domingo, 8 de marzo de 2020

Dejadme ser yo


La adolescencia, un estallido


Esta semana he tenido la oportunidad de hablar con algunos adolescentes. Son jóvenes que están iniciando el camino hacia su madurez y se encuentran en una etapa muy compleja. Quieren ser adultos, pero todavía viven situaciones que reflejan una identidad insegura. Les cuesta expresar lo que quieren, sus hormonas están explotando y los sentimientos salen a borbotones de su corazón. Reaccionan con visceralidad ante las cosas y en ellos se suceden a toda velocidad una serie de emociones contradictorias. Abren sus mentes y quieren experimentar. Están descubriendo el valor de la amistad, empiezan a sentir el hormigueo de la sexualidad y quieren tener vínculos afectivos. Desean volcar su corazón en una primera experiencia del amor y se enamoran con una intensidad tal que parece que les falta el aire. Los amigos son cruciales, el compañerismo adquiere una fuerza extraordinaria y es en esta etapa cuando surgen grandes lazos con personas con las que se identifican. Están empezando a descubrir su propia identidad y balbucean, perdidos en un mar de sentimientos.

Viven entre la efervescencia y la inseguridad, entre el temor y la autoafirmación. La vida se les queda corta, quieren vivir a tope y conocer nuevas realidades, pero a menudo se sienten frustrados y miedosos. La amistad que descubren es una realidad bella, pero también se topan con unos condicionantes culturales, familiares, religiosos y morales que actúan como diques de contención para evitar que se precipiten.

El mundo adulto no siempre es un modelo


La falta de educación es peligrosa, pero una educación excesivamente rígida puede comprometer su crecimiento y su proceso de maduración. El adolescente puede sentirse coartado e incluso manipulado por ciertas imposiciones sociales y religiosas que caen como una losa en su vida.

Entre educación y manipulación hay una delgada línea. La sociedad y la familia proponen modelos que pueden ser cuestionados por los jóvenes. ¿Por qué? Porque el mundo adulto no siempre les convence. Puede pecar de un excesivo materialismo, dando un culto exagerado a la buena posición económica o al prestigio social. La sociedad es víctima de una cultura del tener y del aparentar lo que no eres. Los adultos también pueden mostrarse incoherentes ante los jóvenes: dicen unas cosas y hacen otras, y esta contradicción los confunde. El trabajo es vivido como una esclavitud aceptada para poder ganar dinero, y no tanto como una experiencia enriquecedora. Los adultos viven inmersos entre un consumismo patológico y una falta de valores referentes y esto hace que el adolescente se pierda y busque alternativas. A veces se sumerge en un submundo que lo aleja de lo que es políticamente correcto. Su ansia de libertad choca de frente con un mundo lleno de problemas, ambiciones y conflictos. Y aunque el adolescente está pasando por un proceso de crisálida, antes de convertirse en mariposa que pueda volar, su instinto es más fuerte que todos estos factores sociales que le proponen.

Este proceso interior entraña mucho dolor. Está a punto de convertirse en un adulto que se incorpora a la sociedad, bien establecida con sus normas más o menos rígidas y que no siempre responden a una concepción de la vida sana y positiva. La educación nos modela para que seamos sujetos consumidores y nos pleguemos a los valores que se imponen.

Educar y crecer


Educar es hacer florecer al otro en su máxima potencia, ayudándole a que cada día sea más él mismo. Es decir, que pueda desplegar todas sus posibilidades como persona en cualquier ámbito, ya sea social, cultural, artístico u otro. Educar es ayudarle a descubrir lo que puede llegar a ser, canalizando todos sus deseos de saber, conocer y experimentar, permitiéndole que incluso pruebe, se equivoque y fracase. En esto consiste la madurez: en crecer, aun pagando el precio del dolor. Pero los adultos queremos clonar al adolescente, queremos que piense y haga lo que piensan y hacen sus padres, sus tutores o la sociedad que lo rodea. La escuela cae en el viejo riesgo de no educar, sino de modelar según ciertas ideas y forma de hacer. Así es como puede llegar a truncar el proceso natural de crecimiento. Una educación así es un ataque a la libertad y, sobre todo, está impidiendo que el joven salte de su infancia hacia la adultez. Es verdad que la adolescencia es una etapa crítica, pero debe pasarla.

Para los padres y educadores lidiar con estos muchachos no es tarea fácil. Los cambios físicos, psicológicos y sociales que sufre el adolescente le hacen difícil acoplar sus múltiples realidades: un cuerpo sometido a una fuerte explosión hormonal, una psicología frágil, problemas de identidad y un cerebro cuyas neuronas están al tope de su capacidad. 

Escuchar con delicadeza


Después de mis conversaciones con los adolescentes, la conclusión a la que llego es que nos están pidiendo a gritos, a los adultos, que los dejemos ser ellos. Una fuerza irresistible los lanza al misterio de su identidad. En esos momentos está en juego su futuro. Si en esta etapa los adultos no saben estar en su lugar, pueden causarles un profundo daño, a veces irreversible.

Los padres quieren lo mejor para sus hijos, pero hay que preguntarse si lo que creen mejor para ellos es realmente lo mejor para los hijos. No lo sabrán si no tienen la paciencia y el cariño suficiente para escucharles, dejar que se expresen y hablen libremente. El adolescente, aunque no lo parezca, sabe muy bien lo que quiere. Sabe distinguir las diferentes propuestas que le vienen del exterior. Para descubrir la música interior del joven hay que estar muy atentos, escuchar sin prisa, con dulzura. Sólo así él abrirá su corazón. Si no es así, nunca lo hará.

