sábado, 29 de junio de 2019

Soledad entre el gentío


Era un día claro y casi veraniego. Soplaba una brisa agradable en la sombra mientras caminaba por el Portal del Ángel hacia la catedral de Barcelona. Era mediodía y un gran gentío caminaba en ambas direcciones.

A media calle vi tumbada en el suelo a una joven. No llegaría a los treinta años y yacía de lado, sumida en un profundo sueño. Sola y casi invisible para la multitud que pasaba a su lado, apresuradamente. Me acerqué con cierto desasosiego a aquella muchacha que dormía, ajena a todo cuanto sucedía a su alrededor. Y una realidad cruel se desveló ante mis ojos. Aquella joven parecía un objeto, abandonado en el suelo, sin que nadie se percatara. Algunos la miraban furtivamente, pero se apartaban en seguida, quizás por miedo. Yo me quedé unos minutos contemplando el menudo cuerpo de una persona frágil que se había rendido ante la vida antes de llegar a su madurez.

La contemplé con dulzura. Podía adivinarse el dolor en sus facciones caídas y en su semblante inexpresivo, como ignorando el mundo que la rodeaba. Para muchos sólo dormía, pero era un ser humano vivo. ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Cuántos días lleva deambulando sin norte, perdida, sin referencias ni apoyos, sin amor? ¿Hasta qué punto es consciente de que en medio de un día luminoso su existencia está cayendo por un abismo oscuro? ¿Sueña en algo? ¿Por qué ha elegido cerrar los ojos a la belleza de un día de verano? En el corazón de esta muchachita quizás hace muchos días, o meses, que no amanece, y tal vez su realidad es tan brutal y su soledad tan insoportable que ha decidido autoanestesiarse para no sufrir. La vida se ha convertido para ella en una larga sucesión de días; la indiferencia de los demás flagela su débil corazón y ella elige huir a pasos agigantados, como si no mereciera vivir.

La gente pasaba, y yo la miraba pensando: ¿Despertará en algún momento? ¿Me atreveré a preguntarle? La gente pasaba aprisa, el tiempo corría, pero para ella ni el tiempo ni la gente existían. Ni siquiera la luz del sol o la mirada compasiva de alguien que, como yo, se acercaba con sigilo. Dormía tan profundamente que no me atreví a despertarla. ¿Podría beneficiarle una dulce pausa en medio de tanta insensibilidad?

Al final, se acercaron dos señoras de mediana edad que, sorprendidas ante la escena, se pararon a hacer unas fotos. Fotografiaron a la muchacha y se fueron. Como si hubieran querido retratar el dolor de aquella chica tendida en el suelo, inmortalizando la marginación que se vive en Barcelona. No sé si fue compasión, piedad o curiosidad, o tal vez estaban haciendo un estudio de los sin techo. Me quedé con la duda. ¿Fue el ojo de la máquina o el ojo de su corazón lo que las hizo detenerse?

Todo esto lo sabemos. Lo vemos por la tele, escuchamos las estadísticas y leemos los informes de Cáritas y las administraciones. La indigencia y los sin techo aumentan en Barcelona. Incluso nos emocionamos y nos duele ver tanta mendicidad, pero nos limitamos a quejarnos y no hacemos nada. Para mí sigue siendo estremecedor ver cómo puede haber tanta frialdad e insolidaridad.

Esto me hace pensar en tantos estudios sociológicos que se llevan a cabo sobre la realidad social y que se quedan en meras estadísticas y análisis de datos que engrosan la bibliografía sobre marginación, acumulándose en la frialdad de los despachos. Un análisis racional de estos fenómenos, si después no se hace nada para ayudar a estas personas a salir de su situación, ¿de qué sirve? Mientras muchos se reúnen, hacen charlas y emprenden estudios, los sin techo sobreviven a un frío invierno interior, expuestos a los comentarios y a las críticas de quienes tienen hielo en el alma. Ellos, los de la calle, solos y sin afecto, van sintiendo que su existencia se congela porque las instituciones y la administración siguen dando vueltas sin encontrar soluciones eficaces. La ignorancia ahoga a tantos que van naufragando por el océano de la existencia. Muchos perecen ante enormes olas de insolidaridad. Y nos quedamos igual. Porque quizás creemos que ya estamos haciendo algo.

Una sociedad que mira al otro lado ante el dolor de los más frágiles los irá descartando. Demasiado peso, y vértigo para una conciencia ética que pide y exige ayudar al hermano que está solo y perdido. Los fundamentos de una sociedad se tambalean cuando el otro se hace invisible.

domingo, 9 de junio de 2019

Tenacidad incansable

Este escrito surge a partir de unas densas conversaciones con dos personas, la esposa y la hermana de Jordi Rius, recientemente fallecido y cuyo funeral hemos celebrado hace pocos días. Os pido que recéis por él. Su familia está muy vinculada a la parroquia de San Félix desde hace años.

Luchar por vivir



La noticia de su enfermedad convulsionó a toda la familia. Jordi se preguntaba: ¿por qué? Sería un largo camino de seis años que tendrían que afrontar, él y su familia. No era fácil. Era la gran lección de su vida. ¿Cómo responder a un reto tan lleno de sufrimiento?

