia, la ciencia, la verdad, el conocimiento y la belleza. Se atreven a seguir dando zancadas hacia el verdadero núcleo de su amor: crecer, expandirse, atisbar un nuevo horizonte luminoso e ir descubriendo con más intensidad la presencia silenciosa de Dios, que sopla como una delicada brisa en sus vidas.

Manuel y Pilar son personas con profundas convicciones religiosas que han sabido dar una dimensión trascendente a su búsqueda de la verdad. Más allá de las ciencias, su vida tampoco se entendería sin una fe recia que ha marcado todo su discurso.

Manuel y Pilar, me alegro de formar parte de vuestra constelación de amigos. Hoy, en esta celebración de vuestro 50 aniversario, quiero daros las gracias por seguir haciendo el bien a tantas personas.

¡Felicidades!

domingo, 30 de mayo de 2021

Un abrazo bajo las acacias


Es domingo. El cielo es gris y el ambiente fresco, pese a estar en mayo, mes en que suele lucir el sol. Estamos acabando una primavera casi bipolar: con tiempo inestable, alternando nubes y sol con fuertes rachas de viento y algunos días casi fríos.

Pienso en tantos indigentes que viven en las periferias de su existencia, solos y descartados, aquejados de una fuerte inestabilidad emocional, tan variable como el clima. Aún y así, sobreviven en medio de la incerteza, porque la vida, aunque con carencias, se abre camino como sea. El impulso vital es tan fuerte que reclama el derecho a vivir con dignidad.

En otra reflexión, recordaba a un indigente llamado Constantin, que tras los barrotes de la puerta metálica reclamaba a gritos acogida y atención. Él y yo, frente a frente, él con expresión angustiada. Lo titulé «El emperador caído», porque después de nuestro encuentro, él se dejó caer en el suelo y yació mucho tiempo allí, hasta que la noche lo engulló en sus profundidades y se durmió, en soledad. El sueño siempre es una dulce anestesia para tanto sufrimiento acumulado, pero la humedad y la inseguridad de la calle le harían despertar de nuevo, al amanecer quizás, para volver a la cruda realidad de su vida. Soledad, marginación, hambre.

Hoy ha vuelto, y lo he visto sobrio, relajado y bien vestido, con una mirada serena y limpia. ¿Qué ha ocurrido? Recio y fuerte, con tono muy amable, se me acerca y me dice: Tengo hambre, con voz casi susurrante, mostrándome sus manos, anchas y fuertes, donde veo algunas monedas de céntimos. Esta vez no hay gritos ni desesperación. Lo veo en calma y espera con humildad que pueda darle alguna ayuda para saciar su estómago vacío. Se la doy.

De golpe, de manera espontánea, el corpulento Constantin abre sus largas extremidades y me abraza durante unos segundos interminables. Con toda su fuerza, como agradeciendo mi apoyo. Si para él es una forma de gratitud, para mí ayudarle es un deber moral. Yo quizás no necesito su abrazo en ese momento, pero él sí necesita el alimento de una respuesta cálida y acogedora. También tiene hambre de dulzura.

La pobreza es cosa de todos

Siempre he tenido una fuerte sensibilidad hacia los más vulnerables, que reclaman su derecho a vivir, interpelando a nuestra generosidad. Nunca me ha gustado juzgar a ningún indigente. Desconocemos su historia, la realidad que los ha llevado a esa situación, quizás sin quererlo. No tenemos derecho a emitir ningún juicio sin saber el motivo de por qué se encuentran viviendo así esos momentos de su vida. cuando alguien pasa por estas terribles circunstancias y te pide ayuda, no es un número, ni un dato estadístico. Tampoco sirve pensar que ya hay instituciones que se ocupan de personas como él. Siendo verdad esto, hay que reconocer que no siempre se llegan a cubrir todas las necesidades de estos grupos excluidos socialmente. No hemos de caer en la trampa de la desidia y pensar que esto sólo se arregla con organizaciones sociales o con una intervención del gobierno. El drama de la pobreza es una cuestión que nos toca a todos, a las familias, a las instituciones educativas y a cada uno de nosotros, como persona.

Hay días y franjas horarias en que los albergues no pueden llegar a acoger a todos. Es aquí cuando un corazón generoso puede atender, acoger y responder a la demanda de alguien que no tiene nada, ni siquiera cuatro paredes para su intimidad y su descanso.

No podemos mirar hacia otro lado. Su indigencia no les quita el vestido de su dignidad humana, pese a que socialmente se vean solos y sin nada, ni siquiera el calor de unas manos que les abracen. Hay una desnudez que va más allá de la ropa: es la terrible desnudez de estar siempre en la intemperie, recibiendo el azote de la indiferencia. Siempre hay que ayudar a los demás, siempre que podamos y tengamos la posibilidad.