Los adolescentes saben mirar a los ojos de los adultos y descubrir cuál es la intención de los padres. Están entrando en un mundo desconocido y es normal que a veces se vuelvan introvertidos, por eso hemos de ser extremadamente delicados en esta etapa. Los padres se la juegan. De cómo aborden la situación dependerá el futuro de la propia relación familiar. Una excesiva exigencia que doblegue la voluntad del joven puede provocar una grave ruptura, y de esto puede derivar una búsqueda de paraísos falsos, que le lleven a experiencias límite para salir del sufrimiento: droga, alcohol, sexo, velocidad…, buscando una pseudo-felicidad que lo esclavizará y lo hará dependiente de narcóticos, pornografía u otras cosas. La adolescencia es una etapa muy crítica. Si no se les sabe acompañar, es peligroso.

Dejad que sea yo


No hay que tener miedo a dejarles que sean ellos. Si en su entorno, en su familia, se crea un clima amable, respetuoso y dialogante, amoroso, siempre atento para descubrir qué motiva al otro, de acogida y de comprensión frente a sus fallos, el joven tendrá la total certeza de que los padres lo quieren, lo respetan y, sobre todo, lo ayudan, por muy lejos que esté de lo que ellos quieren.

Una buena señal será la alegría, la serenidad y la responsabilidad del joven. Si es así, nada hay que temer, aunque sueñe ir a la Luna. El resto lo harán la vida, su madurez, los amigos y unos buenos referentes. No tengamos miedo a la libertad de nuestros jóvenes. Se merecen nuestra confianza. Nosotros hemos de ser plataforma de lanzamiento hacia su adultez, una conquista del mundo que empieza por descubrirse a sí mismos y termina en dar a la sociedad lo mejor de ellos mismos.

Vale la pena la apuesta. El futuro está en sus manos. Hagamos que se sientan profundamente amados, esta será la clave del éxito.

domingo, 23 de febrero de 2020

El fundamento sólido del amor


La inmensa mayoría de las personas anhelan, en lo más hondo de su corazón, un amor pleno y gozoso. Desean experimentar con la persona amada la certeza de un amor para siempre, viviendo juntos y apasionadamente cada día, saboreando las delicias de una entrega sin límites y sintiendo que alcanzan una experiencia auténtica y sublime. Un amor así es un camino de descubrimiento de los tesoros que albergan las profundidades del corazón y, a la vez, un vuelo por las inmensidades del alma. Los susurros, las miradas, los abrazos y los sueños van tejiendo el tapiz de una realidad que va más allá de las palabras.

Pero a veces, y sin saber por qué, en poco tiempo todo queda volatilizado. De haber tocado el cielo, la persona se precipita hacia el abismo y cae en una profunda tristeza. El néctar jugoso del amor se disipa. Las olas del corazón se agitan; las miradas pierden brillo, los abrazos se truncan y el desaliento se apodera de la persona. La luz de su alma se apaga y un sentimiento de soledad invade su vida. Se siente perdida, abandonada, traicionada, abatida. Le falta el aire. Había llegado a cotas muy altas y hermosas, y ahora todo se derrumba. La traición es un puñal que llaga los corazones.

¿Por qué se rompe una relación?


Me pregunto cómo puede romperse algo tan sublime. ¿Cómo es posible que todo desaparezca? ¿Era tan real? ¿Y si las emociones, mal canalizadas, han llevado a la persona a sentir algo que sólo era fruto de sus deseos? ¿Hubo algo auténtico? ¿Fue todo un juego de la química cerebral? Esos sentimientos huracanados, esas emociones desbordadas, ¿pudieron anular la razón, la objetividad, la reflexión? ¿Supo hacer silencio para valorar si aquello respondía a la realidad, o no era más que una respuesta a lo que deseaba su corazón? ¿Y si se hizo una idea errónea del otro, porque tenía miedo a la soledad, al vacío, a la indiferencia y a la falta de afecto? ¿Y si no fue más que una película, producida por una serie de factores que se sumaron? ¿Hubo la suficiente lucidez para situar las cosas en su justa medida?

O tal vez sí, todo empezó como una hermosa realidad, pero les dio miedo la entrega total y definitiva. O simplemente se dejaron llevar por los condicionamientos y los comentarios, que generaron inseguridad y desconfianza. Para las personas demasiado influenciables pesa mucho la opinión de los demás. O quizás descubrieron demasiado tarde su incapacidad de amar y darlo todo.

Lo cierto es que muchas veces, un día soleado se convierte en un terrible temporal que deja diezmada la esperanza y llena de desconsuelo a la persona. La oscuridad se ha comido la luz.

Dolorosa lección


Como toda experiencia humana, también esta puede ser digerida y se puede aprender de ella una dolorosa lección. Cuántas personas se lanzan a una relación que no ha madurado lo suficiente. No han valorado si realmente era lo que deseaban. Da mucho reparo racionalizar las relaciones y descubrir si aquella persona es la que te conviene. Un fuerte apego emocional puede llegar a ser la causa de que todo se precipite. Hay que amar con el corazón, pero también con la cabeza.