Toda la familia luchó de manera incansable para ganar terreno a la sombra de la muerte, para intentar sacarle ventaja, aunque fueran unas pocas horas más de vida. El combate era a todas, y Jordi quería ganar, si era preciso, sometiéndose a todo tipo de pruebas. El pulso estaba echado y el duelo por la vida era su batalla diaria. En él volcó todas sus fuerzas, aunque a veces eran pocas.

En el cuadrilátero de su vida, saltaba entre las cuerdas. Allí estaba, peleando con entereza por vivir. Amaba mucho a su esposa Esther, a su hija Laia, a Núria, su hermana, a su madre Laura y a sus sobrinos Oriol y Joel. Su cuñado Josep lo acompañó con especial cariño durante los últimos meses, en su estancia en el hospital. Jordi era un hombre bueno y enamorado de los suyos, amigo de sus amigos, sensible, solidario, siempre dispuesto a ayudar con su presencia, su mirada limpia y su sonrisa.

Su familia es un modelo extraordinario de unidad, con vínculos fuertes e irrompibles. En este entorno, Jordi se encontró totalmente arropado y acompañado con dulzura. Impresiona ver la fuerte unión de esta familia, que va más allá de lo normal que se espera. Sus raíces están firmemente arraigadas en sólidos valores éticos y cristianos. Jordi siempre llevaba colgada junto a su corazón una hermosa imagen de la Virgen de Montserrat, a la que guardaba una devoción especial. Sabía muy bien cuánta ternura hay en el corazón de María y rezaba, aferrándose a su protección.

Hasta que su enfermedad fue avanzando, lenta pero inexorablemente, hacia su desenlace. Jordi luchó hasta el último momento, cuando una certeza última en su corazón le reveló que el final era inminente. La tarde del dos de mayo quiso besar y abrazar a los suyos, en especial a su hija Laia y a sus sobrinos. En la madrugada del día tres se fue. Su lucha había terminado.

Esa mañana, Jordi inició un nuevo recorrido hacia la eternidad. Ya no hacía falta sacar fuerzas de donde no las había; los ángeles del cielo levantaron su alma. Ya no era necesario pelear con esfuerzo; suavemente se deslizó hacia su último destino, los brazos de Dios. Pasó de un largo e intenso sufrimiento al gozo de un encuentro con Aquel que es la fuente de la vida. Cruzó el umbral del misterio ―el dolor, la muerte― para adentrarse en un misterio aún mayor ―la raíz de la vida misma―.

La meta del hombre no sólo es vivir, sino encontrarse con Aquel que lo ha creado, Aquel que hace posible su existencia. Los vínculos son importantes porque nos hacen crecer, pero no es menos importante lanzar una mirada más allá de las relaciones humanas y más allá de uno mismo, hacia el vínculo que lo sostiene todo y que fundamenta toda la vida: la familia, los hijos, los sueños, los amigos… Es el vínculo con el que todo nos lo da, el Dios de Jesús cuyo anhelo último es la felicidad de su criatura.

El amor es más fuerte que la muerte


Tras una corta y densa conversación con Esther, esposa de Jordi, bajo la morera del patio, siento un profundo desasosiego en ella. Abatida, se pregunta el porqué de su muerte. Llorando sin cesar, con un dolor tan intenso, me parecía que se quedaba sin aliento. Las lágrimas le salían del alma mientras iba evocando recuerdo tras recuerdo. Jordi, siempre tan solícito y acogedor con todos: familia, amigos, vecinos… atendía con exquisita amabilidad a las personas que se encontraban en su camino. No tenía un no para nadie.

La brisa bajo la morera parecía suavizar un poco el intenso dolor de esta esposa que recordaba la última noche a su lado, cogida de la mano de su esposo. En esos momentos, aquellas manos que tanta ternura habían expresado, desprendían un amor sin límites. Ahora ya no pueden unirse más. Después de 20 años de matrimonio, Esther se ha quedado sin su amado.

Al otro lado del lecho estaba Laura, su madre. Madre y esposa juntas afrontaban un terrible dolor. Ambas tomaban el sorbo amargo de la muerte. ¿Qué le diría en aquella noche, dándole la mano por última vez? La honda conexión que se da entre madre e hijo se iba cortando, mientras ella, temblorosa, apretaba aquellos dedos que se despedían. Era el último adiós, lleno de calor y dulzura que ella intentaba transmitirle, soportando en silencio ese dolor tan lacerante: la muerte de un hijo.
Dos mujeres, partidas por un dolor inmenso, unidas por el mismo dolor. Dos amores diferentes, pero no menos intensos, llenos de entrega y donación. Y, aunque no estaba presente, su última palabra fue el nombre de su hermana Núria, que no pudo acompañarlo en esos momentos. Exhaló su último aliento en medio de estas mujeres, a las que tanto había querido.

Se quedan y él se va. La muerte los ha separado de un hachazo. La esposa amada se queda sin la razón de su vida; su hija Laia afronta un dolor casi irresistible. La madre se queda sin su hijo con tan sólo 47 años. Es duro ver cómo la vida se desliza, apagándose. Cuando se ha vivido con intensidad, una vida plena llena de amor y de gozo, la muerte es todavía más incomprensible. ¿Por qué Dios lo ha permitido? Quizás esta sea la pregunta más difícil. ¿Por qué?

