domingo, 14 de junio de 2020

Ir despacio



Estamos inmersos en la cultura de la prisa y de lo inmediato. Lo queremos todo aquí y ahora. Deseamos acortar el tiempo para poseerlo todo de la manera más rápida.

Este ritmo, ¿es normal? ¿Y si el afán de posesión inmediata no es más que un signo de una patología psicológica y existencial?

Todos corremos. ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos empuja a ir a toda velocidad? ¿Qué es lo que fuerza nuestras ganas de conseguirlo todo y ya? ¿Qué nos pasa, que estamos adoleciendo de algo que nos hace caer en el frenesí? Nos falta paz interior. Huimos del silencio. Nos cuesta controlar la moderación y el equilibrio. ¿Por qué lanzarse a una carrera para meter en nuestro tiempo el máximo de trabajo? ¿Y si la hiperactividad nos está enfermando? ¿Qué significa hacer de todo en el mínimo tiempo posible? ¿Mercadeamos con el tiempo, con la obsesión de tener y hacer?

De la prisa al vacío


El homo sapiens ha conquistado el espacio y la tecnología. Ha alcanzado grandes cimas en diferentes campos de las ciencias. Sus logros y sus hallazgos se viralizan, como la velocidad de sus éxitos. Sí, está en la cumbre de sus anhelos más altos, pero ¿qué es el hombre si le falta el tiempo, la calma, el silencio? Se vuelve un hazmerreír de sus antojos intelectuales. Pero le está faltando algo que forma parte íntima de él: le falta el silencio, la soledad, saborear despacio la belleza que le rodea.

La misma velocidad lo lleva a experimentar, más adelante, un profundo vacío. ¿Qué hay detrás de ese hacer y tener? Cuantas veces me han comentado, personas que conozco de cerca: «He hecho todo, he estado en muchos sitios, tengo de todo, pero siento un vacío dentro, una soledad tan fuerte, que empobrece mi alma. Antes tenía muy claro qué tenía que hacer. Hoy me pregunto si todo aquello me ha servido para ser feliz y sentirme bien conmigo mismo. ¿Qué hay de aquella preclaridad de la que presumía ante los demás? Me pregunto, una y mil veces, qué he hecho con mi vida. Sí, he logrado grandes metas, pero mi alma no se siente bien… Son muchas las cosas que conozco, pero ahora se abre una herida que cuesta cicatrizar».

Es verdad que puede haber diversas razones que lleven a las personas a ese impulso innato y legítimo de proyectarse socialmente. Pero ignoran el precio tan caro de vivir a velocidad de vértigo, que a muchos los lleva a un estrés sin límites. Sobre todo, cuando el tiempo se hace cada vez más corto y no soportan que las agujas del reloj pasen demasiado aprisa, porque no logran hacer todo lo que quieren y se frustran cuando no lo hacen todo. Y si lo hacen, acaban agotadas, con episodios de ansiedad.

Los límites son una ducha de realismo


No somos inmortales. Cuesta de aceptar que todo tiene un límite: el tiempo, la vida, las cosas, los otros. Nos topamos de cara con la realidad, tal y como es, y nos enfadamos porque no somos capaces de controlarlo todo, desde nuestras necesidades fisiológicas hasta nuestra mente. La cultura y la educación nos han hecho sentirnos invulnerables, supermanes, y nos damos cuenta de que tenemos un ritmo biológico, un ritmo psicológico que marca nuestra manera de estar en el mundo. Aunque esto nos inquiete, son los límites que tenemos que aceptar. No somos dioses y no tenemos que actuar sin conocer quiénes somos.

Los límites son una ducha de realismo. Necesitamos parar y ralentizar la velocidad. Necesitamos tiempo para descansar, reflexionar, rezar, cuidar nuestra salud. Se necesita del silencio, de la intimidad con el otro, de la ternura, la amistad, el diálogo sosegado, el paseo. Somos así. No podemos renunciar a nuestra naturaleza. No necesitamos galopar como los caballos; nuestras extremidades son frágiles. Somos personas con un buen cerebro, pero con un cuerpo que siempre está expuesto a constantes riesgos de erosionarse y caer enfermos, porque hemos idolatrado el hacer por encima del ser.

El mejor antídoto para la patología del frenesí es autoeducarnos para aprender a deslizarnos por la vida. Hemos de aprender a ir despacio, respirar, pasear sin prisa, contemplar, emocionarnos, ser dueños de nuestro tiempo.

