domingo, 30 de agosto de 2015

El brillo de la luna sobre el mar

El verano está muy avanzado y la mañana es fresca. Sobre las ramas de las acacias cantan algunos pajarillos que me hacen de despertador. Más allá del patio, en la biblioteca de la universidad, el sol acaricia la cima del edificio dándole un tono rojizo. Todo está en calma. Algunas hojas amarillas de la morera han caído, alfombrando el suelo alrededor de la mesa donde me siento a escribir. La belleza matinal, con sus melodías y su textura, se despliega, dejando intuir el rostro de su Creador.

El sosiego me invita a meditar sobre el paseo que di al atardecer, el día antes, caminando hacia el mar. Los rayos de sol se iban apagando y el matiz suave de los colores iba anunciando la llegada del crepúsculo. Sobre el mar, el cielo se teñía de tonos pastel azulados sobre el gris del mar en calma.

Al amanecer, ese mismo día, había paseado por el campo, en tierras de Ponent, respirando el frescor del rocío en los valles cubiertos de robles y encinas. Allí fui testigo del nacimiento de un nuevo día. Contemplé cómo el sol se deslizaba tras la montaña, lanzando sus primeros rayos y bañando el campo de color. Poco a poco fue ascendiendo, con luminosidad creciente, hasta elevarse sobre el cielo, radiante, con toda su fuerza.

Aunque muchas mañanas veo salir el sol, cada día es un espectáculo diferente, ofrecido por una mano amorosa que desea que mis sentidos puedan gozar de su creación. Recordé aquellos versos tan hermosos del canto de Débora: Sean los que te aman, Señor, como el sol cuando nace con toda su fuerza. Saborear y gustar las primeras caricias del sol es delicioso y di las gracias, respirando profundamente el oxígeno fresco de la mañana.

Esto lo meditaba de noche, sentado frente al mar, mientras la luna se reflejaba en las pequeñas olas, formando un sendero luminoso hacia mí. El sol de la mañana lo bañaba todo; la luna de la tarde trazaba un camino de luz sobre las aguas. Otro hermoso espectáculo natural: el suave celeste del firmamento sobre el mar plateado.

Miraba y remiraba sin cansarme, extasiado, y meditando. Comparé el oleaje con la humanidad, bañada por la luz de la luna. Y también lo comparé con la vida de cada hombre, bañada por la luz divina. Esta luz atraviesa toda la existencia humana. La luna se convierte en un faro que indica el camino hacia un nuevo horizonte. Aunque a veces nuestro mar interior se oscurezca, siempre brillará una luz, aunque sea pequeña, que disipará la angustia y la oscuridad. El hombre tiene un camino trazado hacia la luz, dependerá de su voluntad y su libertad que se oriente hacia ella y dé sentido a su existencia.

Cuanto más oscurecía el mar, más aumentaba la claridad. A veces podemos sentir que nuestra alma también se oscurece, pero misteriosamente la luz de Dios se torna más intensa y las aguas interiores clarean. Es como si el hombre, junto a sus contradicciones internas, tuviera una capacidad para discernir que más allá de sus fuerzas hay un rescate; en su destino brilla la esperanza.

Ante la inmensidad de su océano existencial, el hombre no acaba perdiéndose, como pensaban los existencialistas ateos. Para ellos, el hombre es un náufrago obligado a navegar por una existencia absurda. Pero la realidad es que en su interior el ser humano posee una fuerza desconocida que lo empuja a abrirse al misterio, más allá de la razón. Está concebido como criatura de Dios. Pese a sus incertezas, está llamado a vivir en la luz de la trascendencia. Esto es lo que constituye la esencia de la vida: mirar al infinito y buscar respuestas ante sus profundos interrogantes.

Frágil y pequeño ante la inmensidad del mar, pero iluminado por un Creador amoroso, entiendo cada vez mejor a san Francisco, el pobre de Asís, enamorado de la creación. Llamaba hermano al sol, y a la luna hermana. Sentía la fraternidad cósmica entre él y las demás criaturas, todos hijos de un mismo Padre, y alababa a Dios por ello en su cántico.

¡Loado seas, Señor, porque nos has creado!

domingo, 23 de agosto de 2015

¿Metas inalcanzables?

Encontrar el propósito vital


Todos deseamos tener un propósito en la vida. Cuánto cuesta alcanzarlo. Las metas no tienen por qué ser solo en la línea profesional o económica. Muchos han logrado sus objetivos profesionales pero sienten que no van en la dirección correcta. Incluso disfrutan de un estatus social y económico, pero en su corazón hay un latido que no suena con el ritmo de la alegría. Se afanan por muchas cosas, pero no acaban de sentirse llenos, con esa paz que hace discernir lo que es realmente valioso en la vida. Lo tienen todo: reconocimiento, éxito, posición social, pero cuando se enfrentan al silencio una gotita de amargura escondida va agrietando su corazón.

