domingo, 17 de noviembre de 2019

Soberbia espiritual


La soberbia espiritual es algo que siempre me ha preocupado. Detrás de este orgullo suele haber una actitud de autosuficiencia y egolatría muy arraigada en la persona. Nadie está exento de caer en la soberbia, pero es mucho más grave en aquellos que tienen una responsabilidad importante en los diferentes ámbitos sociales. La gravedad se acentúa en un político, por la influencia que ejerce sobre los demás. También en unos padres, por su papel en el hogar; en los maestros, en la escuela; o en los referentes religiosos en su comunidad.

Perfil del soberbio espiritual


Resbalar por el tobogán de la soberbia es mucho más grave de lo que parece, porque le precede un exceso de seguridad en sí mismo. Creyéndose en posesión de la verdad, el soberbio se blinda y es incapaz de escuchar a los demás, sin reconocer que el otro puede tener razón. Aún menos reconoce que pueda equivocarse. Por tanto, es incapaz de una reflexión sobre su propia conducta y errores. Su autosuficiencia le lleva a defender «su verdad», impidiendo que los demás se expresen y argumenten ante su posición. El soberbio juzga, pues se cree mejor, y le molesta ser cuestionado. En realidad, vive en una nube de seudo-verdades, incapaz de afrontar la realidad tal como es.

Cuando se trata de soberbia espiritual, la persona se envuelve con un discurso religioso, justificando su actitud por fidelidad a una causa, que defenderá a ultranza, llegando incluso a cierta violencia. Su postura se radicaliza ante quienes la cuestionan, llegando al desprecio del otro, desplazándolo y marginándolo, a veces con agresividad. La soberbia  espiritual, para mí, es la más peligrosa, porque utiliza verdades fuera de contexto para encajarlas en lo que uno piensa y justificar su forma de actuar. Así se generan graves perjuicios a quien se atreve a hablar, arriesgándose a asumir las consecuencias de la reacción descontrolada del soberbio espiritual.

El soberbio espiritual, aunque no lo parezca, en el fondo es una persona insegura, incapaz de gestionar los conflictos. Necesita tener a su alrededor una corte de gente dócil que jamás cuestione su autoridad. Para dar una sensación de firmeza, se protege con discursos repetitivos y argumentos aprendidos de memoria, pero poco asimilados vitalmente, y menos aún elaborados racionalmente. De aquí que, cuando se crea una situación de conflicto, el autoblindaje es cada vez más feroz, evidenciando su fragilidad interna. A fin de no perder control sobre el grupo, el soberbio se encuentra seguro en su radicalidad, insiste en la exigencia moral y pide obediencia, para que nadie se desvíe de sus postulados. A los disidentes, los critica sin piedad y los avergüenza ante los demás, manifestando su dureza de corazón. El discurso del soberbio puede ser convincente, en ocasiones, pero pronto revela el orgullo solapado que muchas veces no puede controlar. Las reacciones duras, valiéndose de sus armas más letales, demuestran que tiene el poder en sus manos. Cree y quiere hacer creer al resto que es totalmente inmune al error, pisando esa línea que separa la fidelidad normal y humilde de la adhesión ciega y sumisa.

¿Cómo sanar la soberbia?


Fidelidad, sí; obediencia ciega, no, porque se puede estar condicionando la libertad del otro. El diálogo sereno y lúcido es fundamental para no caer en la tentación de actuar como un dios.

Para no caer en esa tentación se necesita hacer silencio y escuchar, aunque creas que el otro no tiene razón. Sobre todo, es importante ser humilde y reconocer que por el hecho de ocupar un puesto de responsabilidad no significa que estés exento del abuso de poder. En el lenguaje moral, la soberbia espiritual es grave, porque es una ofensa a Dios, cuando intentas actuar como si fueras un dios. «Yo soy el único bueno, nunca puedo fallar, tengo la verdad y estoy por encima de los demás porque he sido elegido.»

Dios es la verdad y la bondad absoluta. El hombre, cuando quiere ponerse en el lugar de Dios, utiliza su poder, pero no para servir humildemente, sino para aprovecharse de su cargo e imponer sus ideas por encima de la razón objetiva y de la caridad. Cuando el soberbio actúa desde la atalaya de la autosuficiencia, es cuando está más lejos del corazón misericordioso de Dios.

¿Qué hacer para no caer en la soberbia espiritual?