El abrazo de Constantin, bajo las acacias del patio parroquial, ha sido para mí una gran lección. Ellos, los pobres, me enseñan que no sólo hay que dar lo que tienes, sino lo que eres. Aprender a dar algo de nosotros va más allá de lo material. Lo mejor que podemos hacer con un indigente es conseguir que, poco a poco, vaya recuperando su dignidad y su confianza. Esto sólo se puede hacer abrazando a la persona y la historia que hay detrás de su indigencia.

domingo, 23 de mayo de 2021

Vivir de la mentira


La mentira, cada vez más, forma parte de nuestra realidad cotidiana. En un mundo tan convulso, donde se constatan intereses ocultos e inconfesables, la mentira se utiliza indiscriminadamente como arma para tergiversar la verdad.

Lo peor es que socialmente está cada vez más aceptada y asumida, se da como algo normal e incluso se justifica para sobrevivir, dejando a un lado toda referencia ética y sin que importen las consecuencias nocivas que pueda provocar.

La lucha por tener recursos, controlar y crecer, social y económicamente, no da derecho a nadie para escalar posiciones sin tener en cuenta la honestidad y la verdad. No todo vale: hay unas líneas rojas que no se pueden pisar. Cuando la persona actúa ignorando estos límites, utiliza la mentira como herramienta para conseguir lo que quiere. Está contribuyendo a una sociedad cada vez más enferma y donde, al final, lo único que vale es triunfar y conseguir lo que quieras. Lo grave es que el recurso de la mentira forma parte de muchas relaciones humanas cuando no hay transparencia en la comunicación. Hay mentiras en las familias, entre amigos, en el ámbito laboral, en los medios de comunicación, en la vida social y política. Mentir es parte de la estrategia de la casta política para conseguir sus fines, poder y dinero. También en las instituciones y en las empresas se dan acaloradas luchas internas para no perder influencia ni poder.

Estamos en una sociedad donde mentir es casi como respirar. Es terrible vivir así, pues, cuando unos se mienten a otros, nace la desconfianza y se rompen las relaciones. Pero muchas personas prefieren vivir ocultando la verdad ante el pavor de revelar su propia identidad. Otras quieren medrar como sea, obsesionadas por una voraz bulimia consumista. Su avaricia llega a ser tan incontrolada que arrasan con todo a su paso, diezmando los valores de una cultura como la nuestra, donde la verdad, la bondad y la belleza han sido los ejes de nuestro crecimiento moral y social.

Estamos ante un declive de los valores esenciales que han permeado nuestra cultura occidental cristiana. Si seguimos así, huérfanos de estos grandes valores, la sociedad se irá desintegrando y perderá sus referencias básicas. Acabaremos perdiendo nuestra identidad como personas.

¿Por qué se miente?

Me pregunto, desde un punto de vista psicológico y moral: ¿qué explicación tiene este deterioro tan importante? ¿Por qué se pierde el amor a la verdad? La verdad ha dejado de ser un valor fundamental que forma parte de nuestra realidad intrínseca. El hombre no se entiende sin ese vínculo con la verdad. De no ser así, se irá destruyendo lentamente hasta perderse en el absurdo.

El amor a la verdad sostiene nuestro entramado social. Sin la verdad, vamos a la deriva y estamos perdidos. Basta detenerse en la lectura de la prensa, en los medios de comunicación, las redes sociales, las series televisivas, las películas… Repaso las noticias del mundo y me doy cuenta en la base de los conflictos está la mentira. Como el peor de los misiles, destruye la verdad con ráfagas permanentes. No hacen lo que dicen. Ocultan la realidad con medias verdades o con mentiras descaradas. Hacen correr bulos para desviar la atención y tapar la luz de la verdad. La mentira anestesia y la verdad despierta. Pero, evidentemente, es más exigente y nos coloca ante las cuestiones más fundamentales: la autenticidad de nuestra vida y de nuestros valores.

Me pregunto reiteradamente: ¿por qué se miente? ¿Por qué se distorsiona la realidad? Detrás de una mentira puede haber miedo, pánico a no ser capaz de conseguir lo que uno desea por sus propios medios, sin hacer trampa. Puede haber falta de valentía, inseguridad y poca fe en las capacidades propias. También puede haber una falta de honradez, un desear tomar atajos, conseguir resultados rápidos, saltándose los pasos necesarios.