El ser humano lleva una brújula interior que lo orienta hacia su plena felicidad. Pero puede haber falsas indicaciones que lo lleven hacia otro lado, hacia un abismo o hacia un falso paraíso, lleno de buenas sensaciones pero que sólo sean eso. De ahí la necesidad de asegurarse que la brújula funcione, para no perderse en señales engañosas. Será necesario que ante ciertas seudo-realidades afinemos bien, y para esto hay que dejar que la mente y el corazón hablen, sin miedo.

La persona tiene una última intuición, un olfato para saber leer entre líneas lo que siente, vive y cree. Es un sexto sentido que te ayuda a descubrir ya no sólo lo que deseas, sino lo que es mejor para ti.

Cuando veas de verdad, después de someter a un profundo raciocinio lo que realmente anhelas, desecharás sensaciones que respondían a tus necesidades, pero no a la realidad, y, por el contrario, después de haber depurado el corazón y la mente, te reafirmarás.

La base es la amistad


Toda relación que se inicia necesita tiempo. Una vez has renunciado a la posesión, al control y a las maniobras sutiles para someter al otro, ganarás en paz y serenidad. El amor nunca puede coartar la libertad del otro, el derecho a su espacio es fundamental.

Tampoco se puede basar el amor solamente en el flechazo emocional, que puede hacer perder la cabeza. El equilibrio, la armonía y el respeto mutuo son aspectos muy importantes para que las relaciones maduren.

Pero lo que vertebra de manera sólida el amor es una gran amistad. Una relación basada en la mera respuesta química es garantía de un fracaso. Un profundo compañerismo, una amistad y un aprecio sinceros, son los fundamentos del amor auténtico, que puede llevar a un compromiso definitivo para iniciar un noviazgo y caminar hacia un futuro matrimonio. Después de recorrer el itinerario que lleva a culminar ese deseo tan genuino, que es compartir la vida con alguien a quien quieres de verdad, depuradas y sanadas las intenciones y las actitudes, estarás preparado para vivir lo que todos anhelan en lo más hondo de su corazón: la gran aventura del amor.

sábado, 15 de febrero de 2020

Orden en el caos

Muchas veces me pregunto por el origen del conflicto en la convivencia entre personas. Es verdad que en las relaciones humanas no es difícil mantener un equilibrio estable, pues son muchos los factores que intervienen en la armonía. Factores psicológicos, culturales, familiares y la propia concepción de la vida que tenga la persona, todo esto marca la relación. El no conocerse lo suficiente a uno mismo también puede dificultar el iniciar un proyecto junto a otra persona.

Pero hay una razón lo suficientemente seria que provoca inestabilidad en la convivencia, y es el desorden. La dejadez, la falta de responsabilidad, el no saber estar donde hay que estar, todo esto genera conflicto y problemas.

Necesitamos orden y belleza


Al ser humano, por naturaleza, le gusta lo hermoso, el color, el buen perfume, la elegancia. Hay un instinto innato que lo inclina hacia la belleza porque le gusta sentirse bien, en los lugares que frecuenta y con las personas con quienes está. El orden y la belleza del entorno físico, así como la higiene y la decoración, son fundamentales para crear un buen clima en el hogar, en el trabajo o allí donde se esté. La luz, el aroma adecuado, la ropa idónea, el orden, todo invita al bienestar y deja su huella en la psique. Un lugar donde todo esté en su sitio invita a la serenidad y favorece la paz interior.

Todos entendemos la necesidad de la higiene de nuestro cuerpo. Una piel aseada y un olor agradable facilitan la comunicación interpersonal, pues el mal olor puede producir rechazo instintivo. El saber vestirnos con ropa limpia y cómoda, elegante, apropiada a cada ocasión, es un signo de respeto, hacia uno mismo y hacia los demás. A este nivel, nos queda muy claro que el orden y la belleza son importantes.

Pero ¿y si pasamos a otro plano, del personal al lugar físico donde transcurre nuestra vida? Las paredes que nos cobijan son como una segunda piel. El hogar es un espacio fundamental, nuestro segundo cuerpo, que también requiere higiene, orden y buen perfume. Todas las cosas en su sitio y un sitio para cada cosa nos ayudan, no sólo a sentirnos bien en ese espacio, sino a favorecer una convivencia más armoniosa.

Nuestra casa, nuestros espacios vitales, son un reflejo de nuestra forma de vivir y hacer. Una casa desordenada y sucia puede estar revelando una mente confusa, profusa y dispersa. Estoy hablando de otro nivel de desorden, que es el emocional y espiritual.

Caos espiritual


Estar confundido puede significar inseguridad, duda, no tener las cosas claras, incapacidad para decidir. Instalarse en la confusión es preludio de un caos interior, que nos incapacita para tomar decisiones lúcidas. Todo nos da igual y no importa que las cosas se estropeen y no se reparen. Nos vamos arrastrando a merced de las circunstancias y las relaciones, como las cosas, se van perdiendo y deteriorando.

La profusión es el exceso, querer abarcarlo todo, hacer mil cosas a la vez, estar metido en mil asuntos sin plantearse si todo lo que hacemos tiene sentido y vale la pena. Saltamos de un sitio a otro y nos embarcamos en muchos quehaceres; al final, todo sale mal. Hemos gastado una enorme energía para girar sin una brújula que nos oriente en la dirección correcta. La bulimia del saber y el afán de hacer por hacer llega a intoxicar nuestra mente y nos lanza al caos.