Señalaré algunos puntos.
·    Nunca te sientas mejor que nadie, ni por encima de nadie, por muy diferente que piense, sienta o viva.
·       Reconoce que todos somos iguales, aunque ocupemos un puesto de responsabilidad.
·       Saber siempre objetivar la realidad de manera racional, e intentar comprender la postura de los demás, por incómoda que sea.
·       Nunca imponer tu punto de vista sobre temas que requieren profundizar y dialogar.
·       Renunciar a querer tener siempre la razón en todo.
·       No utilizar tu cargo o autoridad para intereses o asuntos de dudosa moralidad.  
·       Nunca coaccionar la libertad de los otros.
·       Nunca pedir obediencia a nadie, y menos someter a alguien en aras a una supuesta adhesión a ciertas ideas.
·     Facilitar que los demás expresen su opinión, aun asumiendo la posibilidad de rectificar alguna conducta manipulable.
·    Potenciar a los demás, sacando lo mejor de ellos mismos, sin miedo a que puedan ser mejores, en algún aspecto, que el que está liderando el grupo.
·       Ayudar a crecer a los demás, dándoles las herramientas para ello.
·       Recordar que la fidelidad y la adhesión no sólo son a ideas y a proyectos; la fidelidad a Dios está por encima de las adhesiones personales y grupales, incluso por encima de la institución.

Libertad y vocación no tienen que estar reñidas; al contrario. La vocación sólo puede crecer y madurar desde la libertad. Sin ella la vocación sería una sumisión a ideas o a grupos humanos, pero no necesariamente una adhesión total a Dios.

La alegría, la armonía y el amor han de reinar siempre en el corazón. De no ser así, cabe preguntarse si la vocación es auténtica y si el sí se ha dado con entera libertad.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Falsos paraísos


La búsqueda de la felicidad es algo absolutamente natural y necesario en el ser humano. Estamos concebidos para saciar el anhelo de plenitud que todos llevamos dentro. Necesitamos experiencias de afecto, acogida, ternura y confianza. Pero también necesitamos desafiarnos a nosotros mismos y aspirar a unas metas. Es tan importante tener unas relaciones estables como un propósito vital. Todos necesitamos soñar, sentirnos queridos, apoyados y potenciados; tener un espacio para la convivencia apacible y serena, confiar en los demás, compartir y hacer fiesta. No podemos ser felices solos, aun asumiendo las dificultades que implica toda convivencia y la falta de sintonía. A veces, lo que es legítimo y deseable no se consigue o, si se consigue, no siempre se mantiene, porque se producen tensiones que pueden llegar a romper la convivencia.

Ese deseo de una vida plena está inscrito en nuestra estructura psicológica y social. La soledad se convierte en un gran temor para muchas personas. Los demás son clave para la felicidad. Pero también son causa de sufrimiento cuando las relaciones no se fundamentan bien.

Una fiesta que no acaba bien


Hace poco estuve con unos amigos en un lugar donde se celebran comidas familiares y eventos. Junto a nosotros, unos jóvenes celebraban una fiesta de cumpleaños. Me llamó la atención porque todo empezó con saludos afectuosos, alegría, miradas cómplices, conversaciones animadas y buen ambiente, en un entorno amistoso y lleno de cordialidad. Pero, a medida que pasaba la tarde, todo fue cambiando. Pusieron música, bailaron. El alcohol corría de vaso en vaso y la cerveza de lata en lata. El tono de voz se fue elevando, con el ritmo de la música. De la tranquilidad de la comida pasaron al vocerío, la exaltación y el ruido. Incapaces de controlarse, los jóvenes —y los adultos que estaban con ellos— no dejaban de beber y de contonearse frenéticamente. Poco a poco sus miradas se volvieron vidriosas, la voz se les hacía pastosa, algunos perdían el equilibrio y les costaba mantenerse en pie. Chicas y chicos aparentemente normales, cordiales, respetuosos e incluso un poco tímidos cuando están sobrios, se transforman con la música y el alcohol, hasta perder el control de sí mismos.

Me fui preocupado, pensando cuántas fiestas como esta se celebran cada fin de semana. ¿Cómo es posible llegar hasta aquí?  ¿Por qué necesitan pasar de la tranquilidad amistosa al ruido descontrolado y a la embriaguez? ¿Qué les ocurre a nuestros jóvenes? Durante la semana se portan como “buenos chicos”, cumpliendo con sus obligaciones, estudios y trabajos, pero cuando llega el fin de semana se transforman y se abandonan en esta catarsis, explotando como una botella de champán agitada, con toda su efervescencia, como si vivieran reprimidos y necesitaran estallar. ¿Son conscientes del daño que se están causando a sí mismos?

Me alejé con un profundo dolor en el alma. Si esto se repite cada fin de semana, y hay muchos que viven así, este estrés lúdico acabará haciendo mella en su salud, aparte de la adicción que puedan contraer. El exceso de alcohol y de azúcar dañará irreparablemente su cerebro y les pasará factura al cabo de los años, tanto en lo físico como en lo emocional.

¿Qué hay detrás de esta huida?