Cuando reducimos el propósito de la vida al bienestar material y ponemos por encima de lo esencial lo que es accidental; cuando rendimos culto al trabajo, a la economía, al bienestar o al estatus social, nos hemos alejado del valor de lo sencillo, de la amistad, de la persona. Hemos olvidado la importancia de las relaciones, de lo emocional y lo espiritual. Vivir un divorcio entre lo que uno es y lo que está haciendo es renunciar a la propia identidad, que tiene que ver más con lo que se es que con lo que se hace.

El estrés laboral y profesional, las exigencias del mercado, muchas veces nos alejan de nuestro núcleo. Quizás es más fácil hacer lo que los otros quieren que asumir la libertad de la autoexigencia, que implica estar muy despierto para descubrir el auténtico propósito de nuestra vida. Nos dejamos arrastrar por el miedo al qué dirán, vivimos una dualidad constante. A veces nos falta voluntad, energía para afrontar un proyecto personal que implica darlo todo. Esto requiere estar alerta para aprovechar todas las oportunidades que surgen. Cualquier propósito implica madurez en las relaciones humanas, empezando por los vínculos más cercanos: esposo, esposa, padres e hijos, familiares, amigos, compañeros de proyectos…

Para alcanzar lo que tu alma anhela, es decir, tu propósito, has de tener claras las varias dimensiones del ser humano: física, emocional y mental. Sin ellas no podremos alcanzar la plenitud como personas.

La tríada del equilibrio


Nuestro cuerpo es importante: no podemos olvidar el cuidado y la atención de nuestras necesidades biológicas. La salud física es un barómetro que nos indica cómo estamos viviendo y si nuestro estilo de vida es acorde con lo que somos y sentimos. Muchas enfermedades y trastornos tienen su origen en un desajuste emocional o espiritual que se somatiza en un problema físico.

La dimensión mental nos aporta la riqueza del raciocinio y nos ayuda a enfocar nuestros esfuerzos. Las facultades intelectuales son grandes instrumentos a la hora de hacer realidad nuestros sueños y proyectos.

La dimensión emocional nos enriquece con sentimientos, emociones y pasión. Junto con la inteligencia, nos abre a una visión más amplia y trascendente de la vida, y nos ayuda a discernir nuestra vocación, desde nuestras habilidades y capacidades volcadas al servicio de los demás.

La dimensión emocional, psicológica, es importantísima, porque afecta a todas las demás y en especial a nuestras relaciones humanas. No podemos proyectar nuestro futuro sin un equilibrio en las relaciones. La solidez de este equilibrio es fundamental, ya que nuestras carencias emocionales nos quitan lucidez, pueden dificultar nuestro conocimiento de la realidad y, por tanto, impedirnos alcanzar nuestras metas.

En definitiva, alcanzar el gran propósito de tu vida pasa por armonizar las emociones con la razón; la experiencia con las ideas y creencias; pasa por integrar la dimensión ética y trascendente en el día a día. Armonizar esta triple dimensión: cuerpo, mente y corazón, ayuda a objetivar los anhelos más profundos del alma.

Descubriendo tu vocación


Solo así estaremos avanzando hacia el futuro, viviendo la realidad cotidiana como una auténtica vocación de servicio. Cuando el corazón se abraza con la razón en el espíritu estamos viviendo centrados en el eje de nuestra existencia. Todo tendrá su medida y su verdadera dimensión.

El hombre siente un profundo vacío existencial cuando no descubre que está llamado a mirar más allá de sí mismo. El sentido último de su vida es amar y eso es lo que le hace ser reflejo del Ser.

Sin este propósito el hombre se pierde, se frustra por dentro, su identidad se diluye y pierde referencias y valores hasta disiparse en la nada, cayendo en lo absurdo de la existencia. Vegetará anímicamente.

Pero con propósito el hombre levanta el vuelo, trasciende, surca nuevos horizontes. El miedo no lo paraliza, al contrario: lo empuja hacia nuevas metas. Una paz inquebrantable marca su rumbo hacia la plenitud de su ser. A todo lo que hace le encuentra sentido, por pequeño que sea. Respira, mira al cielo, agradece. Ha renunciado a la competitividad. Los otros ya no son enemigos. Los otros son una escuela en el camino de la madurez y del crecimiento interior.


