domingo, 27 de diciembre de 2015

La aparente fragilidad de la morera

El día empieza a clarear. Son las seis de la mañana. Los pájaros revolotean con vigor en las copas de las acacias, como si anunciaran el amanecer. Un concierto de trinos y agitarse de hojas resuena entre las ramas de los árboles mientras despunta el día y las sombras de la noche van dando paso a la tenue claridad celeste. Las siluetas de las casas y edificios del entorno se van perfilando cada vez más. Estoy asistiendo al parto del nuevo día.

El amanecer se desliza con suavidad hasta que todo queda envuelto en luz y la belleza estalla por todas partes. Cada mañana es un canto al Creador, ningún cuadro puede semejarse a esta escena diaria, por muy geniales que sean las manos del pintor. Dios es un artista insuperable que pinta un cuadro vivo para que descubramos el hábitat que ha dispuesto para nosotros. Su deseo es que disfrutemos del paraíso de la creación, donde el ser humano es el culmen.

Cada día amanece con una música diferente, que conmueve y ensancha el corazón. El silencio matinal invita a saborear el regalo de un nuevo día, su textura, su sonido, su color. En la gelidez, bajo la luz plateada de la mañana, el aire huele a inmortalidad.

Camino hacia la morera del patio y me sobrecoge verla completamente desnuda. El copudo árbol ha dejado atrás su hermoso vestido dorado. Sus ramas se elevan hacia el cielo. El frío las envuelve y el árbol parece muerto, o inmerso en un profundo sueño. Yace aletargado, expuesto a merced del invierno. Frío, lluvia, nieve y humedad lo azotarán, calando hasta sus raíces. Pero allí está, erguido, fuerte en su aparente fragilidad, esperando que, unos meses más adelante, los rayos primaverales vuelvan a acariciar sus ramas.

Me acerco más, toco su tronco y casi puedo percibir su latido lento y sostenido.

Ahora, en este tiempo, no nos puedes dar sombra, brisa y color pero nos das, en tu silencio, una compañía dulce y la belleza de tus ramas desnudas. Hoy nos das algo más profundo: el regalo que tienes adentro, en tus entrañas. Tras la desnudez puedo atisbar la fuerza que late dormida bajo tu piel rugosa, esa capacidad de contenerte para luego explotar y dar más vida. Así eres, morera.

Hoy, un día frío de diciembre, te muestras tal como eres, fuerte y frágil, tan bella desnuda como vestida. Ya no das sombra con tus hojas, pero dejas transparentarse el cielo entre tus ramas. Un día tus hojas volverán a crecer y susurrarán el mensaje de la brisa.

El árbol desnudo lleva en sí la promesa de una fidelidad puesta a prueba por las dificultades. Espera, latente, el momento de volver a vestirse de hojas verdes. Es necesario este periodo de letargo para renacer con más fuerza.

Las estaciones vitales


Al igual que las estaciones del año cambian la naturaleza, también los procesos de crecimiento en el ser humano implican diferentes etapas que sí o sí tenemos que pasar. Por muy maduros que nos sintamos, el corazón, la mente y el cerebro están sujetos a cambios emocionales y sicológicos. En el camino hacia la madurez plena atravesamos diferentes momentos. Nuestra naturaleza humana es limitada: no somos dioses ni inmortales, topamos con nuestros límites continuamente y saberlo asumir y abrazar sin angustia nos da una perspectiva más amplia para poder entender los límites de los demás.

Vernos vulnerables nos hace ser comprensivos con la vulnerabilidad de los otros. Más allá de superarnos a golpe de voluntad, necesitamos aceptar que hemos de aprender de nuestros propios límites. En el conjunto de nuestra realidad hemos de descubrir que también hay belleza en nuestra desnudez interior, como le sucede a la morera despojada de sus hojas: el conjunto del patio no sería lo mismo sin ella, que aporta un toque único y especial.