Descubrir el castillo interior


Necesitamos admirar, y mirar con sosiego. Que nadie nos robe el tiempo para nosotros mismos, el tiempo con la persona amada, con los amigos; el tiempo para el silencio, para respirar con calma y contemplar la realidad. Pero, sobre todo, el tiempo que necesitamos para crecer en aquellos valores que enriquecen nuestra vida: la fe en aquello que nos sostiene y una relación íntima con la fuente de nuestra existencia.

Sólo así descubriremos que dentro de nosotros hay algo que nos empuja a sacar lo mejor, porque tenemos una brújula que nos orienta a perseguir nuestros sueños. Más allá de la conquista de la Luna, nos espera la hermosa cumbre del alma. Y esto pasa por detenerse ante uno mismo y descubrir que el gran hallazgo de nuestra vida es nuestro propio castillo interior, el Edén que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Para esto, hay que renunciar al ruido, a la prisa, y sumergirse en el misterio que nos envuelve.

Tú y Dios dialogando sin palabras. Dos corazones latiendo, trascendiendo el tiempo y el espacio. Sólo somos fundidos en un abrazo con él. Entonces el tiempo se detiene y el espacio es la intimidad. El tiempo se convierte en oración permanente si somos capaces de entrar en esta onda cada día, un rato.

Nadie nos arrebatará lo que somos, aunque estemos en medio del mundo. La brújula interior nos ayudará a no desviarnos del camino y nos llevará hacia la inmensidad de ese cielo que hay en el alma.

sábado, 6 de junio de 2020

Nadar en el océano de la escritura


Muchos de mis seguidores me habéis preguntado: ¿por qué escribes?

La verdad es que desde que soy adolescente me ha gustado escribir y he tenido la necesidad de hacerlo como una forma más de comunicación. Cuando mi corazón se llena a borbotones de ideas, pensamientos y reflexiones, escribir es una forma de canalizar todo ese potencial que llevo adentro. Reconozco que soy una persona sensible y que nada de lo que veo me es indiferente.

Todo lo que sucede a mi alrededor, para mí, es valioso. La realidad está llena de colores y texturas: unas palabras, un rostro, un amanecer, la fragancia de las flores o la belleza de una obra de arte. Todo esto impacta en mi alma. Pero, especialmente, me fascina el misterio del corazón humano, desde su sufrimiento en el abismo de sus limitaciones hasta su capacidad extraordinaria de reponerse en medio de las aguas turbulentas, y también ese reto permanente de culminar su existencia. Me sorprende descubrir esos corales en las profundidades de su océano interior, pero también la indigencia que lo lleva a cometer errores.

Cuando escribo, no me quedo nunca en el mero análisis de la psique humana. La abordo con respeto y admiración, con un deseo incansable de aprender en esta ósmosis entre mi realidad y la realidad de los otros. Para mí, todo lo que ocurre, lo inesperado, lo doloroso, lo gratificante, me enseña algo cada día y me lleva a paladear cualquier instante: gotas de sucesos que van llenando el estanque de mi alma.

Escribir no sólo es describir, sino vivir de la experiencia cotidiana y ser capaz de comunicar, con letras llenas de sentido, lo que vivo cada día como un regalo.

Escribir también es conectar las manos con el alma. De esa conexión surgirán bellos relatos que darán luz a esas personas humanas con sus historias, sus anhelos y sufrimientos. Escribir es definir las más bellas auroras del corazón del hombre. Es dejar suelta la imaginación que me lleva a navegar por los mares de la psique humana. Mis escritos tienen que ver con el inmenso misterio del hombre, sus límites y sus desafíos por lograr metas difíciles de conseguir, anhelos de culminar toda cumbre. También exploro esa dimensión del hombre que busca más allá de sí mismo a Dios. Sólo con la experiencia mística se da cuenta de que no es una abstracción mental, sino una realidad que lo envuelve y lo sobrepasa, pero que a la vez es capaz de iniciar un diálogo con él hasta llegar a fusionarse.