Llegué a casa e hice una consulta por Internet sobre el consumo de alcohol y los jóvenes, y quedé horrorizado al constatar la terrible dependencia que se da, cada vez a edades más tempranas. El alcoholismo es una auténtica pandemia que afectará la estabilidad económica y social de todo un país. Miles de jóvenes esperan el fin de semana para entregarse al ritual de la bebida. Los daños físicos, psicológicos y familiares que esto causa son alarmantes. Los expertos avisan a los gobiernos para que tomen medidas de todo tipo si quieren mantener la salud y el sistema sanitario del estado.

Pero, más allá de los estudios y las cifras, me surgen muchas preguntas. ¿Por qué los jóvenes buscan un paraíso artificial, falso y virtual? ¿Por qué huyen de la realidad? ¿No son felices en sus casas? ¿No les gusta trabajar, o estudiar? ¿No tienen buenas relaciones con sus padres? ¿Carecen de referentes educativos? ¿Tienen claro lo que quieren? ¿Se proponen metas? ¿Tienen problemas de identidad? ¿Están cansados de vivir, de caer en la rutina, y la vida se les hace insoportable? ¿Les han enseñado a gestionar sus emociones? ¿Qué entienden por libertad?

Frágiles, inseguros y sin futuro, son pasto de una sociedad de consumo que los manipula desde la infancia, comenzando con los dispositivos móviles, la publicidad, la moda, el culto al yo y al aspecto físico. Flotando en la nada, vulnerables e incapaces de encontrarse a sí mismos, sobreviven creándose paraísos alternativos para poder resistir la náusea existencial.

Perdidos en el vacío más profundo, el alcohol es la gran solución para esquivar la realidad tal como es y afrontar los retos difíciles. Es una huida hacia ese cielo efímero donde no hay que pensar, ni decidir, ni sufrir. Aunque el despertar sea mucho más amargo.

Recordé a estos muchachos y me dio la impresión de que naufragaban en una noche oscura de tormenta, en medio del océano de sus vidas. ¿Qué salida puede haber para ellos? ¿Cómo ayudarles?

domingo, 3 de noviembre de 2019

Un patio lleno de flores

En memoria de María Frutos


Recuerdo algunos veranos, cuando me podía escapar de Barcelona para ir a mi querido pueblo de Montemolín. No quería dejar de ver a nadie de mi familia. Deseaba visitarles y en especial a mi tío Rafael, hermano de mi madre, su esposa María y mi colección de primo y primas que, cada vez que volvía, encontraba cambiados y crecidos. Los vi desde niños y adolescentes cómo se iban haciendo adultos.

Cuando los iba a visitar a su casa, tía María siempre me recibía obsequiosa, con delicada atención, y preparaba un buen ágape en aquel patio interior, un hermoso jardín perfumado y lleno de geranios. Vestido de naturaleza, el patio se convertía en el mejor comedor, donde nos reuníamos y compartíamos largas y animadas conversaciones. Alimentábamos el cuerpo, y también el alma.

María embellecía el espacio a su alrededor. Limpio, ordenado, fragante, en su patio se respiraba el cielo. Con su amor regaba las flores plantadas en el jardín de su hogar: sus hijos y nietos. Era jardinera y arquitecta de la convivencia. Trabajaba sin ruido para armonizar la familia y para que no hubiera grietas en las relaciones, no exentas de dolor, a veces. Y todo con suma discreción, serenidad y amabilidad. María todo lo hacía más fácil, aunque en su corazón pudiera sentir la fragilidad y los límites. Como madre, hizo lo posible e imposible para que en su casa reinara la paz y la armonía. Era una delicia estar con ella.

Poco a poco, una enfermedad letal fue aquejándola. Tras algunas operaciones dolorosas, con sigilo y con paz, se fue marchando a pasos delicados. Finalmente, sus ojos se cerraron para siempre.

María ha dejado a la familia un legado impresionante de humanidad, maternidad y amor. El cuerpo se desvanece, pero su alma debió brillar más que nunca al encontrarse con Aquel que hizo posibles los mejores frutos de su vergel, que ella cuidó con tanto mimo. El gran jardinero, Dios, le abrió las puertas del jardín de los jardines, donde ya la debían estar esperando con hermosos ramos de flores su madre Micaela y la abuela Araceli, con el resto de familiares.