Esther quisiera encontrar razones para entender el silencio de Dios. Pero Dios calla. El vacío la deja desconsolada y busca explicaciones. Pero no se cierra. Ella misma admite que quizás algún día pueda llegar a entender; está dejando una puerta entreabierta al misterio…

Más allá de nuestros razonamientos lógicos, más allá de la ruptura emocional, Dios es un inmenso misterio. Nunca puede estar lejos de los que sufren. Comprender a Dios más allá de la razón requiere una apertura diferente, desde el silencio. Sólo desde una dimensión espiritual se puede empezar a entender. Dios también presenció la muerte de su propio hijo en la cruz. ¿Cómo va a ser ajeno al dolor de Jesús, clavado en el madero? ¿Cómo va a ignorar el dolor de los que pierden a un ser tan querido?

Hay una parte de Dios que nunca entenderemos, porque es inaccesible y misteriosa. No podemos explicarla, pero sí tenemos una certeza. Nos ha creado con infinito amor y nos ha dado todo lo que necesitamos para nuestra felicidad.

Jordi no va a ningún abismo; al contrario, en todo su largo viacrucis mostró un constante empeño y ahínco por luchar hasta el final. Su victoria será el descanso y una paz infinita en brazos de Dios, su creador. Como bien decías, Esther, aunque hoy no lo entiendas, algún día Dios te irá revelando ese secreto. Mientras tanto, no te quepa ninguna duda de que él seguirá vivo en ti, con un regalo añadido: te querrá siempre, más allá del tiempo y del espacio. No dudes, Esther, que él está disfrutando de la presencia amorosa de un Dios que ha hecho posible vuestro amor, y que te está preparando un sitio a su lado. Entonces encontraréis la plenitud en la eternidad.

Jordi, ahora, está liberado del sufrimiento. Desde el cielo te ayudará con el bálsamo de su ternura a calmar el dolor de tu corazón. Un amor tan auténtico, tan fuerte, ni la muerte puede acabar con él. La promesa de un reencuentro os ayudará a vivir con paz y serenidad vuestro duelo.

martes, 7 de mayo de 2019

Un fuerte revés


Su voz, antes clara y vibrante, ahora suena desgarrada. Me evoca desespero, decaimiento, incerteza… Miedo. Una situación que quizás nunca contempló ha golpeado su vida y lo ha lanzado desde la cima de su carrera profesional a un abismo. Las secuelas de lo que pueda suceder le aterran. Preso de su cuerpo, su mente brillante quiere ir más allá de lo que la voz le permite. La recuperación se le hace larguísima, y su rostro refleja el dolor que le ha marcado. 

Un ictus le ha partido en dos. Era una persona creativa, racional y emprendedora. Se reinventaba cada día y lo entregaba todo en su trabajo. De talante cordial y ecuánime, su agudeza intelectual penetraba en profundidad el mundo; era agudo en sus análisis políticos y económicos, alternativo y abierto de mente. La excelencia era su máxima y la volcaba en todo cuanto hacía. Entregado y valiente, era un gran empresario con talento y valores humanos. Lo tenía todo… hasta que un día su estrella dejó de brillar.

Ahora ha quedado reducido a una silla de ruedas. Su cuerpo, doblegado, afronta un futuro incierto. Pero él sabe, dentro de su alma, que existe una última voluntad más allá de su cerebro roto. Su destino siempre dependerá de él, incluso asumiendo las secuelas de este accidente vascular. Conociéndolo, yo sé que en el fondo de su corazón está trazándose un nuevo itinerario, teniendo en cuenta todo lo que habrá aprendido en esta dura lección. Quizás la más dolorosa de su vida.

¿Qué originó ese infarto en su cerebro? ¿Qué estaba ocurriendo, que él no supo ver? A veces estamos tan pendientes de nuestros objetivos y metas que nos olvidamos de algo esencial.

¿Qué nos permite hablar, pensar, soñar, movernos, sentir y proyectar hacia el futuro? ¿Qué nos permite tener visiones con un plazo determinado, discernir, razonar y elucubrar? ¿Dónde se sustenta la voluntad? Nos olvidamos de que la mente y su capacidad de imaginar no pueden funcionar sin el cerebro físico, con su estructura y su química. Pocos piensan que lo que pueden llegar a hacer en sus vidas no sólo depende de su capacidad de memoria y razonamiento, sino de unas buenas conexiones entre las neuronas del cerebro. Para hacer todo esto posible dependemos en buena parte del oxígeno y de los nutrientes que el cerebro necesita y que nos llegan por la sangre, a través de unos capilares que deben estar en perfecto estado, sin obstrucciones causadas por las grasas. Desde el menor de los movimientos de nuestra mácula, hasta caminar, movernos, comer, digerir y respirar; desde el ver, oír y hablar hasta elaborar conceptos abstractos, todo depende de un cerebro sano. No podemos olvidarnos del cuerpo, nuestra casa, donde vivimos durante toda nuestra vida terrenal. Y los pilares de esta casa son nuestros órganos vitales, que permiten que vivamos.