Me gusta incidir en este aspecto, que lo define como un ser hambriento de trascendencia, desde su propia indigencia. Esta dimensión espiritual que define al hombre como un ser abierto a los demás, a la naturaleza y a Dios. Quiero, con mi pluma, expresar y comunicar, frente a una cosmovisión de la realidad y del hombre negativa y destructora, una visión realista, pero positiva. No sólo somos pulsiones y estamos enganchados a unos traumas infantiles, que han podido marcar nuestra historia y nuestro futuro, sino que estamos llamados a crecer y florecer, con un propósito vital. No sólo estamos condicionados por la fisiología y la psicología. Tenemos algo dentro, que tiene que ver con esas ansias de plenitud que llevamos en el ADN. Esta búsqueda es la razón última de nuestra existencia.

Escribir es como tocar un instrumento, cada letra es una nota que embellece la melodía del relato. Por eso, un escrito es un diálogo entre aquello que escribes y tu yo más profundo. La literatura no es como una película en blanco y negro o muda. Cuando aquello que escribes está muy bien elaborado, puede llegar a penetrar tanto en tu psique que la propia imaginación y sensibilidad te llevarán a vivirlo como si fuera real, tanto como el impacto de una película en color. Las emociones que puede producir la escritura pueden llegar a ser incluso más intensas. Por eso hay mucha gente a quien le gusta leer, meterse de lleno en el libro y buscar en las profundidades de su contenido.

Escribir para mí es algo que forma parte de mi vida, como comer, descansar, rezar y amar. Es algo que me ayuda a descubrir lo que tengo dentro, en ese constante roce con la realidad. Escribir es dar rienda suelta a mi alma, dejar que vuele, abrazar la vida. Es abrirme a la sorpresa de esos acontecimientos que no salen en la prensa ni en la televisión, pero que no dejan de ser bellos e inspiradores, con los que te puedes emocionar, sufrir y alegrarte. Son lecciones para aprender a vivir y amar. Son pequeños relatos que pueden ayudar a retomar el rumbo a aquellos lectores que quizás más de una vez se han identificado con la persona y la historia que he contado, porque todas son reales, fruto de una experiencia vivida.

Escribir, para mí, es más que deslizar el bolígrafo sobre un papel; es fotografiar y a la vez dar vida con realismo poético a las grandes hazañas del ser humano. Escribir, finalmente, para mí es acariciar con la suavidad de una pluma la belleza del alma.

domingo, 24 de mayo de 2020

Vivir de la mentira


Hay muchas relaciones humanas que están basadas en las apariencias. Desde afuera, se ven sinceras, auténticas y modélicas. Impactan y muchos quieren imitarlas. Parecen perfectas, sin aristas, todo cuadra, los gestos de amabilidad y las sonrisas convencen y generan admiración. Son alabadas y reconocidas, inspiradoras para muchos. Sus destellos ciegan a quienes las siguen, idolatrándolas.

Pero, detrás de esa aparente luz, a veces se esconde una terrible falsedad. Las vidas de estas personas están fundamentadas en la mentira. Sus relaciones no son auténticas, todo es imagen y falacia. Viven en una paranoia, ocultando motivaciones inconfesables. El sustrato de estas relaciones es polvo: se están utilizando, el uno al otro.

Lo que parece que es y no es


Quizás uno de los dos sea sincero en la búsqueda de una relación sana y libre, y desea ser correspondido. Pero cuando el deseo se basa en algo irreal, la relación se convierte en una huida para escapar de la tragedia. Con el tiempo, ambos acaban precipitándose en el absurdo. Una amistad que parecía auténtica se rompe, produciendo un daño inconmensurable. La aparente verdad se transforma en cruda realidad. El zarpazo del engaño convierte los discursos brillantes en palabras huecas, sin sentido, cuando se descubre que la verdadera motivación de ese encuentro no era sincera, sino interesada. Había otra realidad paralela, oculta, que acaba saltando por los aires en un juego de pirotecnia emocional,  y deja tras de sí un rastro de humo, quedándose en nada. Los cohetes de colores, lanzados al falso cielo de una vida vacía, intentan tapar la miseria humana. Cuántas parejas han pasado por esta situación y cuántas siguen sobreviviendo porque les da miedo afrontar la verdad. Cuántos matrimonios (o seudo-matrimonios) viven en esta contradicción. No tienen la fuerza para afrontar el problema y reenfocar su vida. Una parte de la sociedad está sometida porque prefiere amar en falso antes que cultivar una amistad auténtica y libre, que no renuncia a la identidad propia a cambio de un amor virtual. Cuántas grietas dejan estas contradicciones en el corazón.