En vida fue esposa y madre, tía y abuela, siempre compartiendo los avatares de la familia. Ahora la seguiremos teniendo a nuestro lado, en nuestros corazones y en ese paraíso cuyas flores jamás se marchitan.

sábado, 19 de octubre de 2019

Una trampa sutil


Un reto pedagógico (educar no es modelar)


La tarea de educar no es nada fácil. Es compleja porque afecta a la totalidad de la persona: sus valores, su cosmovisión, sus modelos, sus referencias. ¿Qué entendemos por educar? La palabra latina en su origen, educere, significa sacar afuera lo mejor de la persona. Por tanto, educar no es imponer al otro lo que tú piensas o crees. No es modelar al otro según tu concepción de la vida y tu sistema de creencias. Hacerlo de esta manera implica claramente un intento de manipulación y un deseo de moldear al otro según tus criterios. Esto ocurre en el campo político, en la enseñanza y también en el ámbito religioso. Se impone una ideología, un pensamiento único, y todo el mundo debe acatarlo. Uniformar e igualar todas las mentes ocasiona un grave atentado contra la libertad de la persona.

La hipocresía del poder


Educar sin tener en cuenta la libertad del otro y su propio carácter es caer en una ideología totalitaria que lleva al sometimiento de la persona. Se ha de evitar caer en la hipocresía y en el argumento moral: «lo hago por el bien del otro». En el fondo, tras esa actitud aparentemente ética y bondadosa, se pueden esconder intereses oscuros e inconfesables. Tras el paternalismo moral puede haber un afán de dominio para someter al otro.

Educar no significa que todos sigan las consignas del maestro o del líder, del político o del padre. Educar es hacer todo lo posible para que la persona crezca y sea ella misma, potenciando sus mejores talentos, su creatividad y su libertad, aunque se equivoque. Intentar que los demás sean clones de uno mismo es la anti-educación. Es un asalto a su dignidad.

¡Cuántas veces sucede esto! Instituciones públicas, movimientos sociales y grupos religiosos caen en esta trampa. Sus dirigentes piensan que son inmunes al error, al egoísmo, a la idolatría del poder. Y, casi sin darse cuenta, poco a poco, van resbalando hacia actitudes autoritarias y fundamentalistas, hasta llegar a blindarse en la autodefensa. Creen que su superioridad moral o religiosa los sitúa por encima de aquellos que se han convertido en súbditos del que manda. Todo esto, envuelto en un halo paternal de benevolencia: «todo lo que hago es lo mejor para vosotros». Así aseguran su liderazgo. Piden una constante obediencia a su misión, porque ellos saben mejor qué necesitan los demás.

Un proceso destructivo


La primera fase de la sumisión está marcada por una exquisita amabilidad y atención. Todo es cordialidad, afecto e invitación a las actividades que organiza el grupo o la institución. Es la fase de la seducción, la caza del prosélito, con toda clase de recursos para lograr que el vínculo sea cada vez mayor. Todo es apertura y disponibilidad, hasta que logran fidelizarlo y generan en él la necesidad de pertenencia al grupo.

Una vez el neófito está totalmente integrado, se establecen criterios rígidos de carácter moral, ideológico o religioso, según la tendencia del grupo o institución. Poco a poco se empieza a hacer injerencia en su vida privada: sus relaciones, su familia, el trabajo, los amigos… hasta llegar a meterse en la vida íntima de pareja. Aquí ya vemos cómo la penetración en el siquismo emocional va produciendo su efecto. Se pide una total obediencia, casi ciega, al líder o responsable del grupo. En esta segunda fase, la suavidad de la acogida pasa a ser exigencia de compromiso y se hace una intromisión en la vida de la persona, marcando pautas para que siga las consignas del líder.

Si hay discrepancias, saltan las tensiones. Los prosélitos empiezan a darse cuenta de que sus vidas están totalmente controladas por el jefe. Algunos soportan la tensión y la acatan. Otros, no tanto.

En una tercera fase, algunas personas comienzan a cuestionar la actitud del líder, incluso su moralidad y coherencia. Despiertan de su letargo, ya no se dejan engatusar por las palabras bonitas ni por las consignas que se les infiltran, como dardos adormecedores, para conseguir la sumisión. Empieza la disidencia.

El líder pasa de las palabras dulces a una actitud exigente y dura. Ahí aflora su auténtica identidad. Ahora utilizará sus armas más mortíferas para contrarrestar a quienes se enfrentan a él y cuestionan su autoridad: la humillación ante el grupo, el reproche por su conducta moral, acusaciones de deslealtad y rebeldía. Irá generando un profundo sufrimiento a quienes se atrevan a hablar con sinceridad para intentar aclarar la situación.

Empieza una larga agonía para el disidente, que puede llegar hasta la depresión. Se preguntará si puede creer o no en la institución. Su psique queda rasgada: creía haber encontrado la razón de su vida, una comunidad donde integrarse y crecer, y se ha encontrado con una gran mentira. Creía haber encontrado la libertad, y poco a poco ha visto como esta se veía atenazada. Esta es la fase destructiva: además del sufrimiento interno, la dureza del líder se volcará contra él, como una máquina demoledora que, sin piedad, irá triturando al rebelde hasta despojarlo de su dignidad y volatilizarlo. De la ternura ha pasado a la dureza, y de la dureza a la violencia psicológica. El disidente, tachado de rebelde y traidor, acabará abandonando el grupo. Pero lo hará completamente destrozado y sin norte.

