domingo, 18 de agosto de 2024

Un naufragio estremecedor


Días atrás salí a caminar temprano, sobre las siete. El sol había despuntado y me acercaba al mar cuando vi una escena sobrecogedora. En una explanada que desciende hasta la playa vi un inmenso número de jóvenes tendidos en tierra. Más chicos que chicas, de un vistazo calculé que debía haber unos ciento cincuenta jóvenes, tumbados, completamente rendidos.

Muchos dormían, otros despertaban de su resaca, tras pasar la noche bebiendo. Algunos abrían los ojos con mirada perdida, quizás bajo el efecto de alguna droga. Pero lo que más me impresionó es que unos cuantos movían las manos con gestos extraños, mientras proferían sonidos inconexos, como si estuvieran fuera de sí. ¿Qué habían tomado? Su cerebro, sin duda, estaba sometido a fuertes reacciones químicas, sufriendo un terrible daño neuronal. Sin control ni conciencia, flotaban en un universo artificial, fruto de sus alucinaciones.

Me detuve unos instantes a contemplar aquella escena inusual, un ejército de jóvenes arrojados en aquella rampa como un residuo social, un desecho. Y pensé que cada uno de ellos tenía un nombre, y una historia familiar que quizás lo ha llevado a este lento suicidio, noche tras noche.

Víctimas del nihilismo

¿Lo hacen porque quieren fabricarse un cielo artificial, sometidos a la tiranía de un falso discurso de felicidad? Quizás muchos de ellos buscan sinceramente su camino, pero la dirección que han tomado los lleva a las tinieblas y a la soledad. En su culto hedonista, están ebrios de ese nihilismo filosófico que lleva a muchos a perder el sentido hermoso que tiene la vida. «Nada vale nada; nada tiene sentido, no vale la pena vivir; todo es mentira, todo es falso.» Pensar así conduce a una profunda crisis existencial. Si no mueres, vas arrastrando tu vida como puedes y tu último refugio es la alteración cerebral, que por sobredosis puede llevarte a la muerte.

Los médicos y los agentes sociales están alertando: la proliferación de drogas sintéticas en Barcelona es alarmante, y más aún porque son potencialmente letales. Entre los jóvenes frágiles emocionalmente y sin horizontes es una auténtica pandemia que está alimentando un negocio enorme. No se puede explicar esto sin atisbar detrás una organización muy bien implantada cuya víctima son los jóvenes.

A veces me pregunto si esta lacra no será una especie de genocidio planificado por las élites financieras y corruptas, que quieren reducir la población truncando la vida de muchos jóvenes. En una etapa de crecimiento e inestabilidad emocional, no se les ofrece apoyo psicológico ni ayuda para ir superando esta fase, que tanto afecta a su identidad. Faltan recursos sociales y sanitarios, pero sobre todo faltan familias bien estructuradas que proporcionen el entorno adecuado para su desarrollo.

En busca del falso paraíso

La salida fácil es inocularse dopamina y otros neurotransmisores que aumentan la sensación de felicidad de forma química, pero una sobrecarga de seudo bienestar también es lesiva para su salud. Hay estudios que revelan que casi el 80 % de los jóvenes, en algún momento de su vida, han tomado alguna droga, aunque sólo fuera para probar. Lo peligroso de ese «probar» es que rápidamente crea adicción y dependencia. Cuando quieren darse cuenta, ya están enganchados.

Ciento cincuenta jóvenes derrotados, junto a la playa, me evocaban la desoladora imagen de un naufragio. Las olas del desespero han depositado en la orilla sus cuerpos sin vida, agonizantes, sedientos o convulsos. Alguien ha querido aprovecharse de su debilidad, ellos han probado el veneno y ahora están atrapados en un mundo de sensaciones irreales. Quizás la vida real, la de cada día, se les hace insoportable, carecen de fuerza y valor y quizás tampoco tienen apoyo para reorientar su camino. Están deteriorados como ancianos dementes cuando apenas han entrado en la flor de la vida.

Me alejé de allí, impresionado, para acercarme a la orilla del mar y sentir la brisa y la calidez del sol. Allí el aire era más claro. Mirando al cielo, recé por ellos y por sus familias. El sol cayendo sobre sus cuerpos hacía más visible aún el drama. Cientos de jóvenes están muriendo, anímica y moralmente, cada noche. Me pesaba ver aquello. ¡Ojalá Dios escuche mi oración de aquella mañana!