Descubrir nuestros límites en el fondo es exponernos como se expone la morera al invierno. Descubrir la grandeza y la belleza de su desnudez tiene un sentido: somos parte de la naturaleza y nuestros procesos internos expresan nuestra riqueza humana. La morera puede dar la impresión de estar muerta o dormida, pero es necesario que pase por esa etapa.

Para nosotros también es necesario que haya inviernos. Podemos sentirnos poca cosa, podemos sentir que nuestra alma languidece, que el corazón se nos seca y que nos exponemos a los demás con nuestras contradicciones y debilidades. Sentimos que nuestro oxígeno vital se reduce y que muchas veces no podemos controlar nuestra realidad, y esto nos hace vulnerables.

Hoy contemplo la belleza desnuda de la morera y veo que sus ramas delgadas dibujan la forma de un corazón abierto hacia el cielo. Ese corazón no está muerto: llegará un día en que su potencia contenida hará resucitar al árbol.

Todos somos así: tenemos adentro la vitalidad del Creador que nos puede resucitar y hacer salir de nuestras muertes interiores. Aunque se nos vea sin vida, tenemos una fuerza inusitada que, si nos mantenemos fieles a nosotros mismos, a esa singularidad que Dios nos ha dado, un día nos permitirá florecer en una primavera existencial.

Hemos de aprender a aceptar nuestras estaciones emocionales y espirituales y abrir el corazón a la trascendencia. De esta manera, el invierno de nuestra vida precederá al estallido de nuestra plenitud. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Nadando en el corazón de Dios

En el cambio estacional hacia el invierno el azul del cielo se apaga antes. La oscuridad nos invita a recogernos, como si el silencio tuviera prisa por entrar en el corazón. La tarde ya es noche y nos llama a parar y a adentrarnos en el pozo interior de nuestra existencia.

Pero a nuestro alrededor las luces de las farolas irrumpen con fuerza alargando nuestro ritmo vertiginoso. El frenesí de una vida hiperconectada prolonga el día, ignorando los ciclos de la naturaleza. Así nos va vaciando hasta dejarnos anoréxicos emocional y espiritualmente. Un vacío interior se va apoderando de nuestro vigor hasta dejarnos en el esqueleto de nuestra existencia, con la sensación de que el oxígeno vital se nos agota. El progreso tecnológico y científico no siempre significa progreso interior y espiritual. El culto excesivo al mundo digital lleva a la fragmentación de nuestra identidad; la evolución social nos desarraiga de nuestro yo para convertirnos en seres flotantes, sin rumbo, perdidos en nuestro propio laberinto.

Cuando cae la noche el silencio empieza a susurrarme al oído. Me invita poco a poco a frenar, a detener la inercia de mi trabajo. El silencio me seduce con su melodía suave hasta que, con el paso de las horas, todo se desacelera y entro en una fase de quietud y calma.

El silencio me va penetrando por los poros. Nada daña mis sentidos. El silencio todo lo matiza y lo embellece, dando más intensidad a cuanto veo y siento. En la penumbra, sin ruidos, todo cobra otra dimensión. Los sentidos se agudizan. Hay menos luces, menos sonidos, menos cosas que tocar… En el silencio la realidad tiene otro gusto.

Cuando las aguas del corazón se aquietan, me sumerjo en un mar infinito con sabor a trascendencia. Nado hacia el interior de algo muy grande: un corazón infinitamente misericordioso. Chapoteo en los brazos amorosos de Dios.

El bienestar invade mi alma. Un latido empuja las olas de este océano interior. Como un bebé en brazos de su madre, sereno, abandonado, en paz, soy mirado, contemplado, mecido con inmenso amor.

El silencio ha sido el trampolín para lanzarme al interior del corazón de Dios. Sentimientos de gratitud me llenan y dan un sentido pleno a esta experiencia. Dios juega con su criatura, feliz, y ambos nos aventuramos en una comunión plena. El Grande se hace pequeño y el pequeño se hace grande. Lo divino se humaniza y lo humano, metido en el corazón de Dios, ensancha su alma y se funde con él. Nos convertimos en uno solo.

