domingo, 5 de septiembre de 2021

¿Por qué se rompen las relaciones?


La psicología humana es muy compleja. Ahondar en la psique requiere tener en cuenta múltiples facetas de la realidad de la persona: sus ancestros, su familia más inmediata, sus relaciones, su educación, sus valores y su propia visión de la realidad.

Un factor crucial para mantener unas relaciones sanas y equilibradas es la comunicación. Es fundamental tener la capacidad de escuchar y saber generar empatía con el otro, amoldándose a su carácter, reconociendo y alegrándose por sus fortalezas, sus logros, el rico potencial que lo define tal y como es. Pero también hay que aprender a aceptar sus límites y debilidades, su temperamento e incluso sus equivocaciones. Entender cómo es el otro y ser comprensivo con sus errores facilita el diálogo.

Nadie es perfecto, ni totalmente maduro. La estabilidad de las relaciones depende mucho de crear un marco adecuado y sincero para ir creciendo juntos. Esto favorece la convivencia y es necesario para no caer en el tedio, sino todo lo contrario. La complicidad hará que la vida interpersonal sea un oasis donde disfrutar de la mutua compañía en la dimensión emocional y afectiva. En las parejas es importante que se dé esta sintonía para que su vida se convierta en un ámbito de confianza, donde compartir lo más íntimo. Saberse querido forma parte de la estabilidad de la persona y de su proyecto conyugal.

Pero, para que esto sea así, se ha de tener muy claro que la relación implica compartir toda una vida con la persona con la que se ha decidido caminar, para siempre. Aquí está el meollo de la cuestión.

Las crisis, un desafío

Todos conocemos casos, incluso dentro de nuestra familia. Muchas relaciones han empezado muy bien, con una clara convicción y con responsabilidades asumidas. Se suponía una unión duradera, pero con el tiempo se ha ido deteriorando y al final se rompe. Habría que analizar cada caso y su entorno, y ver si realmente se han dado los pasos necesarios para asegurar la cohesión de la pareja. Quizás no hubo suficiente reflexión, o el tiempo necesario para discernir. Quizás durante la relación no ha habido espacios para corregir los desvíos que van surgiendo en el itinerario hacia la madurez.

Cuando por parte de los dos se asume que habrá dificultades, normales, que no tienen por qué agrietar las relaciones, los problemas que surgen forman parte de la dinámica del crecimiento. A veces es bueno pasar por ellos para aprender a resolver lagunas y ahondar en su origen; con el tiempo superar estas crisis puede consolidar aún más la relación. Son retos que se presentan y que enseñan, una tormenta que, si se maneja bien, no tiene por qué llevar al naufragio del hogar.

Pero ¿qué ocurre cuando todo cae, por la razón que sea? Entonces empiezan las grandes desazones, los enfrentamientos, la crisis que irá rompiendo la relación y complicando la convivencia del día a día, hasta el punto de que en muchas parejas se cae en la más absoluta incomunicación y en la ignorancia del otro.

Soledad y ruptura

Es entonces cuando la convivencia se convierte en un mero compartir el espacio habitado, sin afecto, sin intimidad. No hay diálogo, se inicia un proceso de violencia verbal y psicológica y todo está a punto de resquebrajarse. En algunos casos se llega a la violencia física.

Las emociones y los vínculos afectivos desaparecen. Surge una terrible soledad y un sentimiento de ruptura interior. Algo ha muerto. Estallan las grandes disputas y el ambiente en el hogar se hace insoportable. La guerra ha empezado y la familia es un barco naufragando en medio del oleaje.

El problema empeora cuando, en el matrimonio, uno de los dos está totalmente incapacitado para nuclear el problema y evitar hacer más daño. Es incapaz de discernir y guardar una distancia adecuada para evitar roces. Esto ocurre entre muchas personas mayores que empiezan a tener problemas cognitivos, dificultando aún más su resolución.

Los dos se convierten en víctimas y maltratadores a la vez, el uno contra el otro. En ocasiones, el que parece ser la víctima es el que maltrata más. La aparente víctima emplea estrategias de venganza psicológica para enredar al otro en un bucle que le hace imposible salir. Es entonces cuando la víctima se convierte en maltratadora y busca herir al otro para causarle el mayor daño posible. Cuando esto sucede, se da la muerte definitiva de las relaciones.

Cuando se llega al nivel de la supervivencia, a veces lo único que queda es alejarse del conflicto para evitar los enfrentamientos y no hacer más daño.

¿Por qué se ha llegado a este extremo? Pienso que quizás el problema esté en los mismos inicios de la relación. Los grandes conflictos no surgen de la noche a la mañana; la mayoría llevan años, incluso décadas, gestándose.

Decidir con cabeza y corazón

Cuando uno se decide por una persona, tiene que poner entre paréntesis las emociones, los sentimientos, las sensaciones de bienestar. Hay que controlar los impulsos del corazón para que la decisión se tome con la cabeza. A veces es difícil parar ese torrente de emociones, pero será decisivo para la elección definitiva, pues evitará dar un mal paso que puede acarrear grandes problemas y sufrimiento en el futuro.