¿Y la difusión? Es la dispersión, que nos distrae y, por no tener claro lo más importante, nos puede llevar a una permanente bruma, sin que sepamos lo que tenemos que hacer. Los accesorios móviles y las telecomunicaciones nos están sumergiendo en un estado de continua dispersión, distrayéndonos con mil cosas atractivas, pero poco trascendentes, que nos desvían de nuestras auténticas metas y propósitos.

El antídoto


¿Cuál sería el antídoto al caos vital? ¿Cómo salir de esa penumbra que todo lo desajusta? ¿Cuáles serían las claves para hacer de nuestra vida un cielo?

Lo que vale para el cuidado personal o de la casa podemos aplicarlo a nuestra mente. Lo que pensamos y sentimos es lo que hay en nuestra casa interior, el alma. Si no hay orden y equilibrio en nuestra mente, viviremos una catarata de confusión. Armonizar los sentimientos, los pensamientos y el espíritu es tan importante como armonizar nuestra proyección hacia fuera, hacia los demás. Esto actuará como una potente vacuna contra la dispersión, el vacío y la desorientación. Para esto necesitaremos la suficiente distancia entre nosotros y la realidad, es decir, momentos de soledad y silencio donde poder discernir dónde estamos en cada momento, a nivel personal, familiar y social.

Necesitamos hacer un parón diario para auditarnos y poner orden, para establecer unas metas de mejora continua en nuestras vidas. Agendar y programar las tareas es fundamental para no caer en el caos. En el mundo empresarial se habla de la ISO, una norma de calidad que ayuda a mejorar los procesos de gestión, planificación, estrategia, marketing y recursos de la empresa. Después de un profundo análisis de la realidad, se puede evaluar y tomar las decisiones correctas. Si esto es importante para mejorar la productividad empresarial, ¿no es más importante aún para mejorar nuestra vida, nuestra capacidad de crecimiento personal y nuestras relaciones?

Para llevar una vida sana, equilibrada y armoniosa, el ser humano debe cuidar lo esencial de su existencia. Cuidar a las personas que viven a nuestro lado, cuidar los espacios y cuidarnos a nosotros mismos nos ayuda a vivir con armonía y plenitud. De lo contrario, el desorden y el caos nos precipitarán hacia el abismo.

Armonizar la existencia


El primer libro de la Biblia, el Génesis, empieza cuando Dios crea los cielos y la tierra. Pero lo primero que hace es poner orden en el caos. Y poco a poco, ve que todo lo creado es bueno, y muy bueno. Finalmente, nos crea a nosotros, los seres humanos, a su imagen y semejanza. Somos la cumbre más bella de la creación, Himalayas de existencia, señores del tiempo y del espacio, custodios de todo lo creado. Pero, al mismo tiempo, somos una creación que balbucea, que debe crecer y llegar a su plenitud, y estamos sometidos a muchas contradicciones internas.

Es necesario distinguir entre nuestra biología (el cuerpo material) y nuestra alma (la realidad espiritual) para armonizar nuestra existencia; así separamos lo oscuro de la luz. Es necesario contener los mares interiores de nuestra psique en el suelo firme de nuestra realidad de cada día. Es necesario discernir para conocer y poder elegir. Cada ser de la creación tiene su lugar: aves, peces, animales y plantas. También en nuestro mundo interior cada cosa debe tener su tiempo y su lugar.

Aprendamos del Creador, que todo lo hizo bello en el cosmos. Él no se precipita y ha puesto cada estrella y cada planeta en su posición, con su movimiento, a su distancia y lugar justo. El universo, tal como es, hace posible la vida. El curso de los planetas favorece nuestra existencia. Aprendamos a poner orden y belleza en nuestra vida, física y espiritual. Del mismo modo, aprendamos nosotros a estar en nuestro sitio, allí donde debemos estar. Hemos de estar en nuestro lugar para que nuestra vida sea plena, gozosa y siga su ritmo hacia el encuentro definitivo con Aquel que nos ha creado. Él todo lo ha soñado para la felicidad de su criatura. Vivir en armonía con los demás, en el medio nos rodea, es el anhelo de todo ser humano.

domingo, 2 de febrero de 2020

Calma tras la tormenta

Hoy el cielo amaneció despejado. El día clarea con más intensidad y el sol, cada vez más alto, brilla sobre los árboles y alcanza los rincones de sombra que hace un mes no quedaban iluminados. Es un día claro, de temperatura suave, que invita a caminar. Salgo de paseo y respiro la fragancia del amanecer. El aire está limpio y me ensancha el corazón. Hace una semana estábamos inmersos en el temporal, sufriendo las consecuencias de los fuertes vientos. Después del oleaje y el vendaval, que causaron tantos daños y destrozos, aún puedo ver en los parques árboles arrancados de raíz y otros inclinados sobre la tierra. En la playa las arenas, empujadas por las olas, llegaron a cubrir el asfalto de las calles, dejando un panorama de devastación. El mar enfurecido se lleva por delante todo cuanto encuentra; las máquinas excavadoras trabajan despejando de arena el paseo marítimo, y todavía se ven restos de maderas y despojos arrastrados por la tormenta.