Hemos de tener la valentía de asumir que es mejor mantener la libertad, a base de sacrificios y lucha, que una esclavitud en una jaula de oro. El brillo de ese metal no es otra cosa que una falacia, un destello artificial que engaña para mantenernos dentro de esos artilugios emocionales. Nos acostumbramos a respirar tantas mentiras que acabamos anestesiados y prefiriendo las pirotecnias efímeras antes que un fuego cálido y real, fruto del esfuerzo.

La senda de la verdad


¿Cómo detectar lo falso de lo verdadero? Esto pasa por un largo camino de profundo autoconocimiento; pasa por tener muy claros los límites morales y conocer al otro en profundidad; que lo que tu corazón desee esté en sintonía con lo que eres y necesitas para crecer, sin renunciar a tu identidad. Una relación debe estar basada en el conocimiento mutuo, respetando los tiempos, y ese inicio del camino debe ir siempre por la senda de la verdad. Entonces sí que se atisba la autenticidad y un deseo humilde y sincero de construir algo sólido. Si no es así, cuidado. Puede ser el inicio de un auténtico infierno, aunque al principio parezca todo muy risueño y nos parezca flotar en nubes de color rosa.

Las palabras pueden mentir, pero los ojos nunca. Ellos revelan lo que hay en lo más hondo del corazón. Hasta la sonrisa puede engañar, pero no la mirada… Ella nos define tal como somos, expresando lo que a veces no queremos decir verbalmente. Los ojos nos delatan. Podemos mentir a los demás, podemos incluso autoengañarnos, pero nunca engañaremos al alma.

Los ojos son el reflejo de lo que hay en nosotros: verdad, libertad y coherencia definen a un ser humano entero. No renunciemos nunca a estos tres valores. Sobre ellos podremos construir de manera sólida cualquier proyecto. Hemos de pasar de una vida artificial a una vida auténtica y plena. Esto es lo más genuino de nuestro ser: lo que no sea esto, es una mentira vacía que nos llevará a la pobreza de espíritu y al fracaso.

domingo, 17 de mayo de 2020

Miedo a la libertad



La libertad es consustancial al ser humano. Y me atreveré a decir que la persona se realiza, crece y se proyecta cuando hace uso pleno de su libertad. Desde un punto de vista ético, atentar contra ella es reducir a la persona en algo que le es sagrado. Nada ni nadie, ni estructuras, ni gobiernos, ni ideas, ni todo el poder del estado, puede impedir su ejercicio: esto es el máximo respeto a la dignidad del hombre.

Quitar la libertad a alguien es matar la esencia de su propia identidad. Ningún ser humano tiene la potestad para impedir su uso con pleno derecho. Ninguna formación política ni religiosa puede arrogarse esa capacidad. Nadie está por encima de nadie. Todos somos iguales y libres.

Nuestra cultura occidental tiene su origen en la religión judeo-cristiana, en la filosofía griega y en el derecho romano, afirmando con rotundidad el respeto sagrado hacia el hombre y su libertad. Si es propia de nuestra naturaleza, ¿por qué temerla?

¿Por qué temen a la libertad?


Podríamos decir que todo tipo de poder, tanto político como religioso, teme a la libertad, porque sabe que esta es más fuerte que el dominio que pueda ejercer. El que ocupa un puesto de poder, tiende a controlar a los demás para evitar perder su rango. Quien está fuertemente ideologizado, tiende a sospechar de la libertad de los demás, porque pueden discrepar de sus ideas. Esto lo vemos en los regímenes totalitarios, que hacen todo lo posible por reducir o anular el derecho a la libertad de expresión y de acción.

¿A qué temen las personas que tienen poder?

Cuando se prueba la miel del poder, uno se siente como un semidiós, que puede decir y hacer lo que le venga en gana, sin limitación alguna, con toda inmunidad moral y legal. Puede manipular a las gentes y obligarlas a cumplir todos sus decretos, doblegando su voluntad y quitándoles la seguridad jurídica para defenderse. Vivir la experiencia de sentirse como un dios es la peor droga. El poder es como la cocaína pura: enajena al que la consume y genera una adicción que siempre pide más. Llega un momento en que está tan enganchado que ya no puede pasar sin él. Poco a poco, se le irá necrotizando el corazón, la mente y, finalmente, el alma, hasta convertirse en un cadáver viviente, a merced de las fuerzas que manipulan y dictan su voluntad. La adicción es tan letal que lo transforma en un auténtico monstruo, perdiendo toda referencia moral. El poder destruye a los que se oponen a él y acaba destruyendo a los que lo ejercen. Esta es su lógica. Jugar a esto es la peor de las enfermedades.