Vuelvo al principio. Ni en nombre de una idea, ni de una estirpe o familia, ni en nombre de Dios, tenemos derecho a pisotear la libertad de nadie. La libertad es tan sagrada como la vida y como el mismo Dios. Si resbalamos por aquí, estaremos convirtiendo la institución, ya sea familia, partido político o grupo religioso, en un sistema tiránico que sólo busca subyugar a la persona, exprimirla al máximo y desnudarla de toda dignidad. Esto sucede con especial virulencia en las sectas manipuladoras. 

Este escrito quiere ser una alerta: que el afán de poder no lleve a ningún líder a convertirse en un sectario. El sectario aborrece, por definición, la libertad del otro. Todo cuanto pueda ofrecer será engaño y mentira, pues está negando el don más sagrado que, después de la vida, posee todo ser humano.

domingo, 13 de octubre de 2019

Culto a la apariencia


La sociedad cada vez más nos empuja a dejar de ser nosotros mismos. Esta batalla por abrirse camino y lograr un hueco importante se cobra su precio: puede llevar a la persona a renunciar a sus valores, su talante y su forma de ser. Los cánones impuestos por la moda exigen no sólo un cierto aspecto físico, sino capacidad de empatizar con los demás y fluidez comunicativa. El cine, los medios, la televisión, con programas de contenidos vacíos y moralmente muy discutibles, tienden a destruir la intimidad de las personas. Por un lado, exaltan el culto al cuerpo con un tipo de vestuario insinuante. Por otro lado, prima un periodismo amarillo que se complace en ensuciar la fama y desvelar la vida privada de las gentes. La situación es grave, pues lejos de valorar a la persona como tal, fomenta un narcisismo enfermizo, que sólo busca recrearse en el culto al yo, cayendo en la frivolidad más exagerada.

Cuántas adolescentes viven excesivamente preocupadas por su cuerpo. Se ven poco atractivas y son capaces de cometer auténticas barbaridades con tal de cumplir con los cánones de belleza que marcan modelos anoréxicas de una delgadez extrema. Estando en su peso, se creen gordas. Todo gira en torno a su físico. Necesitan gustar, ser aceptadas y acogidas, aunque esto les cueste sufrimiento y adoptar conductas patológicas en cuanto a la comida: los trastornos alimentarios como la anorexia y la bulimia se están convirtiendo en una pandemia entre el colectivo juvenil.

La obsesión por gustar


El problema de fondo es este: si no eres guapo o guapa, simpático y popular, no eres nadie. Ser alguien pasa por la aprobación de los jueces de tu entorno: amigos, familiares, compañeros de trabajo… La fragilidad psíquica de un adolescente le puede empujar a cometer graves errores. Urge apearse de esta cultura de la apariencia. Tener un cierto físico no puede ser el medio para conseguir lo que se quiere. Nadie tiene que decir a otro lo que tiene que ser, obligándole a renunciar a su propia identidad. La fama, alcanzar la cumbre mediática, presumir de reconocimiento y talentos puede llevar a vaciarse por dentro.

Los centros de medicina estética asisten a esta locura colectiva. Cada vez son más las jóvenes, incluso menores de edad, que quieren cambiar su cuerpo sometiéndose a cirugías agresivas que pueden tener consecuencias graves en su salud. Y lo peor de todo es que a veces lo hacen con total consentimiento e incluso alentadas por sus padres.

Este comportamiento está fomentado por muchos artistas, actores, actrices, modelos y famosos que se convierten en referentes para los jóvenes. Quieren imitarlos y copiar su imagen, sin pensar que todo lo que sea alterar su naturaleza mediante la cirugía va a dejar huellas irreparables en su cuerpo. ¿Quién no ha visto flamantes artistas, con un físico impresionante que, a medida que envejecen, han ido deformando sus rostros de tal manera que, al final, dejan de ser ellos mismos? Ver esos rostros tan retocados sobrecoge. ¿Cómo es posible cometer tales atrocidades con el propio cuerpo, con la propia vida? Algunos, en su obsesión, acaban enfermos o dementes.