Pero hoy el día es bello y apacible, y el aire tibio invita a pasear. El mar está calmado, y la línea del horizonte es de un limpio azul celeste. La gente toma el sol y los niños juegan entre las dunas de arena amontonada, que han formado un paisaje singular en la playa. El contraste me hace pensar que en la vida todo se regenera, que nada está perdido y que siempre hay un mañana para volver a empezar. La luz disipa las sombras, el llanto se vuelve alegría, un huracán da paso a una mañana clara y después del invierno llega la primavera. Todo cambia, todo se recicla, todo vuelve. No todo acaba en la desesperación ni en la agonía. Detrás de un cielo lleno de nubes siempre hay un sol a punto de aparecer e iluminar todas las oscuridades. Aunque sintamos que estamos en medio de una tormenta, soportando lluvias torrenciales; aunque pasemos momentos de desespero y angustia, siempre hay una luz, una esperanza. Aprendamos a vivir en los límites de nuestro esfuerzo frente a los peligros. Siempre ocurre algo inesperado que hará que «todo acabe bien». Aunque sintamos que la tierra se abre a nuestros pies, después de una fuerte embestida viene la calma.

La vida sigue abriéndose camino. Aprendamos a tener esperanza. Aunque los daños ocasionados hayan sido muchos, incluso vidas humanas, estar vivo y saber vivir cada día es un reto, una lucha, una tensión entre el esfuerzo y la calma. Vivir es sortear las dificultades, afrontar situaciones inesperadas, abrazar esa doble dimensión, tensión y sosiego, calma y lucha. Esto es, al fin y al cabo, lo que nos hace crecer y madurar, sabiendo dónde está nuestro lugar en medio de este combate que es la vida. Si sabemos abrazar la realidad, iremos descubriendo que podemos vivir este binomio.

La meteorología siempre oscila entre el anticiclón y la borrasca, igual que en nuestra vida. Tanto en la familia, como en la sociedad, los conflictos se suceden: enfrentamientos entre vecinos, grupos, partidos o empresas. Es parte de nuestra psique, cambiante y bipolar. De un estado de tranquilidad saltamos al conflicto. En estos días asistimos a un terremoto político que, en el fondo, es una cuestión de poder. El poder arrastra las personas a las peores turbulencias. Luchas sobre la identidad, sobre el nacionalismo, sobre la legalidad… Todo esto levanta un vendaval que roba la paz a muchas familias, llegando a enfrentarlas. Cuando la persona está manipulada emocionalmente, su psique se hace muy vulnerable. 

Pero, incluso en estos momentos de turbulencias externas, no podemos renunciar a la calma y a la alegría interior que nada ni nadie nos puede quitar. Para ello hemos de vivir de una manera trascendida, que nos ayude a dar valor a las cosas en su justa medida. Veremos que las borrascas se suceden, pero lo importante es saber cómo actuar en cada momento. Nunca olvidemos que, aunque no veamos salir el sol por el horizonte, siempre está, detrás de las nubes. Si no es hoy, mañana habrá un amanecer en que lo veremos surgir con fuerza. Por muy tremendos que sean nuestros diluvios internos, agarrémonos a la barca de la vida. Aunque haya días de tinieblas, que la luz brille siempre en tu mente y en tu alma. 

domingo, 26 de enero de 2020

Resistiendo el vendaval


Días atrás se anunciaba en los medios de comunicación una terrible borrasca que azotaría toda la Península. Vientos huracanados, lluvias persistentes, hielos y nieve a poca cota de altura; carreteras cortadas, colegios cerrados, cortes de luz y pueblos aislados. En Teruel, la nevada ha cubierto toda la ciudad, así como en Zaragoza, y en algunos lugares los ríos se han desbordado. Este es el paisaje sombrío de estos días, sin contar los destrozos causados por la tormenta. Los daños han sido cuantiosos, pero quizás el más cruel ha sido la pérdida de vidas humanas.

Un panorama triste se cierne sobre la geografía española. También Barcelona ha sufrido la embestida de un vendaval que ha arreciado sobre la ciudad. En nuestro entrañable y sencillo patio, se han dejado sentir las consecuencias del temporal inclemente. El viento ha arrancado de cuajo un olivo joven, plantado hace ocho años. En poco tiempo había crecido mucho, más de cuatro metros, pero los fuertes vientos arremolinados han podido con este tierno árbol, que empezaba a dar bellas ramas y sombra. La lucha sin cuartel contra el huracán ha segado su vida. Esta tarde, al salir al patio, me lo he encontrado tumbado en el suelo.

Me ha dado pena verlo abatido, arrancado de sus raíces. En cambio, la morera ha resistido con toda su fuerza al viento que arrecia sin piedad, como si se tratara de una lucha a vida o muerte. Los fuertes golpes que han flagelado sus ramas no la han hecho desfallecer. Es impresionante ver cómo aguanta la lucha, sola como un gladiador en un anfiteatro romano, ante el viento agresivo que sacude sus ramas, balanceándolas a un lado y a otro como latigazos. El huracán no le da respiro, pero ella hace acopio de fuerzas y resiste ante el brutal enemigo, defendiéndose hora tras hora. Su tronco recio da fuerza a sus ramas, y será el preludio de su victoria. Fiel a su lugar, enraizada en este hermoso patio, la morera se muestra invencible. Cuando la toco, me parece sentir su respiración, muy interna, latente bajo la corteza áspera y fría. Pero, por dentro, la savia sigue viva.