Por otra parte, el poderoso vive pendiente de que nadie le arrebate el trono, y a los que cree que pueden amenazarlo, si no puede deshacerse de ellos, los difama o los critica, elaborando bulos y mentiras para debilitarlos socialmente. La libertad siempre es una barrera para el adicto al poder. El otro se convierte en un peligro que a toda costa hay que destruir. Es un impedimento que le estorba tomar su droga. Se descompone, como un drogadicto en síndrome de abstinencia. Sí o sí, necesita de esa miel. De la dulzura pasará a la hiel del miedo, la inseguridad, la desconfianza, hasta llegar a la locura. El miedo le genera una violencia incontrolada, y puede llevarlo a cometer daños irreparables, que en un extremo podrían causar la muerte del enemigo. No me refiero sólo a la muerte física, sino a la muerte de su dignidad.

El miedo genera adicción, violencia y, finalmente, destrucción. Lleva a la persona a querer poseerlo todo y controlarlo todo, porque no quiere perder nada.

Este miedo una patología mental que puede haberse desarrollado durante el crecimiento de la persona, o debido a un trauma de la infancia. Su origen puede ser una demanda de afecto, escucha, acogida, dulzura que no se le dio. Y ahora obliga a todo el mundo, con violencia, a que le dé lo que no tuvo.

O puede ser lo contrario: le han dado de todo en su infancia, sin límites pedagógicos ni morales, y ahora cree que tiene derecho a todo, incluso a usar y manipular a los demás para conseguir lo que quiere.

La semilla que nunca muere


La historia nos revela que los que ostentan el poder tienen miedo, con toda la fuerza destructiva que poseen. Ponen en marcha sus influencias y mecanismos jurídicos y mediáticos para anular los derechos y las libertades de los demás. Pero hay quienes nunca renunciarán a la libertad y a la verdad, que es lo que se opone a la esclavitud y a la mentira, como el miedo y la cobardía se oponen a la valentía y a la autenticidad.

El uso responsable de la libertad pondrá en jaque mate al poder. Porque sabe que al final nunca podrá matar del todo la libertad, ni siquiera una vez muerta la persona, porque las semillas de la libertad son algo más que un concepto ideológico. Son la esencia que nos define, y al final derrotarán al poder. Las semillas de la libertad se expanden de manera viral por todo el mundo y en cada conciencia. Renunciar a ella es renunciar a ser persona. Sin libertad nos convertimos en seres sin alma, fácilmente dominables, frágiles, sin rumbo, sometidos y ciegamente obedientes, a cambio de una falsa seguridad y protección, para mantenernos doblegados y arrodillados ante el poder.

No hemos de tener miedo a aquel que tiene miedo de nuestra libertad. En el fondo, es una lucha contra la esclavitud, entre el bien y el mal, pero sobre todo es una lucha contra aquello que no nos deja crecer como personas. Estamos llamados a sacar todo el potencial que tenemos dentro. Nada ni nadie puede arrebatarnos ese deseo innato. Sólo desde nuestra libertad llegaremos a ser lo que queramos, aunque en esa lucha nos encontremos cara a cara con la crudeza del poder disfrazado de buenismo y amabilidad. Será un trago fuerte, que tendremos que sorber. El único camino hacia la auténtica libertad será un arma tan potente que acabará disipando el miedo de todos los poderosos. Sólo ella, la libertad, puede asegurar un cambio de rumbo en la historia.

domingo, 3 de mayo de 2020

Libros vivientes


Los más azotados por la pandemia


La pandemia sigue dejando su rastro de muerte. Pero, lentamente, se va reduciendo el número de los fallecidos, y esto arroja esperanza y da un respiro a las instituciones y los profesionales de la salud. Por fin vemos algo de luz en medio del caos. Hoy quisiera detenerme en un sector muy amplio de los fallecidos.

