Como bien saben mis lectores, en verano aprovecho para descansar, rezar, caminar y sumergirme durante unos días en plena naturaleza. Así puedo reconectarme más con Dios y conmigo mismo, y descubrir en la belleza del paisaje la mano de un Creador que nos regala el hábitat más hermoso.
sábado, 21 de agosto de 2021
La vida, un camino ascendente
Como bien saben mis lectores, en verano aprovecho para descansar, rezar, caminar y sumergirme durante unos días en plena naturaleza. Así puedo reconectarme más con Dios y conmigo mismo, y descubrir en la belleza del paisaje la mano de un Creador que nos regala el hábitat más hermoso.
domingo, 15 de agosto de 2021
Amor a la verdad
Dejaré para otro momento la definición de la verdad desde un
punto de vista teológico y bíblico. Hoy quiero incidir en la dimensión
psicológica y moral de la verdad.
La verdad no es subjetiva
La verdad es clara y luminosa: todo lo que se aparta de aquí
puede ser seudo-verdad o post-verdad. No es una opinión ni un relato subjetivo
de los acontecimientos, sino lo que es, lo que sucede realmente. Por ejemplo,
el periodismo no siempre se ajusta a los hechos ni a la realidad objetiva.
Ciertas tendencias ideológicas pueden sesgar el relato, dándole un tinte
subjetivo y una carga intencionada que se desvía de los hechos reales y, por
tanto, de la verdad. Los medios de comunicación, tanto la prensa como la radio
y los digitales, pueden estar manipulando el análisis de la realidad con el fin
de favorecer su línea editorial.
La verdad pide algo más que exponer los hechos. Ser fiel a
la verdad implica mantener una actitud íntegra y honesta, aunque esto
signifique dejar de lado las propias tendencias ideológicas. Cuesta mucho pedir
esta lealtad al periodismo, porque estamos moviéndonos en el campo de la ética.
Pero no puede haber un periodismo realmente profesional si no tiene en cuenta
el marco moral por donde debe transitar. La verdad no es «mi verdad» subjetiva,
ni una opinión personal, ni un posicionamiento en función de lo que me
interesa. La verdad tampoco se compra ni se vende.
La verdad nos compromete
La verdad es tan convincente y rotunda que da miedo, pues
puede hacernos cuestionar las propias creencias y nuestra esencia como persona.
La verdad es una instancia moral, que exige una transparencia a prueba de
bomba. Por eso se teme a la verdad, porque nos desnuda, dejándonos tal como
somos. Es como un láser que ilumina la conciencia, escaneándonos por todos los
poros. Y es tan fuerte que uno sabe, perfectamente, cuándo la ama o cuándo la
está rechazando.
La verdad es una brújula que indica el camino a seguir.
Todos estamos llamados a abrazar la verdad. Sin ella estamos perdidos y podemos
llegar a desintegrarnos en el vacío, en el nihilismo, en la nada.
La verdad ilumina las prioridades en la vida, sean obras,
imagen, poder, dinero.
La verdad pisoteada
¿Quiénes pueden prostituir la verdad? Justamente, aquellos
que tienen responsabilidades públicas y comunitarias. Por eso los que tienen
mayores responsabilidades han de ser ejemplo y referentes para los otros.
La verdad, más que nunca, está siendo pisoteada en el ámbito
social, político e incluso religioso. Los padres, los educadores, los políticos
y las personas dedicadas a ayudar a los demás tienen que basarse en la verdad a
la hora de ejercer sus tareas. Toda institución de carácter laico o religioso
tiene que levantar la verdad como bandera; si no es así, creará una tremenda
confusión en la sociedad.
La verdad, incómoda
Hace tiempo leí un estudio psicológico sobre la capacidad de
mentir en los ciudadanos. El escrito señalaba que prácticamente el 100 % de las
personas mienten alguna vez, pero el 70 % lo hacen muy a menudo y el 40 % lo
han integrado como parte de su vida. Sólo el 20 % mostraba problemas de
conciencia; el 10 % se arrepentían, pero volvían a mentir; y sólo un puñado de
personas tenían muy claros los límites entre la verdad y la mentira.
El mensaje dramático de este documento es que muchos han convertido
la mentira en un modus vivendi, ya
sea para sobrevivir o para ascender. Me quedé preocupado al leerlo, pues es una
clara muestra de que estamos matando la verdad, porque nos molesta o nos
incomoda, porque va directa como una flecha a la diana de nuestro corazón.
La verdad, por más que nos digan que es relativa, no lo es.
Es absoluta, y nadie la puede poseer: se impone más allá de los discursos
interesados. Penetra la esencia del ser y no se puede rechazar. Es como el sol,
por mucho que se quiera tapar o arrojar sombras con las seudo-verdades, nadie
podrá vencerlo: tiene tanta fuerza y luz que es indestructible. Está ahí, como
el aire que se respira.