Al regresar, vi que algunos intentaban levantarse, pero no podían; les faltaba la fuerza. Otros, al ponerse en pie, perdían el equilibrio y caían de nuevo. Zombis, muertos vivientes perdidos en la nada... Es una de las escenas más impactantes que he visto.

Revolución de valores

Regresé a casa compungido. No sé cómo acabaría la escena. Lo terrible es que ese drama se repite una y otra vez, aquí y en otros lugares. De noche, de antro en antro, viajan por el mundo del placer artificial para caer en el abismo de madrugada. ¿Cuántos jóvenes se pierden en sus falsos paraísos, que los llevan a las puertas del infierno? El fuego del mal está esperando para devorar a los inocentes y convertirlos en ceniza.

Ante estas escenas, debemos preguntarnos: ¿Qué hacen las familias? ¿Qué ambiente se vive en sus hogares? ¿Qué ocurre en los entornos universitarios y en el mundo del ocio? ¿Acaso entablan relaciones tóxicas que aún degradan más su persona?

Sólo la bondad, el amor y la compasión pueden actuar como antídotos de tanto mal. Es necesaria mucha entrega y espíritu de servicio para iniciar una revolución cultural y social basada en los valores cristianos que edifican a la persona.

Cuando somos capaces de mirar más allá de nosotros mismos, es decir, hacia la trascendencia, es cuando podemos regenerarnos y regenerar a los demás. El ser humano se descubre saliendo de sí mismo y caminando hacia el otro: es entonces cuando descubre el inmenso potencial de su alma. Un potencial que le permitirá cambiar de rumbo y nacer de nuevo.

domingo, 4 de agosto de 2024

Una psicóloga humanitaria

Pilar González nació en Andalucía, en los años de la postguerra. Vivió a nado entre el el cortijo de su familia, donde pasaba las vacaciones, y Montilla, la ciudad donde se educó, estudiando como interna en un colegio religioso. Desde muy joven tuvo claro que no quería limitarse a ser un ama de casa: después de cursar el bachillerato en un instituto donde era prácticamente la única mujer, emprendió su carrera universitaria. Inclinada al principio por la literatura, finalmente se decantó por la psicología al escuchar una conferencia del psicólogo Wukmir, que la fascinó y le abrió las puertas del estudio del alma humana.

En la universidad de Barcelona pasó unos años inolvidables, compaginando los estudios con el activismo y conociendo, de primera mano, la censura de aquellos tiempos y la vigilancia policial del agitado mundo estudiantil. También viajó con sus amigos, recorriendo media Europa y explorando los países al otro lado del telón de acero. Cuando terminó la carrera, se quedó dando clases en la universidad y tuvo la oportunidad de viajar a los Estados Unidos para estudiar psicología de grupos con el eminente Carl Rogers. Su formación ampliada le permitió, en los años siguientes, continuar viajando para compartir su saber y abrir nuevos campos de investigación a la psicología.

Fue entonces cuando conoció a Manuel, el que sería su esposo. Ambos ya tenían cierta experiencia de la vida y navegaban en solitario. Cuando se conocieron, algo surgió entre ellos, una conexión profunda que iba más allá de lo físico. Desde entonces, ya nunca volvieron a caminar solos.

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Pilar era una mujer que vivía con intensidad la vida. Su entrega y pasión en el ámbito universitario generó muchísimos contactos, una auténtica red de amigos que le permitió investigar y difundir los últimos hallazgos en psicología grupal. Junto con otros psicólogos y su compañero de batallas, Manuel, compartían su pasión por el estudio de la mente y el ser humano.

Pilar y Manuel supieron vivir esta doble pasión: se amaron como esposos y se apoyaron como científicos en su área. Sus libros aportaron nuevos enfoques a la psicología. Reunieron una enorme biblioteca, de más de 5000 volúmenes, que quisieron dedicar como lugar de estudio y encuentro, creando el espacio Orego.

El paso del tiempo nunca apagó el deseo de saber en Pilar. Además de acumular enormes conocimientos sobre psicología de grupos, trató de difundirlos y aplicarlos en su trabajo. Mujer incansable, verdadero pilar de sabiduría, supo integrarse en la cultura catalana y en el mundo universitario, donde obtuvo una cátedra. Tenaz y persistente, con una gran capacidad de trabajo, su vida era la universidad, pero no olvidaba a los amigos. Las relaciones humanas y el cultivo de la amistad siempre fueron prioritarios para Manuel y Pilar. Así, trabaron vínculos con un nutrido grupo de amigos, también catedráticos, con los que compartían trabajo y viajes, y que los acompañaron hasta la jubilación. Para Pilar, el grupo era importante no sólo como materia de estudio, sino como realidad vital. Ella misma creaba grupos allí donde estaba, con el fin de dinamizar la comunicación entre las personas y mejorar el trabajo en equipo.