Este invierno la morera ha tenido que librar otra batalla. Pero ahí sigue, valiente, firme, sin doblegarse. Sabe muy bien que forma parte, no sólo de un lugar, sino de una historia muy larga, la historia de esta parroquia, cuyo patio embellece.

Volverá la primavera y llegará el verano. Entonces se mecerá en la suave brisa y nos regalará momentos apacibles bajo su sombra.

En la vida hay momentos de calma, de paz y de alegría. Vivimos acontecimientos que ensanchan nuestro corazón y nos deleitamos con experiencias hermosas que nos llenan de plenitud. A veces sentimos que volamos, crecemos y saboreamos las mieles de la vida: amor, amistades, propósito vital… En esos momentos sentimos un enorme gozo, las expectativas se cumplen y sentimos que vamos conquistando la cima. Pero ¿estamos preparados para afrontar reveses y situaciones difíciles? Hay veces en que, no sabemos por qué, todo se tuerce. ¿Estamos preparados para gestionar las grandes borrascas de nuestra vida? ¿Estamos preparados para resistir y combatir los oleajes que se levantan ante nosotros, dejándonos exhaustos? Enfermedades, dolores del alma, soledad, la traición de un amigo, la ruptura con el cónyuge, un trato injusto en la familia o en el trabajo, la pérdida de un empleo o de recursos materiales, una fuerte herida emocional, causada por alguien cercano, la pérdida de un ser querido, un accidente inesperado que ha diezmado tu vida… Esos vientos huracanados nos llevan al límite y nos hacen sentir que estamos en medio de una ola a punto de devorarnos. Cuando ocurre todo esto, se produce algo extraordinario. La vida te pone a prueba para que demuestres la capacidad increíble de respuesta que hay en ti y puedas superar cualquier tipo de embestida.

Mirando a la morera, en su combate tenaz contra el viento, me quedaba atónito. En medio de grandes sacudidas, permanecía fuerte y erguida. El aire doblaba sus ramas, a punto de romperse, pero inexplicablemente, aguantaban. ¿Qué le permitió vencer estas ráfagas de viento que soplaban con todas sus fuerzas, saliendo airosa de la dura batalla?

Resistencia


Observo su aspecto y veo que en ella hay una fuerte resistencia. En el hombre, diríamos que un corazón potente y unos músculos tonificados le hacen capaz de aguantar hasta el límite el dolor de tantos golpes. En la vida, si queremos vivir con pasión, hemos de fortalecer nuestro espíritu y sólo podremos hacerlo si aprendemos a gestionar dudas, incertidumbre y situaciones inesperadas. Cuando somos capaces de asumir estas dimensiones del ser humano y entendemos que estamos concebidos para vivir esta doble realidad, de gozo y sufrimiento, podremos integrar todos los contratiempos. Cuando vayamos madurando, humana y espiritualmente, es cuando nos estaremos preparando para cualquier circunstancia.

La morera me enseña que, si una persona está firme, con toda su experiencia humana acumulada y con certezas sobre las que creer y hacer, estará preparada para conseguir cualquier meta que se proponga. Será capaz de resistir las inclemencias de afuera y de adentro. Resistir es creer en aquello que eres y en lo que estás haciendo.

Flexibilidad


También observaba en la morera la elasticidad de sus ramas, que se doblaban sin romperse. Qué importante es tener agilidad mental y empatía en las relaciones humanas. La dureza puede romper o abortar proyectos y relaciones. Una falta de visión de conjunto puede provocar daños innecesarios. Ser flexible ante los demás y tener la mente abierta permite sobrevivir en los momentos difíciles. Saber cabalgar sobre el lomo de los vientos que arrecian, aunque te hagas algún rasguño, hará que no te rompas por dentro. Hay que tener la agilidad de sortear el huracán.

Raíces


La tercera cosa que observé son las raíces profundas de la morera. Es un árbol resistente y flexible porque saca un vigor inagotable de sus raíces. La hondura del terreno y la profundidad de la raíz le permitieron resistir, sin que en ningún momento hubiera el menor temblor en su tronco. Con una base sólida, agarrada con todas sus fuerzas, se mantenía como si nada hubiera pasado. La furia del viento era letal, pero sus raíces le bastaban para que todas sus ramas aguantasen lo insoportable.

¿Cuáles son las raíces de la persona? ¿En qué terreno se hunden? Si están bien clavadas en su corazón, permanecerá de pie, pese a la riada de problemas que pueda azotar su vida. Sobre todo, la certeza de que vives por alguien y para alguien. La fuerza del amor es la raíz más gruesa que te hace conectar con la vida, con el suelo de tu existencia, con la realidad de lo que eres y lo que quieres llegar a ser. Tus raíces son tus valores, lo que crees y amas, tu visión de la vida, tus metas, tus sueños. Y, para mí, una visión trascendente de la vida. Son mis convicciones más profundas, mi realidad, mi pasado, mi familia, todos aquellos tesoros que me han hecho ser lo que soy y hacer lo que hago. Una persona con recios principios soportará los vaivenes de la vida, y no sólo eso, sino que de todo sacará una gran lección que todavía le hará vivir con más intensidad, incluso en los momentos de fuertes tormentas. Si estás enraizado en lo que eres y vives, y sobre todo en lo que crees y en lo que piensas, saldrás victorioso de todos los combates. Si, además de creer en ti mismo, crees en una fuerza amorosa que sostiene tu vida, hasta en los peores momentos de tu noche interior, nada malo te abatirá. Si la fuerza de lo humano y lo divino se une, si Dios está en tus raíces más profundas, nada te tumbará.