Verdad y libertad
La búsqueda de la verdad forma parte de la identidad humana,
por eso la vida gira en torno a este gran valor.
La búsqueda de la verdad es tan potente que, en muchos
casos, los que perseveran en ella son señalados y criticados, como se ha dado
en el cristianismo y en otros grupos de librepensadores, filósofos, periodistas
y autores que han sido arrojados al ostracismo mediático.
¿Por qué? Desde muchas
instancias quieren matar la verdad porque va ligada a la libertad. Jesús lo
dijo: La verdad os hará libres. Tanto la verdad como la libertad inquietan al
poder, son antídotos que pueden neutralizar su carga letal. Es propio de la
esencia maligna del poder destruir la verdad, sometiendo a las personas y
haciéndolas vasallas y esclavas, cortando de cuajo su capacidad de razonar por
sí mismas y alienándolas. La verdad es una bomba que puede destruir toda
estructura de poder. Por eso la temen tanto, porque saben que puede demoler los
fundamentos de las ideologías que lo sustentan.
Si se mata la verdad, la libertad y el amor, se está matando
el valor sagrado de la vida, porque es una tendencia innata en el ser humano
abrazar la verdad, y sólo desde ella se puede ser libre y amar.
Sólo la verdad puede regenerar el alma humana. Serás libre,
la libertad te llevará al amor, y este te hará invencible. Nada ni nadie podrá
contigo, aunque quieran silenciar la verdad, aunque te excluyan, te descarten e
incluso te maten civil o físicamente. El poder pondrá en marcha su maquinaria
para destruir la verdad con toda su fuerza y recursos, económicos y mediáticos.
Pero la verdad nunca será vencida, aunque la quieran acallar o esconder. Sus
rayos luminosos se proyectan en el corazón de cada hombre que la busca con
sinceridad.
martes, 10 de agosto de 2021
La bondad y la alegría se abrazan
Este periodo supuso para mí un gran crecimiento humano y
espiritual, ya que tenía un reto acuciante: consolidar un nuevo proyecto. En
esa etapa pude ampliar mi formación con una intensa experiencia pastoral. Di
todo lo que pude, pero también es cierto que recibí mucho más de lo que
esperaba. Sobre todo, de buenos feligreses que pasaron a ser grandes amigos.
Ellos me abrieron no sólo las puertas de su casa, sino las
de su corazón. Me quedé con lo mejor de muchos de ellos y hoy, después de once
años de haber marchado de allí, el vínculo de amistad sigue vivo con muchas
personas que me acompañaron durante mi labor pastoral. Hoy sigue encendida esa
llama de aprecio que siento por tantos amigos de Badalona y de la comunidad de
San Pablo.
En este escrito quiero hablar de dos grandes amigos que
estuvieron muy cerca de mí, mostrando un sincero aprecio y ayudándome en
momentos clave. Se llaman Carmen y Manolo, y son un matrimonio encantador que
desprende bondad.
Alegría sabia
Carmen es alegre, servicial y entregada. De carácter abierto
y expansivo, muy cariñosa y cercana, es una mujer sencilla y trabajadora,
actualmente abuela de dos nietos; dedica una parte de su tiempo a cuidarlos y
atenderlos. Ella es el pilar de la familia, que sostiene y mantiene unidos a
los suyos con su enorme atención y delicadeza. Si tuviera que subrayar algo de
ella sería su manera de ser, tan jovial, alegre y espontánea. Carmen sabe crear
un buen clima allí donde esté. Lleva en su sangre la vitalidad y un vigor que
la hace vibrar siempre. Es de esas personas que viven la vida con intensidad.
Genera empatía con los demás, sabe comunicarse y es emocionalmente estable.
Vive su día a día con ilusión, disfrutando de todo lo que hace. Sabe «pasarlo
bien», como ella dice.
Otro aspecto que quisiera destacar de ella es su capacidad
organizativa. Lleva su casa con mente clara y práctica, y sabe gestionar su
economía y sus tareas domésticas con eficiencia. El orden para ella es
fundamental. Esa inteligencia innata le sirve para intuir las situaciones y
aconsejar a los suyos con lucidez, aunque siempre desde la humildad y el
respeto, sin interferir más allá de lo que le toca. En todo aquello que pueda
afectar a la estabilidad de la familia, sabe percibir con claridad y dar a
diana, planteando las cuestiones que puedan mejorar la calidad de las
relaciones familiares. Es generosa con todos, pero sabe estar en su sitio, y
eso no siempre es fácil. Carmen consigue equilibrar perfectamente el amor por
su esposo, por su hijo, su nuera y los nietos. Es un ejemplo de madre y esposa
a imitar.
En la parroquia, su cercanía dio vida y alegría a mi trabajo
pastoral. Ha sido un regalo haberla conocido, porque desprende color y luz allí
donde está. Sabe convertir la vida en una fiesta, pese a las dificultades.