En esos momentos de intimidad profunda pregusto ya el sabor del cielo. Desde el silencio más íntimo, empiezo a rozar la eternidad.

El corazón queda arrebatado ante tanto gozo divino. El aire que respiro es el aire de Dios. Estoy y no estoy. Una luz interior me atrae poderosamente. Tocar a Dios: Dios está en mí, y fuera de mí, todo a mi alrededor huele a Dios. Una dulce quietud desconocida se apodera de mí. En soledad, en silencio, me dejo llevar hasta el misterio. Es tanta la belleza y el gozo que siento que mi corazón se sobrecoge. Me hago más consciente de que ser, vivir, sentir, amar, todo es un regalo que Dios nos hace para que nuestra vida tenga un sentido trascendente.

Cada cristiano, desde su vocación laica o sacerdotal, está llamado a vivir una vida íntima con Dios. Nuestra vocación de servicio a los demás, cuanto más arraigada esté en la mística, más plena y fecunda será.

No olvidemos nunca nuestra cita diaria con el Amigo que nos invita a salir del tiempo y a descubrir los tesoros de su corazón. Dios es tan cercano como misterioso. Su corazón es insondable como las profundidades del océano, en cada recoveco encontramos hermosas perlas que revelan su gloria. Cuando buceamos en él, un chorro de gracia nos invade y una cascada de secretos amorosos se nos desvela. Dios se hace transparente y nos invita a entrar en su tiempo, allí donde el reloj se detiene porque todo es eterno.

Al regresar a la orilla, tengo la impresión de que solo ha pasado un instante. En realidad, ha pasado mucho tiempo, pero las horas se han condensado. No hice nada, permanecí inmóvil, con los ojos cerrados. Blindado para que nada ni nadie interrumpiera la delicia de ese encuentro. Una vez más, Dios me ha permitido llegar a la cumbre de su monte y saborear los placeres de su banquete.

domingo, 6 de diciembre de 2015

La mística de una bella anciana

Camino de los ochenta años, vive la última etapa de su vida plena, serena y abandonada, con una paz inquebrantable. Cada día abraza la realidad y contempla su vida de manera trascendida. Pese a sus dolores y achaques tiene una fuerte certeza: el encuentro con su Creador. Maestra, madre, esposa y viuda de vocación, vive ya con la mirada puesta en el cielo. Mantiene su piel fina y se muestra elegante y exquisita en el trato. Su conversación desvela poco a poco los profundos secretos de su corazón. La belleza de su interior se transluce en su rostro y va más allá de lo físico: su elegancia espiritual expresa la hondura y el sólido fundamento de sus valores. Los leves surcos de su frente esconden una intensa experiencia vital.

Vivió una viudez temprana, con un duelo sereno y contenido. Ha superado una larga y dolorosa enfermedad con paciencia y una absoluta confianza en Dios. Reconoce que ha atravesado amargas noches oscuras, llenas de sufrimiento. Pero ahí estaba, fuerte en su fragilidad.

Mujer de profundas convicciones, toda ella es hermosa. Sus ojos, su semblante, su sonrisa, sus palabras, sus gestos de caridad hacia otros enfermos, la elegancia y el gusto de sus vestidos. Es un alma bella, limpia, dulce, amorosa y tierna, de una exquisita espiritualidad.

Recientemente me comentaba que ha amado mucho a los suyos, con todos sus errores, pero que con los años ha descubierto que nada hay igual que un amor sublime: el amor a Dios. Siente en él un gozo que culmina todo amor humano; por muy bello e intenso que este haya sido, no es nada comparable al éxtasis de un amor que no tiene barreras, que todo lo eleva y lo plenifica. Toda ella ya es para Dios.