Cerebro, hígado, riñones, corazón… Cuánto trabajan, incansables, para nosotros, y qué mal los cuidamos. Tenemos muy clara nuestra higiene personal, el cuidado de la piel, la ropa, la vivienda… Pero no la higiene interna, la de nuestra casa más inmediata, que es el cuerpo. Es tanta la suciedad que se acumula en nuestros órganos que al final acaban totalmente agotados, sobrecargados y malnutridos por falta de oxígeno y alimentos de calidad. Llega un momento en que su funcionamiento se bloquea y así es como llegamos al infarto y a la parálisis. De aquí surgen las enfermedades cardiovasculares y estados anómalos, como la hipertensión y los problemas digestivos, las dolencias degenerativas, como el Alzheimer, y los accidentes súbitos como los ictus. Este mal cuidado del cuerpo es también el origen de la mayoría de enfermedades autoinmunes, demencias, alergias y artrosis.

Vamos alocados por la vida, nos enfadamos con ella o con Dios si no alcanzamos lo que queremos. Vivimos estresados, pensando sólo en hacer y en tener. Y nos olvidamos de que, en el fondo, no estamos hechos para ir siempre corriendo, haciendo más de lo que tenemos que hacer y a un ritmo frenético. Queremos tenerlo todo ya y además gozar de reconocimiento, bienestar y dinero. Nos hacemos adictos al trabajo y no sabemos descansar.

Llegar a un equilibrio armónico es lo que más nos cuesta porque vivimos lanzados como un cohete sin calibrar los riesgos. Está muy bien el esfuerzo, la superación, las ganas de vibrar e incluso las ganas de servir, vivir y disfrutar. Pero nos olvidamos de algo primigenio, algo innato, como es el silencio. Nos falta tiempo para discernir hacia qué dirección vamos.

La mente, el corazón y el alma deben armonizarse para que no nos lancen hacia el precipicio. Contemplar, pasear, meditar, dejar la mente y los sentimientos parados y tranquilos, de tanto en tanto, nos puede ayudar a tener la medida justa en todo aquello que hacemos y nos proponemos.

Hacer esto nos ayudará a controlar más la poderosa mente y los fluctuantes sentimientos, sabiendo en cada momento a dónde vamos. Uno lo puede tener todo: propósito vital, una profesión que te realice, economía, fuertes vínculos emocionales e incluso una vida espiritual rica. Pero si nos olvidamos de la casa del cuerpo y la descuidamos, lo que aguanta toda nuestra vida es la actividad biológica. Si no estamos sanos, hasta nuestra vida espiritual se puede resentir, como la emocional y la intelectual. Una buena salud cardiovascular es fundamental para todo nuestro cuerpo. Tenemos una red de venas, arterias y capilares cuya longitud, si la sumáramos, alcanzaría unos 90 000 kilómetros, ¡más de dos veces la vuelta al mundo por el Ecuador! El buen estado de los vasos sanguíneos es esencial, tanto como el contenido que fluye por ellos: la sangre. Necesitamos buenos conductos y sangre limpia y rica en nutrientes para poder irrigar todos nuestros órganos vitales. Esto nos aportará calidad de vida y mejorará nuestra actividad mental, emocional y espiritual. Todo se equilibra, pero todo depende de la calidad de lo que comemos. ¿Qué le echamos a nuestro tan maltratado cuerpo?

El cuerpo es sagrado y nos permite tener una vida plena o una vida llena de dolores y sufrimiento. He conocido a otras personas que han tenido problemas parecidos. Urge superar la dualidad cuerpo-mente. Urge dejar de idolatrar la mente y la capacidad de raciocinio en detrimento del valor del cuerpo y sus funciones. La diosa mente te puede ayudar a descubrir grandes enigmas del universo, pero ¡qué poco sabemos de nuestro universo interior, de nuestra química, de nuestra biología y de nuestras neuronas! Somos incapaces de mirar nuestro cuerpo y aún menos de escucharlo. ¿Cómo se siente? ¿Qué necesita? ¿Qué nos está pidiendo? No lo escuchamos hasta que estalla con una respuesta patológica, y a veces demasiado tarde, dejando enormes secuelas. Si aprendemos a tener un diálogo con el cuerpo y lo llegamos a conocer, cuidándolo correctamente, este nos dará lo mejor, porque está concebido para vivir en plenitud. Ojalá nuestra voluntad haga posible que mente, cuerpo y espíritu vayan de la mano. Sólo así estaremos preparados para cualquier aventura. Vivir despierto y a la vez sereno hará que nuestra vida sea fecunda y que nos enamoremos de los bellos paisajes que hay en nuestra casa interior.

viernes, 19 de abril de 2019

Ojos llenos de dolor


Escuchando largo rato a una madre, mujer entrada en edad, percibo poco a poco que su corazón se esponja. De temperamento huraño, ultra sensible y no fácil para la comunicación fluida, lleva sobre sus espaldas una gran carga que la tiene atrapada en un sentimiento de soledad. A medida que avanza la conversación, la voy mirando a los ojos y descubro en ella un profundo dolor. Son unos ojos que se han quedado sin lágrimas, pálidos, sin color. ¡Cuánto debe haber sufrido! Su pozo interior se tragó su alegría. Tanto dolor ha endurecido su corazón y agotado sus fuentes interiores, hasta dejarla árida emocionalmente.

¿Qué le pasó? La escucho sin prisa y me relata la muerte terrible de una de sus hijas y el frío desamor que ha vivido con su marido. Pasó trece años sufriendo por su joven hija, que padecía anorexia. Veo las fotos de ella, que me enseña con enorme cariño, y me parece ver una hermosa flor que se marchitó prematuramente. Me cuesta apartar la mirada de esas fotos. «Esta es mi hija», me dice, balbuciendo. «Hace más de diecisiete años pasamos por un horrible calvario.» Retiene la foto entre sus manos, mirándola. Es una muchacha bella, esbelta, con un rostro armónico. Un bello fruto que se muere en brazos de su madre.