Esta reflexión puede parecer muy fría. Cuando se acumulan tantas emociones parece imposible detenerlas. Pero rebajar un poco la temperatura de la pasión puede ayudar a acertar en la elección.

La razón nos ayudará a plantearnos ciertas cuestiones vitales. Esta relación, ¿me conviene? ¿Le conviene a la otra persona? ¿Seré capaz de hacerla feliz siempre? Si sufrimos dificultades o enfermedad, ¿sabremos amarnos y cuidarnos? ¿Compartimos algo más que la atracción física, algo duradero por lo que vale la pena luchar? ¿Me veo creciendo y envejeciendo junto a esta persona?

Razón y corazón han de ir juntos; la razón no puede ir sola, pero tampoco el corazón. Armonizar estos dos polos es fundamental para levantar cualquier proyecto sólido y duradero. No podemos llevar adelante nada sin pasión, pero, sin cabeza, el proyecto puede estrellarse.

Los cimientos de la relación

El problema es cuando se construye un edificio muy complejo sin tener en cuenta las diferentes variantes y sin un fundamento que sostenga el peso de la estructura. ¿Qué necesitan estos cimientos parar poder aguantar los vaivenes y el desgaste propio de las relaciones?

Cuando se decide dar el paso definitivo en una relación, hay que tener en cuenta todo lo necesario para iniciar este ilusionante proyecto. En una hermosa construcción, el sí para siempre es el pilar fundamental que sostiene la energía vital y amorosa. La fuerza de esta profunda convicción hará que el edificio arraigue en el suelo y pueda crecer. Este sí para siempre que un día os dijisteis os ayudará a trascender de los altibajos emocionales para mirar hacia arriba y pasar un estadio más espiritual.

Desde esta altura trascendida, podremos contemplar con gratitud todo lo vivido y dar sentido y densidad a nuestra convivencia, cada día.

domingo, 29 de agosto de 2021

Sumergido en la noche

Después de un día soleado, con un precioso cielo azul, tras caminar disfrutando de la belleza que me envuelve, percibo el paso del tiempo. El sol marca las horas con los cambios de color en el paisaje mediterráneo, tan lleno de contrastes. A medida que cae la tarde, la luz del sol se va atenuando y el cielo adopta un tono más suave, pero el paisaje no pierde intensidad. Todo se tiñe de una luz cálida, que acentúa las texturas de las rocas y los árboles, hasta que el sol se pone tras la montaña y la luz del día se apaga. La luna comienza a asomar, discreta, elevándose sobre un bello atardecer que precede a la noche. Entre el sol y la luna, entre la claridad y la penumbra de la noche, que va adueñándose del cielo, saboreo unos momentos de gran calma.

La puesta de sol invita a la reflexión: poco a poco entramos en otro ritmo más pausado, sereno, de gratitud por lo vivido durante el día. Es el momento de saborear la belleza que se desborda ante mis ojos. El pulso de la vida eclosiona convirtiendo la naturaleza en un hogar donde el hombre puede recrearse en tantas imágenes que lo seducen.

El ocaso avanza, a pasos delicados. Los últimos rayos de sol desaparecen y una hora más tarde, la noche ha caído. Ahora ya no veo colores, sino imágenes y siluetas recortadas sobre el cielo nocturno. La noche ha devorado el color, pero, sin tener la claridad del día, el manto celeste se convierte en una cortina de estrellas. Una sensación de inmensidad me invade cuando contemplo el firmamento, tan poblado de millones de luces que parpadean. En medio de todas ellas, un enorme lucero, suspendido en medio del cielo, custodia la noche.

Si por el día me siento como un diminuto ser sobre la cresta de los montes, por la noche me sobrecoge la inmensidad del cielo, con su estallido de luz. Mi pequeña retina, apenas milímetros, capta la grandiosidad de un festival luminoso que se despliega sobre mí. La tierra gira, regalándonos cada día un concierto que embriaga el alma. No somos conscientes de este espectáculo porque no valoramos la gran riqueza que el Creador nos ha ofrecido. Vivimos inmersos en una cultura del ruido, ciegos por la contaminación lumínica y abrumados por el estrés de las ciudades. No nos damos cuenta de lo que nos estamos perdiendo. El progreso y la técnica nos están alejando de una tendencia natural que todos llevamos dentro, que es la contemplación.

Cada noche, después de cenar, me gusta dar un paseo. Poco tiempo, apenas unos veinte minutos llenándome de sensaciones diferentes. La brisa, tibia, me acaricia. Percibo más los olores, escucho el canto de los grillos y el rumor del río. Oigo el ruido de mis pasos y el movimiento de los árboles mecidos por el viento. También puedo escuchar mi propia respiración. Todos los sentidos se despiertan y agudizan. Las pupilas se abren más para captar con mayor precisión el entorno, potenciando la visión nocturna. En esos momentos, soy más consciente de mi vinculación con la naturaleza. Estar despierto me lanza a sumergirme en la noche desconocida, atrapándome en una estampa en blanco y negro, haciéndome protagonista del último capítulo del día. Ante mí la luna se eleva. La miro con atención y distingo el relieve de sus cráteres. Decían los antiguos sacerdotes egipcios que detener la mirada sobre la luna ayudaba a mejorar la salud de la retina y agudizaba la vista. Para mí es como entrar en el corazón de esa luz, que me envuelve con su discreta presencia. Rodando por las alturas, es el faro que da vida y belleza a la noche.