Su finura y su capacidad de penetrar en los corazones de los demás la hacen vivir una experiencia mística en su ancianidad. Percibo en ella que respira, huele, ve y toca a Dios como una realidad cotidiana, tan misteriosa y tan cercana a la vez, tan visible y tan invisible, tan cerca y tan lejos, tan íntima como inabarcable, tan tocable como intangible, tan presente como ausente.

Su alma no deja de rezar, con la total certeza de que incluso la aparente ausencia de Dios es presencia absoluta. Y pese a las enormes cargas familiares que soporta a su edad, tiene la frescura del rocío al amanecer. Delicada como una flor, fuerte en sus convicciones, así es como desafía el progresivo desgaste del tiempo y de su enfermedad. En su corazón aún vive la niña que nunca abandonó, la joven que se ha mantenido viva, la adulta que nunca se resquebrajó por la fuerza de su amor, que ha sido capaz de abrirse a la niña interior que tenía dentro. Ahora las tres convergen en una anciana de singular atractivo que encara la etapa más bella de su vida: la espera con dulce impaciencia de la fusión última con su Amado.

Con esperanza serena se prepara para el salto definitivo mientras saborea la brisa que va anticipando ese encuentro. Y mientras tanto, deja que el brillo de ese gran Amor poco a poco la vaya transformando, deslizándose en sus momentos de oración íntima, donde puede sintonizar con él.

En esto consiste la mística de la ancianidad: en seducir al Amor de los amores hasta las puertas de la eternidad. Una historia vibrante, llena de luz, que termina en el umbral del corazón de Dios. 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Atrapadas en las emociones

Anhelo de amor


El ser humano anhela, en lo más profundo de su corazón, ser amado. El hombre crece y se desarrolla cuando se abre al otro. El tú ensancha el horizonte del yo. La búsqueda del amor lo llevará a elevarse sobre sí mismo y a descubrir la grandeza y la belleza de un corazón capaz de darlo todo por el otro.

El amor es el pasaje hacia una aventura desconocida y apasionante. Desde nuestra concepción, este deseo innato va creciendo en la adolescencia y culmina en la adultez. El hombre no se entendería sin esa llamada primigenia, inscrita en su mismo ADN.

La comunicación, el afecto, la ternura, el juego, una mirada cómplice… todo forma parte de ese deseo tan profundo. El hombre, sin los demás, se convierte en un náufrago de la existencia, perdido en una isla llamada soledad. De ahí la necesidad de lanzarse en busca de un amor que dé sentido a su vida. Así está soñado y pensado por el Creador.

Tan fuerte es el deseo de ser amado que todo gira en torno a esta apertura. El amor es el valor que configura el trabajo, los sueños, los proyectos…. Todo queda matizado y definido a partir del encuentro con la persona con la que se quiere compartir algo más que tiempo y cosas: la propia vida. Cuando se produce este encuentro, todo cuanto se hace surge de una profunda comunión con el otro. No se pierde la identidad, al contrario: el amor amplía el horizonte de la libertad. Compartir no reduce al otro, sino que lo eleva y lo potencia a medida que la unión se hace más intensa.

Esclavitud disfrazada


Estoy definiendo lo que sería una relación armónica, libre y equilibrada, con madurez y responsabilidad. Pero en la realidad, no todas las relaciones son bellas y plenas. Algunas acaban convirtiéndose en una tragedia. Hay relaciones tóxicas, dependientes, enfermizas, que poco a poco van degradando a la persona hasta reducir su libertad y su capacidad para discernir con claridad. Atrapadas en un laberinto emocional, sin fundamentos sólidos, las personas que viven este tipo de relación son incapaces para decidir con lucidez. Incluso llegan a manipular el lenguaje y a jugar con las emociones para autoengañarse. Cuando se genera una adicción patológica hacia otra persona, se puede llegar a renunciar a uno mismo. Débil y sin fuerza, la persona sometida confunde la realidad con sus ilusiones utópicas e irracionales, y se aferra a ellas porque la mantienen viva sobre un frágil hilo.