Cooperar, servir, amar: esto ha de guiar todo anhelo de búsqueda, todo deseo ardiente del alma. Cuando aprendamos a mirar más allá de nuestros propios límites y necesidades sabremos que estamos por el buen camino. Ni los errores ni las malas experiencias nos impedirán lucir con dignidad la corona de nuestra existencia. 

domingo, 16 de agosto de 2015

El rostro del mal

Después de tantas noches calurosas, la lluvia de la tarde ha traído el frescor. Salgo al patio. Una suave brisa sopla entre las ramas de las acacias y la morera. Las hojas, cubiertas de gotas cristalinas, parecen adelantar el rocío de la mañana. Sorteo algunos charcos que hacen de espejo del cielo y siento un gran bienestar.

El patio se ha convertido en un claustro. La noche es apacible y la calma se apodera de mí, invitándome a penetrar en el misterio. Viajo al interior de mi corazón, intentando digerir una densa experiencia: ¿tiene rostro el mal? Busco respuestas en el silencio de la noche. El gris plateado del cielo despide una tenue luz. No estoy totalmente a oscuras. El guiño de algunas estrellas parece hacerse cómplice de mi corazón en esta vigilia.

El silencio me lleva a territorios interiores desconocidos. Avanzo hacia a un nuevo horizonte, donde el alma y el corazón se unen como el cielo y el mar. Allí, desde lo más profundo de mi ser, doy alas a mis pensamientos.

Ver el mal cara a cara


Sobre el mal se ha vertido mucha tinta. Se ha hablado y escrito sobre él desde el punto de vista filosófico, teológico y moral, pues toca aspectos que afectan a toda la persona. Desde la teología se ha intentado dar respuestas al origen de esta realidad: el libre albedrío, la ruptura del hombre con Dios, el orgullo del ser humano, la obstinación y la resistencia a la verdad.

Los frutos del mal son múltiples y bien visibles: la desintegración moral de la persona, el culto desproporcionado al ego, la mentira como eje central de la vida, la calumnia y la difamación como herramientas destructoras, la rabia incontenible, la insensibilidad al dolor. El mal también se manifiesta de forma engañosa: a veces adopta un disfraz de apariencia bondadosa como estrategia para despistar, o se reviste de un discurso victimista y obsesivo para despertar simpatía. Como afirman muchos santos, cuántas veces el mal se aparece como un ángel de luz, cargado de argumentos razonables y aparentemente buenos. La sutilidad del mal puede manifestarse con actitudes de exquisita disponibilidad y aparente servicio desinteresado. Así es como consigue penetrar hasta donde quiere: el servicio se convierte en autocomplacencia y dominio sobre las personas y las cosas. El mal puede crear dependencia y hacerse necesario, pero poco a poco comienza a desprender un olor feo. Cuando la persona pretende que todo gire a su alrededor, convirtiéndose en el centro de todos y de todo es cuando el mal hace estragos. No tardan en surgir divisiones, luchas, celos, críticas, manipulaciones, odio enconado. El mal confunde, enfrenta y crea situaciones absurdas y dolorosas.

Pero cuando te topas frontalmente con el mal, los disfraces caen. Te quedas sin aliento y el alma se encoge ante la fealdad de su verdadero rostro. Impresiona vivir y tocar el mal de cerca, sobrecoge su capacidad mortífera de destrucción. Si uno no está centrado, puede paralizarlo y arrastrarlo por sus oscuros laberintos. Golpea allí donde más duele: en el centro del alma. La rabia se convierte en llamaradas de fuego que salen por la boca, incapaz de contener tanto odio, y abrasa hasta el tuétano. Es una experiencia dura recibir esos dardos envenenados. Hay que aprender a cerrar los ojos. La mejor manera de afrontar cara a cara el mal es no pelear con sus propias armas. A quien te dé una bofetada, muéstrale la otra mejilla. Jesús sabía muy bien lo que decía.

La verdad brilla


Pero los cristianos sabemos que la luz ha disipado la oscuridad; el bien ha vencido al mal. Es necesario templarse por dentro, abandonarse, perdonar y mantener la lucidez, pese a las muchas sombras. El sol siempre es más grande. La verdad acabará desenmascarando a la mentira. Dios protege y sostiene al justo y al que sufre. Él es su escudo y su baluarte. Da seguridad en el peligro y ayuda a afrontar toda experiencia humana.