El tiempo se detiene y los dos nos quedamos mirando la foto. Ella, emocionada, pero de sus ojos ya no salen lágrimas.

Me pregunto: ¿cómo algo tan hermoso puede haberse diluido así? ¿Cómo una joven llena de vida acaba sin vida? ¿Qué hay detrás de una anorexia? ¿Su entorno, unas amigas, un libro, Internet…? ¿Qué la llevó a ese caos existencial? ¿Por qué se origina esta enfermedad psicológica? ¿Qué piensa una joven que, después de comer, busca introducirse el dedo en la boca para devolver la comida que le da sustento? ¿Es solamente un deseo de no engordar? Lo más contradictorio es que estas jóvenes se ven gruesas y no lo son. Su cuerpo frágil no las convence y siguen queriendo perder peso. ¿Cómo entender el mecanismo psicológico de esta enfermedad? ¿Es el culto a una belleza artificial, a unos cánones estilizados, lo que llevó a esta chica a idolatrar una imagen imposible, destruyendo su propia salud y poniendo en riesgo su vida?

Quedó atrapada en la cárcel de su cuerpo, alimentada por un entorno que no la llevó a entender que la auténtica belleza está en el amor, en la libertad y en la misma vida.

Quizás no aprendió que un cuerpo, por el solo hecho de estar vivo, ya es bello; que una convivencia armónica es bella; que el abrazo de sus padres es bello, que la complicidad de unos hermanos también lo es. No importa lo bajo, alto, gordo o flaco, guapo o feo que seas: respirar, sentir que la vida corre por tus venas, ya vale la pena.

Pero quizás algo de esto faltó en su vida. Cuando en el entorno familiar, educativo y social se renuncia a ciertos valores que nos forman como personas, muchos jóvenes inician una marcha atrás, un lento suicidio que los arrastra hasta robarles la vida. ¿Por qué esa joven no quería vivir? Su automaltrato le produjo un daño irreparable en la garganta y en las cuerdas vocales. Cuando los médicos se lo explicaron ya era demasiado tarde. La falta de riego sanguíneo por carencia de nutrientes le produjo una gangrena. Le amputaron primero los dedos de los pies. Después, las dos piernas, desde los tobillos hasta llegar a los muslos. Trozo a trozo, sin músculos, el rostro desdibujado y dolorido, con la mirada desgarrada, asistió a su propia aniquilación.

Su madre y no nos quedamos unos cuantos minutos, de pie, mirando la fotografía. Hasta que me muevo un poco, haciendo un ademán para que la deje en el estante. Los ojos de la madre y de la hija se me quedan grabados en la mente. Aunque no le salen las lágrimas, su alma llora y yo, discretamente a su lado, siento que se me encoge el corazón. Un rayo de sol entra desde el balcón al comedor, iluminando el largo pasillo hasta la entrada. Es bello, ese rayo de luz que inunda la casa, como un rayo de esperanza.

La casa está recién pintada y el sol ilumina las paredes, tan blancas. Me parece estar viviendo una doble realidad: la amargura del dolor, que oscurece el corazón, y la luz del sol, que llena de alegría esa casa. Quizás sea un vaticinio para esta madre doliente. Después de muchos años se ha decidido a mejorar su casa y embellecerla.

Cuando dejo la foto, sus ojos siguen apagados, pero en sus labios se dibuja una suave sonrisa. Me da las gracias por ese rato tan intenso. Su alma necesitaba desahogarse.

Nos sentamos un rato más, hablando del barrio, de los vecinos, de sus amigos, pocos pero fieles. La veo más serena y nos despedimos afectuosamente. Cuando cruzo el umbral de su puerta, la bendigo en mi corazón y bajo por las escaleras anchas. Pienso que hemos de luchar para que nadie nos robe la vida con promesas falsas y aduladoras. Que nadie nos venda un ideal de lo que no somos, en detrimento de una bella realidad que sí somos. Deseo que la luz de Dios bañe el dolorido corazón de esta madre, que sobrevive emocionalmente como puede, blindándose en sí misma. Ojalá, como el sol, la ilumine igual que las paredes de su casa.

domingo, 7 de abril de 2019

¿Amarse a sí mismo?

El mantra de la autoestima


Hace mucho tiempo que en diferentes tertulias, charlas, conferencias, no paro de oír que uno tiene que amarse a sí mismo para poder amar a los otros. Recientemente lo volví a oír en un programa radiofónico. Cada vez más constato que esta afirmación responde a unos planteos más psicológicos que filosóficos, y que detrás de estas palabras aparentemente amables se esconde un excesivo culto al yo. Las nuevas corrientes de la psicología hablan de la reafirmación de la identidad, de la autoestima, de la auto-creación de uno mismo, e insisten que para ser tú mismo no necesitas a nadie. ¿Y si en el fondo, más que de una afirmación del ser, se está hablando de una reafirmación del ego? ¿Y si en el fondo es una manera de desconectar de la propia realidad?