Poco a poco se va arrastrando por una vida dolorosa donde el sol se ha nublado y los días se suceden en la sombra. Perdida y sin rumbo, se acerca a un precipicio sin fondo. Su corazón se asfixia, falto de oxígeno y amor. Corre hacia la nada mientras es relación va minando su fuerza vital.

¿Cómo romper estas cadenas?

Mírate a los ojos


Es necesario poner distancia a las emociones y racionalizarlas. Un ejercicio de sinceridad es mirarse a los ojos, ante un espejo, y preguntarse: ¿Qué estoy haciendo?

Mírate y pregúntate. ¿Eres feliz? Tu compañero o compañera ¿quiere lo que tú quieres? ¿Te ama por lo que eres?

Da vértigo hacerse esas preguntas cuando la adicción es muy fuerte y patológica. Pero es tu única salvación. Hay vida fuera de ti y fuera de él. El mundo no se agota en vuestra relación enfermiza. Ten la osadía de mirarte a los ojos y atreverte a asumir lo que ves en ellos.

Quizás entonces veas a una niña que no cesa de llorar. Fija un minuto tu mirada y sé valiente. Tus ojos no te engañan. Tu mente no para de engañarte, tu corazón se hace cómplice de tu miedo. Pero tus ojos no te mentirán. Son la ventana de tu alma, ese lugar que forma parte de tu realidad más esencial. Es lo que eres tú por excelencia: no renuncies a ti, ni a tu libertad, ni a tu vida.

Es verdad que perderás algo: una adherencia emocional que te esclaviza, quitándote la alegría y la libertad. No tengas miedo. Atrévete a ser feliz. Que nadie te quite lo más sagrado: la capacidad para decidir libremente. Recupérala.

Atrévete


Quizás te quedes sin aliento durante unos instantes, pero luego tu capacidad torácica se ensanchará más que nunca y volverás a descubrir la gran persona que eres. Aprenderás a hacerte respetar. No todo vale en las relaciones y no todas las relaciones valen. Atrévete a cruzar al otro lado del abismo. Al otro lado hay alguien que te quiere de verdad y te ayudará a sanar tus heridas.

Confía en ti y en tus amigos: ellos quieren tu bien y tu alegría. No importa el tiempo que necesites: el veneno del pseudoamor cuesta de sacar, porque es doloroso. Es un dardo clavado que, aunque te duele y te desangra, en su momento lo quisiste y ahora forma parte de ti. Es necesario sacar ese aguijón para que puedas recuperar tu salud emocional. Solo así el corazón podrá repararse y encontrará la calma para empezar de nuevo y poder amar de verdad.

Descubrirás que el silencio es necesario para discernir dónde estás y hacia dónde te quieres dirigir. Nunca olvides de preguntar a tu corazón y de mirarte a los ojos en el espejo. Y no te alejes de la sombra cálida de los amigos que tan solo desean tu bien.

domingo, 22 de noviembre de 2015

El gemido de la morera

El día amanece agitado por el viento. Ráfagas persistentes azotan la morera del patio; su tronco firme aguanta las sacudidas, pero sus ramas se doblan, casi con dolor. Cada latigazo arranca una bandada de hojas que caen sobre el patio. La copa del árbol, de un verde otoñal que palidece, se va desnudando.

La mañana clarea y la morera sufre sin piedad el flagelo del viento. No sé si hablar de dolor, pero cuando escucho el gemido de las ramas no puedo dejar de pensar que todo ser vivo tiene un grado de sensibilidad. Escuchando el lamento del follaje y el silencio de sus raíces he sentido que el árbol es más que tronco, ramas y hojas: es un ser que se ve atormentado en su fragilidad, castigado por las inclemencias del otoño. No he podido frenar un deseo de abrazarla, por su ancho y húmedo tronco. Mi morera inspiradora, que acoge silenciosa tantos anhelos de trascendencia, convirtiendo mi pluma en un canto a la belleza que despliega desde sus raíces escondidas hasta las majestuosas ramas que acarician mi corazón. Bajo ella mi alma se ensancha. Ella hace mi vida más bella.