Podríamos decir que más de la mitad de las víctimas de esta pandemia son ancianos. Este es el colectivo que se ha descuidado más. Muchas familias han vivido el drama y el dolor de ver cómo sus abuelos caían uno tras otro. Los esfuerzos sanitarios no han priorizado la atención a este grupo especial de riesgo. Estamos hablando de más de 15 000 fallecidos, según algunos recuentos, aunque otras fuentes afirman que la cifra real puede ser aún mayor.

Esta realidad no puede dejar a nadie indiferente. Son miles de historias truncadas y familias rotas que ni siquiera han podido despedirse de los suyos. El sentimiento de abandono y soledad ha hecho más doloroso el duelo. Muchos ciudadanos sienten que han sido dejados de lado por la administración.

El gobierno y los medios han sido opacos: no sabemos nombres, sus rostros han desaparecido, no hay historias familiares que contar. Toda muerte es dura y dolorosa, y todavía más en estas circunstancias. Todo son números, y no personas; estadísticas, y no vidas; curvas de mortandad, y no familias destrozadas.

El legado de nuestros mayores


El valor de la vida es sagrado. Vale tanto la vida de un joven como la de un anciano, que tanto ha dado al mundo. El coronavirus se ha cebado en esta población más frágil por su edad y por las posibles patologías añadidas, pero la dignidad de la persona es la misma. No quiero quedarme en la crítica, ni cuestionar si la gestión del gobierno ha sido correcta. Pero lo cierto es que las muertes en las residencias han sido muchas, y también los fallecidos solos en sus hogares. Hay cosas que no se entienden, y esto produce desasosiego e indignación.

Pero hoy quiero centrarme en ellos, en los abuelos que han fallecido y en el tesoro que nos han dejado. No seríamos sin ellos, sin su trabajo, sus sacrificios, su paciencia y su amor. Ellos nos han transmitido nuestros valores. El sustrato en el que hemos crecido lo pusieron ellos, sobre todo en nuestras primeras etapas de crecimiento. En la cultura africana y asiática los ancianos son los sabios, referentes no sólo en las familias, sino en la sociedad. Son abuelos venerables, respetados, a quienes se atiende y escucha. Son pozos de sabiduría para las generaciones venideras. Pero en Occidente se han convertido en una lacra improductiva, una carga social que hay que apartar, condenándola a una soledad no querida. El respeto a los mayores, como nos señala la tradición bíblica, es fundamental. No podemos despreciar ni abandonar a aquellos que han sido parte de nuestras raíces, que nos lo han dado todo, e incluso en épocas de guerra y hambruna, se han sacrificado y han arriesgado su vida por la prole. No han escatimado esfuerzos por cohesionar la familia. Su entrega ha sido indiscutible.

Una deuda de gratitud


Hoy me produce escalofríos ver ese ejército de ancianos que han caído en el combate contra el virus, sin el suficiente apoyo por parte de la administración y forzosamente aislados de sus familiares. Nadie puede olvidarse de nuestros abuelos, ni la familia, ni la sociedad, ni la administración. Ellos son los fundamentos. Su generosidad ha levantado el país, la economía y el propio estado. Merecen nuestro respeto, reconocimiento y gratitud. Son los héroes de nuestra sociedad. Héroes que han caído aislados en una UCI. Un día, la sociedad tendrá que pedir a las instituciones públicas que desagravien a sus ancianos. Es una deuda que hemos contraído con ellos.

Los ancianos son libros vivientes que se han cerrado, dejando un testimonio de lucha constante. Son un bagaje de experiencias, de logros y sufrimiento. Nos dejan el legado de unas vidas apasionantes que no tienen precio, un tesoro de sabiduría, un ejemplo de lucha sin tregua y de ternura imborrable en nuestro recuerdo y en nuestra piel. El estado no hace luto, pero todos deberíamos hacerlo y rezar por ellos. No merecen menos.

Aprendamos a extraer el jugo de todo lo que nos han dejado, esa mina de oro de la experiencia convertida en grandes lecciones. Somos herederos de un legado extraordinario de inmenso valor. Vivimos de sus raíces. El pasado, el presente y el futuro se unen gracias a la generosidad de nuestros ancianos. Mirar atrás con gratitud nos permite abrazar nuestros orígenes. Podemos ser diferentes de nuestros antepasados, pero desde nuestra libertad, no dejemos de reconocer lo que tenemos en común. Los vínculos de sangre han marcado nuestra existencia. Cada cual ha escuchado la música de su tambor, pero esta es la gran riqueza de la familia. Nunca lo olvidemos: hemos sido plantados con amor en el jardín de sus hogares. La sintonía que se establece entre nietos y abuelos trasciende lo generacional. Ancianidad e infancia se unen en el tiempo. De esta unidad surgen los mejores momentos que vinculan para siempre al abuelo y al niño. Más allá de la familia, el sello de la amistad quedará impreso en sus corazones.

