domingo, 10 de julio de 2011

Una mirada llena de ternura

Eran las seis y media de una calurosa tarde de julio, en la parroquia de san Félix. En brazos de su madre Ana Maria y ante la presencia cercana de su padre, Martina estaba a punto de recibir el sacramento del Bautismo. La familia la rodeaba, formando un nutrido grupo. Martina iniciaba su gran aventura cristiana. El simbolismo del ritual, con su profundo mensaje teológico, expresaba la hondura de una bella vida de Dios que nacía en el corazón de la niña. Abandonada en brazos de su madre, aún sin ser consciente de la trascendencia de ese momento por su condición de bebé, algo debió sentir, misteriosamente, que llenó su mirada de luz. Sin pasar por la lógica racional, la huella de ese momento atravesó su pequeña almita. Fue un encuentro: Dios la abrazaba, tanto como su madre. El instante en que se convertía en hija de Dios quedará impreso para siempre en el ADN de su alma. La potencia amorosa de Dios penetra la vida espiritual de cada ser en el inicio de su carrera cristiana.
Y es que los niños son capaces de detectar la autenticidad de un momento tan trascendente. El Bautismo es el inicio de otra aventura de amor de Dios con su criatura. Cuando reciba el sacramento de la Confirmación, se producirá un encuentro consciente y maduro, y dará comienzo a una nueva etapa de ese romance amoroso con Dios, marcado por la gratitud, que la llevará a ser capaz de vivir una vida apasionante al servicio de los demás.
Su máxima felicidad será la de reconocer la centralidad de Jesús en su existencia. Y así, ni las dificultades más grandes podrán apartarla de Aquel que le dio una vida sobrenatural y tanta fuerza. Esa energía de propulsión inicial la animará siempre hasta el encuentro definitivo con Dios en el cielo, tras una vida plena, volcada a hacer realidad los planes que Dios sueña para ella.
Pero esto no será posible sin la valiosa y crucial ayuda de sus padres. Su responsabilidad es asumir que la vida de Dios que hoy empieza en su hija ha de crecer y alimentarse. Y esto será posible si los padres tienen claro que Martina ha de respirar el amor que late entre ellos. Solo en la medida que ellos vivan auténticamente su fe, la semilla que hoy se ha sembrado en Martina se convertirá en una espiga fértil que podrá darse como pan a tantas personas que tienen hambre de Dios.
Hacer de una niña una adulta responsable es necesario para su equilibrio y su futuro. Pero tan importante como su crecimiento físico e intelectual es ayudarla a desarrollar su vivencia cristiana hasta que llegue a ser una adulta auténtica, capaz de hipotecar su propia vida por su gran amor: Jesús. Ojalá la coherencia de sus padres la ayude y facilite que Martina encuentre la belleza del bien, del amor a los pobres, de la libertad. Solo así su vida tendrá sentido y la vivirá con entusiasmo e intrepidez.
En esta bella escena en la parroquia de San Félix, como en un nuevo Jordán, Martina ha sido proclamada hija predilecta de Dios y la fuerza del Espíritu Santo ha bajado para posarse con ternura sobre ella, inundando su corazón de una luz más brillante que los rayos de sol. Bañada por las aguas y ungida por el óleo santo, iluminada por el cirio pascual, símbolo de la resurrección de Cristo, Martina ya forma parte de una nueva familia: la familia de los amigos de Jesús. Ya es una más entre todos aquellos que hemos decidido seguirle y amarle hasta el final de nuestros días, con el deseo más genuino de encontrarnos cara a cara con él, para siempre, en la eternidad.

