domingo, 7 de noviembre de 2021

La droga de la ilusión


Quien cultiva su tierra se hartará de pan; q
uien persigue quimeras se hartará de miseria.

Proverbios 28, 19.

En el argot popular se utiliza mucho esta frase: «De ilusión también se vive». Querría profundizar sobre el alcance y el significado real de este dicho, que puede revelar algo muy profundo a nivel psicológico. Si se considera que la ilusión es algo que queremos alcanzar, quizás no sea la palabra adecuada. Debemos ser rigurosos en el uso y sentido del vocabulario.

Si una ilusión se queda en eso, vivir pendiente de ella no ayuda a madurar como personas. La palabra ilusión es bonita como expresión, pero nos aleja del mundo real. La ilusión puede ser algo volátil, indefinido, que nos hace vivir flotando en una realidad que nunca llega, pero que nos da correa para ir tirando. Conozco a gente que hace mucho tiempo que espera que suceda algo que desea, pero que dramáticamente nunca llega.

La ilusión es líquida, aún más, es gaseosa. Crea la necesidad de fabular, porque no resiste la evidencia de la realidad. El que vive de ilusiones es incapaz de aceptarla y se aleja cada vez más de su situación real hasta llegar, en ocasiones, a rayar la indigencia, porque después de mucho tiempo, sigue esperando lo que, en el fondo, sabe que es inalcanzable. Es como vivir en uno de esos globos que van empujados por el viento, desplazándose por el cielo a merced de las ráfagas de aire. La persona ilusa se pierde en los vaivenes de las alturas que cada vez más la apartan de sí misma.

¿Supervivencia o huida?

Pero muchos necesitan de la ilusión permanente para seguir sobreviviendo, porque son incapaces de aceptar la realidad tal como es, con toda su crudeza. Prefieren vivir narcotizados, alimentándose de la fábula en su burbuja, antes que enfrentarse a los desafíos que hacen más soportable la incapacidad de aterrizar en el suelo de la realidad.

El concepto de ilusión se entiende en los niños y adolescentes. Muchas veces imaginan que están volando y su mente creativa los lleva a vivir fuera de la realidad. De momento, se puede aceptar, siempre que no genere algún tipo de patología psicológica. Imaginar forma parte de su crecimiento mental y emocional. Pero estos mismos sueños, en un adulto, son patológicos, con el riesgo que esto supone para ellos y para quienes les rodean.

Por supuesto, los adultos también tenemos sueños, y muchos de ellos son nobles y positivos. Pero si queremos hablar con propiedad, más que de «sueños» podríamos hablar de metas o desafíos. Estos sueños son alcanzables y requieren de una metodología y un plan de acción. No es este el caso que nos ocupa, porque a veces se confunde ilusión con sueño, y sueño con meta.

Para justificar la situación en que nos encontramos, a veces buscamos subterfugios para tapar el verdadero drama, y así, el volumen de creaciones mentales puede llegar a ser preocupante. Cuando se llega a cierto punto, será necesario el apoyo de un terapeuta.

Yo me pregunto por qué esta situación se da en muchas personas. Quisiera ahondar y preguntarme qué las lleva a pasar tantos años manteniendo una ilusión que el paso del tiempo y los hechos revelan como algo no factible. Aquello que esperan nunca acaba de suceder. ¿Qué esperan con tanto ahínco? Como huyen de su presente, acaban padeciendo carencias materiales, económicas, sociales y afectivas. El momento anhelado no llega y se sienten solas y vacías. Los demás no las entienden. Cuando alguien quiere desengañarlas, insisten en su esperanza. ¿Qué les falta, que no son capaces de mantener la sobriedad y necesitan embriagarse de ilusiones?

Un pasado no resuelto

Estas ilusiones crean adicción y generan enormes secuelas, que afectarán a sus relaciones con los demás. Tanto, que incluso llegarán a presionar a quienes están a su alrededor para forzar, como sea, que su ilusión se haga realidad. Nunca lo consiguen.

Lo que la mente desea y la imaginación crea les impide pasar la frontera entre la realidad y la ficción. Invierten un enorme esfuerzo para volver siempre al mismo sitio. Si en algún momento despiertan o se disipan las ilusiones caen en un vértigo espantoso, un miedo a enfrentarse a la realidad. Para ellas, las ilusiones son como el oxígeno que las mantiene en pie. Su mente sigue volando, pero su psique y su salud se van deteriorando, al igual que su capacidad para relacionarse de manera armoniosa con los demás. Lentamente, el agujero se va haciendo más grande hasta que sucede lo peor: caen en la indigencia no sólo material, sino existencial.