Pero, aparte del miedo o la avidez de ganancias rápidas, ¿dónde está la raíz más profunda de la mentira? ¿Qué mecanismo se esconde detrás? ¿Por qué la verdad asusta?

Hemos normalizado la mentira incorporándola a la vida cotidiana, casi sin darnos cuenta. ¿De qué tenemos miedo? Nos da miedo, quizás, ser nosotros mismos, con nuestras imperfecciones o nuestro pasado, que no nos gusta, y queremos ocultar lo que somos porque creemos que no les agradará a los demás y tememos el rechazo. Hemos crecido viendo mentir a la sociedad, incluso quizás en nuestros hogares. Por un exagerado afán de protección, se tapa la realidad que no gusta. Hay quienes quizás tienen una tendencia compulsiva a mentir, que ya no dominan.

En esta carrera imparable donde competir no tiene límites éticos, y donde todo vale para llegar a la meta, utilizando cualquier artimaña para desbancar al otro, la mentira es un instrumento de poder. Quienes la utilizan no reparan en las consecuencias. La mentira es el gran autoengaño, que aleja de la propia dignidad y provoca daños irreparables en los demás. Cuando la frontera entre la irrealidad y la verdad, entre la bondad y la maldad, entre el amor y el odio, se diluye, desaparece la confianza.

La mentira va autodestruyendo a la persona, vaciándola de toda referencia moral. Decir lo que no se piensa y ser lo que no se es significa vivir constantemente fuera de uno mismo, porque se está renunciando a la propia identidad. La verdad forma parte de nuestro yo más profundo. Vivir en un montaje ficticio acaba rompiendo nuestra esencia.

Antídotos para luchar contra la mentira

Renuncia a ser lo que no eres.

No quieras ser más que los demás.

Acepta a los otros como son.

Acepta tu propia realidad.

Aprende a dar valor a lo que eres.

Renuncia a la competitividad social e intelectual.

Pero aléjate de la mediocridad y abraza la verdad como un valor absoluto.

Te darás cuenta de que todo lo que no sea verdad es pirotecnia mental y psicológica.

Alégrate de los talentos de los demás, y no sólo eso, sino poténcialos.

Conócete en profundidad, cada vez un poco más, para sacar lo mejor de ti.

Todos tenemos algo bueno que compartir: desde la cooperación y no desde el combate.

Asume los errores e incorpóralos como parte de tu crecimiento.

Mantén tu integridad como persona, sin sofisticación.

Vive de manera humilde, serena y gozosa.

Aquí está la clave: sólo podrás construir una vida sólida cuando ames y te entregues a los demás. Esta es la verdad fundamental que nos sostiene.

domingo, 16 de mayo de 2021

Liberar el alma


Tener la oportunidad de hablar y escuchar a tantas personas me permite conocer en profundidad al ser humano y conectar con aquellos que expresan su sentir más hondo, tanto cuando se sienten invencibles y han sido capaces de superar enormes dificultades como cuando perciben la derrota de una lucha que los ha llevado al límite de sus fuerzas. Hablando con los demás he llegado a tocar la fragilidad, la inseguridad, el miedo, el sentir que se va a la deriva.

En ese momento soy testigo de la vulnerabilidad que fragmenta todo el ser; es una experiencia que sobrecoge y hace surgir un torrente de preguntas en mi mente.

¿Qué es lo que lleva a tantas personas a situaciones límite? ¿Por qué unas las superan, saliendo airosas de ese combate? ¿Por qué otras viven rendidas ante la realidad, arrastrándose en la desesperación y la agonía, con su capacidad de razonar anulada? ¿Por qué unos pueden y otros no? ¿Qué explicación hay en esas brechas?

¿Por qué unos sí y otros no?

Hay quienes perciben las experiencias como un gran aprendizaje, incorporando a su vida nuevos retos y venciendo la inercia, el miedo y la desorientación. Pero hay quienes, quizás por el resentimiento acumulado que les impide discernir con lucidez, quedan atrapados en su burbuja interior. No hay manera de que levanten cabeza, y su debilidad creciente los lleva a una peligrosa autocontemplación. Evitan hacer frente al gran deseo, a sus cuestiones existenciales más hondas.

Da vértigo enfrentarse con uno mismo. Podemos tener una capacidad para definir con agudeza lo que les pasa a los demás, convirtiéndonos en cirujanos del comportamiento ajeno. Pero somos incapaces de saber qué ocurre dentro de nosotros. Racionalizamos e investigamos sobre el cosmos y la inmensidad del universo, y no somos capaces de profundizar en el microcosmos de nuestro corazón.

