La libertad es consustancial al ser humano. Y me atreveré a
decir que la persona se realiza, crece y se proyecta cuando hace uso pleno de
su libertad. Desde un punto de vista ético, atentar contra ella es reducir a la
persona en algo que le es sagrado. Nada ni nadie, ni estructuras, ni gobiernos,
ni ideas, ni todo el poder del estado, puede impedir su ejercicio: esto es el
máximo respeto a la dignidad del hombre.
Quitar la libertad a alguien es matar la esencia de su
propia identidad. Ningún ser humano tiene la potestad para impedir su uso con
pleno derecho. Ninguna formación política ni religiosa puede arrogarse esa
capacidad. Nadie está por encima de nadie. Todos somos iguales y libres.
Nuestra cultura occidental tiene su origen en la religión
judeo-cristiana, en la filosofía griega y en el derecho romano, afirmando con
rotundidad el respeto sagrado hacia el hombre y su libertad. Si es propia de
nuestra naturaleza, ¿por qué temerla?
¿Por qué temen a la libertad?
Podríamos decir que todo tipo de poder, tanto político como
religioso, teme a la libertad, porque sabe que esta es más fuerte que el dominio
que pueda ejercer. El que ocupa un puesto de poder, tiende a controlar a los
demás para evitar perder su rango. Quien está fuertemente ideologizado, tiende
a sospechar de la libertad de los demás, porque pueden discrepar de sus ideas. Esto
lo vemos en los regímenes totalitarios, que hacen todo lo posible por reducir o
anular el derecho a la libertad de expresión y de acción.
¿A qué temen las personas que tienen poder?
Cuando se prueba la miel del poder, uno se siente como un
semidiós, que puede decir y hacer lo que le venga en gana, sin limitación
alguna, con toda inmunidad moral y legal. Puede manipular a las gentes y
obligarlas a cumplir todos sus decretos, doblegando su voluntad y quitándoles
la seguridad jurídica para defenderse. Vivir la experiencia de sentirse como un
dios es la peor droga. El poder es como la cocaína pura: enajena al que la
consume y genera una adicción que siempre pide más. Llega un momento en que está
tan enganchado que ya no puede pasar sin él. Poco a poco, se le irá
necrotizando el corazón, la mente y, finalmente, el alma, hasta convertirse en
un cadáver viviente, a merced de las fuerzas que manipulan y dictan su
voluntad. La adicción es tan letal que lo transforma en un auténtico monstruo,
perdiendo toda referencia moral. El poder destruye a los que se oponen a él y
acaba destruyendo a los que lo ejercen. Esta es su lógica. Jugar a esto es la
peor de las enfermedades.
Por otra parte, el poderoso vive pendiente de que nadie le
arrebate el trono, y a los que cree que pueden amenazarlo, si no puede deshacerse
de ellos, los difama o los critica, elaborando bulos y mentiras para
debilitarlos socialmente. La libertad siempre es una barrera para el adicto al
poder. El otro se convierte en un peligro que a toda costa hay que destruir. Es
un impedimento que le estorba tomar su droga. Se descompone, como un drogadicto
en síndrome de abstinencia. Sí o sí, necesita de esa miel. De la dulzura pasará
a la hiel del miedo, la inseguridad, la desconfianza, hasta llegar a la locura.
El miedo le genera una violencia incontrolada, y puede llevarlo a cometer daños
irreparables, que en un extremo podrían causar la muerte del enemigo. No me
refiero sólo a la muerte física, sino a la muerte de su dignidad.
El miedo genera adicción, violencia y, finalmente,
destrucción. Lleva a la persona a querer poseerlo todo y controlarlo todo,
porque no quiere perder nada.
Este miedo una patología mental que puede haberse
desarrollado durante el crecimiento de la persona, o debido a un trauma de la
infancia. Su origen puede ser una demanda de afecto, escucha, acogida, dulzura
que no se le dio. Y ahora obliga a todo el mundo, con violencia, a que le dé lo
que no tuvo.
O puede ser lo contrario: le han dado de todo en su
infancia, sin límites pedagógicos ni morales, y ahora cree que tiene derecho a
todo, incluso a usar y manipular a los demás para conseguir lo que quiere.
La semilla que nunca muere
La historia nos revela que los que ostentan el poder tienen
miedo, con toda la fuerza destructiva que poseen. Ponen en marcha sus
influencias y mecanismos jurídicos y mediáticos para anular los derechos y las
libertades de los demás. Pero hay quienes nunca renunciarán a la libertad y a
la verdad, que es lo que se opone a la esclavitud y a la mentira, como el miedo
y la cobardía se oponen a la valentía y a la autenticidad.
El uso responsable de la libertad pondrá en jaque mate al
poder. Porque sabe que al final nunca podrá matar del todo la libertad, ni
siquiera una vez muerta la persona, porque las semillas de la libertad son algo
más que un concepto ideológico. Son la esencia que nos define, y al final
derrotarán al poder. Las semillas de la libertad se expanden de manera viral
por todo el mundo y en cada conciencia. Renunciar a ella es renunciar a ser
persona. Sin libertad nos convertimos en seres sin alma, fácilmente dominables,
frágiles, sin rumbo, sometidos y ciegamente obedientes, a cambio de una falsa
seguridad y protección, para mantenernos doblegados y arrodillados ante el
poder.
No hemos de tener miedo a aquel que tiene miedo de nuestra
libertad. En el fondo, es una lucha contra la esclavitud, entre el bien y el
mal, pero sobre todo es una lucha contra aquello que no nos deja crecer como
personas. Estamos llamados a sacar todo el potencial que tenemos dentro. Nada
ni nadie puede arrebatarnos ese deseo innato. Sólo desde nuestra libertad
llegaremos a ser lo que queramos, aunque en esa lucha nos encontremos cara a
cara con la crudeza del poder disfrazado de buenismo y amabilidad. Será un
trago fuerte, que tendremos que sorber. El único camino hacia la auténtica
libertad será un arma tan potente que acabará disipando el miedo de todos los
poderosos. Sólo ella, la libertad, puede asegurar un cambio de rumbo en la
historia.