Vagan por estos mundos perdidos en el anonimato. Prefieren seguir enchufados a la droga de las ilusiones, aunque esto suponga una lenta muerte social. Es trágico ver a personas que llegan a este punto. Están faltas de lo esencial en su vida: amor, afecto, un verdadero propósito. Quizás de niños no recibieron todo el cariño y cuidado que necesitaban, de jóvenes no tuvieron referentes ni valores sólidos y de adultos les faltó un propósito vital firme. ¿Qué pasó? Hoy, ya maduros y a veces de edad avanzada, quieren seguir jugando con un cometa lanzado al cielo.

domingo, 24 de octubre de 2021

Conocer los límites


El ser humano, a lo largo de su trayectoria por la vida, va configurando su personalidad. Su forma de ser, sentimientos y emociones, su capacidad y talentos, todo va revelando con el tiempo el yo más profundo de la persona.

Nuestras experiencias cotidianas son decisivas: cómo vivimos, sentimos y asimilamos lo que ocurre en nuestra vida. La gran variedad de situaciones que surgen, y cómo las abordamos, será clave para la definición de nuestro ser y nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

La manera en que gestionamos lo que ocurre a nuestro alrededor, especialmente las adversidades y conflictos, me hace reflexionar sobre nuestra capacidad para digerir y asimilar lo que nos sucede. ¿Digerimos bien, emocionalmente, o nos cuesta y nos genera una fricción interna que afecta a nuestras relaciones? ¿Exponemos nuestras fragilidades ante los otros, creando cierta incomodidad?


La madurez pide autoconocimiento

Nuestro yo se fragua en nuestra relación con los demás. El otro siempre interviene en mi capacidad de abrirme y descubrir quién soy, qué hago y hacia dónde me dirijo. Para llegar a la madurez plena tengo que pasar por un itinerario interior que implica un mayor autoconocimiento de mi persona y de mi realidad. Esto requiere tiempo para conocer y profundizar en el misterio de mi ser.

Hoy el tiempo es muy escaso y nos falta para iniciar este abordaje en el interior del corazón. De aquí que nos cueste descubrir nuestro propósito vital y que muchas veces andemos perdidos, sin una meta definida en la vida. Así vamos dando vueltas y vueltas para acabar siempre en el mismo sitio, es decir, en el punto de partida.

Superar la presión del entorno

Por otra parte, la cultura, la sociedad y la familia, al querer darnos lo mejor y nosotros intentar responder con esfuerzo y agrado, nos están condicionando. Muchas veces, hemos acabado actuando más en función de sus intereses que de lo que realmente queremos. Así, nos han ido marcando y modelando, convirtiéndonos en servidores obedientes que hacen todo cuanto se les pide para que otros estén contentos. La presión del ambiente puede alejarnos de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que realmente anhela nuestro corazón.

Esta presión psicológica y moral, ejercida por seres queridos, con quienes tenemos lazos afectivos y cercanos, puede provocar una ruptura en la psique. Sin dudar de sus buenas intenciones, necesitamos la valentía para defender aquello que da sentido a nuestra existencia si queremos alcanzar la plena felicidad. Para esto hay que conocer los propios límites y aceptarlos, sin que nadie haga injerencia en lo que nos es propio. Nadie tiene derecho a interferir en aquello para lo que tú sabes que fuiste llamado: ni la familia, ni la educación ni la sociedad. Sólo realizando tu vocación tu existencia tendrá sentido.

Abrazar las limitaciones

Pero reconocer los propios límites supone, primero, saber quién soy y hasta dónde puedo llegar, abrazando con realismo la limitación e incluso alegrándome de ser quién soy, pues de lo contrario no sería nada. Sé que tengo una cierta estatura y no seré más alto por mucho que me estire: debo reconocer que tengo una talla reducida y, por tanto, es inútil luchar por agrandarla. Esto se puede aplicar a otros aspectos no sólo físicos: la capacidad de asimilar ciertas emociones, asumir con paz las heridas de la infancia, mi tolerancia ante las críticas, admitir que hay personas que saben más y son mejores que yo, mi excesiva sensibilidad, limitaciones psicológicas y familiares… También implica asumir mis aciertos y los errores que he cometido en la vida. En definitiva, todo lo que soy y mi realidad, aunque no me guste.