La miro y veo cómo se mantiene erguida pese al viento arremolinado. Hasta mis oídos llega su gemido constante, como de un parto forzoso en el que se ve obligada a desprenderse de sus hojas. Percibo su resistencia, su lucha interior y su fuerza. Se mantiene en pie, pese a las embestidas.

Cuántas veces el corazón humano se ve sometido a vendavales interiores que sacuden su existencia sin piedad. El viento huracanado de hoy sobre la morera me ha hecho pensar que así somos las personas. Cuanto más enraizados estemos, nada ni nadie tumbará nuestros anhelos y esperanzas. La morera embellece el patio con su copa generosa que nos cubre con su amplia sombra. Cuando sopla una brisa delicada, su frescor acaricia nuestra piel. Hoy, aguantando el fuerte viento, quiere ser leal a su misión de embellecer el paisaje del entorno parroquial. No se rinde; el viento agresivo no la tumba.

Una vez ha pasado la tempestad de viento le he prometido que hoy explicaría a mis amigos su valentía, su hazaña, su logro. Morera, sigue regalándonos tu corazón delicado y a la vez fuerte, que hoy ha luchado como un gladiador. El viento te ha arañado con sus zarpas y dentro de ti algo se ha sacudido, pero sigues viva, aunque con menos hojas, acogiendo a todos aquellos que se acercan a tu resguardo. Siempre te he visto exuberante, ensanchando tu corazón hospitalario, pero hoy te he visto en pleno combate contra las fuerzas del viento. Te he visto pelear como un león protegiendo a sus cachorros. No querías que el viento te arrancara de cuajo ni que te derribara al suelo. Tus gemidos me han llegado al alma. Ahí estabas, aguantando sin doblegarte, firme, de pie. Has ganado una batalla de horas. ¡Cuánto me has enseñado hoy! Si estamos bien anclados en el eje de nuestra vida ni los aguaceros ni los vientos podrán con las fuerzas desconocidas que hay dentro de cada uno. A veces la vida es una lucha que hay que saber afrontar sin perder las raíces más profundas: nuestros valores, aquello en que creemos, los fundamentos sólidos que nos ayudarán a permanecer, a ser fieles a aquello que somos y a nuestra vocación.

Cuando el viento deja de soplar, siento alivio y me tranquilizo. Más tarde, el sol cenital lo cubre todo con su calor. Sus rayos espléndidos acarician las ramas heridas y se posan sobre las hojas caídas. De nuevo, morera, vuelves a lucir tu copa llena de color. Vuelves a estar bella antes de que el invierno te acabe de despojar de tu hermoso vestido. Entonces tus ramas dormirán hasta que vuelva a estallar la primavera.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Un día claro de otoño

El nuevo día amanece más tarde. Los rayos de sol son más suaves. Las hojas de los plátanos van cayendo lentamente, alfombrando las calles. Aunque es otoño, la temperatura todavía es cálida. El veranillo de San Martín, previo al duro invierno, ilumina y da color a estos días. Los rayos inclinados del sol derraman un calor más suave, pero el contraste de su luz con el cielo azul y las hojas doradas baña de claridad el paisaje urbano. El mar, las calles, los árboles, las plazas y los edificios… todo se reviste de belleza otoñal en esta mañana tan clara.

La naturaleza se despliega siempre, cantando al Creador. Respiro y doy gracias por tanta hermosura a mi alrededor. Entre el frenesí de los coches y el trasiego de idas y venidas del gentío comienzo una nueva jornada laboral.

A media mañana me voy a tomar una infusión calentita bajo el parasol de una cafetería. El sol ya está alto y empieza a calentar, mientras soplo el vapor que sale de la taza. Tomo un sorbo y alzo la vista para contemplar otro paisaje tan bello como el amanecer. El sol, el mar, la luna y el cielo son maravillosos, pero hay algo inigualable, que es la belleza humana y sus gestos.

