domingo, 2 de agosto de 2026

La belleza de los límites


Son las siete y media de la mañana. Hoy el cielo está cubierto con un velo de niebla que matiza la luz del sol y suaviza el color del horizonte. El mar pierde su azul oscuro para volverse plateado.

Miro hacia la playa y veo la silueta de una señora menudita, de pie junto al mar. Cuando me acerco, distingo mejor su rostro y su amplia sonrisa. Me mira con ojos penetrantes y me saluda.

Es conocida en el barrio, la suelo ver a menudo y sé, porque me lo ha contado, que sufre de retinitis pigmentosa, una enfermedad ocular que le dificulta mucho la visión. Ve a través de un punto diminuto en el centro de la retina y por tanto, sólo puede distinguir una pequeña área circular, como si lo mirase todo a través de un tubo. Lo sorprendente es que, desde ese pequeño punto de visión se desenvuelve con absoluta normalidad y se desplaza por todas partes sin necesidad de llevar el bastón típico de los ciegos.

Le comento que me parece estupendo que, de buena mañana, esté cuidando su salud frente al mar, y me contesta que viene cada día a las seis, y pasa tres horas en la playa. La veo contenta, disfrutando del sol y del baño, y admiro su fuerza. Pese a su limitación y su edad, más de ochenta años, está allí, irradiando alegría, feliz de contar un día más en su vida y, añade, dando gracias a Dios. ¡Qué lección de tenacidad y fuerza de voluntad!

¿Qué tienen las personas como ella que son capaces de desafiar sus límites, ir más allá del miedo y disfrutar de lo que se les ofrece cada día? Hace años que sufre esta dolencia visual, y no se rinde. Nada le impide vivir con entusiasmo.

Quizás ha descubierto que la vida es un don y que nuestra propia fragilidad, incluso nuestras patologías e inseguridades, no son obstáculo para seguir creciendo. En lugar de vivir en la penumbra, ha elegido caminar hacia la luz.

¿De dónde saca las fuerzas y la convicción para avanzar firme por los senderos de su existencia? Su visión es reducida, pero su mirada es luminosa. Los ojos no solo ven, sino que transmiten lo que hay adentro. Y adivino en ella un enorme amor a la vida. Así me lo dice: quiere a sus amigos y, sobre todo, a Dios, que está en el centro. Esto la llena, pese a sus limitaciones, y por eso puede irradiar tanta energía. Dios da sentido a su existencia, su amor la envuelve.

Me impresiona cuando me cuenta que hasta los cincuenta años veía nítido. De golpe, con la entrada en la menopausia, comenzó a perder visión y tuvo que replantearse totalmente su vida. De ver claro y amplio, pasó a ver tan solo lo que abarca un pequeño círculo de 5 cm alrededor de sus ojos. Los primeros tiempos fueron duros: sentía que se le apagaba todo y, hasta que pudo asimilarlo, pasó un periodo de tristeza y miedo.

Pero poco a poco su cerebro y su corazón se fueron adaptando a la situación y se armonizaron. Ahora vuelve a ser la de siempre, y basta mirarla para comprobar que dentro de ella brilla el sol: su rostro refleja vida, color, luz.

Me emociona mirarla y pienso: ¡Cuánta sabiduría hay en esta mujer sencilla! Cuánta hondura en sus palabras. Creo que no sólo mira con los ojos, sino desde el alma, y esto le permite ver más allá de lo físico. Siente la energía del otro, no necesita ver más porque ha aprendido a sentir mejor, a oler mejor, a oír mejor y a conectar más con todo. Trabajando la imaginación para ajustarla a la realidad, estas personas que vencen sus límites son libres, abiertas, ricas en experiencias que van acumulando en su corazón. Auténticas maestras de la vida, cuánta belleza y cuánta verdad hay en sus palabras.

La brisa matinal acaricia su rostro y su corto cabello. Me dice: Voy a bañarme. Nada muy bien, se desliza por las olas y la veo disfrutar. Una criatura de Dios abrazando el mar, dejándose mirar por el sol, rebosando salud.

Me despido de ella para volver y, cuando me giro hacia atrás, me saluda con la mano; la veo chapoteando en el agua, feliz como una niña.

Regreso sintiendo gratitud por este encuentro, una nueva enseñanza para mi alma. Hoy he contemplado a una atleta de la vida, que ha salido de su zona de confort y se lanza sin miedo hacia el horizonte, atreviéndose a vivir experiencias insospechadas. Ha elegido vivir con intensidad, y esto solo es posible cuando se tiene un corazón grande para amar.

Por el camino de vuelta, doy gracias a Dios, que nos permite vivir, aprender siempre algo nuevo y descubrir su latido amoroso a cada instante.

sábado, 25 de julio de 2026

Cuando cae la tarde

He pasado unos días en la comarca de la Noguera, en Lérida. El flagelo del sol ha sido incesante y la temperatura elevadísima. A mediodía, la luz solar cae sobre los caminos, flanqueados por extensos trigales. Es un acto de osadía lanzarse a caminar a esas horas.

Pero al amanecer, cuando el sol todavía no ha asomado tras los montes, el aire es sorprendentemente fresco. Es entonces cuando salgo a caminar y puedo apreciar la belleza de los sembrados, de un rubio dorado entre los oscuros setos de encinas y robles. De buena mañana la calma invade el paisaje y me invita a respirar y a vivir con otra cadencia. Entro en una dimensión bien distinta de mi ritmo diario, a menudo acelerado. En el sosiego matinal el alma reposa y goza de cuanto alcanzan a ver mis ojos.

Al atardecer vuelvo a salir de paseo, cuando el sol se oculta a poniente. La hora de la tarde también me cautiva. No es tan fresca, pero una luz dorada baña el paisaje de suavidad.

Elevo la mirada hacia el cielo y siento una íntima complicidad con el Creador: «Todo lo ha hecho bueno», como leemos en el Génesis. El corazón se ensancha y una inmensa gratitud surge de mí. Gracias, Señor, por este regalo del atardecer. Gracias porque te recreas con estas pinceladas que deleitan a tu criatura y la hacen sentirse parte de lo creado, habitando este hermoso hogar que nos has dado.

A lo lejos veo el Montsec, elevándose como una muralla que custodia la comarca. A medida que la tarde va cayendo la calma crece y todo adquiere otro matiz. Los colores se van apagando y la penumbra invita a la oración. El campo se convierte en un inmenso santuario donde me reencuentro y me abandono en Aquel que me hace sentir como Adán, paseando a su lado por el paraíso.

Sí, camino por este nuevo Edén, con la conciencia plena de que soy suyo, y Él me lo ha dado todo: la vida, la vocación, mis hermanos de camino en el ministerio, una comunidad que vibra. Pero en el centro siempre está Él: el artífice de mi historia, de lo que soy y de lo que tengo y seguiré recibiendo.

Despacio, saboreando su compañía, agradezco todo lo recibido. Él da sentido a mi vida, incluso cuando el sol parece esconderse y perder fuerza. Pero sé que su Luz atraviesa las nubes y las tormentas, y esa luz sigue iluminando mi alma.

La creación me habla de su presencia, cálida y cercana. Él me invita a la misión de ajardinar con su palabra tantos corazones enfermos de soledad, de tristeza, áridos como los campos sin lluvia, oscuros como los días sin sol. Pienso en tantas personas a quienes les falta la luz de su mirada. Por eso, mi tarea pastoral es llamar a esos corazones secos para que se abran a su dulzura y pueda penetrar en sus surcos derramando su gracia y su paz.

Ojalá muchos lo descubran y se conviertan en otros cristos. Que vivan su intimidad con Dios y puedan conmoverse ante un paisaje, ante un amanecer o un ocaso, sabiendo leer en él una declaración de amor inmerecido.

Ante Dios somos criaturas concebidas para la gran aventura del encuentro con él. En el momento en que decidimos decirle sí, nuestra vida cambia como de la noche al día. Quienes le han abierto su corazón de par en par lo saben.

Regreso caminando a la casa donde me hospedo. ¡Qué corto se me ha hecho el camino! Mi alma vuela con un profundo sentimiento de plenitud. La tarde ya ha dejado paso a la noche y se encienden en lo alto las primeras estrellas. Los árboles se yerguen como sombras oscuras entre los sembrados mientras los grillos elevan su canto a la noche. Al borde del camino me sorprende el destello de una luciérnaga, como pequeña lámpara que me guía hacia la casa. Ha llegado el momento de recogerse y descansar.

domingo, 19 de julio de 2026

El hombre de las muletas


Hemos pasado el solsticio de verano y nos adentramos de lleno en el tiempo estival. La luz del sol se alza e ilumina con fuerza el cielo de Barcelona. Mis paseos matinales siguen siendo una auténtica terapia: la brisa limpia el aire y me regalo una caminata serena hasta la playa, donde, de buena mañana, las olas juguetean en la orilla. El agua está fresca; sumerjo los pies y disfruto de esa caricia fría que me revitaliza, mientras alzo la mirada a un cielo que cambia de color sobre el horizonte, revelándome, un día más, la belleza del Creador.

Sin prisa, respiro contemplando este regalo y doy gracias a Dios por una nueva aventura cotidiana.

Al regresar, a medio camino, observo a un hombre al que suelo ver cada día. Tendrá unos setenta años: cabello canoso, constitución recia. Avanza con paso ágil, incluso acelerado, hacia el Paseo Marítimo. Fija la mirada al frente, sin distraerse en nada. Pero hay algo que me desconcierta: camina cogiendo unas muletas.

¿Por qué —me pregunto—, si avanza con tal soltura y rapidez? Las muletas suelen acompañar una caída, una lesión, un problema en las articulaciones o en los músculos que impide moverse con normalidad. Pero no parece ser este el caso. ¿Qué le ocurre para cargar con ellas sin una necesidad aparente?