Es evidente que tenemos que creer en nuestras capacidades y talentos, y que no tenemos que achicarnos ante los problemas ni sentirnos menos que nadie. También es bueno que cada cual se conozca a sí mismo, se cuide y aprenda dónde están sus límites, midiendo sus capacidades y descubriendo lo más genuino de su corazón. El cuidado es una obligación moral: estar sano, equilibrado, bien alimentado, tener unas relaciones saludables, forma parte de algo esencial de la persona. Es bueno incluso alegrarse por los dones que uno tiene y potenciarlos. Estoy totalmente de acuerdo en que hemos de crecer hacia adentro y maravillarnos de todas nuestras posibilidades.

Pero cuando hablamos de amor, estamos hablando de otra cosa.

El amor sale hacia afuera


El sujeto del amor sólo se concibe cuando se proyecta hacia afuera. El amor todos lo tenemos dentro. Pero tiene sentido cuando somos capaces de salir de nosotros mismos; cuando el otro, o el tú, es el objeto del amor. Sólo cuando se comparte esta energía tan fuerte, descubrimos que el amor a uno mismo no es nada si no lo damos. Es justamente en la experiencia interpersonal, al compartir algo tan profundo, cuando se descubre que la propia identidad queda más que nunca reafirmada.

¿Cómo no te van a cuidar, si tienes un compromiso de amor serio?

Para amar hay que estar sano, emocional, psíquica y espiritualmente. Una persona ególatra que sólo piensa en ella misma está incapacitada para amar. Cuando en el centro del amor primero soy yo mismo, siempre se puede caer en una actitud narcisista. Yo estoy en el centro de la vida, y todo ha de girar en torno de mí.

El amor auténtico


El amor por definición tiene que ayudar a proyectarnos, a florecer, a crecer, a madurar y a descubrir lo que hay dentro de nosotros. Un amor sano y verdadero no retiene, sino que lanza al otro. No esclaviza, sino que potencia más la libertad y los talentos propios. Un amor de verdad piensa en el bien real del otro. En él no hay manipulación, sino transparencia, no hay desconfianza, sino confianza; no tristeza, sino alegría; no dependencia, sino sintonía. El amor no es una aventura puntual o una afinidad química, ni un sentimiento desgarrado hacia el otro. No es amor si únicamente hay sintonía emocional. Para poder desplegar toda su fuerza, hay que ir más allá del enamoramiento puntual, de los sentimientos descontrolados propios de la adolescencia, del afán de poseer al otro. En el amor auténtico tiene que haber lucidez, madurez, capacidad de escucha, equilibrio, armonía y respeto. Sólo así estará preparado para navegar rumbo hacia la libertad y hacia el conocimiento más profundo de uno mismo.

Esclavo de uno mismo


La autoafirmación puede conllevar el riesgo de esclavizarse y convertirse en mausoleo de uno mismo. Sólo cuando seamos capaces de salir de nuestros blindajes interiores estaremos preparados para la gran aventura: ir hacia los demás.

Hay corrientes, surgidas de la Nueva Era, donde la afirmación de uno mismo es tan fuerte que llega a la auto-idolatría, a considerar que uno mismo es Dios y que, como tal, se basta a sí mismo. Por lo tanto, si soy Dios, no necesito a nadie más. Yo mismo me autoabastezco. No necesito de nada ni de nadie. Esto está impregnando todas las capas sociales.

Las estadísticas nos dicen que cada vez hay más personas que viven solas. Quizás tienen miedo a generar vínculos emocionales que podrían coartar su libertad y quieren reafirmarse en su identidad. O quizás están resentidas por malas experiencias previas y prefieren no repetirlas. Una sociedad sin vínculos, sin relaciones, se suma a la cultura del descarte sobre la que tanto nos avisa el papa Francisco.

La ruptura de los vínculos lleva a la persona a aislarse, quedando atomizada y a merced de cualquier influencia. ¿No responderá todo esto a una ingeniería social diseñada para debilitar a la persona, adormecerla con mantras buenistas y hacerla caer presa de la manipulación? Todo porque es bueno «amarse a sí mismo», esa frase talismán de la Nueva Era que, en el fondo, busca el endiosamiento del ser humano revestido de una falsa libertad. En realidad, es el inicio de una gran desintegración y de una enorme esclavitud: la de uno mismo.

Los vínculos son vida


Nuestra capacidad de generar vínculos está en nuestro ADN. La vida es conexión. Nuestras células están interconectadas para formar un organismo, nuestras neuronas necesitan conectarse para generar pensamientos y funciones, en nuestra flora intestinal hay millones de bacterias que conviven y trabajan en sinergia para que haya un correcto metabolismo. En el plano espiritual podríamos decir lo mismo. Nuestra alma está conectada al Creador y está interrelacionada con muchas otras. Sociabilizar es algo innato en la persona. Generar vínculos con los demás es nuestra forma de ser más genuina. Negar esto es negar todo aquello que define nuestra identidad. Y nuestra identidad crecerá más cuanto más nos abramos a los demás. En lo más profundo de nuestro corazón hay un deseo que nos trasciende, que ya no tiene que ver con la psicología o con la autoestima, sino con nuestra capacidad de amor, que va más allá de la autoafirmación y busca la felicidad fuera de sí mismo.