Ya jubilada, se ofreció como voluntaria del comedor social de su parroquia, San Félix. Formó un grupo y trabajó para que hubiera una mayor calidad en este servicio humanitario, así como una mayor cohesión entre los voluntarios. Su vinculación con la parroquia ha sido intensa y comprometida. También se integró en el grupo de tertulias.

Pilar se preocupaba por la juventud, desposeída de valores y perdiendo su potencial en una sociedad y una cultura que no ayudan a crecer. Para ella era muy importante una buena formación intelectual y filosófica, de la que carecen hoy muchos jóvenes. Le inquietaba que se dilapiden tantas energías y tanta creatividad.

En su libro Instantáneas, una recopilación de recuerdos preciosos de su vida, descubrimos a una Pilar amante del arte, de la música y la danza, del cine, del buen sabor de las cosas. Siempre atenta a cuanto sucedía a su alrededor, Pilar sabía penetrar en la realidad con la agudeza de un científico, pero también sabía abandonarse: era una enamorada de la belleza y su entusiasmo no dejaba a nadie indiferente.

Siendo tan intelectuales, Manuel y Pilar jamás perdieron la fe: Jesús era para ellos un gran referente que iluminó sus vidas hasta el final. En los últimos años tuvieron que afrontar el mayor desafío: la fragilidad del cuerpo y la enfermedad, que fue minando sus vidas. Pero ambos han sabido irse con sencillez y humildad, dejándose cuidar. Pusieron en práctica aquello que Manuel había tratado en algunos de sus libros: es importante cuidar, pero también ser cuidado. En este tiempo de más dolor, sus amigos siempre han estado atentos y cercanos a ellos (Marisa, Pilar Barón y tantos otros...), así como su familia, en especial Palmira y Abelardo, hermanos de Pilar. Oscar Valdez ha sido un gran cuidador, tanto de Manuel como de Pilar, atendiéndolos y llevándoles la comunión y el consuelo de una compañía amable. Saloua ha visitado y apoyado a Pilar casi a diario, durante los últimos meses. Y Gloria, otra voluntaria de la parroquia, ha acompañado a Pilar en sus últimos días, con extrema delicadeza, rezando con ella y animándola.

Todos, y muy en especial su último grupo, los voluntarios del comedor social, sentimos su pérdida y la recordaremos mucho, porque ha dejado en nosotros una huella profunda.

Para mí, conocerla y trabajar con ella ha significado un enorme aprendizaje sobre la realidad humana. Pilar ha sabido dar mucho y lo mejor de sí misma. Agradezco a Dios haber tenido dos feligreses tan magníficos como ella y su esposo Manuel, que supieron formar parte, con humildad y alegría, de esta familia variopinta que compone la comunidad parroquial.

domingo, 30 de junio de 2024

Una escena insólita

En uno de mis paseos matutinos observé algo insólito. Una anciana mendiga, a horas bien tempranas, se dirigía a pedir limosna a un grupo de jóvenes que volvían de su ocio nocturno. Vi a la mujer en medio de aquella jauría de muchachos recién salidos de sus antros. De tez morena, bajita de estatura y sosteniéndose con un bastón, alargaba su mano hacia ellos hablándoles con voz ronca.

Como era de esperar, algunos la ignoraron por completo. Otros se burlaban de ella. Alguna muchacha parecía compungida ante la escena. La mendiga insistía en pedir, pero nadie le daba nada.

Me quedé asombrado ante la tenacidad de aquella frágil viejecita, su insistencia y la agilidad con que se movía. Por fin, se desplazó a un lado y comenzó a alejarse del grupo, pensando, quizás, que lo volvería a intentar otro día.

Me produjo ternura ver a aquella mujer, sola en medio de una manada de jóvenes, sin reparo ni temor a que la pudieran agredir. Su necesidad era más fuerte que el miedo.

Después, mientras seguía mi caminata, pensé que ella, como los muchachos, busca la manera de sobrevivir. Ella pide para echarse algo a la boca; ellos intentan salir de su angustia vital lanzándose a una ola de frivolidad. Por motivos diferentes, una anciana de ochenta años y un puñado de jóvenes de dieciocho se encontraron en la madrugada. Ella carente de lo necesario para vivir; ellos, que quizás lo tienen todo, derrochando su tiempo y su dinero.