Todos los seres humanos tenemos límites, aunque no lo parezca. Todos, hasta aquellos que parecen perfectos, están cargados de límites; quizás la diferencia es que lo saben y tratan de lidiar con ellos, incluso aprendiendo de ellos.

Nunca serás tú si no aceptas tus propios límites. Por muchas dificultades que te acontezcan, es necesario dar este salto de madurez psicológica para entender que crecemos en la medida en que hayamos hecho un pacto interior de paz con nosotros mismos.

Descubre tu belleza interior

Sólo así, siendo lo que eres, con tus propias lagunas, irás hacia adelante y lograrás hacerte amigo de ti mismo. Bajo tus grietas y tu aspecto exteriormente herido hay un lago cristalino que embellece tu alma.

No quieras ser lo que no eres. Sé lo que eres, de verdad, aunque esto implique asumir con paz el pasado y toda una historia de dolor familiar y social. Solo así podrás, algún día, transformar los límites y convertir una barrera en un trampolín que te ayude a ser la persona que eres, un alma que ha sabido luchar contra sus propios miedos y ha sido capaz de añadir valor a su vida.

Será cuando ni la cultura, ni la historia, ni la sociedad, ni la familia, podrán ejercer sobre ti una presión interna que te haga incapaz de abrirte a los demás y dar un salto de madurez. Entonces te reconocerás como tu gran aliado. Conocer tus límites ya no va a autolimitarte más, sino que te ayudará a ensanchar tus capacidades.

Lo más importante es descubrir que un límite no tiene por qué frenar tu capacidad de amar. Tus límites tampoco son un problema para Dios. Sólo desde esta experiencia todo se recolocará en el puzzle de tu corazón.

domingo, 17 de octubre de 2021

La pluma de Dios

He tenido la oportunidad especial, en los últimos años, de conocer en profundidad a Remigio Benito.

Lo he conocido ya anciano. Pese a su fragilidad física, que le afectaba las piernas y los ojos, él tenía que caminar cada día para venir a la parroquia. Sentía la necesidad de alimentarse de la eucaristía y pasar un rato de adoración íntima y cercana con Jesús sacramentado. Siempre me agradecía el poder encontrar la puerta de la parroquia abierta para ese momento de intimidad a solas con él.

Tenía una fe sólida y férrea, a pesar de la penumbra y las dificultades para ver y caminar. Su trayecto a la parroquia lo hacía con dolor y lentitud, pero no por ello dejaba de venir. Anhelaba estar con su Señor, la fuente de su existencia y de su fe. Esta experiencia diaria con el Señor le sostenía y le daba fuerzas, llenándolo de coraje interior. Allí estaba, fiel, acudiendo al encuentro.

En sus últimos meses de vida me abrió el tesoro de su corazón, a través de intensas conversaciones que mantuvimos. Oyendo sus dudas, sufrimientos y esperanzas, establecimos un diálogo sincero y lleno de confianza. Remigio siempre quería agradar a Dios y hacer su voluntad. Poco a poco, me fue llevando de la mano hasta lo más hondo de su alma y descubrí un bello paisaje interior: el de un hombre lleno de Dios.

Pero aquel anciano frágil, además, tenía un largo recorrido a sus espaldas. Vivió su vida intensamente. Científico, escritor, viajero, acumuló vastos conocimientos y experiencias laborales. Se convirtió en persona de referencia para grandes empresas en el campo de la química.

Escritor versátil y prolífico, llegó a publicar más de 64 libros. Viajó por todo el mundo. Le fascinaban los antiguos mitos y culturas, especialmente las americanas. Como viajero, se interesaba por todo. También escribió novelas y relatos, llegando a obtener varios premios literarios y quedar finalista de otros. En sus escritos se refleja el deseo de descubrir las claves del ser humano, el origen de las culturas y las civilizaciones.

Cuando su hija me proporcionó información sobre sus estudios y publicaciones, quedé abrumado ante tantos conocimientos. En aquel hombre tan humilde y sencillo descubrí a un intelectual que amaba las ciencias y buscaba la verdad, explorando los misterios más hondos del ser humano.