Nunca la he visto rendida ni abatida. Ha apostado por vivir intensamente.
Bondad servicial
Manolo, su marido, en contraste, es como un lago de aguas
serenas, donde la luz del cielo puede penetrar en profundidad. Es un hombre
discreto y amable, de pocas palabras, pero siempre atento a la hora de
escuchar. Desde su silencio reflexivo, capta todo cuanto sucede a su alrededor.
Es un hombre de principios sólidos, que sabe decir lo justo y conveniente en el
momento adecuado, y también callar cuando quiere evitar interferir. Muy
trabajador, es una persona que sabe estar. También es un pilar sólido de su
familia, siempre disponible para lo que haga falta. Dedica mucho tiempo a la
familia, facilitando el engranaje del funcionamiento de la casa y ocupándose de
sus tareas como abuelo. Su presencia amable hace que cualquier persona se
encuentre bien a su lado.
El valor evangélico de la amistad
Carmen y Manolo llevan 40 años casados. El matrimonio es una
auténtica roca firme, donde se sostiene toda la familia. Pasar con ellos unas
horas es una delicia: la alegría de Carmen y la bondad de Manolo suenan como
una hermosa melodía que llega al alma y la llena de música, deleitando el
corazón. Su compañía es un arroyo fresco que regenera la convivencia. Para mí
es un don haberlos conocido a los dos y siempre agradeceré a Dios esta amistad
que surgió durante mi trabajo en la parroquia de San Pablo.
Jesús daba mucha importancia a los amigos, además de su
misión evangelizadora. Sabía parar, descansar y pasar un tiempo con sus amigos
de confianza, como los tres hermanos de Betania, Marta, María y Lázaro. Jesús
tenía un lugar preferente en el hogar y en el corazón de sus amigos. Creo que
los sacerdotes también hemos de aprender a confiar en las personas que nos
rodean y disfrutar del regalo de la amistad que Dios siempre nos brinda en
nuestro camino.
sábado, 24 de julio de 2021
El Santo Cristo de Balaguer y mi origen vocacional
Estos días de descanso y retiro han sido muy fecundos. Para mí suponen una toma de consciencia de mi identidad sacerdotal, un profundizar en las cuestiones fundamentales de la vida pastoral y, sobre todo, dedicar un tiempo más intenso a aquello que es la fuente de mi vocación y da sentido a mi vida, orientada a dar esperanza.
He tenido la ocasión de pasar unos días para reencontrarme y
tomar fuerza y vigor para seguir adelante en la tarea encomendada. Uno de los
aspectos cruciales en la vida del sacerdote es ahondar en los orígenes de su
vocación. Para mí es una hermosa historia que me ha llevado a estar donde
estoy. «Volved siempre a vuestros orígenes», decía santa Clara a sus monjas.
Les pedía que nunca olvidaran ese momento precioso de enamoramiento de Cristo,
en el que eres capaz de dejarlo todo cuando él te llama a una sorprendente
aventura. ¡Cuánto marcan los principios! Cuánto gozo, con incerteza, porque te
lanzas hacia el vacío y acabas viendo que Dios siempre te sostiene. En esos
momentos sientes un amor sublime que lo trasciende todo: miedo, incertezas,
dudas. Con el tiempo, los temores se disipan y comienzas una trayectoria
interior de madurez espiritual.
Mi historia vocacional pasó por varias etapas. Hoy quiero
detenerme en una de ellas.
Mi vínculo con el Santo Cristo de Balaguer
Tenía 20 años y daba mis primeros pasos en mi camino hacia
el sacerdocio. Era catequista de una pequeña comunidad, el Santuario de Santa
Eulalia de Vilapicina, vinculada a la parroquia madre del barrio, donde vivía
con mi familia. Cada verano se organizaban colonias con los niños de la
catequesis y yo formaba parte del grupo responsable, junto con otros compañeros
jóvenes. En varias ocasiones decidimos ir a la casa de San José del Molino, en
Tartareu, como lugar extraordinario para realizar las colonias. Esta casa era
un antiguo molino de harina, situado en un valle regado por el río Farfaña, en
la comarca de la Noguera, Lleida. Es un lugar poblado de robles y encinas,
entre montes y campos de almendros, olivos y cereal. Un paisaje típicamente
mediterráneo, de clima seco y soleado, con temperaturas extremas: muy calurosas
en verano, aunque por las noches la temperatura desciende hasta la mitad. Este
contraste sorprende; la noche es fresca, pero una vez sale el sol, el valle queda
iluminado y se respira un aire limpio y fragante, que llena de bienestar y paz.