Esta escena surrealista y dramática me dejó pensativo. ¿Qué hacía esta mujer, a su edad, en medio de aquellos «cachorros»? Podían hacerle daño, estando la mayoría de ellos completamente bebidos. Sabido es que el alcohol altera el sentido de la realidad y activa impulsos descontrolados que pueden causar estragos. ¿Qué hacía esta señora, que podía estar en casa, cuidada por algún familiar? ¿Qué drama hay detrás de una mujer que se expone a salir en un ambiente turbio e incierto? Quizás la suya sea una historia muy compleja, de entornos difíciles; tal vez esté desatendida o sufra algún problema mental. Me dije a mí mismo que una anciana no podía estar deambulando a esas horas exponiéndose a cualquier peligro. Sólo de pensarlo se me encogía el corazón. Por eso me mantuve a una cierta distancia, observándola, y con el teléfono a mano por si pasaba algo. Nada sucedió, y me alejé aliviado.

Luego pensé en la familia de esta mujer y en las familias de los jóvenes. ¡Qué dolor tan grande para ellos! ¿Qué ha fallado en sus entornos para que unos y otra lleguen a esa situación? ¿Qué estamos haciendo, como sociedad, para que se den escenas como esta? ¿Qué educación están recibiendo los jóvenes en sus casas, y cuál ha sido la trayectoria familiar que lleva a una anciana a salir de madrugada a pedir?

La situación clamaba al cielo. Hay un terrible silencio ante el dolor humano y tenemos poca capacidad de respuesta ante la pobreza y la soledad. Pero, sobre todo, hay una enorme miopía por parte de los que sí tienen la capacidad de hacer, la responsabilidad y los recursos para emprender una acción eficaz.

Un compromiso urgente

Nos encontramos con dos problemas muy graves: las crecientes bolsas de pobreza en la ciudad y una generación de jóvenes sin futuro que se dedican a explotar su presente, sin un proyecto claro en sus vidas. Tal vez un día algunos de esos jóvenes se convertirán en ancianos indigentes que tendrán que salir, con el sol, y encararse a otras manadas de muchachos para pedir. Solos, vulnerables y sin rumbo.

Urge diseñar políticas sociales y eficaces para prevenir estos riesgos que amenazan y fragmentan la sociedad. Es cuestión de voluntad política, no tanto de recursos.  

Es necesario que la sociedad civil y las instituciones ejerzan mayor presión, exigiendo con contundencia acciones que reduzcan o frenen la pobreza. De lo contrario, escenas como esta que he presenciado serán cada vez más frecuentes. Necesitamos estar despiertos y actuar. Los que detentan el poder han de trabajar por el bien común y real de las personas. De lo contrario, el poder del mal abrirá aún más las grietas sociales. Urge un gran compromiso para erradicar la pobreza y el dolor social y para ayudar a los jóvenes a encontrar motivos sanos para vivir y orientar sus vidas.

domingo, 23 de junio de 2024

Rosas marchitas

Por las mañanas, temprano, me gusta caminar hacia la playa. Es mi primer paseo, y cada día observo cómo amanece sobre el mar: no hay dos días iguales. Esta vez, el día está gris; las nubes tapan el cielo. Como tantos fines de semana, un ejército de jóvenes sale de los antros del paseo marítimo, que los arrojan de sus fauces oscuras tras haberles robado un pedazo de sus vidas. Salen aturdidos y extenuados, con la mirada perdida, presos del último instinto que pierden: el de sobrevivir. Salen de sus madrigueras nocturnas hacia sus hogares, donde se refugiarán en la cama para repararse físicamente, pero donde quizás no puedan aliviar el vacío interior que viven. No podrán llenarlo hasta que enfoquen de una manera nueva sus vidas.  

Es verdad que el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de recuperación; pese al martilleo al que se somete, resiste noche tras noche. Pero la salud mental se resiente y la identidad de la persona poco a poco se va fragmentando. Con el tiempo aparecerán diversas patologías, físicas, pero sobre todo existenciales. Perderán el enorme potencial que albergan en su ser.

Paso junto a ellos y me dirijo a la playa para contemplar la belleza del mar y el horizonte donde, esta vez, no veo salir el sol, cubierto por oscuras nubes. La luz es tenue y, en la orilla, las olas parecen susurrar a mis pies con tristeza.  