La vida te moldea como el yunque dobla el hierro al rojo vivo, hasta que el alma aprende a centrarse en su eje. Es aquel espacio donde aprendes a crecer, a sufrir, a amar, a darte y a olvidarte de ti mismo para que los otros puedan emerger. Es el espacio para perdonar, escuchar, trascender y vivir en la frecuencia del Espíritu Santo. En definitiva, es el espacio para ser y culminar tu misión, que te ha sido entregada como don para que, libre, puedas palpar el dolor del abismo y la alegría de la luz. Solo así estarás preparado para el gran combate de la vida, sin dudar que siempre tendrás un gran Aliado.

sábado, 8 de agosto de 2015

La revolución del silencio

He pasado unos días en que he podido disfrutar de largas caminatas por el corazón de la Noguera, recorriendo distintos itinerarios por la cresta de los montes y por los valles del Montsec.

Al amanecer


Cada la mañana, temprano, salgo a caminar. La frescura del rocío atraviesa mi piel y me sumerge en un baño de oxígeno tonificante. El sol sale, majestuoso, por detrás de la montaña, como un diamante prendido en la cima. El bienestar invade todo mi cuerpo. Solo, en medio del paisaje, me siento como un Adán en el paraíso, acompañado por la cálida presencia del Autor de tanta maravilla. 

Todo amanece. Los primeros rayos del Sol dan vida y color a los árboles, al campo, a las montañas. Los riachuelos cantan entre los juncos y cientos de pájaros trinan en las arboledas. El día se despliega con toda su fuerza. A ambos lados del camino, los matorrales desprenden sus fragancias. Todo es bello, en el despertar. Poco a poco, el rey de las estrellas asciende, disipando la oscuridad. Respiro, dando gracias, oliendo, saboreando, acariciando el nuevo día, dejándome llevar por la suave brisa de la mañana. En esos momentos experimento que la vida es un regalo, y que todo me es dado. Respiro, miro a mi alrededor: estoy vivo y el perfume de la vida me penetra hasta el tuétano. Camino y siento el corazón de la tierra bajo los pies: soy parte de la belleza que me rodea, pero con algo más: la consciencia de saber que estoy allí, gozando de tanto don.

La fuerza del día


Más tarde, una excursión a la Vall d’Àger me lleva a serpentear por las cumbres, que se levantan como queriendo besar el azul del cielo. Desde allí contemplo el valle, un profundo abismo lleno de color. Si al amanecer el campo respiraba frescura y suavidad, a media mañana el sol se apodera de todo, bañándolo de luz. Sus rayos generosos tiñen el paisaje de colores intensos. Mi corazón late con fuerza, admirado ante tanta belleza. Me siento a descansar, mientras mi mente intenta asimilar lo que estoy contemplando y mi corazón se ensancha. Mi espíritu se eleva y un bienestar interior invade todo mi ser.

Al atardecer emprendo otra caminata al pueblo más cercano, bajo un sol despiadado que azota el camino. En medio del campo siento el crujir de mis pisadas, el movimiento de los músculos al caminar. A medida que la tarde declina los animales comienzan a salir de sus guaridas y animan el camino; los pájaros vuelven a piar. El calor me impide caminar con firmeza pero en mi interior siento que crece el amor hacia la naturaleza desbordante que me rodea, y me siento cómplice de un largo día donde he podido beber a sorbos la grandiosidad de la vida.

Atravesando la noche


Después de una restauradora y merecida cena, me dispongo a hacer la última caminata del día. Aunque el trayecto es más corto, la experiencia no es menos densa. Por la mañana el rocío cubre el campo y los pájaros revolotean saludando al sol naciente. La suave claridad del amanecer lo va invadiendo todo. Por la noche, en cambio, todo se apaga. De la explosión de colores pasamos a un juego de sombras. Todo matizado en suaves tonalidades de negro y gris. El poco resto de luz perfila las siluetas oscuras del paisaje. El aire nocturno juguetea con el reino vegetal. Pero al mirar al cielo veo un auténtico espectáculo, un mar de estrellas que vibran suspendidas en el firmamento, la última sinfonía del día. Distantes, a años luz de mí, danzan sobre mi cabeza y me desbordan de maravilla. La brisa ya no solo juega con las plantas, también juega conmigo, haciéndome sentir el latido de un día que se acaba. Y yo, un minúsculo animal racional frente a tanta belleza, intento ver con mi delicada retina más allá del cielo.  Adivino la presencia de Aquel que me ha puesto en la cima de su creación para que convierta la experiencia de la noche en un canto de oración; para que mis sentidos y mis emociones descubran que el único propósito del Creador hacia su criatura es que esta florezca, se abra y agradezca su existencia. Lo único que ha movido a Dios es el amor incondicional a su criatura preferida: el hombre. Y el propósito de ella, en la cumbre de su existencia, es agradecer a Dios todo cuanto le ha dado.

Emocionado, escucho mis pisadas por el camino de vuelta. El retorno me lleva al recogimiento, a la casa. El día se acaba. He de aprender a morir y sumergirme en el corazón de la noche, arropado en los sueños, hasta el nuevo amanecer.