Ser tú mismo


Quisiera que los jóvenes pudieran leer esto como un aviso, para que no se queden en su envoltorio. Las personas somos algo más que un aspecto. Más allá de la piel o de la belleza física, hay una belleza interior que nadie te puede arrebatar. Y esa belleza se refleja en tu rostro y en tu cuerpo, tal como es. Tú puedes crecer y lograr lo que quieras sin renunciar a ser tú mismo. No ambiciones nada que signifique diseccionar, descarnar, mutilar tu rostro o tu cuerpo. Tu vida vale más que eso. No dejes que otros hagan de ti una imagen que no eres tú, y una vida que no es la tuya. No dejes que te empujen a hacer algo que está en contra de tus valores, de lo que anhelas en el fondo de tu corazón.

Es verdad que esta obsesión por el éxito, el dinero y la fama puede ser muy atractiva, pero ¡cuidado! Porque te puede llevar por un camino que, mientras lo recorres, te atrapa con su falsa luminosidad y puedes llegar a perderte en un laberinto de donde te será difícil salir. El deslumbramiento puede ser tal que te haga vivir en una burbuja, apartándote de tu propia realidad y tus necesidades. Cuando se tiene lo que uno quiere, es fácil olvidar que eres un mortal, como todos. Toda esa parafernalia ha sido un continuo engaño que te ha llevado a sentirte invencible, olvidando que no sólo tienes un cuerpo bello por fuera, sino un organismo maravilloso que funciona armónicamente para que vivas bien y sano. Cuando lo maltratas con bebida, droga, un ritmo frenético, poco sueño y un cansancio continuo, tu energía irá mermando poco a poco. Una vida enloquecida sin control ni equilibrio puede llevarte a la muerte. El éxito nos embriaga y creemos que podemos estirar el tiempo, pero nuestro ritmo biológico sigue su paso. Cuando forzamos el ritmo vital la decadencia acecha y sobreviene antes de tiempo. Entonces es cuando la cirugía estética se convierte en el remedio rápido, pero sólo consigue convertirnos en pequeños “Frankestein”, deformes y grotescos. Esto les sucede a todos aquellos que se dejaron llevar por la fama efímera y acabaron perdiendo su belleza natural, la que les dio la naturaleza, para terminar hundidos en el vacío, en el absurdo y en una triste imagen de lo que fueron.

Madurar con belleza


La naturaleza es muy sabia. Cuida de ella, mima tu cuerpo, aliméntalo bien, descansa, haz deporte, elige bien tus amigos, estudia, haz lo que te gusta… ¡ama la vida! Ama a tus familiares, a tus amigos, a ti mismo, a Dios. Y acepta la muerte.

Cultiva el silencio, abraza tu realidad, mírate al espejo y piensa: soy una maravilla para el Creador, él no cambiaría nada de lo que soy. Tienes un cuerpo bello, sea como sea. Es un regalo, no lo modifiques. Una belleza sofisticada no es natural. No caigas en la trampa de dejarte engañar por las promesas falsas, por lo efímero. Tu cuerpo no tiene precio, no lo truques ni creas en una falsa inmortalidad. Tu cuerpo es tu casa, donde moras. Cuídalo porque, si lo haces, él cuidará de ti. Si vives arraigado en unos valores y principios, todo tú estarás armonizado. También tu cuerpo y tu piel.
 
Vive de manera sana y, cuando envejezcas, porque eso será lo natural, no necesariamente enfermarás. El desgaste se ralentizará porque estarás oxigenando tu cuerpo y le estarás dando vida. Podemos llegar a ser ancianos bellos y con salud. Esta es la meta de toda persona: mantener bella su alma para mantener bello su cuerpo hasta el último día de su vida. ¡Qué paz morir con un corazón que ha amado mucho, que ha sabido cuidarse para servir sanamente a los demás!

Esta es la auténtica elegancia y belleza. La de saber que la vida tiene sentido sólo cuando descubres tu auténtica misión. La piel envejece, pero el corazón siempre se mantiene joven, porque sólo así puede amar, y el amor siempre rejuvenece. No importa la edad: vivir siendo quien soy es la mejor respuesta al don que se me ha dado.

domingo, 6 de octubre de 2019

Hijos del mundo

Hace poco me ofrecieron la oportunidad de hacerme un test genético, donde se rastrean los orígenes de la persona tras el análisis de unas muestras de ADN. Acepté, pues siempre me ha inquietado conocer mis raíces y las de mi familia, y esperé con curiosidad e interés los resultados del test.

Cuando llegó la respuesta, me quedé entre sorprendido y contento. Como era de esperar, una parte importante de mi procedencia es ibérica, más de un 70 %. La sorpresa estaba en ese 30 % restante: una parte italiana, otra eslava, de la Europa del Este… ¡un 10 % africano! y un insólito 1,3 % melanesio, es decir, de las islas del Pacífico. 