En el trayecto desde Barcelona a la Noguera, antes de llegar
a esta casa, siempre me gustaba pasar por el santuario del Santo Cristo de
Balaguer. Anexo hay un convento de religiosas clarisas que se ocupan del
santuario. Ante el edificio se extiende un gran patio desde donde se puede
divisar todo Balaguer, con el río Segre que divide la ciudad entre el casco
antiguo y la zona nueva, que desborda sus límites hacia la llanura. En la parte
alta, alrededor del santuario, está el Secano, donde viven grupos de familias
muy modestas.
El interior del santuario es amplio y luminoso, muy sencillo
tras las últimas restauraciones. Al fondo está el altar mayor y por encima el
camarín, donde se levanta la figura del Santo Cristo. Muchas personas acuden a
rezar y a venerarlo.
Siempre que visito el santuario me gusta subir hasta el
camarín y pasar un rato tranquilo, rezando. Observo la figura, estilizada y
dramática, con su cabello natural cayendo sobre el rostro contraído de dolor.
Sus rasgos expresan un padecimiento extremo que conmueve al que lo observa. El
hombre Dios colgado en la cruz, golpeado, desfigurado, dolorido, no deja
indiferente a nadie. Mirándolo, pienso cuánto amor expresa este sufrimiento sin
límites, y hasta qué punto se entregó Jesús por rescatar al hombre de su
miseria y devolverle la dignidad de hijo de Dios. Una entrega hasta el
martirio.
Siendo monitor de niños y jóvenes, tenía unas profundas
ansias de seguir a Jesús, hasta el pie de la cruz, si fuera necesario. El Santo
Cristo de Balaguer era para mí un tratado de teología en imagen. No sabía qué
me deparaba el futuro, pero ante aquella cruz, abrazaba su sufrimiento y tenía
muy claro que lo amaba con toda mi alma y estaba dispuesto a lo que fuera.
Aquella cruz era una llamada al realismo vocacional: era consciente de que mi
camino no sería fácil y tendría que hacerlo mío con todas las consecuencias de
mi sí a él.
Allí, delante de una cruz, empezaba mi singladura. Sabía que
el martirio forma parte del guion vocacional; la cruz está ligada al sacerdocio
y la rotundidad de un sí puede llevar a unirte al martirio de Cristo. Después
de casi cuarenta años, puedo decir que ha habido varias cruces por las que he
pasado en mi lucha por mantenerme firme. A veces la incomprensión de tanta
gente es lo que más te hace sufrir. Pero, ante aquel Cristo crucificado, que me
daba aliento y fuerza, sabía que nada me apartaría de su amor. Asumiría todas
las tribulaciones: el mundo es un combate, pero la fuerza te convierte en un
guerrero. Con la confianza de que él te sostiene en esa lucha.
Estos días también he recordado, con emoción, la primera
misa que celebré, hace treinta y cinco años, en el santuario a los pies del
Santo Cristo. Recuerdo que le dije: «Hoy llego a ti como sacerdote, celebrando
en tu altar. Soy uno de los tuyos. Después de doce largos años de formación
intensa, pero necesaria, para consagrarme, tú, desde lo alto del camino, con tu
rostro ladeado, me miras. Mi corazón vibra: estoy preparado para unirme a ti en
la cruz. Y tú te das a mí, tu cuerpo en mis manos, convertido en sacramento,
para que otros te puedan comer».
Fue una misa suave, llena de gratitud. Mis jóvenes manos
sostuvieron a Cristo, y lo elevaron mientras daba las gracias y después lo
depositaba en el sagrario, su casa, el cielo aquí en la tierra. En mi
ordenación sacerdotal me habían dado la llave de esta casa, la nueva arca de la
alianza.
40 años han pasado, y nunca dejo de subir al santuario del
Santo Cristo. Con el peso de tanta responsabilidad pastoral, sigo yendo cada
año a Balaguer para ofrecerle todo mi curso pastoral. Ante él, rezo pidiendo
acierto, lucidez, fidelidad, coraje y paciencia para seguir en la brecha,
trabajando para él. Y también serenidad para afrontar los momentos convulsos.
La gracia de Dios quiso que mi ordenación diaconal fuera un
9 de noviembre, el día de la festividad del Santo Cristo de Balaguer. La
celebré en la parroquia de San Isidoro, de Barcelona, donde entonces ayudaba al
rector en la pastoral de jóvenes. Allí, un año más tarde, me ordené.
También la Providencia quiso que uno de mis formadores, el
sacerdote que originó mi vocación, estuviera vinculado al Santo Cristo de
Balaguer. Allí hizo él su primera comunión, y allí celebró su primera misa.
Siempre tuvo una especial devoción a este santuario. De alguna manera, este
Cristo ha ido marcando nuestro camino, en una sucesión de fechas que no son
casualidad, sino señales luminosas de un guion trazado por Dios en el paso del
tiempo.
Una imagen encontrada
Son muy numerosas las llamadas vírgenes encontradas, y entre
ellas se cuentan algunas devociones célebres, como la de Guadalupe o la de
Montserrat. Quizás no sean tan frecuentes los cristos encontrados, pero este es
el caso del Santo Cristo de Balaguer.