En nuestras conversaciones, después de la adoración, encontré en él perlas espirituales que iluminaban su rostro cada vez que hablábamos. Tras su apariencia discreta se escondía una experiencia inagotable y edificante. ¡Cuánto bien me hizo conocerle, escucharle y aprender de él! ¡Cuánta sabiduría había en sus palabras! Llegamos a tejer una gran complicidad; era de esas personas que te hacen sentirte bien. Para mí fue un regalo recibir todo lo que me comentaba.

Por encima de todo, Remigio se sentía profundamente amado por Dios. Él era el centro de su vida. Con los años, esta certeza fue cada vez más fuerte, hasta llevarlo a escribir sus últimos libros, que él firmaba Calamus Dei, la «pluma de Dios». Desde entonces, cada año nos ha ofrecido una lluvia fresca de reflexiones personales, citas de grandes santos, comentarios a lecturas y oraciones espontáneas. Estos libros son reflejo de un salto cuántico en su vida. Más allá de la ciencia, está el conocimiento de Dios. Si antes le inquietaba saber de muchas cosas, ahora, con estas Reflexiones espirituales, sus grandes cuestiones alcanzaron otra dimensión. Como me decía él mismo, «Dios lo sostiene todo, hasta la ciencia, todo el saber y el universo».

En su última etapa, fue profundizando en su fe, que daba sentido a toda su vida. También me confesaba su indigencia: él se sentía nada, pero con Dios lo era todo. Este giro hacia la trascendencia le hizo cambiar su visión de la vida. Me recordaba a santo Tomás de Aquino, que después de escribir la Summa Theologica tuvo una experiencia sublime en una eucaristía y dijo que todo lo que había escrito era nada al lado de lo que había experimentado en el sacramento eucarístico. O a san Pablo, cuando decía que «todo lo considero basura, con tal de ganar a Cristo» (Filipenses 3, 8).

La cadena de oración que fue creando, con los lectores de sus reflexiones, se extendió por todo el mundo. Fue su gran aportación a la espiritualidad cristiana: regar las almas con las perlas de rocío de este Calamus Dei.

El gran investigador pasó a ser un místico enamorado de Dios. El legado de tantas reflexiones y lecturas de santos, no cabe duda, supuso un cambio profundo en su vida. Los últimos días me decía que deseaba estar preparado para que Dios le abriera las puertas del cielo. Tengo la honda convicción de que lo estaba.

martes, 12 de octubre de 2021

Brasas que no se apagan


Durante 17 años estuve realizando mi tarea pastoral en Badalona. Fueron años muy intensos. Mi dedicación a la parroquia de San Pablo fue ardua y tenaz. Desde un punto de vista humano y espiritual, esa etapa fue decisiva en mi vida.

Fueron años de trabajo creativo e incesante. Ejercer como rector de una parroquia supuso para mí una entrega plena y una gran experiencia. Adquirí una visión muy amplia de la realidad social y espiritual de aquellos barrios de Badalona, el Raval y Sistrells, demarcación donde estaba situada la parroquia. Allí se fraguaron grandes amistades que, después de tanto tiempo, siguen vivas y cercanas a mi corazón.

El día 7 de octubre tuve la ocasión de desplazarme para oficiar el funeral de una gran persona que formaba parte de la comunidad de San Pablo. Desde que la conocí no me dejó indiferente por su discreción, delicadeza y sabiduría. Falleció con 92 años y un enorme bagaje humano. Sensible y prudente, siempre sabía cuándo tenía que hablar y cuándo no. La fragancia de su humildad penetró en mi alma.

Aprovechando esta celebración de despedida de Juanita, tuve la oportunidad de saludar a algunas feligresas de San Pablo a quienes hacía mucho que no veía. Ahora, después de 20 años, se han convertido en auténticas amigas. Mujeres todas ellas luchadoras, audaces, sacrificadas y trabajadoras, con historias dignas de ser noveladas. Mujeres enteras, maduras y valiosas, cada cual convertida en pilar de su familia, algunas con enormes sufrimientos. Sus vidas son una lección de lucha siempre apuntando hacia la esperanza. Han vivido situaciones límite y han sabido sortear muchos problemas. Son auténticas guerreras que han dejado tras de sí una estela de victoria. Nunca se han rendido.

Siempre me alegra verlas tan firmes, a pesar de la edad avanzada de algunas de ellas. Son un collar de perlas que encontré en mi camino, cada una de ellas un diamante pulido y tallado en el yunque de la vida, extraordinarios libros abiertos rebosando de valores. Cada una de ellas con un corazón lleno de bondad, todas han ido forjando su historia.