La primera reacción es preguntarse quiénes debieron ser esos antepasados, de dónde venían y cómo llegaron a encontrarse unos con otros para ir forjando lo que sería mi linaje. Pero más allá de esta curiosidad, fui reflexionando con más hondura sobre los resultados de esta prueba. La memoria familiar se pierde; como mucho, dura dos o tres generaciones, en algunos casos más, pero no suele ir más lejos de unos pocos siglos. En cambio, el ADN no miente: nos revela datos que nuestra memoria ha olvidado hace mucho tiempo, y que están ahí. Más allá del apellido, más allá del árbol genealógico, el laboratorio nos muestra que en el origen de nuestra historia hay una mezcla variopinta de culturas y procedencias. Todos somos mestizos y todos somos hermanos. Nuestra historia se forja sin conocer fronteras.

Más allá del árbol genealógico


Soy ibérico, soy africano, soy eslavo y soy aborigen del Pacífico… El mundo es mi hogar. Mi familia, la humanidad. No estoy presumiendo de cosmopolita: mis genes así lo descubren. La fuerza de la vida trasciende lugares, países, continentes, ideologías, religiones, culturas y naciones. Todos somos una unidad, más allá de las abstracciones culturales y filosóficas. Somos parte de este gran mosaico cultural, social e histórico que es la humanidad.

Y si aún vamos más allá, todos los seres vivos somos fruto de ese impulso que surgió tras el Big Bang. Una corriente de vida nos une desde las primeras células hasta ahora.

Después de sentir en mí esta hermandad existencial con todos los seres humanos, con todos los seres vivos, con la misma materia que forma el universo, me dejo asombrar por otro hecho.

Soy fruto de la unión de dos células. Existo gracias a los demás. Concretamente, gracias a mis padres. Pero también es cierto que mis padres pudieron tener otros hijos, en vez de yo. ¿Por qué fui concebido? Mi vida no sólo es fruto de unos padres, sino de un momento, un lugar, una situación muy concreta. 

Uno solo entre miles de espermatozoides, uno solo entre cientos de óvulos, dieron lugar a mi ser. Yo soy una posibilidad casi imposible entre millones, fruto de circunstancias, decisiones, encuentros… ¡Qué poco faltó para que yo nunca llegara a existir! Y, sin embargo, aquí estoy, preguntándome por mis orígenes y maravillándome de la universalidad de mis genes.

Solemos decir que el ser humano es nada, apenas una motita de polvo en medio del inmenso cosmos. Y es cierto, si comparamos nuestro tamaño con las dimensiones astronómicas del universo. Pero al mismo tiempo, entre no ser nada y entre ser, ¡hay un abismo infinito! Decía un teólogo que cada persona es un Himalaya de existencia, una cumbre grandiosa del ser en medio de la nada.

Sentir esto, la mínima posibilidad de ser que tengo, y la grandeza de estar existiendo, fruto de tantas coincidencias y de una historia tan larga, me estremece. Y siento que en mí late una gratitud muy profunda, y un gozo que nada ni nadie puede apagar. Porque el hecho de ser y estar vivo me habla de una voluntad amorosa que hizo existir todo: el universo, la vida, el ser humano, yo.

Miro de nuevo los resultados de mi ADN y siento alegría, agradecimiento, y ternura hacia el resto de seres humanos que me rodean. Siento que todos somos padres de todos e hijos de todos. Hermanos, al fin, en esta gran aventura de la existencia.

domingo, 29 de septiembre de 2019

¿Me das 15 euros?


De buena mañana me gusta pasear, sentir el aire fresco del nuevo día y respirar, dando gracias por la aventura de otra jornada. Tras la silenciosa noche, las calles están desiertas. La gente va despertando en sus hogares con calma. Hoy es sábado y empieza un fin de semana tranquilo y sin prisa. Se entra en otro ritmo más pausado después de la ajetreada semana laboral.

El día se levanta y los rayos de sol empiezan a iluminar las calles, ya no con la intensidad del verano. Una brisa fresca anuncia el cambio estacional. Todo adquiere otro color; el otoño va asomando.

Voy paseando por la calle y se me acerca una joven adolescente. Su semblante es hermoso, pero la veo inquieta, despeinada y con el rostro demacrado. Es casi una niña entrando en otro cambio estacional, quizás quiere ser adulta antes de tiempo. Veo en sus ojos una angustia contenida. No deja de moverse con nerviosismo, como si temiera algo. Una necesidad la abruma, se acerca un poco más y sus ojos, hermosos y brillantes, me producen ternura y compasión. Finalmente, me dice: ¿Tiene quince euros? Me lo dice rápido, con ganas de soltarlo. Le hago un gesto como preguntando: ¿Para qué los quieres? Ella me lee la cara y me comenta que se ha olvidado la llave de su casa, le han robado el móvil y quiere el dinero para coger un taxi, pues su madre trabaja en un hospital de noche. No me explica más, y me insiste, casi llorando, que le han robado. Su nerviosismo aumenta, como si estuviera a punto de estallar. Quiere mi respuesta rápida, y ya.