De vuelta a casa, con la luna a mis espaldas, veo mi sombra proyectada en el camino. Doy los últimos pasos antes de recogerme, inhalando y exhalando profundamente. Y me retiro a descansar, a reponer mis huesecitos para iniciar otra maravillosa aventura al día siguiente.

Dios me susurra al oído. Le doy gracias y le pido que vele por mí durante la travesía del sueño hasta que vuelva a despertar. Mañana, al amanecer, saldré de nuevo y veré salir el sol, un diamante entre las ásperas montañas. Seré testigo del espléndido fulgor que volverá a teñir de colores el mundo, grabando en mi retina las imágenes de los campos que despiertan, con fragancia de heno y hierbas silvestres. Serán los buenos días de Dios a su criatura humana, Himalaya de su creación.

sábado, 21 de agosto de 2021

La vida, un camino ascendente


Como bien saben mis lectores, en verano aprovecho para descansar, rezar, caminar y sumergirme durante unos días en plena naturaleza. Así puedo reconectarme más con Dios y conmigo mismo, y descubrir en la belleza del paisaje la mano de un Creador que nos regala el hábitat más hermoso.

Disfrutar de la madre naturaleza me permite descubrir sus tesoros y ahondar en la última intención de Dios hacia su criatura, que es volcar en ella su amor.

Un día, antes de salir de excursión hacia la montaña, cayó en mis manos el salmo número 96. Es un espléndido canto a Dios por las maravillas creadas, como soberano de toda la creación. Él es rey del universo, su creatividad forma una sinfonía multicolor que ensancha el alma del ser humano, un regocijo para los sentidos. La belleza estalla ante los ojos y los oídos se deleitan ante los sonidos melodiosos del campo; el olfato se agudiza ante los ricos olores de la exuberante vegetación. Mis manos se deslizan por las ramas de los árboles que crecen al borde del camino; con el tacto acaricio las texturas de las hojas y con el paladar saboreo los ricos manjares mediterráneos que me ofrecen estas tierras. El paisaje es seco y agreste, pero sus cielos soleados de intenso azul y sus noches estrelladas, iluminadas por una luna que baña de claridad los valles, sobrecogen. 

El hombre, sin Dios, sin su medio natural, sin una toma de conciencia de su realidad, viviría solo y aislado en un profundo abismo. Sin la dimensión de apertura a los demás, se deslizaría hacia la nada perdiéndose en un profundo vacío, desubicado, sin identidad, lanzado a la penumbra.

Pero su deseo de otear, de buscar más allá de sí mismo, lo hace capaz de ascender grandes cumbres.

El ser humano está llamado a crecer, a mirar hacia arriba, a tocar con sus dedos la bóveda azul del cielo, a emocionarse ante la belleza derramada desde la cima de un monte.

Subida al monte


He tenido la oportunidad de ascender hasta las crestas del Montsec, a una altura que da vértigo, y contemplar, a un lado, el valle de Áger y al otro la comarca del Pallars Jussà, que se extiende entre montañas hasta rozar las faldas de los Pirineos, el límite de España con Francia. Bajo un cielo despejado y con un sol radiante, pude divisar las cumbres pirenaicas. El contraste del cielo con los picos escarpados, y el verde de los valles, cubiertos de encinas, me acercó al corazón creativo de Dios.

Ante la inmensidad de su arte, caminé bordeando las cimas mientras iba pensando. El hombre que no es capaz de salir de sí mismo y mirar hacia un horizonte nuevo, poniéndose en marcha hacia alguna cumbre, se queda quieto, estancado, por comodidad o por miedo a salir de la rutina que lo esclaviza con sus cadenas. Acabará sin aire, metido en la burbuja de una existencia vacía, preso de su propia cárcel interior. Por eso es tan importante atreverse a salir, asumiendo los riesgos, incluso aceptando que la vida nos hará cambiar, y que a veces encontraremos pendientes rocosas. Si no dejamos de mirar la meta y vamos gestionando los vaivenes y las luchas, llegaremos a la cima de nuestra existencia.

Sólo así, moviéndonos entre la admiración y la valentía, venciendo el miedo a lo desconocido, avanzaremos en la vertiginosa aventura del ser. El alma se ensanchará más que nunca y podremos saborear la sorpresa de lo que somos capaces de hacer.

Convertir la vida en una hazaña


El lenguaje figurado de la montaña quiere expresar que en la vida estamos llamados a ser héroes, a vivir experiencias humanas tan apasionantes como coronar la cresta de una montaña. Sólo cuando llegamos a la cumbre de nuestros sueños nos damos cuenta de que este ser, tan pequeño y tan frágil, es capaz de abrazar la inmensidad de un horizonte abierto a los cuatro puntos cardinales. Un ser minúsculo se eleva sobre el abismo, pisando victorioso la cima de su propia vida.