Y allí estaban, sonrientes y cercanas. Las brasas de la amistad seguían incandescentes. El paso del tiempo no apagó la historia común que he vivido junto a ellas. Bastó un abrazo para que el fuego volviera a encenderse y brillar con nueva luz. Nuestros corazones ardían en ese encuentro eucarístico. La amistad seguía tan viva como siempre. Recordamos los años atrás y la fuerza de su testimonio, colaborando y participando en eventos, celebraciones, peregrinaciones y fiestas. Estoy seguro de que sus nombres ya están escritos en el cielo.

Cuando un feligrés se convierte en amigo, aparece el gran tesoro del alma humana. Gracias, Ana, Amor, Isabel, Juana, Paquita, Lola, Carmen y Montse. Gracias por haber enriquecido espiritualmente mi vida. En vosotras está representado el rostro femenino de la Iglesia. En vosotras arde el fuego de una experiencia vivida con intensidad. Sois flores de un jardín que embelleció el paisaje de mi vida. Para mí ha sido un regalo conoceros y compartir con vosotras diecisiete años en los que me he curtido pastoralmente.

Supisteis dar vida a la comunidad, reverdeciendo un erial seco y yermo y convirtiéndolo en un vergel. Contribuisteis a convertir la parroquia en un referente moral y espiritual para aquellos barrios y en una comunidad animada por el aliento de Jesús. 

domingo, 5 de septiembre de 2021

¿Por qué se rompen las relaciones?


La psicología humana es muy compleja. Ahondar en la psique requiere tener en cuenta múltiples facetas de la realidad de la persona: sus ancestros, su familia más inmediata, sus relaciones, su educación, sus valores y su propia visión de la realidad.

Un factor crucial para mantener unas relaciones sanas y equilibradas es la comunicación. Es fundamental tener la capacidad de escuchar y saber generar empatía con el otro, amoldándose a su carácter, reconociendo y alegrándose por sus fortalezas, sus logros, el rico potencial que lo define tal y como es. Pero también hay que aprender a aceptar sus límites y debilidades, su temperamento e incluso sus equivocaciones. Entender cómo es el otro y ser comprensivo con sus errores facilita el diálogo.

Nadie es perfecto, ni totalmente maduro. La estabilidad de las relaciones depende mucho de crear un marco adecuado y sincero para ir creciendo juntos. Esto favorece la convivencia y es necesario para no caer en el tedio, sino todo lo contrario. La complicidad hará que la vida interpersonal sea un oasis donde disfrutar de la mutua compañía en la dimensión emocional y afectiva. En las parejas es importante que se dé esta sintonía para que su vida se convierta en un ámbito de confianza, donde compartir lo más íntimo. Saberse querido forma parte de la estabilidad de la persona y de su proyecto conyugal.

Pero, para que esto sea así, se ha de tener muy claro que la relación implica compartir toda una vida con la persona con la que se ha decidido caminar, para siempre. Aquí está el meollo de la cuestión.

Las crisis, un desafío

Todos conocemos casos, incluso dentro de nuestra familia. Muchas relaciones han empezado muy bien, con una clara convicción y con responsabilidades asumidas. Se suponía una unión duradera, pero con el tiempo se ha ido deteriorando y al final se rompe. Habría que analizar cada caso y su entorno, y ver si realmente se han dado los pasos necesarios para asegurar la cohesión de la pareja. Quizás no hubo suficiente reflexión, o el tiempo necesario para discernir. Quizás durante la relación no ha habido espacios para corregir los desvíos que van surgiendo en el itinerario hacia la madurez.

Cuando por parte de los dos se asume que habrá dificultades, normales, que no tienen por qué agrietar las relaciones, los problemas que surgen forman parte de la dinámica del crecimiento. A veces es bueno pasar por ellos para aprender a resolver lagunas y ahondar en su origen; con el tiempo superar estas crisis puede consolidar aún más la relación. Son retos que se presentan y que enseñan, una tormenta que, si se maneja bien, no tiene por qué llevar al naufragio del hogar.

Pero ¿qué ocurre cuando todo cae, por la razón que sea? Entonces empiezan las grandes desazones, los enfrentamientos, la crisis que irá rompiendo la relación y complicando la convivencia del día a día, hasta el punto de que en muchas parejas se cae en la más absoluta incomunicación y en la ignorancia del otro.