Huimos por miedo de esas tormentas que arrecian en nuestro interior, pero acabamos naufragando en un mar de contradicciones, hasta perder el rumbo y dar vueltas por un laberinto, sin saber cómo salir.

¿De qué depende deslizarse como un surfista sobre la ola o ser tragado por ella?

Conocemos los entresijos de nuestra realidad, de los demás, del mundo. Todos venimos preparados para ganar batallas. Quizás el problema no sean las armas con las que podemos luchar, sino la ignorancia y la falta de propósito.

Conocerse

¿Sé quién soy? ¿Conozco el potencial que hay en mí? ¿He medido mi fuerza para saber si puedo mantener un equilibrio entre las fuerzas de adentro y las de afuera? ¿Y si el problema es que todavía no he descubierto el gran arsenal que poseo dentro, ese coraje desconocido que me ayudará a sortear las flechas enemigas y las propias?

Afírmate con toda rotundidad. Trabaja la voluntad, el entendimiento, el conocimiento. Aprende hasta dónde puedes flexionar tu arco para dar a diana en aquellas cuestiones que te inquietan. Apunta al núcleo de tu existencia.

A la hora de lanzar, es importante tener un buen arco y una buena flecha, pero más aún lo es la precisión, y más aún tener un buen blanco. Tener un propósito vital ayuda a sacar fuerzas y puntería para conseguir aquello que más anhela nuestro corazón. Saber quién eres, qué quieres, y tener en cuenta lo que necesitas te ayudará a conseguir la meta.

Pero cuando yo no sé quién soy, ni lo que quiero, y carezco de las herramientas para llevarlo a cabo, entraré en una fase de victimismo. Tendré motivos para quejarme de todo o de todos. Encontraré excusas de todo tipo para caer en la trampa de ser lo que no soy y terminar haciendo lo que no me gusta, distanciándome de mi propósito vital.

Y cuidado, porque muchas personas se esconden detrás de aquello que socialmente les sale rentable, porque con esto quedan bien y guardan a salvo su imagen. Temen revelarse tal como son y no soportan sentirse frágiles ante los demás, descubriendo su auténtico rostro y enfrentándose a su indigencia existencial.

Pero todos hemos de llegar a tocar fondo: cuando se es consciente de llegar al núcleo de la vida, es cuando hay que tener las agallas y la valentía suficiente para reiniciarse y renunciar al viejo paradigma de los miedos, las excusas, las justificaciones y los resentimientos. Hay que librarse del peso del pasado, de las mentiras y de echar culpas a otros por nuestra situación.

Creo que todos tenemos la capacidad innata de autoregenerarnos. Sólo se trata de querer, pedir ayuda y convencerse de que podemos salir adelante, siendo señores de nuestra vida y de nuestra historia.

Una vez llegamos aquí, no podemos imaginar el enorme potencial de bondad creativa que hay en el corazón humano. ¡Nos sorprenderemos a nosotros mismos! Entonces descubriremos que darse a los demás da sentido pleno a la vida y nos acerca a aquello que todos queremos y necesitamos: ser felices y contagiar felicidad.

Salir de este sendero es perder la brújula interior que todos llevamos dentro y que apunta hacia nuestra plenitud humana. Estar instalado en el pasado, quejándose del presente y temiendo el futuro es la aniquilación de la realidad. Hay que despertar de este letargo del pasado que se come el presente y el futuro. Valentía para ser, dar y amar: esta es la auténtica clave.

domingo, 4 de abril de 2021

El emperador caído


Se llama Constantin. Es alto, fuerte, rubio y de voz potente. Años atrás, era vegetariano y deportista. Ha viajado por muchos países, domina varios idiomas y conoce bien las sagradas escrituras. Vive en la calle... y viene a buscar su bocadillo cada mediodía, cuando los voluntarios reparten los pícnics a la puerta de la parroquia.

Estos días he tenido la ocasión de hablar con él. Desde que se decretó el estado de alarma, en la parroquia nos propusimos seguir dando alimentos a aquellos que habitualmente venían al comedor social, considerando que era esencial atender a estas personas sintecho que carecen de hogar y sobreviven como pueden en la calle. La caridad nunca se puede ir de vacaciones y ninguna realidad compleja, como esta de la pandemia, puede bloquear un servicio tan básico como dar comida a los pobres de nuestro entorno. Esto forma parte de lo nuclear del cristianismo: ejercer las obras de misericordia.

En contra del mensaje de Jesús, la sociedad tacha a estos indigentes de lacra social, marginándolos como a los nuevos leprosos. Se los rehúye, por temor a que generen problemas por su falta de higiene y sus cambios bruscos de humor, o incluso que puedan transmitir alguna enfermedad. A veces pienso que, si san Francisco hubiera tenido una excesiva prudencia, jamás hubiera besado al leproso ni le hubiera devuelto su dignidad como ser humano.