Escuchando a mi corazón


Descansando por fin, no quiero cerrar los ojos sin antes dejar que el gran aliado que siempre me acompaña susurre a mi oído. Sentir su silencio me da una paz inmensa. Sí, el silencio lo transforma todo, restaurando las grietas que se abren en el corazón. Es el silencio que revoluciona pacíficamente la vida. Desde este silencio son muchas las gestas que pueden acometerse. Cuántas veces, cuando se habla de cambio, de revolución, la historia nos muestra el precio que los pueblos han pagado: dolor, muerte, enfrentamientos entre hermanos, violencia, odio, venganza, terror. Es necesario trabajar por los derechos y las libertades, pero hay una revolución previa que empieza en uno mismo. ¿Estamos dispuestos a renunciar a todo lo que nos aleja de nuestra esencia?

Esta es la auténtica revolución, la que se forja desde dentro de cada cual, la que persigue como meta alcanzar la libertad interior. El propósito no es el poder ni la ambición; la riqueza no es el valor absoluto. La auténtica revolución se da cuando convierto al otro en amigo, en hermano; cuando en mi horizonte, por encima de todo, está el amor incondicional. Pero esto solo se puede conseguir cuando se abren las puertas del corazón al silencio.

Desde el silencio veremos que los verdaderos revolucionarios empiezan dando valor a las pequeñas cosas de cada día. Este paso es el inicio de un tsunami interior. Sin ruidos, sin destrucción, incluso sin hacer nada, comenzaremos a conquistar las cotas más altas de la existencia.

domingo, 19 de julio de 2015

Cuando a la noche le cuesta amanecer

Cuántas noches nos ha costado conciliar el sueño. La noche se nos hace interminable, los segundos se convierten en minutos y los minutos en horas. Largas noches en las que parece que la oscuridad se ha tragado la luz. Pienso en tantas personas que temen pasar la noche en vela. Dan vueltas y más vueltas, buscando una posición cómoda, pero no acaban de encontrarla y poco a poco el tiempo se les hace insoportable. El motivo puede ser un dolor, una preocupación, una enfermedad o un duelo, un vacío existencial, miedo a la oscuridad, o unos hábitos nocturnos no corregidos. Querríamos que la noche pasara en un abrir y cerrar de ojos, veloz, para volver a ver la luz.

Pero más allá del aspecto patológico del insomnio me refiero a ese agotamiento en la carrera de la vida que sufren muchas personas. Hoy podríamos decir que nuestra sociedad está enferma por la excesiva aceleración que la lleva a vivir a un ritmo estresante y se apodera de su paz y su descanso. Ansiolíticos y tranquilizantes provocan un sueño artificial a miles de personas. Pero esto va debilitando el sistema inmune y el cuerpo enferma por falta de descanso y de reparación. Así se da la contradicción de que muchos toman un medicamento para dormir y luego otro para estar despiertos. Al final, acaban viviendo entre el frenesí y el sonambulismo.

Todo esto me hace reflexionar. Cuando las drogas tóxicas se hacen necesarias para vivir hay algo muy serio que hemos de plantearnos: desde los padres y madres hasta los maestros, psicólogos, médicos, la sanidad pública y las instituciones hemos de responder a los desafíos más acuciantes de la persona. Una sociedad enferma y anestesiada es una sociedad manipulable, y una sociedad manipulada pierde la razón de ser. Estamos ante el imperio de la farmacología y la fragilidad del ser humano, que busca compensar la pérdida de identidad con medios artificiales. Nos encontramos ante un fenómeno alarmante: el de una civilización de zombies teledirigidos que han perdido el norte en sus vidas. Metidos en un laberinto sin salida, la droga, el alcohol, los juegos y las adicciones a cierto tipo de relaciones revelan una huída hacia adelante. Nos encontramos ante un hombre fragmentado, roto, con un corazón vacío y una mirada apagada, con una identidad perdida y una vida que transcurre entre la náusea y la trágica noche que intenta esquivar para no afrontar su miseria. Puede haber una razón última para el insomnio: el miedo a afrontar la propia realidad, cómo pienso, cómo siento, cómo vivo, cómo asumo las contrariedades de la vida, cómo me posiciono ante mí mismo y ante los demás.

¿Acepto con serenidad los problemas y desafíos que se me presentan? No dormir ni descansar desvela que tanto nuestro corazón como nuestro espíritu, nuestra energía y nuestra alma, están rotos. La presión y el dolor son tan hondos y graves que alertan al sistema nervioso y nos impiden el reposo. Cuando nos da vértigo enfrentarnos a los retos de cada día caemos en una crisis más honda que la falta de sueño. La crisis es no reconocer qué es estar sano y qué sentido tiene la vida. La oscuridad es temida por aquellos que no duermen. Las noches se les caen encima como una losa que oprime su corazón.