Gracias, ancianos, por ser nuestros abuelos. Hoy estaréis en otro jardín, el cielo, donde ya disfrutaréis de una vida plena y gozosa en la eternidad.

jueves, 23 de abril de 2020

Coraje para renacer


No al miedo


Es comprensible que, ante las consecuencias trágicas de la pandemia del Covid-19 se genere en nosotros preocupación, angustia y desolación. Nos enfrentamos a una terrible incerteza. ¿Cuándo acabará todo? ¿Cómo estaremos para enfrentar las secuelas gravísimas de esta crisis, tanto en el campo social como en el sanitario y el económico?

Es verdad que el panorama no es nada halagüeño y nos asaltan las dudas. Entre ellas, nos inquietan las decisiones poco acertadas que toma el gobierno, y el temor de que sus medidas no hagan más que agravar la crisis sanitaria, además de empeorar la situación económica y social. El miedo se alimenta de errores tras errores, que abren una fisura en la confianza hacia los que dirigen. La luz se ve muy tenue en el horizonte.

Pero, entre el miedo y el no calibrar la gravedad de la situación, está la prudencia y la responsabilidad por parte de la ciudadanía y los gobernantes. Jamás deberíamos caer en el pánico ni instalarnos en el miedo, aunque forme parte de nuestra naturaleza.

Disidencia ética


En la facultad de teología, cuando cursábamos moral social, los profesores nos hablaron de una disidencia ética, como una actitud legítima de la persona, igual que la libertad de conciencia y de expresión. Desde esta perspectiva, se considera admisible el derecho a la huelga, la manifestación y la objeción de conciencia, pues no siempre las leyes de un gobierno son acordes con los valores cristianos.

Una cosa es corresponsabilizarse y otra someterse a los dictados que se alejan de una ética fundamental. Las decisiones siempre deberían tomarse teniendo en cuenta el bien real de la persona, y no ideas políticas que contribuyan a mantener a ciertos grupos en el poder. Esto no debe asustarnos. Apelo a una crítica constructiva y a no caer ni en la desidia ni en el victimismo, afirmando que «no se puede hacer nada más» y que eso es tarea de los políticos. Una disidencia sana y equilibrada puede ser muy constructiva, porque nadie es inmune a la ambición del poder, como tampoco a la equivocación. Y esto se suele dar en instituciones políticas, que no toleran opiniones diferentes y dificultan la libertad de expresión, la capacidad de crítica y el derecho a opinar distinto. No hablo de una oposición agresiva, pero sí de aprender a nadar a contracorriente, cuando sea necesario. Entre el silencio y la crítica despiadada está la responsabilidad de contribuir con nuestra opinión a mejorar la situación. Por eso es importante que pueda darse una disidencia con ética, sin miedo paralizante, sin renunciar a la libertad de conciencia ante el abuso de las manipulaciones políticas y mediáticas. 

El miedo puede no sólo confinarnos en casa, sino que puede llevarnos a un confinamiento mental, y esto sería más grave que el mismo virus, porque ya no sólo afectaría a nuestras vías respiratorias, sino a nuestra capacidad de pensar y decidir, a nuestra libertad.

Renacer de las cenizas


No podemos convertirnos en momias sometidas por el miedo. Ni siquiera el estado de emergencia sanitaria puede ser excusa para atentar contra nuestra libertad. Serenidad frente al miedo, para mantener el discernimiento y actuar de manera responsable y coherente. Lucidez frente a la confusión entre los medios. Confianza ante la incertidumbre. Es verdad que la tragedia es de dimensiones dantescas y que nos encontramos en una situación sin precedentes desde la II Guerra Mundial. Pero hemos de creer en la capacidad regeneradora que tiene el ser humano ante las grandes catástrofes.