Veo a un indigente delante de mí, haciendo muecas a una pequeña china sentada en un carrito. Él, grueso y de tez morena, con movimientos torpes e inseguros, hace bromitas a la niña, que lo observa con cara de sorpresa y termina sonriendo. Se queda extasiada con aquel indigente que la hace reír: entre la niña y el anciano se produce una conexión extraordinaria. Un hombre poco hablador, parco, huidizo, se detiene a hacer el payaso con una criatura. Ella mira, ríe, mueve las manitas. No hay lenguaje articulado en ese diálogo insólito, todo son gestos, miradas, muecas cariñosas.

Me emociona ver esta escena. La niña no entiende nada, pero está a gusto. El hombre ha salido de su muralla, ¡es un milagro! Y la niña ríe, cada vez más. No lo puedo creer, este hombre, metido en su mazmorra interior, completamente aislado y desconectado de todo y de todos, está jugando con una pequeña inocente.

Maravillado, veo como el sol baña sus rostros. No les hacen falta palabras, bastan sus miradas. Dos culturas, la china y la americana; dos generaciones, entran en diálogo, saltando todo abismo cultural y social. Dentro de ese hombre huraño hay escondido un corazón.

Quizás la vida no le ha dado lo suficiente como para que deje fluir sus palabras, pero algo de amor queda en su interior. Entre ambos se abraza la fragilidad, encarnada en dos personas tan diferentes: una niña que se abre como un amanecer y un anciano que ve cómo su vida se va apagando. El sol y la sombra se abrazan. El hombre, pese a su dolor, se hace un poco niño, y la niña, con su mirada inteligente, se hace un poco adulta. Ve cara a cara un rostro curtido por el sufrimiento y la soledad, ¿qué debe pasar por la mente de esa pequeña, que tanto disfruta con el desconocido que le arranca la risa?

En esta mañana clara de otoño el hombre solitario ha tomado un sorbo de alegría. Tal vez lo irá paladeando durante el día, guardándolo como un tesoro en su gruta interior, y le ayudará a soportar mejor el frío que se avecina. Sin salir de mi asombro, he dado gracias a Dios por contemplar esta escena llena de ternura de buena mañana. Y me quedo con la sensación de que el ser humano, pese a sus experiencias llenas de dolor y contradicción, es capaz de sacar lo mejor de sí. Los límites no pueden con la belleza, con la ternura ni con el amor. La llamita que todos llevamos dentro, por pequeña que sea, no se apaga hasta que demos el último suspiro. Desde las profundidades de la miseria el hombre siempre es capaz de trascenderse, siempre hay un resquicio por donde puede soplar el aire y reavivar la llama. Las tinieblas no lo arrastrarán hacia la nada. Aunque indigente y pobre, el hombre capaz de hacer reír a una chiquilla conserva su dignidad intacta.

Vuelvo a mis tareas, como de ordinario, con un sabor agradable en la boca y en el alma. No lo olvidaré.

domingo, 1 de noviembre de 2015

El tiempo, un regalo que se escapa

El hombre, en su existencia, está sujeto al tiempo y al espacio. Su dimensión histórica y su temporalidad contribuyen a forjar su propia identidad.

Nacemos en una fecha concreta, un día, un mes, un año, y en un contexto histórico, con un entorno social y familiar. Estamos de lleno insertados en el tiempo.

La pregunta sobre el valor del tiempo forma parte de la búsqueda del sentido de la vida. Este es objeto de muchas reflexiones filosóficas y teológicas, como las que se hizo san Agustín.

Pero ¿qué es el tiempo? Aunque nos parezca que es un concepto abstracto que no tiene forma, no por ello es menos real. Nos damos cuenta de que nacemos, crecemos, maduramos y envejecemos. Las diferentes etapas que marcan nuestra vida se suceden en el tiempo.