Estamos concebidos para que nuestra vida sea una hazaña. Una proeza cotidiana, que puede ser simplemente hacer lo que nos toca hacer cada día. Lo importante es levantarse, mirar hacia adelante, soñar y ponerse en marcha hacia la meta propuesta. Por muy sencilla que sea, no deja de ser una aventura.

Crecer y trascender es una misión que da sentido a nuestra existencia. Sal y mira alto: encontrarás un cofre lleno de perlas, a cuál más bella. Descubrir el gran tesoro que hay dentro de ti te catapultará hacia el infinito.

domingo, 15 de agosto de 2021

Amor a la verdad

El concepto de verdad es amplio y requiere de un análisis en profundidad. Puede ser muy complejo, visto desde la filosofía y la moral, pero, más que entrar en disquisiciones, quiero ahondar en diferentes aspectos de la verdad y de lo que no es.

Dejaré para otro momento la definición de la verdad desde un punto de vista teológico y bíblico. Hoy quiero incidir en la dimensión psicológica y moral de la verdad.

La verdad no es subjetiva

La verdad es clara y luminosa: todo lo que se aparta de aquí puede ser seudo-verdad o post-verdad. No es una opinión ni un relato subjetivo de los acontecimientos, sino lo que es, lo que sucede realmente. Por ejemplo, el periodismo no siempre se ajusta a los hechos ni a la realidad objetiva. Ciertas tendencias ideológicas pueden sesgar el relato, dándole un tinte subjetivo y una carga intencionada que se desvía de los hechos reales y, por tanto, de la verdad. Los medios de comunicación, tanto la prensa como la radio y los digitales, pueden estar manipulando el análisis de la realidad con el fin de favorecer su línea editorial.

La verdad pide algo más que exponer los hechos. Ser fiel a la verdad implica mantener una actitud íntegra y honesta, aunque esto signifique dejar de lado las propias tendencias ideológicas. Cuesta mucho pedir esta lealtad al periodismo, porque estamos moviéndonos en el campo de la ética. Pero no puede haber un periodismo realmente profesional si no tiene en cuenta el marco moral por donde debe transitar. La verdad no es «mi verdad» subjetiva, ni una opinión personal, ni un posicionamiento en función de lo que me interesa. La verdad tampoco se compra ni se vende.

La verdad nos compromete

La verdad es tan convincente y rotunda que da miedo, pues puede hacernos cuestionar las propias creencias y nuestra esencia como persona. La verdad es una instancia moral, que exige una transparencia a prueba de bomba. Por eso se teme a la verdad, porque nos desnuda, dejándonos tal como somos. Es como un láser que ilumina la conciencia, escaneándonos por todos los poros. Y es tan fuerte que uno sabe, perfectamente, cuándo la ama o cuándo la está rechazando.

La verdad es una brújula que indica el camino a seguir. Todos estamos llamados a abrazar la verdad. Sin ella estamos perdidos y podemos llegar a desintegrarnos en el vacío, en el nihilismo, en la nada.

La verdad ilumina las prioridades en la vida, sean obras, imagen, poder, dinero. 

La verdad pisoteada

¿Quiénes pueden prostituir la verdad? Justamente, aquellos que tienen responsabilidades públicas y comunitarias. Por eso los que tienen mayores responsabilidades han de ser ejemplo y referentes para los otros.

La verdad, más que nunca, está siendo pisoteada en el ámbito social, político e incluso religioso. Los padres, los educadores, los políticos y las personas dedicadas a ayudar a los demás tienen que basarse en la verdad a la hora de ejercer sus tareas. Toda institución de carácter laico o religioso tiene que levantar la verdad como bandera; si no es así, creará una tremenda confusión en la sociedad. 

La verdad, incómoda

Hace tiempo leí un estudio psicológico sobre la capacidad de mentir en los ciudadanos. El escrito señalaba que prácticamente el 100 % de las personas mienten alguna vez, pero el 70 % lo hacen muy a menudo y el 40 % lo han integrado como parte de su vida. Sólo el 20 % mostraba problemas de conciencia; el 10 % se arrepentían, pero volvían a mentir; y sólo un puñado de personas tenían muy claros los límites entre la verdad y la mentira.

El mensaje dramático de este documento es que muchos han convertido la mentira en un modus vivendi, ya sea para sobrevivir o para ascender. Me quedé preocupado al leerlo, pues es una clara muestra de que estamos matando la verdad, porque nos molesta o nos incomoda, porque va directa como una flecha a la diana de nuestro corazón.

La verdad, por más que nos digan que es relativa, no lo es. Es absoluta, y nadie la puede poseer: se impone más allá de los discursos interesados. Penetra la esencia del ser y no se puede rechazar. Es como el sol, por mucho que se quiera tapar o arrojar sombras con las seudo-verdades, nadie podrá vencerlo: tiene tanta fuerza y luz que es indestructible. Está ahí, como el aire que se respira.