Tal vez sufrió una lesión y, aunque ya está recuperado, le ha quedado una huella: una inseguridad, una memoria del dolor. No le cuesta caminar; se mueve con soltura y a buen ritmo. Entonces, ¿cuál puede ser el motivo?

Haciendo una lectura más honda, casi simbólica, este hombre fuerte que camina con muletas se me presenta como una metáfora. Todos arrastramos inseguridades y miedos que dificultan nuestro avance; o, al contrario, huimos de algo y necesitamos correr… aunque sea con muletas.

Vivimos bajo una tensión constante: problemas personales, familiares, laborales, económicos. Si extrapolo la imagen de este hombre a nuestra sociedad, veo en él el reflejo de muchos: personas atadas por miedos e incertidumbres que, al mismo tiempo, se exigen correr para alcanzar sus metas. Es como vivir frenando y acelerando a la vez. Y esa contradicción genera una profunda fricción interior.

Las muletas pueden ser necesarias en un momento de fragilidad. Pero, cuando ya no lo son, se convierten en un lastre, en un peso añadido a la carga diaria. Nos dan una falsa seguridad, cuando en realidad aumentan el desgaste. ¿No seremos, acaso, caminantes sanos que arrastran muletas mentales y emocionales? ¿Quién nos hizo creer que sin ellas no podríamos avanzar?

Y, por otra parte, ¿es necesario correr? ¿No caminaríamos más ligeros sin ellas?

Quizá huimos de nuestros propios límites mientras, paradójicamente, permanecemos atrapados en ellos.

Es posible que ese hombre que avanza con agilidad apoyado en sus muletas responda más a una sensación de fragilidad que a una limitación real. Su cuerpo parece funcionar con normalidad; no hay gesto de dolor. Tal vez la herida no está en sus piernas, sino en su interior. Puede que necesite tiempo para aceptar lo vivido, o recorrer un proceso que le permita soltar aquello que ya no le sostiene, sino que le condiciona.

Y nosotros, aunque nos sintamos ágiles y fuertes, ¿no recurrimos también a muletas emocionales para sostenernos? Cuando la vida nos resulta demasiado dura, buscamos apoyos que alivien la angustia. A veces son necesarios; otras, nos encadenan.

La opinión ajena pesa mucho en una sociedad que etiqueta y juzga. El “qué dirán” condiciona e hipoteca decisiones. Vivir pendientes de esa mirada externa, sacrificando lo que uno es, genera tensiones que, en ocasiones, terminan somatizándose en el cuerpo. Cuando el estrés emocional alcanza el límite, el sistema se resiente y la fragilidad se hace visible.

¿Dónde está la clave?

No necesitamos ser lo que no somos ni aparentar ser mejores. A menudo nos miramos con una medida distorsionada, creyendo que debemos cumplir expectativas ajenas para ser dignos de consideración.

Aceptarnos tal como somos es ya un camino de sanación. Nos reconcilia con nosotros mismos. Porque, por el simple hecho de existir, poseemos una dignidad que trasciende cualquier circunstancia.

Mirar más allá de nosotros mismos, acoger la realidad tal como es, descubrir un sentido profundo —una orientación trascendente— da unidad a la vida.

En el proceso de sanación pueden ser necesarias las muletas. Pero no deben generar dependencia. Llega un momento en que es preciso soltarlas.

La grandeza del ser humano supera sus límites físicos: el cuerpo puede ser frágil, pero el alma es inmensa. Y la fuerza del amor —misteriosa y real— puede despertar en nosotros una capacidad de regeneración insospechada. Del mismo modo, el miedo, la comodidad o la inseguridad pueden debilitarnos hasta paralizar todo nuestro ser.

Somos nadadores de la vida: cuando dejamos de tener miedo, vamos más allá de las propias fuerzas y surcamos el mar de la existencia sin temor a ahogarnos. Nos lanzamos a vivir sin muletas.

lunes, 29 de junio de 2026

Es un ángel

Sus padres, sus hermanos, Fidela y Cristino, y sus sobrinos la cuidaron, la atendieron y la amaron con delicadeza toda su vida, hasta el final.

Blasita nació con una lesión cerebral que le impidió caminar y crecer con normalidad. Desde bebé pasó del carrito a la silla de ruedas. No ha podido hablar con nuestro lenguaje, pero sí ha podido expresarse, a su manera. Ha muerto a los 73 años, toda una vida envuelta en el misterio de una niña que nació así, con enormes limitaciones.

Pero lejos de ser una carga, cuidar de ella ha sido una gran experiencia, humana y de amor, para su familia. Sus padres la cuidaron durante toda su vida. Después, se ocupó de ella Fidela, con la que ha vivido hasta el final de sus días.

La recuerdo muchos domingos, cuando venían las dos a misa. Después de la celebración, me acercaba a su silla y la saludaba. Ella me miraba fijamente, sin hablar, aunque a veces balbucía algún sonido. Su hermana empujaba la silla y la miraba con dulzura. Sin prisa, tranquila, la trataba con un cariño enorme que dejaba entrever el vínculo profundo entre ambas. Siempre atenta, prudente, con las palabras justas, pasaba de puntillas como si no quisiera molestar.

Cuidar a una hermana impedida curte humana y espiritualmente. Fidela ha sabido navegar por la dependencia y las limitaciones, superando la barrera del lenguaje y proporcionando a Blasita un ambiente lleno de amor y seguridad. Una vida volcada en el otro es la máxima prueba de entrega, servicio y amor incondicional, y en esta escuela de riqueza humana y espiritual, Fidela lo ha dado todo.

«Es un ángel», solía decir de ella. Blasita respondía con la mirada, desde el silencio más genuino, dejándose amar. Esta era su forma de devolver el amor que recibía. ¡Cuántas palabras hubiera podido decir para mostrar su gratitud! Pero los sentimientos van más allá de las palabras, y la dificultad para expresarse no impide que estos fluyan.

Jamás se han oído en Fidela palabras como «mala suerte» o «una carga». Tanto ella como su familia aceptaron el misterio inexplicable, y esto es una muestra de su coherencia y unidad. Una familia donde se ama hasta darlo todo es un lugar de crecimiento y aprendizaje. Nadie es descartable, todos somos concebidos para amar y ser amados. Por el solo hecho de nacer poseemos una radical dignidad que nos capacita para la gran aventura del amor.

Aceptar al otro, como es, como está, como viene, con sus dependencias y sus límites: esto nos enseña a ser personas, a ser humanos y a tener una mirada solidaria hacia los demás, sobre todo los más vulnerables.

Cuando no todo se entiende, quedan el silencio y el amor. Ante un sacrificio por amor, solo cabe el silencio. Aquí se revela la grandeza del ser humano.

Hablo de Fidela porque es a quien conozco. Sus dos hermanos ya han fallecido, y hoy los recordamos con gratitud.

Ahora, Blasa y Cristino disfrutan de una paz infinita. Juntos, con otros ángeles, gozan del abrazo de Dios en la eternidad. Envueltos en su misericordia, con enorme ternura, ya forman parte de esa otra familia que hemos amado y que nos espera allí, donde están siempre en la presencia amorosa de Dios.

lunes, 1 de junio de 2026

La fuerza de una mirada

La capacidad comunicativa del hombre supuso un salto en su evolución. De los sonidos guturales y los gestos con pies y manos, gracias al desarrollo del cerebro y de un sofisticado aparato fonador se pasó a la expresión verbal. Poder articular palabras dio un giro a las relaciones interpersonales. El lenguaje articulado permitió generar un discurso coherente, no sólo sobre realidades inmediatas, sino también sobre ideas, recuerdos y emociones. Expresar una idea con la voz activa las conexiones cerebrales, aumentando la inteligencia y la capacidad humana. Con la voz se pueden expresar pensamientos elevados: así nace el homo filosófico. Se pueden explicar proyectos y transmitir enseñanzas. La habilidad manual para fabricar herramientas y el desplazamiento por el mundo también favorecieron una dieta más variada, una mayor ingesta de proteínas y el aumento de la capacidad intelectual y comunicativa.

Hablar es algo que nos diferencia cualitativamente de los animales. Es cierto que estos tienen sus propios lenguajes y formas de comunicarse, a veces muy complejos. Pero el salto respecto al ser humano es abismal. Con nuestro lenguaje no sólo podemos describir el mundo, sino ir más allá de él. Con el lenguaje podemos crear algo nuevo y alcanzar una dimensión sobrenatural. El lenguaje nos hace semejantes a Dios.

Las culturas humanas han visto un despliegue del lenguaje en todas sus formas: hablado, escrito, expresado en el arte y en la música. El lenguaje engendra la ciencia, la filosofía, la teología y las religiones. Y el saber humano se transmite mediante lenguajes de signos, muy especialmente la escritura.

Desde la Ilustración y su culto a la diosa razón, el lenguaje oral y escrito se ha valorado más que nunca. Nuestras modernas ciencias y tecnologías funcionan con formas de lenguaje. Pero quizás por este auge científico y racional, hemos dejado de valorar otras expresiones que tienen enorme importancia para la comunicación.

Ya hace décadas que los antropólogos estudian la llamada «comunicación no verbal». Los expertos aseguran que, en un diálogo entre personas, más del 80 % de la comunicación se da en forma no verbal, sólo el 20 % está formado por palabras. ¿Y el resto?

Observo la maravilla del lenguaje de signos de los sordomudos. Sin poder articular palabra, con movimientos de sus manos y gestos de su rostro pueden expresar un discurso completo. La forma en que unen los dedos, su expresión facial, todo transmite con tanta fuerza que me deja asombrado.  