En estos días estamos viendo alardes del ingenio y la creatividad del ser humano. Tarde o temprano, pese a la deficiente actuación de nuestros gobernantes, se acabará por resolver esta pandemia. Pensemos en las grandes gestas de la humanidad. Siempre hay héroes que van más allá de lo que es políticamente correcto. Siempre hay personas que están arriesgando su vida por el bien de la humanidad y ponen toda su capacidad intelectual y creativa para resolver conflictos de todo tipo. Toca reinventarse, es una gran ocasión para sacar lo mejor de nosotros mismos. Podemos, porque tenemos ese potencial. Estamos diseñados por el Creador para autotransformarnos. Alejad el miedo y aventuraos a una nueva recreación. La pandemia es una oportunidad para maravillarnos de lo que somos y lo que podemos llegar a hacer. De una situación límite podemos abrir nuevos horizontes: la conquista de los más bellos tesoros que el hombre tiene en su corazón. Somos señores de nuestra historia, podemos convertir desiertos en vergeles. Podemos renacer de las cenizas.

domingo, 19 de abril de 2020

La soledad de la morera


Llevo diez años contemplando la belleza de este patio, con su pulmón, la morera, y las acacias que se yerguen hacia la infinitud del cielo. Árboles testigos del devenir histórico de esta parroquia, con sus vaivenes, sus luchas y esperanzas. También son testigo de la soledad de este patio desierto, acostumbrado a ser frecuentado por gente que busca aquí sentido y razones para vivir con profundo deseo de encontrar la verdad, Dios, el amor.

La morera hoy está sola, sin nadie que se acoja a su sombra. Desde su silencio, es cómplice de los anhelos escondidos en el corazón de tantas personas que disfrutan de su verdor y su paz. Hoy la contemplo solitaria, sin que nadie pueda saborear la brisa de esta primavera ni el frescor de su verde manto de hojas. Hoy mis ojos la contemplan con afecto especial y admiro los recovecos de su corazón, escondido entre las ramas que sostienen su copa frondosa y llena de color.

Recuerdo las tormentas del pasado invierno. Desnuda y flagelada por los fuertes vientos, la morera resistía. Su fortaleza estaba siendo puesta a prueba y, aunque mermadas sus ramas, aguantó firme sin desfallecer. Hoy no son las ráfagas del aire las que sacuden el árbol. Hoy la sacude la ausencia de tantas personas que la admiran por su belleza y su fidelidad en el tiempo. Hoy siente a faltar el corretear de los chiquillos, la música y los cánticos de la liturgia, la mirada dulce de quienes se acercan, sorprendidos por su magnitud y atraídos por su silencio susurrante. Añora las oraciones dirigidas al cielo y, sobre todo, los encuentros al abrigo de su sombra familiar y amiga.

La morera es ya parte de la vida parroquial. Los dos hemos quedado juntos, confinados. Hoy, muchos mueren a causa del coronavirus, por falta de oxígeno. Tú, mi querida morera, eres mi oxígeno natural. Tú me haces de botella y de respirador, un espléndido árbol cargado de vida cuyas ramas como brazos no paran de crecer, acogiendo a tantas personas que buscan calma, silencio, belleza, luz. Eres mi gran compañía en estos momentos en que, como yo, muchos están recluidos en sus hogares. Cada día doy gracias a Dios por la belleza de la creación. También por haber hecho posible que un día nos encontrásemos. ¿Misterio, azar, plan de Dios?

He nacido en un pueblo de Extremadura, donde los campos están pegados a las casas. Cada vez que voy allí, aspiro el olor de las espigas y el perfume del monte. Sí, la naturaleza y el hombre se han de armonizar para su mutuo beneficio. No podemos vivir aislados de algo que forma parte de nuestras raíces más genuinas. También hemos de extender esta hermandad a todo lo creado y amarlo como parte vital de la existencia. La morera siempre me retrotrae a ese deseo de búsqueda de los misterios de la creación. Ella se ha convertido en un testigo de mi soledad, que abrazo con paz. Bajo su sombra, como un nuevo Adán en el paraíso, siento la caricia de Dios y la alegría y la libertad de sentirnos amados por el Creador.

Me decía un teólogo que la creación es la piel de Dios. Toda la naturaleza ha sido soñada como hábitat, como un hogar, donde podemos crecer armónicamente y a la vez custodiarla. No cuidar la creación es flagelar la piel de Dios. Todo el cosmos: estrellas, mares, cielo, árboles, animales, montañas y flores, fue creado por su mente amorosa, pensando en nuestra felicidad.