La leyenda cuenta que la imagen fue tallada por Nicodemo,
discípulo de Jesús, y que de manera milagrosa se desplazó por el mar,
remontando las aguas del río Segre hasta llegar a Balaguer, donde la
encontraron los vecinos de la ciudad. La imagen flotaba en el agua y no se dejó
recoger por nadie hasta que llegaron las hermanas clarisas del convento de
Almatá. Cuando la abadesa bajó al río, la imagen del Santo Cristo se dejó
abrazar y la religiosa pudo sacarla del agua. Ante esta señal, las autoridades
y el clero de la ciudad decidieron que el convento era el lugar donde debía
alojarse el Cristo, y así fue. Desde entonces, la imagen ha sido venerada por
muchos, y visitada por viajeros anónimos e ilustres de todos los tiempos. Su
traslado al camarín donde se encuentra fue autorizado y presidido nada menos
que por el rey Felipe IV, en compañía de los notables de la ciudad y del conde
duque de Olivares, tal como recoge un documento conservado en el archivo del
convento.
Se dice también que el Santo Cristo de Balaguer escucha
todas las peticiones, y que ha obrado muchos milagros y curaciones en su
nombre. Sea verdad o leyenda, el gran milagro se está produciendo cada día. La
presencia de Cristo entre nosotros se hace patente en cada eucaristía. Y las
imágenes, como esta del Santo Cristo de Balaguer, nos recuerdan siempre su amor
inmenso por todos nosotros.
domingo, 18 de julio de 2021
Querer es poder
Cuántas veces hemos escuchado esta frase: «si tú quieres, puedes». Expertos en psicología empresarial la utilizan como parte de su discurso, orientado a ensanchar las posibilidades de un trabajador, estimulándolo para que alcance sus objetivos con tenacidad. Estos planteos, venidos de América, han inundado nuestra cultura empresarial. Es tan importante ampliar la formación como dotarse de herramientas con el fin de aumentar la calidad en el trabajo.
No cabe duda que la psicología humanista está permeando toda
nuestra cultura y relaciones humanas. La actitud positiva ante el mundo ayuda
mucho a sacar lo mejor de uno mismo. Diferentes corrientes psicológicas y
filosóficas inciden en este aspecto: descubrir el potencial que tiene dentro el
ser humano, con dinámicas y terapias que ayudan a tomar consciencia de todo el
arsenal que hay en su corazón para crecer y dejar salir la mejor versión de sí
mismo.
Quisiera añadir unos matices para completar este discurso.
Más que la voluntad
Cuando decimos «querer», ¿a qué nos referimos? Querer tiene
que ver con la voluntad, es decir, estar dispuesto a asumir aquello que deseas
para lograrlo. Si decimos que el querer depende de la voluntad, nos referimos a
un valor fundamental de la filosofía escolástica. Voluntad es esfuerzo, tener
claro lo que se quiere, autoexigencia y dominio de sí. Forma parte de un
discurso y de una cosmovisión de la realidad que define los valores propios.
Pero al «querer» hay que añadirle algo más que esfuerzo y voluntad por alcanzar
una meta. Considero crucial introducir este elemento, que tiene que ver con la
consecución. Se podría añadir o reformular la frase: «si amas, puedes». Querer
y amar pueden ser sinónimos, pero en este caso hay una diferencia. Si a la
voluntad y al esfuerzo le ponemos amor; si abrazamos aquello que deseamos con
todas las fuerzas, no cabe duda de que será más fácil conseguirlo. Cuando el
amor entra en juego, nada se nos resiste y la meta se puede hacer realidad.
Poder para qué
Si analizamos la otra parte de la frase, «es poder», es
evidente que se refiere a la consecución de lo que deseas. Se dice que «todo lo
que tú desees, lo puedes conseguir». ¿Es realmente así? ¿No suena a pensamiento
mágico? Ciertas corrientes seudo-psicológicas se sustentan en esta creencia y
muchas personas la siguen, aunque no alcancen sus objetivos y vivan en una
permanente frustración.
Cuando en el «sí, quiero», se introduce un elemento de
poder, hay que estar al tanto, porque no todo lo que se puede hacer es
correcto. Hay unos límites éticos. Quizás habría que hacer una depuración de
intenciones. ¿Qué queremos, en el fondo? ¿Es realmente bueno conseguir lo que
nos estamos proponiendo?