El otro día vi un vídeo en YouTube. Un conocido influencer entrevistaba a un matrimonio: él, con parálisis cerebral desde la infancia, no puede articular palabra. Ella ha aprendido el lenguaje de los signos y no sólo dialoga con él, sino que le hace de traductora. Es admirable ver cómo ella lo entiende y pasa del lenguaje de los signos al lenguaje articulado. Lee perfectamente las manos y los gestos de su esposo y lo interpreta de tal manera que al pasar al lenguaje hablado, puede emitir pensamientos tan ricos y profundos como los que podamos formular en lenguaje verbal. Es toda una ciencia aprender estos lenguajes de gestos que permiten expresar lo que hay en el corazón humano. Y pensé, viéndolos, en el misterio y la maravilla de nuestro cerebro, esa masa gris que encierra millones de redes neuronales y nos permite superar las limitaciones físicas buscando la forma de comunicarnos.

Y esto me lleva a la teología: somos hijos de Dios, cada personas es un Himalaya del ser, capaz de amar y dejarse amar. Esta es la grandeza del ser humano: limitado pero con ansias que lo llevan a explorar más allá de sí mismo.

Hablaba hace poco con una persona cercana que hoy se están impartiendo muchos talleres para aprender a leer los gestos y las expresiones. Esto es particularmente útil en el caso de personas enfermas o que atraviesan una profunda depresión. Cuando el silencio o la dificultad para comunicarse se convierten en un muro, poder interpretar cada pequeño gesto, cada mirada, será clave para leer correctamente qué sucede en su interior. En el caso de personas mayores, encamadas u hospitalizadas, que no saben o no pueden expresarse, los terapeutas que tengan esta habilidad serán profesionales muy demandados.

La comunicación siempre ha sido un campo que me ha fascinado. Pero ¿qué me ha movido a escribir esta reflexión?

Ha sido a raíz de mi despedida con una persona muy querida de la comunidad. No hicieron falta grandes palabras. Su sonrisa, y su mirada bella y profunda bastaron para que su aprecio me llegara al corazón.

El culto al lenguaje verbal nos ha hecho olvidar que, en un momento dado, las palabras sobran y la gratitud no siempre necesita ser expresada con la voz. Una mirada puede decir mucho más que las palabras. Si decimos que una imagen vale más que mil palabras… yo digo que una mirada sincera desde el corazón vale más que muchas palabras e imágenes. Porque los ojos son el espejo del alma, esa parte de Dios que todos tenemos y que es lo más genuino del ser humano.

Cuando comunicamos más allá del aparato fonador, el lenguaje del alma lo llena todo: la comunicación se destila en una mirada llena de amor y atraviesa todo el ser.

Ahora, esta persona amiga está surcando los cielos hacia el «continente de la esperanza», como lo llamaba un amigo sacerdote.

Gracias por tan bella sonrisa. ¡Hasta siempre!

lunes, 25 de mayo de 2026

El hombre que salió del mar


Estamos a principios de mayo. A las siete de la mañana, el sol ya está alto en el cielo. Durante uno de mis paseos al amanecer, me quedé mirando al mar. La mañana era muy luminosa y clara. Entonces vi algo que captó mi atención.

A lo lejos, en medio del agua, un hombre avanzaba lentamente hacia la orilla. Era alto y robusto, se acercaba a la vejez, pero sus piernas fuertes y tonificadas caminaban a paso firme y seguro. Su rostro era sereno.

Cuando salió del mar, pasó a mi lado y le dije: ¡Qué valiente! Pues era temprano y aún hacía frío. Él me miró sorprendido y sin decir palabra continuó caminando sobre la arena.

Me quedé pensando. Quizás esta sea su rutina diaria: acudir a la playa y sumergirse en el mar de buena mañana. Lo hace por salud, o tal vez porque le gusta sentirse abrazado por el mar y respirar la paz matinal mientras las olas juegan con sus pies en la orilla. Me estremecí pensando en la gelidez del agua, pero al mismo tiempo me dije que era algo hermoso.

Y qué contraste, poco después, cuando me crucé con las «manadas» de jóvenes que salían de las discotecas, tambaleándose y gritando, con ojos vidriosos. El hombre casi anciano emergía del mar, rebosante de energía; estos muchachos salían del infierno de la noche, sumergidos en la frivolidad y en el ruido. Allí, entre alcohol, drogas y sexo furtivo, pierden poco a poco su identidad y se deslizan hacia un lento suicidio.

Un anciano camina decidido bajo el sol; cientos de jóvenes resbalan hacia el vacío.

En el arranque del nuevo día, mi corazón se estremeció ante estas dos imágenes. Pero así se teje la historia: con pequeños retales, escenas cotidianas que nos muestran la realidad, tal como es.

Luz y oscuridad, vacío y coraje se entrelazan proyectando los grandes valores y los oscuros antivalores que están marcando, noche tras noche, a una generación de jóvenes, empujándolos hacia el absurdo y una vida sin sentido.

Pensaba que es hermoso empezar el día como ese hombre que salió del mar, como Adán en el paraíso. Vivir con sentido, respirando el oxígeno matinal, contemplando el sol naciente y dejando que la belleza alimente la fuerza interior. Esto nos prepara a iniciar un nuevo día con la convicción de que vale la pena vivir, que todo a nuestro alrededor es don y gracia.

La noche es también un regalo: el tiempo sereno para descansar, y no para explotarla con luces artificiales y falsos estimulantes que esclavizan, generando adicción. La noche es la cuna del día, que cada amanecer nos invita a levantarnos y a ponernos en marcha. Dar gracias, ponerse en pie y caminar es una manera de empezar el día con entusiasmo, abriéndonos a la sorpresa de nuevas experiencias que llegarán.

Unos se quedan atrapados en un bucle que los ata; el hombre mayor se siente libre. Nadie lo detiene, es su elección y lo lleva a vivir plenamente. Camina por la arena erguido, con la frente levantada y una expresión jovial.

A su lado, los jóvenes que han pasado la noche sin dormir parecen viejos, caminan cabizbajos y vacilantes, con la espalda encorvada y tambaleándose. Algunos necesitan sostenerse unos a otros. Su mirada está perdida, avanzan sin rumbo fijo, vociferando contra nadie y contra todos. Esos berridos resonaron en mí como un gemido angustioso lanzado hacia la nada: el lamento de un corazón roto.

Tal vez están vacíos de afecto y de amor. Por eso emprenden una huida hacia adelante, buscando esa calidez en relaciones artificiales, impulsivas y sin ternura. Puede que calmen momentáneamente su ansiedad, pero no apagarán su sed ni les devolverán a sí mismos. Al contrario, se irán alejando cada vez más de su genuino ser, de la orilla de sus anhelos más profundos. Olvidarán quiénes son y por qué están aquí.

Esto, con el tiempo, se traduce en enfermedades o trastornos mentales. El cerebro queda dañado y las neuronas mueren a gran velocidad, derivando en una demencia prematura a una edad demasiado joven. Se ahogan en el mar de la superficialidad y la locura.

Es la nota amarga de mis paseos matinales. Lo veo muchos días, sobre todo los fines de semana. La imagen de estos jóvenes me causa tristeza y dolor. Qué triste ver cómo, en la primavera de sus vidas, esas miradas vacías preludian ya el otoño inexorable y la frialdad de un invierno sin sol. 

domingo, 19 de abril de 2026

La anciana del amanecer

Tras una larga etapa de recuperación de la pancreatitis que sufrí, he vuelto a caminar cada mañana, al amanecer, para acercarme al mar.

Mis piernas, frágiles después de semanas en el hospital, necesitaban ejercicio para robustecerse. Caminar no solo tonifica mis músculos, sino que me despeja y despierta todos mis sentidos. Llevo ya varias semanas paseando, contemplando cómo el día despunta y va pintando el cielo de belleza.

A paso firme, respirando hondo, saboreo el regalo de un nuevo día por estrenar, siempre lleno de sorpresas y misterio.

La alborada despliega su manto de luz, a veces irisado por las nubes que reciben los primeros rayos del sol. Ese sol que emerge con fuerza y me llena de energía al comenzar la jornada.

Contemplo, admiro y rezo, dejando que la claridad me bañe. Doy gracias a Dios por la luz, que da vida y color al mundo. Y observo a mi alrededor.

No voy corriendo, como tantos deportistas madrugadores que hacen footing, ni como quienes se apresuran para ir al trabajo. A esa hora me gusta ir despacio, fotografiándolo todo con la retina. Todo cuanto acontece tiene valor, y me gusta descifrar su significado. Cuando se observa el mundo así, todo cobra sentido, y se aprende a reconocer la mano de Dios en lo creado, incluso cuando parece lleno de contrasentidos.

Me percato de los contrastes: belleza y fealdad, calma y prisa, silencio y ruido. Y esto me lleva a otros más profundos: libertad y esclavitud, violencia y compasión, soledad y compañía, amor y odio, tristeza y alegría.

Una mañana, mientras avanzaba hacia el paseo marítimo, vi a una anciana mendigando. Ya la conocía de antes; no era la primera vez que la veía. Es bajita, algo rechoncha; lleva falda y zapatillas, y se cubre la cabeza con una pañoleta. De tez morena, curtida por la intemperie, se acerca a los transeúntes con voz entrecortada para pedir limosna.

Repite frases cortas, con una cantinela reiterada. Miro su rostro cansado y descubro en sus ojos negros, profundamente tristes, una inmensa soledad. Ella insiste, haciendo sonar unas monedas en su mano.

Me acerqué para verla de cerca, y me estremeció su rostro, castigado por el paso del tiempo.

¿Qué hay detrás de una anciana que mendiga al amanecer? Quise sintonizar con su dolor. Ella, mientras tanto, reclamaba su limosna:

—¿Me da algo de dinero?

Tenía unas monedas y se las di. De inmediato, su rostro se iluminó por completo.
—¡Gracias! —exclamó.

Y una sonrisa se dibujó en sus labios marchitos.

Tuve el impulso de preguntarle cómo se llamaba, si tenía familia, dónde vivía… qué hacía a aquellas horas tan tempranas, pidiendo.