Mi yo no se entiende sin el tú ni el nosotros. Es una verdad antropológica y filosófica que nos define como seres humanos, que somos capaces de salir del acuartelamiento del ego. Esto sí que tiene que ver con la auténtica Divinidad, que es comunión de personas. Por eso el alma busca su unión con los demás, con la creación y con el Creador.

domingo, 17 de marzo de 2019

¡Ya es primavera!


De las torrenciales lluvias de finales de verano pasamos a un invierno muy atemperado. Entre el sol y un frío suave se han ido deslizando los meses invernales. Lejos de aquellas épocas gélidas, de frío cortante, a mediados de marzo la primavera asoma dando una textura nueva al aire.

Al amanecer, el cielo se llena de una luz suave. El horizonte del mar se ilumina más temprano y las aguas calmas saludan al sol que emerge con fuerza, mientras las olas juguetean con la arena de la orilla.  El despertar del día es una sinfonía silenciosa que inunda el corazón. Dios nos está regalando un nuevo día. La creación florece, desparramando ante mis ojos mil colores. Todos mis sentidos se abren a la experiencia estética. Dios manifiesta la belleza de su creación y yo, ante la inmensidad de tanto don, escucho la melodía de su presencia que se me hace realidad viva en el susurro de la brisa, en el vuelo de las gaviotas, en la gama multicolor que estrena la mañana. El amanecer encierra los secretos de la noche anterior, los suspiros de tantos corazones que aman, sufren, rezan y esperan.

Un nuevo día es un regalo cargado de misterio. Ante mí, veo a mi querida morera, cubierta por sus diminutas hojas tiernas, anunciando que la primavera está a punto de estallar. A las siete de la mañana ya es de día, aunque el sol siga escondido detrás de los edificios y no alcance el patio, pero su luz inunda el cielo de un azul pastel.

Vuelvo a sumergirme en el corazón de la morera, esta criatura viva que crece tras cada invierno y cuyo tronco, erguido y fuerte, desafía todos los cambios climatológicos. En otoño, las lluvias torrenciales empapan sus raíces. En invierno descansa, sin hojas, en la fría humedad del patio y bajo el pálido sol. Incluso en su letargo sigue creciendo, siempre fuerte. Este año, en que el frío ha sido muy suave, parece que ha querido adelantarse al echar sus nuevos brotes. De un día a otro, se ha cubierto de hojas y sus ramas apuntan en todas direcciones, como queriendo abrazar todo el patio con la tímida sombra de sus primeras hojas.

Rodeado de silencio, bajo el árbol, me siento como un nuevo Adán paseando por este nuevo paraíso. Soy una parte de todo lo creado, de todo lo que se me ha dado. Los mirlos empiezan a cantar y a veces puedo verlos cruzando el aire con vuelos de trapecista. Cientos de pequeños pájaros revolotean y se posan en medio del patio, como si de una fiesta se tratara. La belleza me lleva al corazón del misterio y el gozo entra por todos mis poros. ¡Un día más!

Ojalá en este día aprenda también a descubrir otra belleza: la que se oculta en cada persona, en cada acontecimiento, en cada experiencia y, sobre todo, que aprenda a descubrir la presencia que todo lo penetra y todo lo sostiene. Una presencia permanente que puedo respirar con mi aliento.

Igual que la naturaleza, también nuestra alma despierta. ¡Cuán hermoso será el amanecer de un alma! Ella es la cumbre de la creación. Creador, creación y criatura forman una trinidad que configura el misterio de todo cuanto existe.

Gracias, Señor, por tanto amor derramado hacia tu creación. Gracias por dejarme experimentar tan de cerca tu presencia. Gracias porque me siento tan mimado por tu amor infinito. Gracias por dejar que pueda saborear este amor y fusionarme contigo. Gracias.

sábado, 9 de febrero de 2019

Envejecer, ¿maldición o bendición?

Envejecer se asocia a una pérdida progresiva de la salud, lentitud en los reflejos, limitación del movimiento y disminución en la actividad cognitiva. El carácter y la personalidad se agudizan. Es decir, es el inicio de una pérdida de calidad de vida, que acabará siempre con los primeros pasos hacia la muerte. Algunos dicen que es la carrera imparable hacia una tragedia ya anunciada. Muchos consideran que la vejez es ese terrible estado en el que un día sí y otro no siempre aparecerán algunas molestias. La agonía se irá apoderando del anciano que vive abocado al sufrimiento, al dolor y en algunos casos a la desesperación. Nadie quiere llegar a la vejez, pues para mucho es un sinónimo de enfermedad, sobreviviendo a las incomodidades permanentes propias de ese estado.

El invierno de la vida


Yo me pregunto: ¿es tan así? A los jóvenes les da pánico hacerse viejos. Se dice también que es el otoño y el invierno del ciclo vital de la persona, el frío inclemente que flagela la piel y el rostro, que hace perder la textura de la vida. Al igual que en otoño caen las hojas, en la vejez todo cae: el ánimo, la piel y el tono vital de la existencia.

Nos asusta y huimos de una realidad: al anciano se le aparca, porque ya no es productivo. Socialmente, queda al margen. Para muchas familias es un peso moral con el que no saben qué hacer. La falta de afecto también es crucial, pues el no sentirse aceptado y amado agrava el profundo sentimiento de soledad. A la marginación social se añade el lento deterioro de la salud y el bienestar. Es como si cada día viera su vida deslizarse torrente abajo.