Verdad y libertad

La búsqueda de la verdad forma parte de la identidad humana, por eso la vida gira en torno a este gran valor.

La búsqueda de la verdad es tan potente que, en muchos casos, los que perseveran en ella son señalados y criticados, como se ha dado en el cristianismo y en otros grupos de librepensadores, filósofos, periodistas y autores que han sido arrojados al ostracismo mediático.

¿Por qué? Desde muchas instancias quieren matar la verdad porque va ligada a la libertad. Jesús lo dijo: La verdad os hará libres. Tanto la verdad como la libertad inquietan al poder, son antídotos que pueden neutralizar su carga letal. Es propio de la esencia maligna del poder destruir la verdad, sometiendo a las personas y haciéndolas vasallas y esclavas, cortando de cuajo su capacidad de razonar por sí mismas y alienándolas. La verdad es una bomba que puede destruir toda estructura de poder. Por eso la temen tanto, porque saben que puede demoler los fundamentos de las ideologías que lo sustentan.

Si se mata la verdad, la libertad y el amor, se está matando el valor sagrado de la vida, porque es una tendencia innata en el ser humano abrazar la verdad, y sólo desde ella se puede ser libre y amar.

Sólo la verdad puede regenerar el alma humana. Serás libre, la libertad te llevará al amor, y este te hará invencible. Nada ni nadie podrá contigo, aunque quieran silenciar la verdad, aunque te excluyan, te descarten e incluso te maten civil o físicamente. El poder pondrá en marcha su maquinaria para destruir la verdad con toda su fuerza y recursos, económicos y mediáticos. Pero la verdad nunca será vencida, aunque la quieran acallar o esconder. Sus rayos luminosos se proyectan en el corazón de cada hombre que la busca con sinceridad.

martes, 10 de agosto de 2021

La bondad y la alegría se abrazan

Como bien sabéis muchos de vosotros, mi vinculación con Badalona viene del largo tiempo que estuve allí. Fueron diecisiete años, densos y activos, en la parroquia de San Pablo, lugar donde ejercí mi tarea pastoral como rector de la comunidad.

Este periodo supuso para mí un gran crecimiento humano y espiritual, ya que tenía un reto acuciante: consolidar un nuevo proyecto. En esa etapa pude ampliar mi formación con una intensa experiencia pastoral. Di todo lo que pude, pero también es cierto que recibí mucho más de lo que esperaba. Sobre todo, de buenos feligreses que pasaron a ser grandes amigos.

Ellos me abrieron no sólo las puertas de su casa, sino las de su corazón. Me quedé con lo mejor de muchos de ellos y hoy, después de once años de haber marchado de allí, el vínculo de amistad sigue vivo con muchas personas que me acompañaron durante mi labor pastoral. Hoy sigue encendida esa llama de aprecio que siento por tantos amigos de Badalona y de la comunidad de San Pablo.

En este escrito quiero hablar de dos grandes amigos que estuvieron muy cerca de mí, mostrando un sincero aprecio y ayudándome en momentos clave. Se llaman Carmen y Manolo, y son un matrimonio encantador que desprende bondad.

Alegría sabia

Carmen es alegre, servicial y entregada. De carácter abierto y expansivo, muy cariñosa y cercana, es una mujer sencilla y trabajadora, actualmente abuela de dos nietos; dedica una parte de su tiempo a cuidarlos y atenderlos. Ella es el pilar de la familia, que sostiene y mantiene unidos a los suyos con su enorme atención y delicadeza. Si tuviera que subrayar algo de ella sería su manera de ser, tan jovial, alegre y espontánea. Carmen sabe crear un buen clima allí donde esté. Lleva en su sangre la vitalidad y un vigor que la hace vibrar siempre. Es de esas personas que viven la vida con intensidad. Genera empatía con los demás, sabe comunicarse y es emocionalmente estable. Vive su día a día con ilusión, disfrutando de todo lo que hace. Sabe «pasarlo bien», como ella dice.

Otro aspecto que quisiera destacar de ella es su capacidad organizativa. Lleva su casa con mente clara y práctica, y sabe gestionar su economía y sus tareas domésticas con eficiencia. El orden para ella es fundamental. Esa inteligencia innata le sirve para intuir las situaciones y aconsejar a los suyos con lucidez, aunque siempre desde la humildad y el respeto, sin interferir más allá de lo que le toca. En todo aquello que pueda afectar a la estabilidad de la familia, sabe percibir con claridad y dar a diana, planteando las cuestiones que puedan mejorar la calidad de las relaciones familiares. Es generosa con todos, pero sabe estar en su sitio, y eso no siempre es fácil. Carmen consigue equilibrar perfectamente el amor por su esposo, por su hijo, su nuera y los nietos. Es un ejemplo de madre y esposa a imitar.

En la parroquia, su cercanía dio vida y alegría a mi trabajo pastoral. Ha sido un regalo haberla conocido, porque desprende color y luz allí donde está. Sabe convertir la vida en una fiesta, pese a las dificultades. Nunca la he visto rendida ni abatida. Ha apostado por vivir intensamente.