Pero enseguida comprendí que aquellas preguntas, aunque nacieran de la compasión, eran demasiado racionales, quizá fuera de lugar. Ella no necesitaba interrogantes.

Opté por el silencio y seguí caminando, cruzándome con grupos de jóvenes que salían, en manadas, de las discotecas.

Por dentro, sin embargo, continué meditando, con cierta indignación. No podía concebir que una anciana de ochenta años estuviera en la calle, sola, pidiendo.

Y me pregunté cuántas personas viven así: descartadas, sin rumbo, desorientadas y tristes, mendigando un poco de amor. ¿Qué historia arrastran? ¿Qué pérdidas o sufrimientos las han conducido hasta ahí?

Que existan personas como ella es un fracaso de la sociedad, de las familias, de las administraciones públicas. Algo estamos haciendo mal cuando consentimos que una anciana viva en la calle, sin protección alguna. Solo por el hecho de existir tiene dignidad. Por solidaridad existencial, se convierte en una hermana que necesita acogida: una mano que la sostenga y la ayude a vivir dignamente la última etapa de su vida, como merece toda persona.

Sea quien sea, y lo que haya hecho, una sociedad que crece en tecnología pero no en corazón, que prioriza el culto al tener y se enorgullece de ello, ha olvidado lo más importante y se está deshumanizando.

La investigación y los avances científicos no pueden separarse de un imperativo ético que proteja a los más vulnerables. La imagen es hiriente: junto a un moderno centro de investigación, ante sus mismas puertas, una anciana con pañoleta mendiga a primera hora de la mañana. La «Ciudadela del Conocimiento», referente en investigación biológica, convive con la pobreza de quienes no tienen un techo donde guarecerse.

Si el progreso científico no va acompañado de un progreso en solidaridad, ¿beneficiará realmente a quienes menos tienen? Una sociedad que rinde culto a sus aspiraciones tecnológicas y olvida a una pobre anciana es una sociedad perdida, endiosada en sus propias quimeras.

Se calcula que los nuevos centros de investigación que se están construyendo en nuestro barrio costarán un total de 104 millones de euros. ¿Cuánto costaría, en cambio, ofrecer un lugar sencillo y acogedor —con recursos terapéuticos y sanitarios— para acoger a una anciana que deambula por las calles antes de salir el sol?

Se hacen inversiones multimillonarias para convertir nuestra ciudad en un referente mundial en investigación biomédica. Y está bien. Se podrán prevenir muchas enfermedades, incluso aumentar la longevidad gracias a la regeneración celular.

Pero ¿qué hacemos con las necesidades presentes de una persona anciana que solo desea comer, un poco de compañía, un lugar hospitalario y un lecho donde morir en paz?

Por mucho que la sociedad avance en ciencia y en medicina, si pierde su alma, caminará irremediablemente hacia el vacío.

Puedo tenerlo todo; pero si me falta lo esencial —eso que no se ve ni se puede comprar, pero que nos hace humanos, únicos y genuinos—, no tengo nada.

Sin alma, sin solidaridad, dando la espalda a los descartados, nuestra sociedad se resquebraja.

Si quitamos la caridad, nada de lo que hacemos tiene sentido. 

domingo, 12 de abril de 2026

Atrapados en el yo

Hace poco escuché en la radio un reportaje sobre salud mental, donde se hablaba de los jóvenes y las redes sociales. El culto a la imagen y el afán de éxito y de tener seguidores están causando estragos: muchos jóvenes quieren imitar a sus ídolos y caen en profundas crisis de identidad y en depresiones, pues se proponen ideales inalcanzables que no corresponden a su genuina forma de ser. Viven centrados en sí mismos, pero, a la vez, se han forjado de sí mismos una imagen artificial. Y esto provoca un enorme sufrimiento e inestabilidad emocional.

Por mi labor, tengo la ocasión de tratar con mucha gente. De mis conversaciones aprendo sobre psicología humana. Conocer tantas realidades distintas me hace reflexionar y ahondar en la complejidad de la persona. Me doy cuenta de que cada ser humano es una suma de emociones, talentos y carácter, valores y conductas, a menudo contradictorias. Sí, el ser humano está lleno de ambigüedades.

A veces puedo disfrutar de diálogos llenos de sentido, donde podemos abordar cuestiones teológicas, intelectuales y filosóficas. Esto me ensancha el corazón y me enriquece, añadiendo valor a mi vida.

Pero otras veces, me veo involucrado en conversaciones vacías y superficiales, donde todo da vueltas alrededor de un centro: “el yo” de la persona que acapara protagonismo. El diálogo se convierte en un círculo reiterativo que raya lo patológico. El “yo” lo absorbe todo, y desde su posición, todo lo juzga.

Anclados en el pasado

Algunas de estas personas viven ancladas en el pasado, en una situación vital que les afectó profundamente. Incapaces de asumir el presente, que quizás se les hace insoportable, prefieren congelar el tiempo sin salir de esa experiencia crucial que ha marcado su vida. En ellas se hace cierto el refrán: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Así, rechazan aprender del presente y abrirse a la novedad de cada día.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué hay personas que se quedan atascadas en el pasado y no abrazan su realidad presente?

Pienso que quizás un motivo sea que vamos por la vida demasiado aprisa, sin profundizar en lo que nos sucede y sin digerir nuestras experiencias. No dejamos que hagan poso en nosotros para aprender algo de ellas. Simplemente, dejamos que se petrifiquen y nos quedamos ahí, bloqueados.

Puede ayudarnos comprender que en la vida todos pasamos por diferentes etapas. No podemos quedarnos en una eterna infancia o en la juventud. Cada etapa es diferente, ni mejor ni peor que las otras, pero necesaria, porque cada una tiene sentido y nos enseña algo valioso para madurar, humana y espiritualmente. Eso sí, cada etapa implica un cambio y requiere un esfuerzo de adaptación, a veces muy grande.

Orbitando en torno al “yo”

Quien se centra sólo en sí mismo y no deja de hablar de “yo”, olvidando el “nosotros”, no ha superado la etapa de la adolescencia, ese periodo en que el yo está en formación y ocupa el primer plano de toda experiencia. Quien vive en ese “yoísmo” no sólo se convierte en el centro de toda conversación, sino que necesita aparecer en un escenario donde los demás aplaudan. Para llamar la atención, provocará situaciones en las que pueda sentirse protagonista. Caer en la órbita de personas así es como vivir “el día de la marmota”: se entra en un bucle donde todo gira a su alrededor. El tú y el otro sólo existen en función de su yo ávido de reafirmarse. Los demás son mediocres, y giran como satélites en torno a esta estrella.

Sólo que la estrella, en realidad, es un agujero negro insaciable, que todo lo atrae y lo absorbe, generando un vacío. Los cosmólogos explican que un agujero negro puede tragarse incluso la luz.

A lo largo de mi vida he conocido a personas de toda edad y condición que se convierten en agujeros negros. El mundo debe girar en torno a ellas. Necesitan el oxígeno de los demás para sobrevivir. Si alguien quiere escapar de su órbita, se irritan y se inquietan. No pueden concebir otra realidad.

¿Cómo ayudar a quienes están atrapados en su propio yo?

Abrirse: la terapia

Abrazar el presente es la mejor terapia. Uno crece cuando el yo disminuye y el “otro” y el “nosotros” crecen. Se trata de encontrar un equilibrio sano.

De la misma manera que hay que aceptar el presente, también hay que aceptar que los demás son como son: no son enemigos aunque piensen diferente y no actúen como uno desearía.

Crecemos cuando abrazamos la realidad tal como es y descubrimos que todo tiene su sentido. Escondernos en el pasado sólo nos aleja de los demás. Cuando consideramos que el otro, sea quien sea, puede enseñarnos algo ya hemos dado un salto cualitativo.

Ese salto, abrirse a los demás, nos ayuda a salir del bucle. La vida se convierte en una escuela cuando nos atrevemos a caminar con los demás. La amistad va puliendo nuestra personalidad y poco a poco dejamos de idolatrarnos para lanzarnos a la gran aventura de vivir en comunidad, contando con los demás, escuchando, compartiendo nuestra vida. El otro es el gran regalo que Dios nos da para insertarnos en el mundo: no estamos en este mundo como solitarios, sino como solidarios.

Dice la Biblia que quien tiene un amigo ha encontrado un tesoro. Y es así: la amistad es la clave para vivir cada etapa de la vida como una experiencia que nos enseña y nos enriquece.

domingo, 29 de marzo de 2026

Cuando la vida pierde su valor

Cuando alguien causa la muerte a otra persona, de inmediato se activa un proceso judicial: se ha cometido un crimen y el responsable puede ser condenado a prisión o, en algunos lugares, incluso a la pena de muerte.

A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de innumerables asesinatos. No solo individuales, sino también colectivos: guerras, persecuciones, exterminios. Hoy siguen muriendo miles de personas a causa de intereses oscuros —el narcotráfico, la venta de armas, la trata de seres humanos—. El negocio de la muerte mueve cantidades ingentes de dinero en todo el mundo.

Pero existen otras muertes más silenciosas, a menudo silenciadas, y no por ello menos desgarradoras: las de quienes deciden quitarse la vida.

Muertes silenciadas

¿Qué lleva a una persona, movida en principio por el impulso de vivir, a desear la muerte? La psicología habla de trastornos mentales, depresiones profundas, estados alterados de conciencia. Pero también hay quienes, en plena lucidez, llegan a situaciones límite: presiones sociales, emocionales, económicas o laborales; incluso cargas ideológicas o políticas que terminan por asfixiar el alma.

En nuestro país, cada día se suicidan alrededor de doce personas. Más de cuatro mil al año. La cifra estremece. Es la primera causa de muerte no natural en adultos. ¿Cuántas serán en el mundo entero?