domingo, 19 de enero de 2020

La pólvora de los correveidiles

Una de las lacras que más enfrentamientos produce entre las personas son los correveidiles. Han existido siempre, desde las comunidades más pequeñas hasta los grandes imperios, como el romano, donde había profesionales pagados cuya misión era difundir bulos, medias verdades y calumnias a fin de desacreditar al adversario político de una u otra familia. El rumor se utilizaba como arma letal para destruir a un enemigo en las arenas políticas. Sus víctimas podían ser personajes públicos, pero también empresarios acaudalados o líderes religiosos. Hoy, esta actitud malévola sigue siendo una realidad, y su objetivo es el mismo: destruir al otro.

Esta perniciosa actitud fomenta los celos, el miedo, las inseguridades, la envidia y la competitividad.
¿Qué hay detrás de esta actitud? Creo que nos encontramos ante un grave conflicto interior. A menudo, la causa es no soportar que otra persona sea mejor que nosotros —o nos parezca mejor—, y pueda hacernos sombra. Esto nos lleva a convertirla en enemigo, y al enemigo hay que destruirlo como sea, llevándolo a situaciones límite. No son necesarias las armas de fuego, basta poner en marcha todo un mecanismo mental y psicológico que lo irá hundiendo.

El atacante utilizará todas sus armas, situándose siempre entre la verdad y la mentira, aunque no le importe la verdad como concepto ético. Lo que persigue no es esclarecer los hechos, sino poner en cuestión la credibilidad del otro. Intentará meterse en su pasado, en sus vínculos familiares, en cualquier hecho que pueda motivar una crítica o distorsionar la realidad. Confundirá, generará dudas, opiniones negativas y toda clase de sospechas. El fin es matarlo socialmente, manchando su fama y su dignidad ante los demás. Quien promueve un rumor contra otra persona se convierte en un homicida psicológico, que usa sus armas más letales: una lengua malévola, un corazón lleno de odio y una mente retorcida. Si a esto le acompañamos una personalidad enfermiza, el conflicto está servido.

Estas personas sacarán de los demás todo tipo de confidencias para utilizarlas en contra de su enemigo. Lo triste es que esto funciona bajo una capa de aparente amabilidad. Harán correr el rumor de manera viral, incluso utilizando las redes sociales. Es increíble cómo la gente entra en este juego. Se pone en marcha un mecanismo tan atrayente que se olvidan los límites éticos y el respeto a la dignidad de la víctima. Un porcentaje altísimo de la sociedad vive inmerso en los correveidiles: medios de comunicación, redes sociales, familias, empresas y hasta comunidades religiosas.

Ante esta lacra social tan extendida, ¿qué podemos hacer? He aquí algunos consejos.
  • Nunca hablar mal de nadie a otros.
  • Nunca prestar oído a quien hable mal de un tercero.
  • No utilizar a terceras personas como torpedos para impactar contra la persona criticada.
  • Si puedes, aunque suponga un riesgo, manifiesta tu desaprobación ante las críticas, conservando una actitud prudente y a la vez firme ante cualquier intento de manipulación para implicarte en la maniobra.
  • Si se reitera esta actitud, aléjate de los criticones, aunque esto suponga que inicien un ataque contra ti por la espalda.

No podemos tolerar que la sociedad se convierta en un gran rebaño de animales carroñeros, que viven de la basura y la podredumbre que se acumula en los corazones. El rumoreo se vuelve adictivo y destruye las relaciones humanas, llevando a una sociedad enferma que vive y disfruta con el sufrimiento ajeno.

Esto lo vemos en los enfrentamientos familiares, en los círculos de amigos y en todo tipo de grupos. En las redes sociales circula metralla viral, y la pólvora del odio se esparce con los efectos de una bomba atómica. Todos los odios juntos tienen el mismo impacto: quitar vida, dignidad, libertad, buena fama y alegría. Es alarmante el grado de degeneración al que se está llegando.

En el lenguaje periodístico se habla de las noticias falsas o fake news. Estas noticias inventadas, que son mentiras o verdades distorsionadas, se difunden como arma ideológica para generar opinión, atacar y confundir.

Es necesario hacer un ejercicio de profunda honestidad con uno mismo y afrontar las propias contradicciones. Esto puede sanar tu corazón y ayudarnos a reenfocar tu vida. Sólo así conseguirás la paz que tanto deseas, en el fondo de tu ser. Una paz contigo mismo, abrazando lo que eres, no lo que no eres; aceptando al otro tal como es, y no como quieres que sea; aceptando el mundo como es, y no el mundo ideal que imaginas. Así, de esta manera, no te inquietarás por nada, vivirás y te sumergirás en la realidad. Se disipará la tendencia frívola a convertirte en un propagador de críticas y comentarios que no llevan a nada, sino a ir perdiendo el sentido más hondo de tu existencia. La vida es demasiado hermosa como para vivir instalados en la mentira y en los rumores patológicos, que huelen a azufre y nos envuelven en un ambiente oscuro que lentamente nos va perdiendo. Cuando uno necesita de ese ambiente perturbador se está enganchando a una terrible energía. El mal hace estragos en su corazón y lo aleja de la bondad. Su actitud diabólica lo arrastra a un abismo. Recuerdo las palabras contundentes de un sacerdote amigo: «Nunca hables mal de nadie, a nadie, jamás de los jamases. Si no quieres que se divulgue algo, no lo digas, ni siquiera lo pienses. Seguro que de esta manera evitarás rumores.»