domingo, 12 de junio de 2011

Anhelo de eternidad

Cuántas veces los medios de comunicación y ciertas filosofías insisten en la mediocridad de la naturaleza humana. La prensa nos bombardea constantemente mostrándonos situaciones conflictivas que hacen hincapié en los aspectos más egoístas del hombre. Estas escenas refuerzan una ideología al servicio de una concepción del ser humano que lo presenta como incapaz de trascenderse a sí mismo, afirmando su tendencia malévola. Es una versión moderna de la llamada filosofía de la sospecha, aupada por pensadores como Nietzsche, Sartre, Freud.
Esta forma de pensar reduce al hombre a un conjunto de pulsiones sexuales, según Freud; al superhombre frustrado de Nietzsche y a la angustia vital de Sartre.
Estas concepciones antropológicas olvidan sospechosamente la dimensión religiosa de la persona, negando algo esencial en su naturaleza: su apertura a los demás y a una realidad superior que da densidad a su existencia y le hace trascender a sí mismo. La identificación con un ser absoluto que pauta su conducta en relación a los demás, a sí mismo y hacia Dios como realidad suprema marca toda su proyección humana y social. Más allá de una visión fragmentada del hombre por parte de ciertas corrientes ideológicas, cuando éste desplaza a Dios, queda un hueco profundo en su corazón. Es en ese momento cuando la criatura reconoce su vacío y necesita vincularse a su creador. Porque todos somos creados por Dios, con, desde y para el amor, de ahí viene ese anhelo de eternidad que albergamos dentro. En nuestro ADN llevamos impreso el deseo de infinitud, y ésta no será posible si no nos dejamos llevar por la fuerza del amor.
Cuando uno se lanza a la aventura del amor de Dios, no dejará de sentir un deseo permanente de crecer, de abrirse, de darse, de trascender. Sentirá una explosión de amor tan grande que no querrá que se apague nunca. En esta experiencia vital, el hombre descubre la belleza de la libertad y siente un gozo incesante. Como les sucedió a santa Teresa y a san Juan de la Cruz, su corazón reposa en el corazón de su amado, llegando hasta el éxtasis, fundiéndose en una profunda comunión.
Esta es la máxima libertad del hombre: fundirse en un abrazo con Dios para siempre. Y descubrir la forma de amar de Dios: cuanto más se ama, más se crece y se recrea. El amor de Dios es auténtico, incansable, inconmensurable, y tan lleno de calor que impide la menor gota de gelidez en el corazón. Es un amor tan apasionado que funde el hielo con su potencia regeneradora, un camino sin retorno a la felicidad. Este es el deseo más genuino de Dios, que es alcanzado por el hombre cuando es capaz de ir más allá de sí mismo y se abre al infinito. Como el mar cuando acaricia la arena de la playa, en un vaivén constante que expresa una tierna complicidad entre el océano y la tierra, así el alma abierta a Dios es bañada por su amor inagotable, naciendo entre ambos una profunda intimidad.

domingo, 5 de junio de 2011

Mirar al cielo

Nuestra cultura urbana y la masificación de personas en diferentes núcleos de poblaciones han originado la construcción de grandes bloques, convirtiendo las ciudades en enormes bosques de edificios para albergar la explosión demográfica de ciudadanos. Del tiempo de nuestros antepasados, que vivían en armonía y en estrecho contacto con la naturaleza, hemos pasado a la tensión de una convivencia masificada, que genera conflictos sociales, también provocados por la rigidez del medio así como por la falta de espacio vital que permita una oxigenación en la convivencia.
La construcción masiva de bloques de pisos altos y tan cerca uno del otro hace que nuestra visión también se acorte. Nuestros ojos, preparados para la visión de lejos, se han tenido que amoldar a la corta distancia, y esto también ha contribuido a la aparición de diversas patologías oculares. Especialmente para aquellos que sufrimos dificultades de visión, las excesivas aristas del paisaje urbano llegan a suponer una agresión visual.
De aquí la necesidad, de tanto en tanto, de huir del asfalto y el cemento para buscar la amplitud del campo y disfrutar del estallido multicolor que nos regala la maravillosa y exuberante naturaleza.
Hay en el ADN humano un deseo y una tendencia innatos a volver a nuestro estado primigenio. Necesitamos envolvernos de árboles, brisa, sol, recuperar y no olvidar nunca que nuestra casa originaria fue el bosque; la tierra fue el suelo de nuestro hogar y el cielo nuestro techo. Ojalá aprendamos a escapar de la dictadura de las aristas y sepamos dejarnos mecer por el viento de un cielo abierto, abrigados por las ramas del arbolado y la calidez de los rayos de sol, que cada día sale a nuestro encuentro.
En medio de la selva urbana, necesitamos mirar hacia el cielo, aunque sigamos pisando asfalto, y dejarnos invadir por la sensación de bienestar y liberación que da contemplar el firmamento. Es extraordinario: como pegar un salto hacia arriba, mirar por encima de las aristas y sentir un bien terapéutico, una paz y una calma que nos hace mejorar nuestra salud, anímica y espiritual.
Más allá del firmamento físico, no olvidemos que nuestra humanidad siempre buscará aquello que le hace feliz, aquello que la hace trascender a sí misma. Buscará mirar más allá de sus propios límites, siempre querrá tener una mirada puesta en lo alto. Hay una necesidad irresistible de contemplar los cielos, que ensanchan el horizonte y el corazón ante tanta belleza derrochada.
Para que los ojos no pierdan luz, no dejes nunca de mirar hacia lo alto. Dios nos ayudará a oxigenar nuestra vida espiritual. Salgamos de las sombras del orgullo humano y sepamos vivir en la claridad del amor, inmensa como la claridad de un mar abierto y un cielo lleno de color que abraza el horizonte, llevándonos a rozar el infinito. Dios es la medida del hombre en su búsqueda de la verdad. Mirando al cielo encontramos muchas respuestas sobre el misterio humano y el misterio de Dios.