Bondad servicial

Manolo, su marido, en contraste, es como un lago de aguas serenas, donde la luz del cielo puede penetrar en profundidad. Es un hombre discreto y amable, de pocas palabras, pero siempre atento a la hora de escuchar. Desde su silencio reflexivo, capta todo cuanto sucede a su alrededor. Es un hombre de principios sólidos, que sabe decir lo justo y conveniente en el momento adecuado, y también callar cuando quiere evitar interferir. Muy trabajador, es una persona que sabe estar. También es un pilar sólido de su familia, siempre disponible para lo que haga falta. Dedica mucho tiempo a la familia, facilitando el engranaje del funcionamiento de la casa y ocupándose de sus tareas como abuelo. Su presencia amable hace que cualquier persona se encuentre bien a su lado.

El valor evangélico de la amistad

Carmen y Manolo llevan 40 años casados. El matrimonio es una auténtica roca firme, donde se sostiene toda la familia. Pasar con ellos unas horas es una delicia: la alegría de Carmen y la bondad de Manolo suenan como una hermosa melodía que llega al alma y la llena de música, deleitando el corazón. Su compañía es un arroyo fresco que regenera la convivencia. Para mí es un don haberlos conocido a los dos y siempre agradeceré a Dios esta amistad que surgió durante mi trabajo en la parroquia de San Pablo.

Jesús daba mucha importancia a los amigos, además de su misión evangelizadora. Sabía parar, descansar y pasar un tiempo con sus amigos de confianza, como los tres hermanos de Betania, Marta, María y Lázaro. Jesús tenía un lugar preferente en el hogar y en el corazón de sus amigos. Creo que los sacerdotes también hemos de aprender a confiar en las personas que nos rodean y disfrutar del regalo de la amistad que Dios siempre nos brinda en nuestro camino.

sábado, 24 de julio de 2021

El Santo Cristo de Balaguer y mi origen vocacional


Estos días de descanso y retiro han sido muy fecundos. Para mí suponen una toma de consciencia de mi identidad sacerdotal, un profundizar en las cuestiones fundamentales de la vida pastoral y, sobre todo, dedicar un tiempo más intenso a aquello que es la fuente de mi vocación y da sentido a mi vida, orientada a dar esperanza.

He tenido la ocasión de pasar unos días para reencontrarme y tomar fuerza y vigor para seguir adelante en la tarea encomendada. Uno de los aspectos cruciales en la vida del sacerdote es ahondar en los orígenes de su vocación. Para mí es una hermosa historia que me ha llevado a estar donde estoy. «Volved siempre a vuestros orígenes», decía santa Clara a sus monjas. Les pedía que nunca olvidaran ese momento precioso de enamoramiento de Cristo, en el que eres capaz de dejarlo todo cuando él te llama a una sorprendente aventura. ¡Cuánto marcan los principios! Cuánto gozo, con incerteza, porque te lanzas hacia el vacío y acabas viendo que Dios siempre te sostiene. En esos momentos sientes un amor sublime que lo trasciende todo: miedo, incertezas, dudas. Con el tiempo, los temores se disipan y comienzas una trayectoria interior de madurez espiritual.

Mi historia vocacional pasó por varias etapas. Hoy quiero detenerme en una de ellas.

Mi vínculo con el Santo Cristo de Balaguer

Tenía 20 años y daba mis primeros pasos en mi camino hacia el sacerdocio. Era catequista de una pequeña comunidad, el Santuario de Santa Eulalia de Vilapicina, vinculada a la parroquia madre del barrio, donde vivía con mi familia. Cada verano se organizaban colonias con los niños de la catequesis y yo formaba parte del grupo responsable, junto con otros compañeros jóvenes. En varias ocasiones decidimos ir a la casa de San José del Molino, en Tartareu, como lugar extraordinario para realizar las colonias. Esta casa era un antiguo molino de harina, situado en un valle regado por el río Farfaña, en la comarca de la Noguera, Lleida. Es un lugar poblado de robles y encinas, entre montes y campos de almendros, olivos y cereal. Un paisaje típicamente mediterráneo, de clima seco y soleado, con temperaturas extremas: muy calurosas en verano, aunque por las noches la temperatura desciende hasta la mitad. Este contraste sorprende; la noche es fresca, pero una vez sale el sol, el valle queda iluminado y se respira un aire limpio y fragante, que llena de bienestar y paz.

En el trayecto desde Barcelona a la Noguera, antes de llegar a esta casa, siempre me gustaba pasar por el santuario del Santo Cristo de Balaguer. Anexo hay un convento de religiosas clarisas que se ocupan del santuario. Ante el edificio se extiende un gran patio desde donde se puede divisar todo Balaguer, con el río Segre que divide la ciudad entre el casco antiguo y la zona nueva, que desborda sus límites hacia la llanura. En la parte alta, alrededor del santuario, está el Secano, donde viven grupos de familias muy modestas.

El interior del santuario es amplio y luminoso, muy sencillo tras las últimas restauraciones. Al fondo está el altar mayor y por encima el camarín, donde se levanta la figura del Santo Cristo. Muchas personas acuden a rezar y a venerarlo.