Durante la pandemia del Covid-19, el bombardeo mediático no cesó de generar miedo en la población. Algunos expertos hablan de terrorismo informativo. ¿Cuántas personas murieron, literalmente, enfermas de miedo? Durante los confinamientos, la cifra de suicidios se disparó, especialmente entre los jóvenes. Y ha habido silencio. Se divulgaron las cifras de muertos por la gripe, pero no por el suicidio. Nadie quería apuntar a los gobiernos, que generaron un pánico planetario difundido por los medios y reforzado por las medidas restrictivas (que más tarde se ha visto que eran innecesarias). Además de causar pobreza y desempleo, hambre y desesperación, el miedo se cobró sus víctimas.

Cabe preguntarse hasta qué punto las decisiones políticas influyen en la salud integral de las personas, también en su equilibrio emocional y en su esperanza.

Una vida herida

En estos días, muchos hemos seguido el caso de Noelia, una joven de 25 años marcada por una historia de sufrimiento: abusos, enfermedad mental, soledad. Vivió varios años en un centro tutelar de menores. Tras un intento fallido de suicidio, quedó parapléjica. Su vida, ya herida, se volvió aún más frágil. Su entorno reclamó durante años atención y tratamiento adecuados. No siempre los encontró.

Su padre ha luchado durante dos años, apoyado por un equipo de abogados cristianos, para impedir que se le aplicara la eutanasia. Tras ganar en varios juicios, finalmente el Tribunal Europeo de Justicia ha dado la razón al estado para que se pudiera inyectar a la joven el producto letal.

Noelia murió ayer. El lenguaje legal habla de “prestación para ayudar a morir”. Las palabras, a veces, disfrazan con un ropaje de bondad realidades que siguen siendo profundamente graves. Según afirman los doctores, los fármacos suministrados facilitan una muerte suave, como un dormir sin despertar.

El caso ha suscitado un intenso debate ético. Surgen preguntas inevitables: ¿puede una sociedad decidir sobre la vida de sus miembros más vulnerables? ¿Es lícito tomar una decisión tan grave sin tener en cuenta el criterio de los padres? Cuando un gobierno emite una ley que sobrepasa los límites de la ley natural, cualquier decisión que se tome al amparo de esta ley tiene un sesgo fuertemente ideológico.

Una cultura de la muerte

Detrás de este triste caso hay algo más profundo. Se trata de una tendencia que lleva años implantándose en el mundo: desde las instancias de poder se favorece una cultura de la muerte. Las personas ya no somos seres humanos, somos números, cifras, “casos” que resolver. Para el estado, ancianos, enfermos, discapacitados y personas con necesidades especiales son un coste añadido. Es más económico matar que ayudar a sobrevivir o cuidar con medios paliativos. La cultura, los medios, el cine, están ayudando a cambiar la mentalidad de la gente para que se vea aceptable la opción del suicidio asistido. No sólo aceptable, sino incluso deseable y compasiva. Existe un contagio social que se inocula por las pantallas y llega a transformar nuestra psique. Lo que en un tiempo nos pareció un crimen, hoy lo aceptamos como un derecho.

En el fondo, se trata de convertir a las personas en esclavos, sometidos a leyes que no respetan la soberanía personal y que matan la libertad. No es dignidad, es negación del valor sagrado de la vida, algo que nuestra cultura occidental, desde sus raíces cristianas, siempre ha sostenido.

La vida es un don y no somos dueños de ella. Nadie puede atribuirse el derecho de segar la vida del prójimo. Necesitamos recuperar los pilares de nuestra civilización: la fe judía, el derecho romano, la filosofía griega. Negar esto es vaciar de contenido moral y filosófico nuestra cultura. Y una cultura vacía se llena fácilmente de lo que alguien quiere inculcar a la sociedad.

Basta reflexionar con lo que se está vertiendo desde los medios: caos, confusión, miedo, relativismo. Nada es verdad, nada es cierto ni seguro, todo depende de cómo se mire, o de cómo nos lo presenten quienes quieren modelar nuestra mente y convertirnos en clones sin iniciativa y sin identidad. Es más fácil dominar a una masa uniforme y sumisa que a una sociedad libre, diversa y creativa.

La triste muerte de Noelia, su triste vida, revela un fracaso de nuestra sociedad, de nuestras instituciones, y también de los valores o antivalores que rigen nuestro mundo. Si todo lo que hemos podido ofrecerle a Noelia es morir, ¿qué futuro nos espera?

Toda vida es valiosa

Desde la fe cristiana, nuestra actitud ha de ser de profunda caridad y empatía, comprendiendo y compadeciendo el dolor de quien decide quitarse la vida. No podemos juzgar ni condenar a nadie, y menos a una muchacha frágil que ha sufrido una vida muy desgraciada. Noelia no tenía amigos. No tenía una familia estable que la sostuviera. No tenía proyectos, ni futuro… Tampoco tuvo quien le ofreciera otra cosa mejor que morir.

Pero desde nuestra fe cristiana, no debemos ocultar el dolor que esto nos causa. No podemos secundar esta cultura de la muerte. No podemos aceptar que la vida deje de tener valor, aunque sea una vida herida, rota, vulnerable. Toda persona, toda, es valiosa ante Dios. Nadie es descartable, como nos recordaba el papa Francisco.

Un discurso políticamente correcto, humanitario, no puede disfrazar la dura verdad. Vivimos en un mundo que ha barrido a Dios y ha endiosado al hombre. Y vemos el resultado. Cuando el hombre se hace dios, mata. En cambio, cuando Dios se hace hombre… se deja matar, para darnos vida a todos. En estos días de Semana Santa tendremos ocasión para meditar despacio en todo ello.

Ofrezcamos una oración por su alma.


domingo, 22 de febrero de 2026

Vivir en la ficción, regresar a la verdad


Mi inquietud por conocer la naturaleza humana me lleva a descubrir algunos aspectos paradójicos de las personas. Hay quienes, al afrontar situaciones difíciles o dolorosas en su vida, buscan subterfugios para huir de su propia realidad. A veces, esta huida los conduce incluso a renunciar a sus principios morales.

La mentira se convierte entonces en un recurso para escapar de una realidad demasiado dura. Los seres humanos somos contradictorios y cambiantes, pero no queremos ofrecer una mala imagen ante los demás; por eso, algunas personas deciden cubrir sus fallos o limitaciones con una apariencia falsa. No se trata sólo de parecer mejores, sino de construir un relato convincente o, al menos, interesante y positivo.

Así, se convierten en consumados mitómanos. No logran contener sus propias fabulaciones, porque mirarse al espejo y afrontar sus profundas lagunas los aterroriza. La mentira actúa como un mecanismo de protección frente a uno mismo y frente a los demás.

Cuanto más se miente, más se cree el propio relato, hasta que la mentira termina formando parte de la identidad. La realidad objetiva se confunde entonces con la ficción construida.

Quien actúa así quizá logre enredar a otros, pero en el fondo sólo se engaña a sí mismo. La mente y el corazón humanos conviven mal con la mentira, salvo cuando se han endurecido profundamente. Poco a poco aparecen signos de que algo no funciona: insomnio, depresión, ansiedad, desconfianza. La persona que se desconecta de sí misma entra en una fase de rechazo y amargura difícil de soportar. Se vuelve insegura, necesita protegerse constantemente y su lenguaje se vuelve ambiguo, impreciso.

Algunos se encierran en un silencio huraño. Otros, en cambio, se muestran sociables, empatizan con los demás y encuentran en las relaciones interpersonales un balón de oxígeno. Pero después regresan a la fabulación. Viven instalados en una ilusión inalcanzable y actúan según lo que esperan o desean. Mienten para protegerse y terminan viviendo de promesas.

Entre la mitomanía y la fabulación, quien huye de sí mismo se fabrica un mundo donde su propio relato actúa como un sedante. Sin embargo, la convivencia con los demás se deteriora, porque resulta imposible establecer relaciones auténticas desde la ficción. Buscará a los otros por interés: para convertirlos en cómplices de sus fantasías o en audiencia de sus mitos.

Cuando cae la máscara

La persona acaba convirtiéndose en personaje. Y un día la máscara cae: su conducta se vuelve evidente y los demás dejan de creer en ella.

Enfrentarse a los propios demonios es temible, pero vivir fingiendo o huyendo resulta agotador. Los días se suceden sin sentido, las noches se vuelven interminables y la mirada se pierde en un vacío sin horizonte. Una fantasía que nunca llega transforma la vida en una espera larga e insoportable. Con el tiempo, esta tensión afecta incluso a las capacidades cognitivas. El deterioro neuronal resulta devastador, pues no sólo impide seguir fabulando, sino también mantener una comunicación sana con los demás.

Existe además otro factor que agrava la situación. Cuando los sueños tan esperados no se cumplen, aparece el victimismo. La persona acepta, en cierto modo, que no alcanzará lo que desea, pero necesita explicarse: «Soy así» o «estoy así por culpa de los demás». El otro se convierte en enemigo y responsable de la propia situación. Se percibe a sí misma como una víctima inocente. Sin embargo, quien piensa así es incapaz de reconocer que necesita ayuda. Y si llega a pedirla, nunca la recibe como espera. Ve el mundo como una autopista donde todos circulan en dirección contraria, sin advertir que es él quien avanza contra el sentido.

Muchas de estas personas terminan llevando una vida desordenada: incapaces de sostener un horario, alteran sus ciclos vitales; permanecen despiertas por la noche, duermen durante el día y comen sin medida ni ritmo.

Si alguien logra hacerles ver su realidad, aunque sólo sea por un instante, se retiran enseguida, cegadas e incapaces de asimilar lo que descubren. El destello de la verdad las hiere; el oxígeno de la realidad les resulta doloroso.

El único antídoto que conozco es la humildad: abrazar y aceptar lo que uno es, con sus potencialidades y sus límites, con su historia y sus aspiraciones; mirar la propia situación cara a cara, sin disfraces ni escondites. Desde ahí puede iniciarse un camino de sanación que libere de la mentira y la fabulación.