Alcanzar la meta y quedarse ahí es insuficiente. Cuando al
poder se le da una apertura más allá de uno mismo, y en ese logro se construye
algo más que los propios sueños, algo que beneficie a otras personas, entonces
el esfuerzo ha valido realmente la pena. Será entonces cuando el poder que nos
ha hecho alcanzar la meta estimule a otros a ensanchar sus horizontes. Culminar
aquello que uno desea, desde la humildad y el servicio, convierte nuestras
acciones en un poder que se transforma en vocación, en un estilo de vida que
construye vínculos, lazos y proyectos. Podríamos pasar del «querer es poder» a
otra frase: «amar es dar vida». Es decir, cuando amas lo que deseas, generas un
torrente de vida alrededor. Hacer que todos tengan metas, propósitos, esto es
empoderar a las personas para que vibren y abracen con intensidad su existencia
y la de los demás.
Sólo así los sueños dejarán de tener fronteras, porque serán
sueños desde el realismo de lo que eres y lo que no.
No podemos volar, pero sí hacer volar nuestra creatividad.
Aunque sólo podamos caminar o correr, dentro de ese límite hay un universo
infinito, que es nuestra alma. El ser humano tiene la capacidad de viajar más
allá de su propia galaxia personal y darse cuenta del enorme potencial que
tiene, ya no sólo humano, sino espiritual, desconocido para muchos.
La fuerza interior que emana de nuestra alma, es decir, el poder que nos da Dios, nos catapultará hacia esa última meta que todos deseamos en el fondo: llegar a ser uno con Aquel que ha hecho posible nuestra existencia.
domingo, 11 de julio de 2021
Maestra de la sencillez
Sí, así era Juanita, una mujer sabia que supo lidiar con la viudez y con una enfermedad oncológica que le llevó a plantearse toda su vida. Mujer de aspecto sencillo, con ojos muy vivos, tuvo que iniciar una nueva etapa cuando, enferma y desahuciada, se retiró a un pueblecito cerca de Barcelona, en el campo, para pasar sus últimos días. Tenía cuarenta y dos años y le habían dado pocas semanas de vida.
Pero allí, lejos de todos y de todo, en contacto con la
naturaleza, como una ermitaña, empezó su curación. Un día cayó en sus manos un
libro de salud natural. Los tratamientos farmacológicos no le habían servido y
veía su muerte inminente, de manera que no perdía nada si probaba a seguir las
indicaciones de aquel libro. Cambió de dieta, ordenó sus horarios, caminó por
el campo, respiró hondo y comenzó a encontrarse bien, consigo misma y con su
cuerpo. De manera rápida y sorprendente, al cabo de un mes regresó del campo y
volvió a su casa enteramente sana y pletórica de energía. Ya no necesitaba más
una mujer que le hiciera la limpieza, y se incorporó a su trabajo, junto con su
marido, llevando un bar. Cuando volvió a ver a sus médicos fue para despedirse.
No tenía rastro de enfermedad. La paciente que habían dado por perdida estaba
sana.
Su tenacidad y su fuerza de voluntad la llevaron a vencer el
cáncer. El tiempo que pasó en el campo fue crucial para dar un reenfoque a su
vida. Desde entonces, el cuidado de la salud fue primordial para ella. De
enferma pasó a ser una amante de la vida. Las personas que la conocían
comenzaron a preguntarle, y así es como Juanita, sin pretenderlo, se convirtió
en una gran consejera para muchos. Carecía de títulos académicos y formación
médica, pero se instruyó cuanto pudo en aquello que le preocupaba, y el mejor
aval fue su propia vida: Juanita vivía lo que predicaba, y era un ejemplo de
persona sana y equilibrada. Ella insistía en la importancia de armonizar
cuerpo, mente y alma. Aconsejaba desde la sencillez y desde su propia
experiencia a quienes le pedían ayuda. Mantenía sus principios, muy sólidos y
exigentes en su planteo de medicina natural, pero al mismo tiempo era delicada
y atenta con los demás: sabía animar, estimular y acompañar a las personas que
le pedían consejo.
Su deseo de estar bien y ser útil, sin causar molestias a
nadie, fue el motor de su voluntad y lo que le permitió mantener sus hábitos
sanos hasta edad muy avanzada. Se convirtió en una anciana sabia, que supo sacar
de la enfermedad la gran lección de su vida.
Vivía de forma muy sobria, cuidando su alimentación y sus
emociones, y con un propósito vital que había descubierto tras su enfermedad:
ayudar y cuidar a los demás. En su longeva vida contribuyó a mejorar la salud
de muchas personas.
Cuando sufrí mi lesión ocular me ayudó mucho con sus pautas
dietéticas. Yo había sufrido una hemorragia en la retina a causa de la
hipertensión y el colesterol elevado. Ella, con delicada exigencia, me dio una
serie de consejos y recomendaciones y así logramos mejorar sustancialmente mi
patología ocular y, de paso, mi salud en general. Fue asombroso lo que llegué a
mejorar, y hasta mi oftalmólogo, hoy, se sorprende de la evolución que he
tenido.
Juanita se convirtió en mi consejera durante el proceso de
recuperación de mis ojos. Le estaré eternamente agradecido por su dedicación e
interés. Sin dejar las visitas a los facultativos y los tratamientos a los que
me he sometido, su intervención fue el complemento más eficaz a la terapia.