Siempre que visito el santuario me gusta subir hasta el camarín y pasar un rato tranquilo, rezando. Observo la figura, estilizada y dramática, con su cabello natural cayendo sobre el rostro contraído de dolor. Sus rasgos expresan un padecimiento extremo que conmueve al que lo observa. El hombre Dios colgado en la cruz, golpeado, desfigurado, dolorido, no deja indiferente a nadie. Mirándolo, pienso cuánto amor expresa este sufrimiento sin límites, y hasta qué punto se entregó Jesús por rescatar al hombre de su miseria y devolverle la dignidad de hijo de Dios. Una entrega hasta el martirio.

Siendo monitor de niños y jóvenes, tenía unas profundas ansias de seguir a Jesús, hasta el pie de la cruz, si fuera necesario. El Santo Cristo de Balaguer era para mí un tratado de teología en imagen. No sabía qué me deparaba el futuro, pero ante aquella cruz, abrazaba su sufrimiento y tenía muy claro que lo amaba con toda mi alma y estaba dispuesto a lo que fuera. Aquella cruz era una llamada al realismo vocacional: era consciente de que mi camino no sería fácil y tendría que hacerlo mío con todas las consecuencias de mi sí a él.

Allí, delante de una cruz, empezaba mi singladura. Sabía que el martirio forma parte del guion vocacional; la cruz está ligada al sacerdocio y la rotundidad de un sí puede llevar a unirte al martirio de Cristo. Después de casi cuarenta años, puedo decir que ha habido varias cruces por las que he pasado en mi lucha por mantenerme firme. A veces la incomprensión de tanta gente es lo que más te hace sufrir. Pero, ante aquel Cristo crucificado, que me daba aliento y fuerza, sabía que nada me apartaría de su amor. Asumiría todas las tribulaciones: el mundo es un combate, pero la fuerza te convierte en un guerrero. Con la confianza de que él te sostiene en esa lucha.

Estos días también he recordado, con emoción, la primera misa que celebré, hace treinta y cinco años, en el santuario a los pies del Santo Cristo. Recuerdo que le dije: «Hoy llego a ti como sacerdote, celebrando en tu altar. Soy uno de los tuyos. Después de doce largos años de formación intensa, pero necesaria, para consagrarme, tú, desde lo alto del camino, con tu rostro ladeado, me miras. Mi corazón vibra: estoy preparado para unirme a ti en la cruz. Y tú te das a mí, tu cuerpo en mis manos, convertido en sacramento, para que otros te puedan comer».

Fue una misa suave, llena de gratitud. Mis jóvenes manos sostuvieron a Cristo, y lo elevaron mientras daba las gracias y después lo depositaba en el sagrario, su casa, el cielo aquí en la tierra. En mi ordenación sacerdotal me habían dado la llave de esta casa, la nueva arca de la alianza.

40 años han pasado, y nunca dejo de subir al santuario del Santo Cristo. Con el peso de tanta responsabilidad pastoral, sigo yendo cada año a Balaguer para ofrecerle todo mi curso pastoral. Ante él, rezo pidiendo acierto, lucidez, fidelidad, coraje y paciencia para seguir en la brecha, trabajando para él. Y también serenidad para afrontar los momentos convulsos.

La gracia de Dios quiso que mi ordenación diaconal fuera un 9 de noviembre, el día de la festividad del Santo Cristo de Balaguer. La celebré en la parroquia de San Isidoro, de Barcelona, donde entonces ayudaba al rector en la pastoral de jóvenes. Allí, un año más tarde, me ordené.

También la Providencia quiso que uno de mis formadores, el sacerdote que originó mi vocación, estuviera vinculado al Santo Cristo de Balaguer. Allí hizo él su primera comunión, y allí celebró su primera misa. Siempre tuvo una especial devoción a este santuario. De alguna manera, este Cristo ha ido marcando nuestro camino, en una sucesión de fechas que no son casualidad, sino señales luminosas de un guion trazado por Dios en el paso del tiempo.

Una imagen encontrada

Son muy numerosas las llamadas vírgenes encontradas, y entre ellas se cuentan algunas devociones célebres, como la de Guadalupe o la de Montserrat. Quizás no sean tan frecuentes los cristos encontrados, pero este es el caso del Santo Cristo de Balaguer.

La leyenda cuenta que la imagen fue tallada por Nicodemo, discípulo de Jesús, y que de manera milagrosa se desplazó por el mar, remontando las aguas del río Segre hasta llegar a Balaguer, donde la encontraron los vecinos de la ciudad. La imagen flotaba en el agua y no se dejó recoger por nadie hasta que llegaron las hermanas clarisas del convento de Almatá. Cuando la abadesa bajó al río, la imagen del Santo Cristo se dejó abrazar y la religiosa pudo sacarla del agua. Ante esta señal, las autoridades y el clero de la ciudad decidieron que el convento era el lugar donde debía alojarse el Cristo, y así fue. Desde entonces, la imagen ha sido venerada por muchos, y visitada por viajeros anónimos e ilustres de todos los tiempos. Su traslado al camarín donde se encuentra fue autorizado y presidido nada menos que por el rey Felipe IV, en compañía de los notables de la ciudad y del conde duque de Olivares, tal como recoge un documento conservado en el archivo del convento.