Después de unos ejercicios de respiración, moviendo brazos y piernas, reemprendo a paso firme mi camino de vuelta. Al regreso reparo en dos muchachas que caminan hacia mí, vestidas con ropa extremada y ligera que modela sus cuerpos, marcando silueta. Cada una de ellas lleva en la mano una rosa que sostiene con delicadeza. Al acercarme, no puedo evitar fijarme en sus rostros. Son bellos, pero castigados por una noche vertiginosa. Se acercan un poco más, a paso lento, agotadas, y percibo la fragancia de las rosas al pasar; flores lozanas en manos de dos muchachas que son la viva imagen de la desesperación y el desamparo. Los pétalos de rojo intenso contrastan con los rostros marchitos de las jóvenes.

Pensé: si estas rosas, tan frágiles, mantienen su aroma y su color en la intemperie, ¿qué ha sucedido con estas chicas que han perdido su brillo y ofrecen un aspecto tan decrépito? Si estuvieran serenas, descansadas, serían aún más hermosas que las flores. Pero el frenesí de la noche les arrebata su belleza natural.  Son dos rosas preciosas, pero su forma de vivir las está llevando al naufragio. Perdidas en alta mar, flotando a la deriva a merced de las olas que amenazan con hundirlas, sus vidas ahora son como este amanecer gris, sin color, impregnado de nostalgia.

Se alejan de mí y observo la silueta de sus cuerpos vacilantes. No se mueven ágiles como la brisa, sino que avanzan penosamente hacia la nada, como zombis que se encaminan hacia el féretro.

Cuántos jóvenes viven así, sin nada que los anime existencial y espiritualmente. Viven sin vivir, mueren despacio y el tiempo pasa veloz. Desearía que pudieran descubrir la belleza que hay en su corazón, que pudieran atisbar y paladear, por un instante, el regalo de existir, de poder contemplar un nuevo amanecer. Que pudieran enamorarse del bien, de la belleza y de la auténtica libertad.

No puede ser que se acuesten al amanecer y que salgan cuando anochece. Este no es el ritmo vital propio que mantiene nuestra salud y da sentido a la vida. Es necesario enseñarles a conectar con su yo más profundo, que les permitirá conectar con el tú y con el nosotros. Solo así vivirán en plenitud, deslizándose como bailarinas por el escenario de su existencia.

Realismo, belleza, orden, valores: todo esto forma parte de la hermosa, rica y compleja grandeza del ser humano. Solo nos falta escuchar nuestra música interior.

Somos cumbre de una creación salida de las manos amorosas de un Dios que nos ha concebido para la felicidad. No una felicidad artificial, con sucedáneos de paraíso. Nos ha creado para una felicidad inagotable que no necesita de ningún artilugio, que surge de la gratitud por el don excelso de la vida.

domingo, 19 de mayo de 2024

Ver más allá de la sombra


Algunas veces se dan situaciones inesperadas que afectan a nuestra salud: una enfermedad, un accidente o una lesión que durante un tiempo limita nuestras actividades. En estos casos se da una especie de duelo: hemos perdido algo de nosotros mismos, se ha reducido nuestra calidad de vida, nuestras capacidades, nuestra energía.

Conozco muy bien estas situaciones porque las estoy viviendo desde hace años, y tienen que ver con mi visión.

Perder visión

La pérdida o mengua de la agudeza visual afecta mucho, dado que la vista es un sentido que utilizamos para mil aspectos de nuestra vida diaria. Mi problema está en la retina: se me ha formado una membrana cuyos vasos sanguíneos de tanto en tanto se rompen o exudan, y esto provoca deformación y pérdida de la visión. La única solución es inyectar un fármaco especial para frenar la hemorragia.

Aunque me sucede de tanto en tanto, la experiencia es distinta cada vez. Llevo años familiarizándome con este problema, pero el miedo y la incerteza están ahí. El impacto psicológico de la inyección, con el ingreso en el quirófano, hacen que la inseguridad se adueñe de mí. Siempre surgen dudas y preguntas. ¿Saldrá todo bien? ¿Qué puede llegar a pasar?

Poder ver es un auténtico milagro. He leído mucho sobre este tema y me admira el proceso de la visión en el ojo humano. Una serie de reacciones químicas, provocadas por el impacto de la luz sobre la vitamina A, generan las señales eléctricas que hacen posible la creación de una imagen en la retina; de allí las señales serán enviadas por el nervio óptico y, en milésimas de segundo, el cerebro las descifra: ¡estás viendo! Sin ser consciente del complejísimo proceso químico y eléctrico que hay detrás de algo tan simple como abrir los ojos y mirar.