Yo añado: «y no caerás en las redes de los pirómanos que disfrutan lanzando pólvora y enturbiando con sus correveidiles la vida de tantas buenas personas».

domingo, 5 de enero de 2020

Adictos al control


Muchas veces me planteo por qué las relaciones humanas se agrietan, se debilitan y finalmente se rompen. Las relaciones son buenas y nos hacen crecer como personas. La cuestión es que toda relación tiene sus límites, marcados por el respeto, la prudencia y el equilibrio. Una de las razones más serias que provoca el alejamiento es no guardar la distancia adecuada con aquellos que conviven con nosotros y con quienes nos relacionamos cada día: familia, cónyuge, amigos, compañeros de trabajo, etc. El roce diario, si no se lleva bien, puede llegar a tensionar la convivencia.

Ciertas personas viven constantemente pendientes de lo que hace el otro y quieren saberlo todo, ya no sólo de las personas más inmediatas, sino del vecino del rellano, de la señora que se encuentran en el mercado o de la gente que vive en su bloque o en su barrio. También están pendientes de la vida de los personajes públicos: cantantes, actores, periodistas, contertulios, participantes de programas sensacionalistas o los que aparecen en las revistas del corazón. Se alimentan de historias ajenas, normalmente desde una actitud crítica y a veces despiadada. Se llenan la vida de lo que dicen y hacen los otros, como si no tuvieran vida propia, o no les bastara con la suya. ¿Acaso la tienen vacía? ¿Les faltan metas, propósitos o relaciones gratificantes? Lo cierto es que estas personas van de un lado a otro, cambiando de dirección, son inestables emocionalmente y tienen dificultades para adaptarse a los demás. En el fondo, aunque muestren mucha seguridad, están muy acomplejadas y son inseguras. Tienden a distorsionar la realidad porque se les hace difícil aceptar su propia situación, vacía de sentido, y suelen meterse en líos.

¿Por qué se alejan de la realidad? Quizás no aceptan que otras personas sean más listas, más guapas o se expresen mejor que ellas, que tengan una vida llena e incluso feliz. Les molesta y van acumulando mucha rabia por dentro. El resentimiento bloquea su crecimiento humano y espiritual, y necesitan responder con agresión, aunque sea verbal, ante sus propias contradicciones. Sobre todo, buscan justificarse e imaginan formas de seguir sobreviviendo en su burbuja irreal, alimentadas por un oxígeno artificial que las hace vivir siempre amargadas y atacando a los demás. Flotan entre lo que quieren ser y lo que no son; entre lo que quisieran tener y no tienen. La rabia contenida va marcando su vida hasta hacer de ellas supervivientes emocionales. Y esto las empobrece humana y moralmente.

Es entonces, cuando se produce el descontrol de su vida interior, cuando se obsesionan por controlar a los demás. Si no saben dónde están, qué hacen y qué dicen, se angustian y se disparan, hasta llegar a reacciones violentas que amenazan romper una relación normal. Podríamos hablar de una patología psicológica, que necesita de un abordaje terapéutico que les ayude a hacer una introspección y buscar las causas reales de tales comportamientos.

Últimamente he hecho otras observaciones. Esto no sólo sucede en ambientes cotidianos y sencillos, como parece indicar cierta visión sociológica. También sucede en los estratos académicos, en el mundo empresarial, político y religioso. Detrás del afán de control puede haber un hambre de poder sobre los demás, y esto pasa mucho en las instituciones educativas y de todo tipo, incluidas las religiosas. Ciertas personas creen que tienen derecho a saberlo todo del otro: qué hace, qué piensa, dónde está, con quién está, de qué habla… El ansia de saber puede llegar a interferir con las vidas ajenas e incluso entrometerse en su intimidad, con la excusa de ayudarles. No soportan no saber nada y malinterpretan la prudencia del otro en su comunicación.

Quien controla, o quiere controlar, siempre está imaginando que se le oculta algo, y piensa mal del otro. ¿Dónde está el límite en las relaciones humanas?

Está en la libertad. Si en aras de algo bueno creo que tengo el derecho de pisar un gramo de la libertad del otro, me estoy equivocando. Sólo cuando hay confianza y respeto puede producirse una apertura que facilite una comunicación fluida y que ayude al otro a crecer. Cuando esto se produce, no hará falta preguntar nada: la otra persona, fruto de la libertad y de la confianza, me hará partícipe de todo cuanto vive, porque le saldrá solo. La amistad sincera es un espacio donde fluye una relación interpersonal alegre. Es entonces cuando cada momento, experiencia y diálogo se armoniza. Del control se pasa a la libertad, del miedo y la ansiedad se pasa a la paz y a la serenidad, y de esta a la alegría de compartir con los demás no sólo el tiempo, sino los deseos y sueños. Aprendemos y descubrimos el tesoro que hay en el corazón del otro. El vacío se convierte en luz y todo adquiere sentido. El corazón se llena de vibraciones y se expande ante el amigo.