Soledad y ruptura

Es entonces cuando la convivencia se convierte en un mero compartir el espacio habitado, sin afecto, sin intimidad. No hay diálogo, se inicia un proceso de violencia verbal y psicológica y todo está a punto de resquebrajarse. En algunos casos se llega a la violencia física.

Las emociones y los vínculos afectivos desaparecen. Surge una terrible soledad y un sentimiento de ruptura interior. Algo ha muerto. Estallan las grandes disputas y el ambiente en el hogar se hace insoportable. La guerra ha empezado y la familia es un barco naufragando en medio del oleaje.

El problema empeora cuando, en el matrimonio, uno de los dos está totalmente incapacitado para nuclear el problema y evitar hacer más daño. Es incapaz de discernir y guardar una distancia adecuada para evitar roces. Esto ocurre entre muchas personas mayores que empiezan a tener problemas cognitivos, dificultando aún más su resolución.

Los dos se convierten en víctimas y maltratadores a la vez, el uno contra el otro. En ocasiones, el que parece ser la víctima es el que maltrata más. La aparente víctima emplea estrategias de venganza psicológica para enredar al otro en un bucle que le hace imposible salir. Es entonces cuando la víctima se convierte en maltratadora y busca herir al otro para causarle el mayor daño posible. Cuando esto sucede, se da la muerte definitiva de las relaciones.

Cuando se llega al nivel de la supervivencia, a veces lo único que queda es alejarse del conflicto para evitar los enfrentamientos y no hacer más daño.

¿Por qué se ha llegado a este extremo? Pienso que quizás el problema esté en los mismos inicios de la relación. Los grandes conflictos no surgen de la noche a la mañana; la mayoría llevan años, incluso décadas, gestándose.

Decidir con cabeza y corazón

Cuando uno se decide por una persona, tiene que poner entre paréntesis las emociones, los sentimientos, las sensaciones de bienestar. Hay que controlar los impulsos del corazón para que la decisión se tome con la cabeza. A veces es difícil parar ese torrente de emociones, pero será decisivo para la elección definitiva, pues evitará dar un mal paso que puede acarrear grandes problemas y sufrimiento en el futuro.

Esta reflexión puede parecer muy fría. Cuando se acumulan tantas emociones parece imposible detenerlas. Pero rebajar un poco la temperatura de la pasión puede ayudar a acertar en la elección.

La razón nos ayudará a plantearnos ciertas cuestiones vitales. Esta relación, ¿me conviene? ¿Le conviene a la otra persona? ¿Seré capaz de hacerla feliz siempre? Si sufrimos dificultades o enfermedad, ¿sabremos amarnos y cuidarnos? ¿Compartimos algo más que la atracción física, algo duradero por lo que vale la pena luchar? ¿Me veo creciendo y envejeciendo junto a esta persona?

Razón y corazón han de ir juntos; la razón no puede ir sola, pero tampoco el corazón. Armonizar estos dos polos es fundamental para levantar cualquier proyecto sólido y duradero. No podemos llevar adelante nada sin pasión, pero, sin cabeza, el proyecto puede estrellarse.

Los cimientos de la relación

El problema es cuando se construye un edificio muy complejo sin tener en cuenta las diferentes variantes y sin un fundamento que sostenga el peso de la estructura. ¿Qué necesitan estos cimientos parar poder aguantar los vaivenes y el desgaste propio de las relaciones?

Cuando se decide dar el paso definitivo en una relación, hay que tener en cuenta todo lo necesario para iniciar este ilusionante proyecto. En una hermosa construcción, el sí para siempre es el pilar fundamental que sostiene la energía vital y amorosa. La fuerza de esta profunda convicción hará que el edificio arraigue en el suelo y pueda crecer. Este sí para siempre que un día os dijisteis os ayudará a trascender de los altibajos emocionales para mirar hacia arriba y pasar un estadio más espiritual.