Pienso si debo dárselo; su insistencia es agresiva y desesperada a la vez. Le pregunto si en casa no está su padre, o algún hermano, o si no tiene algún amigo que pueda acompañarla. Ella vacila ante mí, no me responde e inmediatamente se aleja. Hubiera querido serenarla, pero se va, mientras asaltan mi mente muchas preguntas. La veo de lejos que se acerca a otro y le dice lo mismo.

Me hubiese gustado ayudarla, no sólo con los quince euros que pedía, sino con algo que vale más que el dinero. Pero ella no quería otra cosa, quizás lo necesitaba para procurarse droga o alcohol.

¿Qué nos están pidiendo los jóvenes?


Recientemente leí que el consumo de droga y alcohol en los adolescentes ha aumentado de manera alarmante. Cada vez son más los jóvenes y los preadolescentes que caen enganchados. Aquella joven, enajenada y fuera de sí, necesitaba más un apoyo médico y psicológico que el dinero que pudiera obtener para seguir alargando su agonía. Evidentemente, en ese momento ella no estaba para recibir ninguna lección moral, pero me dejó pensando en esta pandemia que está golpeando a tantos jóvenes que van por la vida sin rumbo. ¿Qué pasa en su hogar? ¿Cómo se encuentra su familia? ¿Qué clase de amigos o amigas tiene? ¿Sufre algún conflicto emocional en sus relaciones? ¿Qué le había ocurrido esa noche, para terminar sola en la calle, pidiendo quince euros? ¿Tal vez la pasó en una discoteca? ¿Rompió con alguien? ¿Simplemente tenía el síndrome de abstinencia y necesitaba una dosis de droga, esos gramos de veneno blanco que va destrozando su cerebro?

Al regresar a casa sentí una profunda pena, y me iba preguntando por el futuro de esta muchacha. ¿Qué será de ella? ¿Por qué esta joven con cara de niña está pidiendo una cosa equivocada? ¿Por qué no se le da lo que realmente necesita? Llegar hasta ese punto revela que, a esa edad, los adolescentes son muy vulnerables e inseguros. Necesitan, no sólo que los padres asuman su responsabilidad de padres, educándolos en un entorno de afecto, donde los hijos vean que no siempre es bueno que los padres les den todo lo que piden, sino que hay otros aspectos que valorar, y que deben madurar como personas. Es una tarea ardua y compleja; los padres se topan tanto con el impacto externo como con la propia personalidad del adolescente. Están no sólo ante una personita que tiene necesidades, sino ante un misterio infranqueable. Toda decisión, actitud y valores que adopten va a marcar el futuro de sus hijos.

Saber responder


Los adultos tenemos una enorme responsabilidad y no podemos fallar a nuestros jóvenes. Educar es una tarea que requiere discernimiento, serenidad, madurez, paz interior y capacidad de empatizar. Es un reto urgente saber priorizar lo importante. Hay una marea de gente joven que quizás busca y no encuentra, porque estamos tan metidos en nuestros asuntos que no oímos la alarma de ese grito que nos señala una situación de emergencia. Mientras nos levantamos bostezando, muchos jóvenes van cayendo en el abismo, como esta niña de hoy. Gritan en medio del vacío, gritan hasta dejarse la voz: ¡Dame algo! Pero nosotros hacemos el remolón en la cama, porque ese grito llega hasta lo más profundo de nuestras entrañas y preferimos meter la cabeza bajo la almohada. No queremos escuchar ese lamento que exige de nosotros una respuesta tan contundente como eficaz.

Esa joven puede ser tu hija, puede ser tu nieta, tu hermana, tu amiga. Prefiere el ruido a la soledad, lo artificial a lo natural, lo enfermizo a lo sano. Quiere anestesiarse y no vivir; quiere huir antes que enfrentarse a la realidad. Tal vez se prostituye sin llegar a conocer lo que es el amor, la amistad, el calor de una familia. Prefiere el alcohol al aire fresco, el anonimato en medio del gentío que encontrarse consigo misma; perderse en vaguedades en vez de empoderarse; aturdirse con la música antes que escuchar una melodía deliciosa.

Hay algo que estamos haciendo muy mal, y es responsabilidad de los adultos que frenemos esa plaga de desesperanza en tantos jóvenes. Ojalá un día podamos dar a nuestros jóvenes aquello que necesitan. Ojalá sepamos leer sus necesidades escondidas en lo más profundo de su alma. Para esto, no hemos de ver al joven como una explosión de necesidades psicológicas y fisiológicas, sino como un ser que está creciendo y tiene auténtica hambre de trascendencia.