¿Cómo resolver esta situación?

La humildad es el fundamento: reconocer los propios límites constituye el primer paso. Alcanzar esta conciencia ensancha la mirada.

Es necesario enfrentarse a los propios miedos, al pasado, a la infancia. Tal vez una experiencia negativa, que se intenta olvidar, esté condicionando silenciosamente la vida. Todos estamos llenos de cicatrices y no siempre somos conscientes de cómo ciertas vivencias nos empujan a huir hacia adelante.

La verdadera osadía consiste entonces en detenerse, sin miedo al silencio, y reconocer la herencia interior que nos arrastra hacia aquello que no deseamos.

Un paso más es reconciliarse con uno mismo: aceptar que las propias grietas sean visibles y que los demás puedan percibirlas. Cuando uno logra abrazarse con dulzura y comprensión, comienza un camino de retorno. ¿Hacia dónde? Hacia aquello a lo que está llamado desde su propia naturaleza, desde el fondo de su ser.

Desde ahí se descubre el propio potencial y se deja de vivir sumergido en fabulaciones que alejan de la esencia humana. Al encontrarse consigo mismo y reconocer también sus fortalezas —que siempre existen—, ya no necesita recurrir a la mentira ni a la ficción. Puede desprenderse de ese ropaje falso que no le pertenece y que sólo oprime y hace sufrir.

El ser humano es un alma libre llamada a dar lo mejor de sí misma. En ello consiste la plenitud: encontrar un propósito vital que permita al yo crecer de forma armoniosa. Entonces se descubre que no es necesario ser «otro» para vivir con serenidad y gratitud, mostrándose tal como se es.

Eso es la pobreza y la desnudez espiritual: ser uno mismo, sin disfraces ni coberturas. Es ahí donde comienza la regeneración del ser más íntimo y auténtico. Sólo así puede llegar la verdadera felicidad.

sábado, 24 de enero de 2026

Encontrando sentido al dolor

Hay momentos en los que la vida se vuelve frágil y todo queda suspendido en una pregunta. Cuando el cuerpo se debilita y el futuro se vuelve incierto, algo más hondo puede abrirse paso: la experiencia de ser sostenidos, incluso en medio del miedo. Este texto nace de uno de esos momentos límite, donde el dolor, el amor y la fe se entrelazan silenciosamente.


Durante los meses que he estado en el hospital me he enfrentado a una situación que nunca imaginé vivir. En medio de una profunda incerteza, fui consciente de que la vida resbalaba entre mis manos. Entre el miedo, la tensión y una sensación de abandono, experimenté la indigencia más honda: saber que todo podía desvanecerse en cualquier momento, en cuanto se apagara mi reloj biológico.

Una y otra vez me preguntaba por qué. Tenía que haber un sentido. Entre la rebeldía y el desasosiego fue abriéndose paso en mí la convicción de que todo aquello tenía una explicación, no solo médica, sino existencial. Algo me susurraba al oído que, fuera cual fuera el desenlace, estaba siendo sostenido misteriosamente, sin saber cómo. Y eso me dio paz. En medio de la agitación interior, y en un momento de extrema debilidad, abracé mi situación, incluso la posibilidad de que Él me llevara.

Pero entonces brotó de mi interior una fuerza desconocida. Mientras luchaba por respirar, conectado al tubo de oxígeno, me dije a mí mismo que quería vivir. Tenía que salir de aquello para culminar mi misión.

Una hora a contrarreloj se convirtió en una victoria.

Más tarde pensé: cuántas personas se encuentran en situaciones límite como esta. Muchas las superan, otras no. Yo pude salir del abismo.


El gran aprendizaje

No toda experiencia de dolor humano tiene por qué ser trágica o negativa. Podemos hacer una lectura reflexiva de todo lo que nos ocurre. Si nos quedamos en el impacto inmediato, podemos caer en un pesimismo que nos impide ver con claridad el alcance real de la situación.

El proceso de la enfermedad atraviesa distintas etapas. Comienza con el desconcierto ante lo inesperado, que conduce al miedo. A medida que uno va elaborando mental y emocionalmente la evolución de la enfermedad, aparecen momentos de cierta esperanza. La incertidumbre se mezcla entonces con la impresión de que la vida sigue adelante, de que vamos a curarnos. Esto suele suceder cuando comienza una lenta y progresiva mejoría. Cada pequeño cambio, cada nueva sensación, puede animarnos.

Con serenidad, las cosas se ven de otro modo, aunque los análisis y el diagnóstico no indiquen todavía una mejora sustancial. Lo importante es que se produzca un reset en la mente del paciente. Cuando uno se abandona y aprende a tomar distancia, contemplando la realidad con calma, una certeza genuina empieza a aflorar: tenemos la capacidad de autorregenerarnos. Incluso pueden darse mejoras inesperadas que los médicos no hayan contemplado o que las pruebas aún no detecten.

En el momento en que se divisa una pequeña luz en el horizonte, por insignificante que parezca, la disposición interior del enfermo cambia. Aunque la sombra del miedo vaya y venga, entre la tormenta y el día soleado aprende a vivir con serenidad, aceptando su realidad y los acontecimientos tal como han sucedido.

Este es un punto de partida para comprender que todo puede contribuir al crecimiento humano y espiritual. Todo suma, nada resta. Pero esto solo se percibe cuando uno aprende a confiar. Aunque la muerte se vea cercana, no todo termina con ella. Es más, diría que entonces comienza un renacer.

Cuando se da este paso, el miedo se va alejando. Ya no importa tanto tener certezas; entras en un hondo proceso espiritual. El destino no es el abismo, sino el reencuentro: una experiencia de gracia, una fusión con el Creador, Aquel que es origen de la vida y meta del camino.

Amar desde la fragilidad

Muchos habéis leído el libro Renacer en la quietud. Solo desde el abandono y la aceptación, en la quietud, se puede renacer. Incluso en el abismo, aunque no regreses a la vida biológica, Dios se ocupará de lanzarte desde el precipicio hacia la eternidad. Porque eres criatura suya, hijo amado, y no te dejará suspendido en el vacío. La fuerza de su amor te impulsará hacia el cielo.

Por eso, quienes sufrís alguna enfermedad, si sois cristianos, abandonaos en sus manos. Tened la certeza de que no os dejará caer.

Paz, serenidad, abandono. No os inquietéis: todo está en manos de Dios. Somos amados por Él, y ¿qué mayor felicidad que saber que, cuando nos toque partir, Él estará esperando con los brazos abiertos? En los procesos largos de visitas, pruebas, terapias y toma de fármacos, es comprensible que necesitemos saberlo todo cuanto antes. Pero saber no va a cambiar nada: no nos dará ni nos quitará días de vida. Solo Dios sabe cuándo.

Incluso en medio de la incerteza y el miedo, podemos hacer el bien. Cuando nos abandonamos podemos transformar esos instantes en una experiencia humana de crecimiento. Aunque doloridos, tenemos la oportunidad de seguir amando a los nuestros, y eso nos ayuda a salir de las murallas interiores que levanta el miedo. Cerrarse, obsesionarse, angustiarse solo nos fragmenta y debilita los vínculos con quienes nos rodean.

Lo que tiene un valor real es que, desde la propia fragilidad, se puede seguir amando. Aquí reside la fuerza del amor: ni los límites ni la enfermedad pueden apagarlo. Cuando el compromiso es hondo, el amor está por encima de todo.

No nos dejemos abrumar por las circunstancias. Mientras esté vivo, aunque muy tocado, tendido en una cama y sin poder moverse, el cristiano no puede dejar de amar hasta su último aliento. Esto hace más llevadero el cuidado para quien cuida. La ternura, la suavidad y la docilidad contribuyen a crear una antesala del cielo en nuestro lecho y en nuestro hogar.

Dejemos que emerja la luz divina, capaz de regenerar nuestras vidas hasta el último instante.

domingo, 18 de enero de 2026

Concha: un corazón recio y cálido

La noticia me llegó de manera inesperada. A mediodía la había visto en misa, alegre y cariñosa, como siempre. Por la noche, su hija me envió un mensaje para comunicarme su fallecimiento.

He lamentado profundamente la pérdida de Concha. Mujer recia, de principios sólidos, aquello que tenía de firme lo tenía también de cálido y tierno. Defensora de los suyos, vehemente al expresar sus ideas, sabía moverse entre la discreción y la cordialidad; una mujer que sabía estar en su lugar, guardando las distancias cuando tocaba. Vecina antigua del barrio, conocía muy bien la realidad social de su entorno.

Uno de sus grandes valores era su rica vida social. Participaba de diversas actividades y, en la parroquia, era una feligresa fiel: asidua a la misa dominical y a otras celebraciones. Vivía la liturgia con respeto y unción, siempre atenta a la Palabra de Dios y a las homilías, que escuchaba con silencio y profundidad. Recibía la Eucaristía como un regalo sagrado. También tenía un gran aprecio por el anterior rector, Juan Barrio, a quien valoraba sinceramente.

Formó parte del grupo de tertulias casi desde el inicio, participando con entusiasmo en todas las actividades, especialmente en el bingo, donde hacía gala de su habilidad.

Concha era una mujer sagaz, curtida por la vida y con olfato para entender las situaciones y ubicarse con rapidez. De vez en cuando le salía el genio, sobre todo cuando percibía alguna injusticia: entonces saltaba para defender la verdad.

Su valor fundamental, sin embargo, ha sido siempre su amor inquebrantable hacia su familia, empezando por su marido, Diego, que tanto recibió de ella. Años después de su ausencia, su corazón seguía latiendo por él. Pese a su enfermedad coronaria, vivía con intensidad.