¿Cuál es el mejor ansiolítico? El antídoto ante una noche interminable es convertirla en un largo e intenso momento, en un viaje hacia el ser más profundo que hay en ti. Pregúntate con serenidad qué sentido tiene tu vida, hacia dónde vas. Mírate al espejo y coge con firmeza las riendas. Sé lúcido y convierte la noche en el preludio de un hermoso día. Así nunca más temerás al silencio y a la oscuridad. El recogimiento te invitará, con paz, a sacarle el jugo a la jornada y a reconciliarte contigo mismo y con los demás, perdonándote por los errores cometidos.

Aprender a gestionar tu propia realidad haciendo una tregua contigo mismo te ayudará a vivir la noche como una experiencia de crecimiento personal. Esta es la mejor medicina para inducir el sueño. Abraza tu realidad, solo así dormirás abandonado y en paz.

domingo, 5 de julio de 2015

Cuando la enfermedad se convierte en tiranía

Somos frágiles


Sabemos que la fragilidad es inherente a la persona. Nuestra naturaleza es limitada y como tal estamos sometidos a una tensión constante entre la salud y la enfermedad. Desde un punto de vista médico la enfermedad revela una situación de desequilibrio de nuestras constantes vitales. Este desajuste puede ser causado por lo que pensamos, sentimos, vivimos, comemos… y sobre todo por cómo nos relacionamos. Aunque no hay que negar la importancia de la genética y el entorno familiar, en la enfermedad es decisiva la capacidad de gestionar los conflictos y digerir nuestras contradicciones internas.

Un problema emocional se puede somatizar y convertir en un grave trastorno orgánico, hasta invalidarnos para las tareas cotidianas. Hemos de distinguir una enfermedad sobrevenida, como un accidente, una lesión vascular o una infección, en principio ajenas a uno mismo. Pero una experiencia mal vivida puede afectar al sistema inmunitario, debilitar el cuerpo y producir una enfermedad que afecte al funcionamiento de los órganos.  La neurociencia está revelando la íntima relación entre nuestras emociones y las patologías del cuerpo. El cómo afrontamos dichas enfermedades puede ser decisivo para nuestra mejoría.

La enfermedad puede ser una gran lección para crecer o una oportunidad para sacar partido del sufrimiento.

Oportunidad o victimismo


A lo largo de mis años como sacerdote he tenido la ocasión de conocer a muchas personas y he aprendido a discernir con cuidado. Cuando la enfermedad te paraliza puede convertirse en un revulsivo excelente que sirve para plantearse el sentido de la vida. Pero también puede ocurrir al revés: hay quienes han encontrado en ella la gran excusa para no afrontar la realidad cara a cara.

En estos casos, el enfermo saca rédito de su dolencia, generando simpatía y solidaridad a su alrededor. Su condición se agrava y se complica hasta llegar a situaciones dolorosas y absurdas. Lo peor es cuando estas personas hacen de la enfermedad un espacio de confort. Se vuelven dependientes y utilizan todas sus armas para convertirse en el centro del mundo y reclamar la atención y la compasión de quienes les rodean. Acaban rindiéndose culto a sí mismos y obligan a los demás a estar pendientes de ellos: son diosecitos necesitados ante los que hay que hacer reverencia.

Los enfermos que hacen de su dolencia un modus vivendi atrapan a mucha gente abusando de su bondad. Emplean el chantaje emocional apelando a su soledad, llegando incluso a insinuar el suicidio ante una situación desesperada y precaria. Elaboran un discurso amenazador para que los demás estén por ellos. Cuando la enfermedad adquiere estas dimensiones es un signo de alerta: lo emocional se transforma en patológico, y de lo patológico se pasa a lo psiquiátrico. Cuánta gente vive atrapada en estas situaciones. No viven a gusto, y tampoco dejan vivir a los que están cerca.

A menudo nos encontramos con conocidos enfermos que, cuando les preguntamos cómo están, responden que cada vez peor. ¿Por qué están peor? ¿Qué hacen? ¿Cómo sienten? ¿Qué piensan? ¿Cómo se relacionan con los demás? ¿A quién le echan la culpa de sus males?

Nos cuesta reconocer que solo en nosotros está la decisión de estar bien o mal. Lo que es insensato es hacer culpable al resto del mundo de nuestra situación. ¡Cuánta humildad y gratitud nos falta! Creemos que somos el ombligo del mundo. Cuántos enfermos se han convertido en vampiros agarrados a la yugular de sus familiares.