Es algo extraordinario que pide un esfuerzo extra a las células de esta diminuta parte de nuestro cuerpo, la retina. Sus requerimientos de oxígeno son 25 veces mayores que los del resto del cuerpo. Por eso, hay una fina malla densamente irrigada por capilares sanguíneos que alimentan y oxigenan la retina y, en especial, su área central, la mácula, responsable de la visión precisa y en color.

Si por algún problema vascular unas cuantas células dejan de recibir su aporte de sangre y oxígeno, morirán y esa zona de la mácula quedará ciega; con lo cual se puede ir perdiendo la visión.

La naturaleza humana es un enorme misterio. Los ojos no sólo ven, sino que comunican. Forman parte del cerebro y conectan las neuronas con el mundo exterior.  

Mi problema ocular tiene su raíz en un trombo venoso que sufrí hace casi veinte años. Después se formó la membrana en la retina. Todo a causa de la fragilidad de los capilares que, al romperse, provocan hemorragias o exudaciones. Cuando esto sucede, todo cuanto veo ante mí queda difuminado en una bruma, o bien veo las rectas curvadas y deformes. No puedo centrar la vista, ni percibir los detalles, ni leer.

Gracias a las inyecciones en el ojo, la actividad de la membrana se va inhibiendo hasta cesar del todo. El líquido retenido se va drenando poco a poco y en unas tres o cuatro semanas recupero la visión. Durante ese tiempo, es inevitable preocuparse, esperando que todo se normalice y no surjan complicaciones.

Aprender del sufrimiento

Sin embargo, pienso que todo lo que nos sucede puede llegar a ser una gran experiencia humana y espiritual. Todo lo que ocurre, dependiendo de cómo se vive, es un aprendizaje. Si uno está abierto, la lección añade valor a tu vida. Las cosas siempre ocurren por algo.

Si estamos atentos y despiertos, podemos convertir cada experiencia en algo que marque de manera profunda y definitiva nuestra vida. Ahondar en los propios límites es importante. La vida es hermosa, pero también efímera y frágil. Estamos sujetos a nuestra vulnerabilidad y hemos de estar preparados para afrontar los vaivenes que surgen cuando menos lo esperamos.

Es necesaria una madurez emocional y espiritual para lidiar con nuestros límites y miedos y vivirlos con cierta paz. Así se darán las condiciones necesarias para regenerar el cuerpo y recobrar la salud.

Es entonces, cuando se asume la situación con paz y sosiego, cuando el cerebro conecta con el alma y se pone en marcha un mecanismo que va más allá de lo físico y lo químico. Somos más que una explosión de procesos biológicos; nuestra voluntad puede iniciar un camino de recuperación por otras vías. Más allá del cuerpo, el espíritu juega un papel decisivo que no debe minimizarse. Frente a la fuerza de la medicina, que a veces se endiosa y no siempre es efectiva, la fuerza de un poder divino lo trasciende todo. La vivencia espiritual es la base de nuestra salud, y es decisiva en el proceso de curación.

Ojalá todos aprendamos y sepamos que no somos sólo materia, conexiones nerviosas y reacciones químicas. Tenemos un alma con un enorme poder. En mi experiencia he aprendido que el cuerpo tiene la capacidad de sanar y somos capaces de mirar más allá de lo que se ve.

domingo, 12 de mayo de 2024

Borrando el futuro

 Cómo el alcoholismo juvenil está robando vidas y sueños



De buena mañana me gusta pasear con los primeros destellos del sol cuando amanece. Me alegra ver a personas que han madrugado para capturar la luz de ese hermoso diamante que despunta sobre el horizonte. Cada día nos ofrece una visión de belleza inigualable: la bola de fuego parece emerger desde las profundidades del mar hasta quedar suspendida en medio del cielo azul, resplandeciendo con toda su fuerza y dando vida y color a todo. Contemplar el sol naciente es un ritual diario que ensancha el corazón. Uno se siente diminuto y sobrecogido ante la grandeza de este parto de un nuevo día.