Falleció el 7 de julio a las 12 del mediodía. Tenía 92 años,
le habían dado cinco semanas de vida y sobrevivió cincuenta años más. Cuando su
hijo Jordi me lo comunicó, me entristeció saberlo, pues para mí ha sido una
auténtica perla que se cruzó en mi camino.
...
Juanita cautivaba por su sencillez y discreción. Mujer
menuda y ágil, con su mirada despierta traslucía el tesoro que llevaba en su interior.
Siendo una mujer muy humilde, acumuló gran sabiduría y la supo compartir. Para
mí, era la gran doctora de lo pequeño. Su lenguaje amable ya era terapéutico en
sí. Cuando la conocí no me dejó indiferente. En seguida conectamos, y creció un
profundo aprecio entre nosotros. Tras quedar viuda, vivió sola muchos años;
sabía estar con gente y en soledad. Todo cuanto tuviera relación con la salud
le interesaba. No imponía sus conocimientos a nadie, pero sí los ofrecía,
porque conocía la importancia de cuidarse. Tenía una frase que repetía a
menudo, uno de sus principios: la sangre ha de estar siempre limpia y
oxigenada, porque es la clave de la salud. Daba mucha importancia al sistema
vascular y al buen estado de venas, arterias y capilares, pues por ellos corre
el fluido vital que alimenta todas las células del organismo. Una sangre limpia
de grasas y de toxinas es crucial para la salud. La sangre contaminada genera
mucha inflamación en el cuerpo, produciendo enfermedades crónicas. Y ¿qué
contamina la sangre? Sobre todo, una mala alimentación, causa y origen de
muchos problemas de autoinmunidad y deterioro.
Autodidacta, devoraba libros sobre salud y medicina natural,
y tuvo muchos amigos médicos y terapeutas. Su experiencia vital y su formación
la convirtieron en una referente para muchas personas de su entorno. Tiene en
su haber la recuperación de la salud de unas cuantas. Yo soy testigo y prueba
de esta verdad. En un momento decisivo de mi vida, en que me jugaba la salud de
mis ojos, ella fue clave en mi recuperación.
Otra cosa que solía comentar es que en cada uno de nosotros
hay un médico, y que la curación se tiene que dar en complicidad entre
pacientes y médicos. Si se da esta complicidad, la gente podrá mejorar mucho.
Acoger puede ser más potente que un fármaco o una terapia. La dimensión anímica
juega un papel fundamental, que trasciende lo puramente químico como
tratamiento exclusivo.
Para ella, la buena alimentación, la buena higiene y unas
buenas relaciones sociales eran los pilares de la salud.
Hay un ejército de gente sencilla que sabe mejorar el mundo
y que, aparte de la clase médica con sus avances científicos, puede aportar una
experiencia profundamente sanadora.
Tu salud está en ti, decía ella. Eres el dueño de tu vida.
Lo que tú decidas es fundamental. El médico puede ser un gran aliado, pero la
elección está en tus manos. Tú eliges vivir o morir.
Son frases hermosas que tengo muy presentes. Juanita me
recuerda que una persona coherente y despierta puede hacer más que un médico
apalancado que sólo busca su ganancia.
Vivir es el gran don que tenemos que cuidar, si queremos que
nuestra vida tenga sentido.
Gracias, Juanita, por tus torrentes de sabiduría. Desde la
sencillez de tu corazón, ¡cuánto bien hiciste a tantos!
domingo, 4 de julio de 2021
El valor sagrado de la palabra
No cabe duda de que las palabras forman parte esencial de la comunicación humana. El lenguaje es un salto cuántico en la evolución. Sin esta herramienta, su capacidad de expresión hubiera quedado muy limitada. La capacidad de articular un discurso coherente es propia del Homo sapiens, inherente a nuestra forma concreta de ser. La creación de un discurso abstracto es lo que nos separa del resto de homínidos y nos hace tan singulares.
Un salto evolutivo
El hombre es un ser animal y racional, consciente de su realidad
y que se pregunta, se cuestiona, piensa. Es un hombre filosófico. Un aparato
fonador le permite conectar el área de comunicación del cerebro con el área que
construye pensamientos, y estas con el complejo sistema de cuerdas vocales, que
emiten sonidos y voz. Así nace la arquitectura de la palabra. Sin palabras
nunca hubiéramos podido ir tan lejos en nuestra evolución.
Pero, más allá de su aspecto funcional, la palabra tiene una
relevancia en nuestra vida social, cultural y psicológica. La palabra es
potente y tiene una fuerza arrebatadora: con ella podemos construir o destruir,
podemos enseñar o engañar. De ahí su enorme importancia. Gracias a ella generamos
complicidad y tiramos adelante proyectos. La comunicación es la base de toda
relación humana.