Miedo a amar, miedo a vivir


¿Y si en el fondo hay en ellos un temor a la aceptación, un miedo a ser humildes y encajar su propia realidad? ¿Y si el problema más profundo es una incapacidad para amar y dejarse amar? Más allá de lo que pensamos y somos hemos de aprender a dar y a darnos. ¿Nos da vértigo tomarnos en serio la aventura del amor? Porque amar nos pide descentrarnos de nosotros mismos, purificar nuestras intenciones, alcanzar madurez y llegar a la entrega total e incondicional al otro, olvidándose de uno mismo. El ser humano está enfermo de amor  y cuando el amor le falta se rompe y se automutila, haciéndose pasto de todo tipo de enfermedades. Solo el amor puede llegar a transformar nuestro propio ADN, modificando nuestras redes neuronales y despertando la capacidad de autoregeneración de nuestro cuerpo.

Cuando la persona se pone a modo de amor y de gozo se desencadena una fiesta para las neuronas y todos los procesos químicos del cuerpo se ponen en marcha para producir bienestar, sosiego y recuperación. El cerebro que ama segrega neurotransmisores que nos hacen sentir alegría y calma, y nuestra salud mejora.

Uno es responsable y libre para decidir ser dueño de su vida o dejarse arrastrar hasta el precipicio. Jugar con la enfermedad denota, en el fondo, un terrible vacío interior. Negarse a ver ese abismo se convierte en una huida hacia adelante. Estos enfermos no se dan cuenta de que toda enfermedad, psicológica o física, puede llegar a superarse si uno, con valentía, sabe ponerse delante del toro. El gesto de levantarse y encarar la vida ya despierta los recursos suficientes para empezar a resolver el problema. Cuando uno se desinstala y sabe afrontar el miedo está dando el primer paso para cambiar. Si cuenta con amigos y familiares, personas que pueden ayudarle de verdad a salir de su pozo, comenzará a vivir la vida con más serenidad y armonía.

Atrévete a elegir la vida


Eliges sobrevolar sin miedo la tormenta o hundirte en tus propias arenas movedizas. Eliges el desafío de la libertad o el miedo paralizante. Eliges la valentía de lo desconocido o el aburrimiento de la rutina cotidiana. Eliges mirarte al espejo cada mañana y dibujar sobre él la hazaña de tu día o te rindes antes de luchar bajo la sombra de fantasmas virtuales. Eliges aceptar el sufrimiento que conlleva el amor o anestesiarte porque te da pánico respirar y entregarte. Eliges la inseguridad de un futuro mejor o la seguridad de un presente trivial. Finalmente, eliges amar o no amar. Si eliges amar vivirás con plenitud, aunque no te libres de contradicciones ni problemas. Si eliges no amar y encerrarte en tu cómoda celda la sombra irá oscureciendo tu corazón hasta enfermar tu alma y tu cuerpo.

Entre tu consciencia y tu yo completo hay mucha más distancia de lo que crees. Atrévete a surcar ese océano interior que te llevará al gran tesoro de tu corazón. Será entonces cuando la enfermedad no te postrará sino que encontrarás en ella una gran oportunidad para maravillarte de la grandeza de tu ser.

Cuánto oro se puede sacar de nuestras limitaciones. Podemos decir que hay “enfermos sanos”, porque lo físico y lo psicológico no han afectado a su alma ni a su vida espiritual. Es entonces cuando los ciegos verán, los sordos oirán y los cojos caminarán; los esclavos serán libres. Nada nos hará caer si sabemos que hay una fuerza más allá de nosotros mismos, que nos sostiene y nos anima. Atrévete a elegir la vida.

domingo, 21 de junio de 2015

Corazones amurallados


Lo conocí hace doce años. Venía del otro lado del charco, con sueños ya truncados: familia, trabajo, proyección laboral… La crisis en su país lo dejó sin nada, sin ilusión. El vacío comenzó a entrar por las rendijas de su alma.

Vino a Europa solo, enfrentándose al anonimato de una sociedad autosuficiente. Castigado por el duro trabajo en el campo, su salud se fue minando, al paso que sus raíces se debilitaban. Ahora se encuentra con una deficiente salud coronaria. Se enfrenta a la indiferencia de una Europa más preocupada por su moneda que por la acogida del forastero; una Europa que margina a los pobres y a los inmigrantes porque manchan la imagen de los países miembros, incapaces de salir de la crisis económica; una Europa que quiere cabalgar sobre el lomo del capitalismo mientras se empobrece en valores humanos.