Pendiente siempre de sus hijos y de sus nietos, cuidadora y custodia, Concha ha sido una roca firme que ha sostenido su hogar. En los últimos años, aunque más limitada en sus movimientos, no dejó de entregarse hasta donde su corazón podía llegar. Generosa y volcada en los suyos, deja una huella en todos los que la han conocido y un vacío en el barrio y en la parroquia.

Cada feligrés que se nos va —cada uno con su modo de ser, con su historia y su talante— aporta un tesoro a la comunidad. Se van, porque así es la vida y todos hemos de marchar algún día. Cuando pienso en quienes nos han dejado, tras años de entrega, de escucha, de consejos y de apoyo, mi corazón se conmueve. Siento que forman parte de mi sacerdocio y que me han enriquecido humanamente. Son dignos de amar y recordar, porque han dado mucho. Tenemos en el cielo un ejército de feligreses que conviven con Dios: la Iglesia triunfante, una comunidad feliciana en la eternidad que vela y cuida de su parroquia. Nos han dejado un hermoso legado.

Ahora Concha se ha sumado a ellos. Su legado es su fidelidad, su presencia discreta pero intensa. En lo personal, quiero agradecerle los dulces mensajes que me enviaba cuando estuve en el hospital: breves, tiernos, sinceros… pequeñas gotas de agua fresca, bálsamo en medio del dolor, que alimentaban mi alma en aquellos días de incertidumbre.

Ahora estás en el cielo, Concha. Te has adelantado a celebrar tu onomástica junto a María, por quien sentías tanta devoción. Allí, donde el tiempo se detiene, podrás continuar la historia que empezó cuando eras joven y enamorada: tú y Diego compartiréis de nuevo la vida para siempre.

Te pido que sigas protegiendo a los tuyos. Cuídalos y mímalos como sabías hacerlo. Y cuida también de tu familia parroquial, para que seamos fieles a la misión de evangelizar el barrio con alegría y delicadeza, siguiendo tu ejemplo.

Gracias por todo lo que nos has dado, Concha. Tu pasión por vivir dándote a los demás ha sido un regalo para muchos. Ahora, en el cielo, Dios te lo multiplicará por mil.

domingo, 7 de diciembre de 2025

La medicina del silencio

Vivimos a un ritmo acelerado. En medio del trajín diario y los compromisos se nos hace difícil penetrar a fondo en la realidad y nos quedamos en la superficie de las cosas.

Por eso a veces nuestra vida nos parece una sucesión frenética de acontecimientos que nos arrastran como hojas llevadas por el viento. Es entonces cuando nos sentimos abrumados y ansiamos tener paz.

Si queremos encontrar el equilibrio en nuestra vida, necesitamos poner distancia entre el yo y la realidad que nos envuelve. Esa distancia nos permite saber dónde estamos y cuáles son nuestras aspiraciones. ¿Seguimos la guía de nuestro corazón, o nos dejamos llevar por las circunstancias, por la publicidad o los medios?

Vivimos ensordecidos por el ruido, exterior e interior. Si queremos reencontrarnos con nosotros mismos, necesitamos buscar espacios de silencio.

Huir del silencio

La hiperactividad, la dependencia tecnológica y las adicciones, a la comida, a ciertas actividades o a los accesorios, nos hacen incapaces de detenernos y mirarnos al espejo para contemplar, desde cierta distancia, nuestra propia existencia. O tal vez evitamos esa mirada, porque nos asusta enfrentarnos a lo que podamos ver. Tenemos tantas ataduras emocionales que mirarnos al espejo de nuestro yo nos produce vértigo.

El esfuerzo que nos pide esta mirada al interior es ingente. Porque seguramente va a causarnos tristeza y dolor. Pero ese dolor puede ser el detonante que nos empuje a cambiar.

Quien tiene el valor de mirarse a los ojos se replantea muchos aspectos de su vida personal. Tal vez llegue a proponerse un cambio de rumbo. Su cosmovisión se amplía. Ve más claro, y comprende que tiene que enderezar su trayectoria. Pero todo cambio es como un ejercicio al que no estamos acostumbrados: al principio, duele.

Hay dolores emocionales y psicológicos que pueden ser más intensos que el dolor físico. Si la persona adolece de valores, sentirá que su alma se resquebraja y puede entrar en una honda crisis existencial. Penetrar en las salas más recónditas del castillo interior causa un fuerte desgaste, porque muchas veces supone luchar contra uno mismo.

Cambio de rumbo

¿Estamos dispuestos a transformar nuestra vida, aunque esto suponga un cambio de perspectiva y visión de la realidad? ¿Estamos preparados para tomar el timón de nuestra vida y cambiar de rumbo? ¿Nos atreveremos a lanzarnos al vacío, sin ninguna seguridad?

Necesitamos certezas para evitar todo riesgo. Pero vivir no deja de ser una aventura que implica riesgos y fracasos. Quedarse paralizado por el miedo no es vivir, sino sobrevivir, o vivir bajo mínimos, en piloto automático.

Lanzarnos al desafío de vivir una vida auténtica, coherente con lo que somos y creemos, pide entrar en nosotros mismos y preguntarnos si lo que estamos haciendo tiene o no sentido. ¿Qué nos mueve a actuar? ¿A qué estamos llamados? ¿Qué es lo que anhelamos, en lo más hondo del ser?

Desde el sosiego

Nos aterra iniciar este proceso de búsqueda y descubrimiento. El único antídoto para empezar a disolver el miedo es el silencio. Y para ello tenemos que detenernos y afrontar con valentía y serenidad nuestra realidad, tal como es.

Desde el silencio, ignorando los ruidos externos e internos que nos ensordecen, iremos encontrando el sosiego y la calma que nos permitirán ver con lucidez. Desde aquí se puede iniciar una terapia de autocuración. La voluntad y el deseo sincero de reenfocar la vida son cruciales. Pero también se requiere paciencia y tiempo.

¡Cuántas veces nos refugiamos en el ruido para escapar de nuestra realidad! El ruido nos anestesia, la televisión nos absorbe, las redes sociales nos llenan de información y nos distraen. Series que nos enganchan, películas, vídeos cortos en TikTok y la dependencia del WhatsApp llenan nuestra mente y nos hacen olvidar, desconectándonos de nosotros mismos. Perdemos el tiempo que tan caro nos cuesta, sobrevivimos atados a los artilugios y vivimos una vida artificial, que no forma parte de nuestra naturaleza humana. Los creadores de estas empresas tecnológicas han estudiado muy bien la manera de distraernos y convertirnos en adictos, para impedirnos pensar y cultivar nuestra vida interior.

El silencio es una urgencia terapéutica para sanar nuestra vida. La neurociencia ya ha descubierto y comprobado, con métodos experimentales, que hacer silencio y meditar es un recurso terapéutico de primera mano.

No dejemos que el estrés, el frenesí y los agobios nos impidan llegar a esa playa interior donde podremos respirar, tomar aliento y disfrutar de un paisaje hermoso y sosegado.

El silencio es el camino para revertir nuestro camino. El silencio no oprime, sino que libera. No aburre, sino que ayuda a descubrir la riqueza inmensa que tenemos dentro. Sólo desde el silencio podremos renacer.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Una recaída, otro aprendizaje


Cuando el cuerpo grita

Dicen que la salud es el silencio del cuerpo. Cuando nos encontramos bien, no sentimos dolor, ni molestias, nuestro maravilloso organismo responde y funciona sin que nos demos cuenta. ¡Cuántos procesos, cuánta actividad sucede dentro de nosotros sin que seamos conscientes!

Pero si las cosas no van bien, el cuerpo tiene su propio sistema de alarma para avisarnos. ¡Nunca nos traiciona! El cuerpo siempre nos habla.

Primero susurra, luego levanta la voz; al final, si lo ignoras, grita. El grito del cuerpo puede ser una enfermedad, un dolor súbito y paralizante, una fiebre, un ataque. Es su manera de decirte: ¡Para! Has estado haciendo algo erróneo durante mucho tiempo, y ya no puedo más. Te grito porque necesitas detenerte y cambiar de rumbo.

La verdad es que no siempre sabemos cuidarnos. Puede pasar mucho tiempo mientras una patología silenciosa se va incubando dentro de nosotros. Hasta que un día comenzamos a tener sensaciones extrañas. Algo no funciona. Poco a poco, comienza el dolor, primero leve y esporádico, pero con el paso del tiempo cada vez más frecuente e intenso, hasta hacerse insoportable. A veces dejamos pasar demasiado tiempo sin tomar decisiones y puede llegar a ser demasiado tarde. Hay enfermedades de gravedad que pueden poner en peligro nuestra vida.

Conectar con uno mismo

Con esto quiero reflexionar. Estamos tan desconectados de nosotros mismos que no calibramos nuestro estado de salud. Al igual que ciertas enfermedades mentales pueden llevar a confundir lo imaginado con lo real, disociándonos de la realidad, también nos puede suceder lo mismo con el cuerpo. La desconexión física nos lleva a ignorar sus mensajes, hasta que éste nos avisa de forma contundente. La alarma del cuerpo es una experiencia dolorosa, y de riesgo.

Por eso es necesario un centraje existencial. ¿Qué quiero decir con esto? Centrarnos, enfocarnos, y ser muy conscientes de lo que sucede en nosotros, en nuestro cuerpo, en nuestra mente y en nuestro espíritu. Debemos caminar por la vida como el conductor atento para evitar accidentes que nos llevan a la tragedia, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos.

Cuando Jesús en el evangelio nos llama a vivir despiertos, nos está diciendo: Estad siempre atentos a lo que sucede. Y también a lo que hacéis: lo que pensáis, decís, hacéis y coméis. No llevéis una vida sin sentido, dejándoos arrastrar por las circunstancias, lo que os distrae o absorbe. Mirad lo que ocurre a vuestro alrededor y en vuestro interior, porque todo esto os afecta.