Las palabras de los demás nos estimulan, ensanchando nuestro
horizonte intelectual. Con las palabras podemos educar, dialogar, componer
poesía, filosofar.
El lenguaje es una disciplina que se aplica en diferentes
sectores. Una amplia gama de expertos lo utilizan en su proyección social y
profesional: periodistas, escritores, literatos, filósofos, maestros,
sacerdotes, políticos… Cada uno de estos sectores revela el grado de
importancia de la comunicación y el dominio del lenguaje.
Un arma de doble filo
Pero, valorando este plus del que carecen los animales, hay
que saber que la palabra es un arma de doble filo. Se puede utilizar para
comunicar o informar, pero también para mentir y desinformar. Se puede hacer un
uso frívolo del lenguaje y se puede manipular a las personas a nivel moral y
psicológico. Es entonces cuando algo tan sagrado como la comunicación se puede
convertir en propaganda al servicio de una ideología, apartándose de todo
límite ético y del rigor de la verdad y de los hechos. Hoy podemos afirmar que
el periodismo está totalmente sesgado, se aparta muchas veces de la realidad y
se convierte en correa de transmisión de las ideas de uno u otro partido
político.
Quisiera detenerme en otro aspecto, que es el uso literario
y poético del lenguaje. Muchos lo utilizan para anestesiar la conciencia y
generar emociones y adhesión. Con el lenguaje se construyen realidades que
pueden impactar en el interlocutor. Hay toda una ciencia del lenguaje enfocada
no tanto a comunicar la verdad, sino a desarrollar técnicas psicológicas que
destruyen la capacidad racional del oyente, para conseguir prosélitos de alguna
causa. Con el lenguaje se levantan construcciones etéreas, muy bien elaboradas,
que van narcotizando al que escucha sin darle margen para reaccionar. Se emplea
un lenguaje que apela directamente a las emociones, eligiendo palabras bonitas
y expresiones que tocan el corazón. Pero, detrás de estas palabras bellas se
esconde a menudo un terrible afán de poder y de control, así como el deseo de
labrarse una imagen externa que caiga bien a los demás. La aparente amabilidad
y el discurso buenista son dos instrumentos del lenguaje que generan adhesión
fácilmente, pero ¡cuánto daño hacen cuando se le quita el sentido auténtico a
la palabra para darle una finalidad contraria! Se abusa del receptor, se abusa
del poder, se da una prostitución de la palabra cuando está encaminada a
seducir en vez de ayudar, haciendo caer a los demás ante su encanto
manipulador. Aquí es donde la palabra sufre el peor atentado: vaciarse de su
significado y convertirse en un arma peligrosa que genera admiración y
sumisión.
Como persona a quien le gusta escribir, y por mi vocación,
estoy constantemente utilizando la palabra. Me duele en el alma que se la
manche, se la utilice para engañar y se la pisotee. Emplear la poesía para mentir es como el beso de la traición. Cada vez
que mal utilizamos las palabras las estamos matando; les estamos quitando el
alma. De un corazón malévolo y sucio salen palabras que lo destruyen todo:
la literatura al servicio del mal.
Pero hay personas que son ambiguas, que parecen una cosa y
son otra. Estos son los que utilizan las más bellas palabras, para esconder la
fealdad de su oscuro corazón.
Rescatar la palabra auténtica
Rescatemos el valor sagrado de la palabra para darle el
lugar que le corresponde. Las palabras, o dan vida, o son ruidos vacíos.
Las palabras siempre han de apuntar hacia la verdad, o se
reducirán a sonidos huecos, llenos de mentira.
¿Cómo recuperar las palabras del secuestro de la ambigüedad?
Apelando a la coherencia, cuando coincide lo que se dice y
lo que se hace, sin ningún tipo de fisura, es cuando queda de manifiesto la
autenticidad de un ejemplo de vida llevado hasta las últimas consecuencias.
Sólo de una palabra reflexionada, madurada, que se ha macerado con la nobleza
del corazón, será cuando los hechos serán fruto de unas profundas convicciones
y no habrá ningún tipo de bipolaridad entre las palabras y las acciones. Los
dos aspectos, unidos, harán posible una comunicación sincera y fluida, honrada,
porque ya ha pasado por el filtro ético, que sana las intenciones ocultas.
Preservar siempre la verdad. En clave cristiana, «la verdad
nos hará libres», dice san Juan en su evangelio. La palabra tiene un carácter
divino, ella revela el misterio profundo de Dios, que se nos comunica a través
de las palabras de Jesús. La capacidad de hablar, de comunicar y transmitir,
está en el centro de la teología cristiana. Por tanto, toda palabra es sagrada.
Hablar ya no sólo es un rasgo evolutivo de la humanidad, es también un misterio
que revela una parte sustancial de Dios. Él es pura comunicación.
Foto: George Milton, Pexels.com.