Desde esta altura trascendida, podremos contemplar con gratitud todo lo vivido y dar sentido y densidad a nuestra convivencia, cada día.

domingo, 29 de agosto de 2021

Sumergido en la noche

Después de un día soleado, con un precioso cielo azul, tras caminar disfrutando de la belleza que me envuelve, percibo el paso del tiempo. El sol marca las horas con los cambios de color en el paisaje mediterráneo, tan lleno de contrastes. A medida que cae la tarde, la luz del sol se va atenuando y el cielo adopta un tono más suave, pero el paisaje no pierde intensidad. Todo se tiñe de una luz cálida, que acentúa las texturas de las rocas y los árboles, hasta que el sol se pone tras la montaña y la luz del día se apaga. La luna comienza a asomar, discreta, elevándose sobre un bello atardecer que precede a la noche. Entre el sol y la luna, entre la claridad y la penumbra de la noche, que va adueñándose del cielo, saboreo unos momentos de gran calma.

La puesta de sol invita a la reflexión: poco a poco entramos en otro ritmo más pausado, sereno, de gratitud por lo vivido durante el día. Es el momento de saborear la belleza que se desborda ante mis ojos. El pulso de la vida eclosiona convirtiendo la naturaleza en un hogar donde el hombre puede recrearse en tantas imágenes que lo seducen.

El ocaso avanza, a pasos delicados. Los últimos rayos de sol desaparecen y una hora más tarde, la noche ha caído. Ahora ya no veo colores, sino imágenes y siluetas recortadas sobre el cielo nocturno. La noche ha devorado el color, pero, sin tener la claridad del día, el manto celeste se convierte en una cortina de estrellas. Una sensación de inmensidad me invade cuando contemplo el firmamento, tan poblado de millones de luces que parpadean. En medio de todas ellas, un enorme lucero, suspendido en medio del cielo, custodia la noche.

Si por el día me siento como un diminuto ser sobre la cresta de los montes, por la noche me sobrecoge la inmensidad del cielo, con su estallido de luz. Mi pequeña retina, apenas milímetros, capta la grandiosidad de un festival luminoso que se despliega sobre mí. La tierra gira, regalándonos cada día un concierto que embriaga el alma. No somos conscientes de este espectáculo porque no valoramos la gran riqueza que el Creador nos ha ofrecido. Vivimos inmersos en una cultura del ruido, ciegos por la contaminación lumínica y abrumados por el estrés de las ciudades. No nos damos cuenta de lo que nos estamos perdiendo. El progreso y la técnica nos están alejando de una tendencia natural que todos llevamos dentro, que es la contemplación.

Cada noche, después de cenar, me gusta dar un paseo. Poco tiempo, apenas unos veinte minutos llenándome de sensaciones diferentes. La brisa, tibia, me acaricia. Percibo más los olores, escucho el canto de los grillos y el rumor del río. Oigo el ruido de mis pasos y el movimiento de los árboles mecidos por el viento. También puedo escuchar mi propia respiración. Todos los sentidos se despiertan y agudizan. Las pupilas se abren más para captar con mayor precisión el entorno, potenciando la visión nocturna. En esos momentos, soy más consciente de mi vinculación con la naturaleza. Estar despierto me lanza a sumergirme en la noche desconocida, atrapándome en una estampa en blanco y negro, haciéndome protagonista del último capítulo del día. Ante mí la luna se eleva. La miro con atención y distingo el relieve de sus cráteres. Decían los antiguos sacerdotes egipcios que detener la mirada sobre la luna ayudaba a mejorar la salud de la retina y agudizaba la vista. Para mí es como entrar en el corazón de esa luz, que me envuelve con su discreta presencia. Rodando por las alturas, es el faro que da vida y belleza a la noche.

De vuelta a casa, con la luna a mis espaldas, veo mi sombra proyectada en el camino. Doy los últimos pasos antes de recogerme, inhalando y exhalando profundamente. Y me retiro a descansar, a reponer mis huesecitos para iniciar otra maravillosa aventura al día siguiente.

Dios me susurra al oído. Le doy gracias y le pido que vele por mí durante la travesía del sueño hasta que vuelva a despertar. Mañana, al amanecer, saldré de nuevo y veré salir el sol, un diamante entre las ásperas montañas. Seré testigo del espléndido fulgor que volverá a teñir de colores el mundo, grabando en mi retina las imágenes de los campos que despiertan, con fragancia de heno y hierbas silvestres. Serán los buenos días de Dios a su criatura humana, Himalaya de su creación.

sábado, 21 de agosto de 2021

La vida, un camino ascendente


Como bien saben mis lectores, en verano aprovecho para descansar, rezar, caminar y sumergirme durante unos días en plena naturaleza. Así puedo reconectarme más con Dios y conmigo mismo, y descubrir en la belleza del paisaje la mano de un Creador que nos regala el hábitat más hermoso.