El cuerpo nos avisa


¿Podemos quedarnos en esta visión tan negativa? La manera en que vivimos la vejez responde a nuestra forma de entender la vida y a la persona. Si pasa todo esto que he descrito ¿no será que en el fondo falta una visión trascendente de la vida? Por eso la explotamos, queriendo vivirla a tope, sin calibrar que ciertas experiencias estresantes y lúdicas, cuando se es joven, están dibujando al anciano que potencialmente llevamos dentro. El frenesí y el ritmo de vida vertiginoso empiezan a dañar nuestro sistema inmune y rompen el equilibrio entre el trabajo y el descanso. Con los años aparecen pequeñas lesiones internas, limitaciones que son poco perceptibles, pero que con el tiempo cada vez se hacen más patentes. Estrés, depresión, cansancio, inicio de diferentes patologías… Queremos estirar la vida al máximo olvidando que somos frágiles, que no somos supermanes, aunque la publicidad nos invite a vivir a tope. Este ritmo de deterioro, al principio muy lento, va fraccionando la psique y debilitando el cuerpo hasta enfermar.

Nos olvidamos del cuerpo, termómetro fiel que va midiendo nuestro estado de salud física y anímica, olvidando algo esencial que forma parte de nuestro ser. El cuerpo acaba expresando patologías que tienen que ver con el sentido de la vida, el propósito vital, lo que uno cree, el valor de la persona, la convivencia, la armonía. Otras veces el deterioro nos lleva a trastornos psicológicos y mentales.

Por un lado no cuidamos el cuerpo: mala alimentación, dependencias, falta de descanso, irritabilidad. No estamos contentos con lo que hacemos y somos, no hay equilibrio, medida ni prudencia. Se come mal, vamos a mil por hora, el aspecto lúdico se convierte en evasión. Lo cierto es que la persona se va fragmentando por dentro, y esto es el anuncio de su futura decrepitud.

Centrarse en uno mismo envejece


Olvidamos que la energía que nos aguanta no sólo se agota con los malos hábitos, sino que la energía más potente, que nos permite seguir existiendo, es la fuerza que sale del alma. Un latido divino nos sostiene, pese a que podamos ir errados. Cuando nos olvidamos de nuestra configuración espiritual todo se precipita. Sólo vivimos volcados en nosotros mismos, sea cual sea, tanto la persona más sencilla que sólo vive pendiente de sí misma como la que, por sus capacidades intelectuales está volcada a su trabajo, intentando aumentar su prestigio e idolatrando su ego. Caerán igual, pese a sus capacidades intelectuales y académicas. El culto al yo intelectual es dramático cuando van apareciendo signos de envejecimiento. Se han creído inmortales, nunca pensaron que podrían retirarse ya no de sus cátedras, sino de sus egos. Les falta una visión más lúcida para saber apartarse antes y vivir de forma más serena y contemplativa. No han dejado tiempo para el silencio, para ir elaborando un proceso natural que puede evitar la tragedia de verse abocados a situaciones insostenibles, física y psíquicamente.

Tiempo para redescubrirse


Nos hemos olvidado que entre el trabajo y la responsabilidad social está el valor del silencio, del escucharnos y escuchar a los demás. Hemos idolatrado nuestra productividad y nos hemos olvidado de armonizar el tiempo y el espacio. Nos falta tiempo para el cuidado, para la ternura, para el descanso, para reaprender con humildad, para desacelerar el ritmo de la vida. Tiempo para que cante el alma. Tiempo para la amistad, para pasear, para bucear en tu misterio. Tiempo para que el corazón se reenamore, ya no desde una pasión descontrolada, sino desde la suavidad del alma. Tiempo para hablar con uno mismo, tiempo para aceptar los nuevos límites físicos. Tiempo para abrazar esa pequeña anciana que empieza a florecer. Tiempo para entender que el reto de la ancianidad no es hacer más, sino entender que no hay otoño en el corazón. Si amas, los ojos seguirán brillando. No importa la gelidez del cuerpo, porque el corazón, que es fuego, seguirá dando luz al rostro.

No. La vejez no es una maldición, es una bendición. Vivir cada día es un regalo, pero vivir amando es un doble regalo. Esto hará que la vejez se convierta en un estado de plenitud, de libertad. El tesoro escondido de toda una vida no lo tienen los jóvenes. Vivir así toda la experiencia que nos ha hecho ser quienes somos añade a la vida un nuevo plus. De aquí que un anciano se pueda convertir en un consejero extraordinario para muchos jóvenes, que buscan algo diferente en su vidas. La ancianidad no es lo mismo que un estado de enfermedad. Es verdad que los ritmos fisiológicos y la energía van tendiendo a un progresivo apagamiento. Conozco a muchos ancianos muy sanos y sobrios, porque han sabido retirarse de la palestra a su tiempo y me dicen que están viviendo la etapa más hermosa de su vida. Siempre se puede florecer. Si sabes mirar al otro con ojos de admiración, sigue habiendo belleza en su rostro cubierto de surcos, que revelan una enorme sabiduría. Hasta el último suspiro de la vida se puede vivir con intensidad cuando tienes una mano que te sostiene y te acaricia. Sólo así la vejez será una bendición y la última etapa para prepararte para el gran salto, abrazar el áncora de tu vida: Dios.