Se dice también que el Santo Cristo de Balaguer escucha todas las peticiones, y que ha obrado muchos milagros y curaciones en su nombre. Sea verdad o leyenda, el gran milagro se está produciendo cada día. La presencia de Cristo entre nosotros se hace patente en cada eucaristía. Y las imágenes, como esta del Santo Cristo de Balaguer, nos recuerdan siempre su amor inmenso por todos nosotros.

domingo, 18 de julio de 2021

Querer es poder


Cuántas veces hemos escuchado esta frase: «si tú quieres, puedes». Expertos en psicología empresarial la utilizan como parte de su discurso, orientado a ensanchar las posibilidades de un trabajador, estimulándolo para que alcance sus objetivos con tenacidad. Estos planteos, venidos de América, han inundado nuestra cultura empresarial. Es tan importante ampliar la formación como dotarse de herramientas con el fin de aumentar la calidad en el trabajo.

No cabe duda que la psicología humanista está permeando toda nuestra cultura y relaciones humanas. La actitud positiva ante el mundo ayuda mucho a sacar lo mejor de uno mismo. Diferentes corrientes psicológicas y filosóficas inciden en este aspecto: descubrir el potencial que tiene dentro el ser humano, con dinámicas y terapias que ayudan a tomar consciencia de todo el arsenal que hay en su corazón para crecer y dejar salir la mejor versión de sí mismo.

Quisiera añadir unos matices para completar este discurso.

Más que la voluntad

Cuando decimos «querer», ¿a qué nos referimos? Querer tiene que ver con la voluntad, es decir, estar dispuesto a asumir aquello que deseas para lograrlo. Si decimos que el querer depende de la voluntad, nos referimos a un valor fundamental de la filosofía escolástica. Voluntad es esfuerzo, tener claro lo que se quiere, autoexigencia y dominio de sí. Forma parte de un discurso y de una cosmovisión de la realidad que define los valores propios. Pero al «querer» hay que añadirle algo más que esfuerzo y voluntad por alcanzar una meta. Considero crucial introducir este elemento, que tiene que ver con la consecución. Se podría añadir o reformular la frase: «si amas, puedes». Querer y amar pueden ser sinónimos, pero en este caso hay una diferencia. Si a la voluntad y al esfuerzo le ponemos amor; si abrazamos aquello que deseamos con todas las fuerzas, no cabe duda de que será más fácil conseguirlo. Cuando el amor entra en juego, nada se nos resiste y la meta se puede hacer realidad.

Poder para qué

Si analizamos la otra parte de la frase, «es poder», es evidente que se refiere a la consecución de lo que deseas. Se dice que «todo lo que tú desees, lo puedes conseguir». ¿Es realmente así? ¿No suena a pensamiento mágico? Ciertas corrientes seudo-psicológicas se sustentan en esta creencia y muchas personas la siguen, aunque no alcancen sus objetivos y vivan en una permanente frustración.

Cuando en el «sí, quiero», se introduce un elemento de poder, hay que estar al tanto, porque no todo lo que se puede hacer es correcto. Hay unos límites éticos. Quizás habría que hacer una depuración de intenciones. ¿Qué queremos, en el fondo? ¿Es realmente bueno conseguir lo que nos estamos proponiendo?

Alcanzar la meta y quedarse ahí es insuficiente. Cuando al poder se le da una apertura más allá de uno mismo, y en ese logro se construye algo más que los propios sueños, algo que beneficie a otras personas, entonces el esfuerzo ha valido realmente la pena. Será entonces cuando el poder que nos ha hecho alcanzar la meta estimule a otros a ensanchar sus horizontes. Culminar aquello que uno desea, desde la humildad y el servicio, convierte nuestras acciones en un poder que se transforma en vocación, en un estilo de vida que construye vínculos, lazos y proyectos. Podríamos pasar del «querer es poder» a otra frase: «amar es dar vida». Es decir, cuando amas lo que deseas, generas un torrente de vida alrededor. Hacer que todos tengan metas, propósitos, esto es empoderar a las personas para que vibren y abracen con intensidad su existencia y la de los demás.

Sólo así los sueños dejarán de tener fronteras, porque serán sueños desde el realismo de lo que eres y lo que no.

No podemos volar, pero sí hacer volar nuestra creatividad. Aunque sólo podamos caminar o correr, dentro de ese límite hay un universo infinito, que es nuestra alma. El ser humano tiene la capacidad de viajar más allá de su propia galaxia personal y darse cuenta del enorme potencial que tiene, ya no sólo humano, sino espiritual, desconocido para muchos.

La fuerza interior que emana de nuestra alma, es decir, el poder que nos da Dios, nos catapultará hacia esa última meta que todos deseamos en el fondo: llegar a ser uno con Aquel que ha hecho posible nuestra existencia.