Jesús sanó a unos cuantos leprosos, que iban tocando la campanilla para anunciar su impureza ante las gentes. Para Jesús, ninguna enfermedad, ninguna situación cuestionable moralmente, era un obstáculo. La dignidad de la persona estaba por encima de todo; también la dignidad de un pecador. Por muchas barbaridades que hubiera cometido, era igualmente un hijo de Dios. Los pobres, los pecadores y los marginados estaban en el centro de su misión rescatadora. Por eso yo no querría que, con la pandemia, nuestro corazón dejase de latir al mismo ritmo que el suyo. Nuestra vocación evangelizadora pasa por la atención hacia los más pobres, los alejados, los enfermos de toda clase. La caridad está en el centro de la vida de Jesús y nosotros, como seguidores suyos, hemos de imitar y expandir su caridad. Más allá de nuestros prejuicios o de nuestras concepciones morales, hemos de brindar unas manos acogedoras y una mirada compasiva hacia aquellos que lo han perdido todo. Dar una ración de comida puede parecer poco, pero para ellos es la única comida digna que hacen al día, y quizás la única oportunidad de sentirse, aunque sea sólo un rato, queridos y apreciados.

Para nosotros, es una oportunidad de ser fieles al mandato de Jesús. Podemos ayudar a recuperar la dignidad de esos rostros invisibles ante muchos, que también merecen dulzura balsámica para sus corazones rotos. Cuando superamos el temor hacia el desconocido y nos acercamos a él, nos damos cuenta de que en esa persona herida hay alguien que se pregunta por su situación, por qué está dónde está, deambulando solitario en la intemperie, haga frío o calor, con el riesgo de ser golpeado violentamente mientras duerme, en medio de la noche, sin saber qué le depara el día siguiente.

Constantin, que lleva nombre de emperador, es una vida caída. Como él mismo me contó, la infidelidad de su esposa, que lo dejó por otro hombre, le partió el corazón. Cayó en una profunda crisis que lo llevó a refugiarse en el alcohol. Perdió el trabajo y comenzó a vagabundear de un lugar a otro, hasta llegar a nuestra zona. Una noche, durmiendo en la playa, alguien le robó la mochila con toda su documentación. Ahora no es nadie, ni siquiera un número de identidad. Es nadie para la sociedad, para la administración, para su familia.

Me impactó ver a este hombre robusto y bien parecido, quemado por el sol y por la soledad. Impresiona verle de pie, agarrado a los barrotes de la puerta, zarandeándolos como si quisiera romper la reja de esa prisión en la que vive: su propia existencia, su embriaguez permanente. Así pasa todo el día, deambulando y, de tanto en tanto, lanzando gritos por la calle. Con la mano en el corazón y los ojos húmedos, me decía con insistencia que «lo tenía roto».

Él grita, pero las gentes que lo rodean se alejan y no quieren escuchar. Rechazan oír el lamento de un hombre que se ha quedado sin horizontes, sin aliento, sin esperanza. En su grito contiene toda la desesperación que asoma a su rostro, a través de esos ojos brillantes y azules.

Le pregunté qué podía hacer por él, pero no me escuchaba. Sólo quería hablar, y que yo le prestara atención. Su ruido interno alzaba una barrera que nos impedía comunicarnos. Ante su impotencia y la mía, se dejó caer al suelo, apoyado en una esquina de la entrada, y continuó bebiendo de su lata de cerveza, haciendo muecas y balbuceando palabras sin sentido. Un emperador caído, naufragando en el mar de su alcoholismo.

Esa noche me costó dormir. Constantin pasó más de tres horas gritando y gesticulando a las puertas de la parroquia. Pensé que su situación clamaba al cielo. Al día siguiente, lo vi más sobrio, me dio las gracias por escucharlo y me pidió que, por favor, le buscara trabajo. «Si yo trabajo, no bebo», me aseguró, y me explicó que habla cuatro idiomas: su rumano nativo, italiano, francés e inglés, además de un español chapurreado. Durante esta Semana Santa lo he ido conociendo mejor y he vivido la tragedia de un hombre derrotado por la ruptura con los que más quería. La Iglesia tiene que suplir, siguiendo el mandato del amor, lo que no hacen las familias, la sociedad y las instituciones públicas. Hemos de convertirnos en Jesús vivientes. Aquella noche, la del Viernes Santo, entendí que el sufrimiento más lacerante que puede sufrir un ser humano es la falta de amor.