Tómate el pulso. Vigila qué comes, cómo duermes, cómo te mueves, cómo te sientes. Toma decisiones. Un pequeño cambio a favor de tu salud, sostenido en el tiempo, puede marcar un antes y un después en tu armonía física y psicológica.

Más adelante hablaré de la medicación, de la que a menudo se abusa y que provoca efectos indeseados. A veces los mejores remedios no consisten tanto en tomar pastillas, sino en cambiar hábitos. Y esto está en nuestras manos. 

Una conversión profunda

Un amigo nutricionista siempre me dice que los cambios alimentarios son como una conversión espiritual. Estamos tan enganchados a ciertos alimentos, sobre todo a los azúcares y a las grasas saladas, que la comida se convierte en una adicción que genera dependencia más allá de las necesidades nutricionales. Comemos más de la cuenta, y comemos lo que no debemos. Esto, con el tiempo, causa estragos en nuestra salud. La mayor parte de enfermedades de los países desarrollados tienen aquí su origen. Son dolencias que prácticamente no existían en los países llamados pobres, hasta hace poco.

Rechazar lo que sabemos que no es bueno implica esfuerzo. Pide una gran consciencia y sensibilidad para detectar qué conviene y qué no conviene a tu cuerpo. Un cambio puede empezar valorando qué ingieres y cómo lo ingieres. Es un auténtico desafío, pues estamos habituados a comer productos adictivos, a cualquier hora y de cualquier manera, de pie, en un sofá o ante la pantalla, incluso en la cama, sin sentarnos a una mesa bien puesta, con mantel y cubiertos, sirviendo con esmero los platos y saboreando despacio. Lo triste es que cada vez más personas comen en exceso, no por hambre, sino para hacer frente al estrés o anestesiar el dolor emocional ante los problemas que les aquejan. La comida se convierte en paliativo y antidepresivo, aunque, como toda droga, tiene su contraparte, generando otras patologías en el cuerpo.

Recaída y aprendizaje

La caída: una enfermedad, con sus achaques y dolores, nos puede hacer reaccionar y replantearnos qué estamos haciendo.

Pienso en mi pancreatitis. Me sobrevino como algo inesperado, pero pensándolo mejor, debo reconocer que mi cuerpo llevaba tiempo avisándome. Después del ataque agudo y de pasar mes y medio en el hospital, salí, bastante recuperado, pero no del todo.

Quizás salí con tantas ganas que quise correr, y no presté suficiente atención a lo que comía. No estuve lo bastante atento, no escuché mi ritmo interno, que me pedía más calma, más descanso, una dieta más suave.

No fui capaz de detectarlo y la reacción no se hizo esperar. La infección se reprodujo y tuve que volver al hospital, quince días más.

Es cierto que en una pancreatitis hay factores que uno no controla. Sabiendo que en mi abdomen quedó un pequeño resto de foco necrosado, que no se pudo eliminar mediante el drenaje, el riesgo de reinfección estaba ahí.

La recaída ha sido leve y he vuelto a salir del hospital sin infección ni líquido, y con mucha más energía que la primera vez.

Otra lección más, para agudizar el autoconocimiento y vivir despierto, vigilante a cualquier señal del cuerpo. Un nuevo aprendizaje para afinar más mi atención. Espero seguir aprendiendo y ser humilde para saber cuáles son mis límites y dónde está esa línea roja que no debo traspasar.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Correr Caminar Deslizarse

El paso del tiempo nos hace ver que, con la edad, se dan en nosotros cambios vitales, no sólo en el cuerpo, sino en nuestra mentalidad y en nuestra forma de hacer.

Desde la infancia hasta la vejez pasamos por diferentes etapas marcadas por distintos ritmos.

Juventud: correr

El joven, que está en un momento de crecimiento y apertura al mundo, devora la vida. El tiempo se le hace corto, quiere abarcar muchas cosas y exprime las horas para sacarles el máximo jugo. Muchas veces no le importa pagar un precio muy alto, hasta llegar al agotamiento. El joven siempre está corriendo, quiere vivir a tope y disfrutar. Las amistades y el aspecto lúdico tienen un enorme valor para él. Está en esa edad en que su cuerpo, sus emociones y su psique estallan. Está creciendo intelectualmente. Se está formando como adulto, quiere saberlo todo y experimentarlo todo.

Su salud le permite caer en excesos y vivir al límite. En algunos casos, llega a poner en riesgo su vida. Es en esa edad en la que muchos caen presos de las adicciones al alcohol o a los estupefacientes. El joven tiene acceso a todo: desde lo más bello hasta lo más inmoral. Y quiere probarlo todo. Por eso corre como si no hubiera un mañana. Está lejos del disfrute sereno y de valorar el silencio como espacio de encuentro consigo mismo.

Para madurar, necesita equilibrar esta actitud extrema.

Adultez: caminar

Después de haber experimentado y vivido intensamente, cuando el joven entra en la edad adulta, se produce un cambio. Los estudios, el trabajo y la formación de una familia son un baño de realismo. La visión de la realidad se vuelve más honda y pausada. Ahora busca, más que la aventura y el cambio, la estabilidad y el compromiso. El círculo de amigos se reduce, pero conserva a los más fieles.

Ya no quiere hacerlo todo, sino centrarse en su quehacer de cada día, en su propósito, en sus metas. Comienza a valorar no tanto la cantidad, sino la calidad. Aprende el valor de las cosas y se vuelve más reflexivo. Su capacidad de interiorizar aumenta. Comienza a buscar el silencio.

El adulto que madura camina más despacio. Da un paso tras otro, más seguro, saborea el momento. Sus responsabilidades requieren compromiso y esfuerzo. La estabilidad emocional y económica son cruciales.  

Por otra parte, en esta etapa surgirán los conflictos. Ya sean laborales, familiares o personales, el adulto tendrá que afrontar el sufrimiento y el estrés. Verá cómo sus hijos crecen y van aprisa, como él cuando era joven. A veces tomarán rumbos inesperados, y tendrá que ayudarles a seguir su camino. No pocas veces se dará un choque intergeneracional. La responsabilidad y la convivencia irán cargando su mochila.

En esta etapa madura, la capacidad de discernir será clave para tener claro el propósito vital y superar las crisis existenciales que pueden sobrevenir.

Vejez: deslizarse

La entrada a la vejez puede ser dramática; no todos la saben vivir bien. O no aceptan que van envejeciendo y se resisten a ver lo evidente, o bien se abandonan y comienzan un declive que puede ser lento o vertiginoso.

En la vejez cambia la perspectiva sobre la realidad. También cambian el ritmo físico y vital. Para muchos la vejez supone tropezar, cojear o arrastrarse. Pero ahora ya no se trata de correr, ni de caminar a paso rápido, sino de deslizarse por la vida.

La salud marca profundamente esta etapa: el cuerpo, que ha sido explotado y maltratado, comienza a dar señales de agotamiento y deterioro. Muchas personas se dan cuenta de que envejecen cuando ven sus límites y achaques. En algunos casos, esto las lleva a una dependencia de los demás.

No todos somos iguales, pero el desgaste celular y neuronal nos pasará factura y aquí lo más importante es saber que el cuidado, la alimentación y tener una vida llena de sentido son cruciales.

En la vejez, ya no hay que correr, ni pisar fuerte: es el momento en que hay que deslizarse por la vida, con suavidad, con paso sereno y callado. Esto no significa dejar de caminar, pero sí cambiar de velocidad y de talante.

Llega el momento de afrontar la vida de forma apacible, serena, paseando más que marchando a ritmo fuerte. Es el tiempo de saborear. El tiempo se convierte en un lugar de deleite cuando se renuncia a los excesos y se aprende a vivir cultivando la riqueza interior y compartiendo las horas con la persona amada. Es el tiempo del sigilo, de la ternura, de los afectos delicados. Tiempo de mirarse de manera contemplativa. Ya no es el tiempo de la risa, sino de la sonrisa.

La ancianidad no es una enfermedad trágica, es una etapa necesaria para aprender que la muerte está en el horizonte y que hay que aprender a aceptarla como un momento de plenitud, aunque parezca lo contrario.

Deslizarse, bailar con suavidad, mecerse y saborear el instante adquieren otra dimensión. El frenesí y la prisa quedaron atrás: la vejez nos invita a pasar esta etapa con suavidad y ternura. No sólo hay que bajar la velocidad externa, sino la interna. Ahora ya no importa correr, sino saber con quién te deslizas, y hacia dónde.

Ya no importa tanto el destino ni el futuro, sino el presente, vivido con plenitud. El ahora se hace eternidad cuando se posa una mirada de gratitud hacia el pasado y otra de admiración y sorpresa hacia el futuro. No vamos hacia el abismo, sino a un reencuentro con nuestros ancestros y con el Creador.

Morir: la cima

Aceptar la muerte nos ayuda a preparar el gran salto de nuestra vida, el paso al más allá. Y esto requiere una gran madurez humana y espiritual. Es un momento cumbre en el que la paz interior ha de tener cabida en nuestro corazón.

¿Qué huella hemos dejado? ¿Hemos construido algo hermoso y digno? ¿Hemos formado una familia? ¿Lo hemos dado todo? Quien puede responder está preparado para irse, de puntillas a esa otra vida desconocida, pero llena de sorpresas.

La muerte no es un final, es el inicio de una nueva etapa que nos trasciende y que va más allá de nuestra comprensión.

Para los creyentes, es una llamada plena a vivir el amor eterno con los tuyos y con Dios.

Puede dar vértigo cruzar la frontera hacia el más allá. Pero una vez atravesada, la luz de un nuevo amanecer penetrará nuestro ser. La otra orilla es tan bella que no podemos imaginarla. Allí el miedo se convierte en alegría y viviremos anclados en un gozo permanente. No caeremos en el vacío, sino que volveremos a nuestro origen, a los brazos de un Dios amoroso que nos ha creado y nos quiere amar para siempre.