Mientras Europa se sume en una crisis de identidad, muchos que han venido buscando oportunidades son arrojados a las aguas del olvido. El enfermo sin recursos es una víctima más de un mundo que prioriza la productividad por encima del valor sagrado de la persona, aunque viva en situación de pobreza. Cuando las instituciones políticas den más valor a la persona que al mercado y al lucro las estructuras comenzarán a humanizarse. Mientras no sea así, muchos se perderán en el mayor naufragio: el de su vida, sacudida por las olas de una sociedad que mira hacia otro lado para evadir su parte de responsabilidad.

Este hombre que conozco es uno de tantos inmigrantes sin futuro. Su sueño europeo se rompió por muchas razones, entre otras la dificultad de adaptación a un medio nuevo, la falta de creatividad y de recursos, la enfermedad, el duelo no resuelto de una separación, pero también por la frialdad de una legislación restrictiva y asfixiante en temas laborales y fiscales. Nuestras políticas económicas cortan las alas de cualquier emprendedor rico en ideas, pero falto de recursos, dificultando su proyecto y su supervivencia. Muchos son los que, para sobrevivir, acaban aceptando cualquier tipo de trabajo esclavizador que les quita tiempo para su familia y sus amigos.

Entre el peso de la legalidad y la añoranza de sus países, estos hombres y mujeres que iniciaron un éxodo esperanzado han terminado con sus sueños rotos, sin alcanzar sus metas. La tierra prometida se ha convertido en tierra hostil donde deben luchar por sobrevivir. Muchos regresan a su país, frustrados y agotados. Según los medios de comunicación, más de un millón de inmigrantes han vuelto a su lugar de origen. Restaurar sus relaciones e integrarse de nuevo en sus antiguos hogares es otra gran aventura.

Algunos se resisten a marchar, esperando una segunda oportunidad. ¿Cómo se sienten? ¿Cómo viven? Forman parte de una tragedia de grandes dimensiones.

Quizás no supieron ser productivos, o les faltó capacidad intelectual, el caso es que ahora están ahí y queremos hacerlos invisibles porque molestan: son un puñetazo moral a nuestra conciencia y preferimos no tenerlos delante. Pero ahí están, en nuestras calles, muchos haciendo cola ante las puertas de Cáritas o sentados en algún comedor social. Deambulan, llevando a cuestas la dignidad que les queda, esperando un milagro, o que un alma generosa cambie su suerte. Pero a veces el dolor es tan intenso que prefieren anestesiarse emocionalmente para no sentir la angustia de su soledad. Lentamente, su corazón se va hundiendo en arenas movedizas. Ya no les importa vivir. No se cuidan, nada les motiva. Guardan largos silencios, caminan sin rumbo, sobreviven gracias a las pocas personas que se compadecen y les tienden una mano.

Así es este hombre que se cruzó en mi camino. Miradas perdidas, paso inseguro, rostro golpeado por la intemperie. Quieres hablarle y te mira sin mirarte; le sonríes, le diriges la palabra y te oye, pero no te escucha; no te responde. Tiene el corazón amurallado y la comunicación no se produce. Quieres y no puedes entrar, su alma está rodeada de un muro infranqueable. Su mutismo te frena. Son momentos muy duros para él, que no quiere sentir, y para mí, que quisiera entrar por algún resquicio para que sienta afecto. Está blindado y solo le importa que no le hagan daño. Pero el sufrimiento lo lleva dentro.

¿Qué hacer? Rezo por él. Cuánta gente está así, dejándose arrastrar, viviendo sin vivir. Ves su fragilidad, contemplas su piel curtida por el frío o el calor. ¡Cuánta cerrazón! Podemos estar muy cerca y a la vez muy lejos. Está tan metido en su pozo interior que el abismo que nos separa es enorme. Perdido en su mundo, el dolor de la soledad lo ha desconectado de la vida. En su debilidad, se ha protegido, cerrando cualquier posibilidad de sentimiento, de comunicación. Por no sufrir dolor, se niega también el placer y la alegría. El sol se apaga lentamente y la indiferencia nubla su alma. Se ha dejado vencer y ya no tiene fuerza. Solo el hambre le hace ir de un sitio a otro para llenar el vientre. Saciar el apetito lo alivia de la impotencia de no poder saciar el vacío que lleva dentro.

La soledad no querida levanta muros. La acción humanitaria pide acogida, ternura, respeto y no enjuiciar a nadie. Solo así, con paciencia, sin hablar mucho, podremos acercarnos, aunque solo sea un poco, a las personas pertrechadas en su silencio. Sin exigirles ni pedirles nada podemos ejercer la pedagogía de la dulzura, el único bálsamo que puede aliviar las grietas de un corazón endurecido por el dolor.