Pero la deliciosa experiencia matinal se vuelve agridulce cuando, al mismo tiempo que contemplo el sol naciente sobre el mar, observo numerosos grupos de personas que regresan de su ocio nocturno. Tras frivolizar durante toda la noche, vuelven gritando, balanceándose de un lado a otro, mareados y bebidos. Me produce una enorme tristeza verlos así: algunos caídos en el suelo, otros chillando, otros peleándose. Los veo desaliñados, con los ojos vidriosos y la ropa arrugada, desprendiendo un fuerte olor a alcohol, con la mirada absolutamente perdida.

Me dirijo a contemplar la belleza de la primera luz y me encuentro con la miseria humana de todos esos jóvenes que vuelven, no sé de dónde, tras explotar la noche y reventar sus vidas. Siento una profunda pena, porque veo que han llegado hasta el extremo de sus capacidades físicas y mentales para lograr una catarsis que los lleva al sinsentido, vaciándose por completo de su propia identidad. Dejan de ser ellos mismos, quedan rotos, sin aliento y casi sin vida, zombies que a duras penas pueden emprender el camino de regreso, ¿a dónde?, dando vueltas y deteniéndose porque apenas les quedan fuerzas.

Quedo impresionado cada fin de semana cuando contrasto la belleza del horizonte con lo que veo por las calles. Se me encoge el corazón y me pregunto: ¿por qué? ¿Qué les sucede a estos jóvenes que son capaces de ir mermando su vida y jugarse la salud de esta manera? Muchos de ellos sufrirán serios problemas, psicológicos y neurológicos, a edades tempranas. Otros experimentarán patologías diversas. Incapaces de sobrellevar su presente y de afrontar un futuro lleno de incertezas, se lanzan a una huida adelante. Golpeándose a sí mismos, están maltratando al anciano que tal vez llegarán a ser. Y van a convertir una etapa vital plena y creativa, como lo es la madurez, en un suplicio plagado de enfermedades.

A veces asociamos la vejez a enfermedad, y es verdad que con los años hay un deterioro progresivo de las células y los procesos del cuerpo. Esto hay que vivirlo con paz y serenidad, pero no necesariamente significa que debamos estar enfermos. Si cuando somos jóvenes no nos cuidamos, la enfermedad aparecerá mucho antes, y será pesada y difícil de sobrellevar. La ancianidad no es una patología, es una etapa de la vida. Se puede convertir en enfermedad cuando no hemos sabido cuidar nuestro cuerpo en su momento.

Estamos ante una terrible pandemia, que repercute en un innumerable grupo de jóvenes y adultos en todo el mundo: el alcoholismo.

Socialmente está adquiriendo una dimensión enorme y no sólo en jóvenes y en adultos, sino ya en niños y adolescentes que empiezan a frivolizar, creyéndose adultos y por miedo a ser rechazados en su grupo. El sentimiento de pertenencia es muy fuerte entre los jóvenes, no quieren quedarse al margen de las corrientes y tienen que atreverse con todo, aunque suponga un riesgo para su vida.

De aquí la urgencia de hacer un abordaje acertado hacia los adolescentes. Un tratamiento terapéutico y psicológico es un remedio, pero la prevención está en una buena formación en salud y hábitos. Y la solución no está solamente en los centros médicos ni en los profesionales sanitarios, sino en las familias, en la escuela y también en la administración.  

Sí, se puede hablar de una pandemia global: este ejército de sonámbulos caminando sin rumbo al amanecer debería hacer saltar todas las alarmas. Los educadores hemos de avisar: se trata de un suicidio lento a nivel planetario. Jóvenes y adultos convertidos en muertos vivientes, vagando en sus noches existenciales, chapoteando en la nada. Es una auténtica tragedia que diezmará y enfermará a una generación entera, sobrecargando el sistema sanitario y dejando secuelas enormes en sus vidas. ¿Qué futuro espera a un joven adicto? Dolor, soledad, rechazo social, incapacidad para trabajar y decidir. Y lo más profundo: un vacío de identidad. El alma le ha sido arrebatada y se convierte en uno más dentro de un rebaño manipulado, sin valores, sin referencias, sin otra ética que seguir sus impulsos ciegos. Estos jóvenes están a merced de sus adicciones y de quienes las promueven. En nombre de una seudo libertad, del culto al yo y a su propia dignidad, caen en una espantosa esclavitud.

Todo esto voy pensando mientras regreso de mi paseo matinal, donde se mezclan la belleza luminosa del sol naciente con la sordidez de los noctámbulos que regresan. Veo en estos chicos la oscuridad que anida en su corazón y una profunda soledad, disfrazada bajo los gritos.