Disfrutar de la madre naturaleza me permite descubrir sus tesoros y ahondar en la última intención de Dios hacia su criatura, que es volcar en ella su amor.

Un día, antes de salir de excursión hacia la montaña, cayó en mis manos el salmo número 96. Es un espléndido canto a Dios por las maravillas creadas, como soberano de toda la creación. Él es rey del universo, su creatividad forma una sinfonía multicolor que ensancha el alma del ser humano, un regocijo para los sentidos. La belleza estalla ante los ojos y los oídos se deleitan ante los sonidos melodiosos del campo; el olfato se agudiza ante los ricos olores de la exuberante vegetación. Mis manos se deslizan por las ramas de los árboles que crecen al borde del camino; con el tacto acaricio las texturas de las hojas y con el paladar saboreo los ricos manjares mediterráneos que me ofrecen estas tierras. El paisaje es seco y agreste, pero sus cielos soleados de intenso azul y sus noches estrelladas, iluminadas por una luna que baña de claridad los valles, sobrecogen. 

El hombre, sin Dios, sin su medio natural, sin una toma de conciencia de su realidad, viviría solo y aislado en un profundo abismo. Sin la dimensión de apertura a los demás, se deslizaría hacia la nada perdiéndose en un profundo vacío, desubicado, sin identidad, lanzado a la penumbra.

Pero su deseo de otear, de buscar más allá de sí mismo, lo hace capaz de ascender grandes cumbres.

El ser humano está llamado a crecer, a mirar hacia arriba, a tocar con sus dedos la bóveda azul del cielo, a emocionarse ante la belleza derramada desde la cima de un monte.

Subida al monte


He tenido la oportunidad de ascender hasta las crestas del Montsec, a una altura que da vértigo, y contemplar, a un lado, el valle de Áger y al otro la comarca del Pallars Jussà, que se extiende entre montañas hasta rozar las faldas de los Pirineos, el límite de España con Francia. Bajo un cielo despejado y con un sol radiante, pude divisar las cumbres pirenaicas. El contraste del cielo con los picos escarpados, y el verde de los valles, cubiertos de encinas, me acercó al corazón creativo de Dios.

Ante la inmensidad de su arte, caminé bordeando las cimas mientras iba pensando. El hombre que no es capaz de salir de sí mismo y mirar hacia un horizonte nuevo, poniéndose en marcha hacia alguna cumbre, se queda quieto, estancado, por comodidad o por miedo a salir de la rutina que lo esclaviza con sus cadenas. Acabará sin aire, metido en la burbuja de una existencia vacía, preso de su propia cárcel interior. Por eso es tan importante atreverse a salir, asumiendo los riesgos, incluso aceptando que la vida nos hará cambiar, y que a veces encontraremos pendientes rocosas. Si no dejamos de mirar la meta y vamos gestionando los vaivenes y las luchas, llegaremos a la cima de nuestra existencia.

Sólo así, moviéndonos entre la admiración y la valentía, venciendo el miedo a lo desconocido, avanzaremos en la vertiginosa aventura del ser. El alma se ensanchará más que nunca y podremos saborear la sorpresa de lo que somos capaces de hacer.

Convertir la vida en una hazaña


El lenguaje figurado de la montaña quiere expresar que en la vida estamos llamados a ser héroes, a vivir experiencias humanas tan apasionantes como coronar la cresta de una montaña. Sólo cuando llegamos a la cumbre de nuestros sueños nos damos cuenta de que este ser, tan pequeño y tan frágil, es capaz de abrazar la inmensidad de un horizonte abierto a los cuatro puntos cardinales. Un ser minúsculo se eleva sobre el abismo, pisando victorioso la cima de su propia vida.

Estamos concebidos para que nuestra vida sea una hazaña. Una proeza cotidiana, que puede ser simplemente hacer lo que nos toca hacer cada día. Lo importante es levantarse, mirar hacia adelante, soñar y ponerse en marcha hacia la meta propuesta. Por muy sencilla que sea, no deja de ser una aventura.

Crecer y trascender es una misión que da sentido a nuestra existencia. Sal y mira alto: encontrarás un cofre lleno de perlas, a cuál más bella. Descubrir el gran tesoro que hay dentro de ti te catapultará hacia el infinito.