Las emociones, la pasión o la desidia dan un carácter elástico al tiempo, que se nos hace corto o largo, tedioso o veloz. Su paso por nosotros es una sucesión de momentos fugaces en los que nuestro corazón vibra. Cuantos más años vivimos, más parece que el tiempo acelerara su velocidad. Los días, los meses con sus estaciones, los años, se van sucediendo. Te miras al espejo y ves las huellas del paso del tiempo en tu rostro: la textura de la piel baja de tono, aparecen las arrugas, el cabello encanece… con la sorpresa de que la mirada nunca envejece, aunque sí los ojos. Cada noche que pasa nos queda menos tiempo para enfrentarnos al inevitable final de esta vida.

A veces el tiempo se convierte en una carga pesada que nos cuesta aceptar, porque nos recuerda nuestro final biológico. Muchos tienen la soberbia de querer alargar su juventud con operaciones de cirugía estética, como si quisieran detener el tiempo, y caen en una espiral angustiosa, porque no soportan asumir las consecuencias físicas y sicológicas del deterioro progresivo de sus órganos vitales. Por mucho que lo intenten estas personas, el tiempo las irá empujando hasta la muerte.

¿Por qué se dan estas actitudes? Buscar la eterna juventud es una forma de querer huir de la propia realidad. Quizás falta madurez para asumir nuestra condición mortal. Somos así, o no seríamos humanos ni existiríamos. Solo abrazando la realidad, tal como estamos configurados por nuestra genética, descubriremos que la muerte forma parte de nuestro código vital. La tenemos inserta en nuestros genes. Se podría decir que la muerte empieza ya con nuestro nacimiento.

Pero aquel que acepta y asume la muerte aprende a vivir la vida con la máxima intensidad, dando sentido y esperanza a sus días. El tiempo ya no le pesa ni le asusta. Cuanto más vive, más experiencia atesora, y más sabiduría: aprende a bailar con el tiempo y dejarse llevar al son de su ritmo. Saborea todo lo que acontece, aprende las grandes lecciones de la vida. Ya no le abrumará la velocidad ni la lentitud: disfrutará de su ritmo. Lo que importa es sacar jugo a toda experiencia y adquirir serenidad ante lo que nos sucede. Todo añade valor y crecimiento. Es tan bello el instante de un beso que querrías eternizar como saborear la soledad de una tarde.

El tiempo te lleva inexorablemente a una etapa de plenitud de la vida, cuando te conviertes en oro líquido, doctorado en la vida y en el amor. Es entonces cuando el ser es más que el hacer y el aspecto físico ya no importa. A un adolescente el tiempo se le queda corto; a un adulto le pasa volando y a un anciano que va llegando al final de su camino, consciente de la densidad del ser, ya no le angustia el ritmo del tiempo porque ha aprendido a saborear su riqueza interior.

El tiempo es el gran regalo que no se deja atrapar. Solo permite que nos deslicemos por él como un surfista sobre las olas: disfrutando de esa aventura que lleva a vivir la vida hasta el límite de la existencia.

La misión del tiempo es dejarte a las puertas de una vida nueva, más allá del tiempo y del espacio. No es un salto al vacío, es un salto a otra dimensión, hacia una vida más plena que no podemos imaginar, fundiéndonos con el Ser Absoluto, libres para siempre de ataduras. En esta existencia nueva ya no volaremos por el cosmos, sino que navegaremos en el Amor Absoluto.

Podemos atisbar esta plenitud ya aquí, cuando vivimos una experiencia de amor tan intenso que perdemos la noción del tiempo e incluso del espacio, como si flotáramos en el infinito. Esto nos lleva a la culminación de nuestra existencia. Cuando se experimenta un amor tan incondicional es cuando se empieza, aquí y ahora, a saborear la eternidad. Solo quien ama se convierte en señor del tiempo.