Llego a casa, el sol ya está alto y la ciudad está bañada de luz. Rezo por ellos y pido que algún día estos rayos de sol también iluminen sus almas y descubran el sentido de su existencia. Cuando uno es capaz de mirar más allá de sí mismo brota la esperanza. Después de una noche oscura siempre hay un amanecer, y el sol llega a todos.

Ojalá esta marea de jóvenes pueda abrirse a la calma sosegada del mar, que yace plácido bajo la inmensidad del cielo, espejo de la luz solar que centellea en sus aguas.

sábado, 13 de abril de 2024

Saber escucharse


Estamos en un mundo donde la prisa, lo inmediato, está marcando nuestra trayectoria vital. Vivimos lanzados al frenesí constante. La dictadura del hacer nos carga de compromisos más allá de lo necesario. La exigencia externa nos lleva por un camino de actividad incesante, lanzándonos hacia el «superhombre». Si no estamos ahí presentes, haciendo muchas cosas o activos en redes sociales, es como si no fuéramos nada.

La constante exposición supone a la larga un gran cansancio. Estar siempre a modo de hiperactividad, haciendo cada vez más y más, nos arrastra y nos hace creer que estamos creciendo, cuando en realidad nos estamos agotando y perdemos capacidad y reflejos para el autoanálisis.

Cuando llegamos a esta situación, poco a poco vamos desconectando de nuestra propia identidad, hasta quedar a merced de los impulsos de nuestra vanidad. Estar siempre pendiente de lo que ocurre ahí afuera genera un profundo estrés. La velocidad mental nos aparta del propio cuerpo, desoyendo los avisos que, primero como un susurro, van apareciendo. Llegamos a una disociación total entre cuerpo y mente.

Estar en el cuerpo

Estar en el propio cuerpo es nuestra forma natural de ser. El cuerpo, con su fisiología y sus necesidades básicas de alimento y descanso, nos alerta a veces suavemente, pero otras con urgencia, de que algo está pasando. Pero el poco hábito que tenemos de escucharnos y sentirnos nos impide calibrar y entender el lenguaje del cuerpo. Cuando sufrimos por algún problema de salud, aunque sea leve, nos está indicando que hemos de estar atentos para que esa sensación inicial de malestar o dolor no se convierta en un profundo trauma que puede cambiarnos totalmente la vida.

El cuerpo sabe lo que necesita y sabe hacer sus demandas, pero el divorcio entre mente y cuerpo a veces hace imposible la comunicación interna entre ambos. El cuerpo grita; la mente no escucha. Finalmente, esto desemboca en alguna patología.

Por eso es necesario ir más despacio, para poder detenernos y familiarizarnos con la propia esencia. La prisa nos aleja de nosotros mismos, pero ahí está el cuerpo, con rotundo realismo, para alertarnos de que estamos perdiendo la brújula que nos orienta hacia la plenitud de nuestro ser.

La sociedad siempre nos empuja a la hiperactividad. No dejemos que interfiera en aquello que es genuino y propio de nuestro ser humano. Vivir armónicamente, teniendo en cuenta esta tríada: descanso, alimento y movimiento, nos ayuda a centrarnos en el eje de nuestra vida y a no salirnos de la trayectoria que tenemos inscrita en nuestro ADN. Que no es otra cosa que conocernos a nosotros mismos para proyectarnos hacia los demás y descubrir nuestra auténtica naturaleza y la vocación a la que estamos llamados. En el fondo, escucharse y sentir el cuerpo es conectar con nuestra indigencia, reconociendo que necesitamos cuidarnos y que nos cuiden: ¡es parte de nuestra realidad humana!

Armonía vital

No somos dioses, estamos condicionados por nuestra biología, nuestras limitaciones psíquicas y por un corazón que hay que cuidar emocionalmente. Cuando, más allá de armonizar cuerpo y mente, subimos otro peldaño, que es el alma, llegaremos a definir nuestros anhelos más profundos. Mirar la vida y el mundo desde un alma sosegada, sabiendo que hay una realidad que sostiene nuestro ser, es ver desde la trascendencia. Entonces todo se coloca en su sitio.

Vivimos sujetos a un cuerpo, pero con el deseo de que el espíritu, ese soplo de Dios dentro de nosotros, nos impulse a iniciar un viaje de conocimiento hasta la infinitud que desea el alma. Aquí será cuando cuerpo, mente y alma se fundan para vibrar en una eterna armonía. Estaremos llegando a nuestra madurez humana y espiritual. Esta es la clave de la felicidad.